martes, 10 de agosto de 2010

¿Quién comete un crimen?

¿Quién comete un crimen?
Pterocles Arenarius

Alguien está cometiendo un terrible crimen. El Gobierno del Distrito Federal (GDF), cuyo poder legislativo ha hecho legal la interrupción del embarazo hasta antes de las doce semanas (beneficio al que se han acogido 22 mil 198 mujeres sólo en el 2009) o bien el gobierno de Guanajuato que ha sentenciado a la cárcel a Araceli Camargo, Yolanda Martínez, Ana Rosa Padrón, Susana Dueñas y Liliana Moreno con penas que van de los 20 a los 30 años de cárcel.
¿Quién está cometiendo el crimen? ¿El poder judicial del soberano estado de Guanajuato metería durante veinte o treinta años a las 22 mil 198 mujeres que han abortado con asistencia de la autoridad en el DF?
El GDF, sin duda, daría libertad sin más averiguaciones a las mencionadas Araceli, Yolanda, Ana Rosa, Susana y Liliana.
Aquí hay un conflicto muy grave. Vivimos en el mismo país y mientras Guanajuato trata a sus mujeres como si vivieran en la edad media o en Irán, les desgracia la vida a las que abortan, el Distrito Federal no sólo las perdona ¡sino que las ayuda a abortar (antes de las doce semanas de preñez) y las protege!
No es ocioso señalar que esto es una clarísima evidencia de la brutal división que hay entre los mexicanos. Un estado castiga y el otro colabora con las mujeres que hacen la misma acción: abortar. Por cierto, una pregunta a todo el poder judicial guanajuatense: ¿a cuántos años —¿20, 30 ó 40?— condenarán a todas las mujeres guanajuatenses que están viniendo al DF a abortar gratuitamente y con asistencia médica?
Debe estar muy contento el señor Calderón, pues él siempre ha trabajado en los hechos para provocar el encono y la división entre los que dice gobernar (aunque en las palabras llame a la unidad y nos pide que lo apoyemos).
Hay un señor —con notable debilidad argumentativa (y también mental, como otro que dicen que nos gobernó y que se apellida Fox)— quien arguye que las mujeres mencionadas están en la cárcel por infanticidio y no por abortar. Sus dichos —que no argumentos— son idénticos a los del desvergonzado Norberto Ribera, protector del cura pederasta Nicolás Aguilar Rivera, violador de más de ¡doscientos niños! Ribera llama aberrante la decisión de la Suprema Corte de Justicia cuando ésta, en una de sus pocas decisiones lúcidas, determinó que la celebración de los matrimonios homosexuales es un acto legal y que tales uniones deben ser reconocidas en todos los estados de la federación. Lo aberrante, dado caso, es que un jerarca de esa camarilla de abusadores sexuales en que se ha convertido esa iglesia, se atreva a meterse en las vidas ajenas mientras trata de ocultar la vasta pudrición moral en que han incurrido cientos de sacerdotes en todo el mundo católico y al menos uno de sus subalternos correligionarios al que él sigue protegiendo.
Los católicos dicen que el aborto siempre viola las leyes de Dios. Primero que nada anotemos que, como dijo Friedrich Nietzche, “Dios ha muerto”, si es que alguna vez estuvo vivo. Y también, como dijo Dostoyevski (y con su perdón): “Si Dios no existe todo está permitido”. En la práctica de la dura realidad, la historia nos ha probado millones de veces que Dios no existe, o bien que sí existe, pero está tan ocupado en los altos asuntos del gobierno del universo que le importa un miembrillo lo que hagamos acá abajo, en el planeta Tierra. Es decir, desde siempre Todo está permitido.
Por eso los hombres —sin esperar intervenciones divinas— inventaron las leyes.
Las leyes son para que las cumplamos todos, porque nos garantizan que no todo estará permitido, que ningún sujeto con cualquier forma de poder abusará de nosotros. Porque independientemente de la edad, la condición socioeconómica, el color de la piel, la preferencia política, musical, deportiva o sexual, todos somos iguales, tenemos los mismos derechos, ante la ley. Ningún heterosexual tiene derecho, de ninguna manera, de imponer sus gustos sexuales a nadie. Igualmente, un homosexual no puede obligar a nadie a que adopte sus preferencias sexuales.
En segundo lugar —y como opinión muy personal— sostengo que si hay leyes divinas, ésas son las que nos impone la naturaleza (la gravitación, el electromagnetismo, la inevitable muerte y la también inevitable vida, entre muchas más). Ahí hay una clave esencial: la vida de una mujer que aborta no se pone prácticamente en peligro si lo hace dentro de las primeras doce semanas de embarazo. Después de las doce semanas de gestación la vida se vuelve inevitable, a menos que la mujer también ponga en peligro su existencia. La naturaleza le impone ese lapso a las mujeres, a la vez que se lo da para que en esos tres meses decida si desea mezclar su esencia con la de ese hombre que engendró una vida en ella, quizá contra la femenina voluntad.
Si una mujer ha sido violada, su derecho mínimo e inmediato, lógico e irrenunciable es el de abortar al engendro del criminal que abusó de ella. Pero no sólo en ese caso. Su una mujer tuvo relaciones sexuales sin cuidarse y con una persona con la que no tiene una relación afectiva estable, también tiene el derecho, en los mismos términos que en el caso anterior, de abortar.
Si una mujer quedó embarazada de su marido o de su pareja, pero es quien afectivamente ya no la satisface y desees separarse de él: es su derecho abortar. Si una mujer tienen cuatro, cinco o seis hijos y quedó embarazada sin desearlo, tiene todo el derecho de abortar para no empobrecer (ya mucho nos han empobrecido los políticos del PRI durante más de 70 años e igualmente o más han hecho los del PAN en los últimos diez. E impunemente todos), para no empobrecer, decía, el nivel de vida de sus hijos. Para todos esos casos, madre natura da a las mujeres esos tres meses de gracia, para que aborten, para pensar sin riesgos si es su deseo gestar y dar a luz o abortar. Lapso muy razonable para pensar con detenimiento.
No es posible aceptar que un grupo de fanáticos obnubilados por sus dogmas pretendan imponer sus ideas moralinas muy personales a toda la sociedad y mucho menos que pretendan castigar a quienes no piensan como ellos.
¿Si el PAN gobernara el DF metería a la cárcel a las 22 mil 198 abortadoras de 2009? ¿Quién está cometiendo el crimen, el GDF al ayudar a abortar a tantas mujeres, incluso guanajuatenses o el gobierno de Guanajuato que ha condenado a una muerte práctica de 20 o 30 años a mujeres mexicanas que en el DF serían inocentes? ¿Quién ha provocado que estemos tan monstruosamente divididos?
Al final, creo que nadie quiere abortar, ni nadie quiere que alguien aborte. El aborto es una decisión extrema ante una situación terrible que suelen darse en esta vida. Nadie quiere obligar a nadie a que aborte, pero las que quieran hacerlo están en su derecho, a pesar de sujetos que viven en el siglo XIV y creen que su autoridad es la Santa Inquisición. El estado no es el dueño de los vientres de las mujeres y no puede obligarlas a la maternidad.

martes, 6 de julio de 2010

Contra Gombrowics

Contra Gombrowics

Pterocles Arenarius

Para María

La poesía es la única
prueba fehaciente de
la existencia del hombre.

