Palindromas.
Pterocles Arenarius
La que sigue es una colección de palindromas que he ido creando en muchos años de ocio y curiosidad. Los palindromas son una maravilla, una linda satisfacción cuando uno se tropieza con uno de ellos.
Versos narrativos:
Leal a él
Leí hiel
Leí miel
Cortazariano:
Leí La Maga a Gamaliel
Pregunta:
¿Osa casero derrocar a corredores, acaso?
Opinión:
He oído a la bruta turba, la odio, ¿eh?
Teorema:
Odiar es reconocerse raído.
Sugerencia:
El amargor prográmale
Postulado:
La u trivial, la i virtual
Despechado:
Si tu cutis a él adula, Malú, dale así tu cutis
Desconfianza:
Sade, no me dé monedas
Ofrecido:
A ti pulo, Lupita
Noticia:
Allí va la ramera a remar a la Villa
Místico:
Satán apapacha papanatas
Dos orales y porno:
A la pucha chúpala
Sabrosón es seno sorbas
Consideración:
Oír es serio
Pensándolo bien:
No deseo ese don
Aclaración
Seba sólo tu poeta ateo puto, lo sabes
Al difunto:
Oí sólo caca, Colosio
Azcárraga:
Yo soy oído, odio yo soy
Dice el torturador:
Amigo, no gima
Alcahuete:
Se protege torpes
En el barco:
Robaba a babor
Imperativos:
A la tropa, apórtala
A la porra, arrópala
Abominable:
Esa gorda drógase
Extraterrestre:
Yo sólo vital platívolo soy
Chismoso:
A la Eva de peda, véala
Estilizado:
Yo haré pose de sopera hoy
Comerciante:
Yo, de la Merced, de crema le doy
Imperativos II:
Di a tu puta “id”
Di a tu perra “arre puta, id”
Deportista lesbiana:
Allí trota la tortilla
Reclamo:
Sé mamona, Noemí, meona, no mames
Nombre de casada:
Sara Macedo de Cámaras
Petición:
Ano dame de Madona
Alex, el del Tri:
A Lora caridades se da, dirá Carola
Localización:
Allí vaga la gavilla
Contra el EZLN
Anás ni Zapata, se desata paz insana
Goloso:
¿Era mota? La tomaré
Gobernantes:
El abuso súbale
Opinión profesoral:
Son mulas alumnos
Original:
Es Raúl ave rara para revaluarse
Escritorzuelo:
Serrano, no narres
Freudiana:
La mamá ama mal
Cierto cronista:
Sada narra marranadas
Vaticinio:
Oirás rock, corsario
Buscador:
Yo voy a Tenayuca, a cuya neta yo voy
Clasificación:
La u trivial, la i virtual
Calidad escasa:
¿Arrachera?, será charra.
Si le das:
A la mariachi chaira mala.
Conocedor:
Sé la ruta, natural es.
Díscolo:
Noel no da a don León
Dos alimentarios:
Échele de leche
La memela jáleme mal
lunes, 26 de septiembre de 2016
sábado, 10 de septiembre de 2016
Plaza de San Fernando
Plaza de San Fernando
Pterocles Arenarius
| San Fernando, Guanajuato |
| San Fernando y el Bossanova: casi 20 años juntos |
En aquellos años, San Fernando no aparecía en los planos de turismo de la ciudad. Entonces, los vecinos se propusieron fundar un negocio que ahuyentara a los muchachos que escandalizaban en San Fernando. Así surgió el Café Reggae. Este café puso mesas en la plaza, precisamente para ocupar los lugares en los que aquellos chicos indeseables (no los quiere la Universidad, ni los lugares en que podrían trabajar, ni, a veces, su familia y el gobierno no quiere saber de ellos. Luego, esos chicos sin esperanza, se reclutan en el crimen organizado y entonces los gobiernos y “la buena sociedad” se preguntan ¿cómo es posible que esto ocurra?, pero es inútil decírselo, porque ojos que no quieren ver no ven). En aquellos tiempos, el presidente municipal otorgó un “permiso verbal” para que el Café Reggae colocara mesas en la vía pública. Como nadie atendía como se debe, el negocio no se sostenía a sí mismo. En el año 1998, en el Festival Cervantino, llegó la señora Aracely Velázquez, que asistía cada año al FIC a vender y los vecinos le propusieron que atendiera el café, cuyo motivo de existencia era que los chicos que bebían cerveza y fumaban mariguana ya no lo hicieran ahí.
| Aracely Velázquez. Gerente y creadora del Bossanova |
Aracely, una mujer autosuficiente, gran luchadora por la vida, madre soltera, acostumbrada a la vida de dura competencia laboral de la capital del país, con experiencia en el negocio de restaurante, se puso al mando del café, le cambió de nombre a Café Bossanova.
En pocos años, el Bossanova no sólo fue autosuficiente, sino muy exitoso. Tanto que las "autoridades", en cierto momento, panistas, por cierto, intentaron cobrarle ¡medio millón de pesos! por el uso del suelo durante unos siete años. Ella les dijo "Óiganme, si no vendo drogas". Las autoridades se portaban como el crimen organizado que cobra derecho de piso por el trabajo ajeno.
Otro fenómeno que desató el Bossanova fue que muchos más llegaron a San Fernando a poner negocios de restaurantes o bares y todos pusieron mesas en la plaza. San Fernando dejó de ser un sitio tétrico, oscuro, abandonado y se volvió un pequeño emporio. Y, por supuesto, lo pusieron en los mapas de la ciudad como un lugar en el que había excelente comida y bellezas propias de la ciudad.
El café Bossanova ha recibido menciones en medios internacionales de Francia, Estados Unidos, Japón que lo recomiendan como uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
Vale anotar que el Bossanova se especializó en la elaboración de crepas. Alimento que pocos conocían en Guanajuato en aquellos tiempos. Hoy, el Bossa ha derrotado a franceses que intentaron competirle en la venta y elaboración de crepas.
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| Las crepas del Bossa. Una leyenda. |
En este momento el Café Bossanova se encuentra amenazado, junto con muchos otros negocios de toda la ciudad, por la voracidad del ayuntamiento. No conformes con cobrarles miles de pesos por “derecho de uso de suelo”, como hacen los narcos, el municipio ahora, tomando como pretexto unos estudios del INAH han prohibido a muchos de los restauranteros colocar mesas en las plazas. Varios establecimientos ya han quebrado. Pero el municipio no entiende. ¿De qué vive Guanajuato? De los servicios que da a los turistas. El Bossanova paga cinco mil pesos mensuales por unos 20 metros cuadrados de piso.
El gobierno, por otra parte, cobra ¡cinco pesos por hectárea por año! a las mineras canadienses o gringas que se llevan nuestros metales preciosos y pagan sueldos de hambre a los trabajadores mexicanos. ¿Qué significa esto? ¿Que el gobierno mexicano es enemigo de su pueblo? ¿Que son estúpidos? No. la respuesta es simple:
Significa que los gobiernos ―de todos los niveles― de nuestro país reciben mochadas, sobornos de las empresas del extranjero para permitirles robarnos a sus anchas.
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| ¿Clavillazo? y Edgar Castro Cerrillo, orgullosos priístas |
Nuestros gobernantes son personajes menores, mediocres, corruptos, viles. Personas que creen que ganar un puesto en la administración pública es sacarse la lotería. Ser funcionario es sinónimo de ser ladrón en México.
Por eso nuestro país se hunde.
Todo parece indicar que el gobierno, los gobiernos de los distintos niveles, en México, trabajan para perjuicio de sus ciudadanos. Y también que ya les urge que los mexicanos se levanten contra ellos. O para que el país termine de hundirse.
jueves, 25 de agosto de 2016
La experiencia de Pterocles por Agustín Ramos
Crítica
de la experiencia
Agustín Ramos
¿De
qué irá a servir otra experiencia electoral? Antes de tratar sobre
esa detestable farsa a la que nos somete Leviatán para legitimarse,
daré un rodeo por la experiencia según la entendería Sánchez
Ferlosio y desde el ángulo del conocimiento bergsoniano; del
significado que representa según Aldous Huxley como circunstancia
para abrir caminos y evitar tropiezos, así como del eufemismo que es
para Wilde eso que llamamos experiencia.
