viernes, 2 de octubre de 2026

Santo es el Señor y Romano (Carne de mi carne)

 

Santo es el Señor y Romano (Carne de mi carne)

 

Pterocles Arenarius

 

Sería como por el año de 1997 cuando el poeta Francisco Zapata me contó que él había participado varias veces como actor en el más famoso Viacrucis de México, el de Iztapalapa. Casi siempre le había tocado ser soldado romano de los que iban golpeando a látigo al mártir Jesucristo mientras éste cargaba la cruz en la que sería colgado con clavos.

—La gente es bien cabrona —me dijo— te avientan piedras, huevos, fruta podrida. Pero lo peor es que cuando ya entregas al Cristo para que lo crucifiquen tienes que irte corriendo pero en chinga, porque si te agarra el pueblo te madrean.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Pues ya sabes cómo es la gente.

—Sí, a las malvadas de telenovela las insultan en la calle. De alguna manera es el poder de la literatura. Un personaje llega a despertar emociones tan intensas que termina siendo amado por el pueblo o bien odiado. —Algo así habremos dicho en aquellos tiempos ya no tan próximos.

A raíz de lo que me contó, se me ocurrió escribir un cuento sobre un Vía Crucis.

Y así surgió Santo es el Señor.

Luego me di cuenta que había escrito varios cuentos con temas blasfemos o al menos con narraciones que implicaban el encuentro con lo divino, de una u otra manera, incluso autoengañosa. Y, como bien sabemos, la iglesia católica ha llamado demoniaco o apóstata a todo aquello que implique lo místico y que no se apegue a sus dogmas. Así sometieron, sacrificaron condenando a muerte a miles o incluso millones en Europa y en lo que llamaron la Nueva España, aparte del quemadero de herejes, las torturas y las excomuniones, intentaron destruir una civilización originaria. Llamaron ídolos a los dioses mexicas o de cualquier otra aproximación a lo divino de los pueblos que invadieron, sometieron a terrible exterminio y sojuzgaron.

Pero hablaba de mis cuentos blasfemos, anticatólicos o al menos que mostraban un vislumbre de la divinidad fuera del dogma católico.

De tal suerte que reuní los cuentos: Santa sesión, El señor Perezgarante es otro, Preferir el mundo, Santo es el Señor, Naturaleza moribunda entre dos jóvenes y blasfemia, y El mensajero. Y así se  formó un libro que se llamó Apostatario (Tres ejercicios de blasfemia). Se publicó en la ciudad de Guanajuato en el año 2005, bajo el sello de una pequeña editorial —Arengador, se llamaba o se llamará todavía— que fundó el escritor guanajuatense Ricardo García Muñoz.

En aquellos tiempos yo trabajaba como redactor, trabajo por el que me pagaban; pero también como columnista (semanalmente hacía Casa de Citas, para hacer mofa de los políticos priístas, aunque también de los panistas) y como articulista en temas de arte en general en el suplemento cultural del periódico, colaboraciones por las que nunca me pagaron.

Yo publiqué una Caza de Citas para hacer escarnio de un “Manifiesto a la nación” que hacía la bancada legislativa local del PAN para apoyar el desafuero del que era el jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador. Pero los panistas habían escrito su manifiesto con las nalgas, porque ni siquiera con las patas. Entonces los disputones panistas del congreso local, reconociendo mi talento satírico, chillaron ante el entonces gobernador, el yunquista Juan Carlos Romero Hicks y éste reclamó al dueño del periódico, que era, también, dueño de la compañía constructora Vimarsa, grandes cuates ellos, como es lugar común entre políticos corruptos y ricachones no menos. El dueño de Vimarsa, cuyo nombre he olvidado, fue con Arnoldo Cuéllar Ornelas, mejor conocido como El Platanote, a la sazón director de su periódico Correo y una mujer que era su asistente (de olvidable y olvidado nombre) y el dueño los puso como mecate de cochino, cagados, meados y basqueados. Por mi culpa. El Platanote colocó a una siniestra mujer —flaca, de color amarillento-cetrino, atrabiliaria e histérica—, La Güera, le decían, de filiación yunquista a que me hiciera la vida de cuadritos hasta correrme de El Correo. Y así me quedé sin chamba y a la deriva en Guanajuato.

El librito Apostatario se agotó. Y en el año 2023 fue posible hacer una segunda edición bajo el sello de Eterno Femenino Ediciones. Yo había seguido con mi manía de escribir textos que no fuesen gratos a la santa, romana, católica y apostólica iglesia y para esta segunda edición agregué, junto con los anteriores, otros cuatro cuentos del mismo tema. Fueron Fe (Nuestra interminable cagarruta), Hijos míos (Es por el bien de todos), Tía Rita y Epicuro y Santísimo sacramento.

El cuento Santo es el Señor ya tiene sus venerables treinta años o poco menos y un día llegó a manos de Juan Carlos Sáenz, un muchacho que es un actor absolutamente fuera de lo ordinario.

Hace años, ¿ocho, diez, seis?, imposible saberlo, me llamó Diego Montero, director teatral me dijo y agregó que les gustaría usar mi cuento Santo es el Señor para ponerlo en escena. Me pidió permiso para usarlo. Pensé que eran unos chicos que estudiaban artes teatrales y que querían usar el cuento en sus estudios. Autoricé. Diego y yo hablamos dos o tres veces. Me dijo que querían hacerle toda una historia al personaje protagónico del cuento, que harían un monólogo y algo más. No tenía idea que Diego Montero era un profesor de teatro, dramaturgo y director teatral con toda la barba. Y perdimos contacto.

Unos días antes del 10 de septiembre de este 2026 se puso en contacto conmigo Juan Carlos Sáenz, era el actor. A él llegó el cuento primero que nadie, hace años, se lo enseñó a Diego Montero y se pusieron a trabajar en él.

 

Centro Cultural de las Artes, el cartel y Pterocles con sus flores. Era el estreno

La puesta en escena. El trabajo que hicieron Diego y Juan Carlos con Santo es el Señor es impresionante. Le inventaron toda una vida a mi personaje. Lo hicieron el carnicero del barrio, crearon un ser humano de los que abundan en el mundo, un marginal, un gran perdedor, alguien que ha pasado su vida luchando con su valor y sus talentos a contracorriente del sistema. Construyeron un personaje de verdad entrañable, conmovedor. Bien podría ser un personaje de novela, por más que las facetas de la personalidad del protagonista son las imprescindibles para que sea un gran éxito en la representación teatral. Al final del monólogo hay una toma de consciencia de Gregorio Calzada (así se llama el monologante) que no deja de sorprender, pero igualmente se explica, porque a pesar de su ingenuidad, de su vulnerabilidad y hasta de su aparentemente débil inteligencia, llega a unas conclusiones brutalmente lúcidas de crítica al sistema y no menos a la institución religiosa imperante en nuestro país.

