lunes, 16 de marzo de 2009

El informe Valladares (La justicia de lo alto)

El Informe Valladares es un cuento que retrata a la justicia mexicana, la desnuda. El cuento fue escrito hace, al menos cuatro años, cuando nadie pensaba que algo como lo que se narra en este cuento fuera posible. Pero los que vivimos en el México real, sabíamos desde hace muchos años que la justicia mexicana es totalmente corrupta, con mínimas salvedades. Tan corrupta es que ya es difícil distinguirla de lo que ellos mismos llaman "el crimen organizado". Hoy, lo que narra el cuento es cotidiano, bien podría ser más bien y con algún recorte, una nota periodística.
El Informe Valladares
(La Justicia de lo Alto)


Pterocles Arenarius

Lo mejor y más alto que puede lograr
el hombre ha de obtenerlo mediante un delito.

Friedrich Nietzsche



–Quiero que lo lea y que algún día me diga lo que opina, señor Arenarius. –Era un caballero ya venerable que un buen día apareció en la cantina de medio pelo que yo frecuentaba para hacer corrillo con algunos conocidos. Luego habría de enterarme que era el Magistrado Abelardo Valladares, un hombre cuya indumentaria de figurín old fashioned, más una nítida pulcritud acentuaban su aspecto luminoso: la piel de su rostro, aunque fatigada, mostraba el sonrosamiento, la delicada finura del que ha gozado de por vida comodidades y deleites materiales de aquéllos a quienes siempre ha rodeado la abundancia y, por lo mismo, suelen despreciar los excesos. Moderado en todo ámbito y con la sensatez de los hombres cuyo dilatado tránsito por la existencia parecen –con su solo talante, refinado y discreto–, comunicar sabiduría. Su modo de hablar, casi literario, denunciaba una educación más que esmerada. Sin embargo había en él una melancolía, daba la impresión de una elegante decadencia que llegaba a rayar en la dejadez; sólo la inercia de su disciplina desde la infancia y su buena posición social habían evitado que descendiera a los abismos del alcoholismo indigente.
–Con mucho gusto y atención lo leeré. Y lo comentamos, como no. –Desde el día en que trabamos conversación no pasó un mes cuando me proporcionó el texto que ahora transcribo. Sólo agrego esta aclaración y el título con carácter de informe, el otro es el original. Además, creo que es el testimonio personal, como me dijo, de la interminable decadencia de una sociedad y quizá de un mundo. El magistrado Valladares no ha vuelto, lo previó, pero me dejó autorizado a que haga conocer este texto si es mi deseo y si tengo algún medio. Del Magistrado Valladares, hasta el momento, ignoro más destino.