Luis Cardoza y Aragón



“Los versos no gustan a casi nadie”, dice con singular desparpajo Witold Gombrowics (WG). Sí, lo creo. Las grandes multitudes se informan (¡y creen lo que les notifican!) por los noticieros de la televisión, esa bestia embrutecedora, vendida al poder y también, dado caso, compradora de poder en sus peores versiones. Bestia que hoy mismo anuncia productos que en quince días nos rejuvenecen diez años, zapatos que al usarlos diez minutos cada tres días nos harán bajar dos kilos y medio por semana y miles de mentiras a cual más delirante. ¿El objetivo? Ganar dinero que, si pensamos un poco, es algo así como robar, abusar de la estupidez de su público. Y esto sin contar con sus “noticieros” que son más bien una sarta de mentiras y manipulaciones para allegarse el poder político o servirse de él. Hoy la televisión es ama del poder, el presidente su sirviente y la ciudadanía su campo de experimentación y explotación. La televisión, hoy, en México, es la verdadera Secretaría de Estupidización Pública.
La televisión es una bestia hambrienta de dinero, entre más sucio, mejor. ¿Quién va a leer poesía de esos millones de idiotizados por tanto programa para insultar y degradar a la inteligencia?
Es cierto lo que afirma Gombrowics: “Los versos no gustan casi a nadie”, excepto a aquellos a quienes (y conozco decenas) algunos versos, la obra de algunos poetas, les han cambiado la vida.
Aunque WG confiesa que “cuando la poesía aparece mezclada (…) tiemblo como cualquier mortal (primero digamos que se permite a los más feroces detractores de la poesía, hacer poesía para atacar a la poesía, ¿o no WG?).
WG tiene un grave problema , aunque encuentra la poesía, la distingue e incluso reconoce que la poesía lo ha tocado, le choca, dice, la “poesía pura”. Es como en el oficio de cocinero; hay platillos para gourmets, incluso para chefs y no para legos. O como lo dijo Borges, los libros (la poesía) nos encuentra, no la buscamos. En otras palabras, hay poetas para poetas: grandes autores que suelen ser extremqadamente fuertes para los diletantes (como parece empeñado en exhibirse WG).
Pero también abundan e incluso en la más ultramoderna creación poética, los autores sencillos, transparentes. Afirmar lo contrario es simplemente ignorancia y desconocimiento temerario. ¿Alguien puede acusar de extremadamente técnico a Alberti:
ALGUIEN
Alguien barre/ y canta /y barre /(zuecos en la madrugada). / Alguien /dispara las puertas. /¡Qué miedo, /madre! /(¡Ay, los que en andas del viento, /en un velero a estas horas /vayan arando los mares!)/ Alguien barre /y canta /y barre. / Algún caballo, alejándose, /imprime su pie en el eco /de la calle. /¡Qué miedo, /madre! / ¡Si alguien llamara a la puerta! /¡Si se apareciera padre /con su túnica talar /chorreando!... /¡Qué horror, /madre! / Alguien barre / y canta / y barre.
O quizá a sus paisanos y correligionarios Miguel Hernández “Vientos del pueblo me llevan/ Vientos del pueblo me arrastran/ me esparcen el corazón y me aventan la gargantaLos bueyes doblan la frente,// impotentemente mansa, /delante de los castigos: /los leones la levantan /y al mismo tiempo castigan /con su clamorosa zarpa.”
O García Lorca o León Felipe (pero no teman, no los citaré). Y es que una rápida semblanza de la poesía en español hace ver a WG como un aficionado bisoño, desinformado e ignorante, como él mismo lo admite al inicio de su texto. Só, porque decir lo que ha escrito en su texto Contra los poetas, que se publica en este blog, implica su ignorancia acerca de Borges, de Huidobro, de Vallejo o, peor aun, de Darío, de Nervo, de Díaz Mirón de Tablada, de López Velarde y luego desde Alfonso Reyes pasando por Carlos Pellicer, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia y hasta Efraín Huerta. Ninguno de los cuales (googleénlos, por favor, lean un poco de su obra) puede ser acusado de inentendible por persona alguna que haya cursado los normalísimos seis años de primaria.
Poesía pura y azúcar puro (sic) titula un capítulo WG. Si bien tiene la humildad de admitir que es un profano en español. Que bueno que así lo hace, porque incurre en el error craso de los españoles al cambiar el género de la palabra azúcar. Y lo hace tratando de no parecer tan lego en español. En efecto, las palabras que empiezan con “a” tónica cambian de género cuando son femeninas; como el agua, el arte, el águila, el ala. ¿Por qué? Porque de no hacerlo provocan el efecto fonético de que el artículo suena pegado a la primera sílaba: “láguila, lagua, larte, lansia, lala”. Pero eso no ocurre si la primera “a” no es tónica, como en azúcar. Ahí tenemos que decir la azúcar porque no ocurre el efecto fonético (lazúcar). Error que los españoles llevan a todas las palabras que empiezan con “a” como la armadura.
Pero, un contraejemplo, ¿por qué no dicen el abadesa siguiendo su implacable costumbre?, o el antena, en vez de la antena. La proporción áurea y no el proporción áureo (lo cual constituye una excepción). Ni tampoco cambian de género la aura. Lo cual demuestra la torpe ridiculez de decir el azúcar moreno. Cuando que acá toda la vida hemos cantado “En el agua clara que brota en la fuente…” y no “el agua claro”.
Pero así como WG no entendió (ni millones de españoles) estas sutilezas del idioma (los españoles se atreven a decir y aun a publicar frases como “voy a por mi madre”, contra la expresa regla sintáctica que prohíbe dos proposiciones seguidas. O se empeñan en “salir para afuera, entrar para adentro, subir para arriba y bajar para abajo” y hasta le achacan estos brutales pleonasmos a los autores de otras lenguas que traducen allá. Pero sigamos con el inefable Gombrowics.
Cambiarle el orden a las palabras en un verso es un bueno truco… para descubrir a los esnobs, a los lectores chafas.j pero mucho cuidado cuando estás frente a un adorador de algún poeta. “A la cálida vida que transcurre canora/ con garbo de mujer/ A la invicta belleza que salva y que enamora”, suele brindar mi querido compadre Jorge Borja citando a López Velarde. Por cierto, ¿alguien negará que esos versos llevan al lenguaje a sus cumbres y se ameritan como para brindar siempre? Y si alguien se atreve a cambiar el orden de las palabras a esos versos ante diletantes fracasados… bueno, que lo haga. Ese sujeto sólo estará mostrando su monstruosa incapacidad en varios ámbitos, su sensibilidad obtusa, su inteligencia mendicante, su lenguaje ínfimo. Para confundir a alguien un poco más torpe que él.
De igual manera al brindis lopezvelardiano, muchos poetas se han ganado el quedar perennemente en la memoria colectiva, cuando sus versos se han vuelto refranes. Recordemos a Amado Nervo “Arquitecto de su propio destino/ Vida, nada me debes, vida, estamos en paz”. O bien a Díaz Mirón “El ave canta aunque la rama cruja/ como que sabe lo que son sus alas”. No menos que “Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan/ mi plumaje es de esos”…
Recordamos que en un encuentro de poetas en el año 1986 el público que llenaba totalmente (¿pues no que a nadie le gustan los versos?) el Teatro de la Ciudad en el DF, el público le pedía, como si fuera cantante, sus poemas gritándole el número de la página de su Nuevo recuento de poemas, del cual leía Jaime Sabines.
Pero basta, hay muchos más ejemplos que restregarle a Gombrowics. Porque ahora quiero argumentar en otro terreno. WG, lo dijo, “cuando la poesía aparece mezclada” ahí sí le gusta. Más: lo hace “temblar, como a cualquier humano”. Ah, pues mi querido WG, es que la poesía se encuentra en todas partes, en todo arte, como afirma Octavio Paz en su El arco y la lira. “La poesía está en un hermoso paísaje”, el poeta percibe la belleza, la transforma en lenguaje. Si logra la comunicación (estamos hablando de un poeta, no de un aficionado al que le impediría la comunicación su pobre ―o inexistente― destreza verbal) o no la logra es otro asunto. La logrará, sin duda. Sólo tiene que encontrar a su lector. La poesía es, finalmente, el espíritu que hace intensa, conmovedora, profundamente humana a toda obra literaria. Así, todos los que escriben literatura, en un amplio sentido, son poetas.
El problema de WG es que, la poesía ―como el cine erótico, por ejemplo― exhibe ocultando (a propósito, lo contrario es la pornografía: veamos una película porno y las habremos visto todas). La poesía suele definir sugiriendo. Llega a ser tan precisa como la matemática; pero no por el camino racional (aunque también puede hacerlo y con frecuencia lo hace) sino por el intuitivo. No necesariamente por el raciocinio recto, sino por la analogía, por la sinuosa ruta de la imprecisa, la polisémica palabra). Porque la poesía es una epistemología (es decir, una teoría del conocimiento)
La poesía es una ética, una manera (la más humana, la más humanista, lo menciona WG) de estar en este mundo. La poesía es mucho más sutil que la ciencia cuyos métodos son burdos, pero cuando la ciencia, en cualquiera de sus ámbitos llega a se3r sutil, refinadísima, coincide con la poesía. Se vuelve dudosa, postula la incertidumbre, la dualidad, la polisemia. ¡No me digas! ¿¡Igual que lo ha hecho siempre la poesía!?
WG peca de dos maneras en su texto: generaliza cuando le conviene. Y también particulariza cuando así le resulta apropiado para denostar a la poesía. Quién sabe a qué poetas habrá leído para sentir que comía azúcar a puños para encontarlos ininteligibles.
Su argumento del ajedrez es una mistificación perversa. De acuerdo, el ajedrez es una actividad (aunque sea lúdica) importante. Lo es tanto para el intelecto como para el futbol lo es para el cuerpo físico. Pero la poesía ―por si no lo sabe alguien― también es un juego, pero es más. También es una actividad intensamente intelectual, jpero también es más que eso. “Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero”, canta Santa Teresa, conduciendo al lenguaje a vislumbrar el otro lado de la realidad, el otro mundo. “He sido un perro, he sido un río/ he sido un tronco podrido en medio de un bosque/ una fiera y un chubasco he sido” nos estremece el poeta anónimo precristiano, panteísta sin denominación. O bien la chamana María Sabina nos informa que “Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo lejando cercano e invisible. Ahí vive Dios, viven la muerte, los espíritus y los santos; es un mundo donde todo ha sucedido y todo se sabe”.
Es decir, la poesía va más allá de la razón y llega a la espiritualidad. Vislumbra El Otro Lado, el más allá. Y con ello la a la divinidad. La poesía se toca con lo que suelen llamar el conocimiento oculto, el agnosticismo o el esoterismo y no pocas veces, ese conocimiento ha abrevado en la poesía y viceversa, ciertamente. La pesía no menos se intersecta constantemente con la ciencia y, en general, con las más elevadas virtudes humanas, también con el ajedrez. Y la poesía no es, ni procura, convertirse en una religión (una estructura que se ha embarcado desde hace siglos en la lucha por el poder: lo contrario de la poesía), aunque la poesía nos re-liga mucho más que los rituales ya vacíos y las sucias (perversas e ilegales) prácticas de la religión imperante en (casi) todo el occidente.
En los párrafos finales WG nos pone a los amantes de la poesía por debajo del nivel de “los que aman y gozan la intensidad del futbol”. Como seres incapaces de pensamiento y víctimas de la incercia, la tradición y los vicios, los atavismos de la academia más ramplona o al menos de los mitos. Precisamente los lectores de poesía son exactamente lo contrario: la gente más lúcida, la que más ha reflexionado, la más exigente y conocedora de las palabras y su lenguaje (tan desgastado y pervertido por el poder político y el religioso).
Y en cuanto a mitos, reconozcamos que en el territorio de la poesía abundan y , más aun, se crean constantemente. Recordemos el hermosísimo mito de la Diosa Blanca, traído a la memoria humana moderna ―desde los tiempos anteriores a la civilización― por Robert Graves. Todo poeta, todo escritor; más aun, todo artista, incluso más todavía, todo creador (esto es, todo benefactor de la humanidad) es un servidor de La Diosa Blanca.
Finalmente, Witold Gombrowics, luego de mostrar sus pobres argumentos y su extraña mala fe contra la poesía amén de su vasta ignorancia al menos en la poesía en español, se merece mis más altos respetos como persona, pero también mi convencida e intensa descalificación por poner en manos (y consciencias) ineptas su ineficaz diatriba seudoargumentativa contra una de las más grandes y nobles hazañas del intelecto y el espíritu humanos.

jueves, 10 de junio de 2010

Dinko Pavlov

Querido Dinko

Pterocles Arenarius

Para María

Dinko Pavlov, un hermoso hombretón, barbudo, eslavo pero chileno pero eslavo, poeta, grandioso bebedor, izquierdoso, formidable y divertido para la conversación. Un lindo sujeto. Nos encontramos por primera (y última) vez en nuestras vidas en Tulancingo, Hidalgo, precisamente en el I Encuentro Latinoamericano de Escritores que organizara la asociación civil Culturalcingo que dirige Cristina de la Concha.
Dinko, un excelente poeta y no menos notable narrador, fue una de las estrellas de aquel inolvidable encuentro de escritores. Pero además de dignísimo exponente de su país, era un maravilloso, simpatiquísimo conversador y, para completar las muy gratas veladas en su compañía, Pavlov era además un formidable tenor que fácilmente hubiera podido ganarse la vida cantando.
Entre sus grandes amigos chilenos que nos acompañaron en aquel encuentro, nos contaron que en alguna vez en que compartían habitación, dejaron afuera al “Ruso” Pavlov. Cuando éste llegó comenzó a entonar el nombre del interfecto con su privilegiada voz de tenor dando, digamos, un do subido de tal manera que toda la vecindad se alarmó con las extraordinarias entonaciones del entrañable ruso. Los que estaban adentro se apresuraban siempre a abrirle o a tenerlo bien dotado de llaves para que no los llamara entonando con su potentísima voz y con ello se enterara el vecindario en tres kilómetros a la redonda.
Hoy Dinko ha muerto.
Cuando un gran amigo, un gran hombre, se muere, nos consolamos (¿hasta qué punto con razón?) con ideas metafísicas, espirituales, con pensamientos de vidas “mejores”. Pero lo único que nos queda es la soledad y un vacío enorme. De alguna manera nos damos cuenta que nuestro mundo se ha empobrecido. Pero además, objetivamente, cuando muere un poeta, el mundo se ha vuelto un poco peor que antes.
Otra manera mucho mejor de consolarnos es leyéndolo. Es el gran homenaje, es la manera en que recuperamos a nuestro querido amigo y mediante la cual encontramos que si desapareció de este mundo, algo, más bien mucho de él queda en este mundo: sus versos, sus cuentos, sus novelas. Los poetas, lo dijo Manuel Gutiérrez Nájera, no mueren del todo.
Leamos a Dinko Pavlov.