El cartel

En cuanto al trabajo actoral, el único actor nos deja boquiabiertos. La representación es un formidable alarde de recursos actorales que le permiten incluso hasta prescindir casi totalmente de escenografía. El talento y los recursos de Juan Carlos Sáenz asombran. En la escena no hay más que una mampara de hospital, un banquito giratorio y una cortina de tiras de plástico. Con esos elementos nos hace ver —con los ojos de la imaginación—, desde el mostrador de la carnicería, el púlpito de un sacerdote, el escritorio de un burócrata, la cama de una moribunda, la parafernalia de la carnicería en donde tras bambalinas es seducido por una coqueta Magda que sonriendo atrevidamente se levanta la falda, increíblemente seductora ella (Magda es el mismo Juan Carlos que, entre paréntesis, y conste que no los conté, interpreta a unos ¿quince, veinte, más?, personajes), un caballo trotando, un local de recaudería, una misteriosa cortina en donde vociferan personajes colectivos anónimos, entre lo que recuerdo. El alarde de talento histriónico de Juan Carlos nos hace prescindir de tanta utilería y moblaje. Todo se vuelve matices actorales, gestos mínimos y detalles que parecieran insignificantes pero que, de pronto, saturan el escenario y nos hacen rendirnos ante un talento de actor que, lo confieso, pocas veces he visto.

Diego Montero, dramaturgo; Pterocles, cuentista

Juan Carlos termina el monólogo bañado en sudor, es más de una hora de derroche de energía, equilibrio, poderío interpretativo y hasta acrobacia. Romano (Carne de mi carne) termina con una efusión de fuerza actoral y una iluminación de lucidez del personaje (gran trabajo literario). Lo más maravilloso de este monólogo es que logra (quizá) lo que los griegos, fundadores de este arte prodigioso, llamaron la catarsis. Las emociones, las risas e incluso carcajadas, los sacudimientos, la tragedia (Gregorio no deja de ser un personaje trágico y más por su avalancha final de lucidez: “Entre más sepas más sufrirás”) nos hacen salir del teatro con una sensación de sacudimiento, de liberación y hasta de felicidad. El actor Juan Carlos Sáenz y el director y dramaturgo Diego Montero, con lo mínimo a su alcance, lograron lo máximo para nosotros: la obra de arte. Se les agradece como sólo se puede agradecer un acto de amor, un acto de arte.

Juan Carlos Sáenz, actor; Pterocles, autor


Santo es el Señor

 Santo es el Señor

 

 “Ah, como serás pendejo, pégame, güey”, me dijo Olegario, el crucificado, bueno, el escogido para subir a la cruz. Aprovechaba que la gente cantaba “Hosanna en las alturas, bendito es el que viene en nombre del Señor”. “Pégame, pedazo de güey” me repitió. Claro, a él no le dolían los latigazos de papel que le dábamos, pero a nosotros sí nos dolían las pedradas y los huevazos de harina que nos atizaba la gente. Era la primera caída y sí, recordaba, según programa, que ahí teníamos que pegarle entre los dos guardias pretorianos que íbamos con él, para que se levantara. El látigo de papel estaba embarrado de pintura roja para que pareciera que a cada golpe le sacábamos sangre. Pero yo no quería atizarle. Ni el otro güey que, al mismo paso, caminábamos uno a cada lado del Cristo, al frente de un escuadrón de pretorianos. La gente nos había traído a pedradas y escupitajos por golpear al crucificado con el chicote de papel. Luego, en vez de pegarle le ayudé a levantarse de la primera caída porque me empezaron a llover limonazos y jitomatazos que el dueño de un puesto de verduras de la esquina había repartido entre la gente. Y el cabrón del Olegario, el Cristo, se me acercaba y en la cara me decía “pégame, pendejo, pégame, chingá, en vez de que me ayudes, pégame, güey”, y trataba de que nadie se diera cuenta; y la gente gritándonos “malditos asesinos” y las señoras hincadas llorando y rezando y los chavos mentándonos la madre y uno que otro borracho gritando quesque para poner orden y los turistas o algún reportero que se atravesaban para tomarnos la foto y los policías divirtiéndose con tanta chingadera y los pretorianos de a caballo, según ellos, nos iban cuidando, pero casi nada podían hacer por más que les echaban encima el animal a los estorbosos, pero de repente a ellos también los apedreaban. Se levantó el Cristo diciéndome “Chingada madre, eres rependejo, cabrón, o te faltan güevos o qué chingaos”, acercándoseme para que no lo oyeran y acomodándose las barbas postizas y la corona de espinas que no tenía espinas porque era de ramas de pirul. Y así seguimos avanzando bien sudados, empolvados y bañados porque no faltó un hijo de su chingada madre que sacó su manguera desde la azotea de su casa y nos echó agua, según para refrescarnos; nos alcanzó a bañar el hijo de la chingada y no podíamos decirle nada, hasta que un pretor jinete le gritó “No eches agua, cabrón”. “Pos es para que se refresquen”. El Cristo le dijo al pretor “Dile a ese hijo de su puta madre que no nos moje”, se le iba cayendo el maquillaje que le pusieron para que simulara la sangre. El pretor le dijo “Ciérrale a tu chingadera porque te voy a echar a la policía”. Y le cerró, pero ya nos había bañado. El nazareno iba bien emputado cargando su cruz después de que lo bañaron. Con el agua se empezó a deshacer mi casco de romano, se arrugaron las cintas de guerrero que usaban como faldita y que me las hice de cartón lo bueno es que en el rayo del sol nos secamos rápido, avanzando entre los gritos y los lloriqueos, gente que nos insultaba y gente que lloraba por el martirio del Cristo y gente que cantaba “Oh, María, madre mía, oh consuelo del mortal. Amparadme y llevadme a la patria celestial” porque la virgen María, acompañada por la Magdalena, que era su amiga, santa Marta que le puso el santo sudario al Cristo, santa Isabel que era su prima y santa Ana, su mamá; habían pasado quizá un minuto antes que nosotros en un carro alegórico lleno de niños disfrazados de angelitos y lanzándole flores a la gente.


Yo iba sudando debajo del casco de romano que era un casco de albañil al que le pegué el penacho y el barbiquejo de papel plateado y que ya se iba deshaciendo, el traje de romano ya lo traía desgarrado porque, apenas saliendo la procesión, un borracho me jaloneó para que ya no golpeara al Cristo, también traía la vaina de la espada vacía pues en el jaloneo con el borracho no supe dónde quedó.

Llegamos a la segunda caída.

Todos los guardias ya estábamos urgidos de que aquello terminara. La gente estaba muy agresiva, el Cristo muy exigente con nosotros para lucirse, los jinetes bien fastidiados de cuidar que su caballo no aplastara a un chamaco o a una ruca de las que llorando se hincaban al paso del Cristo. Así que, aprovechando que se detuvo cuando, después de bajarse del carro alegórico llegó Santa Marta, o no sé cómo se llama la que le limpió la cara para que se quedara impresa en el santo sudario, lo más discretamente que pude me le acerqué cuando se fue la mujer y le dije “Pos ya tírate, cabrón, ya no hacemos la tercera caída, te tiras y metemos al Simón Cirineo a que te ayude a cargar y nos vamos al cerro con dos caídas nomás y que chingue a su madre el mundo”. Se me quedó viendo bien emputado, de pronto se me figuró que quería tirar la cruz y decirnos “Vayan a la chingada y busquen a quien crucificar”; pero no, me dijo “Ni madres, güey, ‘ora se chingan, le voy a decir a don Cataneo que ya le sacaron a los chingadazos y vas a ver que no los vuelven a meter en esto; pos es su penitencia, cabrones, ¿o qué, quieren todo muy fácil?”. Pero entonces Rosauro, un centurión de a caballo, se bajó, vino con el Cristo y le dijo “Vámonos a la chingada, ya nos atrasamos mucho, ya teníamos que estar allá arriba, los que te van a crucificar ya deben estar desesperados porque no llegamos, agárrate de un brazo de la cruz y yo de otro y vámonos en chinga”. Pero el Nazareno estaba emperrado en lucirse todo el camino y le dijo al centurión que no, que él iba a cargar la cruz hasta donde lo entregáramos. Rosauro, el centurión, le dijo al Cristo, “Pos si no la cargas tú, la cargo yo, cabrón, pero de aquí ya nos vamos, güey”. Rosauro, enfurecido porque la gente lo había maltratado mucho, ya con la urgencia de salir lo más rápido posible del brete, cometiendo una blasfemia, le quitó la cruz al Jesucristo y la echó en ancas al caballo, le hizo un nudo sencillo, se trepó al animal y se fue a paso ligero. Todos los guardias nos fuimos detrás de él trotando. El Cristo se quedó parado sin saber qué hacer, luego se fue igual, trotando detrás del caballo. La gente empezó a aplaudir porque así, el centurión le estaba evitando sufrimiento al buen Jesús. Las viejitas le echaban la bendición llorando al caballero que arrastraba la cruz amarrada a su caballo. Luego Olegario el Cristo le dijo “Ya me quitaste la cruz, ahora déjame subir al caballo por lo menos, no la chingues” y el jinete detuvo su caballo que se encabritó un poco y le dijo “Súbete pues, aquí junto a la cruz, en ancas”. Y subiéndose las faldas de su camisón el Cristo se subió al caballo y así se fueron. Las viejitas estaban felices y de pronto empezaron a aventarle flores al jinete que había rescatado a Olegario el Cristo.