La justicia de lo alto.
Aquel día pudiera haber estado en la cantina, pero creo que tenía que enfrentarme con mi destino. Porque se llega a una edad en que ya no hay diversión mejor que la cantina. Templo de la tristeza carcajeante y la felicidad embrutecida. Ni el golf, ni los libros, ni siquiera las mujeres; la cantina era el único, el final consuelo que por fortuna existe y me tocó en suerte descubrir. Y llegó un momento en que la misma cantina se volvió costumbre y tedio. Otra opción era estar en casa con la familia. Algo difícil de soportar, y eso que cuanto se hace en esta vida es para ellos, para su bienestar. Y así, decidí en aquella ocasión permanecer de guardia, gran parte de la noche. Soy, era desde entonces, alguien que puede decidir eso y mucho más. No me imaginaba que iba a enfrentar a mi destino. El trabajo era lo único que, a veces, aún me conseguía satisfacciones. Pero aquel día se volvió el motivo del peor vacío.
Mi trabajo de juez era decidir el destino de algunas pobres gentes y más bien el de muchos imbéciles. Condenar siempre. Absolver casi nunca. Cuantos llegaron ante mí, por ese solo hecho, eran imbéciles. Y lo que hice fue condenarlos pues los humanos no merecen perdón. Algunos por su estupidez y la mayoría por su maldad. Estupidez y maldad deben ser castigadas, sin tomar en cuenta la inocencia. Pues no hay inocentes. Condenar nos da alguna felicidad, un residuo de felicidad, porque nos hace creer que no somos tan imbéciles o, en su caso, no tan malos. Ambas convicciones son satisfactorias. Absolver no es gratificante porque íntimamente tenemos la convicción de que nadie merece ser absuelto. Cuando tenía la mitad de la edad que ahora tengo, hace treinta años, estaba seguro que mucho antes de esta edad habría alcanzado la felicidad. Confundía la felicidad con la justicia, y ambas con el éxito profesional. Ciertamente, el dinero y el poder –que nada tienen que ver con la justicia que inventamos, pero sí con la real– simulan bastante bien la felicidad, pero ni con mucho lo son. Sé que casi todos los ignorantes y hasta algunos miserables son felices. Y de quienes acumulamos dinero y poder, casi ninguno. Y terminamos renunciando a la intención de la felicidad. Y nos conformamos con el dinero, es decir, con el poder, gracias a la consciencia de que la vida podría ser mucho peor. Pero cuando el destino nos muestra que hay más poderes y mayores caemos en el vacío y descubrimos, creo que con mayor claridad que nadie, que esto, la justicia, más que nada, es un montaje de locos, una farsa imbécil y que sólo los idiotas y los engañados la obedecen.
Guardia de viernes a sábado. Cuando se trabaja en el oficio de remover la mierda, esto pudiera llegar a ser un infierno. La fortuna es que cualquier situación infernal es posible transfigurarla en paraíso, aunque sea un paraíso un tanto vil. Si es que hay dinero para allegarse algún placer. Por eso aquel día ordené:
–Ordóñez, láncese por algo.
–A sus órdenes, licenciado. ¿Lo de siempre? –Contestó mostrándose exultado con impudicia, pues se trata de un sujeto sin control sobre sus emociones, como el júbilo que más bien ascendía desde sus instintos, sobre los cuales tiene un control aun menor. Resultaba repugnante: el señor era feliz como un infante al saber que tragaría y bebería gratis. Detesto su miserable felicidad. Aquí puedo reconocer que también la envidio. Porque ya no soy capaz de sentir felicidad con placeres tan rudimentarios. He ahí una fisura de La Justicia, la Gran justicia, la abstracta. ¿O será ésa la real justicia?, ¿que semejante miserable tenga momentos de felicidad, mientras alguien como yo la ve alejarse más cada vez?
–Terry. Y consígase... qué será... unas cuatro patonas de bacardí blanco para el personal de aquí y los de patrullaje; ah y tráigales unos doscientos tacos de suadero, chorizo y tripa para que también cenen.
–Sí, licenciado. Sí, licenciado. Con cargo a la corporación ¿verdá?
–¿Y preguntas?
–Perdón, licenciado.
–Consíguete también algo de botana para nosotros y los emepés, unos pollos o unas pitzas. Ándale.
–Sí, licenciado. –Se largó presuroso y sonriente, cretina bestia. A pesar de ser viernes no había caído nada. Pero antes que regresara Ordóñez teníamos a cinco incautos que se embriagaban en la calle. Mandé a Rejano a que les tomara los generales, los pasara con el doc y le recomendé que les cargara lo que más se le fuera antojando. Teníamos del mes pasado, septiembre, dos asesinatos, cuatro violaciones, diez robos de auto y ocho asaltos diversos con violencia unos, mediante engaño otros, en casa habitación tres; además de cinco secuestros. Sin resolver, claro. Imposible en todo término encontrar, capturar e incluso procesar a tanto maleante. Los detenidos nos darían solución para un par de casos. Para que aprendieran que con la ley no se juega. O sea, estábamos trabajando normal. Incluso mejor que otras delegaciones de justicia. La delincuencia está cada día más fuerte, más armados, más crueles, más astutos, porque se les agregan policías activos y ex policías. Nosotros también. Estamos mejor. Porque a la fuerza policiaca incorporamos ex delincuentes y delincuentes activos. Resolvemos muchos más casos porque estos ex delincuentes conocen muy bien el modus operandi de sus colegas. Pero en la misma proporción crecen los que no resolvemos. Algunos, sin duda, porque los cometen nuestros muchachos. Esa es la justicia.
Regresó rápido Ordóñez; se había ido en patrulla a sirena abierta. Eficiente el cabrón en tales misiones, como cuando hay que ganar dinero sucio. Un tipo normal. Pero desagradable. Todos los tipos normales son desagradables.
Mandé traer a la licenciada Ofelia Samarrón, Ministerio Público número 62, una ramera, lo cual no importa; una mujer regordeta, sobremaquillada, alcohólica inconfesa, de apariencia embrutecida y gesto patético, datos asimismo triviales; pero lo importante es que se trata de una persona vil. Se ha tirado a los secretarios, a los mecanógrafos, al personal de intendencia y a un número indeterminado de los detenidos en los últimos ocho años, lo cual me parece muy bien, excepto porque digamos que a muchos de ellos los ha violado, es decir, los ha obligado con amenazas a algunos, con rebajas en sus condenas a otros y, en su caso, con engaños y promesas. Un sujeto no se metería en una cama con ella desinteresadamente jamás. Una mujer, pues, como muchas hay.
También hice que viniera el licenciado Everardo Hernández, ministerio público; un cerdo, no sólo por lo insaciable para tragar (pues él no come); también para esquilmar detenidos mediante la extorsión y las transas más escabrosas, pero además es físicamente porcino: chaparro, obeso, alcohólico, ratero y con cara y gesto, por supuesto, de puerco; brutal y prepotente con los detenidos, risueño y rastrero con sus superiores, como ante mí. Bueno, un hombre normal que lucha como puede por su vida y su bienestar.
También vinieron los secretarios de turno y Ordóñez. Una punta de imbéciles. Mis subordinados, mis huestes. Mi equipo para impartir justicia. ¿Qué dirán de mí?
–Licenciada Samarrón, hágame el favor. Acepte un uisquito, ¿qué le parece?
–Ay, licenciado, pero nada más dos.
–Licenciado Hernández
–Señor, es un honor.
–Muy bien, ¿gustan un bocadillo? Aquí nuestro buen Ordóñez organizó. Hay pollos y pitza. Reséndiz, Quintanilla, Magallón; suspendan un minuto, vengan a cenar. Ordóñez, lleva los tacos para el resto. Que les guarden algo a los de patrullas.
Empezamos a comer. La Samarrón tragaba como si compitiera. Everardo prefería combinar las tarascadas mascándolas entre líquido, hacía un ruido harto repugnante, pues iba regando cada bocado con impresionantes gárgaras de Terry. Los secretarios y Ordóñez procuraban atascarse de comida y bebida con la mayor hipocresía, haciéndose de la boca chiquita. Yo picoteaba las aceitunas de las pizzas; un poco de queso, probaditas de las partes más doradas de los pollos rostizados. Y tragos bien grandes de whisky, para soportar a esta gente. Estoy seguro de que si la gente que condenamos y el público en general nos viera comer, no aceptaría nuestros veredictos, así de indignos se veían. Incluyéndome.
Al cuarto whisky sentí el alumbramiento y me animé. Quería hacerlos sentir como a los detenidos, que aquí son desecho social en el desamparo, que tiemblan de terror frente a nosotros, el poder, el poder judicial, implacable, inhumano. El poder que está tan lejos de la justicia. Si la justicia ocurriera no existiría el poder, ningún poder y menos que ninguno el poder judicial, ni el supuesto equilibrio entre los tres poderes. Se supone que yo, Abelardo Valladares, Decimonono Magistrado de Circuito, usufructúo jurisdicción para enjuiciar, si es procedente, al mismo presidente de la república. Jamás. No soy estúpido. El poder crea y reparte su justicia. Nosotros somos sus alfiles cuando mucho. Y simulan creer que así, repartiendo el poder se equilibraría, se haría humano. Si el poder se humanizara dejaría de serlo. Siempre pensé que “un día tengo que escribir esto”. Y necesité confrontarme con mi destino para hacerlo.
El poder. Los tres poderes de la Federación son la maldad organizada para imponer al mundo los intereses de un grupúsculo. El resto son las masas, desecho que algún día tendremos a nuestros pies suplicante y aterrada. Qué duda cabe, este mundo es una porquería. Pero había pequeños consuelos que debemos disfrutar, desde los goces animales, hasta otros, superiores. Hoy no sé si hay algo. Nuestro precario paraíso sólo era posible gracias a los múltiples infiernos del resto. Si no hubiera eso, no valdría la pena vivir en semejante mundo. Pero cuando también eso desaparece, cuando nos imponen el infierno entonces ¿qué? Cuando nos conducen a la animalidad la vida toma sentido por sí misma.
Sin mayor preámbulo me desaté (supongo que se lo esperaban: “cuando el juez Valladares invita es porque, de otra manera, nos lo va a cobrar muy caro”), pues sí, para qué otra cosa podían servir, si son tan corruptos que, estoy seguro, ya ni siquiera recuerdan el procedimental para juicios legales y regulares; toda su puta vida han resuelto los casos a punta de chantaje, de transa y de soborno, si no es que también de asesinato y no sabrían hacer nada más en la vida. Pero así es la justicia de los hombres. O sea la de Dios. Por eso no debemos permitir que nadie nos la arrebate. Porque impondrá su justicia falsa. De lo contrario la justicia no existe. Y –puesto que, quizás, así sea– entonces ¿qué he hecho toda mi vida?
–Estimados colegas, ustedes saben que estamos aquí para cumplir y hacer cumplir La Ley. La Ley del Estado. La Ley que protege a la sociedad, a la convivencia humana. Lo que es esta Ley, la Ley Humana. La Ley que ha surgido a través de la ciencia del Derecho. Esa es nuestra misión en este mundo, queridos colegas. Miren ustedes, nosotros somos el rigor. Somos los designados, así nos lo encarga la sociedad, aplicar severos correctivos a quienes infrinjan los límites que nos hemos determinado. Y ustedes me dirán, queridos colegas, de acuerdo, pero sólo a menos que el indiciado no tenga mucho dinero. El rigor, entonces, se suaviza un poco. Porque el dinero duele al que lo pierde, pero es la mayor caricia para el que lo gana. A los inocentes todo el rigor y a los culpables, si poderosos, ni siquiera un poco del rigor de la ley. Y, ustedes lo saben, ésa es otra justicia. Ustedes lo saben, la justicia no existe. Esto es nuestro trabajo, condenar a la gente que cae en nuestras manos, a menos que tengan poder; la justicia es algo demasiado inmenso y abstracto y a la vez minucioso para que nosotros impartamos justicia. Si ni siquiera Dios es justo. Lo sabe usted, licenciada, lo sabe usted, Everardo, lo sabemos aquí, pero allá afuera no lo saben y hemos condenado a pobres sujetos sin que sean culpables las más de las veces. Hemos absuelto a seres humanos espantosos, empedernidos criminales sin rasgo de humanidad. Culpables de crímenes abominables. Pero en este mundo no hay culpables, hay poderosos y hay débiles, hay inteligentes y hay imbéciles, no hay culpables ni inocentes, o mejor, todos son culpables, todos son transgresores, que es como lo manejamos, todos son infractores, criminales o al menos ilegales, no existe ser humano en el mundo que no pueda ser juzgado y condenado por la ley, pero hay unos, la mayoría, que pagan por el resto, por los que delinquen de verdad, son los convictos, los otros cometen crímenes sin medida y sin humanidad pero nada ni nadie los convence y, además, tienen de sobra quien pague por ellos, las masas a las que de una u otra manera, desde uno u otro sitial, gobiernan. Se dice que somos corruptos. Totalmente corruptos. Pero quienes lo dicen, ignoran que eso también es justicia, en los hechos esa es la verdadera justicia. Es la justicia de lo más alto. La verdadera justicia que es espantosa. La justicia que no tiene que ver con ministerio público ni juez. La justicia del mundo, que decapita y asesina a los pendejos pero premia y da poder a los cabrones. El evangelio lo dice: “Al que tiene más le doy y al que no tiene le quito”, y si ya le quitaron lo maldigo y si ya lo maldijeron lo condeno y una vez condenado lo metemos a que su alma se pudra en la cárcel. Ustedes lo saben, el dinero suaviza y lubrica al rigor más acerado. Yo estoy aquí, nosotros estamos aquí para proporcionar severos correctivos a la gente pendeja, que es la gente que no tiene dinero. Cumplimos una misión de Dios, para que la gente sufra. ¿O de qué otra manera se van a aplicar los castigos y las pruebas que ha de sufrir la gente? Si la vida es sufrimiento. Veamos la naturaleza. En este mundo hay que sufrir. El sufrimiento engrandece a los humanos. Este mundo es para que sufran unos, pero también para que gocen otros, los que lo tienen todo. Los que aplican la justicia, los que ministran el sufrimiento. Estoy, estamos, entre éstos. Y no tenemos la culpa. Así es el mundo y no lo podemos cambiar. Ni queremos, por cierto. Somos el lado oscuro de la justicia y nuestra misión es la justicia de lo más alto, la peor de todas. Por otra parte tenemos que tomar lo bueno de la vida y, en nuestro caso, aplicar la justicia de los hombres, que, de una o de otra manera es la ley de Dios.
Cuando tomé la palabra se atascaban de comida, pero se hicieron los mustios, comían más despacio, simulando que me prestaban atención. Nadie de ellos llegará jamás a elucidar ideas de tal envergadura, vamos, ni siquiera de la mitad. Pero ahí estaban, simulando que oían, pero tragando y bebiendo, fingiendo preferir el discurso. La marrana de la Samarrón disimulaba muy poco y comía más descaradamente que el resto, no podía esperar menos de una mujer a quien sólo le interesa en el mundo comer, embriagarse, pero más que nada, el colgajo que traen los hombres jóvenes y desamparados que llegan aquí detenidos o los que hacen el trabajo sucio con las manos, pues el verdadero trabajo sucio lo hacemos nosotros; el referido colgajo es su motivación vital, su felicidad. Lo que nunca he logrado, la felicidad para ella se centra en eso y me lo corroboró haciendo lo que nadie se hubiera atrevido a hacer, envalentonada por sentirse ya un poco briaga, interrumpirme para exponer los dogmas de su fe:
–Ay, licenciado, le diré. Sé de otras formas que también suavizan. Licenciado, con su venia por interrumpir su tan sabio panegírico, la belleza, licenciado. Cómo castigar a la belleza y más, cómo punir a la belleza que nos proporciona sus placeres. La belleza alcanza y hasta rebasa a la justicia, licenciado. Es más, creo que la belleza es una forma de la justicia, y la más alta, ésa de la que usted hablaba, para mi gusto y entender, licenciado. Y con el perdón de los caballeros aquí presentes, pero mal haríamos; pecado sería, que es la gran injusticia contra sí mismo, si teniendo a la mano la juventud, la hermosura de un mancebo y hablo como mujer, en este sitio, este nicho de privilegio en el que nos ha colocado la sociedad, no lo aprovecháramos.
–¡Ah!, sabias son sus palabras, licenciada. Estoy de acuerdo, la belleza es la belleza. Y también cuesta, cómo no. Bendito es el que tiene dinero para pagar la belleza. –Dijo Everardo entre masticadas y degluciones, atreviéndose puesto que ya la otra lo había hecho, aquello era para mi sorpresa, pues no me era posible concebir en ambos semejantes profundidades conceptuales–. En esta vida todo cuesta y la verdadera belleza es muy cara. Por eso, lo más importante es tener el dinero, o el poder, en su caso, para comprar lo que se necesite comprar. –Éstos son los ministerios públicos: los encargados de vigilar que la ley se aplique con justicia. Sin embargo, me asombraba su fluencia filosófica.
En efecto, una insaciable ramera y un repelente cerdo. Eran mis más cercanos colaboradores. Quise hacerles sentir que gente así es una basura, pero alguien como ellos, que abusan de los que caen en sus manos son unas hienas carroñeras. Sugerírselo... ¿Soy mejor que ellos tan sólo porque no me ensucio las manos? Pero quería que se sintieran despreciables. En ese momento llegó patrullaje con detenidos y mandamos a los secretarios a tomarles declaración. No quería que nos molestaran. Pero éstos regresaron inmediatamente y dijeron que era paquete; venía un balaceado, dos picados, un moribundo remitido a urgencias y hasta un occiso todavía por levantar. Riña entre gente normal. Bueno, levantar al occiso, dar fe, podía esperar, dos, tres horas. Que termináramos de cenar, que los hiciera sentir como se merecen. Todo podía esperar, hasta las declaraciones, a menos que los lesionados estuvieran graves, no fueran a morirse sin declarar. Ordené:
–Licenciada, licenciado, ni hablar, parece que más vale sacar esto rápido. Y regresamos en un rato a convivir, ¿cómo ven?
–A sus órdenes, licenciado –se apresuró Everardo. La Samarrón no pareció muy de acuerdo pero aceptó, ¿qué opción le quedaba? Fueron saliendo furiosos en fila india de mi cubículo.
Cinco minutos después llegaron hasta mi oficina tres elementos fuertemente armados. Con ellos venían Ordóñez y Rejano. –Baltasar Ordóñez, indíquele a los señores lo que ya bien saben, ningún personal armado puede entrar en esta oficina.
–Licenciado... –Entonces noté que Ordóñez, sólo por lo prieto, no estaba transparente de palidez. Uno de los sujetos, con un arma en la mano, un AK47, mejor conocido como cuerno de chivo, me preguntó señalándome con el arma:
–Juez Valladares, ¿verdá? Vente pa’cá, gordo, el jefe quiere verte.
–¿Cómo se atreve? Yo no tengo jefes. ¿Cuál es su nombre, señor? Acaba de perder su empleo. Ordóñez, Rejano, ¿quién es éste? Arréstenlo quince días.
–Li, cen, ciado... –ambos estaban tan aterrorizados que no podían hablar. Y ocurrió lo inimaginable, dos de los empistolados me levantaron agarrándome de los hombros del saco y me sacaron a empellones. No lo creía. Me llevaron con violencia, casi cargando, como si fuera un costal de basura, como si me odiaran, usando esa maldita costumbre, lo descubrí en ese momento, de levantar al detenido de la presilla posterior del pantalón haciendo que la ropa se meta enojosamente por el culo, me condujeron entre pasillos y cubículos hasta el área de atención al público. Busqué con la mirada a mis compañeros de trabajo; los conducían en condiciones muy parecidas.
Un hombre de mi edad estaba apoltronado en la mejor silla, al centro de los escritorios. Tenía lentes negros. Parecía ajeno a la aberración que estaba ocurriendo. Era el jefe. Los empleados de guardia y los policías permanecían replegados a la pared, los efectivos policiacos habían sido desarmados y tres sujetos de aspecto rural y metralleta en mano los vigilaban. Otros sicarios estaban descaradamente sentados sobre los escritorios fumando, riendo y picándose los dientes, sin apartar jamás de sus manos el arma de alto poder. Pensé, para hacer un operativo de esta naturaleza deben tener un arsenal que aquí ni siquiera soñamos y una fuerza de fuego de al menos cincuenta matones. ¿¡Quiénes eran!?
–Este gordo es el juez Abelardo Valladares –le dijeron al jefe. Éste hizo un movimiento leve, como un dios, entonces un pistolero me empujó:
–¡Siéntate! –Sentí su mano fría en mi calva, me obligó a sentarme... en el suelo, ante el jefe y, lo peor, a la vista del personal subordinado. El jefe con calma imperial entregó un teléfono celular a su matón. Éste me lo puso en el oído. Escuché:
–¡Papá, dales lo que quieran!, tienen una pistola en mi frente y ya cortaron cartucho. –Casi comprendí todo.
–No te preocupes, hijo. Ahorita resuelvo todo con los señores. –Inmediatamente lanzaron al piso, frente a mí, un gran fajo de papeles.
–Fírmalos. –Dijo el empistolado. Examiné los encabezados. Eran las actas de libertad de gran número de detenidos, quizá de todos los de aquí y también de otros reclusorios–. Te dije que los firmes, cabrón, no que los leas.
Algo ordenó el jefe, con una seña imperceptible. Yo me buscaba un bolígrafo entre la ropa. Trajeron jaloneando a Everardo. Lo pusieron de pie frente a mí. Miré desde abajo su rostro cenizo y aterrorizado, lo vi mirarme: última imagen de su vida. Se oyó el trueno atroz y seco. Increíblemente breve. Increíblemente fuerte. Salpicó de sangre y de un material grisáceo amarillento, sucio, gelatinoso, encefálico hasta dos metros en abanico a su alrededor, fue como si nos escupiera un litro de líquido rojo, la gelatina amarillenta llegó hasta las paredes, Everardo emitió un penetrante y brevísimo chillido porcino pegó un salto y me cayó encima desmadejado. Todavía convulsionó dos veces, luego se estiró como quien despierta, al final soltó el cuerpo, estaba más muerto que las losetas del piso; quedamos bañados en sangre tanto él como yo. Gritos de mujeres, gritos como si las mataran a ellas. Ofelia Samarrón se movió y fue brutalmente golpeada, cayó al suelo sangrando. Una o dos mujeres más también se derrumbaron. Varios policías y secretarios voltearon el rostro. El asesino que me había dado los papeles apartó, como si fuera un bulto, a Everardo Hernández, ministerio público, aplastado contra el frío piso como una alfombra de bestia desollada, su rostro era igual que una de esas máscaras de cerdo que exhiben en los mercados de barrial; ya no era humano sino un montón de carne sanguinolenta, un monigote repugnante y siniestro que había adoptado una postura grotesca y difícil de creer. En el teléfono se oyó:
–¡Papá!, ¡¿papá, estás bien?, háblame, por favor! ¡Papá!
–Estoy bien, estoy bien, hijo. No te preocupes, estoy negociando con los señores. –Y me puse a firmar. Uno de los matones gritó:
–El que vuelva a gritar es el que sigue. –Los sollozos siguieron, ahora apagados, más bien como ronquidos–. Todo el mundo al fondo. Fuera ropa. A encuerarse todos. El que quiera irse al infierno no obedezca. ¡Órale, rápido, a encuerarse!
En pocos minutos estaban todos los funcionarios desnudos en la demarcación policiaca, donde impartimos la justicia. Yo seguía firmando, a gatas en el suelo. Todo era miseria, gordura, pellejos, grasa, carne fofa, pelos, lonjas, piel descolorida, gente temblorosa, llantos ahogados, mujeres cubriéndose el sexo con una mano y los senos con el otro brazo. Descubrí que casi sólo seres muy desagradables trabajan en este lugar. La desnudez de la Samarrón era aborrecible, lamentabilísima. Cuando casi terminaba de firmar órdenes de liberación para el total de reclusos que teníamos, uno de los transgresores me ordenó levantarme con una patada en el trasero:
–Párate y encuérate, viejo pendejo. –Obedecí con resignada lentitud, el jefe de ellos parecía ajeno a lo que ocurría, impenetrable detrás de sus anteojos negros–; que vengan tus ayudantes.
Señalé a Ordóñez y a Magallón; más repugnantes que cuando están vestidos. Nos llevaron temblando gelatinosamente nuestras miserables humanidades, hasta el área de separos. Una aparición divina estaba de pie en la entrada al pasillo. Muy joven, casi niña, con el bulto de su ropa a sus pies, como una diosa o un ángel de color canela, resplandeciente y como inmune a lo que ocurría, armada de belleza, creí ver que le rendían una reverencia cuantos pasaban ante ella ya desnudos, ya vestidos. Era como un ángel poderoso que en cualquier momento nos salvaría. Una chiquilla que barría y trapeaba los suelos mientras nosotros condenamos.
–Le vas a dar su acta de liberación a cada uno. –Dijo el pistolero frente a los detenidos; éstos, asombrados, desconcertados, mirando las desnudeces repulsivas del personal que los había sometido y que estaba encargado de aplicarles la justicia se apiñaron y comenzaron a salir en estampida de bestias.
Fui entregando documentos, flanqueado por dos miserables desnudos como yo. Los delincuentes llegaban con violencia, empujando al resto, me arrebataban el documento, algunos me escupieron la cara, otros me abofetearon. Había indigentes alcoholizados que reían y gritaban. Algún ex detenido comenzó a golpear salvajemente a un policía. Luego se generalizaron las agresiones. No eran más de cincuenta pero parecían muchos más golpeando policías indefensos y desnudos, aovillados, revolcándose por el suelo recibiendo brutal golpiza. Se oían ruidos increíbles, cuerpos que se estrellaban en suelo, paredes y columnas. Los pistoleros, entre risotadas, los invitaban a largarse pero no eran obedecidos. Varios delincuentes empezaron a saquear los escritorios. Parece que en el ínterin llegaron patrullas. Los policías fueron capturados y desarmados, creo que mataron a alguno más, los sobrevivientes entraron ya desnudos en las instalaciones de la aberración. Regresamos y, ante el jefe, de nuevo me aplastaron colocándome de rodillas ante él. Luego me senté.
De pronto el jefe se levantó. Lo vi mirarme desde su estatura, yo, en aquel entonces décimonono juez federal de distrito, de nalgas en el suelo y desnudo, miserable; él, serio, impertérrito. Creí descubrir el desprecio por nuestra justicia en sus ojos detrás de los lentes negros. Al mismo tiempo sentí el peso del poder, de su justicia. Se fue caminando con parsimonia, con ligereza, como si paseara. Abandonaron a los reclusos y treparon, el jefe y su estado mayor, en una lujosa camioneta de vidrios negros que apareció en la misma puerta, sobre la banqueta de la delegación policiaca. El resto fueron por sus vehículos en las calles adyacentes, supongo. En menos de un minuto no había nadie de los invasores. Los ex reclusos continuaban el saqueo, pero ya para entonces policías desnudos peleaban con ellos, aunque la gran mayoría huyó, alcanzamos a reaprehender a unos quince. Las mujeres y los civiles se vestían presurosos y desvergonzados, rebuscando y escogiendo su ropa casi en camaradería, como si aquel atentado los hubiera redimido de la impudicia. Tomé mi ropa y me encerré en mi oficina. Comprobé que no había forma de comunicarse con el exterior. Regresé vestido. Ya había algún control. Incluso los policías estaban uniformados y algunos de los ex liberados, de nuevo reclusos. Impartí las órdenes pertinentes, procedimientos de rutina para los cadáveres de los policías y el de Everardo. La Samarrón lloraba empinada, agarrando el despojo, tan lastimosa como un animal desamparado, como un ser humano, embarrada en la sangre de aquel hombre. Jamás lo hubiera imaginado. Lo amaba. No la creía capaz. Qué más secretos habría, aparte del ángel que desapareció y los sentimientos de Ofelia, de los que nunca me enteré. Me fui a mi casa. Mi hijo fue liberado ese mismo día. Un secuaz de aquel ejército criminal a quien tuvimos detenido –individuo del que seguimos desconociendo su identidad– había sido liberado en el operativo del que fuimos víctimas. Tuve que llamar y a veces visitar, en una labor intensiva y tenaz, durante los días subsecuentes, con total y acuciosa discreción, a los amigos y colegas más cercanos y encumbrados, incluyendo al señor Procurador, para enterarlos y, a la vez, para que los sucesos no se filtraran a los medios. De una u otra forma resolví la situación jurídica de los detenidos que fueron liberados aquella noche, tanto de los que recapturamos como de los que no. La justicia puede hacer eso. Ahora vivimos en la incertidumbre. En cualquier momento, el crimen organizado puede operar para imponernos lo que ellos llamarán Su Justicia y quizá crean que es la verdadera. Y hasta es posible que lo sea, quién puede asegurar que no. Un poder nos ha rebasado. La justicia fue, una vez más, sometida al poder en turno.