Rafael
Sánchez Ferlosio dice: “Las llamadas ‘experiencias personales’
quizá sean necesarias y hasta puedan reportar en ocasiones alguna
utilidad, pero es de todo punto imprudente e inadecuada la garantía
que suele atribuírseles; me refiero a la autoridad casi tiránica
con que se impone el que dice: ‘¡Es que esto yo lo he vivido en
carne propia!’; precisamente por ser las que siempre nos afectan
con placer o con dolor, tales experiencias son las más fuertemente
amenazadas por distorsiones o arreglos ideológicos.”
Henri
Bergson, en La risa, reivindica el concepto de experiencia en
contraste con la miopía propia de la especulación. Y lo hace con
una anécdota de necedad proverbial: “Se le quiso hacer ver a un
filósofo contemporáneo –platica Bergson– que sus razonamientos,
por demás impecables, eran contrarios a lo que demostraba la
experiencia. Entonces aquel argumentador impenitente dio por
terminada la discusión con esta simple frase: ‘¡La experiencia
está equivocada!’”
Oscar
Wilde, a su vez, había dicho que la experiencia no tenía más valor
ético que el de ponerle nombre a nuestros errores, mientras que para
Aldous Huxley la experiencia no es precisamente lo que nos sucede
sino lo que conseguimos hacer con aquello que nos sucede.
Mi
escritor mexicano de cabecera, Pterocles Arenarius, tiene un cuento
llamado “La experiencia” en el que resume e ilustra la coyuntura
mexicana. Un narrador bisoño asiste llevado por un agente de la
judicial a una tertulia de teporochos. Al describir sus propios
estados etílicos, clasifica así las etapas de la borrachera: “la
fase mono, en que se procura ser muy gracioso, pelar diente gratis y
ganarse unas risotadas con la mejor monería”. Luego viene la fase
león, “cuando entra lo bravo y lo muy cabrón y se cree uno capaz
de apagar un incendio a pedos”. Después se cae en la fase vaca,
“en que se muge, se rumia y ya no puede uno consigo”. Y por
último se llega a la fase cerdo, “cuando se revuelca uno entre la
propia basca”. Pues bien, cuando el narrador está en la fase mono,
adula a los ahí reunidos y recibe a cambio la siguiente respuesta
por parte de un padrote “calmudo y autocomplaciente” que forja y
rola un churro de mota:
“–Lo
que pasa es que aquí llegan muchos intelectuales. Cuates muy
huevones que… nos roban todo y luego se jactan de lo que no les
pertenece. Y el barrio no tiene ningún beneficio. Aquí hay
intelectuales del barrio, no necesitamos a los de afuera. Y tú, mi
cuate… Vienes a echarnos flores gratis. Nosotros no damos nada
gratis, tú lo has de saber. Tampoco lo queremos. Este barrio tiene
su historia y mucha gente nos reconoce. Muchos que nunca han pisado
Tepito dicen que nacieron aquí para pararse el cuello…”
Se
arma entonces la discusión. No falta quien eche en cara al patriarca
la vileza con que prostituye a las mujeres de su familia. Animado, el
aprendiz de escritor pasa a la fase león pero ya cruzado con grifa y
cuestiona al mencionado papá grande: “-¿Ha sido usted amado hasta
la muerte? ¿En su vida ha hecho algo como para que lo manden matar,
un acto de rebeldía muy cabrón y contra el gobierno o por lo menos
ha encabezado un movimiento social? ¿Nunca ha matado a un ser
humano? Algo que valga la pena.” Y así se sigue hasta sacar al
interlocutor de sus casillas.
Pero
hablando de casillas. ¿Qué pueden representar para lo que queda del
país unas elecciones confeccionadas desde la dizque insaculación,
la capacitación y el montaje de casillas con el único objetivo de
torcer la voluntad ciudadana? La experiencia ética comienza con la
autocrítica o no es experiencia. Y esa autocrítica que los
“intelectuales” reclaman a los eternos defraudados no tiene nada
que ver con la traición del chucho perredista que empezó en la
guerrilla y concluyó en la complicidad del golpe de Estado llamado
Pacto por México: la autocrítica significa disposición para
superar errores, como se ve en el libro Con las armas de la ficción,
de Patricia Cabrera y Alba Teresa Estrada (UNAM, CIICH, 2012)
martes, 16 de agosto de 2016
Héroes
Héroes
Pterocles Arenarius
El general Porquirio Puercamadre se encuentra en su oficina, la principal del cuartel general de la Policía Federal. Ha estado paseando, ida y vuelta-ida y vuelta, alrededor de la espaciosa sala que se encuentra entre su amplísimo, lujoso escritorio de caoba que pareciera reforzado, justificado por un enorme librero repleto de volúmenes en encuadernación de lujo a sus espaldas. El librero es de madera no menos preciosa que el escritorio, aunque su decorado es sensiblemente menor que el de aquél, ya que sobre esta lujosa mesa de trabajo es posible deleitar la vista ante primores de la ebanistería de algún virtuoso del más pinchurriento pueblo. El amplio espacio donde el general se ha paseado de manera tan inútil como sorprendente, separa la parte íntima de su oficina (el escritorio, el librero con la elegante cantina adosada, una escupidera del lado izquierdo de su grande y móvil silla, una caja de Cohiba y, lo que nadie o muy pocos saben: detrás del librero hay una pequeña recámara con baño completo incluido. Porque un hombre de las decisiones de Porquirio Puercamadre podría requerir ahí quedarse días y noches para estar al tanto con detalle de acontecimientos graves, cuando los hubiere. Pero esa oficina con tan grandes comodidades ―que ni la esposa de Porquirio tiene idea―, en realidad es usado para invitar a tomar la copa y también, cómo no, a coger a alguna secretaria de buen ver o amiguitas que antes le enviaba Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, por ejemplo. Maravillosa costumbre que ya perdió el rey de la basura no sólo física ―desde que Carmen Aristegui lo fulminó exhibiéndolo para conducirlo incluso al borde del suicidio, ¡pobrecito!, ya no le envía niñas, lo que aquel hombre, ex diputado, ex presidente del ex partidazo y gran señor de la basura hacía sin más interés que la mera amistad. Qué gran proveedor de carne hembril para la clase política era ese gordo, carajo. Y además no eran putas, sino mujercitas trabajadoras. No cabe duda que era un genio.
Pero decía que la parte íntima de la oficina está separada de su parte pública por esa amplia área por donde ha caminado tan ansiosa como furiosa y no menos estúpidamente el general.
En el otro extremo se encuentra un amplio espacio más, pero éste está ocupado por una gran mesa mucho más austera que el escritorio, en ella hay hasta veinte lugares que están señalados por sendas sillas, es para llevar a cabo urgentísimas reuniones en las que se decide el futuro de México y sus ciento veinte millones de habitantes y en la cual ha tenido el honor de recibir dos veces hasta el momento al presidente más pendejo de nuestra historia entera, al que no llamaremos por su nombre porque no es necesario y es posible que se ofenda.
Porquirio está furioso. Conteniendo apenas la rabia se sienta apresuradamente cuando su secretaria le avisa a través del sistema electrónico intercomunicador de última generación que el general usa en su lugar de trabajo. Una vez instalado contesta.
―Dígame, Laurita.
―General, lo busca el comandante Putrefacto.
―Putrefacto… Muy bien, señorita, hágalo pasar. ―Puercamadre oye los pasos del comandante Sanguinario Putrefacto aproximarse y adopta una actitud hierática, impenetrable, meditabunda e incluso solemne.
