jueves, 14 de julio de 2022

 

No soy monedita de oro

 

Pterocles Arenarius

 

Mi gran amigo Mario Alberto Sánchez Castellanos me invitó a que diera un curso de ortografía y redacción para algunos de los dirigentes de la Cooperativa Pascual. Encantado. Me pidió una propuesta o más bien yo se la ofrecí. Luego me dijo que lo que lo que requería era un manual. Pocos minutos él me proporcionó el manual. Lo revisé y estaba bastante aceptable, aunque tenía algunas imperdonables faltas de ortografía y aun de sintaxis. Pero, en general, estaba aceptable. Me fui el lunes 11 de julio a dar la primera sesión del curso. Nos apersonamos un poco tarde. Hubo una confusión con el domicilio. En fin. Llegamos y ya nos estaban esperando. Mario me dijo que empezara, aunque no era ese el plan original.

Treinta años enseñando.


Empecé. Lo primero fue una exhortación a la lectura. Una alabanza de los libros y una invitación a la literatura. Los conceptos más elevados sobre el gran arte de la letra, sobre el acto de leer. Las grandes citas de Borges sobre los libros y sobre la lectura y así. La literatura es, entre muchas otras cosas, la posibilidad de vivir varias vidas en el tiempo que tenemos destinado para permanecer en este mundo. Lo que se vive al leer suele ser tan intenso, tan impactante, que se convive con los sentimientos y emociones de los protagonistas, se sufre, se goza y no menos se piensa, se medita, se discierne. No es gratuito que Borges haya dicho que el libro es el más importante invento de la historia de la humanidad. El arte de la letra uno de los más grandes logros de estos que nos llamamos homo sapiens-sapiens, así, doble. No es exagerado pensar que nos merecemos la existencia nada más por las artes y las ciencias. Las primeras en la exploración del ser humano, de su espíritu y las segundas en el descubrimiento del universo y sus prodigiosas, fascinantes leyes. En medio de ambas, se encuentra el misticismo, el conocimiento oculto de nosotros mismos. Vivir, tener consciencia, saber de nosotros y del cosmos que nos rodea es un inmenso privilegio. Una enorme cantidad de milagros tienen que ocurrir a cada momento para que se mantengan los delicados equilibrios que permiten que sigamos vivos en medio de la infinita naturaleza. En fin, todo eso es también importante en el simple acto de redactar correctamente, porque eso es un paradigma de lo que llamamos civilización. Les hablé un poco de lo que es tal concepto: la creación casi milagrosa de un lenguaje tanto hablado como escrito. La magia insuperable de nuestros más remotos antepasados, los que dieron los nombres en este mundo: en el principio fue el sustantivo, después el adjetivo y, sólo entonces, el verbo. La posibilidad de transmitir las ideas a través de ese medio, la palabra. El pasmo de que cuestiones tan abstrusas o elevadas o complejas o exquisitas o terribles o verdaderas se puedan expresar a través del lenguaje. La existencia grandiosa del lenguaje escrito y, concretamente, del libro, que, como lo dijo Quevedo: “En medio de pocos pero doctos libros juntos / estoy en conversación con los difuntos / y entiendo con mis ojos a los muertos” (o algo así). En fin, si los humanos algo somos es nuestra memoria y ésta sólo es expresable por medio del lenguaje. Por último, empecé a abordar temas simples, pero imprescindibles de la gramática, como el uso de las mayúsculas, las reglas para emplear la b y la v en las palabras que así lo tenemos establecido. Igualmente, cuando usar c, s, sc, cc y z. Las reglas son más bien difusas. Luego abordamos el grave conflicto que han sostenido por siglos la g y la j, con la indiscernible —sólo de memoria— invasión de la g en terrenos en donde pareciera que sólo la j era soberana y luego la g tiene que echar mano incluso de la diéresis para dar los sonidos de güe, güi. La otra cuestión es que cuando alguien se convierte en un gran lector tiene una total claridad cuando se usa una letra u otra. Las reglas incluso pueden fallar. En fin. Para cerrar con broche de oro los puse a leer el inolvidable Prólogo de Arreola para su Bestiario. “Ama a tu prójimo porcino y gallináceo (…) esperpento de butifarra…”. Para que fueran viendo de qué se habla cuando mencionamos la literatura, la palabra mayor.

Con mi hermanito Charlie Monttana.

Hay que anotar que se trataba de un curso de ocho horas. ¡Ocho horas!, para dejarles cuanto fuera posible de lo que puede considerarse la acción de escribir bien, lo mejor posible, correctamente y hasta bonito. Un tiempo exageradamente breve, y esto lo dice un sujeto que lleva más de cuarenta años leyendo y más de treinta escribiendo, perfeccionando el acto de la escritura.

De eso y quizá algún otro tema les hablé a los hombres y mujeres que dirigen o al menos tienen algún mando gerencial o de mediana o quizás alta influencia en la Cooperativa Pascual. Terminé y me sentí satisfecho.

Fui a comer con ellos a una fondita que está enfrente del local de la cooperativa en donde fue la sesión. Traté de romper el hielo con ellos, pero creo que no lo logré hasta donde me lo había propuesto. Y me fui a mi casa.

Recibir un premio.

Al día siguiente, el martes 12 de julio me tocaba iniciar la segunda sesión a las 12 del día. Se me sugirió el día anterior que me vistiera de manera más formal, como ejecutivo. Ocurre que había vestido un saco encima de una guayabera, ciertamente un tanto inusual, pero, creo, no dejaba de ser presentable y aun elegante. La corbata me parece inadmisible. En fin. Esta era la sesión más árida, definir corriendísimo las principales reglas de uso de algunas letras, las que me faltaron el lunes, ejemplificar sus usos, hacer lo mismo con las reglas de acentuación, los diptongos y triptongos, los signos de puntuación y hasta empecé la parte que en el curso se llama “Redacción estructurada. Claridad y sencillez en la exposición de temas”. Una introducción a la escritura práctica. Incluso omití ejemplos de los temas anteriores para que en el territorio de la praxis ejercieran el prodigio de la escritura: “La única manera de aprender a escribir es escribiendo”; “Gris es el mundo estéril de la teoría, verde y feraz es el maravilloso universo de la práctica”. Eso sería el miércoles y el jueves. La mitad del curso. Perfecto.

A eso de las nueve de la mañana, cuando tomaba un delicioso café bien cargado para adecuarme al día me llamó Mario Alberto por teléfono.

—Yo creo que ya no vas a dar el curso de Ortografía y redacción.

—¿Y eso, por qué?

—Se quejaron de ti. No les gustó tu modo de exposición… —me quedé poco menos que estúpido. No lo alcanzaba a concebir.

—Oye, pero… no entiendo.

—¿Dónde te quedaste? A ver qué tanto se puede rescatar del curso. —Le dije donde me quedé. No quise pedir más explicaciones. No les gustó. No los toqué en el alma. Valió verga todo.

La apariencia. El engaño.

—Entonces, supongo, ya no tiene ni caso que vaya, ¿verdad? —Él hizo un silencio y preguntó algo a alguien cubriendo la bocina del teléfono y me contestó:

—No, ya no es necesario… —y adiós. Ni siquiera nos despedimos.

Borges dijo alguna vez que “Nadie enseña a nadie. El maestro lo único que puede hacer es mostrar ante sus discípulos el amor que siente por su materia”. Eso hago siempre. Esta vez fracasé asquerosa y dolorosamente. ¿Para qué le iba a decir a mi amigo querido que había hecho lo mejor, lo más grande posible que soy capaz de dar, que puse mi fuerza intelectual, espiritual y hasta mi vigor físico para llevar a cabo esa seducción de que habla Borges? Como siempre lo hago, como siempre, en unos treinta años de enseñar lo he hecho. Los ocho ejecutivos ¿medios o altos?, de la Pascual me mandaron a la verga. Sin más concesiones.

El desaliento fue casi inmediato, después del tremendo desconcierto. Puta madre, si cuando me dirijo a un público ya sea en una conferencia, en una presentación de libros o hasta en una clase hasta me aplauden y siempre me felicitan y hasta me piden autógrafos. ¿Qué puta mierda pasó aquí? ¿En qué fallé?, me puse a pensar. ¿Por qué no les gustó “mi forma de exponer”, a quiénes no les gustó, cuántos de los ocho fueron los que reclamaron, qué fue exactamente lo que se constituyó motivo de queja? Me tiré a la cama a meditar, a recordar todo, a reconstituir todos los momentos del curso, a hacer autocrítica.