(última modificación 27 XI 2006)

miércoles, 25 de febrero de 2009

Venganza contra los pueblos defensores de la tierra

Venganza contra los Pueblos Defensores de la Tierra.

Pterocles Arenarius

Ignacio del Valle era el líder más importante del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra. En este momento este hombre está condenado a 112 años de prisión y se encuentra recluido en el penal de alta seguridad del Altiplano. ¿Es Ignacio del Valle un peligroso criminal como el Mochaorejas o tantos y tantos funcionarios que han robado al erario escandalosamente? ¿Se robó ―como dijo Luis Téllez que sí lo hizo Carlos Salinas, aunque luego se haya desdicho―, cientos de millones de pesos que pertenecen a todos los mexicanos? No, por cierto. ¿Cuál es el espantoso crimen que cometió Ignacio del Valle para ser condenado a dos vidas de cárcel?
Defender a su pueblo, San Salvador Atenco, contra la voracidad de funcionarios tan corruptos como el ex presidente Vicente Fox Quesada quien intentara apropiarse de las tierras donde vivía Ignacio del Valle para realizar un negocio de ganancias sin medida: construir un aeropuerto para lo cual antes debían despojar de sus tierras a los habitantes de San Salvador Atenco y otros pueblos.
Acusan a Ignacio del Valle de asociación delictuosa, ¿como la que realizan el gobernador Enrique Peña Nieto para proteger a su familiar el ex gobernador Arturo Montiel, quien saqueó impunemente las arcas del gobierno del Estado de México? ¿O como la que lleva a cabo el señor Vicente Fox para defender a sus entenados los hermanos Bribiesca contra el castigo que se merecen por las miles de raterías que cometieron al amparo de su padrastro presidente y su mamá, la señora Marta Sahagún? ¿O como la protección que el gobierno guarda para esta misma señora Sahagún luego de seis años de que se dedicara a cometer todo género de latrocinios a través de la organización Vamos México? ¿O al menos Ignacio del Valle cometería los monumentales saqueos que llevó a efecto Diego Fernández de Ceballos actuando como coyote de grandes empresas desde su posición privilegiada de senador? ¿Puede ser que haya actuado como el difunto (qepd) Camilo Mouriño, quien siendo presidente de la Comisión de Energía del Congreso de la Unión y luego subsecretario de Energía proveía de asesoramiento (y contratos) a las empresas de su familia?
¿Algo así hizo Ignacio del Valle para que lo hayan condenado a pasar más de la vida entera en una prisión que, al mantenerlo incomunicado, al impedirle las visitas de sus parientes, al mantenerlo con prohibición para hablar por teléfono, al permitirle sólo media hora de asolearse por semana, lo tratan como si fuera un peligroso criminal, violando sus derechos humanos? Lo acusan de “secuestro equiparado”. ¿Ignacio del Valle torturó a los funcionaretes corruptos que los militantes del FPDT retuvieron? ¿Les pidieron dinero o sólo les exigieron que cumplieran con su obligación? ¿Les mocharon una oreja o un dedo? ¿Les robaron algo? Nada de eso hicieron los militantes del FPDT contra unos gobernantes que han saqueado permanentemente los dineros que pertenecen al pueblo, que han reprimido sin medida ni compasión, que son mentirosos por sistema y que tienen al país al borde del colapso.
El castigo contra Ignacio del Valle y dos militantes más del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra es más bien una venganza de los gobiernos federal, primero Fox, luego Calderón y Enrique Peña Nieto, alias la Barbie o la Gaviota. E igualmente pretende ser un ejemplo contra todos los luchadores sociales, para que no se opongan a las medidas en contra de la mayoría de los mexicanos que está aplicando el actual gobierno.
Un país no puede estar bien si los expertos a quienes se encarga la impartición de justicia tienen resoluciones sesgadas en favor de grupos particulares. Así ocurrió en el año 2006, cuando el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación dio su fallo admitiendo que en las elecciones presidenciales había habido irregularidades, que se había violado la ley, pero que eso no había sido definitorio para el resultado de ese proceso electoral. En lenguaje llano diríamos que “Se violó la ley, pero poquito” y dejaron a Felipe Calderón con la imborrable marca de Presidente Ilegítimo. Título hoy suavizado por su compinche Lorenzo Servitje quien lo llamó “pobrecito señor presidente”.
Antes, en el año 98 del siglo pasado, cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) examinó el acto de anatocismo dictaminó que este despojo era legal, es decir, que los deudores están obligados a pagar intereses de intereses, en un fallo que es escandalosamente favorable a la gente que se cuenta entre los que gozan de más privilegios, los banqueros.
En el Consejo de la Judicatura, los magistrados que se encargan de vigilar a los jueces, magistrados e incluso ministerios públicos, jamás ha enjuiciado a ningún miembro del Poder Judicial. ¿Por qué? Sin duda debe ser porque estos magistrados creen que todos los miembros del poder judicial mexicano son absolutamente impolutos. Lo cierto es, como sabemos todos los mexicanos, que la justicia mexicana es de las más corruptas del mundo, tanto que se encuentra en gran medida comprada por el crimen organizado, los narcotraficantes.
En otro momento, la SCJN, en un acto incalificablemente absurdo falló para exculpar al llamado “góber precioso” Mario Marín, presunto culpable de actos de pederastia y de diversas violaciones a la ley para perjudicar a la defensora de derechos humanos y militante feminista Lydia Cacho.
Y la última hazaña de la Suprema Corte de Justicia es la de dictaminar que sí hubo excesos en el uso de la fuerza (entendamos violaciones a los derechos humanos y dos asesinatos entre ellos) enviada por Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México y Manuel Medina Mora, entonces director de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) para reprimir el movimiento del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, estos funcionarios, según la Suprema Corte de Justicia, no tienen culpa alguna en tales violaciones.
Y para que sea más notorio el odio contra los luchadores sociales, apenas el 18 de febrero de 2009 salieron de prisión los autores, el intelectual y el material del asesinato del destacado periodista Manuel Buendía: José Antonio Zorrilla, el que fuera temible jefe de la siniestra Dirección Federal de Seguridad y Juan Rafael Moro Ávila Camacho, descendiente de Manuel Ávila Camacho, ex presidente de México y asesino material del periodista. Es decir, los criminales confesos y comprobados tienen perdón y hasta pueden salvarse. Los defensores del pueblo no.
La descomposición de la sociedad mexicana es efecto esencialmente de tres fenómenos: uno, el crecimiento cero de la economía mexicana durante poco más de un cuarto de siglo; dos, la monstruosa desigualdad de ingresos o el abismo que se ha creado entre pocos sujetos archimillonarios y gran número de pobres que están muy cerca de la hambruna y tres, la corrupción rampante en el gobierno. Lo extraño es que el desastre que está ocurriendo en este momento no hubiera ocurrido antes. Otra cosa que sorprende es que la situación no sea peor.
Lo que alarma es que el gobierno sea incapaz de gobernar ante los compadres que se han apropiado de la economía y gran parte de los recursos de nuestro país; los que han creado la “economía de compadres” que ha sido ampliamente señalada en diversos foros del mundo. Los compadres tienen secuestrado a México. Nadie puede progresar en este país si no son ellos.
Hoy las instituciones, desde la Presidencia de la República (cuyo titular, en un acto descabellado asistió a la llamada cumbre de Davos a proponer un ¡Fobaproa mundial!) se han deslegitimado a sí mismas tanto que darían risa si no fuera porque perjudican a millones de personas y provocan con ello el clima de ingobernabilidad, de caos (en Estados Unidos ya consideran a México un “Estado Fallido” o tierra sin ley) y continúan agrandando las inmensas desigualdades e injusticias que agravian a la mayoría de los habitantes de este país.

miércoles, 28 de enero de 2009

Guanajuato, ciudad cultural

Guanajuato, ciudad cultural


Que regresen los rateros,
pero que ya se vayan los pendejos.
Graffiti

Pterocles Arenarius

En Guanajuato hay un lugar lujosísimo para hacer deporte: alberca olímpica, fosa de clavados, cancha futbolística reglamentaria y con pasto, gimnasio perfectamente equipado, juegos infantiles, canchas de tenis de arcilla, pista de tartán, es un centro del llamado CEDAJ, Comisión Estatal para el Deporte y Atención a la Juventud. Se encuentra pocas decenas de metros afuera de la ciudad de Guanajuato, en la carretera hacia Dolores Hidalgo y siempre está vacío. Es decir, casi nunca se ven personas, jóvenes ni adultas practicando deporte.
Frente a un sitio llamado Los Pastitos, en la única otra salida de la ciudad, está otra construcción, menos lujosa pero no menos vacía de usuarios, también pertenece al CEDAJ, es menos lujosa y menos grande, sobre una colina casi enfrente de la plaza de las ranitas que hizo el notable artista plástico Javier de Jesús Hernández Capelo. Tal centro deportivo siempre lo he visto sin usuarios. Es más, nunca lo he visto abierto.
En las llamadas curvas peligrosas, está la Ciudad Deportiva de la ciudad. Ahí va la gente a jugar futbol, beisbol, basquetbol, las instalaciones están bastante aceptables. Cobran por sólo entrar.
La casa de la cultura, la única en esta ciudad de unos 150 mil habitantes, tiene ocho pianos para enseñar a todos los niños de Guanajuato. Las exposiciones suelen salir de esta casa para ser ofrecidas a una ciudad que no tiene idea de lo que hacen sus artistas, ni siquiera saben que existen.
En Guanajuato, primera ciudad cervantina de América, patrimonio de la humanidad (¡ay cabrón!), sede del Festival Internacional Cervantino, nunca (excepto en el Cervantino) hay funciones de teatro, leyeron bien, nunca. La orquesta sinfónica de la Universidad de Guanajuato se presenta cada semana en el teatro Principal, pero sólo en su temporada de presentaciones, tres meses al año. En Guanajuato hay dos cines, dos. Y eso a pesar de que han surgido extraordinarios artistas como Amat Escalante, premiado en Cannes, desconocido en su ciudad y, peor, olvidado por las autoridades.
De repente hay alguna exposición de pintura o de escultura que correrá con gran suerte si no es censurada por los yunquistas que dirigen (hacia el abismo) la cultura de esta “ciudad cultural”, la Atenas de por aquí, dijo Jorge Ibargüengoitia.
Pero regresemos al arduo misterio, ¿por qué están vacíos de deportistas los CEDAJ? Porque cobran. 160 pesos mensuales por persona. Antes te cobraron la inscripción, aparte de las mensualidades y lo hacen cada año. Ah, pero también cobran por entrar en esas instalaciones. Las cuales, al menos las de la salida a Dolores están preciosas, ¿será porque no las usa nadie?
Guanajuato es una cañada, el centro, fastuoso, de la ciudad se encuentra en el fondo, rodeado de cerros, del Cuarto, de los Leones, del Gallo. En esos cerros viven los chavos marginados. Ahí sí suele ser peligroso andar de noche. Los chavos fuman mota y beben caguama en la vía pública, se madrean los de este cerro con los del que sigue y muchos no trabajan (porque Guanajuato es un pueblo en el que no hay nada que hacer), no estudian porque la inscripción a la prepa cuesta dos mil 500 pesos y además porque en el examen de admisión (que cuesta mil pesos) sólo consiguen ingresar menos del 50 por ciento de los que se presentan. ¿Qué hacen esos chavos, sin escuela, sin trabajo, sin futuro? Echar chela y fumar mota. Prepararse para ser carne de cañón o de presidio. Cuando, al revés, el gobierno de funcionaretes ineptos, deberían estar agradecidos de que los chavos estén fumando mota, porque así, entretenidos en su autodestrucción no van a exigir lo que debían hacer por ellos esos funcionaretes sobrepagados de nuestros impuestos.
Ah, pero eso sí, cada tres años cambian el piso del centro de la ciudad a un costo estratosférico, en un negociazo para los síndicos y síndicas y cuates que los acompañan. Los chavos sin trabajo, sin escuela y sin futuro… que se pudran.
En Guanajuato, el agua cuesta unas diez veces más que en el DF. Y si no se paga un mes, como si estuvieras en guerra, el Simapag, Sistema Municipal de Agua Potable y Alcantarillado de Guanajuato, manda un trabajador a que te la corte, como si estuviéramos en guerra. Ah, pero si vas y pagas lo que debes, te cobran 170 pesos por reinstalarte el servicio. Cuando lo haces sólo dices “Qué poca madre”. Además, cada mes que vas y pagas el agua te cobran un rubro “voluntario” para los bomberos y la Cruz Roja y otros, el 7 por ciento de lo que pagues de agua, por servicio de alcantarillado, de tal manera que la cuenta te la inflan agregándole además el IVA del IVA.
Así, mientras los CEDAJ están vacíos, mientras hay sólo UNA prepa oficial para toda la ciudad, mientras la casa de la cultura se hace pedazos para atender a todos los niños con ocho pianos, al mismo tiempo los chavos se sientan en piedras en los callejones chuecos de los cerros, se toman una caguama, se dan un toque. Y cuando ya no tienen para comprar material se animan a asaltar a algún desconocido bajando un poco del cerro. E inician así la preparación para hacer carrera como delincuentes.
Y luego no quieren que haya inseguridad. Y luego quieren que haya muchos más policías. Y luego no quieren que el narco y lo que llaman “el crimen organizado” no crezca ni prospere. Los políticos que debieran procurar el bienestar de los ciudadanos sólo llegan vorazmente a los cargos y saquean el erario y se largan a buscar otros cargos para seguir saqueando aparte de los sueldazos que se autoasignan. Más de 30 mil mensuales los ediles. Cerca de 60 mil el alcalde. Cerca de 40 mil los síndicos. Sin hacer nada. Bueno, más bien cobran por perjudicar al prójimo.
En Guanajuato, primera ciudad cervantina de América, patrimonio de la humanidad y sede del FIC; ciudad de intocable arquitectura por los mencionados pergaminos, debiera haber, si se pretende ciudad cultural, diez casas de la cultura, por lo menos. En cada una un taller de artes plásticas de primer nivel, dirigido por un artista de talla nacional. Igualmente, un taller de literatura que coordinara un escritor de primer orden. En cada una de esas casas debiera ensayar un grupo de teatro digno de actuar en Bellas Artes y otro de danza del mismo nivel. Grupos musicales de diversos géneros, desde el rock hasta el huapango y el son que se cultivan en el norte del estado. Y muchos grupos de cada disciplina en niveles menores para atender a la mayor cantidad posible de los chavos de los cerros. De ahí se obtendrían formidables presentaciones para el FIC, con gente de la propia ciudad.
Aquí en Guanajuato casi nunca se presenta un libro. La editorial de la universidad edita menos de 20 libros al año. Y tales volúmenes se ven sólo cuando hacen su feria anual del libro.
¿Todo esto es una ciudad “cultural”? Todo esto es la razón por la que se ha deteriorado el tejido social. Todo esto es la razón por la que los narcotraficantes tienen a su disposición mano de obra, miles, millones de muchachos que han perdido su futuro, porque los peores políticos del mundo, pero los mejor pagados del mundo se lo han robado. Lo único extraño es que la descomposición no haya ocurrido antes. Más extraño es que el estallido social tampoco.