Así llegamos a donde había que entregarlo. Ese era mi último trabajo en la representación. Olegario, el Cristo, se bajó del caballo, dos señores le ayudaron, creerían que iba muy lastimado. Ya descansado agarró su cruz y se la cargó. El Simón Cireneo, que tenía que haber entrado en la tercera caída que ya no la hubo y que había llegado ahí corriendo como el resto caminó junto al Cristo ayudándole con la cruz y yo me adelanté hasta quedar frente a la comitiva de crucifixión que, bien asoleados esperaban desde una hora antes al Cristo. Me planté, me dieron el micrófono que se viciaba haciendo un ruido espantoso y canté mi parlamento:

En tus manos, Cayo Flavio, romano centurión,

entrego al nazareno a tu consideración,

lo vas a ejecutar en la cruel crucifixión

y hasta aquí llegó mi obligación.

Recordé que me habían advertido “Más vale que, cuando entreguen al Cristo, ustedes le corran a que nosotros le hablemos a la policía si los llegara a agarrar la gente y que los granaderos le vayan a pegar a las personas, ya ves que son muy brutos, ni lo mande Dios, no vaya a haber un escándalo, se acaba esta tradición tan bonita. Mejor le corren y se meten a la casa de doña Santiaga que es la verde que se ve allí, ¿sale? De ti depende todo, Pancho”, me dijo don Cataneo, que fue el organizador de lugares.

Se llevaron al Cristo a crucificar. Les dije a mis pretorianos “Cuando llegue el Chano —que era uno de los de ayuda de a caballo— nos vamos corriendo atrás de él para que nos abra camino”; pero el pinche Chano no podía pasar porque había mucha gente y nos estaba dejando solos; los centuriones ya se habían llevado al crucificado y la gente nos estaba apedreando. Tomé la decisión de correr con mi gente sin la protección del caballo que no podía pasar, estaba como a unos treinta metros de nosotros. “¡Vámonos en chinga porque este güey no va a llegar!” les dije a mis muchachos. Me quedé hasta el final para que todos corrieran adelante de mí, no quería que se me fuera a quedar alguno. Corríamos y nos aventaban huevos con harina o confeti, en broma; pero también jitomates y piedras, en serio. Ellos iban unos ocho metros adelante de mí y a algún hijo de la chingada se le hizo fácil atravesarse en mi camino y meterme el pie. Traté de esquivarlo como jugador de futbol americano pero de seguro este güey jugaba futbol pero sóquer porque me aplicó al tobillo un bonito faul que me hubiera hecho caer de pura jeta si no es porque metí las manos. Me levanté lo más rápido que pude, aunque todo raspado, y se me juntó un chingo de gente. Me agarraron del traje de romano y se pusieron a zarandearme, “¿adónde chingaos vas, cabroncito, corriendo como pinche loco?”, me di el jalón y me rompieron mi traje de romano, me agarraron de los brazos y traté de zafarme y entonces empezaron a golpearme. Y cometí el error de defenderme. Repartí unos cuantos chingadazos, pero fueron más —como al cuatro por uno— los que recibí, lo bueno fue que por golpearme me soltaron y seguí corriendo. Alguien alcanzó a agarrarme de la ropa, me zafé y corrí; cuando ya llevaba un cacho corriendo me di cuenta de que ya iba encuerado, nomás llevaba calzones; mi disfraz ya me lo habían despedazado y, además, ahora sí estaba solo, ya no veía a mis pretorianos. Entonces cometí el segundo error, en vez de correr más fuerte me detuve, ya iba solo, en calzones y huaraches y estaba un poco alejado de donde iba el Cristo para ser crucificado. Entonces sí empezaron a meterme una soberana madriza. Era mucha gente la que se acercó y me pegaban con el puño los hombres, me rasguñaban las mujeres, me jalaban los cabellos las señoras. Estaban como enloquecidos y se desahogaban contra mí. Porque estaba desnudo, porque pensarían que era un loco drogado, depravado y violador, porque querían desquitarse en alguien, porque les iba mal en todo, porque varios hombres y mujeres estaban borrachos, porque son pobres y porque ¿qué chingaos hace un cabrón corriendo encuerado en donde representaban la divina pasión de Cristo?, o pensarían simplemente que yo era el vivo Diablo, ¿por qué no?

No sé cómo pude salir de esa corriendo en medio de tanto pueblo y corrí con todas mis fuerzas. Ya iba por los lugares donde no hay tanta gente y pude avanzar hacia la casa de doña Santiaga, donde nos cambiamos de ropa, pero empezaron a gritar “¡Agárrenlo, está loco, va drogado, es violador!”. Y era creíble porque ya iba yo completamente desnudo y golpeado, sangrando de verdad. Pero seguí corriendo. Parecía que me iba a escapar, pero hubo un genio que oyó los gritos, se hizo de una piedra de buen tamaño, se me paró de frente y cuando me tuvo cerca me la estrelló en la jeta con sólo atravesarla en mi camino. Vi algo como una enorme luz junto de mis ojos. Quedé tan aturdido que cuando me di cuenta estaba en el suelo. La vista se me había oscurecido pero traté de seguir corriendo aunque iba a gatas; ahí me fueron golpeando. No sentía dolor pero sí sentía los golpes, como flashazos cuando me pegaban en la cabeza y piquetes cuando me atinaban en el cuerpo. Me estaban apedreando y me daban una que otra patada. De pronto recibí un patadón en las costillas que sólo me hizo sentir vacío, dejó de entrarme aire y no pude moverme más. Entonces sí me golpearon. Alcancé a ver que me daban con un garrote. Luego todo se hizo oscuro y no supe más. Dicen que los guardias que mandé primero avisaron a los judíos, los fariseos, que ya habían terminado su papel, y éstos junto con otros romanos y gente del barrio vinieron a salvarme. No creo que hubieran llegado a matarme a golpes, pero qué bueno que me salvaron.