Querido Pancho Villa
Mejor me voy a Tepeji a presentar mi novela.

Y concluí: hice lo mejor que pude, como siempre lo hago. Entregué cuanto era posible entregar. Si querían más, yo ya no tengo más. Es decir, querían, esperaban, deseaban algo diferente. ¿Qué putas querían diferente? ¿Mejor?, no tengo la soberbia para decir que no hay nadie que lo hiciera mejor, pero sí para afirmar que no es fácil que encontraran quien lo hiciera mejor de lo que hice. Lo creo firmemente. No deseaban algo mejor. Ni siquiera saben que era difícil encontrar algo mejor (y que les cobraría diez veces más que yo), deseaban otra cosa. Y vi a los otros instructores, de computación, de superación personal y buenos modales. Eran jovencitos muy bien vestidos, exageradamente aliñados, con traje y corbata a juego, ellos; de vestido formal y más que lindo ellas. Limitados, intelectualmente débiles, lo juro —“En el modo de agarrar el taco se conoce al que es tragón”, decía mi madre. La ignorancia se nota por encima de la piel, digo yo—, espero que en sus sendas materias hayan sido, sean, poderosos, y es que vi una clase de uno de ellos. Otra persona es autor de un libro de autoayuda, con eso digo todo. Pero eso era, sospecho, al final no puedo dar certezas, sospecho, que eso era lo que querían. Y yo les ofrecí mi apariencia de viejo hippie de pelo largo (aunque rigurosamente contenido en una cola de caballo), de barbas hirsutas y ya casi por completo blancas, sin corbata y con los zapatos más bien muy usados, chimuelo (se me cayó un diente frontal inferior hace apenas un par de meses —ya fui a la dentista, no me reclamen— además, una persona de cierta edad que muestra una dentadura impecable es un tanto absurdo, es casi monstruoso ver a un viejo con dientes de chamaco veinteañero).

No pude dejar de recordar que hace muchos años, cuando me acercaba a los cincuenta, me mantenía en excelente condición física. Yo he sido deportista desde niño. Iba a correr al deportivo más próximo a mi casa y, voy a presumir, a mis cincuenta de viejo, no había nadie que me ganara a correr. Sí admito que me ganaban los jóvenes que entrenaban atletismo, pero si siquiera los muchachos que jugaban futbol me ganaban. Nadie me soportaba cinco vueltas al paso que iba, aproximadamente 1’45” por vuelta de 400 metros. Y conste que a mis 20 años podía correr esas vueltas en 1’10”. Una vez ahí andaba corriendo alegremente, rebasando a todos los que hacían lo propio. No dejé de notar una pareja, ¿hermanos, novios?, muy elegantes para ir a correr ellos. Llevaban un formidable perro quizá pastor alemán. Los rebasé como a todos. Luego los alcancé por atrás una vez, luego otra. Y en un momento su perro me acosó. Me detuve y les dije agarren a su perro, ¿qué les pasa?, y seguí corriendo. Cuando volví a alcanzarlos por atrás la mujer me dijo “Ya cálmate, modesto”. O sea, ellos creían que yo iba a la pista como ellos, a lucir sus pants de marca, sus tenis de miles de pesos y su perro de pedigrí. Dije qué gente tan pendeja, dios santo. O sea, tengo que ser tan mediocre como ustedes para que no se molesten los señoritos.

Y esto último me hizo pensar que aquellos muchachos —los más viejos rondaban la cuarentena— no tienen idea de lo que les estaba dando o bien les molestó un viejo sabelotodo que les avienta conceptos a lo bestia sin explicarlos debidamente, despacio. Cometí un error, por lo menos. Debí quizá decirles que lo suculento del curso sería al final, que había reservado dos sesiones, cuatro largas horas, para que practicaran la escritura porque sólo se aprende a escribir escribiendo. Es decir, que dedicaríamos lo más de tiempo posible a escribir. Además, la excesiva velocidad de mi exposición apelaba a que ellos son gente de alto nivel, dirigentes. En fin.

También cometí el error, quizá, de no haberles contado que hace muchos años, en el 82, 83, por aquellos tiempos, yo participé, como militante que era del Partido Mexicano de los Trabajadores, en la histórica huelga por la Pascual y luego la lucha que concluyó con la creación de la Cooperativa Pascual. ¿Para qué?

Me consuela (¿?), no, no me consuela, puesto que no me afectó. Sé que soy un buen escritor, de los mejores de este país (humildemente sea dicho), aunque no muchos lo sepan y soy también un buen maestro. Este escrito es para poner las cosas en su lugar. Más bien ponérmelas ante mí mismo. Decía que no me consuela aquella canción de Cuco Sánchez: “No soy monedita de oro / Pa’caerle bien a todos / Así nací y así soy / si no me quieren ni modo”. Si esa gente de la Pascual no me quiere, allá ellos. (Pero ellos se lo pierden).

jueves, 7 de julio de 2022

 

Enstasis

Violeta Ortega: Islera


Trabaja en el mundo invisible al menos tan

duro como lo haces en el visible.

Rumi


Islera es un homenaje a un toro bravo que murió en los avatares toreriles, pero no sin antes llevarse entre su cornamenta a, ni más ni menos, que el famoso torero llamado Manolete (si no mal recuerdo se llamaba Manuel Rodríguez). El toro se llamaba Islero. Su madre fue Islera. Hoy, Islera es una galería de arte. Se encuentra —precisamente como habitante de una isla, es decir, islera— en el corazón del más que populoso barrio de La Merced, otrora gran centro de abastecimiento citadino del que fuera Distrito Federal, en el mero Centro Histórico de la Ciudad de México.

Telar 


domingo, 5 de junio de 2022

144 cumpleaños de mi general Villa

 Pancho Villa 144 años

Pterocles Arenarius

El 5 de junio de 1878 nació en una comunidad llamada La Coyotada, en la hacienda de Río Grande, municipio de San Juan del Río, Durango, un niño que recibió el nombre de Doroteo y le tocaron los apellidos Arango y Arámbula. Pocos años después él cambiaría su nombre por el de Pancho Villa. Es decir, hoy se cumplen 144 años (12 veces 12) de la llegada a este mundo de hombre tan singular.

Portada de Querido Pancho Villa
(Foto histórica del general intervenida por Violeta Ortega)


En la novela Querido Pancho Villa y también en el libro de Paco Ignacio Taibo, se cuenta que aquel 5 de junio hubo fenómenos extraños en La Coyotada, a eso de las tres de la tarde, hora en que nació mi general, hubo una tormenta, algo muy raro a esas horas, pero, al mismo tiempo no se ocultaba el sol. Lo cual provocó grandes arcoíris, necesariamente. Y se dice que había una no menos rara conjunción de Venus y Marte. Todo eso lo anota Taibo II en su Pancho Villa, una Biografía Narrativa y también Fredrich Katz en su Pancho Villa.

Agustín Ramos: Prologuista de Querido Pancho Villa.


En Querido Pancho Villa se agregan detalles que, si bien son verosímiles, no necesariamente son históricos, vgr.: que cuando lo vieron sus padres (Agustín Arango y Micaela Arámbula), notaron que tenía las manos muy grandes. Una vecina, al escuchar esto, le dijo a doña Micaela que eso era signo de que a su hijo le iba a gustar lo ajeno. Lo que le estaba diciendo es que su hijo iba a ser ratero.