viernes, 23 de enero de 2009

Plomo impune. Eduardo Galeano

OPERACIÓN PLOMO IMPUNE

por Eduardo Galeano (publicado en el semanario Brecha, Montevideo, Uruguay, el 16 de enero de 2009)

Este artículo está dedicado a mis amigos judíos asesinados por las dictaduras latinoamericanas que Israel asesoró.

Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos. Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las elecciones en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen. Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelita usurpó. Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina. Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa. Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa. No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Irak para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho. Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la tortura de prisioneros. ¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar con ETA, ni el gobierno británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar a IRA. ¿Acaso la tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos? El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quien mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica. Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí. Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos medios también nos invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki. La llamada comunidad internacional, ¿existe? ¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que los Estados Unidos se ponen cuando hacen teatro? Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más. Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas, rinden tributo a la sagrada impunidad. Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos. La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que otra lágrima, mientras secretamente celebra esta jugada maestra. Porque la cacería de judíos fue siempre una costumbre europea, pero desde hace medio siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son semitas y que nunca fueron, ni son, antisemitas. Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una cuenta ajena.

sábado, 10 de enero de 2009

Dicel el pelele que en México no se masacra a civiles. Miente.

Tomado de http://colectivodosdejulio.blogspot.com


sábado 10 de enero de 2009

MENTIRA QUE EN MEXICO SE MASACRE A CIVILES TAMBIEN SE LES VIOLA , TORTURA,AMENAZA ,INCOMUNICA ,ROBA,GOLPEA, DEGRADA Y MATA

CREO QUE EL ESPURIO CALDERON SE DIO UN PASON SABROSO CON CANABIS Y RON PUES DECLARA QUE EN MEXICO NO SE MASACRA A CIVILES ,TAL VEZ SE REFIERA A FECALANDIA O CALDEROLANDIA: PERMITAME RECORDARLE MI ESTIMADO INQUILINO DEL BAR Y CASA DE DESCANSO " LOS PINOS" LAS SIGUIENTES CIFRAS DE ENERO 2007 A JULIO DE 2008 SE HAN PRESENTADO 630 DENUNCIAS CONTRA EL EJERCITO. AQUI ALGUNAS DE ELLAS:

JUNIO 2007- EFECTIVOS MILITARES EN EL CERRO DE LA LESNA FRONTERA CON EEUU DE LADO DE SONORA ENCAÑONAN Y DETIENEN A UN HOMBRE (JOSE GALVEZ MUNGUIA) QUE ESPERABA A UN POLLERO , LO TORTURAN Y LE CLAVAN ASTILLAS EN LOS DEDOS

AGOSTO DE 2007--ELEMENTOS MILITARES EN UN RECORRIDO POR NACO, SONORA SE TOPAN CON TRES LUGAREÑOS, LOS DETIENEN VARIAS HORAS Y SOLO PRESENTAN A DOS ANTE LAS AUTORIDADES, EL TECERO APARECE MUERTO AL OTRO DIA CON HUELLAS DE GOLPES Y TORTURA.

AGOSTO DE 2007-- 5 ELEMENTOS HACEN SU RECORRIDO POR LAS CALLES DE URUAPAN, DETIENEN A UN HOMBRE, LO TORTURAN APLICANDOLE EL POCITO Y CHOQUES ELECTRICOS.

OCTUBRE 2007--ELEMENTOS DEL BATALLO NN DE INFANTERIA EN ZAMORA, MICHOACAN IRRUMPEN VIOLENTAMENTE EN EL DOMICILIO DE ANTONIO PANIAGUA ROBANDOLE Y ROMPIENDO SUS PERTENENENCIAS Y TORTURANDOLO CON CHOQUES ELECTRICOS EN LOS GENITALES.

ENERO 2008--EL MENOR VICTOR DE LA PAZ DE 17 AÑOS VIAJA EN AUTOMOVIL POR LAS CALLES DE HUETAMO MICH. SE TOPAN CON EL EJERCITO Y SON BALEADOS. VICTOR MUERE Y EL CONDUCTOR DE 19 AÑOS SALE HERIDO.

FEBRERO 2008--TRES MILITARES DE LA BASE MOVIL TRUJILLO ACCIONAN SUS ARMAS CONTRA LOS TRIPULANTES DE UN AUTOMOVIL, SEGUN ELLOS PARA REPELER UNA SUPUESTA AGRESION. MUERE EL CONDUCTOR , NUNCA SE ENCONTRO EL ARMA DE FUEGO Y EL ANALISIS PARA ENCONTRAR POLVORA POR EFECTOS DEL DISPARO DIO NEGATIVOEN LOS BALEADOS.

MARZO DE 2008--SEIS HABITANTES DE LA COMUNIDAD DE SANTIAGO DE LOS CABALLEROS EN BADIGUARATO, SINALOA CIRCULAN EN UNA HUMMER SE ENCUENTRAN CON UN RETEN MILITAR LOS MILITARES LES DISPARAN SIN RAZON ALGUNA, SALDO: CUATRO ASESINADOSY UN HERIDO, TODOS ESTOS HECHOS ESTAN BIEN DOCUMENTADOS (REVISTA EMEQUIS 14 DE JULIO 2008)

RELACION DE QUEJAS EN CONTRA DEL EJERCITO DURANTE EL ACTUAL GOBIERNO ESPURIO:
AÑO 2006------8 QUEJAS.
AÑO 2007------384 QUEJAS
AÑO 2008 (1 DE ENERO A 17 DE MAYO 2008)---242 QUEJAS

TOTAL DE QUEJAS DURANTE EL GOBIERNO ESPURIO DE CALDERON 634, DE ESTAS 634 QUEJAS TENEMOS:

250 CASOS DE EJERCICIO INDEBIDO DE LA FUNCION PUBLICA

221 CATEOS Y ALLANAMIENTOS ILEGALES

182 TRATO CRUEL Y DENIGRANTE (PRINCIPALMENTE CON LA POBLACION DE LAS ETNIAS)

147 DETENCIONES ARBITRARIAS

94 EJERCICIOS INDEBIDOS DEL CARGO

85 ROBOS

55 PRESTACIONES INDEBIDAS DEL SERVICIO PUBLICO

41 AMENAZAS

40 RETENCIONES ILEGALES

32 INTIMIDACIONES

26 VIOLACIONES AL DERECHO DE LEGALIDAD Y SEGURIDAD JURIDICA

23IMPUTACION INDEBIDA DE HECHOS

20 NEGATIVAS AL DERECHO DE PETICIONESTAS.
ESTAS SON LAS VIOLACIONES MAS COMUNES DEL EJERCITO HACIA LA POBLACION CIVIL.

LAS ENTIDADES DONDE HAY MAS QUEJAS:

MICHOACAN 139

DISTRITO FEDERAL 106

TAMAULIPAS 68

SINALOA 38

CHIHUAHUA 33

COAHUILA 31

NUEVO LEON 29

OAXACA 28

SONORA 22

CHIAPAS 21

CON ESTAS CIFRAS LOS CONSULES Y EMBAJADORES QUE ESCUCHARON A CALDERON SEGURAMENTE PENSARAN QUE ESTA MARIGUANO O BORRACHO PUES POR DECRETO CALDERON QUIERE DRA UNA IMAGEN DE PAZ Y SEGURIDAD QUE NO EXISTE

jueves, 8 de enero de 2009

La masacre contra la cultura guanajuatense

A Guanajuatizar a suchi…


Pterocles Arenarius

Hace pocas semanas un sujeto de voluminosos carrillos y pelado militar, de nombre Germán Martínez Cázares (GMC), quien dice fungir como presidente del Partido Acción Nacional regurgitó, en un ominoso y ostensiblemente emotivo bufido, que se comprometía a guanajuatizar a México. En la madre…
¿Quién puede saber qué significa eso? Nadie y menos aun GMC. Sin embargo, podemos colegir que intentó decir que él y su partido tratarían que todo el país fuera como es en este momento el estado de Guanajuato, en donde ellos, el PAN, ejercen el poder tan mal o incluso peor que en el viejo estilo del PRI, al menos en la modalidad de lo que se llamara “El carro completo”.
Este tocateclas (id est, irredimible amante de las teclas, no sólo de pianos y computadoras), se siente obligado a advertir a todos aquellos a quienes tuvieren a bien leer estas líneas qué sería lo que nos espera, según mis cortas luces, en caso de que los panuchos lograran “guanajuatizar” a México. La advertencia va principalmente en el ámbito de la cultura, un poco en el de la educación y menos aun, en el terreno de la política.
En primer lugar, tendríamos gobernantes ultramochilones, militantes católicos de línea dura como el actual “gober” guanajuatense, Juan Manuel Oliva, quien se enorgullece de participar en cuanta peregrinación y acto litúrgico católico le es posible. (Sólo le falta llegar con unos nopales directos a la piel, caminando de rodillas hasta la Basílica de Guanajuato). Este sujeto, al menos, no se jacta de ser briago como su correligionario, el mientamadres que dice gobernar Jalisco. Aparte de lo anterior, Oliva ha sido exhibido por el periodista Álvaro Delgado en la revista Proceso, como miembro del “Ejército de Dios”, El Yunque, grupo católico que tiene como humilde objetivo nada más el de “Implantar el reino de Dios en la Tierra”. Ai pinchemente, dicen en mi cuadra. No p’s ta’chido.
A propósito, ¿cuál Dios?, digo porque hay cientos de Dioses en este momento en este planeta y, más aun, ha habido miles, a cual más de respetable, en la historia de la humanidad y, por cierto, no pocos de aquéllos con sistemas filosófico-místicos mucho más coherentes que el del Dios católico y su santísima madre virgen.
Esos gobernantes, ejecutores y administradores del México guanajuatizado, serían aproximadamente analfabetas funcionales que confesarían, como aquel que se hacía llamar el Caballo Negro en la carrera por la presidencia antes del 2006, quien admitió que jamás en su vida había leído un libro completo. Como el ex gobernador guanajuatense Carlos Medina Plascencia que, a pregunta expresa, explicó que todos sus libros los tenía guardados en dos cajas desde cinco años atrás en que se mudó a la casa que habitaba en el momento de la entrevista. Como el Alto Vacío, Vicente Fox, que descubrió a uno de los más importantes autores imaginarios, José Luis Borgues ante los miembros de la Academia de la Lengua Española, para vergüenza de todos los mexicanos. Lo que haría porque, como él mismo dijo, “yo no he leído libros, yo leía las nubes”. Como la secretaria de Educación, Josefina Vázquez Jalas, autora de la profunda obra filosófica Dios mío, hazme viuda, por favor, la misma mujer que en su cara llamó Octavio Paz a Carlos Fuentes y le achacó a éste obras de aquél. Como este oscuro director del Instituto Estatal de Cultura de Guanajuato (IECG), quien hace pocos meses encargó a su subalterno correspondiente que invitara a Jaime Sabines a “leer poesías” aquí en Guanajuato.
Gobernantes que convocan a becas para apoyar a creadores artísticos “con trayectoria” y les ofrecen $4,200 mensuales, menos de lo que ganan los empleados de intendencia del municipio incluso “sin trayectoria” ($4,610) y mucho menos de lo que gana un policía municipal (mínimo $6,000). Dinero que “premia” a los artistas por escribir una novela, un poemario, un libro de narraciones que engrandezcan, but of course, el espíritu guanajuatense y hasta nacional. Ahora bien, los diputadetes locales, inocentes, se conforman con $127 217 mensuales más bonos y compensaciones. Y los cínicos de más arriba cobran más.
Serían gobernantes que han logrado mantener a Guanajuato como uno de los tres primeros estados de la República con más expulsados por miseria, sólo superado por Michoacán y Zacatecas, además de ser uno de los cinco estados menos alfabetizados del país.
Si lograran “guanajuatizar” al país, entonces todos los funcionarios de gobierno serían tan corruptos o más que los del PRI, como ahora ocurre en este estado, en donde los mejor colocados han metido al gobierno a toda su parentela; la universidad se pudre de yunquetos ineptos, sobrepagados e incondicionales, pero además se otorgarían sueldos estratosféricos como lo hacen aquí, ah pero eso sí, sentirían que siempre tienen la razón porque Dios está con ellos. Intentarían censurar ―si no les costara prestigio político― a la gran mayoría de las obras de arte que se generan en la actualidad, porque ellos, en cuestiones de arte se quedaron en el siglo XII, antes del renacimiento, porque ―oh insólito misterio― les reencabrona la exhibición pública de cuerpos humanos desnudos en proporción directa con la cachondería que sean capaces de provocar. Es decir, entre más hermosos más les encabronan.
Así han censurado a decenas de artistas en Guanajuato, pero lo hacen veladamente, de manera que no les cueste un pequeño escándalo. Así han atacado a pequeños centros culturales (al Café Bossanova le querían cobrar 500 mil pesos, sí, leyeron bien, medio millón de pesos por el uso de suelo ya que este café, donde ocurren diversos actos de cultura, trabaja con mesas en una plaza de la ciudad).
De igual manera están tratando de asfixiar lentamente al Festival Internacional Cervantino (FIC) trayendo cada año más pefepos prepotentes y corruptos a cuidar la “seguridad”, además de que desde hace años mantienen una política de prohibición y de saqueo contra los artistas que en ese festival actúan en las calles. En el FIC 2008, metieron a la cárcel a los miembros del grupo de rock La Resistencia y extorsionaron a decenas de chavos que llegaron con sus tambores a tocar en las calles. Les quitaron sus tambores y les cobraron multas de $800 por tambor para devolvérselos. Un verdadero atraco. El pretexto: “Está prohibido hacer ruido en la calle”.
Tendríamos legisladores como la regidora panista de Guanajuato capital, Teresita Rendón, quien ha promulgado un bando de policía y buen gobierno en el que se decretan multas hasta por mil pesos contra todo aquel que escupa en la calle, tire basura o diga majaderías. El bando ha sido publicado, pero no han multado ni llevado a nadie a la cárcel porque no se dan abasto pues los pinches guanajuatenses, desde los más chavitos hasta los ruquísimos, a pesar de ser bien mochilas, les encanta el vocabulario plagado de chingaderas en proporción de cuatro o cinco putas madres por cada diez palabras pronunciadas.
Sería un país en el que, como demostró mi amigo el escritor Ricardo García Muñoz al realizar una antología de narradores guanajuatenses, no hay escritores en el estado. En los ya casi 18 años que han gobernado los panistas en Guanajuato, ya lograron uno de sus más caros objetivos, secar al estado de escritores. Los guanajuatenses que han logrado estatura autoral, en su mayoría han abandonado su estado natal.
Finalmente, Guanajuato como caso particular, en tres sexenios y cacho de regímenes panistas no ha mejorado en los problemas que, en lo general, más dañan a México: la corrupción (los panistas han resultado al menos tan corruptos como lo fueran los priístas), la desigualdad, los ricos guanajuatenses son pocos pero más ricos que antes y los pobres son más pobres y más en número y, por último, la educación y la cultura son hoy más débiles, menos productivas que antes de ellos.