―Buenas tardes, mi general.
―Siéntate, Putrefacto. ―Sanguinario Putrefacto se ha cuadrado muy marcial él, sonando los tacones al tiempo que llevaba vigorosamente la palma derecha, tensa hasta el quepí y lo volvía a su costado, en un acto de estudiada perfección. ―Gracias, mi general.
―Dime qué quieres… ―el general parece a punto de estallar pero da la impresión que con gran esfuerzo logra controlarse.
―Mi general, la tropa ya tiene tres horas formada en el patio. Los tenemos en posición de firmes. Un par de muchachos ya se doblaron y…―Porquirio lo interrumpe:
―¿Qué hiciste con ellos?
―Bueno, los mandé a la enfermería porque…
―Es que tú eres pendejo, ¿verdad, Putrefacto?, ¿o te valen verga mis órdenes?
―Mi general, es que de plano ya no aguantaron…
―Eres una chingadera, has convertido a esa punta de pendejos en una cáfila de vacas echadas. Mándalos sacar de la enfermería y los pones encuartelados quince días. Cabrones baquetones, si no tienen madre. Y tú no sirves más que para secundar sus chingaderas. Pinche punta de güevones…
―Mi general, es que ya son tres horas y apenas ayer regresaron de Oaxaca, muchos están golpeados y…
―¡Cállate y no los justifiques! Son un hatajo de cobardes y pendejos. Pero ahorita me van a oír estos hijos de su chingada madre ―Porquirio Puercamadre se levanta furioso de su gran silla, se pone la casaca de general cargada de condecoraciones y se ajusta el quepí y camina tan apresurado que trastabilla y por poco se cae al tropezarse con una de las garras de león tallada preciosamente en la madera, como pata de su propio escritorio.
Sale de su oficina. Pero antes toma una precaución, dice a Laurita: ―Linda, comunícate con mis muchachos, ya sabes, el capitán Puerconio y dile que lo necesito con su gente lista en tres minutos en el patio central― Camina entre pasillos. Está tan furioso que duda, parece extraviado; gracias a eso, su subalterno, el comandante Sanguinario Putrefacto se le adelanta corriendo y llega hasta donde está un gran patio en le cual se encuentra toda la tropa de policías federales que en realidad son soldados del glorioso Ejército Mexicano habilitados como policías e incluso más sobajados todavía, pues los han usado como viles granaderos para que, como tales, se enfrentaran a la gente de Nochixtlán, Oaxaca, que mantenía un bloqueo carretero en apoyo a los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Sanguinario llega jadeando y les grita:
―Aaaatención… Firms… iiai ―con un grito enérgico y agudo, muy raro, pero no menos hecho, practicado miles y miles de veces. Los militares que han sido habilitados como policías se desconciertan. Ver a su jefe que llega corriendo como un vil mandadero, pálido y descompuesto, gritándoles así, hace que corran, se arreglen la indumentaria colocándose el gorro plegable con el mayor apresuramiento. Algunos ni siquiera reaccionan a tiempo; se forman de manera más que precaria y así son encontrados cuando llega el general Porquirio quien se detiene y los mira con gran desprecio,como si mirara una gran piara, mientras terminan de hacer la formación.
Sanguinario les grita a-aaatenció…, firm… iiai…
―Traime un micrófono, porque tengo que decirles algo a estos cobardes… ―dice Porquirio Puercamadre a Sanguinario Putrefacto. Éste se cuadra como siempre, muy marcial y hasta violento.
―¡Sí, señor!… ―y va casi corriendo a una puerta del gran patio y sale igual de veloz con el micrófono inálambrico. A la vez ha echado a andar la alimentación eléctrica y encendido el aparato de sonido del cuartel; mientras tanto el jefe, el general Porquirio se pasea frente a la soldadesca, sin mirarlos, como conteniendo la furia a duras penas. El subalterno le da el micrófono al general, pero éste lo rechaza diciéndole:
―Pruébalo.
―Sí, señor… Bueno, bueno, probando, uno-dos-tres-cuatro-cinco-se…
―Trae acá, con una chingada. ―Le arrebata el aparato, pues observa que sus muchachos ya vienen; son quince soldados de sus mayores confianzas, todos se ven escrupulosamente armados marchando en la más impecable formación, como si rindieran honores a la bandera; su Capitán Puerconio Malamadre avanza con marcialidad al frente; entonces sí, el general se lleva el aparato amplificador de sonido a la boca y se aproxima a la tropa que, por fin, está en perfecta formación.
Los mira como si los retara. Carraspea ante el micrófono y dice:
―Ustedes fueron a Nochixtlán, Oaxaca, en una misión muy delicada. Hace una pausa dramática y mira directamente a los ojos a algunos de los soldados. ―Y no cumplieron con lo que se les encomendó. ¡Se portaron ejemplificando dos adjetivos que en este momento les voy a decir: fueron cobardes y pendejos!
“Cómo es posible creer que a una fuerza armada, con estudios, capacitada, adiestrada, sometida al mejor entrenamiento militar de México, se le haya ido de las manos la situación frente a una bola de indios patarrajada de un pinche pueblo miserable y situado en el culo del mundo.
“Son ustedes una pinche punta de gallinas. Carajo, a un soldado se le cae la cara de vergüenza de ser tan pendejo como ustedes. Si iban a matar hubieran matado bien. Salieron con su chingada batea de babas, qué poca madre tienen, de veras… Si ya habían matado, si ya habían usado armas largas, pues usarlas bien, con una chingada… ¿No han oído que la pistola, cuando se saca, se usa y si no, mejor ni se saca? Ya que son unas pinches bestias, pues ser bestias pero bien, carajo, bestias a lo grande, no así, bestias a lo mezquino, bestias a lo pendejo. Mataron a once y no hicieron bien nada. ¿Por qué? En primer lugar por cobardes. En segundo lugar por pendejos. ¡Con un carajo, si ya habían disparado, ya habían sacado armas largas, pues a matar indios, chingada madre! Si haces una pendejada pues hazla bien. Si matan a cincuenta de esos pinches indios a setenta o cien, les apuesto que hasta toman el puto pueblo y nadie se les opone. Ya luego hubiéramos visto como tapar todo. ¿No saben lo que se hizo en el glorioso año del 68, ¡salvamos a la patria del comunismo!, no saben lo que se hizo con los cuarenta y tres? ¿No saben que nunca ha salido lo cierto en esos y en muchos más casos? Es que con ustedes no se puede, chingada madre.

“Qué pendejada tan grande. Somos el ridículo nacional.
“Qué pendejada… Y ahí estamos nosotros, el coronel Marraniento Comemierda, el Capitán Presunción del Gargajo y yo. Y yo, el general, su jefe, chingada madre, diciéndole cualquier pendejada, inventando a ver qué puta mentira se nos ocurría para decir a la prensa para encubrir sus pendejadas, poniendo la cara por ustedes para que nos salieran con su estupidez.
“Ahora los pinches indios ya nos la voltearon. Ahora nos están acusando de asesinos, mentirosos y cuanta chingadera se les ocurre, soliviantados por los subversivos de todas las izquierdas y las o-ene-gés. Ya nos echaron encima a los de derechos humanos de todo el mundo, carajo. Chingada madre, cómo pudieron ser tan cobardes y tan pendejos.
