Paseo por fragmentos de
una obra incomparable
Una gran novela es aquella narración que ha hecho y deshecho con su lector. Así como el dios de los indios —los de La India, no los de acá, que así los llamaron gracias a la perdurable pendejez del almirante florentino Colón—, aquellos indios que cito hablaban de Brahma, Vishnú y Shiva. Brahma, el creador; Vishnú, el conservador y Shiva, el destructor. De alguna manera, o de todas, así es una gran novela. Un libro que te cambia, construye en ti, como Brahma (el mecanismo para esto es el mismo que hace que desde la adolescencia adoptemos las ideas o los ideales que nos guiarán el resto de la vida. Y nos tocan profundamente en el espíritu a través de aquellos mencionados e imprescindibles dispositivos: las emociones y el intelecto. Lo mismo hace una gran novela). Y perdura. No la olvidas en años, en tu vida entera, o sea, conserva, como Vishnú. La gran novela se nos queda como una parte de nosotros, bueno, como si hubiéramos vivido —lo hemos vivido— lo que nos narró porque nos revolcó las emociones y conquistó, sedujo nuestro intelecto y tan se hace nuestro que luego de tal experiencia somos otro individuo y como tal permaneceremos, como quiere Vishnú. Y, además, para instalarse así, a veces, pero muy frecuentemente, tuvo que haber destruido, como Shiva, el destructor, si no, suele no ser posible el cambio, la transfiguración interior. ¿Tanto así? Tanto. No mames. ¿Por una novela? Sí, cabrón. Sólo a partir de algo así puede ser llamada una gran novela.
Agustín Ramos, Pterocles, Noemí Luna
Eso
fue para mí, bueno, para nosotros, Al
cielo por asalto.
Y
va de confesión.
Nosotros,
y digo nosotros porque retrocedo a los años ochenta y tantos porque éramos
parte del taller del más que venerable maestro don Edmundo Valadés. Terminamos
por volvernos grupo y empezamos a publicar La
Canija Lagartija, una revista que era fiel reflejo de lo que éramos:
desmadrosa, medio genial, más bien loca que irreverente, bastante bien hecha
para nuestros recursos y conocimientos de aquellos tiempos (una vez se la llevé
al poeta Manuel Rodríguez Herrero, que fuera mi primer maestro de taller en mi
vida y me dijo, oye, pero esta ya es una revistota); en ella que incluíamos
nuestros cuentos, poemas, crónicas y traducciones. Éramos un pequeño grupo de
irredentos y aves sin rumbo. Convictos alcohólicos, amantes compulsivos de la
diosa blanca que nos hizo conocer el poeta del grupo, Marco Tulio Lailson,
tanto o más que de Dionisos que se dedicaba a paniquear a los campesinos y
seducir y embriagar a las ninfas, hijas de su padre Zeus Tonante. Absolutamente
locos y casi como desesperados, nos hacíamos conducir por Jorge Borja
—multicampeón de los torneos “A ver quién se pone más pedo y más rápido”; o
bien: “A ver quién traga más alcohol en menos tiempo” u otras no menos lindas
hazañas—; lo que no le impedía ser un maratónico y quisquilloso lector, además
de escribir cuentos y crónicas que hoy, ya casi cuarenta años después empiezan
a volverse legendarios. Como el Goyo que se había leído lo que parecía nadie
podía haber hecho en el mundo; el Goyo lo sabía todo, aunque, como aquel
personaje de los diálogos socráticos, no todo lo sabía bien; acumulador de
libros y de triques, al grado que le decíamos El Señor Tlacuache que compra,
vende y cambia cachivaches. También estaba Poncho Montelongo, un bebedor serio,
silencioso y circunspecto, asombroso alumno de calificaciones de 9.5 para
arriba y traductor al español desde cuatro idiomas, era el erudito en ciernes
(no chingues, el cabrón hablaba inglés, francés, alemán, italiano, cada una
casi como el español), bebedor, en aquellos tiempos, junto con su gravedad era
tipo kamikaze y hoy, ya jubilado y,
necesariamente, tránsfuga del alcoholismo, dedicado a agotar las literaturas de
las lenguas mencionadas en su propio idioma, doctor en letras por una conspicua
universidad gringa y, en aquellos tiempos, traductor, para La Lagartija, de
Kurt Tucholsky desde el alemán, de Giorgio Manganelli desde el italiano, de
Ambrose Bierce desde el inglés, en fin.
