lunes, 27 de julio de 2026

IV Encuentro de Escritores (en homenaje a) Agustín Ramos

 

Paseo por fragmentos de

una obra incomparable

Una gran novela es aquella narración que ha hecho y deshecho con su lector. Así como el dios de los indios —los de La India, no los de acá, que así los llamaron gracias a la perdurable pendejez del almirante florentino Colón—, aquellos indios que cito hablaban de Brahma, Vishnú y Shiva. Brahma, el creador; Vishnú, el conservador y Shiva, el destructor. De alguna manera, o de todas, así es una gran novela. Un libro que te cambia, construye en ti, como Brahma (el mecanismo para esto es el mismo que hace que desde la adolescencia adoptemos las ideas o los ideales que nos guiarán el resto de la vida. Y nos tocan profundamente en el espíritu a través de aquellos mencionados e imprescindibles dispositivos: las emociones y el intelecto. Lo mismo hace una gran novela). Y perdura. No la olvidas en años, en tu vida entera, o sea, conserva, como Vishnú. La gran novela se nos queda como una parte de nosotros, bueno, como si hubiéramos vivido —lo hemos vivido— lo que nos narró porque nos revolcó las emociones y conquistó, sedujo nuestro intelecto y tan se hace nuestro que luego de tal experiencia somos otro individuo y como tal permaneceremos, como quiere Vishnú. Y, además, para instalarse así, a veces, pero muy frecuentemente, tuvo que haber destruido, como Shiva, el destructor, si no, suele no ser posible el cambio, la transfiguración interior. ¿Tanto así? Tanto. No mames. ¿Por una novela? Sí, cabrón. Sólo a partir de algo así puede ser llamada una gran novela.

Agustín Ramos, Pterocles, Noemí Luna


Eso fue para mí, bueno, para nosotros, Al cielo por asalto.

Y va de confesión.

Nosotros, y digo nosotros porque retrocedo a los años ochenta y tantos porque éramos parte del taller del más que venerable maestro don Edmundo Valadés. Terminamos por volvernos grupo y empezamos a publicar La Canija Lagartija, una revista que era fiel reflejo de lo que éramos: desmadrosa, medio genial, más bien loca que irreverente, bastante bien hecha para nuestros recursos y conocimientos de aquellos tiempos (una vez se la llevé al poeta Manuel Rodríguez Herrero, que fuera mi primer maestro de taller en mi vida y me dijo, oye, pero esta ya es una revistota); en ella que incluíamos nuestros cuentos, poemas, crónicas y traducciones. Éramos un pequeño grupo de irredentos y aves sin rumbo. Convictos alcohólicos, amantes compulsivos de la diosa blanca que nos hizo conocer el poeta del grupo, Marco Tulio Lailson, tanto o más que de Dionisos que se dedicaba a paniquear a los campesinos y seducir y embriagar a las ninfas, hijas de su padre Zeus Tonante. Absolutamente locos y casi como desesperados, nos hacíamos conducir por Jorge Borja —multicampeón de los torneos “A ver quién se pone más pedo y más rápido”; o bien: “A ver quién traga más alcohol en menos tiempo” u otras no menos lindas hazañas—; lo que no le impedía ser un maratónico y quisquilloso lector, además de escribir cuentos y crónicas que hoy, ya casi cuarenta años después empiezan a volverse legendarios. Como el Goyo que se había leído lo que parecía nadie podía haber hecho en el mundo; el Goyo lo sabía todo, aunque, como aquel personaje de los diálogos socráticos, no todo lo sabía bien; acumulador de libros y de triques, al grado que le decíamos El Señor Tlacuache que compra, vende y cambia cachivaches. También estaba Poncho Montelongo, un bebedor serio, silencioso y circunspecto, asombroso alumno de calificaciones de 9.5 para arriba y traductor al español desde cuatro idiomas, era el erudito en ciernes (no chingues, el cabrón hablaba inglés, francés, alemán, italiano, cada una casi como el español), bebedor, en aquellos tiempos, junto con su gravedad era tipo kamikaze y hoy, ya jubilado y, necesariamente, tránsfuga del alcoholismo, dedicado a agotar las literaturas de las lenguas mencionadas en su propio idioma, doctor en letras por una conspicua universidad gringa y, en aquellos tiempos, traductor, para La Lagartija, de Kurt Tucholsky desde el alemán, de Giorgio Manganelli desde el italiano, de Ambrose Bierce desde el inglés, en fin.

50 años en la izquierda
Lleva el mismo nombre, pero es muy otro

Leíamos de la manera más compulsiva que se haya visto, tallereábamos a régimen colegiado, tratábamos de escribir desaforadamente y éramos terrible, despiadada y holgazanamente felices. La literatura era nuestra vida, el alcohol nuestra sublime diversión y las mujeres inmejorables compañeras y, bueno, ahora está muy mal visto, pero en aquellos tiempos se constituyeron ya lo eran desde mucho antes, preciosos objetos de placer. Por ahí pasó aquella muchacha cuyo nombre, por fortuna, ya no recuerdo, pero nosotros la llamábamos en su cara, por supuesto: la Gordita Lujuriosa, la que además venía con la compañía de una troupé de locas adorables y cogelonas (la Gordita abjuró de su tan divertido como para ella hoy oscuro pasado y hace unos añitos me dijo que rompía conmigo porque yo era, con mis compañeros, un verdadero, aunque inconsciente adorador de Satanás, así, dios santo). Con alguna de aquellas casi ninfetas hice muy buenas migas, tanto que fue como mi quinta esposa oficiosa, que no oficial. Junto con tan lindas muchachas nos dimos a la tarea de inventar la diversión más desaforada en los ámbitos de lo alcohólico y lo concupiscente como sólo los emperadores romanos de la alta decadencia han visto, digamos.

Y luego apoyamos a Cuauhtémoc Cárdenas, con mítines en el Salón Corona, marchas a Gobernación y asistencia a un plantón en San Lázaro que alarmó y nos costó la sangre de cuatro chiquillos, aparte de la de Javier Ovando y Gil Heráldez, todo esto en su campaña del 88 finalizada con el magno fraude del criminal Salinas. Éramos la representación de no sólo la imaginación, sino la vida loca, al poder. Exigíamos apenas lo imposible.

Bueno, perdón por la tan bruta digresión. Pero regreso. Con esa banda de locos se encontró el más que refulgente y jovencísimo novelista Agustín Ramos. Recuerdo que hacíamos un gozoso taller que, luego de horas de literatura, declinaba hacia briagas pantagruélicas, con frecuencia invitábamos a algún escritor. Por ahí pasó Salvador Castañeda, Nacho Betancourt, Edmundo Valadés (aunque no fue a nuestro taller, sino nosotros al que él impartía) y varios más que no mencionaré, unos porque ya no me acuerdo de sus nombres y otros porque no se lo merecen.