Autofoto con cartel


 Entonces la señora madre de Doroteo —que así lo bautizaron— dijo que no iba a ser ladrón, sino bandido, que en aquellos tiempos tenían un aceptable prestigio por el odio que había entre el pueblo contra los terratenientes y contra los gobiernos, municipal, estatal y federal, es decir, era muy diferente ser bandido, casi un héroe popular, que ser ratero. Tal cualidad también provocó que su padre le pusiera su primer —y muy pronto olvidado— apodo: El Manotas (como se le llamara unos tres cuartos de siglo después al luchador Blue Demon). Luego, también se dieron cuenta de que ese criaturón, muy grande de por sí —hizo sufrir mucho a su madre que, durante el embarazo, ya no lo aguantaba en el vientre y a la hora de parir también fue un viacrucis, una gran batalla para que pudiera nacer y que, además, en el trance de llegar a este mundo Doroteo lastimó feamente a su madre—, notaron que “estaba muy duro”, es decir, tieso. Le podían

Bajo la égida de mi general


 poner los pulgares y el chamaquito se agarraba tan fuertemente que si lo levantaban era capaz de sostener todo su cuerpecillo bien agarrado de sus manitas. La comadrona que ayudó a la mamá de Pancho Villa les dijo que era porque el muchachito estaba muy fuerte. Además, se notaba extraordinariamente avispado, con los ojos muy abiertos y atentos, como si entendiera todo lo que veía. Dicen que daba algo de miedo ver a ese niño y que les recomendaron a los padres que lo debían cuidar mucho porque podía llegar a sufrir mal de ojo, pues tenía la mirada muy fuerte y atraería a la gente que tenía esa misma característica.

Pancho y Ptero


La vida de Pancho Villa fue muy intensa y significativa desde que nació. Los augurios eran muy poderosos y, de alguna manera, digamos inequívocos. Eso de Marte y Venus no dejaba de ser extraño y se prestaba al augurio de su gran futuro como militar y en cuanto a Venus su descomunal capacidad de amar —tanto física como espiritual— a las mujeres, pero no sólo a las mujeres, porque el general Villa amaba entrañablemente a su pueblo y a sus “muchachitos”, como llamaba a sus soldados. También, obviamente, a sus caballos. Es fama también de que Villa era extraordinariamente sensible, de lágrima muy fácil; bueno, pues eso se atribuye también a la influencia de Venus. En fin, había en él una conjunción paradójica para el amor y la guerra.



En la novela Querido Pancho Villa se tratan esos detalles de la vida —desde su nacimiento hasta el momento en que Abraham González lo reclutó como coronel para combatir al tirano Porfirio Díaz— de uno de los más importantes soldados de la gran gesta terrible que fue la Revolución Mexicana y que hoy es llamada la Tercera Transformación.


miércoles, 23 de marzo de 2022

Premio Carpe Diem

 

¡Aprovecha el día!

 

Mañana jueves 24 de marzo me darán el premio Carpe Diem al mérito cultural. Éste lo otorgan las Asociaciones Civiles Cultura para el Cambio Positivo; el Observatorio para la Dimensión Cultural del Desarrollo; la asociación Promoción de las Tradiciones Culturales Mexiquenses; además, la Federación de Colegios, Barras y Asociaciones de Abogados del Estado de México y la Federación Nacional de la Abogacía Liberal. Todas estas organizaciones voltearon sus ojos a mirarme gracias a mis queridos hermanitos Mario Alberto Sánchez Castellanos y Ricardo Patiño Prado; dos hombres ejemplares, profesionistas aplicadísimos, gente de privilegiada inteligencia y amigos imprescindibles, ellos me recomendaron e hicieron llegar mi ridículum vitae hasta tan importantes asociaciones, las que consideraron que la trayectoria de este humilde fabulador, cronista y opinador, finalmente, tundeteclas, en efecto, merecía el galardón de marras.


La fecha está mal. El acto será el 24 de marzo

Bueno, hay veces que la vida te recompensa y uno suele pensar “Es que no sé si lo merezca”. Porque, finalmente, uno hace lo que puede. Uno se esfuerza al máximo a la hora de escribir y, con el paso de los años, entiende un sinnúmero de lecciones. La primera, esencial y durísima, es la de que no soy monedita de oro (…) y si algunos no me quieren, ni modo. (Esto me recuerda a mi tío Cheque, qepd, él, bueno, en algún momento de su vida ofrecía un aspecto así como que no muy grato a la vista. Alguien se lo hizo notar: “Estás viejo, pelón, panzón, narizudo y chaparro; cabrón, ¿no te da vergüenza andar en la calle?” Y mi tío Cheque, sabiamente y con absoluta entereza le contestó: “Chínguese el que me vea. Y el que no quiera sufrir que se voltee para otro lado”). Yo no digo como mi tío el Cheque. Yo sólo les pido que “Si no les complace lo que escribo —lo cual dudo mucho— pues dejen mi libro por ahí, a la mano de cualquier otro”, no más.


Mi primera publicación en libro. Al alimón con Octavio Hernández

Pero decía yo que a veces uno dice “No sé si lo merezca” y me faltó completar “pero qué bueno que ocurre”. Y esto lo digo porque, finalmente, la literatura me ha dado todo. Soy un viejo carrascaloso pero tremendamente feliz, cuando lo estoy, porque a veces llego a andar de mal humor, en ocasiones puedo sentirme tristón, o bien, suelo pelear con la gente que amo, con frecuencia me molestan mucho las multitudes (alguien me dice que amo al ser humano, pero detesto a los individuos: eso me hace pensar que ya me estoy 



















Apostatario, primera edición

Apostatario, segunda edición

volviendo un pinche viejillo cascarrabias, intolerante. Lo que no deja de asombrarme es que nadie sospecha que soy un pinche viejillo: no le digan a nadie, pero ya tengo 71 años y estoy viviendo el año 72 de mi estancia en este mundo: mis últimos años. Sin embargo, hay gente que me calcula cincuenta y tantos, ¿qué se toman?); sigo con la letanía de lo que detesto: abomino la desconsideración de la gente con sus semejantes, por ejemplo, los automovilistas hijos de su rechingada madre que le avientan el carro a los peatones; me resulta muy difícil soportar a la gente que ya está muy borracha, cuando se vuelve necia, abusiva intolerante y luego no se acuerdan de las lindezas que perpetraron: aunque hay un par de excepciones: gente que amo (y a los que amas les aguantas todo. Todo). En fin. Pero la literatura me salva siempre de todo eso y hasta de mí mismo. Decía Voltaire que “No hay dolor del alma que no se disuelva luego de una hora de lectura”. A estas alturas me doy cuenta de que he vivido para leer y escribir durante más de cuarenta años (también he vivido para enseñar matemáticas y literatura, pero nada más para tener que comer). El año pasado —llevo un registro de los libros que leo y, a cada uno, le hago una breve reseña y su ficha bibliográfica—, bueno, pues en 2021 me chuté 47 libros que acumularon 10 mil 127 páginas. Y, por otra parte, no hay placer (intelectual) más exquisito y

El fiestas, incluye Madreardiendo y Bailarás y Por un  pecilgo, dos cuentos premiados.

embriagador que el de la creación. Porque para placeres exquisitos y embriagadores están los placeres físicos. Brutales, animales, totales. Y también el placer divino de la embriaguez (embriagaos, embriagaos sin cesar, de vino, de poesía, de virtud, de lo que queráis, nos dice Luis Cardoza y Aragón, parafraseando, para mejorarlo mucho, a Baudelaire). Para eso he vivido.

La primera novela publicada, que no la primera escrita

Pues la literatura me ha dado con generosa abundancia tales placeres. Todos. De una o de otra manera. No podía ser diferente, creo, porque yo le he dado mi vida a la literatura. (Me dio el amor y no una sino varias, si no es que muchas veces. El amor —que, como la felicidad, no existe—, sin embargo “chiquita no te la acabas. Chin-chin que no te la acabas, aunque no exista). Y me ha dado más la literatura.

Novela ganadora del premio (de convocatoria nacional) Se busca escritor

Nunca me ha publicado una editorial de las grandes. Sé que soy un buen escritor. De hecho, me siento muy seguro de que la calidad de lo que escribo es superior a la de muchos que publican en las grandes editoriales. Es más, algunos me han llegado a dar penita ajena. Y no me importa no ser reconocido. Sé muy bien —“la historia es la maestra de la vida” dice alguien que suele dar clases de historia casi cada mañana—, digo, sé muy bien que el tiempo es el más implacable crítico literario. Siempre ha puesto a cada uno en el sitio que se merece. Y lo seguirá haciendo.

Cualquiera puede matar, con la portada de mi querido amigo Iván Villaseñor.