El general Porquirio Puercamadre hace una larga pausa. Se hace ver terriblemente indignado, rojo de ira. Camina lentamente ante los soldados como reflexionando. Luego se vuelve hacia ellos y les dice:
―Si hubieran sido un poquito astutos, estratégicos, valientes, se hubieran replegado. Cuando la indiada los atacó a pedradas protegerse con los escudos, replegarse, invitar a los pendejos estos que andan ahí de periodistas, pero con mucho más énfasis a los que son nuestros amigos, los de Televisa y de Tv Azteca, nada más a ellos, que tomaran con todo detalle la acción, la turba de aborígenes enfurecidos sin razón atacándolos y ustedes aguantando, sin responder, replegándose, incluso hubiera sido formidable que entregaran a los indios a uno o dos elementos para que la indiada, tan pendeja que es, los maltratara, los linchara. Y así, al día siguiente, luego de que nuestros grandes amigos, Carlos Marín, Ricardo Alemán, Loret de Mola, López Dóriga, algunos más, concitaran la indignación de la vox pópuli, los acusaran de secuestro, linchamiento, brutalidad, asesinato, ¡terrorismo! y todo lo que quisieran y nos pidieran ¡ya, la acción! contra esa bola de cabrones indios levantiscos.
“Pero no. Como perfectos estúpidos ni mataron para someter ni se replegaron para criminalizar a la indiada. Hicieron todo a medias.
“Qué gente tan pendeja, Dios mío. En balde tantos millones para adiestrarlos, armarlos, darles el alimento, sostenerlos…, ¿para qué, carajo?”
De pronto se oye una voz por allá atrás, entre la quinta o séptima fila.
―Mi general, la gente estaba muy brava. Peleaban como desesperados. Los balaceamos como para matar a cincuenta o cien, como usté dice, pero…
―¡Cállese!… ―Lo interrumpe Porquirio―… ¡Nadie le ordenó hablar! ¡Salga de la formación, ya! Dé tres pasos al frente. ―El soldado aparece marchando con solemnidad y se atreve a hablar de nuevo.
―Mi general, usté no estaba allí, era todo el pueblo y estaban bien enojados. Hasta las mujeres y los niños… Nos recordaron que en Atenco violaron a las mujeres… Defendían a sus mujeres, a sus hijas. Herimos de bala a más de cien…
―Dije que se calle, hijo de su chingada madre…
“Comandante Capitán Puerconio Malamadre, arreste a este imbécil, digo, a este elemento. Lo somete a tres meses de encuartelamiento incomunicado al exterior y con trabajos forzados. ―Dos elementos del estado mayor del general se dirigen al soldado con sus metralletas, lo someten, le ponen unos grilletes y se lo llevan marchando en medio de ambos.
―Por esta vez perdimos. El ejército perdió la batalla de Nochixtlán; aunque por hoy estamos uniformados de policías, el que perdió fue el Ejército, la Fuerza Armada de la Nación. Y eso ocurrió por la ineptitud de los mandos y la cobardía de la tropa. Era cosa de matar. Matar, como de cualquier manera lo hicieron, pero matar bien. Matar en grande, para que los pinches indios aprendan y también escarmienten, para que sepan que nosotros no nos andamos con chingaderas. Pero no así, a lo pendejo. Ahora, ustedes lo van a ver, en donde quiera que vayan se les van a poner al brinco los indios. Con esto ya se envalentonaron. Ahora tendremos que cambiar la estrategia. Vamos a tener que modificar todo, los de la política van a hacer sus pendejadas para ponernos más… ―se vuelve casi de espaldas a los soldados, de pronto pareciera que no se había dado cuenta de que pensaba en voz alta y que de pronto, de manera inopinada, reaccionara:
―¡Lárguense de aquí, no quiero verlos! A chingar a su madre todos. Están arrestados por una semana y sin comunicación hacia afuera. A chingar a su madre, cabrones cobardes.
“Y usted, Sanguinario Putrefacto, véngase conmigo a la oficina”. ―Le dice al oficial que estuviera al mando del operativo.
Una vez en la oficina el subalterno trata de justificarse de las violentas acusaciones del general.
―La gente estaba furiosa. Se portaron, la verdad, muy valientes. Les tiramos cientos o miles de balazos. Herimos con arma de fuego a más de cien. No era posible enfrentarlos cuerpo a cuerpo, nos superaban. Si lo hubiéramos hecho habría sido una catástrofe. Retroceder era una opción, pero hubiéramos necesitado tener muy bien planeada la acción para que se hiciera el escándalo mediático de que nos habían agredido. Pero no fueron tan tontos. No cayeron en nuestras provocaciones, sólo hasta que los atacamos nos respondieron pero de una manera tan intensa y tan grande en lo cuantitativo que no nos lo esperábamos. Nos sorprendieron.
―Sanguinario, no sirves para nada; ya mejor ni hables, te estás perjudicando más. Fírmame aquí… es tu baja definitiva e irrevocable.
―Mi general, no…
―Mira, por el momento te llevó la chingada, ¿está claro? Pero también tenemos que considerar que, así como no hay un gran hombre que no tenga un pasado, tampoco hay un imbécil que no tenga un futuro. Tu condena en realidad es merodear por las afueras. Eres un hijo de la chingada. Tú sabes bien que aquí sólo tienen futuro los que se atreven… los que se atreven a lo que sea. Para entrar a los lugares grandes tienes que hacer algo grande. Y en este momento los lugares grandes de este país los ocupamos nosotros. Así que lo que tienes que hacer es un gran crimen. Tienes futuro.
―Entonces, ¿sigo adentro, mi general?
―Fírmale, cabrón…
―Ya te llevó la chingada. Ahora tienes que hacer méritos. Nadie te está condenando, sólo que ahora estarás afuera. Y también desde afuera se pueden cometer grandes crímenes, ¿no?, tú lo sabes.
“Fírmale… Y vete mucho a chingar a tu madre”.
Pterocles Arenarius
El general Porquirio Puercamadre se encuentra en su oficina, la principal del cuartel general de la Policía Federal. Ha estado paseando, ida y vuelta-ida y vuelta, alrededor de la espaciosa sala que se encuentra entre su amplísimo, lujoso escritorio de caoba que pareciera reforzado, justificado por un enorme librero repleto de volúmenes en encuadernación de lujo a sus espaldas. El librero es de madera no menos preciosa que el escritorio, aunque su decorado es sensiblemente menor que el de aquél, ya que sobre esta lujosa mesa de trabajo es posible deleitar la vista ante primores de la ebanistería de algún virtuoso del más pinchurriento pueblo. El amplio espacio donde el general se ha paseado de manera tan inútil como sorprendente, separa la parte íntima de su oficina (el escritorio, el librero con la elegante cantina adosada, una escupidera del lado izquierdo de su grande y móvil silla, una caja de Cohiba y, lo que nadie o muy pocos saben: detrás del librero hay una pequeña recámara con baño completo incluido. Porque un hombre de las decisiones de Porquirio Puercamadre podría requerir ahí quedarse días y noches para estar al tanto con detalle de acontecimientos graves, cuando los hubiere. Pero esa oficina con tan grandes comodidades ―que ni la esposa de Porquirio tiene idea―, en realidad es usado para invitar a tomar la copa y también, cómo no, a coger a alguna secretaria de buen ver o amiguitas que antes le enviaba Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, por ejemplo. Maravillosa costumbre que ya perdió el rey de la basura no sólo física ―desde que Carmen Aristegui lo fulminó exhibiéndolo para conducirlo incluso al borde del suicidio, ¡pobrecito!, ya no le envía niñas, lo que aquel hombre, ex diputado, ex presidente del ex partidazo y gran señor de la basura hacía sin más interés que la mera amistad. Qué gran proveedor de carne hembril para la clase política era ese gordo, carajo. Y además no eran putas, sino mujercitas trabajadoras. No cabe duda que era un genio.
Pero decía que la parte íntima de la oficina está separada de su parte pública por esa amplia área por donde ha caminado tan ansiosa como furiosa y no menos estúpidamente el general.
En el otro extremo se encuentra un amplio espacio más, pero éste está ocupado por una gran mesa mucho más austera que el escritorio, en ella hay hasta veinte lugares que están señalados por sendas sillas, es para llevar a cabo urgentísimas reuniones en las que se decide el futuro de México y sus ciento veinte millones de habitantes y en la cual ha tenido el honor de recibir dos veces hasta el momento al presidente más pendejo de nuestra historia entera, al que no llamaremos por su nombre porque no es necesario y es posible que se ofenda.