martes, 6 de abril de 2010

La escuela de la generosidad

La escuela de la generosidad

Pterocles Arenarius

Para ella, la Maga

Era la tercera sesión de taller que daba el maestro Edmundo Valadés en su recién formado taller de cuento. Empezaba el inolvidable año del 85 del siglo XX. Aquel taller, no menos inolvidable, lo impartía en el edificio ─propiedad del metro de la Ciudad de México─ que alberga oficinas del ISSSTE y también las entradas de la estación Juárez.
Jorge Borja me había ofrecido un aventón a mi casa en su coche nuevo, regalo de papi por recién haber concluido sus estudios de licenciado en comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana. Me llevó hasta mi casa y antes de bajar del vehículo le dije ¿no quieres una chela?
─¿Sí?, ¿no tienes bronca? ─me dijo como si fuera una muchacha a la que invitas a tu departamento de soltero.
─Tú vente, hombre. ─Y compramos dos caguamas. Un rato después bebíamos y charlábamos con animación y candor de infantes, aunque nosotros hablábamos de nuestros todavía incipientes conocimientos de literatura y también de prolijas aventuras vitales que, cada uno por su camino, habíamos cursado.
A la tercera caguama yo me sentía insólitamente borracho. Le comenté a mi reciente e inmejorable amigo Borja:
─Oye, tu bebes muy rápido ¿no?
─¿Sí?, no sé ─me contestó e inmediatamente después corroboraba que bebía con una velocidad escalofriante. Y peligrosísima. Deglutía con admirable juego de garganta el resto de su caguama.
Quizá una hora más tarde estaba absolutamente borracho. Derrumbado y semiinconsciente. Cuando yo quería retirarme a dormir él se levantó del sillón de la sala donde quedara derrumbado, lo hizo con tremendas dificultades pero absolutamente dispuesto a dirigirse a su casa.
─Así no puedes irte a tu casa, mi cuate. Estás demasiado borracho. ─Insistió, pero le ofrecí más cerveza y sólo así aceptó quedarse. Y volvió a dormirse. Luego se habrá ido sin avisar a eso de las cinco de la madrugada.
En un momento de la borrachera feliz me dijo:
─Cabrón yo quiero que tú seas mi compadre.
─Sí, carnal, yo también quiero que tú seas mi compadre. Vamos a declararnos compadres en este momento.
─Sale, ya somos compadres ─y nos estrechamos las manos.
─Cabrón, pero mañana, cuando se te baje la peda ya ni te vas a acordar que somos compadres.
─No, tú eres el que no se va a acordar. ─Y terminamos jurando que no se nos olvidaría. Era enero o quizá febrero del año 85. Hoy es el año 2010 y no se nos ha olvidado. Seguimos llamándonos compadres, aunque tenemos una idea más bien retorcida de la religión católica (la que se merece) y nunca hemos encompadrado formalmente, es decir, mediante el bautizo de nuestros hijos (de hecho los míos no están orgullosamente bautizados), seguimos siendo compadres.
Ha pasado un cuarto de siglo y Borja ha creado la gran escuela de la generosidad. Han corrido miles de litros de alcohol de todas denominaciones, hemos escrito cuentos y publicado unos cuantos libros (somos demasiado pudorosos) y algunos pergaminos ostentan nuestros logros. Borja se he convertido en un monstruo de conocimiento y creatividad, una especie de “Fénix de los ingenios” y también es el eje de entrañabilísimas amistades que, por unanimidad, confluyen (confluimos) en él como el gran aglutinador.
Jorge Borja es uno de los sujetos más deliciosos que nadie podrá conocer jamás. Es una especie de santo. Él sí es un tipo que realmente se quita la camisa y el bocado (quizá no tanto el trago) de la boca para dártelo si ve que tú lo necesitas.
Borja tiene una vitalidad digna de un monstruo. Es el único ser humano que he conocido que desafió a la muerte por apendicitis durante más de quince días. De misteriosa manera la apendicitis (brutalmente mal atendida por médicos imbéciles y/o negligentes) le duró más de dos semanas hasta que se la diagnosticaron correctamente y lo operaron. Y sobrevivió. La explicación del médico fue que la infección se le encapsuló en la grasa, en su propia grasa.
Aun cuando eso fuera cierto, la sobrevivencia de Borja fue un milagro. No hay en este mundo alguien que sobreviva tanto tiempo a una infección de semejante estilo.
Pero Borja es un ser humano único en el mundo. Su generosidad tanto como su humildad son franciscanas. Él ha sido el gran árbitro de un grandioso grupo de amigos a cual más talentoso, pero ninguno como Jorge Borja.
Muchas veces, cuando localizo rasgos de generosidad en otros amigos comunes (Marco Tulio Lailson, Lupita Ramírez, Froylán Ramírez, Alfonso Montelongo y muchos más) me parece, bueno, no me parece, distingo claramente la influencia de Borja en ellos que, como yo, han gozado al extremo la infinita amistad de Jorge Borja. Es la escuela de infinita generosidad de JB.
Una de esas noches en que “Todos se han ido a otro planeta” (Valadés dixit), Borja, en una tremenda parranda termina solo, un tanto ebrio en una calle abandonada y se encuentra en compañía de un fino personaje que le ofrece su compañía discreta y benévola. Comparten el alcohol y el hombre invita a Borja a su casa. Mi compadre acepta y llegan.
La casa es un coche abandonado. Sin inmutarse Borja entra en la casa de su amigo y siguen bebiendo y charlando amablemente. Se vuelven grandes amigos. Es difícil no llegar a ser gran amigo de Jorge Borja si eres un hombre medianamente decente como espécimen humano. Poco antes del amanecer ambos quedan dormidos.
Con el sol resplandeciente y calentando despiadadamente Borja es despertado con crueldad por una inmensa cruda. Despierta a su nuevo gran amigo y se despide. Borja le ofrece (un gesto frecuente en él) la mitad del dinero que trae encima. Mi querido compadre me dijo “Tuve la indecencia de ofrecerle dinero. Pero él tuvo la fineza de no aceptármelo y, dado caso, me indicó que mejor le comprara algún alcohol”. Borja el exquisito le consiguió una botella de whisky y se retiró entre abrazos.
Este hombre es de una sola pieza, pero admirablemente amoldable, siempre dispuesto a tres de las más grandes actitudes humanas: el amor, la amistad y la creación. La amistad y el amor son esencialmente creadores. Borja es un gran experto en ambos, a pesar de las canalladas, de las ingratitudes y de las mezquindades. Él siempre se ha mostrado en una insospechada grandeza.
En su amor y su amistad sin límites, todos sus amigos somos, en gran medida, obra de él. Yo estoy convencido que haber disfrutado de su compañía tantos años, haber compartido tantas borracheras, haber compartido tanta literatura y tanta creación son inmensos privilegios que he podido gozar. No exagero, Jorge Arturo Borja López es una bendición para cuantos hemos vivido cerca de él en esta vida. Y si hay santos en este mundo, yo no conozco un hombre más cercano a la santidad que él. Como aquel santo bebedor. Pero éste es mejor todavía.
Jorge Borja está a punto de terminar una novela que conmoverá a muchos corazones. Porque es una gran novela construida por un gran escritor.
Él es, como lo dijo Sábato, sólo un gran hombre que ha escrito.

jueves, 11 de marzo de 2010

Y todo ¿para qué?

Y todo ¿para qué?

Pterocles Arenarius

Hoy publican todos los periódicos que Carlos Slim se ha convertido en el hombre más rico del mundo, que superó a Bill Gates y a otro ultramillonariazo gringo acumulando dinero. ¿Puede un país como México darse el lujo de contar con el sujeto más rico del mundo mientras entre sus ciudadanos se cuentan de los más pobres del mundo?
No debiera un país como México.
Pero, aparte de que México debiera permitirse ese disparate, ese síntoma de locura ─¿quién quiere ser el sujeto más rico del mundo si no un enfermo mental? ¿No hay cosas mejores en este mundo que acumular dinero a lo bestia, a lo enfermo, a lo maniaco? Por supuesto que sí las hay, pero hay gente de tan miserable espíritu que ni siquiera siendo demencialmente millonario logra paliar la miseria de su espíritu─; México quizá no debiera permitirse ese lujo estúpido: ¿Cuáles son los méritos de Slim para haber llegado a ese sitio que le otorga la detestable revista Fortune?
Digo, porque, por ejemplo, el recién superado Bill Gates llegó a volverse bestialmente millonario con trampas o no, haciendo chanchullos y corruptelas o no, mostrándose asquerosamente avariento y mezquino con los programas que inventa (o le inventan), pero Bill Gates ha venido revolucionando el mundo con la enorme cantidad de software que provee, por más que lo cobre quitándole un ojo de la cara a sus clientes por cada paquete. Pero Bill Gates no vive en un país que sufre hambre.
¿Y cuáles son los méritos de Slim, insisto?
Bueno, su principal mérito es ser un ladrón.
Pero más grande sin duda es el de ser un Gran Ladrón. Porque el señor Slim impone los precios más altos del mundo por el servicio de telefonía fija. Esto cualquiera puede probarlo, llame telefónicamente a Estados Unidos y se dará cuenta que hacerlo cuesta diez (o más) veces más caro de aquí pa’llá que de allá pa’cá.
¿Será porque somos más ricos que los gringos? No, simplemente es porque el señor Slim, al no tener competencia puede imponer los precios que se le hinchen sus insaciables güevos.
El precio de la internet es también uno de los más caros del mundo. Hay muchísimas ciudades de Europa y de Estados Unidos que gozan del servicio de internet de manera gratuita. Acá nos cobran casi 400 pesos cada mes por la modalidad más chafa de ese servicio.
Es decir, Carlos Slim se ha hecho el hombre más rico del mundo gracias a cien millones de pendejos. Pues sí, porque hay que ser pendejo para estar al tanto que Slim nos está robando y no hacer nada.
Mi teléfono está suspendido desde hace tres o cuatro meses.
No lo pago porque el poco dinero que logro allegarme no lo usaré para pagarle a este ladrón en vez de usarlo para comer (por cierto, con gran frecuencia me alimento en los comedores del Gobierno del DF, la comida no lleva caviar o filete roast beef, pero sí quita el hambre totalmente y cuesta sólo diez pesitos). También he logrado sobrevivir gracias a que en casa hay dos personas que gozan de las “becas para viejitos” que creó ─y cuyo otorgamiento a los habitantes del DF dejó convertido en ley─ Andrés Manuel.
Ayer mi madre me dijo después de comer: “Pues ya comimos un día más, gracias a Dios y a este señor”.
─¿Cuál señor? ─le pregunté casi con temor de que me fuera a contestar pues a mi nuevo novio que nos da dinerito para comer. No me parecería una buena idea para mi madre a sus 86.
─Pues Andrés Manuel. Él acabó siendo más cumplido que el hombre este ─dijo señalando vagamente con un movimiento de cabeza al estilo michoacano dirigido a mi padre─. Gracias a Andrés Manuel tengo despensa cada mes, me compro todo lo que quiero, no es mucho lo que nos da, pero es muy útil y ¿quién te los regala? Por eso yo quiero mucho a mi Andrés Manuel. Y no permito que nadie en mi presencia le diga Peje, ¿qué es eso? A él hay que hablarle con respeto.
─Bueno, sí, pero no tanto, madre. ─Le contesté y sin ganas de discutir, porque no permite que digas nada contra su Peje, digo, su Andrés Manuel.
Antier un imbécil me escribió un mensaje de correo electrónico diciéndome que había visitado mi blog y que le parecía que yo era un artista enojado. Agregaba que en vez de hacer berrinches me pusiera a trabajar.
Le contesté con unas cuantas mentadas de madre en contra del gobernador de Guanajuato, el presidente espurio Felipe Calderón y todos lo que tienen inmensas dosis de poder, como Carlos Slim.
¿De qué otra manera podríamos vivir si no es mentándoles la madre a los bandidos que han saqueado a México? Si están despedazando a este país, si no han logrado hacer que crezca en más de un cuarto de siglo y al contrario, mientras el país se pudre se permite que un mal hombre (medio enfermo mental) se vuelva el más rico del mundo usando en su beneficio un bien que nos pertenece a todos.
No olvidemos que Teléfonos de México era una empresa propiedad del Estado Mexicano y que Carlos Salinas se la “vendió” a Carlos Slim a plazos baratitos, de tal manera que Slim la “pagó” ya con las ganancias que le daba Telmex, pero más aún, el propio Salinas, a través de otro gran raterazo, su hermanito Raúl Salinas, le “prestó” unos cuantos millones de dólares para que Slim “comprara” Telmex.
Hoy Fortune dice que Slim es el más rico del mundo. ¿Por qué Fortune no dice nada de la fortuna de Carlos Salinas? Ah, porque recordemos que Salinillas también “prestó” dinero a su tocayo de apellido que no es su pariente, dice, pero yo no le creo, Ricardo Salinas Pliego para que comprase Canal 13.
Pero Fortune informa que en la lista de los más ricos del mundo están Roberto Hernández, el que recibió Banamex ya debidamente saneado por el gobierno a través del Fobaproa o IPAB, luego lo vendió al banco gringo Citybank y de los miles de millones de dólares que recibió no dio un solo peso de impuestos.
También está el pirrurris llamado Emilio Azcárraga, el hijito del Tigre Azcárraga, ese que administra la verdadera Secretaría de Educación Pública de México, Televisa. La gran prostituta y prostitutora, bueno, al fin tutora, aunque sea para prostituir.
Hablemos un poco de Televisa y Tv Azteca. Las empresas dedicadas a mentir de manera sistemática. Empeñadas (comprando todos los talentos posibles) a degenerar el buen gusto y el sentido crítico de los inocentes que ven sus programas. Televisa y Tv Azteca viven deshocicándose para ganar más y más dinero sin importarles que hay millones de personas que no saben leer ni escribir. Sin importarles que ellos, a través de la publicidad mentirosa sobre los alimentos chatarra, han logrado que México sea un país de gordos, desnutridos pero gordos. Somos el primer lugar del mundo en gordos tanto niños como adultos. Somos el primer lugar del mundo en consumir aguas gasificadas engordantes. Somos el primer lugar del mundo en comer los contradictoriamente llamados alimentos chatarra, papas Sabritas, Churrumais, Doritos, Cheetos, Krankis, Negritos Gansitos y cuanta mierda se les ocurre a los empresarios “industriales”, a los publicistas engañapendejos y a los dueños de las televisoras.
Otra gran hazaña de Tv Azteca es la transferencia de dinero a través de su empresa Elektra. Por hacer un envío de $200 pesos de Panindícuaro a México DF me cobraban 45 pesos. Si eso no es un robo ¿qué es? ¿Con cuánto dinero de los mexicanos indocumentados se quedarán estas ratas?, conste que el dinero ganado es EU está manchado de sangre y del sufrimiento de los millones de mexicanos que han perdido su país, su familia, su nacionalidad. ¿Y estos cerdos quedándose con ese dinero? Eso es no tener madre.
Eso es un crimen.
Ellos dirán al referirse a nosotros “Engañemos a estos imbéciles, les decimos que estos alimentos son lo mejor y, más importante, los deseducamos, los volvemos más estúpidos de lo que ya son y, una vez, estupidizados, les vendemos lo que se nos antoje”. El negocio es redondo: mientras más ignorantes los vuelven más les compran y mientras más les compran más ignorantes se vuelven.
Bonita camada de archimillonetas. Todos ellos engañando y robando a manos llenas a los empobrecidos mexicanos que, unos 30 millones de ellos ganan menos del salario mínimo, es decir, menos de cincuenta pesos diarios. Y 70 millones de mexicanos ganan cuando mucho tres salarios mínimos. Esto es simplemente monstruoso, unos cuantos hombres asquerosa, enfermizamente enriquecidos a costa de millones y millones de personas que sufren hambre. ¡Eso sí es ser miserable!
Por lo tanto, los verdaderos miserables son los ricos. Sí, porque a pesar de tener tantísimo dinero, quieren más (¡¡¡¡¡!!!!!). ¡Dios santo!, eso sí es enfermedad, eso sí es obsesión, no mamadas. Eso sí es miseria, porque es imposible de paliar tanta miseria interior ni siquiera con todo el oro del puto mundo.
No les importa robar abiertamente, aunque en el mundo sean conocidos como los grandes raterazos, no les importa que el país se esté destruyendo con la guerrita que su presidente pelele Felipe Calderón está ensayando necia y fracasadamente a costa de miles y miles de muertos. En México hay más muertos que en Irak, país en plena guerra contra la potencia con mayor poder de destrucción en la historia de la humanidad, Gringolandia.
No les importa someter al hambre a millones y millones de personas. Lo único que les importa es acumular dinero. Un dinero que no podrían gastarse en diez generaciones de sus descendientes sin trabajar. ¿No es eso enfermedad mental? ¿Y para qué?
Tanto dolor, tanta muerte, tanta miseria material, tanta mentira, tanto desperdicio, tanta destrucción de vidas, tanta destrucción de naturaleza, tanta ignorancia, tanta angustia, tanto sufrimiento de tanta gente ¿para qué? ¿No es eso enfermedad mental?