Cuando desperté estaba en un hospital del Seguro. Me contaron que al recibirme los médicos dijeron “Mira nomás, está hecho un Santocristo” y supe que les contestaron “No, si nomás era uno de los romanos el pobre güey”; al despertar sí tenía dolores en todo el cuerpo o más bien un solo dolor que era mi cuerpo entero. También estaba horriblemente aturdido, drogado. Tenía un collarín para que no moviera el cuello, un brazo enyesado, una manguera metida por la nariz hasta lastimarme la garganta, otra manguera que, terminada en aguja se encajaba en el dorso de mi mano derecha y, lo peor de todo, una manguera encajada en el culo.

Los amigos asistieron a verme. Unos se burlaban, otros simulaban condolerse, pero estoy seguro que hacían chistes a mi costa. Sabíamos que hay que salir corriendo del lugar porque la gente no quiere a los romanos que crucificaron a Cristo. Y todos tenían la idea de que yo era muy pendejo porque me quedé a que me golpearan.

Al tercer día vino a verme el crucificado, Olegario Malagón, bendecido por la gente del barrio, admirado por los que tenían la suerte de ser sus amigos, adorado por las viejitas que le besaban las manos y las mejillas cuando se lo encontraban en la calle, entrevistado por los periódicos y, una vez, por televisión en su propia casa con su familia, respetado por los señores y estimado por los padrecitos de las parroquias de la colonia, pero, lo más doloroso, perseguido por las mujeres el hijo de la chingada, perseguido por las más bonitas para darle... lo que él les pidiera, pecando o sin pecar. Fue a visitarme al hospital. Lo vi entrar muy contento, radiante, lo acompañaba una preciosa muchacha que no reconocí. Hubiera querido decirle “Ándate a la chingada de aquí, cabrón, qué chingaos vienes a burlarte de uno”. Pero por la chulada de mujer que iba con él no dije nada.

—¿Qué te pasó, güey —fue lo primero que dijo.

No le contesté. Se asustó. Me miró un rato afortunadamente breve y se largó.

Dijo que yo estaba muy grave, que no podía hablar y que no reconocía a nadie.

lunes, 27 de julio de 2026

IV Encuentro de Escritores (en homenaje a) Agustín Ramos

 

Paseo por fragmentos de

una obra incomparable

Una gran novela es aquella narración que ha hecho y deshecho con su lector. Así como el dios de los indios —los de La India, no los de acá, que así los llamaron gracias a la perdurable pendejez del almirante florentino Colón—, aquellos indios que cito hablaban de Brahma, Vishnú y Shiva. Brahma, el creador; Vishnú, el conservador y Shiva, el destructor. De alguna manera, o de todas, así es una gran novela. Un libro que te cambia, construye en ti, como Brahma (el mecanismo para esto es el mismo que hace que desde la adolescencia adoptemos las ideas o los ideales que nos guiarán el resto de la vida. Y nos tocan profundamente en el espíritu a través de aquellos mencionados e imprescindibles dispositivos: las emociones y el intelecto. Lo mismo hace una gran novela). Y perdura. No la olvidas en años, en tu vida entera, o sea, conserva, como Vishnú. La gran novela se nos queda como una parte de nosotros, bueno, como si hubiéramos vivido —lo hemos vivido— lo que nos narró porque nos revolcó las emociones y conquistó, sedujo nuestro intelecto y tan se hace nuestro que luego de tal experiencia somos otro individuo y como tal permaneceremos, como quiere Vishnú. Y, además, para instalarse así, a veces, pero muy frecuentemente, tuvo que haber destruido, como Shiva, el destructor, si no, suele no ser posible el cambio, la transfiguración interior. ¿Tanto así? Tanto. No mames. ¿Por una novela? Sí, cabrón. Sólo a partir de algo así puede ser llamada una gran novela.

Agustín Ramos, Pterocles, Noemí Luna


Eso fue para mí, bueno, para nosotros, Al cielo por asalto.

Y va de confesión.

Nosotros, y digo nosotros porque retrocedo a los años ochenta y tantos porque éramos parte del taller del más que venerable maestro don Edmundo Valadés. Terminamos por volvernos grupo y empezamos a publicar La Canija Lagartija, una revista que era fiel reflejo de lo que éramos: desmadrosa, medio genial, más bien loca que irreverente, bastante bien hecha para nuestros recursos y conocimientos de aquellos tiempos (una vez se la llevé al poeta Manuel Rodríguez Herrero, que fuera mi primer maestro de taller en mi vida y me dijo, oye, pero esta ya es una revistota); en ella que incluíamos nuestros cuentos, poemas, crónicas y traducciones. Éramos un pequeño grupo de irredentos y aves sin rumbo. Convictos alcohólicos, amantes compulsivos de la diosa blanca que nos hizo conocer el poeta del grupo, Marco Tulio Lailson, tanto o más que de Dionisos que se dedicaba a paniquear a los campesinos y seducir y embriagar a las ninfas, hijas de su padre Zeus Tonante. Absolutamente locos y casi como desesperados, nos hacíamos conducir por Jorge Borja —multicampeón de los torneos “A ver quién se pone más pedo y más rápido”; o bien: “A ver quién traga más alcohol en menos tiempo” u otras no menos lindas hazañas—; lo que no le impedía ser un maratónico y quisquilloso lector, además de escribir cuentos y crónicas que hoy, ya casi cuarenta años después empiezan a volverse legendarios. Como el Goyo que se había leído lo que parecía nadie podía haber hecho en el mundo; el Goyo lo sabía todo, aunque, como aquel personaje de los diálogos socráticos, no todo lo sabía bien; acumulador de libros y de triques, al grado que le decíamos El Señor Tlacuache que compra, vende y cambia cachivaches. También estaba Poncho Montelongo, un bebedor serio, silencioso y circunspecto, asombroso alumno de calificaciones de 9.5 para arriba y traductor al español desde cuatro idiomas, era el erudito en ciernes (no chingues, el cabrón hablaba inglés, francés, alemán, italiano, cada una casi como el español), bebedor, en aquellos tiempos, junto con su gravedad era tipo kamikaze y hoy, ya jubilado y, necesariamente, tránsfuga del alcoholismo, dedicado a agotar las literaturas de las lenguas mencionadas en su propio idioma, doctor en letras por una conspicua universidad gringa y, en aquellos tiempos, traductor, para La Lagartija, de Kurt Tucholsky desde el alemán, de Giorgio Manganelli desde el italiano, de Ambrose Bierce desde el inglés, en fin.

50 años en la izquierda
Lleva el mismo nombre, pero es muy otro

Leíamos de la manera más compulsiva que se haya visto, tallereábamos a régimen colegiado, tratábamos de escribir desaforadamente y éramos terrible, despiadada y holgazanamente felices. La literatura era nuestra vida, el alcohol nuestra sublime diversión y las mujeres inmejorables compañeras y, bueno, ahora está muy mal visto, pero en aquellos tiempos se constituyeron —ya lo eran desde mucho antes—, preciosos objetos de placer. Por ahí pasó aquella muchacha cuyo nombre, por fortuna, ya no recuerdo, pero nosotros la llamábamos en su cara, por supuesto: la Gordita Lujuriosa, la que además venía con la compañía de una troupé de locas adorables y cogelonas (la Gordita abjuró de su tan divertido como para ella hoy oscuro pasado y hace unos añitos me dijo que rompía conmigo porque yo era, con mis compañeros, un verdadero, aunque inconsciente adorador de Satanás, así, dios santo). Con alguna de aquellas casi ninfetas hice muy buenas migas, tanto que fue como mi quinta esposa oficiosa, que no oficial. Junto con tan lindas muchachas nos dimos a la tarea de inventar la diversión más desaforada en los ámbitos de lo alcohólico y lo concupiscente como sólo los emperadores romanos de la alta decadencia han visto, digamos.