Porquirio está furioso. Conteniendo apenas la rabia se sienta apresuradamente cuando su secretaria le avisa a través del sistema electrónico intercomunicador de última generación que el general usa en su lugar de trabajo. Una vez instalado contesta.
| Iconografía en las redes sobre el conflicto magisterial |
―Dígame, Laurita.
―General, lo busca el comandante Putrefacto.
―Putrefacto… Muy bien, señorita, hágalo pasar. ―Puercamadre oye los pasos del comandante Sanguinario Putrefacto aproximarse y adopta una actitud hierática, impenetrable, meditabunda e incluso solemne.
―Buenas tardes, mi general.
―Siéntate, Putrefacto. ―Sanguinario Putrefacto se ha cuadrado muy marcial él, sonando los tacones al tiempo que llevaba vigorosamente la palma derecha, tensa hasta el quepí y lo volvía a su costado, en un acto de estudiada perfección. ―Gracias, mi general.
―Dime qué quieres… ―el general parece a punto de estallar pero da la impresión que con gran esfuerzo logra controlarse.
―Mi general, la tropa ya tiene tres horas formada en el patio. Los tenemos en posición de firmes. Un par de muchachos ya se doblaron y…―Porquirio lo interrumpe:
―¿Qué hiciste con ellos?
―Bueno, los mandé a la enfermería porque…
―Es que tú eres pendejo, ¿verdad, Putrefacto?, ¿o te valen verga mis órdenes?
―Mi general, es que de plano ya no aguantaron…
―Eres una chingadera, has convertido a esa punta de pendejos en una cáfila de vacas echadas. Mándalos sacar de la enfermería y los pones encuartelados quince días. Cabrones baquetones, si no tienen madre. Y tú no sirves más que para secundar sus chingaderas. Pinche punta de güevones…
| La autoridad viola su propia ley disparando a matar contra el pueblo |
―Mi general, es que ya son tres horas y apenas ayer regresaron de Oaxaca, muchos están golpeados y…
―¡Cállate y no los justifiques! Son un hatajo de cobardes y pendejos. Pero ahorita me van a oír estos hijos de su chingada madre ―Porquirio Puercamadre se levanta furioso de su gran silla, se pone la casaca de general cargada de condecoraciones y se ajusta el quepí y camina tan apresurado que trastabilla y por poco se cae al tropezarse con una de las garras de león tallada preciosamente en la madera, como pata de su propio escritorio.
Sale de su oficina. Pero antes toma una precaución, dice a Laurita: ―Linda, comunícate con mis muchachos, ya sabes, el capitán Puerconio y dile que lo necesito con su gente lista en tres minutos en el patio central― Camina entre pasillos. Está tan furioso que duda, parece extraviado; gracias a eso, su subalterno, el comandante Sanguinario Putrefacto se le adelanta corriendo y llega hasta donde está un gran patio en le cual se encuentra toda la tropa de policías federales que en realidad son soldados del glorioso Ejército Mexicano habilitados como policías e incluso más sobajados todavía, pues los han usado como viles granaderos para que, como tales, se enfrentaran a la gente de Nochixtlán, Oaxaca, que mantenía un bloqueo carretero en apoyo a los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Sanguinario llega jadeando y les grita:
| Aviso |
| Monumento al prócer. Alrededor, la batalla |
―Aaaatención… Firms… iiai ―con un grito enérgico y agudo, muy raro, pero no menos hecho, practicado miles y miles de veces. Los militares que han sido habilitados como policías se desconciertan. Ver a su jefe que llega corriendo como un vil mandadero, pálido y descompuesto, gritándoles así, hace que corran, se arreglen la indumentaria colocándose el gorro plegable con el mayor apresuramiento. Algunos ni siquiera reaccionan a tiempo; se forman de manera más que precaria y así son encontrados cuando llega el general Porquirio quien se detiene y los mira con gran desprecio,como si mirara una gran piara, mientras terminan de hacer la formación.
Sanguinario les grita a-aaatenció…, firm… iiai…
―Traime un micrófono, porque tengo que decirles algo a estos cobardes… ―dice Porquirio Puercamadre a Sanguinario Putrefacto. Éste se cuadra como siempre, muy marcial y hasta violento.
―¡Sí, señor!… ―y va casi corriendo a una puerta del gran patio y sale igual de veloz con el micrófono inálambrico. A la vez ha echado a andar la alimentación eléctrica y encendido el aparato de sonido del cuartel; mientras tanto el jefe, el general Porquirio se pasea frente a la soldadesca, sin mirarlos, como conteniendo la furia a duras penas. El subalterno le da el micrófono al general, pero éste lo rechaza diciéndole:
―Pruébalo.
―Sí, señor… Bueno, bueno, probando, uno-dos-tres-cuatro-cinco-se…
―Trae acá, con una chingada. ―Le arrebata el aparato, pues observa que sus muchachos ya vienen; son quince soldados de sus mayores confianzas, todos se ven escrupulosamente armados marchando en la más impecable formación, como si rindieran honores a la bandera; su Capitán Puerconio Malamadre avanza con marcialidad al frente; entonces sí, el general se lleva el aparato amplificador de sonido a la boca y se aproxima a la tropa que, por fin, está en perfecta formación.
![]() |
| El mal gobierno |
Los mira como si los retara. Carraspea ante el micrófono y dice:
―Ustedes fueron a Nochixtlán, Oaxaca, en una misión muy delicada. Hace una pausa dramática y mira directamente a los ojos a algunos de los soldados. ―Y no cumplieron con lo que se les encomendó. ¡Se portaron ejemplificando dos adjetivos que en este momento les voy a decir: fueron cobardes y pendejos!
“Cómo es posible creer que a una fuerza armada, con estudios, capacitada, adiestrada, sometida al mejor entrenamiento militar de México, se le haya ido de las manos la situación frente a una bola de indios patarrajada de un pinche pueblo miserable y situado en el culo del mundo.
“Son ustedes una pinche punta de gallinas. Carajo, a un soldado se le cae la cara de vergüenza de ser tan pendejo como ustedes. Si iban a matar hubieran matado bien. Salieron con su chingada batea de babas, qué poca madre tienen, de veras… Si ya habían matado, si ya habían usado armas largas, pues usarlas bien, con una chingada… ¿No han oído que la pistola, cuando se saca, se usa y si no, mejor ni se saca? Ya que son unas pinches bestias, pues ser bestias pero bien, carajo, bestias a lo grande, no así, bestias a lo mezquino, bestias a lo pendejo. Mataron a once y no hicieron bien nada. ¿Por qué? En primer lugar por cobardes. En segundo lugar por pendejos. ¡Con un carajo, si ya habían disparado, ya habían sacado armas largas, pues a matar indios, chingada madre! Si haces una pendejada pues hazla bien. Si matan a cincuenta de esos pinches indios a setenta o cien, les apuesto que hasta toman el puto pueblo y nadie se les opone. Ya luego hubiéramos visto como tapar todo. ¿No saben lo que se hizo en el glorioso año del 68, ¡salvamos a la patria del comunismo!, no saben lo que se hizo con los cuarenta y tres? ¿No saben que nunca ha salido lo cierto en esos y en muchos más casos? Es que con ustedes no se puede, chingada madre.
“Qué pendejada tan grande. Somos el ridículo nacional.
“Qué pendejada… Y ahí estamos nosotros, el coronel Marraniento Comemierda, el Capitán Presunción del Gargajo y yo. Y yo, el general, su jefe, chingada madre, diciéndole cualquier pendejada, inventando a ver qué puta mentira se nos ocurría para decir a la prensa para encubrir sus pendejadas, poniendo la cara por ustedes para que nos salieran con su estupidez.