Y le tocó turno a Agustín Ramos. Déjenme decirles que hace pocos días me encontré a Víctor Roura en una papelería (es que él vive en mi colonia, La Moctezuma), andaba comprando globos, sabrá dios para qué. Le dije:

—Quihúbole, Roura —y me miró casi sonriendo, casi con desconfianza. Por decirle algo, sabedor de que Agustín ha escrito sobre Roura, le lancé:

—Te manda saludar Agustín Ramos.

—¿Tú conoces a Agustín Ramos? —preguntó un tanto incrédulo.

—Es mi carnalito —le dije. Y, para no hacer migas y salir lo más rápido posible del brete, me dijo:

—Bueno, sí, ¿quién no quiere ser carnalito de Agustín Ramos? Áhi me lo saludas. —Y se fue como corriendo en fuga.

El autor de Al cielo por asalto y Justicia mayor

Lo anoto porque desde aquellos viejos tiempos en que lo llevamos a La Canija Lagartija así era Agustín Ramos. Conociéndolo, cualquiera quería ser su gran amigo. Recuerdo que llegó a la casa de Borja, invitado de honor a departir con La Canija Lagartija, digo llegó con flores para la esposa de Borja y con algún otro regalo, para todos, que ya no recuerdo. De la corrección de las formales presentaciones, la invitación a unas chelas, la ingestión de botanas o comida, ya no me acuerdo, nos deslizamos, como siempre, en medio de la feraz charla literaria, a la bebida en forma, chingá. Recuerdo que Agustín nos decía que éramos muy rudos. Ya en la ruta de la libación lo abrazábamos con apretones asfixiantes, lo felicitábamos por ser tan buen escritor con sacudidas medio insoportables. Amor de mecapaleros borrachos. Bueno, pues así nos hicieron, qué le hacemos. Y luego, ya en los territorios de la alta peda, sin ocultar su admiración (confieso que luego de Al cielo por asalto, Ahora que me acuerdo y La vida no vale nada, decíamos, así decíamos ¿eh?: No mames, este cabrón va a ser premio nóbel de literatura, si sigue escribiendo así, no mames es como de nuestra edad y ve las novelas que ha hecho), digo, el Borjita con toda su reverencia y en medio de la más precisa felicidad alcohólica le dijo a Agustín que le regalara sus zapatos pero debidamente autografiados. Y nuestro admirado novelista se apresuró a quitarse aquellos mocasines de piel como color mármol, luego dedicárselos a Borja y quedarse descalzo, además de ebrio. Todavía están los zapatos de Agustín Ramos en la biblioteca de Borja. Luego, rápidamente Poncho (el hoy sapientísimo doctor Montelongo), se despojó de los suyos para dárselos a Agustín porque un escritor tan admirado como él no podía andar en calcetines en nuestra presencia; y yo le di los míos a Poncho pero no se los pudo meter porque estaba más alto que yo (extrañamente hoy tenemos la misma estatura, él se achicó un poco, porque hace mucho ya no estoy en edad de crecer), así que tres quedamos descalzos. Y luego nos fuimos a media madrugada en el carro de Marco Tulio, que se llamaba el MacHolligan, a llevar a Agustín a Tlatelolco, donde vivía su mamá. Y se fue descalzo, pero bueno, ya estaba en casa, y es que no admitió llevarse los zapatos de Poncho que, además, le quedaban muy grandes.

El autor de Ahora que me acuerdo se volvió mucho más todavía nuestro idolazo. Y sus novelas, en realidad Al cielo por asalto, se convirtió en motivo de comentarios y discusiones por un buen tiempo en el taller. Recuerdo que leí Ahora que me acuerdo y que se la di a leer a un alumno de la escuela donde trabajaba, un chiquillo que era mi alumno y mi fidelísimo seguidor y quedó anonadado. Desde entonces me percaté del gusto de Agustín por las estructuras complejas en sus novelas. Es un autor que le exige bastantito a su lector, pero lo recompensa con satisfacciones ingentes a la inteligencia convocada, con su prosa más que sabia, astuta, veloz (jamás te aburrirás leyendo una novela de Agustín, como quería, como virtud primera para toda narración el inglés Edward Morgan Forster), aquella capacidad de Agustín para hacer a través de meros, pero exquisitos recursos literarios algo imposible, simular el infinito, por lo menos el de primer orden, como descubrió Georg Cantor. La noche incluye una hazaña literaria en la que, a lo largo de unas doscientas páginas, luego de poner al personaje en el monstruoso trance de que está absolutamente solo en este mundo, el novelista te lo sostiene a lo largo de, ¿qué son, doscientas páginas?, o sea toda la novela.

Feria del Libro Zócalo
Borja, Agustín, Pterocles

Pero luego, me llegó, después de muchos años, Tú eres Pedro. Y fue una lección descomunal. Agustín Ramos se había vuelto otro escritor. Ahora nos historiaba, nos hacía un retrato fiel, poderoso, terrible como era la vida en el infierno para el pueblo que instauraron en la colonia española, exquisito en recursos y poderosa en su atmósfera. La historia de un gran hijo de la chingada al que el autor retrata tan imparcialmente para que tú, lector, concluyas: pero que tipo tan hijo de su chingada madre fue Pedro Romero de Terreros quien se habrá exhibido a sí mismo en la novela. En algún ínterin me leí La visita (Un sueño de la razón), el proceso en que el hombre que más poder ha tenido en México en toda su historia, José de Gálvez, termina obnubilado entre los avatares de la pérdida de la razón, en pleno siglo de esa facultad portentosa que, cuando sueña, engendra monstruos.

Y luego vino Justicia mayor. Bueno, qué les digo. La he leído dos veces. He intentado escribir sobre esa novela, varias veces más. No, me abruma. La primera lectura me dejó la sensación de algo muy grande. Justicia mayor, novela mayor de nuestra literatura. Le dije a Borja: “Pon al Agustín (bueno así le decimos), ponlo a la altura del que quieras. Y exagera hasta donde puedas”. Esta novela es el colmo de un gran escritor. El escalón más alto. Junto con Tú eres Pedro debían ser lecturas de la más alta recomendación (me niego a decir obligatorias, nada en este mundo debe ser obligatorio, ni siquiera el más alto placer lo es) para todo hidalguense.

Por ahí me hice deslumbrar un día por Manifiestos, un conjunto de ensayos a cual más de luminoso. Mi hija Zoe se encontró ese libro en una feria y me dijo “¿Este es Agustín Ramos tu amigo?”. Este mero.

Después de aquel encuentro de (re)conocimiento con mi (les juro que me estoy dando cuenta) mi escritor mexicano favorito, digamos a la par con Fernando del Paso cuyo glorioso Palinuro de México, por cierto, Agustín cuidó de la edición; y agreguemos a Rulfo, no sé, alguno más, decía, nos rencontramos y fue aquí en Tulancingo, creo que por ahí del 2007, muchos años después de aquella memorable aventura etílico-literaria. El encuentro era un homenaje a Elena Poniatowska. Aquí en el parque nos volvimos a ver luego de quizá 20 años, aunque por ahí nos seguíamos a distancia. Nos vicenteamos de calle a calle, aquí en el parque.