Y luego apoyamos a Cuauhtémoc Cárdenas, con mítines en el Salón Corona, marchas a Gobernación y asistencia a un plantón en San Lázaro que alarmó y nos costó la sangre de cuatro chiquillos, aparte de la de Javier Ovando y Gil Heráldez, todo esto en su campaña del 88 finalizada con el magno fraude del criminal Salinas. Éramos la representación de no sólo la imaginación, sino la vida loca, al poder. Exigíamos apenas lo imposible.

Bueno, perdón por la tan bruta digresión. Pero regreso. Con esa banda de locos se encontró el más que refulgente y jovencísimo novelista Agustín Ramos. Recuerdo que hacíamos un gozoso taller que, luego de horas de literatura, declinaba hacia briagas pantagruélicas, con frecuencia invitábamos a algún escritor. Por ahí pasó Salvador Castañeda, Nacho Betancourt, Edmundo Valadés (aunque no fue a nuestro taller, sino nosotros al que él impartía) y varios más que no mencionaré, unos porque ya no me acuerdo de sus nombres y otros porque no se lo merecen.

Y le tocó turno a Agustín Ramos. Déjenme decirles que hace pocos días me encontré a Víctor Roura en una papelería (es que él vive en mi colonia, La Moctezuma), andaba comprando globos, sabrá dios para qué. Le dije:

—Quihúbole, Roura —y me miró casi sonriendo, casi con desconfianza. Por decirle algo, sabedor de que Agustín ha escrito sobre Roura, le lancé:

—Te manda saludar Agustín Ramos.

—¿Tú conoces a Agustín Ramos? —preguntó un tanto incrédulo.

—Es mi carnalito —le dije. Y, para no hacer migas y salir lo más rápido posible del brete, me dijo:

—Bueno, sí, ¿quién no quiere ser carnalito de Agustín Ramos? Áhi me lo saludas. —Y se fue como corriendo en fuga.

El autor de Al cielo por asalto y Justicia mayor

Lo anoto porque desde aquellos viejos tiempos en que lo llevamos a La Canija Lagartija así era Agustín Ramos. Conociéndolo, cualquiera quería ser su gran amigo. Recuerdo que llegó a la casa de Borja, invitado de honor a departir con La Canija Lagartija, digo llegó con flores para la esposa de Borja y con algún otro regalo, para todos, que ya no recuerdo. De la corrección de las formales presentaciones, la invitación a unas chelas, la ingestión de botanas o comida, ya no me acuerdo, nos deslizamos, como siempre, en medio de la feraz charla literaria, a la bebida en forma, chingá. Recuerdo que Agustín nos decía que éramos muy rudos. Ya en la ruta de la libación lo abrazábamos con apretones asfixiantes, lo felicitábamos por ser tan buen escritor con sacudidas medio insoportables. Amor de mecapaleros borrachos. Bueno, pues así nos hicieron, qué le hacemos. Y luego, ya en los territorios de la alta peda, sin ocultar su admiración (confieso que luego de Al cielo por asalto, Ahora que me acuerdo y La vida no vale nada, decíamos, así decíamos ¿eh?: No mames, este cabrón va a ser premio nóbel de literatura, si sigue escribiendo así, no mames es como de nuestra edad y ve las novelas que ha hecho), digo, el Borjita con toda su reverencia y en medio de la más precisa felicidad alcohólica le dijo a Agustín que le regalara sus zapatos pero debidamente autografiados. Y nuestro admirado novelista se apresuró a quitarse aquellos mocasines de piel como color mármol, luego dedicárselos a Borja y quedarse descalzo, además de ebrio. Todavía están los zapatos de Agustín Ramos en la biblioteca de Borja. Luego, rápidamente Poncho (el hoy sapientísimo doctor Montelongo), se despojó de los suyos para dárselos a Agustín porque un escritor tan admirado como él no podía andar en calcetines en nuestra presencia; y yo le di los míos a Poncho pero no se los pudo meter porque estaba más alto que yo (extrañamente hoy tenemos la misma estatura, él se achicó un poco, porque hace mucho ya no estoy en edad de crecer), así que tres quedamos descalzos. Y luego nos fuimos a media madrugada en el carro de Marco Tulio, que se llamaba el MacHolligan, a llevar a Agustín a Tlatelolco, donde vivía su mamá. Y se fue descalzo, pero bueno, ya estaba en casa, y es que no admitió llevarse los zapatos de Poncho que, además, le quedaban muy grandes.

El autor de Ahora que me acuerdo se volvió mucho más todavía nuestro idolazo. Y sus novelas, en realidad Al cielo por asalto, se convirtió en motivo de comentarios y discusiones por un buen tiempo en el taller. Recuerdo que leí Ahora que me acuerdo y que se la di a leer a un alumno de la escuela donde trabajaba, un chiquillo que era mi alumno y mi fidelísimo seguidor y quedó anonadado. Desde entonces me percaté del gusto de Agustín por las estructuras complejas en sus novelas. Es un autor que le exige bastantito a su lector, pero lo recompensa con satisfacciones ingentes a la inteligencia convocada, con su prosa más que sabia, astuta, veloz (jamás te aburrirás leyendo una novela de Agustín, como quería, como virtud primera para toda narración el inglés Edward Morgan Forster), aquella capacidad de Agustín para hacer a través de meros, pero exquisitos recursos literarios algo imposible, simular el infinito, por lo menos el de primer orden, como descubrió Georg Cantor. La noche incluye una hazaña literaria en la que, a lo largo de unas doscientas páginas, luego de poner al personaje en el monstruoso trance de que está absolutamente solo en este mundo, el novelista te lo sostiene a lo largo de, ¿qué son, doscientas páginas?, o sea toda la novela.

Feria del Libro Zócalo
Borja, Agustín, Pterocles

Pero luego, me llegó, después de muchos años, Tú eres Pedro. Y fue una lección descomunal. Agustín Ramos se había vuelto otro escritor. Ahora nos historiaba, nos hacía un retrato fiel, poderoso, terrible como era la vida en el infierno para el pueblo que instauraron en la colonia española, exquisito en recursos y poderosa en su atmósfera. La historia de un gran hijo de la chingada al que el autor retrata tan imparcialmente para que tú, lector, concluyas: pero que tipo tan hijo de su chingada madre fue Pedro Romero de Terreros quien se habrá exhibido a sí mismo en la novela. En algún ínterin me leí La visita (Un sueño de la razón), el proceso en que el hombre que más poder ha tenido en México en toda su historia, José de Gálvez, termina obnubilado entre los avatares de la pérdida de la razón, en pleno siglo de esa facultad portentosa que, cuando sueña, engendra monstruos.

Y luego vino Justicia mayor. Bueno, qué les digo. La he leído dos veces. He intentado escribir sobre esa novela, varias veces más. No, me abruma. La primera lectura me dejó la sensación de algo muy grande. Justicia mayor, novela mayor de nuestra literatura. Le dije a Borja: “Pon al Agustín (bueno así le decimos), ponlo a la altura del que quieras. Y exagera hasta donde puedas”. Esta novela es el colmo de un gran escritor. El escalón más alto. Junto con Tú eres Pedro debían ser lecturas de la más alta recomendación (me niego a decir obligatorias, nada en este mundo debe ser obligatorio, ni siquiera el más alto placer lo es) para todo hidalguense.