“Ahora los pinches indios ya nos la voltearon. Ahora nos están acusando de asesinos, mentirosos y cuanta chingadera se les ocurre, soliviantados por los subversivos de todas las izquierdas y las o-ene-gés. Ya nos echaron encima a los de derechos humanos de todo el mundo, carajo. Chingada madre, cómo pudieron ser tan cobardes y tan pendejos.
El general Porquirio Puercamadre hace una larga pausa. Se hace ver terriblemente indignado, rojo de ira. Camina lentamente ante los soldados como reflexionando. Luego se vuelve hacia ellos y les dice:
―Si hubieran sido un poquito astutos, estratégicos, valientes, se hubieran replegado. Cuando la indiada los atacó a pedradas protegerse con los escudos, replegarse, invitar a los pendejos estos que andan ahí de periodistas, pero con mucho más énfasis a los que son nuestros amigos, los de Televisa y de Tv Azteca, nada más a ellos, que tomaran con todo detalle la acción, la turba de aborígenes enfurecidos sin razón atacándolos y ustedes aguantando, sin responder, replegándose, incluso hubiera sido formidable que entregaran a los indios a uno o dos elementos para que la indiada, tan pendeja que es, los maltratara, los linchara. Y así, al día siguiente, luego de que nuestros grandes amigos, Carlos Marín, Ricardo Alemán, Loret de Mola, López Dóriga, algunos más, concitaran la indignación de la vox pópuli, los acusaran de secuestro, linchamiento, brutalidad, asesinato, ¡terrorismo! y todo lo que quisieran y nos pidieran ¡ya, la acción! contra esa bola de cabrones indios levantiscos.
“Pero no. Como perfectos estúpidos ni mataron para someter ni se replegaron para criminalizar a la indiada. Hicieron todo a medias.
“Qué gente tan pendeja, Dios mío. En balde tantos millones para adiestrarlos, armarlos, darles el alimento, sostenerlos…, ¿para qué, carajo?”
De pronto se oye una voz por allá atrás, entre la quinta o séptima fila.
―Mi general, la gente estaba muy brava. Peleaban como desesperados. Los balaceamos como para matar a cincuenta o cien, como usté dice, pero…
―¡Cállese!… ―Lo interrumpe Porquirio―… ¡Nadie le ordenó hablar! ¡Salga de la formación, ya! Dé tres pasos al frente. ―El soldado aparece marchando con solemnidad y se atreve a hablar de nuevo.
―Mi general, usté no estaba allí, era todo el pueblo y estaban bien enojados. Hasta las mujeres y los niños… Nos recordaron que en Atenco violaron a las mujeres… Defendían a sus mujeres, a sus hijas. Herimos de bala a más de cien…
―Dije que se calle, hijo de su chingada madre…
“Comandante Capitán Puerconio Malamadre, arreste a este imbécil, digo, a este elemento. Lo somete a tres meses de encuartelamiento incomunicado al exterior y con trabajos forzados. ―Dos elementos del estado mayor del general se dirigen al soldado con sus metralletas, lo someten, le ponen unos grilletes y se lo llevan marchando en medio de ambos.
―Por esta vez perdimos. El ejército perdió la batalla de Nochixtlán; aunque por hoy estamos uniformados de policías, el que perdió fue el Ejército, la Fuerza Armada de la Nación. Y eso ocurrió por la ineptitud de los mandos y la cobardía de la tropa. Era cosa de matar. Matar, como de cualquier manera lo hicieron, pero matar bien. Matar en grande, para que los pinches indios aprendan y también escarmienten, para que sepan que nosotros no nos andamos con chingaderas. Pero no así, a lo pendejo. Ahora, ustedes lo van a ver, en donde quiera que vayan se les van a poner al brinco los indios. Con esto ya se envalentonaron. Ahora tendremos que cambiar la estrategia. Vamos a tener que modificar todo, los de la política van a hacer sus pendejadas para ponernos más… ―se vuelve casi de espaldas a los soldados, de pronto pareciera que no se había dado cuenta de que pensaba en voz alta y que de pronto, de manera inopinada, reaccionara:
―¡Lárguense de aquí, no quiero verlos! A chingar a su madre todos. Están arrestados por una semana y sin comunicación hacia afuera. A chingar a su madre, cabrones cobardes.
“Y usted, Sanguinario Putrefacto, véngase conmigo a la oficina”. ―Le dice al oficial que estuviera al mando del operativo.
Una vez en la oficina el subalterno trata de justificarse de las violentas acusaciones del general.
―La gente estaba furiosa. Se portaron, la verdad, muy valientes. Les tiramos cientos o miles de balazos. Herimos con arma de fuego a más de cien. No era posible enfrentarlos cuerpo a cuerpo, nos superaban. Si lo hubiéramos hecho habría sido una catástrofe. Retroceder era una opción, pero hubiéramos necesitado tener muy bien planeada la acción para que se hiciera el escándalo mediático de que nos habían agredido. Pero no fueron tan tontos. No cayeron en nuestras provocaciones, sólo hasta que los atacamos nos respondieron pero de una manera tan intensa y tan grande en lo cuantitativo que no nos lo esperábamos. Nos sorprendieron.
―Sanguinario, no sirves para nada; ya mejor ni hables, te estás perjudicando más. Fírmame aquí… es tu baja definitiva e irrevocable.
―Mi general, no…
―Mira, por el momento te llevó la chingada, ¿está claro? Pero también tenemos que considerar que, así como no hay un gran hombre que no tenga un pasado, tampoco hay un imbécil que no tenga un futuro. Tu condena en realidad es merodear por las afueras. Eres un hijo de la chingada. Tú sabes bien que aquí sólo tienen futuro los que se atreven… los que se atreven a lo que sea. Para entrar a los lugares grandes tienes que hacer algo grande. Y en este momento los lugares grandes de este país los ocupamos nosotros. Así que lo que tienes que hacer es un gran crimen. Tienes futuro.
―Entonces, ¿sigo adentro, mi general?
―Fírmale, cabrón…
―Ya te llevó la chingada. Ahora tienes que hacer méritos. Nadie te está condenando, sólo que ahora estarás afuera. Y también desde afuera se pueden cometer grandes crímenes, ¿no?, tú lo sabes.
“Fírmale… Y vete mucho a chingar a tu madre”.
miércoles, 20 de abril de 2016
Eusebio Ruvalcaba sobre un cuento de Pterocles
Envidia
del cerdo*
| Eusebio Ruvalcaba |
Eusebio Ruvalcaba
Todo cuento está
sujeto a sus propias leyes. Todo cuento transcurre en su propio
devenir, semejante a un río que en su corriente arrastra aun las
minucias.
Quiero explicar lo que yo entiendo y comprendo del cuento intitulado
Jamonudo y Antolín. Para
empezar, me parece un cuento paradójico, en el sentido de que
canónicamente, de acuerdo con los preceptos académicos, no es ni
con mucho un cuento, sino un relato. Confluyen
en su desarrollo dos acontecimientos torales: la muerte de un puerco
a manos de Antolín Sagredo, y, justamente, la muerte de Antolín
Sagredo. Aquí un académico se daría de topes en la cabeza. ¿Cómo
es posible, se preguntaría, que en un cuento que se digne de serlo
dos hecho inusitados compitan entre sí? La respuesta es fácil. En
este cuento los acontecimientos no compiten sino se
complementan. Al punto de que al
final, uno se pregunta quién es el verdadero puerco: ¿el cerdo que
muere a manos de los niños del barrio, o Antolín Sagredo, que muere
a manos de la familia? Esta ambigüedad esta tratada con maestría
verdadera. Porque
no es nada sencillo trasladar el objeto de nuestra emoción ―sea
de odio, compasión o admiración― de un ser a otro. Maupassant
tiene un cuento en el que transfiere esta modalidad; se intitula La
vendetta
y trata de una madre que entrena una perra para que asesine a un
criminal: el asesino de su hijo. Un asesino asesina a otro, y el
lector suspira satisfecho. Si para algo se prestan las palabras
encauzadas en una narración es para esto: para trastocar ―y
trastrocar― el orden de las cosas, es decir, para darle una vuelta
a la ontología más severa con que se nos presenta la vida, y que
nosotros respetamos ignorantes de que puede ser modificada ante
circunstancias inusitadas.