Dice Walt Whitman: “Esto que tienes en tus manos, lector, no es un libro, es un hombre”. Porque uno ahí se queda, en los libros, ese intento desesperado por detener el río de Heráclito en el que todo se va. Me faltan por escribir cuatro o cinco libros antes de irme con Heráclito, pues hasta él se fue. Quizá más, hablo de los libros, poquísimos más. Y luego hay que devolver este puerquecito privilegiado (es que soy un auténtico puerco —o, mejor, cerdo— en varios sentidos y/o ámbitos de la vida, incluido, quizá más que cualquier otro, ése en que están pensando), digo he de devolver a la madre naturaleza el equipo con que generosamente me dotó para transitar por este mundo. Y lo haré en el momento apropiado muy contento y muy satisfecho. Salud.

 Querido Pancho Villa, con prólogo de Agustín Ramos.
¡A sus órdenes, mi general!
 PD. Mañana, a eso de las 5 o 6 de la tarde, luego de la ceremonia de premiación, celebraremos austeramente, en el Bar Acapulco que está a escasos 150 metros de la estación Moctezuma del metro. Están todos invitados (aunque cada uno pagará su propio trago, perdón, pero mi austeridad republicana me impide invitarles el trago por el momento).

Último libro hasta el momento.
¡Pero ahí viene Puño y cuadrilátero (Memorias)!


domingo, 30 de enero de 2022

Pancho Villa espiritual

Pancho Villa espiritual 

(…) Yo conocí a Bolívar una mañana larga
en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento.
Padre, le dije, ¿eres o no eres o quién eres?
Y mirando el Cuartel de la Montaña dijo:
Despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo 
Pablo Neruda (Un canto para Bolívar)

El 22 de septiembre de 1894, José Doroteo Arango Arámbula, de 16 años de edad, entró a su casa en la comunidad campesina conocida como La Coyotada, la habitación era una humilde vivienda de cuatro piezas y un solar limitado con piedras amontonadas; el adolescente llevaba un paso casi rápido pero taimado, ingresaba por segunda vez en menos de diez minutos. Llevaba un jorongo amplio y bajo él ocultaba una vieja pistola revólver Colt, calibre 38, que recogiera de la casa vecina de su primo Romualdo Franco, a quien se la encargara pocos días antes. En cuanto se encontró por segunda vez frente a Agustín López Negrete, descubrió el arma y sin haber cruzado palabra con el hacendado le disparó tres veces a metro y medio. Ni modo de que fallara (“Le pegué tres tiros en la caja del cuerpo”, le dijo a Martín Luis Guzmán muchos años después).
El patrón López Negrete tenía 48 años cumplidos y era dueño de vidas y haciendas en la famosa hacienda Río Grande de San Juan del Río, Durango. Sus lacayos no se atrevían a sostenerle ni la mirada y Pancho Villa lo mató mirándolo a los ojos y siendo casi un niño. Agustín López Negrete, era, además, el tío de María de los Dolores Asúnsolo y López Negrete que, muchos años después, conocimos como Dolores del Río, gracias al cine.
¿Por qué el imberbe Doroteo mató a López Negrete de manera tan sorpresiva, ayuna de piedad e inopinada?
Cartel de la novela


Pues ocurre que el poderoso terrateniente, antojadizo y sabedor de sus poderes como latifundista, se presentó en la casa de doña Micaela Arámbula, madre de Doroteo, Mariana, Antonio, Martina e Hipólito, de apellidos Arango Arámbula. Su objetivo era el de que doña Micaela satisficiera su encargo de patrón que ella estaba empeñada en desobedecer: mandarle a su hija Martina la de 13 años por aquellos entonces (curiosamente el patrón no pidió a la mayorcita, Mariana, que tenía 15 años).
La madre de Doroteo se negó a mandar a su hija. Entonces el señor Agustín López Negrete fue, ¿quién se lo iba a prohibir?, a tomar por propia mano lo que se negaba a cumplir doña Micaela. Quería ejercer el derecho de todo amo: el famoso (y moralmente repugnante) derecho de pernada. Cometer la violación de Martina.
Llegando de trabajar, Doroteo se dio cuenta de lo que pasaba y es cuando salió, recuperó su Colt 38 de cañón largo —de las que tanto se usaron en aquel largo genocidio que los gringos llamaron “La conquista del oeste”— y volvió a entrar para finiquitar la existencia del amo. Así empieza la vida fuera de la ley de Doroteo Arango, que luego habría de cambiar su nombre por el de Pancho Villa en función de que su padre, Agustín Arango, había sido hijo natural de Agustín Villa. El adolescente Doroteo tiene que vivir perseguido por la Acordada como si hubiera sido un animal dañero. Debió sortear peligros inmensos. Sufrir hambres, deshidrataciones masivas, fríos de hielo y la persecución permanente de los que urgían la venganza contra aquel mozalbete desgarbado y aparentemente aturdido.
Presentación de Querido Pancho Villa


Para su suerte lo reclutó El Tigre, Ignacio Parra, que fuera correligionario de Heraclio Bernal, El Rayo de Sinaloa; Parra tomó a Doroteo como su aprendiz de bandolero. En pocos años, Doroteo Arango dejó de ser un aprendiz y se cambió el nombre a Pancho Villa. Adquirió experiencias invaluables en enfrentamientos a mano armada, robo de ganado, estrategias de resistencia en combate frente a fuerzas muy superiores tanto en número como en armamento. Las mañas para ganarse a la gente de los pueblos mediante dádivas, generalmente, cuando robaban grandes cantidades de cabezas de ganado, pasaban por los pueblos y regalaban animales que, ya destazados, entregaban a la gente.
Se cuenta que en una ocasión asaltó la pagaduría de una mina y, cuando se retiró con su gavilla, fue lanzando monedas de oro de regalo para el pueblo. También tomó, varias veces, las presidencias municipales de diversos pueblos; ahí obligaba a los ricos de la población a abrir las trojes al pueblo y a regalar treinta o cincuenta animales para la gente. Sus robos fueron de múltiples índoles. Trenes, pagadurías y tiendas de raya, gobiernos municipales, cascos de haciendas, pero su especialidad eran los robos de ganado a lo grande.
Las familias de los megaterratenientes, los Terrazas, dueños de casi todo el estado de Chihuahua y Durango, Luis Terrazas era dueño de más territorios de los que tenía Francia completa; los Creel, ascendientes de una tribu panista de las más hipócritas de este momento; los Vázquez del Mercado y otros fueron sus clientes por más de una década. Pancho Villa les robó ganado por miles de cabezas. Ya en la Revolución organizó una red de abigeato que, sin duda, era la más grande del mundo, para subsidiar a la lucha armada.
Muchas veces, Pancho Villa, estuvo cerca de morir. Pero cada vez que salvaba su vida se convertía en un combatiente más temible y conocedor. Tirador formidable, junto con el Tigre Parra y el Jorobado Alvarado, los tres solos, llegaron a enfrentar, como él mismo lo anota en sus memorias, a un grupo de doscientos pistoleros. Las hazañas de Pancho Villa son interminables. Ya después de 1910 habría de trocar sus logros de bandido en proezas militares que, como la batalla de Zacatecas o el acontecimiento conocido como el Tren de Troya, se volvieron incluso motivo de estudio para el Ejército Mexicano. Querido Pancho Villa anota un buen número de las epopeyas protomilitares del llamado Centauro del Norte. Pero, a mi juicio, toca un punto que raramente ha sido explorado en los cientos de libros que se han escrito sobre nuestro personaje. Uno, su dimensión espiritual. Villa era una persona extraordinariamente sensible —por más que lo han acusado de asesino, despiadado, criminal, etc.—. Abundan las anécdotas en las que se nos muestra llorando a lágrima viva y sin pudor alguno, frente a sus propios soldados y los generales de su estado mayor. La estatura militar y los logros descomunales de Pancho Villa son inexplicables si no hubiera tenido una extraordinaria, profunda, exuberante vida espiritual. Por más que fuera producto de meras intuiciones e incluso de emociones tan primitivas como descomunales; he ahí el punto esencial. Las poderosas emociones que algunas personas experimentan suelen ser el disparador para los trances místicos o incluso el conocimiento espiritual.
Cada cual su oficio