—¡Quihúbole, mi carnal!, —le grité.

—¡Qué pasó, canijo! —Nos saludamos, nos abrazamos. Y me dijo:

—Te voy a dar un beso, cabrón, aunque digan que somos putos. —Estábamos en medio de más o menos un gentío. Le contesté.

Pterocles y Agustín, apoyo a Palestina

—No, pues yo te voy a dar otro para que lo confirmen. —De ahí pa’l real. Lo que sí lamento es haber pasado tantos años sin gozar mucho más de cerca de la amistad de un ser humano tan precioso. Lo que es Agustín Ramos me recuerda tres cosas. Una la dijo aquel que llevó al periodismo a las alturas literarias más inaccesibles: Ryzard Kapucinski: “Los cínicos no sirven para este oficio”. Una más es del gran poeta y ensayista que fue ese viejo jijo de la chingada, nóbel de literatura, Octavio Paz sobre José Revueltas: “Es el hombre más puro de México”. Y la tercera de un argentino bien amado: Ernesto Sábato: “Un gran escritor sólo es un gran hombre que ha escrito”. Aplicables de la manera más justa y perfecta a nuestro autor de Justicia mayor. Bueno, recuerdo que en los viejos tiempos de La Canija Lagartija decíamos que, además de gran escritor que iría por el premio nóbel, era amabilísimo, respetuoso y hasta un tanto cariñoso, es como una dama este muchacho, decíamos.

Luego, en buena medida por las enseñanzas de don Agustín, aunque hayan sido a distancia, en mucho a través de sus libros y, aunque bien poquito también presencialmente y gracias a que sin exagerar hizo y deshizo con nosotros como lo hubiera hecho Brahma y compañía, luego de un par de décadas, llegó mi novela, la quinta, titulada Querido Pancho Villa, que prologó generosa, amorosamente el querido maestro Agustín Ramos Blancas. Por él, salud.

jueves, 23 de julio de 2026

 Palabras en la reunión con camaradas del Comité Estatal de Morena en Monterrey, Nuevo León


Pancho Villa y AMLO en la historia

 

Pterocles Arenarius

 

Antes que cualquier cosa quisiera hablar de lo más importante que ocurre en el mundo. Porque tiene mucho que ver con nuestra situación.

No es posible dejar de lado el monstruoso crimen que comete el ente sionista (porque no puede ni debe llamarse estado) contra el pueblo palestino. Lo que estamos viendo en estos momentos sólo puede compararse con el genocidio que practicaron los nazis contra el pueblo judío el siglo XX. Con la diferencia que ahora los fascistas, los nazis, tomaron el rostro de los que fueron las víctimas hace casi un siglo. Y esto ocurre en el contexto de gran avance del fascismo en todo el mundo, pero, lo peor, el imperio que resultó el gran beneficiario en aquella época de la Segunda Guerra Mundial, hoy está gobernado por un loco.

Déjenme recordar algo de aquellos tiempos. Las víctimas, los judíos de la diáspora necesitaban tierra porque, dijeron, la causa de que padecieran el poder nazi se debió a que no tenían su propia patria. Y los ingleses dieron a los judíos algo que no podían dar por el simple hecho de que no era de ellos: la tierra del pueblo palestino. Poco antes de ese otorgamiento espurio, los palestinos de aquellos tiempos dicen que llegaban a sus tierras unos hombres desconocidos a tomar medidas, a examinar y llevarse muestras de las tierras y las aguas. Muy pacíficos se veían y tomaban datos de todo lo posible, incluyendo sin duda a ellos, las personas. Y se iban. Estaban evaluando el territorio del que se iban a apropiar de la peor manera posible.

Hoy, aquí en México, una gobernadora autoriza a unos bien conocidos agentes de la CIA a que ingresen a nuestro país. ¿A qué vinieron, qué hacían en un lugar tan inhóspito como la sierra de Chihuahua, en el marginal municipio de Morelos? Sabemos muy bien que su chamba es tumbar gobiernos, incitar y apoyar golpes de estado, espiar comunistas y gente de izquierda o lo que sean, con tal de que no apoyen al imperio gringo. Bueno, ellos han traficado drogas o torturan y asesinan; han apoyado a grupos terroristas a los que luego tienen que exterminar porque se les salen de control y muchas, pero muchas más lindezas. Los de la CIA son gente que no quisieras ni voltear a mirarlos y mucho menos que se te acerquen porque hasta eso es peligroso. Las preguntas se vuelven cada vez más alarmantes: ¿qué putas hacían agentes de la CIA en la sierra de Chihuahua y quién los dejó entrar? La CIA es peor que el puto diablo, el señor de la mentira y el mal. Y nadie me habrá de decir que no.

¿Qué gobierno querían desestabilizar los agentes de la CIA en medio de la sierra chihuahuense? Lo más lógico es que andaban mapeando, evaluando, levantando datos de la manera en que intentarán apropiarse de la riqueza que se encuentra en la zona. Lo mismo que hacían los judíos visitando Palestina en los años recién la posguerra. Lo cual se oye como una maldición. Eso es a lo que nos expone la llamada Maru Campos, gobernadora de Chihuahua.

En este momento, el ente sionista de Israel bombardea al pueblo palestino en Gaza, al libanés en su propia tierra, para robarle su territorio. Perpetra crímenes que no se veían en este mundo desde los tiempos de Hitler y el temible poder nazi del siglo pasado.

Que le digan a la gobernadora dos cosas: una, que su estado tiene frontera con el imperio que acumula el poder destructivo más grande de la historia de la humanidad; que el arsenal nuclear gringo podría destruir el planeta Tierra unas ocho veces. Y, dos, que el imperio gringo nos robó más de la mitad de nuestro territorio hace menos de dos siglos.

Sólo así se explica la indecible prudencia que han mostrado ante el imperio gringo nuestros dos presidentes: AMLO y Claudia. Es que lidiar con un loco que puede acabar con la vida en el planeta no es cualquier cosa (hace unos días Trump le pidió los códigos nucleares al jefe del Departamento de Guerra gringo. Éste encontró la manera de negárselos, alabado sea el cielo).

Pero, bueno, lo único que no podemos perder es la esperanza. Y es que como decía Andrés Manuel en sus mañaneras, citando precisamente a Pancho Villa, llegandito les decía a los periodistas “ánimo”. Y una vez explicó que Villa siempre les decía, en medio de la batalla, a sus “muchachitos”: “Ánimo porque lo más feo está por llegar”.

Vengo a hablarles de una novela histórica sobre uno de los más grandes héroes que ha dado el pueblo mexicano. El general Francisco Villa. Y, porque somos morenistas, porque vivimos en México y por lo que estamos viviendo en este momento, los sucesos históricos de la novela exigen que haga un parangón con lo que vemos transcurrir en estos días.

Y empiezo con un epígrafe que tiene la novela:

 

 

Un canto para Bolívar

(…) Yo conocí a Bolívar una mañana larga, en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento. Padre, le dije, ¿eres o no eres, o quién eres? Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo: Despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo.