martes, 30 de diciembre de 2008

Hay que leer poesía

Hay que leer poesía

Pterocles Arenarius

Hay gente que alimenta su cuerpo con cosas (pues no debiera llamárseles alimentos) que son ineficientes para lo que se destina a los nutrientes: restituir al cuerpo del desgaste físico, dotarlo de la necesaria energía que le permita realizar las actividades necesarias y mantenerlo en buenas condiciones de salud. Hay gente que, por ignorancia o bien por vicio, alimenta su cuerpo con lo que se ha dado en llamar alimentos chatarra; muy otro caso de quien se alimenta con deficiencia por pobreza.
Quien incurre en el consumo excesivo de alimentos chatarra sólo consigue obesidad y desnutrición simultáneas. Es decir torpeza, dificultades para manejar el propio cuerpo y a la vez debilidad, incompetencia para cualquier esfuerzo físico. La contraparte son los que se alimentan de manera equilibrada y con moderación para conservar un cuerpo esbelto, fuerte y sano, más o menos ―por añadidura pues ya depende de muchos otros factores― bello.
Ahora pensemos en otro ámbito de la condición humana, el intelecto. A esta parte de la persona también podría considerársele un cuerpo, aunque no tenga las cualidades físicas de masa, volumen ni solidez física. Veamos, de igual manera que al cuerpo constantemente al intelecto le exigimos resultados en los hechos, trabajos que dan productos, se supone que se piensa cada uno de los actos que realizamos. Pero en las decisiones importantes del día o de la vida, tenemos que pensar con detenimiento para decidir. Y una larga época de la vida ―se supone― está dedicada a ejercitar el pensamiento, a fortalecer el intelecto. Porque, es cierto, una mente bien entrenada, sometida con frecuencia a la resolución de problemas intelectuales, nos vuelve cada vez más inteligentes, logra que nuestro pensamiento sea más refinado, que logremos mayor destreza para resolver los problemas que se nos presentan en las cotidianas labores. Esa larga época dedicada a adiestrar el pensamiento es la infancia y la primera juventud, el lugar es la escuela. Ahora bien, puesto que hemos considerado que el intelecto es un cuerpo ¿con qué alimentamos al intelecto?
Al igual que las ofertas más tentadoras para alimentar el cuerpo con delicias (inútiles), el mercado, insaciable de ganancias y ausente de la ética ofrece para alimentar al intelecto productos tan chatarra al menos como los así llamados alimentos. La televisión ofrece ejemplos ad náuseam y es común que la misma televisión sea el gran escaparate de estos seudoalimentos.
Por cierto y ya que hicimos el parangón entre el cuerpo físico y el intelectual, es clara la relación entre ambos, su interdependencia. Aunque tenemos que admitir que el cuerpo físico pocas veces es capaz de obtener resultados plausibles sin el concurso del pensamiento consciente; de hecho, en algunas circunstancias nos asombra, nos asusta que protagonicemos un suceso en el que hayamos actuado sin pensar, sin consciencia, “en automático”, decimos. Por otra parte, el intelecto sí es capaz de realizar logros con el mínimo concurso del cuerpo físico. La relación entre el cuerpo y el intelecto es tan intrínseca como la que hay entre ―en términos cibernéticos― el hardware, el cuerpo y el software, el intelecto.
Ahora bien, un intelecto alimentado con los productos chatarra de la televisión y los tristes, tontos cómics comerciales, provoca que quien tal consumo realice se convierta en un obeso, un torpe, es decir, casi un incapacitado intelectual. Así como los productos “intelectuales” de la televisión ofenden a la inteligencia, los alimentos chatarra dañan al cuerpo físico cuando se consumen no como un bocadillo, como un pecado menor, como un desliz, sino como una costumbre pervertida, como un vicio. Giovanni Sartori, el teórico italiano, ha dicho y, creo, con razón, que la televisión causa daños graves a las facultades intelectuales (los que hayan ejercido el oficio de enseñar lo habrán notado: los niños, los jóvenes tienen una casi nula capacidad de fijar la atención, uno de los más claros y referidos síntomas de los niños teleadictos). Pero Sartori asegura además que los daños de la teleadicción son también físicos. La televisión, un instrumento formidable de comunicación, lastimosamente en manos de personas que sólo ven al espectador como un signo de pesos y que cancela las posibilidades incalculables de este medio como difusor de cultura, de conocimiento, de civilización.
Pero la circunstancia humana no se queda en lo que he mencionado. Existe el ámbito de los sentimientos que es no menos importante, pues en gran medida determina el comportamiento inmediato de las personas, con gran frecuencia por encima incluso del pensamiento. ¿De qué alimenta el mercado nuestros sentimientos? De la mezquindad telenovelesca, de uno de los anzuelos favoritos de la televisión, la concupiscencia, que no llega a erotismo (pues el erotismo es un arte, aunque el sublime ejercicio de tal arte no sea público); la concupiscencia castrada, escandalosa pero por estúpida y además hipócrita de los cómics, otro tóxico es el de la insensibilidad animal con que se permiten presentar matanzas humanas por decenas o cientos en un solo programa o en una película y que pretendan que somos tan imbéciles que nuestra inteligencia, nuestra razón aceptarán sus historias. Así, intelecto y sentimientos bien alimentados jamás aceptarían productos tan embusteros y perniciosos. La televisión es el alimento chatarra para los cuerpos intelectual y sentimental de los seres humanos. A propósito, una de las más espantosas enfermedades es el llamado mal de Alzheimer, el que según dicen, está relacionado con dos de los vicios modernos, la mala alimentación causada por el consumo de alimentos empacados que contienen colorantes, saborizantes y conservadores artificiales. Y la otra es la falta de ejercicio mental, pues la inteligencia, como cualquier músculo se atrofia con la falta de uso.
Basta. No hablemos más de esa corruptora, de esa difusora de la estulticia, de esa engañadora, de esa puta emputecedora, la televisión.
Vamos a la salvación, al contraejemplo, a la antítesis de lo anterior. ¿Cómo alimentar al intelecto y a los sentimientos?
Creo que la cumbre en estos ámbitos humanos la consigue el arte, las artes. Y, en particular, como dice Octavio Paz, la poesía en su sentido más amplio, la que aparece en toda obra de arte cuando ésta consigue tal estatura, la de obra de arte.
En ninguna otra de las empresas humanas aparecen mejor empleados en simultaneidad los atributos humanos de intelecto y sentimientos que en el arte. Ahora bien, con salvedades, creo que la obra de arte más accesible es la literatura. En este instante vale la pena preguntarnos ¿Para qué sirve la poesía?
La literatura, que tiene como fuente y como esencia a la poesía; la obra de arte que se hace con las mismas palabras que empleamos a cada momento para comunicarnos. La literatura que es, como casi ninguna otra actividad humana, un ejercicio intelectual pero que contiene los más profundos y sublimes sentimientos que en algún momento han brotado del corazón humano. Profundos pero no necesariamente, diríamos, positivos. También los perversos y aun los criminales. De igual manera que, se ha anotado, los sublimes. Por eso es plena de sabiduría la afirmación del esplendoroso Jorge Luis Borges (ahora hay que escribir su nombre completo siempre, para combatir la confusión que a este respecto introdujo cierto personaje otrora investido de gran poder, pero recubierto de asombrosa ignorancia), Borges, cito de memoria, dijo que “gracias a la literatura en esta vida he vivido varias vidas”. Ya lo creo. La literatura excita de tal manera a la imaginación, convoca con tal fuerza a los sentimientos pero a la vez estimula a la inigualable agudeza de la inteligencia que, no tengo la menor duda, es el más nutritivo, el más poderoso alimento no sólo para el espíritu sino para los sentimientos. Y es por semejantes impresiones que, en efecto, se cumple la sentencia borgiana; no es necesario presenciar ni cometer un asesinato, Dostoyevski nos pone a vivir (y a sufrir) tan espantoso trance con lujo de detalles, con inigualable dolor y con bárbara brutalidad. ¿Qué impresión quieres vivir? ¿El erotismo desaforado, orgiástico, libérrimo o libertino hasta la enfermedad? Ahí está el divino Marqués de Sade o Guillaume Apollinaire o Leopold Von Sacher Masoch. ¿Qué impresión quieres vivir? La literatura no tiene límite. Por la poesía, llegamos sin duda a la asunción de la máxima latina clásica: Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno.
La literatura, la poesía en su condición más amplia, nos feminiza en el mejor sentido de esta palabra, es decir, nos hace detonar las mejores cualidades femeninas: la compasión, la sensibilidad, la delicadeza. La poesía nos hace tolerantes porque nos otorga la inmensa virtud de sentir lo que otros sienten, imaginarlo, conmovernos y por ese camino llegar a uno de los mejores sentimientos humanos: la compasión (compartir la pasión del prójimo, el próximo) compartir con quien se ama la pasión, con todo lo que implica. La pasión es lo que a alguien le pasa (a veces por encima, arrasándolo).
Gracias a la literatura, a la poesía en su manifestación más amplia, entendemos todo lo humano. Y gracias a ella, ya lo dijo el poeta, “Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan/Mi plumaje es de esos”. Porque lo leído, lo vivido (lo bailado, pues, ni Dios lo quita). Ah, pero gracias a la literatura tiene usted la libertad de elegir el mencionado verso del volcánico bardo veracruzano, y proclamar (y vivir diciendo) “Mi pantano es de esos”. La literatura es el plumaje que nos permite entrar en el pantano y, si queremos, permanecer inmaculados aunque, ciertamente, no inocentes. Pero además da la oportunidad de descubrir, de valorar, el propio pantano. Esto es, el conocimiento más invaluable de cuantos conocimientos existen, el conocimiento de sí mismo.
Tan sólo lo anotado justificaría con creces a la poesía, a la literatura. Pero la literatura, la poesía, pues, es capaz de llevarnos más allá.
He hablado de la compasión; de los sublimes sentimientos, del poderoso intelecto inmejorablemente nutridos por la poesía, cuya amplitud nos lleva más allá todavía. Los grandes poetas sufren de un hambre de infinito que con frecuencia los hace despreciar al hambre de comida, qué vulgaridad. La gran literatura siempre va la los extremos. Así, no es tan extraño que los poetas alcancen el vislumbre, el deslumbramiento de la divinidad. Sé de ateos recalcitrantes que a través de la poesía han debido admitir que el universo no es sólo material o al menos que, ya lo dijo, otra vez, Borges (no José Luis, no Borgues) “¿Pero hay algo que no sea sagrado?”; la divinidad que reside en cuanto existe. Por otro camino, la compasión en su último extremo no es otra que el sacrificio crístico, que nada tiene que ver con jerarquías eclesiásticas de cardenales y obispos gordos que “dirigen” a la cristiandad (no pocos de los cuales practican la pederastia, lets remember Marcial Maciel y sus legionarios del billete). Pero mejor que esos hablemos de La noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz, del “no sé qué que queda balbuciendo”, o de la (...) sombra de mi bien esquivo/ imagen del hechizo que más quiero/ bella ilusión por quien alegre muero/ dulce ficción por quien penosa vivo. La poesía mística; la que lleva a los poetas a vislumbrar un más allá en el que las delicias de los gozos divinos los hacen decir que Vivo sin vivir en mí/ Y tan alta vida espero/ que muero porque no muero. Como a Santa Teresa de Jesús.
Ver un mundo en un grano de arena/ y el cielo en una flor silvestre/ hace que el infinito quepa en la palma de la mano/ y la eternidad en una hora. Es la pasmosa idea que William Blake, en un estado del espíritu, con la consciencia alterada quién lo duda, fue capaz de decirnos, para que, a través de la poesía nos comunique tan incomunicables sensaciones, estados de la mente, del espíritu. En efecto, porque la poesía, la literatura en general nos permite vivir lo que no viviríamos por más intensa y variada de estímulos que fuera nuestra existencia. En tal sentido, la poesía nos puede llevar a una existencia, que sería nuestra elección angélica como dice Borges que dijo Emanuel Swedenborg: buenos sentimientos, buenos pensamientos, buenas acciones, lo que no es otra cosa que el ser bueno y ser (por eso) bello, el areté griego. La frónesis, la prudencia en la vida, derivada de la sabiduría. El culmen espiritual.
Hay un filósofo ruso, creo, medio empírico, medio iluminado, medio esotérico, quizá masón, Piotr Demianovich Ouspensky que, sin embargo, sostiene una idea que no deja de ser interesante, habla de que el estado ideal del hombre es el equilibrio entre el cuerpo físico, el intelectual y el espiritual. Bendito es aquél que en algún momento de su vida haya llegado a semejante equilibrio: el vigor físico, el poderío intelectual y el oro del espíritu, la percepción de la divinidad.
Y sólo hasta ahora podemos responder a la pregunta planteada, ¿para qué sirve la poesía? En realidad no sirve para cosa alguna de las que se consideran valiosas en este mundo materialista y hoy globalizado. Pero la poesía sirve para ejercer la libertad más allá de toda moral y conveniencia material. Para algo que no es material ha de servir puesto que los mejores humanos se han interesado y han gozado de la poesía, en efecto, hay un gran prestigio de la poesía a pesar de que “no sirve para nada”. Y agreguemos que la poesía es un medio que nos permite el Conocerse a sí mismo que es una respuesta a una de las más terribles preguntas que cualquier humano puede plantearse: ¿para qué estamos en esta vida?
La poesía es salvación. La civilización que llamamos occidental está gravemente enferma. Cada vez se animaliza, huérfana de espiritualidad, gracias a sus prodigios tecnológicos que han terminado siendo algo así como profanaciones de cuanto tocan. La civilización occidental ha olvidado la poesía. Es decir, la salvación.
Lo dijo Paz en El arco y la lira, “si la poesía está olvidada no es que la poesía esté enferma, en decadencia, la enfermedad radica en la sociedad”. O algo así.
Nadie vaya a creerme. Nadie intente realizar experimentos como los que aquí se anotan sin la supervisión de un adulto (entiéndase un gurú, un experto, un chamán, un iluminado) o que cada cual haga como dijo Françoise Rabelais que se estilaba en el monasterio de Theleme, cuyo reglamento era regido por un precepto único: Haz lo que quieras. Que cada uno haga lo que quiera. Al fin que existe la poesía.
Por último. Acerca del cuerpo, bueno, basta con que consumamos carne, pescados y mariscos, leche, huevos, frutas y verduras. Excepcionalmente, ¿por qué no?, alguna porquería de ésas, un alimento chatarra, como cuando accedemos a la debilidad de ceder a un exceso, aplicarnos una mediana borrachera o cometer un pecadillo contra nosotros mismos.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Matar a la gallina de los huevos de oro