Es casi seguro que Villa haya tenido la experiencia de las visiones divinas que se alcanzan con la ingestión del peyote. Por supuesto no hay pruebas. En Querido Pancho Villa, mi general, al menos una vez, le mete al peyotazo. Igualmente consume la raíz de oro, otra planta con características enteogénicas.
Y, para cerrar la pinza, se anota no menos la vida amorosa del general que “Fue más grande amante que soldado”, como lo hace saber una de las muchas mujeres que compartió lecho y caricias con aquel hombre que fue un titán. El amor sexual, el erotismo, son un ámbito en el que las facultades humanas de lo instintivo, lo espiritual y lo intelectual juegan libre, intensa y profundamente; las mismas facultades que convirtieran a Villa en un líder fuera de serie. Francisco Villa fue, como muy difícilmente otro ser humano podría recibir tal adjetivo, un ser volcánico. En su persona se reunían la fuerza monstruosa de la naturaleza viva, sin límites y la delicadeza de una sensibilidad exquisita, como lo reportan algunas de las mujeres con quienes compartió su cuerpo y le compartieron los suyos. Pero no menos tenía una inteligencia sobrenatural y la capacidad de aprendizaje que muy difícilmente puede encontrarse en este mundo. Indudablemente era un genio.
Bajo la égida de mi general


Y por si no fuera suficiente, los talentos naturales de su cuerpo eran otro de sus privilegios. Un hombre tremendamente fuerte, su resistencia era sobrehumana. Se dice que tenía pacto con el diablo porque cometía un atraco en un sitio y dos horas después perpetraba otro a decenas de kilómetros luego de trasladarse a galope tendido. Sus enemigos y los hechiceros decían que se había trasladado volando por los aires, gracias a su pacto con el diablo.
Una característica no menos extraña en un hombre al que se consideraba un bruto es el hecho de que admiraba a los hombres cultos. Llegó a desarrollar un verdadero fervor por Francisco I. Madero, por lo que Villa consideraba la gran cultura de Madero, su lenguaje correctísimo, elegante y hasta culterano, su conocimiento de la historia y su capacidad para, incluso, escribir libros. Pancho Villa, sólo hasta sus treinta y tres años aprendió a leer como para allegarse un libro. En la cárcel de Belem, donde cayó preso gracias a salvar la vida por intervención de Raúl Madero, hermano del presidente, por su amistad con el zapatista Gildardo Magaña, fue quien le enseñó a leer bien y que también estaba preso. El primer libro que leyó fue El Conde de Montecristo, de Dumas. El segundo fue Don Quijote. Pancho Villa no se andaba con pequeñeces.
Con revolucionarios


En la década de los años 50, Vicente Lombardo Toledano, uno de los llamados siete sabios de México, se entrevistó con el gran jefe de la Revolución China, Mao Tsé Tung. Y cuenta que Mao le habló de Pancho Villa, que le confesó que la llamada Larga Marcha, que, al final, le dio la victoria en la guerra civil, fue una inspiración de Pancho Villa.
Vo Nguyen Giap, el gran general vietnamita que derrotó a los franceses para expulsarlos de su país en la década de los años 20 y que sobrevivió hasta enfrentar a los gringos en la guerra de Viet Nam de los años 70, también dice que su Ejército Popular de Liberación tenía una brigada de élite llamada General Francisco Villa.
El prologuista, Agustín Ramos y el autor de Querido Pancho Villa


Las fuerzas anarquistas que pelearon en la Guerra Civil Española de 1936-1939 incluían un grupo de desesperados combatientes suicidas que se hacían llamar Brigada Pancho Villa. Y es aquí donde quiero anotar un prodigio más. El pueblo raso siente que Pancho Villa es un personaje, por decirlo de alguna manera, trascendental en el más poderoso sentido de la palabra. Llama la atención que el pueblo no le prende veladoras a Miguel Hidalgo, el padre de la patria, ni siquiera a Benito Juárez ni a Emiliano Zapata y vaya que venera a esos hombres. Bueno, mucho menos el pueblo rinde culto a Álvaro Obregón o a Venustiano Carranza, los que derrotaron a mi general Villa. Sin embargo, hay un culto a Pancho Villa. Entre el pueblo raso circula una oración a Pancho Villa; hay quien carga la imagen del general y se encienden veladoras con su imagen a la que se le reza su oración.


Ni Benito Juárez ha merecido eso. Si de un héroe histórico de nuestro país se puede decir que estuvo tocado por el dedo de dios, ese es Pancho Villa. Y esto ha ocurrido en contra de los gobiernos priístas que nos estuvieron esquilmando —dicen ellos que gobernaban— desde hace casi un siglo. Contra la iglesia católica que tacha de demoníaco todo ritual o veneración que ellos no autoricen y aun contra los historiadores que pretendieron dejarnos hasta sin los niños héroes. Los homenajes oficiales a Villa empezaron apenas en el año de 1976, medio siglo después de que lo asesinaran. Francisco Villa es la personificación del espíritu del pueblo mexicano en un momento de su historia. Por eso que ha quedado para la posteridad, por eso es el único prócer histórico a quien el pueblo lo ha elevado a sus altares. Por eso, finalmente, se le han dedicado tantos libros y también esta novela.