Pablo Neruda

Cada cual en su oficio


 

Estos versos, me remiten a un meme que ha circulado por ahí en las redes sociales. El meme, que muestra las imágenes de los susodichos, dice: 1753: nace Miguel Hidalgo y Costilla. 1853: nace José Martí. 1953: Nace Andrés Manuel López Obrador. Hombres que se dan en este mundo sólo cada cien años.

Bueno, todo este largo prolegómeno para decirles que el personaje de esta novela Querido Pancho Villa, fue, junto con Emiliano Zapata, los que tuvieron la dignísima representación del pueblo mexicano en la Tercera Transformación, que también llamamos la Revolución Mexicana. El pueblo alcanzó logros muy grandes en esta etapa revolucionaria. La primera revolución social del siglo XX en el mundo, la única hasta entonces que convertía en leyes las demandas del pueblo trabajador. Pero esa gran transformación revolucionaria quedó trunca con los asesinatos de los más limpios y auténticos representantes del pueblo: Zapata y de Villa, además de otras circunstancias.

Este autor con medio siglo de diferencia
(y seguimos en la izquierda)



Antes, los ideales juaristas fueron traicionados por Porfirio Díaz luego de la Segunda Transformación.

Y ya en la Primera Transformación Hidalgo había abolido la esclavitud, Morelos promulgó la Constitución de 1824 en que se procuraba “moderar la opulencia y la indigencia”. Pero en los hechos, la esclavitud sólo fue abolida en realidad hasta el siglo XX, con la Revolución, precisamente.

Ya desde finales del XVIII, cuando vino a México, que le habían impuesto el nombre de Nueva España, Alexander Von Humboldt, el que vino a estudiar la fauna, la flora, el clima y, sin duda, las riquezas de nuestro país, el sabio alemán dijo que jamás había visto nación alguna en la que se diera desigualdad tan grande entre pobres y ricos. Y esa circunstancia se prolongó por siglos. Esa es la herencia maldita de la colonia española. Ninguna de las tres transformaciones históricas de México resolvió el problema de esa maldición. En este momento, estimados camaradas, si hay tanto odio de las clases pudientes contra el pueblo mexicano, si hay un encono que hace a una persona que pareciera afectada de sus facultades mentales gritarles a los legisladores de Morena narcopolíticos y llamar narcopresirvienta a una científica de primera línea que nos gobierna, es porque las élites se quedaron acostumbradas, por siglos, a que la plebe no merecía nada, si acaso las migajas que resbalan de sus mesas. En México, la segregación racial jamás se plasmó en ley, como en Estados Unidos. Sin embargo, aquí tuvieron el descaro de dividir a la gente en castas según su color de piel. Los repugnantes calificativos de tentenelaire, negro cambujo, indio saltapatrás, najayote, son el ejemplo de la inigualable hipocresía de los colonizadores. Y un poco antes de 2018 México era, otra vez, uno de los países con más desigualdad en el mundo. El sueldo mínimo llegó a ser ridícula y estúpidamente bajo, comparable sólo con países como Haití u Honduras.

En las tres grandes transformaciones de México, el pueblo puso su sangre a toneladas. Nadie sufrió más que los muy pobres.

Esta novela trata de un hombre que debió vivir veinte años de su vida escondiéndose, robando y peleando combates a muerte, primero para sobrevivir y luego por inercia, para continuar la huida hacia adelante que fue su existencia y, al final, para llevar a sitios de prodigio los hechos armados de la gran revolución que es nuestra Tercera Transformación.

Las tres transformaciones históricas se dieron como respuesta a la desigualdad social, a la gran pobreza de las amplias mayorías. Tenemos el privilegio formidable de vivir en el tiempo de la Cuarta Transformación.

Las dos son tremendamente importantes. México, antes de 2018 avanzaba aceleradamente a la desgracia. O bien hacia una guerra civil, el estallido de la violencia que ya había ocurrido se iba a magnificar. O bien la desintegración —lo que llaman balcanización— del país en un grupo de pequeñas repúblicas. Les juro que llegué a ver mapas que dividían así el futuro geográfico-político de México en ese estercolero que era tuiter y sigue siendo X. La disolución de la patria que habría de ser con violencia.

Aquí recordemos que las otras tres transformaciones de la vida pública de México ocurrieron violentamente.

Y la segunda circunstancia maravillosamente favorable, es que se está dando la transformación sin guerra.

Krauze, cuando se creía historiador e intelectual, dijo que en México había severas crisis de violencia cada cien años. Hablaba de las catástrofes sociales de 1810, 1910. Sin embargo su caracterización quedó muy pobre al compararla con la de Andrés Manuel López Obrador de las cuatro grandes transformaciones.

Conviene anotar que las tres transformaciones, la Independencia, la Reforma y la Revolución fueron cataclismos sociales, guerra civil, la mortandad más grande de nuestra historia en la Revolución, crisis económica e incluso hambruna, además de desplazamientos de población y, necesariamente, un gran sufrimiento para el pueblo raso.

En realidad, la etapa colonial se vivió una época de guerra permanente. Son muchos los pueblos originarios que sostienen con verdad que ellos nunca fueron sometidos por los españoles, lo mismo los mayos y los yaquis del norte que los mayas tzotziles, tzeltales, tojolabales en Chiapas que los chichimecas del Bajío o los purépechas de Michoacán. Los conflictos armados locales terminaron con el gran movimiento independentista que encabezó Miguel Hidalgo y que continuaron Morelos y Guerrero.

El racismo, el clasismo y el sexismo sólo son en realidad debidos a que hay gente que tiene el ego más inflado (de soberbia, de autoexaltación guanga o una autoestima enferma de hinchazón) que los hace creer que tienen algo que de alguna manera los hace superiores al común de las personas.

En síntesis, una gran transformación empezó en México, se fue gestando en el final del siglo XX y floreció en el XXI, concretamente en el año de 2018 gracias a un genio de la política. YaSabenQuien.

Ya hemos dicho muchas veces que jugó contra un contrincante no sólo desleal y tramposo, sino astuto y criminal, con el árbitro en contra, en cancha dispareja y con todos los medios de desinformación atacándolo sin piedad y sin descanso. Pero hay al menos dos hazañas que deben consignarse de AMLO, una que derrotó al sistema de partido de estado más longevo de la historia (ni siquiera el Partido Comunista de la URSS llegó a usufructuar tantos años el poder como el PRI) que además absorbió a la derecha más rancia de México, el PAN para transfigurarse y no menos cambiar a la vieja derecha heredera del siglo XIX que sigue cargando con los vicios más nefastos de los invasores españoles racistas, machos-misóginos, soberbios y clasistas. Pero la otra gran proeza es la de concretar en sí mismo los anhelos más sentidos del pueblo por un lado, pero por otro, también encarnar en su persona todo lo opuesto a las fobias que el ciudadano común observó por muchas décadas en la clase política. Los mexicanos ya estábamos hasta la madre de políticos rateros, mentirosos, cínicos, los del PRI, hipócritas los del PAN, pero todos soberbios, prepotentes y altamente pendejos. López Obrador fue meticulosamente honesto, jamás incurrió en la mentira (no mentir, no robar y no traicionar al pueblo), sincero (ni cínico ni hipócrita), sencillo hasta el asombro; y, aunque lo nieguen, aunque digan que ni siquiera habla bien el español, la inteligencia de AMLO es muy superior a la totalidad de los políticos mexicanos de los siglos XX y lo que va del XXI. (De Claudia no hablo porque tendríamos que esperar a que termine su sexenio, pero pinta maravillosamente).