Por ahí me hice deslumbrar un día por Manifiestos, un conjunto de ensayos a cual más de luminoso. Mi hija Zoe se encontró ese libro en una feria y me dijo “¿Este es Agustín Ramos tu amigo?”. Este mero.

Después de aquel encuentro de (re)conocimiento con mi (les juro que me estoy dando cuenta) mi escritor mexicano favorito, digamos a la par con Fernando del Paso cuyo glorioso Palinuro de México, por cierto, Agustín cuidó de la edición; y agreguemos a Rulfo, no sé, alguno más, decía, nos rencontramos y fue aquí en Tulancingo, creo que por ahí del 2007, muchos años después de aquella memorable aventura etílico-literaria. El encuentro era un homenaje a Elena Poniatowska. Aquí en el parque nos volvimos a ver luego de quizá 20 años, aunque por ahí nos seguíamos a distancia. Nos vicenteamos de calle a calle, aquí en el parque.

—¡Quihúbole, mi carnal!, —le grité.

—¡Qué pasó, canijo! —Nos saludamos, nos abrazamos. Y me dijo:

—Te voy a dar un beso, cabrón, aunque digan que somos putos. —Estábamos en medio de más o menos un gentío. Le contesté.

Pterocles y Agustín, apoyo a Palestina

—No, pues yo te voy a dar otro para que lo confirmen. —De ahí pa’l real. Lo que sí lamento es haber pasado tantos años sin gozar mucho más de cerca de la amistad de un ser humano tan precioso. Lo que es Agustín Ramos me recuerda tres cosas. Una la dijo aquel que llevó al periodismo a las alturas literarias más inaccesibles: Ryzard Kapucinski: “Los cínicos no sirven para este oficio”. Una más es del gran poeta y ensayista que fue ese viejo jijo de la chingada, nóbel de literatura, Octavio Paz sobre José Revueltas: “Es el hombre más puro de México”. Y la tercera de un argentino bien amado: Ernesto Sábato: “Un gran escritor sólo es un gran hombre que ha escrito”. Aplicables de la manera más justa y perfecta a nuestro autor de Justicia mayor. Bueno, recuerdo que en los viejos tiempos de La Canija Lagartija decíamos que, además de gran escritor que iría por el premio nóbel, era amabilísimo, respetuoso y hasta un tanto cariñoso, es como una dama este muchacho, decíamos.

Luego, en buena medida por las enseñanzas de don Agustín, aunque hayan sido a distancia, en mucho a través de sus libros y, aunque bien poquito también presencialmente y gracias a que sin exagerar hizo y deshizo con nosotros como lo hubiera hecho Brahma y compañía, luego de un par de décadas, llegó mi novela, la quinta, titulada Querido Pancho Villa, que prologó generosa, amorosamente el querido maestro Agustín Ramos Blancas. Por él, salud.

jueves, 23 de julio de 2026

 Palabras en la reunión con camaradas del Comité Estatal de Morena en Monterrey, Nuevo León


Pancho Villa y AMLO en la historia

 

Pterocles Arenarius

 

Antes que cualquier cosa quisiera hablar de lo más importante que ocurre en el mundo. Porque tiene mucho que ver con nuestra situación.

No es posible dejar de lado el monstruoso crimen que comete el ente sionista (porque no puede ni debe llamarse estado) contra el pueblo palestino. Lo que estamos viendo en estos momentos sólo puede compararse con el genocidio que practicaron los nazis contra el pueblo judío el siglo XX. Con la diferencia que ahora los fascistas, los nazis, tomaron el rostro de los que fueron las víctimas hace casi un siglo. Y esto ocurre en el contexto de gran avance del fascismo en todo el mundo, pero, lo peor, el imperio que resultó el gran beneficiario en aquella época de la Segunda Guerra Mundial, hoy está gobernado por un loco.

Déjenme recordar algo de aquellos tiempos. Las víctimas, los judíos de la diáspora necesitaban tierra porque, dijeron, la causa de que padecieran el poder nazi se debió a que no tenían su propia patria. Y los ingleses dieron a los judíos algo que no podían dar por el simple hecho de que no era de ellos: la tierra del pueblo palestino. Poco antes de ese otorgamiento espurio, los palestinos de aquellos tiempos dicen que llegaban a sus tierras unos hombres desconocidos a tomar medidas, a examinar y llevarse muestras de las tierras y las aguas. Muy pacíficos se veían y tomaban datos de todo lo posible, incluyendo sin duda a ellos, las personas. Y se iban. Estaban evaluando el territorio del que se iban a apropiar de la peor manera posible.

Hoy, aquí en México, una gobernadora autoriza a unos bien conocidos agentes de la CIA a que ingresen a nuestro país. ¿A qué vinieron, qué hacían en un lugar tan inhóspito como la sierra de Chihuahua, en el marginal municipio de Morelos? Sabemos muy bien que su chamba es tumbar gobiernos, incitar y apoyar golpes de estado, espiar comunistas y gente de izquierda o lo que sean, con tal de que no apoyen al imperio gringo. Bueno, ellos han traficado drogas o torturan y asesinan; han apoyado a grupos terroristas a los que luego tienen que exterminar porque se les salen de control y muchas, pero muchas más lindezas. Los de la CIA son gente que no quisieras ni voltear a mirarlos y mucho menos que se te acerquen porque hasta eso es peligroso. Las preguntas se vuelven cada vez más alarmantes: ¿qué putas hacían agentes de la CIA en la sierra de Chihuahua y quién los dejó entrar? La CIA es peor que el puto diablo, el señor de la mentira y el mal. Y nadie me habrá de decir que no.

¿Qué gobierno querían desestabilizar los agentes de la CIA en medio de la sierra chihuahuense? Lo más lógico es que andaban mapeando, evaluando, levantando datos de la manera en que intentarán apropiarse de la riqueza que se encuentra en la zona. Lo mismo que hacían los judíos visitando Palestina en los años recién la posguerra. Lo cual se oye como una maldición. Eso es a lo que nos expone la llamada Maru Campos, gobernadora de Chihuahua.

En este momento, el ente sionista de Israel bombardea al pueblo palestino en Gaza, al libanés en su propia tierra, para robarle su territorio. Perpetra crímenes que no se veían en este mundo desde los tiempos de Hitler y el temible poder nazi del siglo pasado.

Que le digan a la gobernadora dos cosas: una, que su estado tiene frontera con el imperio que acumula el poder destructivo más grande de la historia de la humanidad; que el arsenal nuclear gringo podría destruir el planeta Tierra unas ocho veces. Y, dos, que el imperio gringo nos robó más de la mitad de nuestro territorio hace menos de dos siglos.

Sólo así se explica la indecible prudencia que han mostrado ante el imperio gringo nuestros dos presidentes: AMLO y Claudia. Es que lidiar con un loco que puede acabar con la vida en el planeta no es cualquier cosa (hace unos días Trump le pidió los códigos nucleares al jefe del Departamento de Guerra gringo. Éste encontró la manera de negárselos, alabado sea el cielo).

Pero, bueno, lo único que no podemos perder es la esperanza. Y es que como decía Andrés Manuel en sus mañaneras, citando precisamente a Pancho Villa, llegandito les decía a los periodistas “ánimo”. Y una vez explicó que Villa siempre les decía, en medio de la batalla, a sus “muchachitos”: “Ánimo porque lo más feo está por llegar”.