miércoles, 17 de febrero de 2010

El chiste político y los verdaderos miserables

El chiste político y los verdaderos miserables

Pterocles Arenarius

Homo sum, nihil humani me alienum puto. Es una afirmación que tiene dos atributos esenciales para todo humano. La primera --para todos nosotros hispanohablantes-- es su traducción de la lengua madre, el latín, a nuestro español: Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno.

La segunda --para un nosotros más reducido: la gente que piensa y que jamás admite ni rechaza cualquier producto humano a priori. Ni siquiera un chiste de los parientes borrachos.

Por otra parte, el chiste en general es, sin exagerar, una gran creación humana. No es en balde que Freud lo haya tomado como uno de los más representativos paradigmas sobre el cual indagar aspectos del espíritu, del inconsciente de los pueblos.

Cuando el chiste extranjero es entendido en aquel idioma, es el signo inequívoco de que se está entendiendo profundamente la lengua, o bien, es otra manera de saber que se está penetrando en el espíritu de aquel pueblo. El chiste, como la poesía tiene un profundo componente lingüístico. Mucho de lo que forma un chiste es un truco, una coincidencia, un milagro lingüístico.

El chiste, como la poesía es, finalmente, un milagro. Y el chiste tiene sobre la poesía la ventaja de que --aun pueril, aun de "mal gusto", aun malintencionado-- arranca la sonrisa del oyente. El chiste inteligente --que finalmente en alguna medida todos lo son-- es una auténtica joya, un hallazgo.
Ahora bien, sin duda la poesía tiene otras ventajas sobre el chiste, pero no es este el tema del texto.

Hay chistes históricos (e historicistas) como aquel de origen judío que nos sintetiza la historia completa de ese pueblo (y dice que en su origen, cuando el pueblo judío pacta la alianza con IHVH, léase Yahvé, el profeta es Moisés y con él se establece que "todo viene de Dios" puesto que Él entregó al profeta las tablas de la ley. Cuando los judíos se establecen en Israel y el profeta es Salomón, ejemplo de sabiduría, "todo viene de la mente humana, es decir, de la cabeza", la inteligencia y la sabiduría. El siguiente profeta es Jesús y su prédica del amor al prójimo como a uno mismo, es decir, "todo viene del corazón". Algunos siglos después el profeta judío se llama Carlos Marx y su teoría de que antes que nada deben ser satisfechas las necesidades básicas, como el alimento; esto es "todo viene del estómago". Pero pronto surge un nuevo profeta y ese es Sigmund Freud, para quien todo se reduce a la libido, es decir: "todo viene del sexo". Finalmente tenemos al último profeta judío, Albert Einstein, quien afirma que "todo es relativo". Es un chiste.

El chiste es muy importante, aun como síntoma de la descomposición, como podemos observar en Televisa, recordemos los chistes repugnantemente misóginos de un sujeto que se hace llamar Polo Polo o los embrutecedores intentos de chiste de personajes inenarrables como los homofóbicos (por decir lo menos) La Jitomata y La Perejila.
El chiste político tiene en México una venerable historia. Se ha practicado, que sepamos, por lo menos desde el porfiriato, cuando ante la impotencia generalizada durante largo tiempo, el pueblo, ante un régimen criminal (mátenlos en caliente), el plebeyaje optó por la burla contra el viejo dictador que, sin embargo, no mostró jamás mella ante demostración alguna de inconformidad de sus gobernados. Hasta que el país le estalló en las manos.

Me atrevo a decir que el chiste es más ingenioso, más sintético, más agudo y devastador que, por ejemplo, el corrido, si bien los objetivos de éste son muy otros que los del chiste. Pero sirve bien para valorar un, llamémosle género, bastante poco prestigiado como el chiste. Quizá su prestigio no sea tan grande como otros géneros simplemente porque surge de las entrañas del pueblo.

Tradicionalmente en México se han hecho chistes políticos contra nuestros presidentes. La impotencia del ciudadano, su amragura ante gobiernos que desde el diazordazato (¡Sal al balcón, pinche hocicón!) hasta el presente calderonato, han sumido al país en un infinito tocar fondos cada vez más abismales. El mecanismo siempre fue asombroso por simple: el presidente en turno escogía al más imbécil de su gabinete o al más abyecto de sus achichincles para manipularlo y para que le cubriera las espaldas cuando tomara el poder. Las excepciones aparecen cuando el más tonto de todos, Miguel de la Madrid, es superado y sustituido en funciones por el más astuto surgido del sistema ultracorrupto: Carlos Salinas de Gortari. La otra es cuando los rateros (del PRI) están de acuerdo en ser relevados por los pendejos (del PAN), de acuerdo con la vox pópuli.
México tocó fondo con presidentes cada vez más ineptos y cada uno más corrupto que el anterior. Desde la matanza de estudiantes en 1968, pasando por la de 1971, el exterminio selectivo de la guerra sucia violando los elementales derechos humanos, los crímenes económicos del portillato y su monstruosa devaluación y la crisis permanente con una devaluación del mil por ciento y su inflación del cinco mil por ciento del delamadriato, hasta los crímenes de Carlos Salinas (todo el mundo sabe quién mandó matar a Colosio, menos la justicia mexicana) hasta las constantes matanzas de campesinos en el zedillato, Aguas Blancas, El Charco, Acteal, hasta la entronización del inefable Fox ("todos tenemos un tío ranchero medio tarugo, pero de eso a hacerlo presidente de la República hay un abismo", el gobernador de Coahuila dixit) y el presidente actual con todos sus errores, su ilegitimidad, su muy escasa experiencia y su nula capacidad de gobierno. Frente a todo eso, por décadas, el ciudadano se ha conformado, entre otras cosas, con hacer chistes frente a tanto daño que han provocado por décadas a miles de mexicanos.

En este momento México se halla en una gravísima circunstancia, pareciéramos encontrarnos en caída libre hacia la disolución con la guerrita que ha emprendido nuestro "presidente", un dipsómano que en su desesperación por legitimarse está conduciendo al país hacia la catástrofe, como si se empeñara en cumplir con la maldición centenaria: 1810-1910-2010.

Recuerdo el mito griego del Rey Minos de Creta y el toro sagrado que los dioses le entregaron como símbolo del poder. Toro que, le advirtieron los inmortales, debía ser sacrificado en honor del pueblo (porque los griegos bien sabían que todo poder "dimana del pueblo").

Pero Minos roba el hermosísimo toro divino. Con ello desata todas las desgracias, tanto para sí mismo como para su familia y su pueblo. su esposa Pasifae se enamora del toro. Se disfraza de vaca y se ayunta con la divina bestia. Así nace el monstruoso Minotauro, mitad hombre y mitad toro y que es el símbolo de lo que provoca el mal uso del poder. Minos trata de ocultar a su monstruoso hijo putativo, que finalmente es su obra y lo hace encerrar en el laberinto.
El laberinto es el emblema tanto de la confusión como de la locura que ha hecho presa del que se ha robado el divino regalo del poder. Y el monstruo, con el tiempo, exige periódicamente al rey el sacrificio de siete mancebos y siete doncellas para devorarlos.

Así, el pueblo paga con su sangre la estupidez y la voracidad de sus gobernantes al entregar a sus hijos a la bestia creada por su mal gobernante. ¿Dónde hemos oído eso? ¿Dónde fueron asesinados quince niños? ¿Dónde provocaron por negligencia y voracidad la muerte de cuarenta y cinco bebés quemados?
Felipe Calderón se merece esos chistes. Con tal de llegar al poder no paró en mentiras ni en calumnias, hoy sólo ha probado que el verdadero peligro para México era él mismo.

Calderón ha convocado la desgracia para todos los mexicanos tratando de ejercer el poder de una manera que no le correspondía, porque jamás ganó el poder realmente. Hoy todos los mexicanos estamos pagando el precio de su ambición. Pero él también pagará, así como todos sus antecesores, irá también al basurero de la historia. Calderón sería un chiste, si no fuera porque está dañando tanto al país y a los 120 millones que lo habitamos.

La historia reciente de México sería una interminable cadena de chistes del peor gusto y de la más grande estupidez (desde el diazordazado asombrosamente inepto que tuvo que recurrir al crimen para detener un pequeño motín de adolescentes hasta la lamentabilísima estupidez del ranchero con apellidos gringo y español y el borracho que hoy habita en Los Pinos), si no fuera porque han llevado a un país con riquezas únicas en el mundo hasta posiciones abajo de los más mediocres en el concierto mundial. No hay peor chiste que nuestros politiquillos, casi todos de ínfima ralea, ah, pero eso sí, de los mejor pagados del mundo y eso sin contar la corrupción que los ha convertido, junto con algunos empresarios (Carlos Slim, sin más mérito que imponer monopólicamente los precios más altos del mundo en el servicio de telefonía) en sujetos de los más adinerados del orbe. Así de grande es su miseria que ni con la posesión de los más grandes tesoros se sacia. Porque la miseria espiritual es la verdadera miseria. Y es la que nos hace perder a todos.

A pesar de todo jamás podrán evitar que riamos y también a costa de ellos. Ni que realicemos creación. Pues conviene anotar que mientras la economía mexicana se hunde cada vez más, los índices de México están en el nivel de los países africanos, el de crecimiento económico compite con el de Haití y el de corrupción con Tanzania y nuestros políticos son los más rateros e ineptos del mundo (con honrosísimas excepciones), nuestro arte, sin embargo, es de primer mundo.