Y es aquí donde, por fin, empiezo a hablar de este libro que se llama Querido Pancho Villa; una novela que retrata dos facetas del caudillo durango-chihuahuense. Una, su estatura espiritual. Porque sólo alguien que haya tenido una intensa y profunda vida interior puede acumular las virtudes imprescindibles para dirigir un ejército como la División del Norte, tener el valor y el autocontrol que le permitieron salir vivo e ileso en innumerables enfrentamientos a muerte, la inteligencia y la astucia para actuar con temeraria velocidad y seguridad perfecta a la hora de las acciones armadas a gran escala, la intuición para inclinar a su favor a los que eran sus pares en el combate y hasta el carisma para ganarse la voluntad tanto de los soldados rasos como de los subordinados. Pancho Villa —nacido Doroteo Arango— si bien tenía la ventaja de haber vivido larguísimos veinte años como perseguido por abigeo, bandolero de caminos e incluso asesino como lo caracterizó la bárbara ley porfiriana y su policía criminal, siempre a salto de mata, huyendo y escondiéndose, además de participar en un número no determinado, pero grande, de enfrentamientos a tiro limpio, en los que libró la muerte y de huidas que hoy llamaríamos de película llegó a la Revolución gracias a la recomendación de Abraham González ante Francisco I. Madero de que se trataba de un bandido que tenía, como dice nuestro ex presidente AMLO, alguna dimensión social. La otra faceta de Villa, su vida íntima con las mujeres. Él fue un formidable bailarín, igual que Juárez, pero mi general era enamoradizo como nadie. Los que han estudiado su vida privada han encontrado actas de matrimonio que demuestran que se casó, al menos veintisiete veces. Pero otros sostienen que posiblemente sus matrimonios asciendan a poco más de setenta.

Cartel de la novela y el autor



Villa, al igual que López Obrador, era no menos un genio. Pero Villa, siendo genial, no fue a la escuela. El general zapatista Gildardo Magaña le enseñó a leer cuando compartieron muros carcelarios en la cárcel de Belén. Sin embargo, Villa admiraba a los hombres ilustrados, en gran medida de ahí su devoción por don Panchito Madero. López Obrador, bueno, con grandes dificultades, pero estuvo en la UNAM, en la Ciudad de México, aunque tuviera que alojarse, porque no tenía para la renta y a veces ni para la comida, en la Casa del Estudiante Tabasqueño.

Pancho Villa, era también un hombre que amaba profundamente al pueblo y eso lo salvó, porque además terminó siendo una formidable estrategia en el combate, junto con el inmenso conocimiento que tenía del territorio de Chihuahua, un poco menos de Durango y Coahuila. Cuando los gringos hicieron la expedición punitiva, con permiso del Carranza presidente, John H. Pershing estuvo buscándolo un año y jamás dio con él. Villa llegó a decir que “vinieron como águilas calvas (en alusión a su escudo nacional) y se fueron como gallinas desplumadas”. Pershing, por cierto, fue merecedor de la más alta condecoración militar que da su país, la que sólo han obtenido él y George Washington, su padre de la patria.

En fin, Villa es uno de los íconos de México en el mundo. Mao le dijo a Vicente Lombardo Toledano que él se había inspirado para la larga marcha que le dio la victoria y la dirección del poder en China en Pancho Villa. Vo Nguyen Giap, el gran general vietnamita que venció a los franceses a finales del siglo XIX y luego a los gringos en el XX y que vivió 110 años, dijo que él tenía una brigada de élite que se llamaba Pancho Villa. En la guerra civil española había un escuadrón de anarquistas locos, desesperados que se autonombraban Pancho Villa.

La victoria de las fuerzas del pueblo en la Cuarta Transformación, todavía parcial, todavía en una etapa de construcción, debemos cuidarla como la más grande hazaña del pueblo mexicano en su historia, porque está siendo pacífica. Y tiene visos de que nadie la podrá detener en varias, ¿cuatro, cinco?, décadas.

Cuidarla como a la niña de nuestros ojos.

¿Cómo cuidar y defender a la Cuarta Transformación?

Con la unidad. La unidad entre la gente de izquierda suele ser tremendamente difícil. Los de izquierda, como son gente valiente, autosuficiente, atrevida, con fuertes convicciones, suelen pelear mucho para defender sus ideas. Siempre hemos visto que dentro de los partidos de izquierda hay terribles pleitos. Cito dos ejemplos muy grandes de nuestra historia: uno, la declinación de Heberto Castillo para el proceso electoral de 1988, con lo cual le dio la victoria a Cárdenas. Victoria que el genio del robo y el asesinato Carlos Salinas de Gortari usurpó. Y, dos, la reclusión de López Obrador en su pequeña propiedad de Palenque, Chiapas, donde vive en condiciones monacales. Uno de los más costosos errores de la izquierda, de sus gobiernos, es la eternización en el poder. Como lo vimos con Evo Morales, con el comandante Hugo Chávez y Nicolás Maduro, Daniel Ortega y el mismo Fidel Castro. Heberto y López Obrador son los ejemplos superiores de que las grandes virtudes de los izquierdistas, debe añadirse el de la humildad y la renuncia al “necesariato”.

Otra virtud no menos grandiosa de la izquierda es el amor al pueblo expresado en beneficios materiales contundentes y efectivos: materiales, no sólo palabras bonitas. Si algún día ganara la derecha, toquemos madera, quiero ver quién va a ser el guapo que cancele todos los programas sociales que, además, ya son ley y que dejó AMLO y está ampliando Claudia Sheinbaum. Si un día lo intentaran se les incendia el país. El verdadero amor al pueblo se vuelve algo muy concreto con esos programas sociales.

Otra de nuestras esenciales características. Nunca ser como es la gente de la derecha. “El más pérfido engaño del mal es la invitación a la lucha, porque esta te vuelve igual que tu enemigo”, dijo el escritor Checo Franz Kafka. Toquemos madera una vez más, si un día llegáramos a ser iguales que ellos de cínicos y rateros como el PRI o de hipócritas y rateros como el PAN, entonces nos habrán vencido totalmente y en toda la línea. México, en tal caso, no tendría salvación.