lunes, 15 de noviembre de 2021

La noche, Agustín Ramos

Los poderes del autor Pterocles Arenarius La noche, Agustín Ramos. Eterno Femenino Ediciones, 2020. Escribir una novela es como hacer un doble viaje, ya sea simultáneamente o bien alternando hacia el microcoscosmos y hacia el macrocosmos. Es decir, reproduciendo los detalles más nimios, el diablo está en los detalles y el diablo es el gran fascinador. Pero también se tiene que estar constantemente observando el macrocosmos de la novela, la vista desde la altura, cuidando la armazón desde los cimientos que, por ser lo primero de la construcción deben ser lo más sólido, lo mejor construido; vaya si vale la mención hasta la estructura completa de la obra. Pocas veces está mejor usada la palabra obra que en una novela. Porque otras obras, aunque tienen su estructura, su armazón, su complejidad, carecen del vasto ensamblaje de la novela. Cuando se va escribiendo una obra de estas hay que tener en la mente muchas cosas al mismo tiempo, como cuando se resuelve una ecuación matemática muy compleja en la que si te equivocas con un signo o en una simple suma le das en la madre a todo lo que sigue. Todo lo demás ya está mal. Dicen que escribir es reescribir. Cuando se lee una novela como La noche, se da uno cuenta de eso, porque cuidar tantos detalles, tener en cuenta tantas situaciones al mismo tiempo al momento de dar cada paso sólo se consigue con un oficio de décadas, una pasión por contar historias y un amor inmenso a la literatura, además de múltiples conocimientos, desde los objetos cotidianos que se usan en la vida diaria en todos los oficios, en todas las circunstancias y en todas partes ―el escritor es, así, un diligente observador cuasi panóptico―, pero la más acuciosa mirada del escritor debe ser hacia los seres humanos. Y más que a cualquiera, debe serlo de sí mismo. Un gran escritor es aquel que cuando crea, cuando está novelando, él es toda la humanidad. Tal impresión provoca la lectura de La noche, y no hablo de otras novelas del autor sólo porque esta es la que está en cuestión en este momento. La novela, vista así, sería un viaje simultáneo o quizá alterno entre las profundidades de los detalles del mundo ese que está ahí afuera y al mismo tiempo de los mundos que nos habitan como del macrocosmos, de lo alto. Baruch Spinoza decía que “Aquel individuo que para tomar una decisión no considera los últimos cinco mil años de la historia humana es un inconsciente”. Y yo agregaría que, obviamente, tiene que tomar en cuenta los últimos cinco minutos de su vida. Así da la impresión que se ha escrito esta novela.
El novelista, digo, el gran novelista, es un universo. Nos muestra el universo. Pero, a ver, vamos por partes, para empezar el universo es incapturable. Es imposible que en una novela, la más vasta, la más erudita, la más larga, incluya nada más lo que ocurre aquí, en mi cuarto, donde escribo estas líneas. Es imposible que cronique todo lo que ocurre en este pequeño espacio. Nada más con que pretendiera comentar todo lo que ocurre en mi cuerpo: múltiples seres vivos lo habitan, gérmenes en toda la piel, especialmente, vergonzosamente, en todos los orificios, cada célula viviendo, vibrando, trabajando por sí misma, pero también en colaboración con miles de millones de otras células más de todo el cuerpo para llevar a cabo el metabolismo de esta máquina que avanza hacia la muerte. Imposible narrar tanto. Y eso sólo aquí. Preténdase hacerlo para el barrio, para la ciudad, ¡para la ciudad o para el planeta! Absolutamente imposible.
Pero el novelista se da sus mañas para hacernos sentir que nos está dando una visión del universo entero. Tiene un poder de síntesis, un poder de selección, uno indecible, la capacidad de engaño o de dominio sobre el lenguaje que, al nombrar un puñado de objetos nos hace sentir al mundo entero. Borges da gracias no a dios, sólo da gracias, por el lenguaje: “que es capaz de simular la sabiduría”. Lo cual es una virtud diabólica. O si quieren, divina. Es lo mismo. Ahora que quizá el dominio sobre el lenguaje sea La Sabiduría. Porque sabemos bien que simular algo es terminar siendo eso que se simulaba. Nuestro novelista empieza a escribir y se impone retos. Desafíos monstruosos: un hombre que, un buen día, despierta después de un sueño intranquilo ―como dijo el señor K― y descubre que está solo, absolutamente solo ―hasta donde alcanza a percibir― en todo el puto mundo (hay una microficción en El libro de la imaginación, de mi maestro Edmundo Valadés que trata el asunto de la inimaginable soledad planetaria). La humanidad ya no existe. Sólo él en medio del universo. Pero luego, aquí, el novelista nos lo sostiene a lo largo de doscientas cuarenta y ocho páginas de narración para terminar en la misma escalofriante circunstancia, donde el personaje, pobre cabrón, acaba de despertar y no tiene idea de lo monstruoso que está por pasarle (por encima), lo que ya nos hizo vivir el novelista. En su momento está ese episodio de la ternura, del amor más puro y limpio, el infantil, no sin su dosis de carga erótica: la criatura no deja de sentir un tremendo placer (que, por supuesto, nos comparte), cuando la hermosa tía lo aprieta, amorosamente, contra sus pechos. Y la monstruosa decepción del crío cuando la amada tía se va para siempre, como si se muriera, pero peor, con un cabrón que la conducirá al suicidio. Los retos del escritor siguen: el matrimonio, tan feliz como todo matrimonio con más de una década de convivencia, en el mero cine, cuando el señor va a comprar chuchulucos para su mujer, a la de sin susto ―como en aquella novela de la española Montero―, desaparece para siempre. Ay, cabrón. Pero este que escribe me lo hace sentir tan cierto, tan creíble y verosímil, que hasta sufro con la señora. Por ahí atisbé a Fernández Unsaín y a Tito Monterroso furibundos reclamando la inaceptable carencia de conocimiento que vuelve imposible vislumbrar el talento literario de sedicentes poetas.
En La noche, he navegado por un universo asombroso, desquiciante, de pronto absurdo. La noche es el territorio del sueño, de la pesadilla. De lo inconsciente. Lo muy difícil de creer si no es por los múltiples y soberbios artificios ―los poderes del autor― con que es que ha escrito la novela llamada así, La noche, el autor con sus poderes me hace sentir que aquello es verdad. Por más que mi razón me diga que eso es absolutamente imposible o casi. No podían faltar, necesariamente, los momentos de alta sabiduría: “Tratar a las putas como damas y a las damas como putas”; lo primero por mínima estrategia masculina, aunque también por petición de parte y lo segundo, porque ahora las mujeres quieren conocer mundo, incluyendo el más bajo por una cierta ambición de libertad y también de astucia. Gracias a los poderes demoníacos del que escribe he visitado el infierno, he concebido ideas que jamás hubiera engendrado mi mente en su sano juicio. He visitado alguna parte profunda del alma humana. Con sus trucos desmesurados, Agustín, me ha llevado a que viva diversos delirios y abismos innombrables. Sacudidas a la razón, impresiones al espíritu, encuentro con la condición humana, la visión de mi propio país (en este momento, una nación que muere y otra que nace: quién sabe si aquella, la de los corruptos, de los criminales, de los grandes ladrones muera y quién sabe si un país más justo, donde viva la libertad, nazca. Estamos en la cuerda floja y no sabemos si se consiga que lleguemos al otro lado del abismo). De una o de otra manera y gracias al gran conocimiento, la osadía del novelista, su enorme oficio y sus poderes inefables, todo lo anotado se encuentra en La noche, la novela de Agustín Ramos. Lo cual se le agradece profundamente.

miércoles, 18 de agosto de 2021

México-Tenochtitlan 500 años

13 de agosto
Pterocles Arenarius

El objetivo de toda sociedad humana bajo cualquier clase de gobierno ―incluidas las tribus, las dictaduras de uno o del otro extremo y los regímenes de cualquier índole― es, mínimamente, la sobrevivencia de esa sociedad en las mejores condiciones posibles. Si no cumple con eso que es requisito elemental para su viabilidad, significa que ese gobierno, ese régimen, ese sistema, no sirve, es un fracaso (o un fraude) y debe ser sustituido. Así le pasó al PRI y fue desechado por la gente.
Tal es, sin duda, la razón de que el presidente López Obrador designara al régimen, al sistema de de gobierno de la época colonial de la Nueva España como un rotundo fracaso. Los datos duros así lo demuestran. Cuando los españoles invadieron y sometieron a Mesoamérica, siglo XVI, se ha estudiado y concluido que había en estas tierras unos 20 millones de personas. Para el XVII se refiere que la población indígena llegó a ser de tan sólo 6 millones de personas. Esto constituye una hecatombe demográfica de dimensión planetaria. Un genocidio sin parangón en la historia de la humanidad. Bueno, ni los nazis alcanzaron estos números. Y la población de los aborígenes nunca se recuperó. Hasta la fecha, hay en nuestro país unos 10 millones de indígenas. Eso fue el régimen de la Nueva España para los indígenas. El exterminio, la destrucción de su cultura, la desaparición de sus dioses y con ellos de su religión. El sometimiento a todo lo que pareciera “indio” en el oprobio, la marginación y el racismo.

Epopeya del pueblo mexicano (Fragmento). Diego Rivera

El exterminio fue, por un lado, inconsciente, porque los españoles trajeron sin querer, las enfermedades que en sus países, si bien causaban mortandad, estaban más o menos controladas, había lo que hoy se llama la inmunidad de rebaño, como nos enseñó el doctor Hugo López Gatell. Los españoles, a fuerza de sufrir las oleadas de viruela, sarampión, incluso la sífilis y muchas más enfermedades habían desarrollado anticuerpos contra la mayoría de ellas. Los organismos de los aborígenes de lo que hoy llamamos América no tenían esas defensas y murieron por miles.

Ídem, Diego Rivera. (El poder eclesial y militar)


Otro motivo de la muerte fue el de los trabajos forzados a que fueron sometidos. Y también se practicó, por supuesto, el asesinato directo. No menos tuvieron que ver las violaciones sexuales sistemáticas de los peninsulares contra las indias. Así dejaron de nacer indígenas, los nuevos habitantes ya eran mestizos. Es decir, entre lo inconsciente y lo adrede, los españoles de los siglos XVI y XVII que llegaron por nuestras tierras hicieron la más eficiente limpieza étnica de la historia humana. El gran genocidio de la historia.
Las víctimas fueron nuestros pueblos originarios. Si el plan era exterminar a los indígenas, entonces fracasaron. Porque los indígenas sobreviven, todavía existen casi todos sus idiomas (que no son dialectos, son idiomas) y, aunque la alta cultura desapareció, los usos y costumbres, la alimentación y hasta gran parte de la cosmovisión pervivieron.