50 años en la izquierda
Lleva el mismo nombre, pero es muy otro
Leíamos
de la manera más compulsiva que se haya visto, tallereábamos a régimen
colegiado, tratábamos de escribir desaforadamente y éramos terrible, despiadada
y holgazanamente felices. La literatura era nuestra vida, el alcohol nuestra
sublime diversión y las mujeres inmejorables compañeras y, bueno, ahora está
muy mal visto, pero en aquellos tiempos se constituyeron —ya lo eran desde mucho
antes—, preciosos objetos de
placer. Por ahí pasó aquella muchacha cuyo nombre, por fortuna, ya no recuerdo,
pero nosotros la llamábamos en su cara, por supuesto: la Gordita Lujuriosa, la
que además venía con la compañía de una troupé de locas adorables y cogelonas
(la Gordita abjuró de su tan divertido como para ella hoy oscuro pasado y hace
unos añitos me dijo que rompía conmigo porque yo era, con mis compañeros, un
verdadero, aunque inconsciente adorador de Satanás, así, dios santo). Con
alguna de aquellas casi ninfetas hice muy buenas migas, tanto que fue como mi
quinta esposa oficiosa, que no oficial. Junto con tan lindas muchachas nos
dimos a la tarea de inventar la diversión más desaforada en los ámbitos de lo
alcohólico y lo concupiscente como sólo los emperadores romanos de la alta
decadencia han visto, digamos.
Y
luego apoyamos a Cuauhtémoc Cárdenas, con mítines en el Salón Corona, marchas a
Gobernación y asistencia a un plantón en San Lázaro que alarmó y nos costó la
sangre de cuatro chiquillos, aparte de la de Javier Ovando y Gil Heráldez, todo
esto en su campaña del 88 finalizada con el magno fraude del criminal Salinas.
Éramos la representación de no sólo la imaginación, sino la vida loca, al
poder. Exigíamos apenas lo imposible.
Bueno,
perdón por la tan bruta digresión. Pero regreso. Con esa banda de locos se
encontró el más que refulgente y jovencísimo novelista Agustín Ramos. Recuerdo
que hacíamos un gozoso taller que, luego de horas de literatura, declinaba
hacia briagas pantagruélicas, con frecuencia invitábamos a algún escritor. Por
ahí pasó Salvador Castañeda, Nacho Betancourt, Edmundo Valadés (aunque no fue a
nuestro taller, sino nosotros al que él impartía) y varios más que no
mencionaré, unos porque ya no me acuerdo de sus nombres y otros porque no se lo
merecen.
Y
le tocó turno a Agustín Ramos. Déjenme decirles que hace pocos días me encontré
a Víctor Roura en una papelería (es que él vive en mi colonia, La Moctezuma),
andaba comprando globos, sabrá dios para qué. Le dije:
—Quihúbole,
Roura —y me miró casi sonriendo, casi con desconfianza. Por decirle algo,
sabedor de que Agustín ha escrito sobre Roura, le lancé:
—Te
manda saludar Agustín Ramos.
—¿Tú
conoces a Agustín Ramos? —preguntó un tanto incrédulo.
—Es mi
carnalito —le dije. Y, para no hacer migas y salir lo más rápido posible del
brete, me dijo:
—Bueno,
sí, ¿quién no quiere ser carnalito de Agustín Ramos? Áhi me lo saludas. —Y se
fue como corriendo en fuga.