sábado, 9 de enero de 2010

Raúl Rodríguez Cetina, in memoriam

Raúl Rodríguez Cetina, in memoriam


Pterocles Arenarius


Para María


Toda obra literaria es autobiográfica, conscientemente o no. Más aun, toda obra de arte lo es; porque la obra de arte es el decantamiento espiritual llevado a su último extremo. El artista, así, es --lo dijo Rabelais-- un extractor de quintaesencia.
El creador de arte es un alquimista que, a partir de la crasas vulgaridad del tan abrumadoramente mayoritaria en este mundo, obtinen el metal deslumbrante, la sustancia invaluable, el metal precioso. O, en otra alegoría, el elíxir de la existencia perdurable.
Por todo lo anterior es que la obra de arte se instala siempre por encima de su autor. De esto se desprende aquel aserto de que “La única gran decepción de la (verdadera) poesía suele ocurrir cuando se conoce al poeta”.
Casi nunca todo esto ha sido tan cierto como en el caso del novelista Raúl Rodríguez Cetina. E incurro en temeridad semejante no porque haber conocido a Rodríguez Cetina hubiera sido decepcionante, sino por la otra razón: su obra fue tan sabia y acuciosamente pulida que se instaló por encima de la persona.
Raúl era un muchacho humilde y austero en todos los ámbitos de la cotidianidad con dos excepciones que anotaré oportunamente (o eso espero).
Raúl era de pequeña estatura, callado, tímido, sin autoestima visible (no como los abundantes “triunfadores” egomaniacos, ensoberbecidos, “muy positivos” y más bien intransigentes depredadores que proliferan en estos tiempos de capitalismo canalla); Raúl era muy modesto en el vestir, en el hablar, en el protagonismo: abominaba de convertirse en el centro de cualquier reunión y hasta para comer. Porque Raúl siempre tuvo la suprema elegancia de ser pobre. Incluso muy pobre. Aunque sólo económicamente. Porque --y este es el momento oportuno de anotar los dos hechos en que Raúl no se anduvo con cortedades-- era un privilegiado, un potentado para narrar con prosa nítida y ligera, armoniosa y sin embargo trágica, ágil y a la vez que sabia, en contraste con sus temas: la angustia, el peso implacable de la vida, la incomprensión, el dolor, el sufrimiento del abuso sexual y el aplastante universo implacable y despiadado, lleno de aquellos triunfadores mencionados, frente a los que Raúl jamás descendió para enredarse en sus provocaciones. Raúl tuvo la inmensa grandeza de ser un consuetudinario, un sistemático perdedor.
Y es que él era un excelente escritor. Un escritor mucho más grande que muchos que hoy y antes se han mantenido en la moda, los privilegios, los premios que se compran y se venden con moneda de muy diversa índole, las grandes ediciones de una literatura muy mediocre y acaso comercialmente exitosa. Sedicentes escritores que viven sirviéndose de la literatura y desconocen el popularísimo aserto de trabajar por amor al arte.
Raúl Rodríguez Cetina murió en la más completa dignidad hace un par de meses, solo, en su humildísimo hogar, ante su mesa de trabajo y seguramente, escribiendo.
Gran parte de la obra de Raúl es autobiográfica. Él reivindica a los que se niegan a ser incorporados a una sociedad que se guía por los valores difundidos por la televisión más infame y el opresivo sistema que usa a las personas al máximo de su capacidad y luego las desecha.
Raúl nos habla desde múltiples marginalidades: la social, a pesar de que fue un escritor altamente dotado, se mantuvo siempre al margen de las mafias literarias, los premios venales y la literatura chafa entronizada por los compadrazgos y los pactos de amiguismo epiliterario.
Desde una marginalidad también sexual luego de que pudo haber creádose un público fiel entre los militantes homosexuales, luego de su gran novela --opera prima-- El desconocido.
Raúl era un tipo muy callado, tímido. Uno jamás se esperaba que ese muchacho de apariencia tan simple fuera un formidable escritor. Recuerdo a Raúl indeciblemente embriagado (igual que yo), en un bar cerca del metro Revolución. Uno de sus “amigos”, antítesis por cierto de Raúl (mediocre novelista pero astuto crítico o más bien hombre oportunista con las frases más correctas para halagar y alabar a los poderosos de las diversas mafias: un triunfador pues. Por supuesto mucho más famoso de lo que Raúl jamás soñara para sí), le decía “Muñeco, ahora báilanos la danza de los siete velos”, e invitaba al resto de los convidados a burlarse de Raúl. Recuerdo que salimos Raúl, el crítico de marras y el que esto escribe de ese bar, Raúl y yo íbamos tambaleándonos y tomamos un taxi cuyo chofer sacó de la guantera una botella de Añejo de Bacardí y nos ofreció. Sólo Raúl y yo, completamente borrachos, aceptamos la invitación a ese suicidio… y lo pagamos. Nuestro estado de vigilia fue recuperado al día siguiente, con el descubrimiento de que nos habían robado algo más de 10 mil pesos. Nos dejaron tirados en Garibaldi.
Finalmente Raúl dejó una obra superior a muchas otras que hoy gozan de un convenenciero reconocimiento, mientras que la de Raúl, por el momento, está poco conocida y peor evaluada. Sin embargo, como sabemos, el mejor juez será el tiempo y los autores que, como Raúl, han encontrado el elíxir de la vida perdurable, han creado el arte, sobrevivirán, como ocurre siempre. Sin duda, la obra de Raúl Rodríguez Cetina, más pronto que tarde, será reivindicada.
Raúl murió en noviembre de 2009, en su pequeño departamento de la colonia Federal y nació en 1953, en Mérida, Yucatán. Escribió las novelas El desconocido, Alejamiento, Flashback, Fallaste corazón, Lupe la canalla, El pasado me condena, Ya viví, ahora qué hago. El libro de cuentos Bellas en su abandono y una cantidad desconocida de ensayos y artículos periodísticos que publicó en El Universal y entre los que destaca su galería de grandes mujeres.

martes, 15 de septiembre de 2009

Zoe

Zoe

Pterocles Arenarius


Yo quería una niña. Una chiquita normal y común como cualquier niña. Una niña a quien alimentar, cuidar, divertir, enseñar el mundo. Convivir. Alguna vez soñé que una mujer que no quisiera a su niña, que existen, por razones espantosas y degradantes que sean, una mujer bien podría regalarme a su niña. También, tratando de tener los pies sobre la tierra pensé en acudir al DIF y solicitar una niña en adopción legal. Es requisito estar casado, uno entre dos mil a cual más riguroso. Bueno, pues incurriría en tan brutal sacrificio. Casarme. Así era de grande mi necesidad de una niña. Llegó a convertirse en un dolor, en una sensación de que la vida no tenía mucho sentido sin una niña. Por supuesto que una conclusión necesaria y suficiente apareció, si estoy dispuesto a cometer uno de los más bárbaros actos que un hombre puede cometer, el matrimonio, con tal de cumplir los requisitos para adoptar una niña (con los trabajos que implicara, como convencer a la interesada, etcétera), bueno, si es así, para qué la adopto, si la mujer que esté conmigo es común y normal, pues tendremos una niña propia. ¿Y cómo voy a asegurar que sea niña? Ah, conozco el milenario método que postuló Hipócrates para decidir el sexo de nuestros niños en el propio momento de concebirlos. No me lo pregunten en público porque es un poco embarazoso mencionar regiones íntimas de los cuerpos aludidos y las posturas requeridas. Pero es fácil colegir lo que, en todo caso, más nos interesaría, cómo hacer para que podamos escoger el sexo de nuestro bebé: el método tiene un sustento muy lógico. Los modernos neurólogos admiten --por las funciones que radican en cada hemisferio cerebral-- la existencia de dos cerebros físicos, uno masculino y otro femenino, puesto que está prácticamente aceptado que hay funciones más bien masculinas y otras más bien femeninas, sin que ninguna esté vedada al otro sexo. Igualmente ocurre en todo el cuerpo. ¿No es predominante la mano derecha en ciertas funciones sobre la izquierda que lo es en otras? Además Hipócrates sabía que quien decide el sexo (porque en sus gametos está el factor XX y el XY, para niñas y niños respectivamente, como hoy sabemos) es el hombre. Y puesto que tenemos dos pequeños testigos de nuestra masculinidad, uno de ellos es --o tiene que ser-- masculino y otro femenino; este mundo es absolutamente carente de absolutos, y no es uno de esos pequeños testigos absolutamente femenino ni el otro masculino, pero sí tienen uno y otro una fuerte predominancia estadística. Lo demás es simple ingenio anatómico-mecánico-erótico. Quien sepa leer que entienda.
¿Por qué una niña y no un niño? Por supuesto que busqué la explicación. Quizá hubiera una abominable patología oculta en lo más profundo de mí. No garantizo ni el sí ni el no. Pero hay un conjunto de razones perfectamente inteligibles y casi pueriles de tan sencillas. (Me perdonarán los misóginos y si no lo hacen no me importa): la vida me ha llevado a la conclusión de que las mujeres son superiores --si es que fuera posible hablar de superioridad de algún sexo--, además ellas tienen en mayor grado que los hombres las virtudes que aprecio más para los seres humanos: refinamiento, delicadeza, sensibilidad, intuición; además en ellas radica la facultad de la procreación: “El macho sobra en el universo, con la mujer habría sido más que suficiente” dice Remy de Gourmont citado por mi más que falible memoria, pero el último grito de la moda en ciencia lo comprueba, la clonación es posible sin la participación biológica del macho en ninguna parte del proceso. Creo que las mujeres son seres más completos. Los hombres son simplemente más activos por su propia incompletitud. La estadística, otra vez, demuestra que entre el sexo femenino hay un promedio de normalidad notablemente superior. Las malformaciones congénitas son más comunes en bebés masculinos. La mortandad en edades tempranas perjudica más a los niños que a las niñas. Y los desquiciamientos mentales o las sociopatías son mucho más comunes entre los hombres, de lo que dan testimonio cárceles y manicomios. Aunque, al parecer, también la genialidad extrema (que es una locura lúcida que no vacilan en llamar espantosa quienes la gozan y más bien la sufren) tiene una frecuencia más alta entre los hombres. Existe un libro formidable, un ensayo en donde el filósofo español Pepe Rodríguez nos convence de que Dios nació mujer, en donde demuestra que en las religiones originales, la divinidad era femenina. Pero lo que me definió a lo largo mi vida en favor de las mujeres es el hecho de que ellas son hermosas. “Belleza es verdad, verdad es belleza, nada más es necesario”, según John Donne a través del filtro de mi no tan confiable memoria. Siendo riguroso en extremo tengo que aceptar que mi filoginia en realidad es una elección, una cuestión de gusto. Llegué a convencerme de que, si un hombre alcanza una gran estatura humana es porque acumula en sí mismo las mejores virtudes femeninas. En suma, prefiero a las mujeres porque --quizás no en lo particular-- en lo general son, tanto para mi gusto, como para mi escaso discernimiento, superiores a los hombres. “Mientras las mujeres sostienen al universo sobre sus espaldas, los hombres abandonan sus hogares para ir a mover las ruedas de la historia” dijo García Márquez alguna vez. No faltó la ocasión en que alguien me hizo la maligna interpelación: “pues si tanta es tu admiración y tu amor por las mujeres, confiesa que te habría gustado ser mujer”; afirmación que, viniendo de quien venía era --puesto que implicaba una defección del orgullo masculino-- una acusación de homosexualidad. Mi respuesta fue una creación. Apareció natural, inmediata y clarísima, como una iluminación. “Sí, es indudable que me hubiera gustado y mucho ser mujer, excepto por una razón: que la mejor forma de disfrutar de cosa tan buena en este mundo es siendo hombre”.
Por todo eso y más, una niña. Quería una niña. En el año 99 encontré a una linda muchacha con virtudes más que plausibles para que fuera la encargada de traer a este mundo a mi niña.
Tuve que convencerla, de hecho le hablé de mi necesidad de una niña desde nuestro primer encuentro; y logré su convicción usando al máximo mis mejores facetas en todos los ámbitos. Hasta que un día bendito me exigió “quiero tener una niña, ¿cómo le vas a hacer?”. Es muy sencillo --contesté con esa seguridad masculina que jamás tiene el menor sustento ni siquiera en el que la presume y es más bien un recurso desesperado que, sin embargo, muchas veces funciona--, conozco el método hipocrático.
Y pusimos genitales a la obra.
Nueve meses después nació la niña. Este 28 de febrero hizo dos años. Hoy la niña se llama Zoe que en griego significa vida y le agregamos el nombre de su mamá, Araceli, que en latín es Ara: altar, Coeli: cielo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