![]() |
| Guy de Maupassant, artífice del género |
Pero
hasta aquí no ha quedado claro por qué Jamonudo
y Antolín
es un cuento y no un relato. A mi modo
todavía profano de ver las cosas, le adjudico el título de cuento a
toda historia que gira en torno a una misma idea y una misma emoción
(articulación sobre la que Tolstoi ya tejió el sustento). En un
relato, la pinza se abre hasta que la historia se reblandece. Dije
articulación, y quiero aplicar esa palabra al entramado entre la
muere del puerco y la muerte de Antolín Sagredo ―que los dos
tienen el paradigma del sacrificio, es otra cosa―. Con sangre fría,
el autor va describiendo paso a paso los últimos instantes del
cerdo. Incluso el lector lo aplaude, quiere más. ¿De verdad en esto
consiste la ofrenda de semejante bestia? Y por ahí se asoma cierta
compasión. Compasión que no existe, que jamás despunta, en la
muerte de Antolín Sagredo. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que un
puerco nos merezca más piedad que un hombre, independientemente de
que ambos se resistan a morir? Ésta es
otra estrategia del autor. Somos testigos de cómo este hombre
pisotea cualquier principio de urbanidad, ni siquiera de respeto. Y
estamos de acuerdo en que se le aniquile porque así y sólo así los
demás sobreviven.
| ¿Por alguna razón, en cierta circunstancia, merecerá más piedad un cerdo que un hombre? |
Es
un cuento porque desde las primeras líneas ya estamos dentro sin la
menor
posibilidad de escapatoria. No existe el mínimo
reblandecimiento en la tensión dramática ―pasar
del animal al hombre, sin que el arco ceda un ápice. Me atrevería a
decir que gran parte del peso de este despliegue narrativo cae en el
lenguaje. No es común
toparse con un lenguaje incomplaciente,
rasposo como una lija del 9, pero ceremonioso de las formas. Porque
se ajusta a la perfección a lo que el lector quiere oír. Uno como
lector elabora sus propias conjeturas. Está tan bien escrito este
cuento, que uno arma en su cabeza expresiones, preguntas y
respuestas, no en cuanto
a la trama sino en cuanto al lenguaje. Ese modo irrestricto que
tienen los buenos narradores de que las palabras se acomodan por sí
solas, como son las cosas buenas en la vida, que siempre son exactas
y precisas, a veces ante nuestro desconcierto, a veces ante nuestra
algarabía,
así transcurren en Jamonudo
y Antolín.
Al punto de que de pronto parece un cuento platicado,
este es escuchado en la boca de algún chismoso de barrio (recurso
narrativo que Pterocles hubiese podido haber utilizado pero que
habría convertido su texto, en efecto, en un chisme más, llámese
Luvina
o El
guardagujas).
| Molino de Letras publicó Jamonudo y Antolín |
Dos
puntos más en los que quiero reparar, que no por dejarlos al último
son menos notables. Uno, los nombres de los personajes, séanse
protagónicos, secundarios o meros peones. Parecen bautizados por el
demonio
mismo.
Con ese nombre no puede ser otra su predestinación más que consumar
un hecho memorable.
![]() |
| Pterocles, autor de Jamonudo y Antolín |
Y
dos, que hayan sido las mujeres las que mueven la acción. Primero,
la chica que apenas se salva de ser violada por Antolín Sagredo, y,
segundo, la madre de la chica, ha visto con parsimonia desigual cómo
aquel hombre/bestia ha hecho y deshecho a sus hijas mayores, y que
por fin se decide a intervenir cuando ve que su último bastión ―la
virginidad de su hija más pequeña―
está
a punto de ser devorada. Para rematar, aquí se trasmina una virtud
más del autor: confundir a sus lectores
bisoños entre una misoginia galopante, y una defensa de la condición
femenina. Y si
a condiciones vamos, cuán por encima de la condición humana queda
la del cerdo, que merece morir porque nace para ser muerto por las
manos del hombre. Y tan tan. Es decir, el cuento se levanta por
encima de premoniciones moralistas a que son tan afectos los
narradores enanos de espíritu. Mediocres, para decirlo en una
palabra.
La
vida se asume con sus pautas, o mejor hacerse de lado y dejar que las
cosas acontezcan.
*Reseña de Jamonudo y Antolín, cuento de Pterocles Arenarius que se publicó en la revista Molino de Letras.
lunes, 11 de abril de 2016
Cruzar cierta zona del averno
Cruzar
cierta zona del averno
Pterocles Arenarius
Son unos 20
kilómetros o quizá más, desde la colonia Moctezuma al centro de
Tláhuac. El viaje puede hoy hacerse a punta de puro metro, lo cual
no deja de ser muy ventajoso. Aunque llegando a Tláhuac se hace
necesario trasladarse un par de kilómetros más. Han de ser unos 25
kilómetros si no es que más.
| El centro de Tláhuac |
Para
moverse en la hoy llamada Ciudad de México hay que ser muy astuto.
Nunca viajar con el flujo de hora pico. En las mañanas todos van al
centro de la ciudad o sus más cercanos alrededores, nunca viajes con
ellos. Y si se trata de ir a Tláhuac, pues bien vale la pena tomar
hacia el oriente, en metro, porque temprano la hora pico es al revés,
para afuera de la ciudad va vacío el transporte. El metro cumple su
función. A la altura de Santa Martha hay que tomar un camión o una
camioneta que por tan sólo siete pesos te traslada otros doce o
quizá quince kilómetros hasta el centro de Tláhuac. Una chinga el
puro transporte. Pero así es todo en esta ciudad.
| Línea Dorada, la 12, inhabilitada por meses, llega a Tláhuac |
El
aire está pesado como pocas veces, pero los chilangos estamos
acostumbrados a tal situación. Nuestro gas respiratorio raramente
está limpio. Pocos días del año tiene buena calidad y no nos
extraña que arda un poco la garganta al respirar lo que se respira.
Hasta dónde hemos llegado.
(En
realidad por eso prohibieron fumar en todos los espacios cerrados de
la ciudad, porque las enfermedades de vías respiratorias se han
disparado y toda la culpa se la quisieron achacar a los fumadores.
Ellos se convirtieron en el chivo expiatorio. La campaña contra los
fumadores ha sido infame, los acusan del cáncer de los no fumadores
y casi los llaman criminales o al menos suicidas. Pero dos cosas,
una, con convertir en delito el que se fume en lugares cerrados no
han bajado los índices de aquellas enfermedades y dos, los
legisladores son incapaces de medidas de verdad radicales y realmente
en favor de la gente. ¿Por qué no se han legalizado y construido
masivamente los carros eléctricos si ya hay prototipos y la
tecnología está al alcance? Porque los legisladores y los gobiernos
obedecen a los dueños del dinero. Y aquéllos dicen: “Hay que
hacer que toda esa gente se mueva usando nuestros carros. ¿Que se
van a envenenar con tanta contaminación? Que se envenenen. ¿Que ya
hay tecnología para evitar la contaminación por los motores de
combustión interna? ¿Y, a mí, qué? Yo dispongo que usen esos
carros y que a los de la plebe se los lleve la chingada. Y que si
algo se va a prohibir que se prohíba el estúpido vicio de fumar.