La Cuarta Transformación es un tesoro que hemos logrado los mexicanos. Es un ejemplo mundial. Es la punta de lanza de las izquierdas del mundo. Y, no menos, es la salvación de México. Hemos visto que las tres transformaciones anteriores de nuestra historia concluyeron en traiciones; en gatopardismo, cambiar todo para que todo siga igual o en quedar truncas. De nosotros y de muchos más depende que esta gran revolución pacífica que estamos construyendo llegue a un estado superior de nuestra patria para bien del pueblo mexicano.

lunes, 16 de febrero de 2026

Cuentos desde el Subterráneo, Historias del Metro

 



Invitación


  

Sería en agosto o septiembre que encontré en algún lugar de internet una convocatoria para un concurso de cuento que titularon “Historias del metro. Cuentos desde el subterráneo”. Invitaban la editorial Hilal y la Alcaldía Tlalpan principalmente, pues había otras organizaciones o empresas convocando. Desde hace quizá unos cinco o seis años tengo en mis archivos una anécdota —un abuso, uno más, de la policía contra los ciudadanos— ocurrida en el metro. Como, de alguna manera lo viví, estaba escrito en forma de crónica, así que le di una manita de gato para que se convirtiera en cuento. Se llama Tres hazañas policiacas. Además, en el taller Eusebio Ruvalcaba (en el que participo digamos como coordinador adjunto u oficioso del maestro Jorge Arturo Borja, coordinador oficial del taller que adoptó el nombre de su fundador, el propio Eusebio que trascendió a un espacio-tiempo mejor que este, lo cual hace ya nueve largos años) digo, en este taller le escuché una anécdota terrible a mi querido amigo Juan Carlos Martínez y, con su debido permiso, la escribí en forma de cuento. La trabajé con los camaradas del susodicho Taller Eusebio Ruvalcaba y el cuento terminó por ser titulado Residuos podridos de felicidad. Vi que en la convocatoria admitían, siempre y cuando se involucrase al metro, como máximo dos cuentos, en dos categorías diferentes a que convocaban, así que modifiqué un poco los dos cuentos y los mandé al concurso. Uno, el Tres hazañas… entró en la categoría de Suspenso-Thriller y el otro, Residuos podridos… lo propuse en lo que llamaron Realismo Urbano. Los dos fueron aceptados para formar parte de una antología que se formará con algunos de los cuentos —los más significativos— que se recibieron.

Los libros se van a repartir gratuitamente y la primera entrega se hará el próximo día sábado 21 de febrero en la presentación del volumen que contiene la dicha antología; esto ocurrirá en el auditorio de la Alcaldía Tlalpan a las doce del día.

Lo que sigue son los dos cuentos.

 

Pterocles en lectura


 

 

 

 

 

 

 

Tres hazañas policiacas

 

Pterocles Arenarius

(Esperarían Escultor)*


Hay un lema que siguen todos los que practican este oficio: “Si quieres llegar a policía viejo hazte pendejo”.

 

Hace un par de semanas vi un pleito en el metro. En realidad no fue pleito sino una pequeña golpiza que un policía vestido de civil le atizó a un viejo pendejo (y, quizá, borracho). Los hechos fueron como sigue:

El policía era un muchacho que acaso alcanzaba los treinta años. El viejo pendejo era un bien entrado sexagenario. El joven policía iba sentado casi dormido y, aplastado medio horizontal sobre el asiento, hacía que sus rodillas casi tocaran el lugar frente a él, con lo cual provocaba que nadie pudiera sentarse ahí.

El viejo, seguramente borracho, se empeñó en sentarse en el asiento que el policía obstruía con sus rodillas.

El viejo se metió casi a fuerza y se apoltronó. El policía se hizo el molesto y se apartó de muy mala gana, es muy seguro que trajera encima 24 horas sin dormir, pues suelen trabajar 24 horas (de actividad) por 24 horas (de descanso).

El viejo traía un paraguas, una mochila y un libro. Desafiante (quizá borracho, como ya se dijo) se sentó frente al policía. Se miraron feo los dos y noté que se empujaban belicosamente con las rodillas. El viejo se puso a leer el libro que llevaba. El policía siguió dormitando. Así se fueron desde Pino Suárez hasta Moctezuma, íbamos en la Línea color de rosa, la Uno. Ahí el viejo se puso de pie para salir, pero las largas piernas del policía le estorbaban el paso. Lo empujó, le pegó con las rodillas para hacer a un lado las piernas del estorboso policía y salió. Empezaron a insultarse: “Ora, viejo pendejo”. “Pos hágase a un lado y deje pasar, cabrón, qué no ve que está estorbando”. Se mentaron la madre mutuamente. De pronto, el viejo, furioso, le tiró un sombrillazo al policía. Éste, un joven, lo esquivó. Se levantó furioso y se abalanzó contra el viejo que esgrimió valerosamente su paraguas como defensa y le tiró un tremendo golpe de sombrilla. Pero el otro era un joven, fuerte, policía, sin duda entrenado para los enfrentamientos y, por lo menos, unos diez centímetros más alto que el viejo pendejo y borracho. El policía detuvo el golpe con asombrosa facilidad interponiendo el antebrazo. En ese momento, a causa del golpe de sombrilla, su reloj salió volando y nadie se percató. Le quitó el paraguas al viejo pendejo, le dio un par de golpes a puño limpio en la cara, en la cabeza, lo tiró al suelo de un aventón y le dio una patada en la espalda. Luego, olímpicamente, como si nada hubiera ocurrido, se metió en el carro del metro que se había detenido. Quizá, el conductor había visto la riña. El viejo no estaba de ninguna manera a gusto. Se levantó del suelo, empezó a gritar “¡Policía, policía!” y fue corriendo a jalar la palanca de emergencias que hay en cada carro del metro y que así no puede avanzar.

Llegaron cuatro policías. El viejo borracho les dijo “Aquí el muchachito me agarró a patadas en el suelo; agárrenlo”. Uno de los policías obedeció, pero el policía golpeador no perdió el tiempo, le dijo por lo bajo “Bríndame la atención, pareja, háganme el paro, no sean gachos”. Que no otra cosa se dicen los policías cuando cometen un delito o le pegan a un viejo, para que sus “parejas” no los detengan.

Y, ciertamente, lo soltaron cuando ya hasta lo habían agarrado. Y el policía que apaleó al viejo se fue caminando para salir de la estación del metro como si no hubiera pateado en el suelo a un hombre que, por la edad, podría haber sido su abuelo.

El viejo gritó a los policías “¿Por qué lo dejan ir?, ¿le tienen miedo?”, y le gritó al que huía: “¡Ven a seguirme pegando, cobarde, hijo de tu puta madre!”. Lo dejaron ir.

El viejo borracho (y pendejo) se puso a recoger su mochila, su libro, su gorra (traía una cachucha que no se había mencionado), su paraguas y, ¡oh, sorpresa!, el reloj que, nadie lo notó, se le cayó al policía a causa del sombrillazo que le dio el viejo.

Cuando terminó les dijo “Ya lo dejaron ir, ¿verdad?”. Los policías, haciéndose pendejos, no le contestaron. Uno de los uniformados le dijo: “¿Cómo pasó todo?”. El viejo pendejo (y borracho casi seguramente), indignado contestó: “¿Ya para qué me preguntas?, ya lo dejaron ir. ¿Para qué sirven ustedes? Son servidores públicos y no sirven para nada”. Y se fue.