El autor de Al cielo por asalto y Justicia mayor
Lo
anoto porque desde aquellos viejos tiempos en que lo llevamos a La Canija Lagartija así era Agustín
Ramos. Conociéndolo, cualquiera quería ser su gran amigo. Recuerdo que llegó a
la casa de Borja, invitado de honor a departir con La Canija Lagartija, digo llegó con flores para la esposa de Borja
y con algún otro regalo, para todos, que ya no recuerdo. De la corrección de
las formales presentaciones, la invitación a unas chelas, la ingestión de
botanas o comida, ya no me acuerdo, nos deslizamos, como siempre, en medio de
la feraz charla literaria, a la bebida en forma, chingá. Recuerdo que Agustín
nos decía que éramos muy rudos. Ya en la ruta de la libación lo abrazábamos con
apretones asfixiantes, lo felicitábamos por ser tan buen escritor con sacudidas
medio insoportables. Amor de mecapaleros borrachos. Bueno, pues así nos
hicieron, qué le hacemos. Y luego, ya en los territorios de la alta peda, sin
ocultar su admiración (confieso que luego de Al cielo por asalto, Ahora
que me acuerdo y La vida no vale nada,
decíamos, así decíamos ¿eh?: No mames, este cabrón va a ser premio nóbel de
literatura, si sigue escribiendo así, no mames es como de nuestra edad y ve las
novelas que ha hecho), digo, el Borjita con toda su reverencia y en medio de la
más precisa felicidad alcohólica le dijo a Agustín que le regalara sus zapatos
pero debidamente autografiados. Y nuestro admirado novelista se apresuró a
quitarse aquellos mocasines de piel como color mármol, luego dedicárselos a
Borja y quedarse descalzo, además de ebrio. Todavía están los zapatos de
Agustín Ramos en la biblioteca de Borja. Luego, rápidamente Poncho (el hoy
sapientísimo doctor Montelongo), se despojó de los suyos para dárselos a
Agustín porque un escritor tan admirado como él no podía andar en calcetines en
nuestra presencia; y yo le di los míos a Poncho pero no se los pudo meter
porque estaba más alto que yo (extrañamente hoy tenemos la misma estatura, él
se achicó un poco, porque hace mucho ya no estoy en edad de crecer), así que
tres quedamos descalzos. Y luego nos fuimos a media madrugada en el carro de
Marco Tulio, que se llamaba el MacHolligan, a llevar a Agustín a Tlatelolco,
donde vivía su mamá. Y se fue descalzo, pero bueno, ya estaba en casa, y es que
no admitió llevarse los zapatos de Poncho que, además, le quedaban muy grandes.
El
autor de Ahora que me acuerdo se
volvió mucho más todavía nuestro idolazo. Y sus novelas, en realidad Al cielo por asalto, se convirtió en
motivo de comentarios y discusiones por un buen tiempo en el taller. Recuerdo
que leí Ahora que me acuerdo y que se
la di a leer a un alumno de la escuela donde trabajaba, un chiquillo que era mi
alumno y mi fidelísimo seguidor y quedó anonadado. Desde entonces me percaté
del gusto de Agustín por las estructuras complejas en sus novelas. Es un autor
que le exige bastantito a su lector, pero lo recompensa con satisfacciones
ingentes a la inteligencia convocada, con su prosa más que sabia, astuta, veloz
(jamás te aburrirás leyendo una novela de Agustín, como quería, como virtud
primera para toda narración el inglés Edward Morgan Forster), aquella capacidad
de Agustín para hacer a través de meros, pero exquisitos recursos literarios
algo imposible, simular el infinito, por lo menos el de primer orden, como
descubrió Georg Cantor. La noche
incluye una hazaña literaria en la que, a lo largo de unas doscientas páginas,
luego de poner al personaje en el monstruoso trance de que está absolutamente
solo en este mundo, el novelista te lo sostiene a lo largo de, ¿qué son,
doscientas páginas?, o sea toda la novela.
Feria del Libro Zócalo
Borja, Agustín, Pterocles
Pero
luego, me llegó, después de muchos años, Tú
eres Pedro. Y fue una lección descomunal. Agustín Ramos se había vuelto
otro escritor. Ahora nos historiaba, nos hacía un retrato fiel, poderoso,
terrible como era la vida en el infierno para el pueblo que instauraron en la
colonia española, exquisito en recursos y poderosa en su atmósfera. La historia
de un gran hijo de la chingada al que el autor retrata tan imparcialmente para
que tú, lector, concluyas: pero que tipo tan hijo de su chingada madre fue
Pedro Romero de Terreros quien se habrá exhibido a sí mismo en la novela. En
algún ínterin me leí La visita (Un sueño
de la razón), el proceso en que el hombre que más poder ha tenido en México
en toda su historia, José de Gálvez, termina obnubilado entre los avatares de
la pérdida de la razón, en pleno siglo de esa facultad portentosa que, cuando
sueña, engendra monstruos.