150 del inicio de la victoria

150 años del inicio de la victoria

Pterocles Arenarius

Para María

En el presente 2009 estamos cumpliendo 150 años de un momento definitorio para la historia de nuestro país. Efectivamente, en el año de 1859 México se encontraba convulsionado por una cruenta confrontación entre los bandos liberal y conservador. Es en el 59 decimonónico cuando empieza a inclinarse la balanza en favor de los liberales.
Consideremos con brevedad la circunstancia mexicana a principios del siglo XIX. La independencia había concluido en 1821, pero las estructuras del poder y la organización social estaban intactas, si acaso algún número de españoles habían sido expulsados, se calcula que más del 95 por ciento de los mexicanos eran analfabetas, la población indígena, diezmada por trescientos años de opresión, vivía en condiciones que hoy llamamos de extrema pobreza, la gran mayoría de los habitantes de nuestro país ni siquiera sabía de su pertenencia a México y la desigualdad social era monstruosa, mientras los terratenientes, verdaderos señores feudales actuaban como dueños de vidas y haciendas, el pueblo sobrevivía en condiciones atroces de miseria y subalimentación que les permitían apenas no morir de hambre y la prepotencia de estos latifundistas se describe brutalmente por la abominable costumbre conocida como “el derecho de pernada” o el “derecho” de los amos para violar sexualmente a todas las mujeres que alcanzaban la nubilidad. El promedio de vida de las clases humildes no llegaba más allá de los treinta años y las rebeliones indígenas eran frecuentes y siempre ahogadas en sangre.
México se encontraba muy próximo a la disolución, a su desaparición como país, un proceso que en los hechos ya se había iniciado con la separación de todos los países de Centroamérica que, hasta antes de Panamá, formaron parte de la Nueva España, La guerra imperialista depredadora de Estados Unidos contra México en 1847 demostró que la desaparición del país era una posibilidad real y más que palpable, un fenómeno que estuvo a punto de ocurrir y en el cual México perdió más de la mitad de su territorio.
Por otra parte, en aquel momento, la iglesia católica tenía un poder como casi nunca lo había tenido en algún país en su historia, quizá con la excepción medieval. Cerca del treinta por ciento de todos los predios e inmuebles urbanos eran propiedad de esa institución.
La Guerra de Reforma se inicia en 1858, cuando el bando liberal crea la Constitución de 1857, en la que se decreta la separación de la iglesia católica y el estado, se realiza la abolición de los grandes poderes de la iglesia, entre otros, seculariza el registro de los nacimientos, matrimonios y defunciones, expropia todos los bienes de todas las iglesias de tal manera que los templos se vuelven propiedad de la nación y se instituye una república federal organizada mediante tres poderes y tres niveles de gobierno.
Para el pequeño grupo de privilegiados y para la iglesia estas reformas eran inadmisibles y, con todo su poder económico y la autoridad moral de la iglesia sobre el pueblo ignorante y la dirección del ejército, los conservadores —encabezados por Félix Zuloaga, Leonardo Márquez y Miguel Miramón— se lanzaron a la lucha contra los liberales.
Con semejantes ventajas los conservadores pronto se adueñaron de la circunstancia y muchos de los liberales debieron exiliarse para conservar la vida. En los hechos, Benito Juárez se convirtió en un presidente itinerante que debió establecer su gobierno en Guanajuato y luego en Veracruz.
Es a finales de 1859 cuando por fin entran en vigor las leyes vertebrales de la Constitución de 1857. Éstas fueron la Ley Juárez, que abolía los fueros militar y eclesiástico, es decir, puesto que tanto militares como miembros de la jerarquía eclesiástica se encontraban fuera de la ley civil ya que no podían ser juzgados por ésta, cuando cometían faltas o delitos, se encontraban impunes. La Ley Juárez obligaba a todos los ciudadanos a someterse a las mismas leyes, las que serían (teóricamente) discutidas y aprobadas por todos los ciudadanos. Así, por primera vez ocurre en México que todos los ciudadanos fueran considerados iguales ante la ley.
La Ley Lerdo, creada por Miguel Lerdo de Tejada, establecía que todas las propiedades de la iglesia serían vendidas a particulares, con el objetivo de reanimar la economía que se encontraba estancada por la improductividad de las vastísimas propiedades del clero.
Finalmente, la Ley Iglesias, que redactara José María Iglesias y en la cual quedaba estipulado que todos los servicios eclesiásticos, como el bautismo, la confirmación, el matrimonio, la extremaunción, debían ser gratuitos para los pobres.
La iglesia católica rechazó enérgicamente estas leyes, pero como respuesta sólo consiguió un decreto emitido por el general en jefe de las fuerzas liberales en ese momento, Santos Degollado, quien promulga el decreto de que los réditos de los capitales en poder del clero católico serían expropiados para sufragar los gastos de la guerra contra los conservadores.
Es en este año de 1859 cuando empieza a verse que la victoria de los liberales era posible. Termina de fraguarse en el siguiente con las victorias del general Jesús González Ortega sobre Miguel Miramón, en Silao, Guanajuato y luego en Calpulalpan, Tlaxcala y culmina en enero del 61 con la entrada en la Ciudad de México del presidente Juárez.
Con la victoria de los liberales se constituye realmente el país. Es luego de ésta, cuando por primera vez México tiene estatuto de nación y condiciones de mínima unidad. Por fortuna, las instituciones de México se han mantenido, aunque con graves desviaciones y no menos inmensos errores, sin embargo, gracias a unas sólidas estructuras de gobierno fue posible a México sostenerse como nación a pesar de las grandes hecatombes sociales como la invasión francesa y la revolución de 1910.
En los hechos, la Constitución liberal de 1857 continuó vigente, aunque reformada, en la de 1917. Objetivamente hablando es posible así, considerar a Benito Juárez y el grupo de sus colaboradores, los liberales, como los verdaderos fundadores de México.
Justo Sierra, el gran educador y jurisconsulto se refirió a los liberales del siglo XIX mexicano como “aquellos hombres que parecían gigantes”.

domingo, 23 de agosto de 2009

Los motivos de la risa

Antón Chejov, los motivos de la risa


Pterocles Arenarius




Reír, lector querido, es una de las gracias que nos aligeran la vida, nos vuelven grato cuanto ocurre en este tránsito, que muchos consideran trágico, que es la vida. El sentido de lo trágico necesita de la seriedad, es profundo, solemne. La risa encuera a la solemnidad, es inevitablemente superficial, demuestra que debajo de una vestimenta rimbombante y pretensiosa se ocultan, generalmente con vergüenza harta y fallido disimulo, las miserias. La risa es desnudez, salud y –¿alguien lo duda?– alegría. La risa nos devuelve a la superficie cuando el terrible peso de lo profundo amenaza con ahogarnos. Nos demuestra que el mundo puede ser agradablemente ligero, que todo puede llegar a carecer de importancia; extremo tan poco recomendable como todo extremo. No en balde en la edad media, nos dice Umberto Eco, los jerarcas eclesiásticos urgidos de poder y solemnidad (ergo, sobrados de miseria espiritual) destruyeron para siempre aquel pertinazmente citado y mencionado como prolijo tratado de Platón sobre la risa. Sospechamos, pero jamás sabremos qué dijo el sabio socrático, hemos perdido un motivo de deleite, del regocijo. Las circunstancias nos indican que no fue una pérdida menor. Pero consolémonos, lector ingente, por fortuna el humor es veta exuberante en el arte en general. Dice el erudito Paulo G. Cruz que “Dos cosas permitió Dios que Adán y Eva rescataran del Edén: la risa y el orgasmo”. Cuando se nos regala un motivo honesto y limpio para la risa, semejante acto es, no me contradirás, lector amable, obligatoriamente agradecible, liberador de tensiones tanto físicas como espirituales que llegaríamos, en efecto, a compararlo con el orgasmo en ciertas condiciones. Pero ¿qué es un motivo honesto y limpio que convoque a la risa? La risa no debe ser jamás causa de escarnio –lapidación del más tonto en el corrillo o de aquél que sea pillado en sus cinco minutos de inepcia–, la risa benévola y honesta no agrede ni molesta (quizás salvaríamos a la ironía en su inteligencia, su finura), la risa conmueve, aproxima a los humanos, nos da un atisbo del alma del que nos provee el objeto risible o bien del propio objeto. En realidad de ambos. La única excepción éticamente válida para ejercer el sarcasmo acerbo, convengamos, lector amigo, sea el que se ejerce legítimamente contra el poder. Por lo demás –en medio de sus engreídos rituales y protocolos–, difícilmente habrá víctima propiciatoria más ad hoc para la burla que aquellos hombres que ejercen el poder de manera desmedida e ilegítima. Y lo merecen. El humor, la burla, es el único medio de consuelo, la mínima válvula de escape para sentirnos libres de la asfixiante opresión de un poder excesivo. Pero, bien, abandonemos la tan extensa digresión, lector paciente. Estas letras se dirigían originalmente hacia la obra de uno de los padres del cuento moderno. Antón Chejov. Prolífico autor finisecular (pero decimonónico y no milenarista) que, respondiendo a las condiciones de su época, nos obsequió una ingente obra, pero además genial y no sólo eso, fundacional para la literatura del siglo que concluyó. Junto con Maupassant y Allan Poe, pero independientemente del francés y el anglonorteamericano, que son no menos geniales, Chejov renueva, airea y refunda el género breve. Sus vertientes son ajenas a las de aquéllos y absolutamente personales y propias del espíritu ruso. Chejov nos remite, casi en cada una de sus obras, a la particularidad minimalista de una humilde persona de la más popular vena. Y la imagen espiritual es gozosa. Gracias a Chejov, inteligente lector, diremos, los rusos son personas benévolas, ingenuas, desbordadas en ciertas actitudes sensibleras, risiblemente mezquinas, víctimas de supersticiones que en realidad resultan conmovedoramente encantadoras. Son como casi todos los seres humanos. Vivir en Rusia, entre esos rusos, ¿quizá en Taganrog?, donde él nació, sea tan sensiblemente grato como los propios cuentos de Chejov.
¿Pero cómo lo logra? ¿Cuál es el artificio “diabólico” dirían los inquisidores medievales para que en un momento de la lectura de un cuento chejoviano, de pronto, estallemos en carcajadas alarmando a quien nos acompaña? Vaya un botón:
Un hombre sumamente honorable, más que menos adinerado, culto –positivista ortodoxo– y de espíritu abierto según su propia valoración, asiste a una sesión de espiritismo tan en boga en aquellos años. La deliberación adquiere una creciente intensidad cuando a nuestro personaje pretendidamente le demuestran una comunicación con el “más allá”, concretamente con uno de sus propios parientes. Cuando el hombre se retira a reposar en la alta noche y en soledad se siente intranquilo, desasosegado. Su desazón se agranda cuando observa un retrato del mismo pariente difunto con quien le "establecieron comunicación" los espiritistas sesionantes. Nuestro héroe no refrenda la curiosidad, la vocación, el interés por el tema parapsicológico de la comunicación con un habitante de ultratumba, sentimientos que lo inundaran ante la presencia de sus amigos. En soledad sólo siente terror. Incluso no puede evitar que sus ojos permanezcan fijos en los del retrato de su pariente. En cierto momento, nuestro hombre puede ver claramente que el retrato le guiña un ojo. Aterrorizado corre. Busca compañía –sí, igual que un niño cuando va a la cama de los papás pidiendo dormir con ellos porque tiene miedo–. ¿El guiño del retrato fue real? Por supuesto que no, claro. Además no importa. Lo que importa es que para el personaje sí lo fue. Se derrumbó su mundo. Eso es trágico, incluso atroz. La respuesta es superficial, absurda; sí, risible. El hombre sale corriendo. ¿Huyendo de qué? Quizás huyendo de sí mismo. Quizás no soporte la excesiva cantidad de implicaciones que tiene el hecho de que un retrato de un difunto le haya guiñado un ojo. El sabe en su fuero interno que ni siquiera eso importa. Sabe que él no puede, ni siquiera le corresponde dictaminar sobre la verdad o no de un suceso: un guiño de un retrato. Dicen que todo miedo es miedo a la muerte. Entonces, la muerte, “el otro lado” se ve concretado en un gesto, en una banalidad. Es un tema demasiado profundo, la muerte es la solemnidad por antonomasia. La tragedia. ¿Como contrarrestarla?… Tienes razón, lector brillante, con la risa. Los mexicanos, recordemos, somos considerados excéntricos y mundialmente famosos por nuestra facilidad de reír ante la idea de la muerte. Chejov sabía un rato de tal concepto.
Algo, lector, nos llama la atención, ¿qué tipo de guiño fue el que le hizo a nuestro pobre caballero el retrato de su tío? ¿Fue un guiño simplemente picaresco?, quizá fuera de complicidad, pero ¿por qué no –nada se nos indica en contrario– fue un guiño obsceno que los hay? ¿Por qué no? Una insoportable vulgaridad desde el más allá, para mayor malestar del honorable funcionario de marras. La circunstancia nos estimula la imaginación y la risa se vuelve indetenible. El contraste entre la idea de la muerte y un ambiguo guiño de ultratumba por parte de un retrato de un hombre que sospecharíamos más formal y seriesísimo que el mismo temeroso observador del retrato provocan un acceso, un verdadero ataque incontrolable, deleitable, saludable. Catártico. Riamos, noble amigo. Aunque procuremos no observar insistentemente retratos de difuntos y menos si son parientes, al menos no en soledad y en altas horas de la noche. El cuento se llama Los nervios y es legible en cualquier buena antología chejoviana.

jueves, 13 de agosto de 2009

El cuento

El cuento, un punto de vista general.