La historia no acaba aquí.

Salimos juntos del metro Moctezuma, del lado de la colonia del mismo nombre. Hablamos:

―¿Cómo ves?, hijos de su reputa y rechingada madre ¿no? ¿Por qué dejaron ir al hijo de su puta madre que me pegó?, ―el viejo, borracho, no se había dado cuenta que el que lo golpeó también era policía (pelón, joven, desvelado y, lo más importante, conocedor de los códigos para que sus “parejas” no lo detuvieran). No se lo dije.

―Ssssí, son cabrones. Ps ya se querían ir a dormir…, por eso lo dejaron ir. Y es que luego se tardan mucho en los trámites y levantar acta y todo eso, cuatro, cinco, hasta ocho horas. Y ellos ya se querían ir a descansar.

―¿Y por eso ya te pueden matar a chingadazos en el metro sin que se pongan a hacer su trabajo los hijos de su chingada madre? ¿Entonces para qué putas sirven?

―Así son, mi amigo… ―en ese momento una patrulla apareció dando vuelta con sirena abierta por la esquina atrás de nosotros.

―¿Y estos hijos de su puta madre qué…?, ―dijo el viejo borracho. Pensé un par de segundos y le dije:

―¿Sabes qué, compadre…? Así como ves son capaces de que vienen por ti. Los mandarían los mismos policías del metro. No, si estos cabrones son una porquería. Pero no tienen evidencia de que tú eres, nada más recibieron la llamada por radio, nos quieren asustar a ver si nos echamos a correr o les tenemos miedo. Tú tranquilo ―no era necesario que se lo dijera, sino al revés, el viejo estaba encabronado y más bien había que tranquilizarlo para que no insultara a los policías. No les tenía miedo―. Si nos caen tú eres un ciudadano que no sabes ni madres de lo que pasó ahorita en el metro, porque por áhi nos van a tratar de cinchar.

Como vieron que no huimos apagaron el puto escándalo de la sirena, pero aminoraron la velocidad de la patrulla y se pusieron al parejo de nuestra marcha. No podíamos verles la cara por las luces azul y roja que emite el penacho de la patrulla, pero sin duda nos veían como su botín. Detuvieron el vehículo, se bajaron de la patrulla que atravesaron prácticamente en nuestro camino. Con la mano en la funda de la pistola, como amenazando con sacarla, llegaron hasta nosotros.

―Usté, caballero ―nos dijeron con la extraña y puta maña de los policías de llamar caballero a todo el mundo―, tiene que acompañarnos. Identifíquese. Tiene el reporte de que participó en una riña en el metro y se escapó de la autoridá ―completaron señalando al viejo borracho que me acompañaba. El viejo dejó de parecerme tan pendejo por la manera en que reaccionó:

―Mire usted, señor, ignoro a qué se refiere. No tengo idea de lo que dice. No sé ni de lejos de qué riña me está hablando. Pero sí le recuerdo que la Constitución Mexicana dice dos cosas que ahorita caben muy bien, una, que ningún acto ni reglamento ni operativo, como ustedes les llaman, está por encima de las leyes constitucionales y, dos, que también dice que ningún ciudadano puede ser molestado en su persona, propiedades o tránsito si no existe una orden judicial ex profeso que así lo establezca. ¿Puede enseñarme la orden judicial que lo autorice a interrumpir nuestro tránsito?

―No, mire, a nosotros nos dan un aviso de que un sujeto agredió a un pareja, digo a un policía en las instalaciones del metro estación Moctezuma. ―Dijo el policía como si leyera de una pequeña libreta en la que, supuestamente, habría apuntado lo que le dijeran por radio―. Y el retrato hablado es igual a usté.

―Le repito, nosotros no sabemos nada. Lamento que su colega haya sufrido una agresión y, si no tiene orden judicial que lo autorice a interrogarnos, su retrato hablado no tiene validez y hasta se me hace que no existe, así que le pido que no moleste nuestro tránsito y cumpla con la ley. Con su permiso. ―Y echó a caminar. Los policías no se atrevieron más que a, primero, quedarse parados mirándose uno al otro y, luego, regresar a su patrulla. Todavía alcancé a oír que dijeron:

―¿Cómo ves, pareja, les damos en su pinche madre?

―Yo creo que no, pareja, se ve que estos rucos se la saben y pa’qué le movemos… ―y se fueron.

Caminamos un poco, unos cincuenta metros. El viejo no tan pendejo, pero sí borracho me dijo:

―Cabrones, hijos de su chingada madre. Pobres imbéciles. ¿Quieres un pegue?, ―mientras me ofrecía una anforita de anís El Mico.

 

*Como pueden ver, Esperarían Escultor es un anagrama de Pterocles Arenarius

 

Cinco dedos, cinco libros


 

 

Residuos podridos de felicidad

 

Pterocles Arenarius

(Esperarían Escultor)

 La gente nunca está convencida de tus razones, de tu sinceridad, de tu seriedad o tus sufrimientos, salvo si te mueres.

Albert Camus

 El mérito es el náufrago del alma / Vivo se hunde, pero muerto flota

Salvador Díaz Mirón

 

Era quizá el día diez o doce en que me encontraba dedicado a beber de día y de noche sin detenerme más que para dormir y eso porque me vencían el sueño y la fatiga. Después del cuarto día me expulsaron de mi casa (justamente). Y no me preocupó.

Tenía una tarjeta de débito y una de crédito. Troné la primera aunque me tomó cinco largos días para lograrlo. Seguí con la de crédito (para desgracia de mi familia tenía diez veces más de dinero que la otra, aunque no fuera mío).

Así, el día diez, ¿o sería el doce?, amanecí dormido en un basurero de la colonia Oriental. Estaba batido de mierda de perro, todo miado y con muchas ganas de que el mundo explotara en pedazos. O por lo menos yo. Mi aspecto ya era el de una “persona en situación de calle”, como dice la hipocresía general. Me valía verga. Con el plástico mágico, entré en un “centro comercial”, porque el dinero habla, aunque mi aspecto fuera muy mugroso. Saqué más alcohol. Me robé lo más que pude de “promociones y pruebas de alimentos para el público” para comer algo. Me fui a la calle a seguir bebiendo. Como casi todos los días, me encontré con borrachos callejeros, muy amigables ellos, si les invitas un trago y me puse a “ingerir bebidas alcohólicas” —como dicen en La Prensa, El Gráfico y El Metro— con aquellos borrachitos y lo perpetrábamos en plena vía pública. La policía no molesta a los borrachos indigentes, sólo a los que se ve que pueden ser extorsionados.

Así, beber sin tregua hasta quedar otra vez bien bútago.

Y luego despertar de la involuntaria mona y sentirme un poco peor que antes. Cada vez peor. Y entonces emborracharme de nuevo para terminar inconsciente, enmierdado, roñoso, sucio, pestilente. Y despertar de nuevo para darme cuenta de que el puto mundo sigue. Cada nuevo día un poco peor.