Y
luego vino Justicia mayor. Bueno, qué
les digo. La he leído dos veces. He intentado escribir sobre esa novela, varias
veces más. No, me abruma. La primera lectura me dejó la sensación de algo muy
grande. Justicia mayor, novela mayor
de nuestra literatura. Le dije a Borja: “Pon al Agustín (bueno así le decimos),
ponlo a la altura del que quieras. Y exagera hasta donde puedas”. Esta novela
es el colmo de un gran escritor. El escalón más alto. Junto con Tú eres Pedro debían ser lecturas de la
más alta recomendación (me niego a decir obligatorias, nada en este mundo debe
ser obligatorio, ni siquiera el más alto placer lo es) para todo hidalguense.
Por
ahí me hice deslumbrar un día por Manifiestos,
un conjunto de ensayos a cual más de luminoso. Mi hija Zoe se encontró ese
libro en una feria y me dijo “¿Este es Agustín Ramos tu amigo?”. Este mero.
Después
de aquel encuentro de (re)conocimiento con mi (les juro que me estoy dando
cuenta) mi escritor mexicano favorito, digamos a la par con Fernando del Paso
cuyo glorioso Palinuro de México, por
cierto, Agustín cuidó de la edición; y agreguemos a Rulfo, no sé, alguno más,
decía, nos rencontramos y fue aquí en Tulancingo, creo que por ahí del 2007,
muchos años después de aquella memorable aventura etílico-literaria. El
encuentro era un homenaje a Elena Poniatowska. Aquí en el parque nos volvimos a
ver luego de quizá 20 años, aunque por ahí nos seguíamos a distancia. Nos vicenteamos
de calle a calle, aquí en el parque.
—¡Quihúbole,
mi carnal!, —le grité.
—¡Qué
pasó, canijo! —Nos saludamos, nos abrazamos. Y me dijo:
—Te
voy a dar un beso, cabrón, aunque digan que somos putos. —Estábamos en medio de
más o menos un gentío. Le contesté.
Pterocles y Agustín, apoyo a Palestina
—No,
pues yo te voy a dar otro para que lo confirmen. —De ahí pa’l real. Lo que sí
lamento es haber pasado tantos años sin gozar mucho más de cerca de la amistad
de un ser humano tan precioso. Lo que es Agustín Ramos me recuerda tres cosas.
Una la dijo aquel que llevó al periodismo a las alturas literarias más
inaccesibles: Ryzard Kapucinski: “Los cínicos no sirven para este oficio”. Una
más es del gran poeta y ensayista que fue ese viejo jijo de la chingada, nóbel
de literatura, Octavio Paz sobre José Revueltas: “Es el hombre más puro de
México”. Y la tercera de un argentino bien amado: Ernesto Sábato: “Un gran
escritor sólo es un gran hombre que ha escrito”. Aplicables de la manera más
justa y perfecta a nuestro autor de Justicia
mayor. Bueno, recuerdo que en los viejos tiempos de La Canija Lagartija decíamos que, además de gran escritor que iría
por el premio nóbel, era amabilísimo, respetuoso y hasta un tanto cariñoso, es
como una dama este muchacho, decíamos.
Luego,
en buena medida por las enseñanzas de don Agustín, aunque hayan sido a distancia,
en mucho a través de sus libros y, aunque bien poquito también presencialmente
y gracias a que sin exagerar hizo y deshizo con nosotros como lo hubiera hecho Brahma
y compañía, luego de un par de décadas, llegó mi novela, la quinta, titulada Querido Pancho Villa, que prologó
generosa, amorosamente el querido maestro Agustín Ramos Blancas. Por él, salud.