In Naturalibus


Matar a la gallina de los huevos de oro
Pterocles Arenarius


En medio de augurios temibles nos aproximamos al final de otro año. La crisis que golpeó severamente a la economía más poderosa del mundo, aquí arriba de nosotros en varios sentidos de la palabra, terminó por dañar al sistema mexicano, a pesar de las optimistas declaraciones y de la presumida autodenominación de “nave de gran calado” para la economía de nuestro país.
En Estados Unidos brilla la esperanza cuando un negro ha ganado la presidencia de aquella república gracias a prometer que será un presidente cuyas políticas serán totalmente opuestas a las del saliente George W. Bush, invasor de países ex aliados y responsable de la catástrofe económica de su país. Cuando las cosas empiecen a recomponerse en EU provocará que también ocurra en México la recuperación. Pero para que esto ocurra habrán de pasar unos cuantos años.
Por lo pronto la circunstancia apunta a empeorar allá, del otro lado, y por consiguiente más grave aún será en México. Es decir, lo peor todavía no llega. El sentimiento más fuerte entre los mexicanos en este momento es de incertidumbre. A esto tenemos que agregarle la inseguridad derivada de la explosión delincuencial y la guerra entre narcotraficantes y entre grupos de éstos contra las fuerzas del gobierno.
La moral de los mexicanos no es buena. Entre la mayor parte de la gente hay inseguridad en el presente y desesperanza hacia el futuro. Es sensible la desconfianza en el gobierno que ha incumplido una por una todas sus promesas o peor, con frecuencia ha venido haciendo lo contrario de lo que prometió.
Una calamidad más, de la que casi nadie ha dicho algo, es la de las Administradoras de Fondos para el Retiro (Afores) que, en la terrible crisis norteamericana, han perdido alrededor del cuarenta por ciento de sus fondos. Es decir, los trabajadores mexicanos que ahorraron cien pesos, ya sólo tienen sesenta. Esta monstruosidad (entregar a bancos extranjeros el dinero para el retiro de los trabajadores mexicanos, para que lo pusieran a jugar en la bolsa) que fue señalada en su momento, hoy da los peores resultados posibles. Es un buen ejemplo de lo que puede pasar si se permite al gobierno privatizar el petróleo. Ante la premisa elemental de “Poner nuestra riqueza en manos extranjeras”, la conclusión no puede ser más desalentadora: “Nadie va a cuidar lo nuestro mejor que nosotros mismos”, a pesar de todo.
México está viviendo una cotidiana degradación en todos los órdenes. Las noticias alarmantes se suceden de tal suerte que la siguiente es peor y más atroz que la anterior.
Lamentablemente el actual gobierno ha reproducido los execrables vicios del régimen de un solo partido que supuestamente se había terminado con la llamada alternancia en el poder. Incluyendo en lo anterior las crisis económicas, aunque el actual gobierno diga que no tiene responsabilidad en la actual crisis.
Este gobierno está actuando tan desacomedida, tan torpe, tan irresponsablemente que el augurio indica el regreso del PRI, tan poderoso como en sus mejores tiempos. En otras palabras “¿Más vale pésimo por bien conocido que el mediocre que se está dando a conocer?”.
Así, el fin de año, la temporada navideña que para algunos nos resulta siempre deprimente, hoy acumula ingredientes devastadores para las personas que consideran que la felicidad navideña tiene que ver con el consumo, los regalos, las comilonas y el alcoholismo mal disfrazado.
Este, como ningún otro, es el momento en que debemos esmerarnos en apreciar que la verdadera dicha desde lo más simple, desde lo austero. Es el momento de volvernos como dicen los franciscanos: “Para vivir necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco”. Como establecen los budistas, el origen del dolor está en los deseos, si no deseamos no hay dolor. Como contraparte de esta época que ya ha hecho tradición de consumismo desmesurado.
“La gente es feliz pero no se da cuenta”, dice mi amigo el escritor Enrique Galván. Sostiene que para ser realmente feliz se requiere muy poco, sin embargo, hay gente que tiene mucho más de lo que necesita (“Nadie tiene derecho a lo superfluo/ mientras alguien carezca de lo estricto”, dice Díaz Mirón), pero estas personas se inventan sus desgracias y “sufren” por carencias creadas por los publicistas de la televisión y, sin duda, superfluas. Para ser realmente infeliz sostiene Galván tendríamos que haber pasado por una hambruna, una guerra, un campo de concentración o el secuestro y la tortura en manos ya sea de policías o bien de secuestradores, que suelen ser los mismos.
Que en las antípodas de las costumbres franciscanas se queden los Agustín Carstens, de quien han publicado los periódicos, gasta $3 000 pesos diarios aparte de su sueldo en comidas ―tres mil pesos del erario que pagamos todos aparte de su salario que, entre paréntesis es de 154 mil 375.93 pesos mensuales libres, sin contar otras compensaciones y bonos―. ¿Quién puede gastar tres mil pesos por día en comida? La imagen del secretario de Hacienda se explica con semejantes gastos en comida. Lo cual no evita que los tres mil pesos diarios sean un exceso, ¿o su sueldo no le alcanzará al señor Carstens para comer lo suficiente sin pedir esa compensación extra?
Por si lo anterior no fuera suficiente, Televisa lleva a cabo, como cada año, su acopio de dinero para construir un hospital que atienda a niños que sufren diferentes enfermedades que provocan que tengan “capacidades diferentes”. En su Teletón Carlos Loret de Mola casi llora al entrevistar a un niño de once años que no puede caminar por un grave defecto congénito en sus piernas. Los productores de Televisa tuvieron buen cuidado de grabar al niño antes de que Televisa lo tomara para hacerse publicidad. Arrastrándose, porque era la única manera en que podía desplazarse. Y Loret de Mola nos dice que el niño ni siquiera estaba registrado, es decir, oficialmente no existía. Y mucha gente llora, el niño llora y su mamá llora. Todos lloran porque Televisa es muy buena y es la única que tiene compasión por el niño que se arrastraba.
Pero lo que no nos dicen es que los ricos no están regalando nada, las aportaciones millonarias que hacen a Teletón son deducibles de impuestos. Y mucho menos nos dicen que la situación de miseria extrema para gran cantidad de mexicanos en la que es casi normal que haya niños como aquel, la provocan ellos. Sus patrones, Emilio Azcárraga Jean que pertenece al pequeñísimo grupo de superpotentados que se apropia de la riqueza de México de una manera que no ocurre en ningún otro país en el mundo. Y no está exento el propio Loret de Mola, que está al servicio de su patrón Azcárraga y de todos los inmensamente ricos que son sus cómplices y aliados. Ellos, los que han hecho de México una economía de compadres en la que nadie puede progresar porque los poderosos monopolios impiden lo que dicen defender: la libre competencia, el famoso laissez faire.
México se hunde en el pantano de su propia corrupción. Pero lo extraño es que no hubiera ocurrido antes, si al anterior presidente, el señor Fox, se le perdieron ―o al menos se niega a decir que pasó con el dinero― 300 mil millones de pesos que Pemex recibió extras por el sobreprecio del petróleo en el año 2005; si en México el servicio telefónico es el más caro del mundo. Los bancos; todos extranjeros, cobran las comisiones más altas del mundo por usar nuestro dinero para enriquecerse y aun así, insaciables, reciben alrededor de 30 mil millones de pesos al año del erario por el famoso Fobaproa. Si los líderes sindicales como el petrolero Romero Deschamps juegan millones de pesos a la ruleta en Las Vegas. Si los policías de alto nivel, como se está descubriendo, trabajan para el enemigo: los cárteles de la droga. Si el llamado crimen organizado ejecuta a un promedio de 20 personas por día, superando el número de muertes que ocurren en Irak, país ocupado militarmente por nuestro poderosísimo vecino del norte. Si los ahorros de los trabajadores están siendo arriesgados en un pozo sin fondo que es el juego de la bolsa de valores de Nueva York.
La desigualdad, la corrupción y el crimen organizado, son los tres más grandes problemas de México. Los tres están relacionados profundamente y no sabemos cuál es el que dio origen a los otros. El famoso caricaturista del periódico La Jornada que firma como Helguera ha hecho un cartón en el que se refiere al inmenso poder acumulado por el crimen organizado y afirma que casi gobierna a México. Y en el dibujo observamos que se refiere a los altos funcionarios de gobierno, líderes sindicales, magistrados de la Suprema Corte de Justicia, legisladores, etc.
Los sucesivos gobiernos de México, desde Díaz Ordaz hasta el actual, están logrando lo que en los tiempos del diazordazato parecía imposible: matar a la gallina de los huevos de oro.
Los simples ciudadanos que vivimos en medio de la catástrofe, sin embargo, tenemos la obligación de procurarnos la felicidad para nosotros mismos y para los que amamos. Hacer de este mundo paraíso, puesto que ya hay mucha gente ocupada en convertirlo en un infierno.
La prosperidad, que es sentirse completo y contento sin lo superfluo. La armonía interior que nos provoca el bienestar exterior. Y el buen humor de todo, por todo y para todo. Eso se desea a todo el mundo en esta época de fiestas decembrinas.

martes, 9 de diciembre de 2008

Dos artículos de Leonardo Boff

¿ESTÁ POR LLEGAR LO PEOR DE LA CRISIS?

Leonardo Boff

(difundida el 28 de noviembre de 2008)

En un artículo anterior, afirmábamos que la crisis actual más que económico-financiera es una crisis de humanidad. Se han visto afectados los cimientos que sustentan la sociabilidad humana —la confianza, la verdad y la cooperación—, destruidos por la voracidad del capital. Sin ellos es imposible la política y la economía. Irrumpe la barbarie. Queremos presentar esta reflexión de sentido filosófico inspirados en dos notables pensadores: Karl Marx y Max Horkheimer. Este último fue prominente figura de la escuela de Frankfurt, al lado de Adorno y Habermas. Antes incluso del final de la guerra, en 1944, tuvo el valor de decir en unas conferencias en la Universidad de Columbia (USA), publicadas bajo el título Eclipse de la razón, que la victoria inminente de los aliados iba a servir de poco. El motivo principal que había generado la guerra seguía estando activo en el núcleo de la cultura dominante. Era el secuestro de la razón para el mundo de la técnica y de la producción, por lo tanto, para el mundo de los medios, olvidando totalmente la discusión sobre los fines. Es decir, el ser humano ya no se preguntaba por un sentido más alto de la vida. Vivir es producir sin fin y consumir todo lo que se pueda. Es un propósito meramente material, sin ninguna grandeza. La razón fue usada para hacer operativa esta voracidad. Al someterse, se oscureció, dejando de hacerse las preguntas que siempre había planteado: ¿qué sentido tiene la vida y el universo, cuál es nuestro lugar? Sin respuestas a estas preguntas, sólo nos queda la voluntad de poder que lleva a la guerra como en la Europa de Hitler. Algo semejante decía Marx en el tercer libro de El Capital. En él deja claro que el punto de partida y de llegada del capital es el propio capital en su voluntad ilimitada de acumulación. Su objetivo es el aumento sin fin de la producción, para la producción y por la propia producción, asociada al consumo, con vistas al desarrollo de todas las fuerzas productivas. Es el imperio de los medios sin discutir los fines ni cuál es el sentido de este proceso delirante. Son los fines humanitarios los que sostienen la sociedad y dan propósito a la vida. Bien lo ha expresado nuestro economista-pensador Celso Furtado: “El desafío que se plantea en el umbral del siglo XXI es nada menos que cambiar el curso de la civilización, desplazar el eje de la lógica de los medios al servicio de la acumulación, en un corto horizonte de tiempo, hacia una lógica de los fines en función del bienestar social, del ejercicio de la libertad y de la cooperación entre los pueblos” (Brasil: a construção interrompida, 1993, 76). No fue eso lo que los ideólogos del neoliberalismo, de la desregulación de la economía y del laissez-faire de los mercados nos aconsejaron. Ellos mintieron a toda la humanidad prometiéndole el mejor de los mundos. No existían alternativas a esa vía, decían. Todo eso ha sido ahora desenmascarado, generando una crisis que va a ser aún peor. La razón de ello reside en el hecho de que la crisis actual se ha establecido en el seno de otras crisis todavía más graves: la del calentamiento planetario, que va a tener dimensiones catastróficas para millones de seres humanos, y la de la insostenibilidad de la Tierra como consecuencia de la virulencia productivista y consumista. Necesitamos un tercio más de Tierra, es decir, la Tierra ya ha sobrepasado 30% de su capacidad de reposición. No aguanta más el crecimiento de la producción y del consumo actuales, como propone cada país. Y va a defenderse produciendo caos, no creativo sino destructivo. Aquí se sitúa el límite del capital: en el límite de la Tierra. Eso no existía en la crisis de 1929. Se daba por descontado la capacidad de soporte de la Tierra. Hoy no: si no salvamos la sostenibilidad de la Tierra, no habrá base para el proyecto del capital en su propósito de crecimiento. Después de haber vuelto precario el trabajo, sustituyéndolo por la máquina, ahora está liquidando la naturaleza. Estas consideraciones raramente aparecen en el debate actual. Predomina el tema de la extensión de la crisis, de los índices da recesión y del nivel de desempleo. En este campo, los peores consejeros son los economistas, especialmente los ministros de Hacienda. Ellos son rehenes de un tipo de razón que los ciega para estas cuestiones vitales. Hay que oír a los pensadores y a los que aman la vida y cuidan de la Tierra.