Hasta que ya no aguanté. No se podía llegar más abajo. Me dije “Ya que chingue a su madre el mundo” y en ese momento decidí que era el momento de irme a la verga. Si no estudié leyes como quería mi jefe; no estudié sicología como decía “ya de perdida”, mi jefa. Si decepcioné a mis hermanas que, entre los reclamos y la conmiseración, eran incluso amigables; pero mis hermanos y mi padre sólo me decían “Ya párale, cabrón; si no te vamos a anexar para que te vuelvan hombrecito y se te quite tantito lo pendejo”. No me gustaba trabajar ni estudiar ni hacer deporte. Nada más iba a la escuela a embriagarme y a fumar mota o si acaso a ver si había alguna morra que quisiera coger conmigo. He sido güevón, mantenido, buenoparanada, pendejo, cachazudo, chambón, cínico desvergonzado, borracho y mariguano. Y casi todos me lo recordaban todos los días. Morir a la verga. Y ya. Caminar era molesto, hasta doloroso de tan crudo. También respirar. Pero también ver el mundo. Puta madre. Lo más sencillo y sensato era irse a la verga.

Me metí al metro Candelaria, en la línea Uno. Eran las siete de la mañana; con el frío y con una cruda de diez, ¿o doce o quince?, días, todo puerco, triste pero no, eso ya no era tristeza, era odio contra mí.

Me metí al metro.

En la dirección a Observatorio había miles de imbéciles que iban con su docilidad más estúpida a entregarle su vida a un puerco que sólo quería hacerse más rico con su trabajo, con su existencia. Cada momento que respiren es para darle más dinero a sus patrones, a los triunfadores, a los paladines del dinero y al capitalismo. A cambio de su pendeja existencia.

En Dirección Pantitlán había muchísima menos gente. Me puse en el andén del metro que va a Pantitlán. Y cuando venía el tren dije chingue a su madre dios y también el diablo y me lancé a las vías para que el tren me convirtiera en algunos kilos de carne con sangre, huesos quebrados y pestilencia pues todo queda revuelto con mierda.

Ya sé cómo es eso. Así quería que fuera: se oyen ruidos de láminas que golpean algo muy fuertemente como si el mundo se rompiera en desorden, pues están triturando a un imbécil. Se oye el frenar del metro, terrible y desesperado. Hay gritos de gente que está viendo como ocurre el asunto. Y sale humo de pronto, pero tiene un olor indefinible y repugnante, ¿mierda con hule quemado, carne pudriéndose, con el ruido de huesos que se estrellan en las láminas, el humo y la peste? Eso esperaba. Luego tenía que venir la ansiada oscuridad. Para siempre.

Sólo oí el frenar del metro. Un ruidazo horrible y largo. Algunos gritos de gente que ni sabía lo que estaba pasando y una estúpida sirena de alarma. Luego se impusieron los gritos, principalmente de mujeres. También había de hombres que ladraban tratando de dar órdenes.

Me di cuenta de que la muerte es, más que nada, quizás, confusión.

No sé por qué estaba tirado (si había caído parado) ante la carátula del tren del metro y la cara de espanto de una muchacha, la conductora, que me miraba entre el asombro, la compasión, el horror y, creí ver también, al final, un dejo de burla. “Vean, este es el pendejo que se quería matar. Quería que yo lo matara; qué poca madre. Pero ni para eso sirve el imbécil”.

Muy rápidamente llegaron cuatro policías del metro; se bajaron a las vías, la gente seguía gritando, pero ahora también había chiflidos de mentadas de madre, sin duda para mí.

—Hijo de tu puta madre, ¿qué ibas a hacer pedazo de mierda?, —me dijo un policía enfurecido, prieto y de más que notoria mala entraña.

—¿No estás viendo que es hora pico, hijo de tu perra madre?, —con odio pronunció el otro, chaparro, artero, mientras me golpeaba en el estómago.

Me sacaron de inmediato, me iban cargando entre los cuatro, porque no traían ni camilla; me levantaban de las greñas y de las patas y con la mano que a alguno le sobraba me iban golpeando en el cuerpo, donde no quedaran huellas, no fuera a denunciarlos por violar mis derechos humanos.

Me encerraron en un cuartito del andén, de ésos que no tenemos idea para qué los usan; me vendaron los ojos y me amarraron las manos por atrás, luego estuvieron insultándome: “pedazo de cagada, pobre puto culero, ¿por qué nos querías perjudicar, hijo de perra?”, y también practicaban sus mejores golpes: bofetones, patadas en las nalgas, en el vientre. Me agarraban de las greñas y me jaloneaban para atrás y para adelante o en círculo zangoloteándome, me estrellaban en la pared y cuando se les bajó el coraje seguían pegándome pero ya les daba risa.

En un momento, cuando estaban bien emputados, llegué a pensar “Si me siguen madreando así, en menos de diez minutos me van a matar. Ojalá”. Pero siguieron mucho más. Y no me mataron.

Me llevaron arrastrando, me arreglaron, me escupieron y con una jerga del suelo me limpiaron los gargajos de la cara. Me entregaron con los de una patrulla que me llevó con un juez cívico. Me acusaron de “Violar el reglamento del Sistema de Transporte Colectivo Metro, por arrojar objetos sucios (así pusieron) y peligrosos a las vías de este Sistema, para provocar el caos y la interrupción del servicio del STC”.

El juez me condenó a dos años de cárcel.

Estuve preso tres meses. Mi familia pagó la fianza. Frente a la brutalidad de los presos, su límpida (inocente) maldad (no como los policías que son malos pero perversos, por el placer de robar en su beneficio o el de dañar sin motivo), la tremenda fuerza ante la vida del que no tiene libertad, sus maneras de fugarse del mundo real (fumar mota, o piedra o hacer artesanías increíbles a partir de basura o capturar ratas, dejarlas hambrientas por días y estar toreándolas para que se vuelvan bravas y, al fin, echarlas a pelear hasta que se maten) y muchas más cosas que me enseñaron, cuando me di cuenta ya no tenía ganas de morirme. Seguí siendo borracho y además me hice drogadicto. Es que encontré en esa gente momentos clave de una forma horrenda y hasta repugnante de la felicidad. La importante, la básica y esencial felicidad de los placeres animales, retorcidos, bueno, pero placeres.

A partir de aquélla es posible hallar otras formas; a veces peores o a veces sublimes especialmente bien mariguano o alterado con lo que sea. Porque la felicidad no existe, pero hay momentos en que uno se la encuentra como encontrar una mujer desnuda que quiere entregársenos sin condiciones ni motivos. Sólo hay que tener paciencia y no pedirle nada a la vida.

Me metí a estudiar para complacer nada más a mis hermanas. También a trabajar para taparles el hocico a mis hermanos y a mi padre.

Nomás por eso, por las formas retorcidas de la felicidad que me enseñaron en la cárcel, a veces hasta quiere uno vivir.