Ídem. Diego Rivera. (La circunstancia indígena en la Nueva España)


Si el plan era, como el de toda sociedad humana, la sobrevivencia, la mutua existencia como les ocurrió a los españoles con los invasores musulmanes, como se les permitió siglos antes, cuando los dominaron los romanos e incluso en las invasiones de bárbaros germánicos, ellos no sufrieron el exterminio sistemático y por varias vías que ellos, los españoles ―inconscientemente a veces, con toda su voluntad en otras― ejecutaron contra los mesoamericanos. Si tal era el objetivo también fracasaron, porque la población no se recuperó. Pero es claro que esta no fue su prioridad. Un total fracaso, como dijo el presidente Andrés Manuel López Obrador.
Ahora, si consideramos que ―como lo proclamaran reiteradamente―, la invasión fue para acumular riquezas monstruosamente, no olvidemos que no fueron pocas las expediciones españolas para buscar Eldorado, una ciudad construida con oro. ¡La más grande locura de avaricia! Pues las riquezas inimaginables las obtuvieron. Pero fracasaron escandalosa y dolorosamente cuando los piratas franceses, holandeses y más que nadie, los ingleses, se las arrebataron a lo largo de los tres siglos que los súbditos de la corona española saquearon estas tierras. España fracasó en todos los órdenes. Se convirtió en el imperio con el más grande territorio de la historia. Jamás rey alguno tuvo más súbditos que Carlos I de España. Nunca un régimen tuvo a su disposición tantas riquezas.

Alegoría de la historia en la colonia española


Pero el territorio lo convirtieron ―por decreto real― en tierra casi baldía, los súbditos fueron exterminados como jamás se ha visto aniquilación semejante en la historia y la riqueza de cientos de toneladas de metales preciosos no supieron conservarlos pues los piratas de las futuras potencias los robaron impunemente.
El fracaso español fue completo, monstruoso, en todos los órdenes. Para el siglo XIX España era una nación vulnerable, indefensa y, finalmente, víctima de sus vecinos. Lo perdieron todo. Fracasaron históricamente. Y no se han recuperado. Hoy son parte de lo que los neoliberales europeos, chovinistas y/o fascistoides, llaman PIGS: Portugal, Ireland, Greece & Spain. Por ser un lastre para la próspera Comunidad Económica Europea.
La gran Tenochtitlan


¡Y hace apenas un par de siglos de que eran el imperio más grande de la historia! Por nuestra parte, también pagamos las deficiencias españolas. Las consecuencias de que nuestras naciones originarias fueran convertidas en colonias españolas las seguimos padeciendo a través del racismo, la corrupción, la desigualdad.
América Latina llegó tarde a todo: a la revolución industrial, incluso al renacimiento, a la cultura, a los regímenes republicanos. La decadencia de siglos de los inútiles imperialistas españoles dejó a los mesoamericanos en su propio atraso, en su decadencia.
Mientras tanto todo el mundo progresaba. La hipocresía católica jamás aceptó que en nuestro país se practicaba un racismo repugnante y brutal. Siempre nos hemos escandalizado de que los gringos, hace apenas 70 u 80 años tenían leyes que prohibían la aproximación de lo que se daba en llamar distintas razas humanas. Los negros no podían ingresar en los lugares exclusivos para blancos. Era ley. Acá no había ley, pero la costumbre era peor que en EU. Allá por lo menos se podía luchar contra la bárbara ley. Acá no, porque no era código legal, simplemente se practicaba como algo normal. Todavía, entre la “gente de bien” de México se habla de los nacos, de los indios, de la indiada, del plebeyaje y del infelizaje; así es como los güeritos, los privilegiados, los ricos que son cada vez menos y peores, aunque también entre una clase media que se fue haciendo cada vez más raquítica en número durante los últimos 30 años discriminan a los que sienten diferentes a ellos. E inferiores por alguna razón imposible de encontrar si excluimos al dinero.
La destrucción de la gran cultura aborigen es uno más de los inmensos crímenes de los españoles de los siglos ―ya está anotado―: XVI-XVII. Conceptos como Tloque-Nahuaque, el señor del cerca y el junto: que nos recuerda a “la esfera con centro en todas partes y circunferencia en ninguna”, de que habla Pascal. Ipal-Nemouani, el señor por el que se vive o el dador de la vida, o el principio de la existencia; Moyocoyani: el señor que se crea a sí mismo. Nombres que son facultades del Ometéotl, el padre-madre de cuanto existe; es decir, Ometéotl podía ser Ometecuhtli y Omecíhuatl, o dios dual, hombre-mujer; padre-madre. Denominaciones que tan sólo por sí mismas satisfacen, de pura entrada, en el ámbito intelectual de muy superior manera a Yahvé (o, si quieren, Jehová), su hijo y su palomita.

La gran ciudad, capital del imperio azteca.


Los españoles masacraron al grupo azteca, prácticamente lo exterminaron de manera despiadada aunque en alianza con tlaxcaltecas, totonacas y cholultecas entre otros, quienes se aliaron al poder de un pequeño ejército ibérico con tal de vengarse de sus opresores, los mexicas.
En el mediano plazo, los españoles que exterminaron a los aztecas, simplemente traicionaron a todos sus aliados ―aunque a ellos les debieran su victoria― y los esclavizaron y sometieron y explotaron y expoliaron no menos que a los vencidos y ya para entonces casi inexistentes aztecas.

Tenochtitlan, asombro de la soldadesca invasora


La historia refiere el descubrimiento de la magnífica escultura monumental de Coatlicue que se conserva en el Museo de Antropología e Historia de Chapultepec. Lo leí en un libro de Octavio Paz, no creo equivocarme pero es el que se llama Árbol adentro. Ahí dice que cuando vino a México Alexander Von Humboldt, pidió al virrey, en aquel momento José de Iturrigaray, que le permitiera buscar mediante una excavación ―y que además, por supuesto, le proporcionara la mano de obra― un monumento que cierto fraile español que venía con la tropa en la invasión a Mesoamérica, a su vez, había escrito en sus memorias. El fraile de marras sostenía que en el momento en que los españoles estaban dedicados a la destrucción total de Tenochtitlan, luego del asesinato masivo de sus habitantes, dos soldados fueron a buscarlo y aterrorizados le dijeron que habían encontrado la escultura de Satanás. Y su pasmo, su horror fue tal que no se atrevieron a destruirla. Le pedían que él, como religioso, fuera a mirar la demoniaca obra. Y fue. La miró. Y tampoco se atrevió a decirles que la destruyeran. Como los soldados preguntaran qué hacer, el fraile les dijo entiérrenla. Y así lo hicieron. Humboldt, que había leído todo en su siglo, contó esto al virrey y éste accedió y proporcionó cuanto necesitase el sabio. Y Coatlicue apareció en toda su insoportable majestad. Su belleza monstruosa, su exquisitez infernal estuvo ante los ojos del erudito alemán quien refirió el hecho que luego fue examinado por alguno de los nuevos antropólogos. La portentosa Coatlicue fue hecha extraer y rescatada para nuestra historia. He leído otra versión que dice que, antes de Humboldt, quien vio la gran escultura en 1803, la habían encontrado en 1790. Exactamente, ¡así está registrado!, el 13 de agosto de 1790.

Coatlicue: la belleza espantosa: "Todo ángel es terrible"


Por ahí un oscuro sujeto, gachupín de mierda (gachupín significa, en náhuatl: sujeto que golpea el rostro a patadas con sus botas), militante de las abundantes ultraderechas españolas regurgitó que Hernán Cortés vino a liberar a millones de indígenas de la tiranía antropófaga de los aztecas. Y celebra el genocidio diciendo que es equivalente a celebrar la derrota de los nazis. Y uno lee semejante y monstruoso disparate y, bueno, se lo explica porque así son las gentes de las derechas. Un españolete derechoso y enfermo mental compara a los aztecas con los nazis. Bueno, si a esas vamos, los españoles ―otra vez, me refiero a los del siglo XVI-XVII― superaron y con mucho a los nazis en el exterminio de una “raza”. Por lo menos los nazis expresaron sus razones de manera muy evidente y explícita. Los españoles del XVI-XVII sólo exhibieron su avaricia, su ignorancia, su ineptitud hasta para defender las grandes riquezas que se robaran y su tremenda, inigualable crueldad y despotismo contra los pueblos que traicionaron y sometieron.