------------------ NO AMAN LA VIDA

Leonardo Boff

(difundida el 5 de diciembre de 2008)


La búsqueda de una salida para la crisis económico-financiera mundial está rodeada de peligros. El primero es que los países ricos busquen soluciones que resuelvan sus problemas, olvidando el carácter interdependiente de todas las economías. La inclusión de los países emergentes significó poco, pues sus propuestas fueron escasamente tendidas en cuenta. Siguió prevaleciendo la lógica neoliberal, que asegura la parte leonina a los ricos. El segundo peligro es perder de vista las demás crisis: la ecológica, la climática, la energética y la alimentaria. Concentrarse solamente en la cuestión económica sin considerar las otras es jugar con la insostenibilidad, a medio plazo. Cabe recordar lo que dice la Carta de la Tierra: “nuestros desafíos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales están interligados, y juntos podemos forjar soluciones incluyentes” (Preámbulo). El tercer peligro, más grave, consiste en mejorar sólo las reglas existentes en vez de buscar alternativas, con la ilusión de que el viejo paradigma neoliberal tenga todavía la capacidad de volver creativo el caos actual. El problema no es la Tierra. Ella puede continuar sin nosotros, y continuará. La magna quaestio, la cuestión magna, es el ser humano, voraz e irresponsable, que ama más la muerte que la vida, más el lucro que la cooperación, más su bienestar individual que el bien general de toda la comunidad de vida. Si los responsables de las decisiones globales no consideran la inter-retro-dependencia de todas estas cuestiones y no forjan una coalición de fuerzas capaz de equilibrarlas, entonces sí estaremos literalmente perdidos. En realidad, si hubiera un mínimo de buen sentido, la solución del cataclismo económico y de los principales problemas infraestructurales de la humanidad se podría encontrar. Bastaría proceder a un desarme amplio y general, ya que no existen enfrentamientos entre potencias militares. La construcción de armas, propiciada por el complejo industrial-militar, es la segunda mayor fuente de lucro del capital. El presupuesto militar mundial es del orden de un billón cien mil millones de dólares/año. Sólo en Irak se han gastado ya dos billones de dólares. Para este año, el gobierno estadounidense comprometió un gasto de armas por valor de un billón y medio de dólares. Estudios de organismos de paz revelaron que con 24 mil millones dólares/año —apenas 2.6% del presupuesto militar total— se podría reducir a la mitad el hambre del mundo. Con 12 mil millones —1.3% del referido presupuesto— se podría asegurar la salud reproductiva de todas las mujeres de la Tierra. Con gran valentía, el actual presidente de la Asamblea de la ONU, el padre nicaragüense Miguel d’Escoto, denunciaba en su discurso inaugural de mediados de octubre: existen aproximadamente 31 000 ojivas nucleares en depósitos, 13 000 distribuidas en varios lugares del mundo y 4 600 en estado de alerta máxima, es decir, listas para ser lanzadas en pocos minutos. La fuerza destructora de estas armas es aproximadamente de 5 000 megatones, fuerza destructiva 200 000 veces mayor que la bomba lanzada sobre Hiroshima. Sumadas a las armas químicas y biológicas, se puede destruir de 25 formas diferentes toda la especie humana. Postular el desarme no es ingenuidad, es ser racional y garantizar la vida que ama la vida y que huye de la muerte. Aquí se ama la muerte. Sólo este hecho muestra que la humanidad está formada en gran parte por gente irracional, violenta, obtusa, enemiga de la vida y de sí misma. La naturaleza de la guerra moderna ha cambiado sustancialmente. Antaño “moría quien iba a la guerra”. Ahora no, las principales víctimas son civiles. De cada 100 muertos en guerra, 7 son soldados y 93 son civiles, 34 de los cuales niños. En la guerra de Irak han muerto ya 650 00 civiles y solamente unos 3 000 soldados aliados. Hoy presenciamos algo absolutamente inédito y de extrema irracionalidad: la guerra contra la Tierra. Siempre se hacían guerras entre ejércitos, pueblos y naciones. Ahora, todos unidos, hacemos la guerra contra Gaia: no dejamos un momento de agredirla y explotarla hasta derramar toda su sangre. Y todavía invocamos la legitimación divina para nuestro crimen, pues cumplimos el mandato: “multiplicaos, llenad la Tierra y sometedla” (Gn 1,28). Haciéndolo así, ¿hacia dónde vamos? No hacia el reino de la vida.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Penuria del arte y la cultura

Pterocles Arenarius

La cultura se encuentra en todo lo que hacemos cada día. Aparece hasta en la forma de moverse, como me hizo notar cierto amigo cubano, de antecedentes raciales originarios en la negritud y por ello dueño de un impresionante ritmo. Este tipo me aseguraba que “los mexicanos caminan muy rígidos” y ejemplificaba con las maneras de caminar de otros pueblos. Me aseguraba que eso, el ritmo para caminar, tenía que ver con prácticamente todas las actividades. Según esto, en la manera de caminar es posible determinar el carácter, la felicidad, la capacidad sexual, la armonía interna y hasta gran cantidad de desajustes mentales.
La cultura, cuando se refina hasta la exquisitez, llega a alcanzar estatus de arte. De tal manera que en todo lo que hacemos es posible llevar el refinamiento hasta un grado de especialización, de exquisitez, de buen gusto, de intensidad, de delicadeza, etcétera, de tal manera que aquella actividad pueda ser considerada un acto artístico. Sea un manjar en la cocina, la manera de caminar como decía mi amigo cubano, el arreglo de los muebles, el cotidiano trato con las personas, la preparación del café o los huevos estrellados, la forma y el ámbito para dormir o para hacer el amor. Y todo lo demás, por supuesto.
Para que alguien llegue, en una sola actividad, a la altura del arte, requiere una gran cantidad de virtudes. En primer lugar, conocimiento amplio y profundo de la actividad que se trate. Libertad total: tiempo, mucho tiempo. Creatividad sin límites. Inteligencia reflexiva, profunda y aguda. Experimentación sin prejuicios y de gran originalidad, incluso extravagante. Y también información. Bueno, agreguemos que tales objetos o actividades alcanzarán la estatura de obra de arte si, como afirman algunos teóricos, “no sirven para nada” por haber alcanzado el carácter de únicos e insuperables. Entendamos que no sirven para nada práctico, ni siquiera para decorar.
Y no es de sorprender que alguna persona que alcance el prodigio de crear una obra de arte en cualquier actividad, la procurará en muchos otros ámbitos o actos de su vida, o al menos ya no se conformará con lo mal hecho –más bien, con lo que no sea sublime– en ningún ámbito, en ninguna circunstancia. Tales personas se vuelven exigentes.
Una vida de alta calidad implica, necesariamente, que el arte se encuentre en varias, o en todas, las esferas de la cotidianidad de las personas. Pero no sólo el arte como especialización de la cultura, sino también las bellas artes: la pintura, la escultura, la música, la danza, el cine, la literatura, el teatro. Es decir, que haya los objetos o los actos que trascienden civilizaciones y épocas, que se vuelven arquetipos.
Sin embargo, para que la vida de las personas adquiera semejante calidad es imprescindible que cada individuo cubra, antes que nada, sus necesidades elementales. Sería ingenuo y hasta perverso intentar que una persona desnutrida goce las obras de arte. Lamentablemente, vivimos en un país que no da a sus hijos ni siquiera lo elemental para que tengan una vida normal, es decir, con la calidad mínima de vida.
En el último cuarto de siglo México transcurrió sometido a una sucesión de crisis económicas, o bien a una sola, interminable y –en este momento– agudizada. Los gravísimos problemas que enfrenta EU, han provocado ya la devaluación del peso mexicano y lo peor todavía no llega.
La situación crítica permanente en la economía ha provocado que los presupuestos nacionales se diseñen restringiendo las partidas que no son prioritarias. Y siempre que se castiga un concepto por causa de crisis, ese es, en primer lugar, la cultura y en segundo, la educación.
En nuestro país ocurren cosas asombrosas: mientras nuestra crisis ha durado 25 años, dentro de ese mismo lapso se forjó la fortuna más grande del mundo en manos de un solo hombre: Carlos Slim. Pero no sólo eso, los políticos que han llevado al país a semejante catástrofe son los mejor pagados del mundo. Y otro datos que provoca asombro e indignación es la distribución de la riqueza. Mientras un pequeño grupo de personas que son acaso el 0.5 por ciento de la población se apropian del 40 por ciento de la riqueza. Y en el otro extremo el 30 por ciento más pobre tiene que sobrevivir con un 0.7 de la riqueza que producimos todos.
Mientras que el índice de desarrollo personal –un indicador que demuestra las posibilidades de los habitantes de un país para escalar en las clases sociales– en Noruega, por ejemplo es el más alto del mundo, en México, se encuentra en el mismo nivel que el de Ecuador. Pero con una pequeña diferencia, México es la décimo segunda economía del mundo, según se jactan los gobernantes y ecuador no figura entre las 70 primeras y la economía de Noruega está abajo del número 25 en el mundo.
“Las escaleras, para asearse, tiene que empezarse desde arriba”, dice un refrán. Los gobiernos corruptos deben hacerlo de igual manera. Y es que en México se ha hablado de “Renovación moral de la sociedad”, en el delamadriato de “Lucha contra la corrupción” en el salinato; de “Moralización de la vida pública” en el Zedillato; de combate a las víboras prietas y todo género de alimañas en el Foxato. Nunca nadie de esos presidentes cumplió y, por el contrario, todos incurrieron en actos de corrupción.
Y todos, eso sí, han restringido el presupuesto, primero para la cultura y luego para la educación hasta que han hecho de esta última imprescindible actividad una catástrofe.
En tanto en la cultura la situación no es mejor.
Los presupuestos para la cultura son exageradamente raquíticos. Y la cultura nacional, el arte se mantienen en muy buen nivel, a pesar de la destrucción a que han sido sometidas por el gobierno. Y a pesar de que los políticos siempre se jactan de los grandes logros y la alta calidad de nuestra cultura.
En Guanajuato, mientras los gobernantes se dedican a participar en las peregrinaciones católicas y a beneficiar a los grupos que son adictos a esa religión, y a la vez están recibiendo grandes recursos del gobierno federal por ser el ejemplo a seguir en el ámbito nacional, incluso han hablado de “guanajuatizar” a México, ofrecen a la cultura una miseria.
Por ejemplo, el gobierno de Guanajuato, a través del Instituto Estatal de Cultura convoca a artistas e intelectuales a presentar proyectos culturales para darles apoyos económicos, convoca también a ejecutantes artísticos de danza y música, creadores en literatura y artes plásticas e investigadores en monumentos históricos.
Para los creadores, por ejemplo en literatura, ofrecen 3 mil 500 pesos mensuales. Esto es 2.24 salarios mínimos. Ah, pero para los que ellos llaman “creadores con trayectoria” tienen un premio de 4 200 pesos mensuales, que equivalen a 2.7 salarios mínimos.
Me parece que un creador que se respete considerará un insulto semejante ofrecimiento. Y más aún si es un “creador con trayectoria” como dicen los del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato. Incluso un creador con cualquier trayectoria.
Vale la pena comparar estos “apoyos” a los artistas guanajuatenses con los salarios, por ejemplo, de los policías. Un policía municipal tiene un sueldo que puede ir de 6 mil a 7 mil pesos mensuales según su nivel. Un policía ministerial obtiene como mínimo 11 mil y como máximo 13 mil, también según su nivel. ¿El mensaje? Parece muy claro, más vale meterse de policía municipal o incluso ministerial para doblar los ingresos, qué hace usted como creador artístico o ejecutante o investigador.
Efectivamente, la labor de los policías –cuando no son corruptos, extorsionadores, abusivos, incluso ladrones; ya no pidamos que no sean ignorantes– es muy loable y urgente en la circunstancia de inseguridad en que nos debatimos, pero ¿por qué esta burla tan sanguinaria a los intelectuales y artistas de Guanajuato? ¿Cuál es el nivel y la calidad de la obra que esperan que se realice con semejantes “apoyos”? ¿Esos ofrecimientos son la estimación que tienen los gobernantes por el arte y la cultura? Por supuesto.
Examinemos ahora los sueldos de algunos funcionarios. Por ejemplo, los diputados locales, ejemplares próceres de la patria, humildemente se resignan a recibir 127 mil 217 pesos mensuales, esto es, unas ¡treinta veces más! de lo que ofrecen a un vulgar creador artístico que ellos llaman “con trayectoria”. Los otros, los simplemente llamados “creadores”, con sus 3 mil 500 mensuales de “apoyo” ganan menos que los empleados del ayuntamiento más humildes, los intendentes, cuyo sueldo es de 4 mil 610, el que es incluso superior al de creadores “con trayectoria”. Será porque son intendentes con “más trayectoria”.
Aunque los síndicos de León se conforman con 44 mil 556 pesos mensuales, apenas 10 veces más que los “creadores con trayectoria”.
Habría que preguntar a todos esos funcionarios sobrepagados qué hacen por la cultura, por la educación, por el bienestar de los guanajuatenses. Porque lo que podemos ver desde hace años y con más gravedad en este momento es el deterioro constante de las condiciones de vida de la población.
Los funcionarios de gobierno en México tienen sueldos que se encuentran entre los mejores del orbe, incluyendo a los países del primer mundo. Pero los servicios que retribuyen a la población son de tercer mundo, como lo indica la organización global Transparencia Internacional que otorga una calificación de 3.6 para México, de 10 puntos posibles. Y ubica los niveles de corrupción en México en el número 72 de 180 países calificados. La calificación de México está por debajo de países como Ghana, Colombia y El Salvador.
Y curiosamente Transparencia Internacional afirma que la corrupción en México radica de manera más notoria en los funcionarios públicos y entre éstos, siempre según TI, los más corruptos son los policías. En segundo lugar los partidos políticos. En tercero, los legisladores y en cuarto el sistema judicial.
Pero eso sí, cuando los funcionaretes –no merecen ser llamados de otra manera– hablan de la cultura y el arte mexicanos, entonces sí se llenan la boca para jactarse, aunque jamás dicen que los logros se deben a pesar de ellos y jamás gracias a su trabajo.

lunes, 17 de noviembre de 2008

¡El avión!, artículo de Carlos Fazio. La Jornada

Carlos Fazio


¡El avión!