Vengo a hablarles de una novela histórica sobre uno de los más grandes héroes que ha dado el pueblo mexicano. El general Francisco Villa. Y, porque somos morenistas, porque vivimos en México y por lo que estamos viviendo en este momento, los sucesos históricos de la novela exigen que haga un parangón con lo que vemos transcurrir en estos días.

Y empiezo con un epígrafe que tiene la novela:

 

 

Un canto para Bolívar

(…) Yo conocí a Bolívar una mañana larga, en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento. Padre, le dije, ¿eres o no eres, o quién eres? Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo: Despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo.

Pablo Neruda

Cada cual en su oficio


 

Estos versos, me remiten a un meme que ha circulado por ahí en las redes sociales. El meme, que muestra las imágenes de los susodichos, dice: 1753: nace Miguel Hidalgo y Costilla. 1853: nace José Martí. 1953: Nace Andrés Manuel López Obrador. Hombres que se dan en este mundo sólo cada cien años.

Bueno, todo este largo prolegómeno para decirles que el personaje de esta novela Querido Pancho Villa, fue, junto con Emiliano Zapata, los que tuvieron la dignísima representación del pueblo mexicano en la Tercera Transformación, que también llamamos la Revolución Mexicana. El pueblo alcanzó logros muy grandes en esta etapa revolucionaria. La primera revolución social del siglo XX en el mundo, la única hasta entonces que convertía en leyes las demandas del pueblo trabajador. Pero esa gran transformación revolucionaria quedó trunca con los asesinatos de los más limpios y auténticos representantes del pueblo: Zapata y de Villa, además de otras circunstancias.

Este autor con medio siglo de diferencia
(y seguimos en la izquierda)



Antes, los ideales juaristas fueron traicionados por Porfirio Díaz luego de la Segunda Transformación.

Y ya en la Primera Transformación Hidalgo había abolido la esclavitud, Morelos promulgó la Constitución de 1824 en que se procuraba “moderar la opulencia y la indigencia”. Pero en los hechos, la esclavitud sólo fue abolida en realidad hasta el siglo XX, con la Revolución, precisamente.

Ya desde finales del XVIII, cuando vino a México, que le habían impuesto el nombre de Nueva España, Alexander Von Humboldt, el que vino a estudiar la fauna, la flora, el clima y, sin duda, las riquezas de nuestro país, el sabio alemán dijo que jamás había visto nación alguna en la que se diera desigualdad tan grande entre pobres y ricos. Y esa circunstancia se prolongó por siglos. Esa es la herencia maldita de la colonia española. Ninguna de las tres transformaciones históricas de México resolvió el problema de esa maldición. En este momento, estimados camaradas, si hay tanto odio de las clases pudientes contra el pueblo mexicano, si hay un encono que hace a una persona que pareciera afectada de sus facultades mentales gritarles a los legisladores de Morena narcopolíticos y llamar narcopresirvienta a una científica de primera línea que nos gobierna, es porque las élites se quedaron acostumbradas, por siglos, a que la plebe no merecía nada, si acaso las migajas que resbalan de sus mesas. En México, la segregación racial jamás se plasmó en ley, como en Estados Unidos. Sin embargo, aquí tuvieron el descaro de dividir a la gente en castas según su color de piel. Los repugnantes calificativos de tentenelaire, negro cambujo, indio saltapatrás, najayote, son el ejemplo de la inigualable hipocresía de los colonizadores. Y un poco antes de 2018 México era, otra vez, uno de los países con más desigualdad en el mundo. El sueldo mínimo llegó a ser ridícula y estúpidamente bajo, comparable sólo con países como Haití u Honduras.

En las tres grandes transformaciones de México, el pueblo puso su sangre a toneladas. Nadie sufrió más que los muy pobres.

Esta novela trata de un hombre que debió vivir veinte años de su vida escondiéndose, robando y peleando combates a muerte, primero para sobrevivir y luego por inercia, para continuar la huida hacia adelante que fue su existencia y, al final, para llevar a sitios de prodigio los hechos armados de la gran revolución que es nuestra Tercera Transformación.

Las tres transformaciones históricas se dieron como respuesta a la desigualdad social, a la gran pobreza de las amplias mayorías. Tenemos el privilegio formidable de vivir en el tiempo de la Cuarta Transformación.

Las dos son tremendamente importantes. México, antes de 2018 avanzaba aceleradamente a la desgracia. O bien hacia una guerra civil, el estallido de la violencia que ya había ocurrido se iba a magnificar. O bien la desintegración —lo que llaman balcanización— del país en un grupo de pequeñas repúblicas. Les juro que llegué a ver mapas que dividían así el futuro geográfico-político de México en ese estercolero que era tuiter y sigue siendo X. La disolución de la patria que habría de ser con violencia.

Aquí recordemos que las otras tres transformaciones de la vida pública de México ocurrieron violentamente.

Y la segunda circunstancia maravillosamente favorable, es que se está dando la transformación sin guerra.

Krauze, cuando se creía historiador e intelectual, dijo que en México había severas crisis de violencia cada cien años. Hablaba de las catástrofes sociales de 1810, 1910. Sin embargo su caracterización quedó muy pobre al compararla con la de Andrés Manuel López Obrador de las cuatro grandes transformaciones.

Conviene anotar que las tres transformaciones, la Independencia, la Reforma y la Revolución fueron cataclismos sociales, guerra civil, la mortandad más grande de nuestra historia en la Revolución, crisis económica e incluso hambruna, además de desplazamientos de población y, necesariamente, un gran sufrimiento para el pueblo raso.

En realidad, la etapa colonial se vivió una época de guerra permanente. Son muchos los pueblos originarios que sostienen con verdad que ellos nunca fueron sometidos por los españoles, lo mismo los mayos y los yaquis del norte que los mayas tzotziles, tzeltales, tojolabales en Chiapas que los chichimecas del Bajío o los purépechas de Michoacán. Los conflictos armados locales terminaron con el gran movimiento independentista que encabezó Miguel Hidalgo y que continuaron Morelos y Guerrero.

El racismo, el clasismo y el sexismo sólo son en realidad debidos a que hay gente que tiene el ego más inflado (de soberbia, de autoexaltación guanga o una autoestima enferma de hinchazón) que los hace creer que tienen algo que de alguna manera los hace superiores al común de las personas.

En síntesis, una gran transformación empezó en México, se fue gestando en el final del siglo XX y floreció en el XXI, concretamente en el año de 2018 gracias a un genio de la política. YaSabenQuien.

Ya hemos dicho muchas veces que jugó contra un contrincante no sólo desleal y tramposo, sino astuto y criminal, con el árbitro en contra, en cancha dispareja y con todos los medios de desinformación atacándolo sin piedad y sin descanso. Pero hay al menos dos hazañas que deben consignarse de AMLO, una que derrotó al sistema de partido de estado más longevo de la historia (ni siquiera el Partido Comunista de la URSS llegó a usufructuar tantos años el poder como el PRI) que además absorbió a la derecha más rancia de México, el PAN para transfigurarse y no menos cambiar a la vieja derecha heredera del siglo XIX que sigue cargando con los vicios más nefastos de los invasores españoles racistas, machos-misóginos, soberbios y clasistas. Pero la otra gran proeza es la de concretar en sí mismo los anhelos más sentidos del pueblo por un lado, pero por otro, también encarnar en su persona todo lo opuesto a las fobias que el ciudadano común observó por muchas décadas en la clase política. Los mexicanos ya estábamos hasta la madre de políticos rateros, mentirosos, cínicos, los del PRI, hipócritas los del PAN, pero todos soberbios, prepotentes y altamente pendejos. López Obrador fue meticulosamente honesto, jamás incurrió en la mentira (no mentir, no robar y no traicionar al pueblo), sincero (ni cínico ni hipócrita), sencillo hasta el asombro; y, aunque lo nieguen, aunque digan que ni siquiera habla bien el español, la inteligencia de AMLO es muy superior a la totalidad de los políticos mexicanos de los siglos XX y lo que va del XXI. (De Claudia no hablo porque tendríamos que esperar a que termine su sexenio, pero pinta maravillosamente).