Tenochtitlan. El esplendor. Diego Rivera


Si de bárbaros hablamos los españoles (XVI-XVII) le ganan incluso a los nazis, ya no digas a los aztecas. Ahora bien. Para este españolete malparido todo parece justificarse con el hecho ―y así viene ocurriendo desde hace 500 años― de que, dicen los españoles y lo refiere el delirante gritón del partido Vox: la azteca era una tiranía antropófaga que practicaba sacrificios humanos.
Remito a quien desee documentarse al estudio de Peter Hassler, de nacionalidad suiza, doctor en historia cuya tesis para obtener este grado demuestra que no existe evidencia histórica de que los aztecas hayan cometido sacrificios humanos. Todos los argumentos están destruidos en esa tesis. Hace pocos días sostuve esta idea en un intercambio feisbuquero. El mismísimo Pedro Miguel me refutó enviándome un artículo de estudiosos de la ENAH en donde sostenían que los aztecas asaban a sus víctimas para masticarlas mejor y deglutirlas más fácilmente. Bueno, yo le creo más a Hassler. Dice que los indios, los auténticos, los de la India, también asaban a sus muertos, incluso los siguen haciendo y nadie ha dicho que se los comen. Que los aztecas usaban el tzomplantli. También otros pueblos orientales hacían esta recopilación de cráneos humanos como muestrario de la muerte y no los han acusado de antropófagos.

Tenochtitlan: el mapa más antiguo


Bernal sostiene que él vio cómo en un día sacrificaron a miles de prisioneros, entre ellos a algunos españoles extrayéndoles el corazón. ¿Miles! Para empezar, Hassler demuestra que ese día que refiere la gran matanza, Bernal Díaz del Castillo estaba a kilómetros de los supuestos hechos. En segundo lugar, ¿miles de descorazonados? Quiero ver quién es capaz de extraer un corazón humano en unos cuantos minutos ya no con un cuchillo de piedra, como se dice que lo hacían los aztecas, sino incluso con equipo quirúrgico moderno, incluyendo la sierra eléctrica. Es decir, el mito de los sacrificios humanos parece ser la más monstruosa mentira sostenida a lo largo de medio milenio. ¿Para qué? Pues para justificar los peores crímenes, también, de la historia, contra una nación, una alta civilización: la mesoamericana. Por último les recuerdo a las derechas medievalistas añorantes del criminalísimo Francisco Franco y al perdulario ladrador de Vox que las civilizaciones mesoamericanas fueron descendientes de uno de los únicos seis grupos humanos que sobre el planeta Tierra crearon culturas originales. Y se lo recuerdo: la más antigua es Mesopotamia. Luego Egipto. Después La India. Por la misma época China. Poco después Mesoamérica, la cultura olmeca. Y, finalmente, las culturas incas de Perú-Bolivia. ¿Los españoles apestosos vinieron a civilizar? Cuando ellos llegaron aquí nuestros pueblos originarios tenían ya dos mil 500 años de cultura. Pero nuestros pueblos no pasaron la vida entera peleando entre sí como los europeos, situación que los llevó a desarrollar-heredar una tecnología para dar muerte en combate superior a la de los mesoamericanos. Los mesoamericanos no tuvieron jamás bueyes ni caballos para ponerlos a trabajar ahorrando así trabajo humano. Y, uno de los detalles más singulares y poco considerados: en casi toda Mesoamérica y en especial en la parte tropical, es casi el paraíso. La tierra de tales latitudes es generosa como en pocos lugares del mundo. Los habitantes del sur-sureste de México, de Centro y gran parte de Sudamérica, en la práctica, sólo tienen que estirar la mano para obtener papayas, mangos, plátanos, sandías, melones, limones, chirimoyas, etcétera. Sé que en muchos países de Europa, especialmente en los más fríos y en los orientales estas frutas son carísimas. Conozco el caso de una mujer coreana que presume en redes sociales que su marido oaxaqueño le indica que sólo tiene que caminar unos pasos de su hogar a la huerta y sacar una deliciosa piña del suelo. Y sus compatriotas de Corea le preguntan si es rica, porque allá una piña es un manjar que les cuesta lo equivalente a dos días de salario. Mientras los europeos tuvieron que luchar a muerte durante siglos por la tierra y la comida en una región relativamente pequeña y llena de gran cantidad de otros pueblos y con climas despiadados, en Mesoamérica la comida para la sobrevivencia era un regalo de la naturaleza. Y los europeos se acostumbraron, a lo largo de siglos, a matarse unos con otros para que sobreviviera el peor de todos. Contra eso se enfrentaron los mesoamericanos. El nazi, él sí, del partido autonombrado Vox, debiera saber que los españoles eran llamados “teules” por los aztecas. El vocablo náhuatl, por supuesto, significa apestoso. Los invasores españoles no se bañaban. No me gustaría haber experimentado la pestilencia de aquellos asesinos seriales (recordemos las matanzas de gente indefensa en Cholula, en el Templo Mayor, de 800 indígenas entre mujeres y niños que salieron de los refugios para procurarse comida unos días antes de la caída final durante el sitio de Tenochtitlan), teules-apestosos que se mantenían debajo de armaduras que no se quitaban en semanas. Bueno, en alguna parte leí que la reina Isabel la Católica se bañó dos veces en su vida. Una cuando se casó con el que “tanto monta, monta tanto” y la otra en su adolescencia, cuando sus mozas de servicio la engañaron y la bañaron contra su voluntad.
Ya en la colonia los españoles eran llamados ―y algunos merecen seguir siéndolo― gachupines o sea sujetos que golpean la cara con los pies (y las botas, claro). Bonitas denominaciones: apestosos y agresores.
(Yo no tenía sino atisbos de como se las gasta la derecha mexicana. Pero cuando veo como están enfurecidos porque el presidente de México está resolviendo todos nuestros problemas sin endeudarnos más de lo que ellos nos endeudaron, sin dejar de construir grandes obras, combatiendo la corrupción y beneficiando a los más pobres, ¡todo al mismo tiempo!, y todavía lo insultan; eso me demuestra su nula calidad humana, su egoísmo, su monstruosa soberbia y, más que nada, su hipocresía. Pero no menos su ineptitud, porque tuvieron el supremo poder dos sexenios y no resolvieron los problemas de nuestro país, sino los agravaron).
Las derechas españolas no están mejor. Un periodista español, Alberto Peláez, hace unas semanas, dijo al presidente en su conferencia mañanera, que si los españoles habían sufrido la invasión de los musulmanes durante ocho siglos y que también fueron sometidos por los romanos y que ni a unos ni a otros les han sugerido que pidan perdón a los españoles. De acuerdo, pero nada más anotemos que ni los romanos del siglo III antes de nuestra era ni los árabes del VII de nuestra era exterminaron a unos 15 millones de personas de los pueblos invadidos ni tampoco destruyeron su cultura. Que no mame.
Los intelectuales, los escritores, los filósofos mexicanos, casi en su totalidad, desde el siglo XIX hasta la actualidad eran proespañoles. Incluso acuñaron la odiosa frase de “la madre patria”: ¿una madre que casi extermina por completo a sus supuestos hijos? Bueno, a los caribes de Cuba sí los exterminaron totalmente (y, por cierto, los llamaron caribes que significa caníbales: ¿calumnia histórica? ¿Es nuevo eso? ¿No le hicieron lo mismo a los aztecas? Si lo hicieron una vez con los caribes, ¿por qué no repetirlo con los aztecas? Los caribes ya no existen, los mataron los españoles de aquellos tiempos, a todos. Y no pueden defenderse para aclarar que no eran caníbales; o, en su caso aceptar que sí lo eran).

EN LA MÁS RECIENTE EDICIÓN del DRAE (2001), a la voz caníbal se le asigna como origen el vocablo caríbal y como significados los siguientes cuatro: 1) antropófago; 2) “se dice de los salvajes de las Antillas, que eran tenidos por antropófagos”; 3) dicho de un hombre: cruel y feroz; 4) dicho de un animal: que come carne de otros de su misma especie).

Así se las ha gastado la padre-madre patria con los que se autonombraron sus hijos putativos: una buena parte de los escritores e intelectuales del siglo XIX para acá. Con sus honrosas excepciones, como siempre.
Pero... Tenemos, sin duda, como todo ser humano, la potestad de abjurar, renegar de una paternidad-maternidad crudelísima, criminal. “Sí, soy tu hijo, pero te desconozco”, es la actitud de los mexicanos ante el monstruoso crimen que se llevó a efecto contra nuestros pueblos originarios.
Y, orgullosamente, a pesar de todo, sostener que sobrevivieron, sobrevivimos, los pueblos originarios de México al cuantitativamente más grande genocidio de la historia de la humanidad. De ahí venimos. Y seguimos, y seguiremos, resistiendo.