Dice Hans M. Enzensberger que “tan pronto como la criminalidad se organiza, se convierte, tendenciosamente, en un Estado dentro del Estado”. La frase remite al México actual, con sus distintos niveles de violencia reguladora. Con algunas puntualizaciones: cuando en enero de 2007 Felipe Calderón sacó al Ejército de los cuarteles y declaró su “guerra” al crimen organizado, el país entró en una fase de “colombianización”. Pero ya antes, desde mediados del sexenio de Carlos Salinas, cuando de la mano de la “narcotización” de la política surgió una nueva economía criminal, se había venido incubando un larvado proceso de desintegración de la sociedad en el marco de la conformación de un nuevo Estado oligárquico autoritario de tipo delincuencial y mafioso.
Los últimos hechos, incluidas las revelaciones sobre la infiltración de grupos criminales al más alto nivel de las fuerzas armadas, la Procuraduría General de la República y la Secretaría de Seguridad Pública, así como la polémica en torno a si las muertes de Juan Camilo Mouriño y José Luis Santiago Vasconcelos fueron producto de accidente o sabotaje, exhiben dinámicas complejas y mezclas muy íntimas entre las estructuras criminales y estatales, donde una amplia red de actores está completamente integrada en los niveles operativos de la economía criminal.
En ese contexto, la imagen que muestra un aparato estatal asediado por criminales “en busca de protección para sus viles actos”, o que le “ha declarado la guerra al Estado”, carece de veracidad. Tampoco se trata de una guerra de buenos contra malos: es una guerra de malos contra malos por la regulación del mercado.
“¿Dónde se origina la mafia?”, se preguntaba Pável Voshchanov. Y respondía: “Es simple: comienza con los intereses comunes de políticos, hombres de negocios y gánsters. Todos los demás son rehenes de esta sagrada alianza”. Se trata de una nueva manifestación del “capitalismo salvaje”, que no respeta ninguna forma de regulación de naturaleza jurídica o moral. Cuando y donde no hay regulación y control por parte de la fuerza legítima del Estado, se impone el control despiadado y caótico de las fuerzas ilegítimas de grupos privados violentos. Se privatizan el poder y la seguridad. Los mercados sin restricciones equivalen a sociedades salvajes, donde se libra una guerra de todos contra todos.
La escasez de legalidad produce la contra-institucionalización del gobierno criminal. Según Giulio Sapelli, un gobierno criminal “crea, con un mercado propio, una clase política propia, que regula, administra y reproduce el sistema”. El elemento fundamental de la corrupción son las empresas, pues son las constructoras sociales de los mercados, del monopolio y del oligopolio. Se trata de empresas ilegales, que adquieren –como ha demostrado Pino Arlacchi en el caso mafioso italiano, y sobran ejemplos en México– ventajas competitivas a través de la violencia, la evasión fiscal y tributaria, la circulación de enormes masas de capital que derivan de actividades ilícitas, entre las que destaca el narcotráfico. Lo que caracteriza a la economía mafiosa, y por ende la relación entre individuos y empresas dentro de ese sistema y con la economía en su conjunto, es una acentuada competencia; pero el arma fundamental de esa competencia está representada por la violencia reguladora, que incluye la muerte, sea por accidente, gastritis aguda, sabotaje o descuartizamiento.
En cuanto a redes delincuenciales, el caso más sonado de los últimos años es el de la famiglia Salinas, que de acuerdo con las investigaciones de la justicia suiza involucró, entre otros, al jefe del clan, Raúl Salinas Lozano, y a sus hijos Carlos y Raúl Salinas de Gortari, así como a una larga lista de gobernantes, políticos, empresarios, banqueros, militares, policías, representantes de la justicia y capos del narcotráfico. Muchos de ellos siguen funcionando dentro del sistema, se han reciclado, y otros murieron víctimas de la violencia propia de ese tipo de empresas criminales.
Ante el resquebrajamiento del antiguo régimen, las facciones, mafias y organizaciones criminales que formaron parte de la llamada “familia revolucionaria” en el interior del PRI –en un juego de equilibrios, acuerdos y complicidades– cobraron autonomía y multiplicaron su poder. El desgaste del viejo modelo se hizo evidente en 1993-94, periodo en el que se produjeron tres crímenes de Estado: los asesinatos del cardenal Posadas, Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu. A partir de allí la violencia se generalizó y exhibe, hoy, que no se ha podido disciplinar o conciliar con los jefes de los distintos clanes o familias que controlan el millonario negocio criminal. Es decir, que no se ha podido consolidar el antiguo pacto mafioso y que –para citar a un clásico– los demonios siguen sueltos.
Cabe enfatizar que las mafias criminales –de las que el narcotráfico es sólo su expresión más visible– no son un fenómeno aislado de la sociedad o una “conspiración” de maleantes en un Estado limpio, sino más bien una especie de empresa de carácter ilegal, con un pie bien implantado en los sectores cruciales de la sociedad y del Estado: el mundo financiero, los negocios, la clase política, los cuerpos de seguridad y el aparato judicial. Como buenas vacas lecheras, los capos de la droga son protegidos, se les ordeña y, cuando ya no sirven, se les mete a la cárcel o se les manda a la carnicería. No se trata, pues, de Los Zetas o Los Pelones. La violencia actual tiene que ver con la ruptura de la antigua regulación de los pactos inter oligárquicos. El viejo modelo de dominación cleptocrático, basado en las conexiones oligopólicas y monopólicas con el clientelismo político, se agotó. Por eso la violencia desestabilizadora provocada por las pugnas y traiciones intermafias alcanza los niveles superiores de la cadena criminal-corruptora, colapsa instituciones y genera turbulencias que, de manera misteriosa, puede hasta tirar aviones. El cambio en Bucareli podría propiciar una tregua.

sábado, 15 de noviembre de 2008

López Obrador en Guanajuato

AMLO en guanajuato

Pterocles Arenarius


Guanajuato, Gto., 15 de Noviembre de 2008. Andrés Manuel López Obrador llegó a Guanajuato en una mañana soleada pero fría. Un aironazo helado enrojecía los rostros y unas doscientas personas lo esperaban desde las 9:30 en la Plaza de la Paz, frente al edificio del Congreso legislativo estatal.
Un cantor amenizaba la espera entonando el No nos moverán y de pronto, dejando a un lado la letra de la canción pero con el rasgueo de la guitarra en fondo, se puso a echar rollo, a denunciar las “lindezas” del gobierno calderonista, las alzas a la gasolina, a los productos básicos y la gente le correspondía aplaudiéndole.
Andrés Manuel no se hizo esperar mucho. A eso de las 9:50 llegó con su pequeña comitiva en dos camionetas blancas. Lo esperaban los dirigentes locales del Partido de la Revolución Democrática, todavía, porque el partido está dominado en este estado de la República por el grupo denominado los chuchos, los que a través de Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, se apropiaron de la dirigencia del partido, provocando la intromisión de un más que cuestionado organismo dizque autónomo en el PRD.
Andrés Manuel llega al lugar y unos veinte metros antes del estrado se apea del vehículo y llega caminando entre la pequeña multitud. Avanza muy lentamente, firma libros, libretas, calendarios, banderas, fotos. Casi interminablemente. Él no necesita baños de pueblo, se mueve entre el pueblo como ave en el aire. La gente no sólo lo respeta y lo quiere, lo venera: las mujeres lo besan, los hombres se empujan por estrechar su mano, todos se emocionan y le gritan en la cara consignas alentadoras. Andrés Manuel se mantiene imperturbable.
El discurso del dirigente mayor de la izquierda –a pesar de todo y para estupor de muchos, pero no menos incomodidad de otros y hasta rabia de los leedores de noticias de las televisoras–, es un discurso reiterativo, machacón, tenaz. Dice casi las mismas cosas y casi con las mismas palabras que solemos leer en los periódicos. Pero estar en el suceso tiene algo de magia. Hay una reciedumbre en Andrés Manuel, hay una emoción entre la gente, hay una fuerza que se genera y la veneración por este hombre que, como nunca antes haya ocurrido en la historia de México, se otorga el lujo de llamar pelele, espurio, títere, inepto y corrompido ni más ni menos que al Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos: Felipe de Jesús Calderón Hinojosa. Y lo hace todos los días.
López Obrador no se da tregua. Llega a Guanajuato apenas después del desayuno y luego de cinco o seis actos un día antes. Habla veinte minutos ante cada vez más personas, se mueve entre el pueblo como uno más. ¿Quién pudiera de todos los políticos mexicanos, quién, uno sólo que haga esto? Creo que no hay ni uno que se atreva a mezclarse prácticamente sin guaruras –en realidad hay tres hombres que con gran discreción le cuidan las espaldas y más bien parecieran personas sin mayor relación con el dirigente– entre el pueblo raso.
Andrés Manuel tiene detractores indudablemente, pero los que hay entre el pueblo de a pie, no vienen a verlo a sus mítines, no se atreven a hacerlo, porque los que lo quieren, en todas partes de México, son muchos más.
Nos gustaría ver a Diego Fernández de Cevallos, a Manlio Fabio Beltrones, a Carlos Navarrete, a Emilio Gamboa Patrón, al inefable transa Chucho Ortega… a cualquiera, de los que en los cargos de importancia en este momento o a cualquiera del pasado… a cualquiera. Ninguno se atreverá… Ninguno puede. La gente lo recuerda en la consigna que corean “Este es el pueblo de López Obrador; dónde está el tuyo espurio Calderón”.
Andrés Manuel dialoga con la gente, se deja querer, atiende a cada persona que le solicita algo, un saludo, una firma, un beso las mujeres. Su popularidad pareciera la uno de esos bellacos que las televisoras llaman artistas y que son improvisados –a la vista del público en diversas “academias”– en unos cuantos meses. Pero ni siquiera ésos se mezclan entre el pueblo. Ése es el gran capital político de Andrés Manuel.
AMLO, se podría decir, es un tipo temerario. Hace lo que ni uno solo de los políticos actuales se atrevería a hacer: atacar a los hombres más ricos de México y a las todopoderosas televisoras. Las acusa, tanto a aquéllos como a éstas de mantener a su servicio al presidente de la República, de haberlo convertido en su pelele, de administrar la ignorancia, de ocultar la catástrofe que vive el país, de mentir cotidianamente. ¿Quién, uno solo, de los políticos oficiales, oficiosos, en los cargos partidarios, en los puestos medianos o en las cámaras legislativas o incluso desempleado es capaz de irse contra la sacrosanta televisión?
Pero Andrés Manuel no es temerario, es inteligente, sabe que su fuerza está en el pueblo, sabe que la gente se da cuenta que él no la está engañando, porque lo que hizo al frente del Gobierno del Distrito Federal le acarreó el respeto, el cariño, incluso la veneración de grandes grupos de la población.
No quita el dedo del renglón “Nos robaron la Presidencia”, dice. Pide el apoyo, el activismo de la gente y les advierte que a ellos se debe que este movimiento continúe vigente y que apenas haya evitado la privatización brutal, la entrega absoluta de la riqueza petrolera que pretendía el presidente espurio (así llama a Felipe Calderón).
Augura tiempos peores para el pueblo mexicano. Anota que la crisis económica de los Estados Unidos nos afectará todavía mucho más y denuncia que el gobierno está entregando el dinero que pertenece a todos los mexicanos para salvamento de las empresas, 15 mil millones de dólares desde que estalló la crisis de los gringos. 100 millones de dólares se entregarán a la empresa Vitro de Monterrey.
En su discurso no olvida felicitar a los movilizados, por cuyos hechos se logró la victoria frente al tozudo empeño privatizador del calderonismo, pero advierte que tal victoria puede ser totalmente inútil si se presenta, como denuncia, que el gobierno entregue inmensas zonas del Golfo de México para la exploración y explotación exclusiva a las grandes compañías petroleras norteamericanas, la inglesa y la española en concesiones que durarían 30 años, socavando así la soberanía nacional.
El tabasqueño dice a la gente algo que ya sabe, pero él lo sintetiza de una manera que no deja de ser admirable. Dice que el régimen de 30 potentados que se sienten dueños del país pero que en realidad son una mafia y como tal actúan. Su manera de hacerlo, denuncia, consiste en mangonear dos partidos políticos (el PRI y el PAN), un pelele cada vez más disminuido, abrumado, incapacitado y, agrega este reportante, ahora sin su brazo derecho, cerebro y gran amigo recién muerto. Y la otra arma, dice, es la televisión. Esa gran difusora de la ignorancia y la enajenación.
Luego Andrés Manuel entabla un diálogo con la gente y les demuestra que las televisoras ocultan la información. ¿Cuándo nos han dicho que el peso se devaluó, hasta este momento, en treinta por ciento? ¿En qué momento han dicho que México es el país que menos ha crecido en América Latina en los últimos dos años? ¿Por qué no han denunciado que el yerno de Elba Esther Gordillo es el subsecretario de Educación Pública? ¿Por qué no dicen que los sucesivos gobiernos, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón han violado la Constitución de manera permanente al comprar energía eléctrica a compañías privadas a través de la Compañía Federal de Electricidad, lo cual está expresamente prohibido por la carta magna?
Anima a sus seguidores al recordar que en toda la historia de México no había habido tanta gente consciente y nos recuerda que nuestros próceres, fueron denostados y ofendidos, que a Hidalgo lo llamaron hereje, a Morelos falsario, a Juárez indio mugroso, a Villa y a Zapata bandidos, a Madero loco espiritista; sin embargo, informa que siempre que llegan a un municipio, para pedir informes del centro de la ciudad preguntan por la calle Hidalgo, Morelos o Juárez y pregunta a la gente cómo se llama la calle en donde se lleva a cabo el acto y el público responde Juárez.
El dirigente político de izquierda lleva mil 700 municipios del país visitados y dos millones de afiliados a la Convención Nacional Democrática. Otra vez, quisiéramos el nombre de un solo político de cualquier partido, activo o en la banca, que pudiera convocar a una fuerza ciudadana similar.
Y remata emotivamente su intervención diciendo que defenderemos a la nación como se pueda, con lo que se pueda y hasta donde se pueda, recordando una expresión de Benito Juárez. La gente, otra vez, lo asalta pidiéndole una firma, un saludo, las mujeres lo besan.