Pterocles Arenarius
Un cuento tiene que ser una narración maravillosa, si no lo es, no vale la pena gastar el tiempo en leerlo. Y es que el cuento es un subgénero de la narrativa que a su vez forma parte del arte creado en letras: la literatura.
El cuento tiene características esenciales que lo diferencian de cualquier otro tipo de creación literaria. Dos características son privativas del cuento, su brevedad y su unicidad anecdótica, esto último, en otras palabras, el hecho de que un cuento es anécdota, una sola anécdota. Acaso el cuento se permitiera incluir más de una anécdota para reforzar el efecto, su objetivo último. El cuento es, pues, una narración de efecto, de un solo, íntegro y devastador efecto. Un gran cuento, decía don Edmundo Valadés, es el que se lee de una sentada y se recuerda toda la vida. Así debe ser de poderoso el efecto de un cuento.
La estructura del cuento suele ser el modelo canónico ―diríamos arquetípico― propio de toda exposición, dicha estructura consiste en introducción, planteamiento de un conflicto, desarrollo del conflicto, clímax del conflicto (también llamado nudo) y desenlace o final. Con la salvedad que en otro tipo de exposiciones no se incluye la palabra conflicto.
En resumen, el cuento es fundamentalmente anécdota y su objetivo es un solo efecto y su extensión es tan breve como sea posible, ya que una de las condiciones de la estética es la economía de recursos, es decir, el máximo de significado con el mínimo de palabras.
De lo anterior colegimos que todo recurso expresivo utilizado en la narración que pretenda ser cuento, debe estar al servicio de la anécdota. Toda descripción, toda acotación, diálogo, circunstancia, incidente o referencia deben estar al servicio de la anécdota. Si no ocurre así, aquello ―que debiera ser un recurso para elevar el texto― se convierte en un distractor, en un objeto ocioso sin función en el cuento, sin objetivo en el ensamblaje que tiene por razón de existencia impactar con el efecto final del cuento.
Examinando las partes del cuento que han sido mencionadas líneas arriba, anotemos que la introducción adquiere un relieve especial, porque en ella radica la primera impresión de la narración. La primera frase, a lo más los dos primeros renglones tienen que ser extraordinariamente atractivos de alguna manera para el lector. Plantear una incógnita, introducir una atmósfera, sorprender al lector, desconcertarlo, al fin, seducirlo. Mejor habría que decir, iniciar la seducción. Toda obra de arte debe tener por objeto seducir a su espectador. La obra literaria, como casi ninguna otra, está dirigida mucho más al intelecto que a las emociones u otras partes de la psique de la persona, si bien el objetivo serán en gran medida las emociones, pero a través del tamiz que constituye el intelecto, de entrada para descifrar los signos gráficos.
El planteamiento tanto como el desarrollo de la narración deben tener como condición imprescindible incrementar la tensión de la narración. Aumentar su interés. La anécdota del cuento es siempre un conflicto, un enfrentamiento en donde un ser humano, el protagonista del cuento, se encuentra y se confronta con otro personaje, el antagonista. Ahora bien, este personaje que constituye la oposición al protagonista o “héroe” de la historia, puede tener muy diversas índoles. Bien puede ser la naturaleza o Dios o un animal, un ser del otro mundo e incluso el propio protagonista que se enfrenta a sí mismo. El héroe puede tener un destino feliz y triunfar en el conflicto, o bien puede ser un héroe trágico que es derrotado y paga un precio muy alto y terrible por su derrota. Bien puede ocurrir que el protagonista sea en realidad (o aparentemente) el antihéroe, es decir, el que personifica los antivalores. Incluso podría ser el malvado. Aunque recordemos que el protagonista, cualquiera que éste sea, independientemente de los valores que personifique, es el que tiene las simpatías del lector. Difícilmente un lector permanecerá leyendo la historia de un personaje que le resulte odioso o intrascendente. El protagonista puede aparentar que es un sujeto cualquiera, pero esencialmente no lo es ya que nos plantea un drama humano muy interesante o incluso altamente conmovedor, es decir, nos obliga, en el fondo, a identificarnos con él. De lo contrario jamás leeremos semejante historia.
El desarrollo, necesariamente ha de contar con el equilibrio entre lo inteligible y lo interesante. Ni tan simple que nos decepcione ni tan intrincado que se vuelva confuso o muy difícil de entender; sobra decir que en ambos casos se destruye el interés. Salvando eso, tiene que, además, incrementar la tensión, continuar atrayendo el interés. Los recursos son múltiples, el humor, la intensidad del conflicto, la sordidez, el realismo, el candor de los personajes, su condición de malvados, etcétera. Una condición de estos recursos es la verosimilitud (palabra de que deriva de verdad y símil; es decir, que la anécdota sea muy parecida a la verdad), en la verosimilitud se encuentra la mayor parte del interés del cuento. Esta virtud es la que hace decir a los lectores “Es que así es la vida”, luego de sorprenderse, paradójicamente, de los asombrosos hechos ocurridos en la narración. Los detalles, las descripciones, los rasgos sicológicos de los personajes, se justifican sólo si colaboran a la verosimilitud del cuento.
El cuentista y novelista Eusebio Ruvalcaba dijo en cierta ocasión que el arte de escribir cuentos es muy similar al de hacer pasteles. Sostiene que se debe tener los mejores ingredientes, buena leche, muchos huevos, el suficiente dulce o la acritud o ambas a la vez, y finalmente combinarlos sabiamente. El símil es muy acertado. Buena leche para un cuentista significa el noble origen. Esto es un concepto muy complejo. La única manera, por el momento, encuentro para explicitarlo es mediante las citas de dos escritores fundamentales. Uno es el polaco Ryzard Kapuscinsky: “Ningún sujeto mezquino será un gran escritor”. El otro es el novelista argentino Ernesto Sábato: “Dostoyevsky, Tolstoi, Flaubert, fueron grandes hombres que han escrito”. Eso es lo que debemos entender por buena leche, la escurridiza idea de la grandeza de alma, de la generosidad, de la bondad, quizá del compromiso con los más débiles, digamos el espíritu quijotesco. Lo cual equivale a emitir un concepto sumamente confuso.
Otro ingrediente mencionado dice “Muchos huevos”, bueno, eso significa la capacidad de ponerle mucho sabor a los textos, mucho color. Hay quien sostiene que eso quiere decir valor. Digamos que sí. Finalmente toda narración es un retrato de la psique del autor, más aun, de su alma; exhibirse hasta semejantes profundidades requiere, sin duda, mucho valor. El dulce y lo agrio cada uno lo administra a su propio gusto y es una manera más para seducir a los lectores. Finalmente la gente puede enamorarse de un cuento, de una obra y eventualmente de su autor, hacia el cual se experimenta una inmensa gratitud por lo que nos regaló en su obra. El verdadero objetivo de la obra de arte es transformar a su espectador. Provocar en él la catarsis, la liberación, el desahogo. La obra de arte tiene que ser un acto de amor, el cual está necesariamente implicado por la seducción. Es en tales sucesos en los que se sustenta, en gran medida, toda obra de arte.
Continuando con las etapas de la estructura del cuento. En la cúspide de la tensión del la anécdota sobreviene el desenlace. Es ahí donde generalmente, pero no siempre, ocurre el último y decisivo golpe de efecto. En algún momento, se pensó que el final debía incluir la sorpresa. Grandes cuentistas probaron que no es así, que es posible hacer grandes cuentos en los que haya un final abierto, incluso anticlimático. El clímax es el momento en que el conflicto llega a una situación en la que ya es insostenible, en donde no es posible ir más allá, complicarlo más a riesgo de acabar con el interés, degradar la tensión. El final es el último golpe, porque, puesto que se trata de una anécdota, el efecto del cuento es unitario. Es decir, el arte del cuento es dotar a una anécdota de la fuerza para causar por sí misma un efecto tan poderoso como le sea posible.
Al final anotemos que, como en toda obra de arte, el cuento contiene el armonioso equilibrio entre fondo y forma, de tal manera que ambas se sustenten mutuamente, incluso se confundan y den la apariencia de naturalidad, de que aquel suceso sólo podía ser dicho de esa manera y de ninguna otra (porque así deben hablar esos personajes, porque tales palabras son las justas para las descripciones, porque no hay otra forma de contar lo que se cuenta).
En otra época era muy común que todas las narraciones se realizaran desde el punto de vista de un narrador omnisciente. En la narrativa moderna, influida por el relativismo que ha invadido desde principios del siglo XX todos los ámbitos del saber y la creación humanos, los cuentos cada vez más raramente tienen un narrador que, como Dios, lo sabe todo. Los cuentos, cuando tienen narrador en tercera persona (antes narrador omnisciente) nos prueban que éste es más bien una especie de testigo (narrateur avec, dicen los franceses), es una especie de acompañante de los personajes que de ninguna manera sabe todo y a veces ni siquiera sabe lo que sí saben algunos de sus propios personajes. Mucho más común es la manera de narrar en primera persona, en donde el protagonista es el propio narrador o al menos un personaje secundario que acompaña al protagonista. El punto de vista de la narración ha terminado por convertirse en uno de los elementos más importantes de la obra literaria, pues desde el punto de vista en que se observan los sucesos contados se determina la emoción que se imprimirá en la narración, es un elemento central de la verosimilitud y otorga al lector un sitial privilegiado desde el cual considerar la narración, si bien implica más riesgos al escritor.

miércoles, 15 de julio de 2009

La enseñanza de ti

La enseñanza de ti
(El prodigio de habitarte)

Pterocles Arenarius



Aquí debería ir tu nombre



Aprendí la cultura de tu cuerpo.
Me exilio en ti, maravillado,
me civilizaste en tu belleza,
después me has refugiado en tu escondite secreto,
oscuro, tibio;
donde me has hecho más tuyo aun
que de mí.
Tan tuyo ya que hoy no me pertenezco.
Soy de ti, soy
de ese tu lugar secreto
donde me otorgaste el íntimo homenaje
―con que una mujer agracia―
de refrendar mi hombría.
Así es que se me dio la fascinación
de disciplinarme a la orden de tu cuerpo.
Sólo así ―como en toda tierra― es posible
el prodigio bendito de habitarte.