Y es aquí donde, por fin, empiezo a hablar de este libro que se llama Querido Pancho Villa; una novela que retrata dos facetas del caudillo durango-chihuahuense. Una, su estatura espiritual. Porque sólo alguien que haya tenido una intensa y profunda vida interior puede acumular las virtudes imprescindibles para dirigir un ejército como la División del Norte, tener el valor y el autocontrol que le permitieron salir vivo e ileso en innumerables enfrentamientos a muerte, la inteligencia y la astucia para actuar con temeraria velocidad y seguridad perfecta a la hora de las acciones armadas a gran escala, la intuición para inclinar a su favor a los que eran sus pares en el combate y hasta el carisma para ganarse la voluntad tanto de los soldados rasos como de los subordinados. Pancho Villa —nacido Doroteo Arango— si bien tenía la ventaja de haber vivido larguísimos veinte años como perseguido por abigeo, bandolero de caminos e incluso asesino como lo caracterizó la bárbara ley porfiriana y su policía criminal, siempre a salto de mata, huyendo y escondiéndose, además de participar en un número no determinado, pero grande, de enfrentamientos a tiro limpio, en los que libró la muerte y de huidas que hoy llamaríamos de película llegó a la Revolución gracias a la recomendación de Abraham González ante Francisco I. Madero de que se trataba de un bandido que tenía, como dice nuestro ex presidente AMLO, alguna dimensión social. La otra faceta de Villa, su vida íntima con las mujeres. Él fue un formidable bailarín, igual que Juárez, pero mi general era enamoradizo como nadie. Los que han estudiado su vida privada han encontrado actas de matrimonio que demuestran que se casó, al menos veintisiete veces. Pero otros sostienen que posiblemente sus matrimonios asciendan a poco más de setenta.

Cartel de la novela y el autor



Villa, al igual que López Obrador, era no menos un genio. Pero Villa, siendo genial, no fue a la escuela. El general zapatista Gildardo Magaña le enseñó a leer cuando compartieron muros carcelarios en la cárcel de Belén. Sin embargo, Villa admiraba a los hombres ilustrados, en gran medida de ahí su devoción por don Panchito Madero. López Obrador, bueno, con grandes dificultades, pero estuvo en la UNAM, en la Ciudad de México, aunque tuviera que alojarse, porque no tenía para la renta y a veces ni para la comida, en la Casa del Estudiante Tabasqueño.

Pancho Villa, era también un hombre que amaba profundamente al pueblo y eso lo salvó, porque además terminó siendo una formidable estrategia en el combate, junto con el inmenso conocimiento que tenía del territorio de Chihuahua, un poco menos de Durango y Coahuila. Cuando los gringos hicieron la expedición punitiva, con permiso del Carranza presidente, John H. Pershing estuvo buscándolo un año y jamás dio con él. Villa llegó a decir que “vinieron como águilas calvas (en alusión a su escudo nacional) y se fueron como gallinas desplumadas”. Pershing, por cierto, fue merecedor de la más alta condecoración militar que da su país, la que sólo han obtenido él y George Washington, su padre de la patria.

En fin, Villa es uno de los íconos de México en el mundo. Mao le dijo a Vicente Lombardo Toledano que él se había inspirado para la larga marcha que le dio la victoria y la dirección del poder en China en Pancho Villa. Vo Nguyen Giap, el gran general vietnamita que venció a los franceses a finales del siglo XIX y luego a los gringos en el XX y que vivió 110 años, dijo que él tenía una brigada de élite que se llamaba Pancho Villa. En la guerra civil española había un escuadrón de anarquistas locos, desesperados que se autonombraban Pancho Villa.

La victoria de las fuerzas del pueblo en la Cuarta Transformación, todavía parcial, todavía en una etapa de construcción, debemos cuidarla como la más grande hazaña del pueblo mexicano en su historia, porque está siendo pacífica. Y tiene visos de que nadie la podrá detener en varias, ¿cuatro, cinco?, décadas.

Cuidarla como a la niña de nuestros ojos.

¿Cómo cuidar y defender a la Cuarta Transformación?

Con la unidad. La unidad entre la gente de izquierda suele ser tremendamente difícil. Los de izquierda, como son gente valiente, autosuficiente, atrevida, con fuertes convicciones, suelen pelear mucho para defender sus ideas. Siempre hemos visto que dentro de los partidos de izquierda hay terribles pleitos. Cito dos ejemplos muy grandes de nuestra historia: uno, la declinación de Heberto Castillo para el proceso electoral de 1988, con lo cual le dio la victoria a Cárdenas. Victoria que el genio del robo y el asesinato Carlos Salinas de Gortari usurpó. Y, dos, la reclusión de López Obrador en su pequeña propiedad de Palenque, Chiapas, donde vive en condiciones monacales. Uno de los más costosos errores de la izquierda, de sus gobiernos, es la eternización en el poder. Como lo vimos con Evo Morales, con el comandante Hugo Chávez y Nicolás Maduro, Daniel Ortega y el mismo Fidel Castro. Heberto y López Obrador son los ejemplos superiores de que las grandes virtudes de los izquierdistas, debe añadirse el de la humildad y la renuncia al “necesariato”.

Otra virtud no menos grandiosa de la izquierda es el amor al pueblo expresado en beneficios materiales contundentes y efectivos: materiales, no sólo palabras bonitas. Si algún día ganara la derecha, toquemos madera, quiero ver quién va a ser el guapo que cancele todos los programas sociales que, además, ya son ley y que dejó AMLO y está ampliando Claudia Sheinbaum. Si un día lo intentaran se les incendia el país. El verdadero amor al pueblo se vuelve algo muy concreto con esos programas sociales.

Otra de nuestras esenciales características. Nunca ser como es la gente de la derecha. “El más pérfido engaño del mal es la invitación a la lucha, porque esta te vuelve igual que tu enemigo”, dijo el escritor Checo Franz Kafka. Toquemos madera una vez más, si un día llegáramos a ser iguales que ellos de cínicos y rateros como el PRI o de hipócritas y rateros como el PAN, entonces nos habrán vencido totalmente y en toda la línea. México, en tal caso, no tendría salvación.

La Cuarta Transformación es un tesoro que hemos logrado los mexicanos. Es un ejemplo mundial. Es la punta de lanza de las izquierdas del mundo. Y, no menos, es la salvación de México. Hemos visto que las tres transformaciones anteriores de nuestra historia concluyeron en traiciones; en gatopardismo, cambiar todo para que todo siga igual o en quedar truncas. De nosotros y de muchos más depende que esta gran revolución pacífica que estamos construyendo llegue a un estado superior de nuestra patria para bien del pueblo mexicano.