jueves, 28 de mayo de 2009

El imperio de la disolución

El imperio de la disolución
Pterocles Arenarius
La influenza inicialmente llamada porcina y, luego de los daños infligidos al mercado, corregida como A1-H1N, es mortal si te invade el virus, según los datos de los escasos científicos calificados que hay en México, los de la UNAM. En su momento esta epidemia fue ocultada por los funcionarios mexicanos debido a razones políticas, según Fidel Castro. Es creíble. Personalmente, antes de que estallara la paranoia colectiva atizada por la televisión, conocí dos casos, el de una infante y el de una mujer joven, que sufrieron neumonía y ambas estuvieron cerca de morir, en estado grave de salud, según los médicos, pero jamás se supo que fuera la influenza A1-H1N. Por coincidencia cuando se fue de México Barack Obama empezó la campaña de paranoia y la monstruosa retahíla de autoelogios en boca de los funcionarios. Lo cierto es que la denuncia de Castro ahí queda y las autoexculpaciones de los gobernantes mexicanos abundan para su ilegitimidad de origen.
Por otro lado, como parte de otra epidemia peor, la de los errores y brutalidades panistas que se mantiene desde hace casi ya 9 años, se dio la intentona, desde la Secretaría de Educación Pública (SEP), para eliminar la materia de Filosofía (y las relacionadas como Lógica y Ética), pero también contra la literatura (¿respetarán las materias previas relativas como la gramática?). Al parecer la decisión aún no se toma. La SEP, bajo el mando real de la corruptísima líder vitalicia del sindicato nacional de profesores, Elba Esther Gordillo, posiblemente encuentre que es inútil o al menos superfluo enseñar literatura y filosofía a aquellos imberbes de entre 15 y 18 años, nuestros adolescentes y si dicen que es así, pues dirán también que es oneroso. Este es un acto de total brutalidad contra la inteligencia y la cultura del pueblo mexicano, pero peor aun es si lo consideramos a futuro, significaría que el próximo paso será irse contra las matemáticas, contra la física y entonces ¿qué enseñarán en las escuelas?, ¿enseñarán lo que promueve la verdadera Secretaría de Educación que es la dupla Televisa-TV Azteca? Oh, maravilla, lo que nos espera son las noticias mentirosas o al menos falseadas, sesgadas; los grotescos programas de chismes estúpidos sobre la promiscuidad sexual de sus “estrellas” (llama la atención a que desde la muerte de Paco Stanley, yonqui fanático, repartidor ―en buen caló, burrero―; contrabandista y aspirante a forjador de un cártel, se han acabado ¿o acallado? las noticias sobre la afición ―no menos popular que la promiscuidad sexual― a las drogas duras, blandas y más bien sintéticas que naturales).
Es bien sabido que los talentosísimos “artistas” de televisión le meten con singular entusiasmo a todo aquello que estimule sus hermosos y trabajados ―en gimnasio pero más bien en quirófano― cuerpecitos y sus tan patéticas como endebles y disminuidas dotes intelectuales. Últimamente, desde la infausta muerte de Stanley las noticias de tal índole brillan por su ausencia, ¿será que los “artistas” ya no le meten? De la manera más franca y contundente afirmo que lo dudo, lo dudo a contracorriente de que la moda actual sea por decreto presidencial “la guerra contra el crimen organizado y el narcotráfico”, la que más bien pareciera un buen pretexto para burlar la Constitución e instalar el autoritarismo, promulgar leyes para criminalizar la lucha social y la oposición al gobierno. Así se hizo también el decreto que autorizaba a las autoridades de salud a violar domicilios y a colocar en cuarentena a “sospechosos” de sufrir la influenza famosa. Lo cual parece más bien el uso de una crisis sanitaria como pretexto para mostrar la fuerza bruta del estado contra los ciudadanos. Si bien admitamos que no se conocen casos de violaciones de domicilio ni detenciones para someter a cuarentena.
En medio de esta circunstancia aparecieron sendos libros cuya autoría pertenece a dos pájaros de cuenta: uno, Roberto Madrazo Pintado, ínclito maratonista sesentón y vencedor hasta de miles de jóvenes en la competencia maratónica de Berlín, Alemania 2008 y el otro es el prócer de la pandilla que por el momento y aun con sus divisiones domina la escena política de México, la mafia de panistas, algunos ex priístas, muchos empresarios y los más importantes medios de comunicación; el héroe en mención es el padrotito, sobornador y defraudador argentino Carlos Ahumada.
El ultracorrupto Roberto Madrazo, que no puede competir en nada si no hace trampa, en su libro, trata esencialmente de ajustar cuentas con gente como Elba Esther Gordillo, quien con tal de mantenerse en el poder ha demostrado vocación para vender su alma incluso al arcángel Miguel, ejecutor del enemigo malo, pues doña Elba Esther, por su aspecto físico y por sus siniestras acciones desde hace décadas, no puede ser sino parte de las huestes del maligno. Roberto, fiel a los condenados permanece en las filas chantajistas y, por ello, privilegiadas del PRI y su libro, más que prescindible, excepto por algunos datos de la picaresca imperante en la política mexicana, es un listado de quejas en contra de aquéllos que no lo apoyaron o lo traicionaron, como Elba Esther, en sus ambiciones presidenciales.
En tanto que Carlos Ahumada pone en evidencia a todos los que en su momento fueron señalados como miembros de la conjura que culminó con aquel berrinche de Vicente Fox: el sainete del desafuero de Andrés Manuel López Obrador, obra bufa que, sin embargo, tuvo un momento grandioso, cuando AMLO, solo contra 500 diputadetes a cual más inepto y/o corrupto, se lanzó contra todos los conjurados jugándose su propia vida no sólo política (recordamos que el difunto policía Santiago Vasconcelos se presentó a unos metros del departamento de AMLO con pistola al cinto y acompañado, muy valiente el señor, de unos diez de sus cerdos, digo, sus guaruras).
El padrote argentino no descubre nada nuevo, todo se supo en su momento: Fox, Fernández de Cevallos, Creel, Medina Mora, Macedo de la Concha y algunos otros, coordinados todos por Carlos Salinas de Gortari, ejecutaron la acción dirigida a desaforar a AMLO e impedirle que fuera candidato presidencial. Finalmente lo desaforaron, pero no pudieron impedir que fuera el candidato de la izquierda, pero, ya en el 2006 y habiendo convocado a más interesados en detener a Andrés Manuel, abriendo más el abanico de conjurados y actuando ya con operadores incluso dentro del gobierno, en el 2006 perpetraron un fraude electoral histórico para despojar a López Obrador y al pueblo de México de un triunfo en toda la línea de la izquierda, paradójicamente, derecha.
Lo exhibido por Ahumada en su libro se reforzó con las recientes declaraciones periodísticas del ex presidente Miguel de la Madrid, uno de los peores que ha padecido México, lo que ya es demasiado decir. De la Madrid, quién lo dijera, tiene cuentas pendientes con su sucesor y delfín, Carlos Salinas, pues aquel primer ex mandatario acusó al segundo de delitos que siempre conocimos, aunque De la Madrid calló de aquello de lo que nunca se ha denunciado al demoniaco Salinas, aquello que todo el pueblo mexicano sabe bien (aunque nadie, repito, se atreve a decirlo en los medios), y los únicos que no lo han descubierto son las autoridades de justicia de México, la autoría intelectual de la muerte de Luis Donaldo Colosio. Y a pesar de que las denuncias delamadridianas fueron muy leves, el demoniaco Salinas encargó a su achichincle Emilio Gamboa Patrón, proficuo diputado, a que convenciera a don De la Madrid que se declarara algo así como víctima del mal de Alzheimer para retractarse de sus acusaciones a Salinas de manera un poco menos indigna que por miedo: autoafirmándose pinche viejito loco, digamos.
Las acusaciones de tan múltiples y graves delitos ahí están, pero las autoridades de justicia, desde los millonarios ministros de la Suprema y Tremenda Corte de Justicia, no abren la boca ni siquiera para opinar sobre tan bárbaras violaciones a la ley y mucho menos sobre los bien conocidos personajes que las ejecutaron.
Entre tanto desbarajuste, entre tanta disolución y la desesperanza que provoca, el presidente, todavía considerado ilegítimo por millones de mexicanos, propone su asombroso plan Vive México, como tratando de conjurar el hecho de que México estuviera muerto. Anuncia que se trata de promover el turismo hacia nuestro país, a pesar de las balaceras de cuatro horas entre narcos de distintos cárteles o bien entre polis y narcos, también de diversos cárteles. Sin ruborizarse por saber bien que los narcos dan empleo y pingües salarios a alrededor de un millón de personas en todo el país, mientras su gobierno y sus consentidos protectores, los empresarios que lo llevaron al poder, sigue provocando ―por inepcia o por descuido, por atender más bien a los mencionados empresarios y por otras razones más pendejas todavía― más desempleo, pero el gasto corriente del gobierno (lo que ellos se autoasignan como sueldos) ha crecido, del foxato para acá, en un monstruoso 80 por ciento.
Bueno, Calderoncito convocó a gran número de “artistas” de Televisa y Tv Azteca, esos que junto con sus productores y patrones se deshocican por hacer masiva y de ser posible mundial la estupidez. El “presidente” los hizo asistir para ―en los hechos― exigirles que apoyen su plan Vive México. Y con ello dar legitimidad a su (des)gobierno. Pronunció su discurso frente a los “artistas” y, éstos, sonrientes, felices, con positivísimas actitudes, avalaron la arenga.
Y acerca de lo anterior quisiera decir que un día antes del acto de los “artistas” con el “presidente”, me bebí unos cuantos tragos, aunque incontables, con un extraordinario poeta, que no diré su nombre, sino expondré su identidad poética:
Soy, a veces, una llave de a caballo aplicada por el santo,
otras veces soy el madrazo de frustración
que un borracho deja caer sobre la mesa.
cuando era niño hice llorar a pin pon.
le pegué con su pinche peine de marfil.
a veces soy tan transparente y emocional
como una adolescente que se masturba.
soy el correveidile de la lujuria
(…)
a veces me siento como un portero
antes de que le tiren un penalti
a veces un cuento pornográfico
(…)
a veces como el cochambre que dejan
las viejas en su tanga.
soy una voz necia que pide un trago más,
soy un gancho al hígado de la realidad;
esa vieja fresa que no bebe
y que nos mantiene en sus brazos mientras
mira cómo nos destruimos.
soy, a fin de cuentas, un sicario sin balas
huyendo de la responsabilidad
de encontrar su propia muerte.
El autor de tales versos, un adorable muchacho pachequísimo y de talento poético desmesurado como lo demuestran sus versos, por azar me contó que en alguno de sus recientes momentos de esparcimiento pacheco departía con dos de las talentosísimas “artistas” que trabajan en las mencionadas compañías que tan empeñosamente difunden casi mundialmente la estupidez por nuestro espacio electromagnético. La referencia me hizo preguntarle ¿la que actúa en la telenovela fulanita y la que conduce el programa sutanito? Sí, ellas. ¿A poco esas preciosuras le meten a eso?, pregunté. La respuesta fue “ay, carnalito”.
Por eso, cuando veía precisamente en la tele la noticia del plan calderónico y observé a este (dis)funcionario con todos los “artistas”, no pude menos que pensar que mientras el señorito del poder (Calderón no es un señor, cuando mucho llegaría a señorito) hacía su arenga autolegitimadora, muchos de los chicos y chicas aquellos que le hacen a la artistiada a través de la tele, andarían más o menos en las nubes, bajo los efectos de las múltiples sustancias de vieja o muchas de nueva generación que usan para alterar su consciencia y su percepción de este mundo, aunque no tengan idea de ello, sino simplemente que sienten chido y se ponen hasta arriba, es decir, intensos para trabajar en los programas en que los contratan.
Así, en el desbarajuste de toda índole que ocurre en México, aunado al de institucionalidad, se encuentra el de que uno de los flancos más vulnerables del gobierno es el de su guerra contra el narco.
En este momento México es el imperio de la disolución y el gobierno incapaz de dar soluciones, sólo nos muestra sus intenciones de implantar la mano dura. Mientras tanto, entre alcoholismo, pobreza, marginalidad, drogas y un estoicismo heroico se incuban los grandes artistas, como el poeta citado líneas arriba. Porque el arte mexicano es e históricamente ha sido, durante treinta siglos, de primer mundo y sus gobernantes y funcionarios, de quinto.

domingo, 3 de mayo de 2009

Cristos de la Tierra

Cristos de la Tierra

Pterocles Arenarius

Para Guadalupe Méndez

Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. (…) No se conocen entre sí y son muy pobres. (…) Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano.
Son nuestros salvadores y no lo saben.

Jorge Luis Borges


Existen sujetos que suponen poseer la potestad de decirnos
Cómo vivir… en qué creer… y cuánto y cuándo sufrir…
Ellos suministran los dolores. Se hacen llamar jueces, policías,
dictadores, grandes empresarios, militares,
antes, simple y más honestamente se llamaban verdugos… o acaso monarcas…
Sujetos de esencial miseria del espíritu que supónense superiores
sobre el común de los humanos… y se creen elegidos de su Dios…
dueños de destino y vida de sus congéneres.
¿Motivos, “razones”?, les sobran: el color de la piel o de los ojos o del pelo…
Y con esa diferencia de tintura han justificado incluso el exterminio
De aquéllos que ―ellos creen― son diferentes e inferiores…

Existen otros hombres dotados de la rabia y el amor
La dignidad y la compasión. La furia junto ―oh paradoja― con el sentimiento de compartir el dolor humano.
Y éstos se arrogan, a veces sin saberlo, la misión de salvar
a la humanidad. Humildemente. Salvar a Pedro a Pancho a Juan…
A Guadalupe, Amaranta y Camila...
Que son la humanidad… el pueblo… la mayoría… los pobres…
los que generan el valor a partir de madre natura
: los que trabajan… y con sus manos han cambiado al mundo
… entre ellos surgen los salvadores, los cristos…
Y por el enemigo son templados sin piedad, endurecidos,
probados por el fuego y el dolor…
lucharán contra la depredación
los cristos son los que ―ridículos, soñadores, locos, paupérrimos, insensatos
habrán de luchar contra la opresión de la miseria (que no contra el pecado)
de los humildes… de los que trabajan
… y suelen llamarse Che, Gandhi, Zapata,
O bien Sandino…
Sandino…
Del pueblo siempre saldrá uno que tenga el tamaño descomunal de ser
tan simplemente humano. De amar tanto a sus iguales…

Y los que no aman vinieron a decirnos que Cristo nos salvó del pecado, pero
del pecado que cada cual se salve, si le parece bien.
Y si no… pequemos a discreción,
pequemos a destajo que el único pecado imperdonable es
la ignorancia, la propia dejadez o la miseria espiritual que vuelve a algunos
capaces de abusar, de explotar a otros humanos.
Fuera de eso “sigamos pecando”… La material miseria no es pecado…
Pues los verdaderos miserables son los que ansían el poder,
los que pueden matar por hacerse del poder para su beneficio material,
así de miserables son. Y no lo saben,
los que son capaces de usar como animales
a sus propios semejantes,
los que creyeran en la superioridad por cuestión de raza.
La miseria sí es pecado, pero sólo cuando es miseria espiritual…
Pues el miserable es el que al descubrir su condición anhela el poder
para ocultarse la inmensidad de su miseria
: la del espíritu…
Los hombres grandes son los cristos sandinos, los que entregan su vida
por los demás, por los humildes…
Los que encarnan al hombre más grande de la historia: Cristo, el hombre
que ―muy posiblemente― no existió, pero sobrevive
como la metáfora de la actitud suprema
que puede producir el hombre:
entregar la vida por los otros, por los humildes, por los que trabajan,
por los olvidados de la tierra y por las prostitutas.