Los ricos desprecian a lo que ellos llaman el plebeyaje, el pobrerío,
el infelizaje los he oído llamarnos.
| Campaña antitabaquistas |
(Los
sedicentes legisladores, parásitos sociales sobrepagados, con sus
honrosísimas excepciones, reconozcámoslo, son incapaces ―e
impotentes― para
prohibir la producción de autos que obtienen energía de la
combustión de fósiles. Por supuesto no es enchílame otra, sería
un conflicto complejo, pero no hay uno solo que lo haya intentado.
Están incapacitados para pensar desde lo alto, para ver los
problemas con perspectiva de amplio visaje. Eso los enfrentaría con
los poderosos, los de verdad muy poderosos. Y los diputadillos que
viven medrando cada tres años para agarrar hueso, por lo general se
venden, como las putas, al mejor postor. Por ahí no hay solución
posible).
| Diputados ineficientes |
Luego
hay que esperar un rato en Tláhuac. La gestión se lleva un par de
horas que se han pasado casi por completo a la intemperie, sumergidos
en la nata viscosa y saturada de gases venenosos que danzan en el
aire convirtiéndolo en una maligna mezcla. El malestar por respirar
aire tan contaminado no es mucho, estamos acostumbrados. ¿Pero tanto
tiempo?
Por
fin se desenreda el hilo de la gestión y se cumple el objetivo. Y
ahora vamos de regreso. Lo mejor es el metro. En taxi un viaje desde
Tláhuac hasta la Moctezuma costaría ―si
uno es buen conocedor de
las tarifas, porque si no
lo eres los taxistas te chingan; además si eres no menos
sabedor de las mejores rutas en cuanto a poco tráfico y velocidad de
desplazamiento― más
de 200 pesos, quizá unos
300 (leí que en estos días de contingencia ambiental, luego de
aplicado el doble hoy no circula, un taxi de la llamada Uber se
alcanzó la lindeza de cobrar mil 400 pesos por una dejada, en la
miseria, sería). 300
pesos que como
máximo podría pagar,
comparados
con cinco pesitos de la camioneta y otros cinco del metro, diez en
total, es justamente el cinco por ciento de los 200 y
menos todavía
de los 300. Además, en
metro y, aun en camioneta, es posible viajar leyendo; un
par de horas de lectura mientras viajas no está nada mal.
Bendita sea la lectura,
un placer en medio del monstruoso caos
de la monstruosa ciudad.
En taxi, en realidad, no
se puede leer.
| Leer en el metro |
Al
final ha sido un día, si bien productivo, también peligroso,
expuesto a gases venenosos que se encuentran en nuestra atmósfera
impunemente. Es una locura, con tal de transportarse con comodidad,
los chilangos prefieren matarse. Bueno.
La
exposición de tantas horas a tanto gas dañoso, deletéreo, lo
pagaré muy caro.
Al
siguiente día empecé con tos. Al tercero la ronquera se volvió
patológica. Lo peor del caso es que la “contingencia ambiental”,
como la llama el gobierno, no disminuía. Para la noche de este
segundo día, a pesar de que no salí más a respirar podredumbre, ya
no pude dormir. La tos se volvió implacable, tan fuerte que parecía
sin duda capaz de destrozar mi garganta, y el esfuerzo tusivo, de
romper las delicadas arterias cerebrales; además los síntomas de
una aguda infección de las vías respiratorias estaban más que
visibles.
Y
entonces vino el infierno.
A
pesar de mi renuencia permanente a tomar antibióticos, esa carrera
enloquecida de matar a los bichos que me hacen daño para que luego
se vuelvan resistentes pero luego matarlos con una droga más fuerte que la anterior
para que en la nueva generación se vuelvan más resistentes y luego matarlos con otra droga
más fuerte que la anterior para que… De locos, de nunca acabar. No, mejor tomar
antibióticos sólo hasta que de plano el puerquecito no soporte más.
Porque generalmente ―al menos en el caso de mi puerquecito― él
tiene sus medios para defenderse y lo hace, lo ha venido haciendo
maravillosamente bien durante décadas, por más que a estas alturas,
ya soy un viejo, ya no sea tan efectivo como hace treinta años. Pero
la situación de mi garganta se sentía de focos rojos. Y luego empezó, ya había empezado el catarro, pero con inquina, sañudo. La nariz fluía como si no hubiera control, los ojos lloraban, el malestar se agudizó agregándose la moquera asfixiante, el lagrimeo molesto en los ojos y los estornudos en accesos de cinco o seis.
De
pronto apareció un síntoma que me resultó extremadamente extraño.
Un dolor en lo que la gente del pueblo llama con gracia el cuadril,
es decir, la cadera, el hueso sacro y se extendía por la parte
anterior de las piernas. El síntoma es extraño, el dolor es bien
conocido. Es ese dolor que da cuando te estiras, cuando te inclinas y
tratas de tocar con la punta de los dedos la punta de los pies. Ese
dolor lo he sentido toda mi vida, afortunadamente he hecho ejercicio
la mayor parte de mi existencia. Pero ¿por qué este dolor si no hay
estiramento?, pero el dolor ahí está. Y no se quita acostado ni
sentado ni de pie, aunque en esta última postura es menos agudo. No
hay postura en la cama en la que mengüe. Pues no hay que estar
acostado, me levanto y me siento a ver el feisbuc; un rato después
ya estoy hasta la madre del puto dolor, entonces me levanto un rato. Siempre tosiendo y estornudando.
La tos viene por accesos cada dos o tres minutos, los estornudos se agregan o atacan cuando parece venir la calma. Mi mujer se ha ido
a dormir luego de hacerme un té que me salva un buen rato. La tos es
como un grupo guerrillero que ataca y se retira dejando sus daños y
poco después vuelve a hacerlo y no es posible detenerla con nada. La moquera es un río como desangrándome. Un par de horas después estaré, además, deshidratado.
Después de un rato, ya estamos a media noche, interviene la fatiga,
el sueño. Pero la tos no cede y el dolor del estiramiento sin
estiramiento se vuelve una especie de daga clavada en el centro
trasero del cuadril y en la parte posterior de los muslos. Con la
falta de sueño llega un dolor de cabeza que vuelve temible cada
ataque de tos o cada estornudo. Parece que me va a estallar la cabeza cada que toso.
Pero no puedo evitar la puta tos ni el sanguinario estornudo que, por cierto, me hace sangrar un poco la nariz. Me agarro la cabeza cada vez que
aparece la convulsión tosedora, como si con ello pudiera asegurar
que no se reventarán las venas o las arterias cerebrales.
![]() |
| Los ciclos |
El dolor
del estiramiento llega ahora hasta las mismísimas nalgas y también
aparece un poco en las pantorrillas. Tengo que cambiar de posición
cada cinco minutos para que los dolores se repartan y la tos me
permita una tregua, pero no hay tregua. Empiezo a elucubrar a qué se
debe el dolor de estiramiento sin estiramiento. ¿No tendré cáncer
en la médula ósea? ¿Por qué me duele así? ¿No estaré
descalcificado? Se reúnen la tos convulsa y el estornudo, a veces los dos al mismo tiempo, con el amenazante dolor de
cabeza, el misterioso dolor como si me estuvieran estirando sin que
ocurra, el sueño, imposible de conciliar por los dolores, por la tos, por los estornudos, por la asfixia en moco; ya me
pongo de pie y camino, ya me canso y me siento y no soporto el dolor,
entonces me acuesto y se vuelve casi insoportable el dolor, ¡por qué
si no me estoy estirando, puta madre! No hay tregua. El dolor viene y
no se va y te ataca y te tortura y no te deja descansar para que, al
agregarse la fatiga, te duela más. Pienso que quizá en otra vida
morí atormentado en el potro, esa máquina infernal que estiraba a
los herejes hasta hacerlos morir. Por verdugos de la Santa
Inquisición. Es posible. Mi alma está recordando ese momento que
tiene grabado por el sufrimiento del que fuera mi cuerpo en aquella
época. ¿Por qué no? Eso explica que ahora sea un enemigo tan feroz
de la iglesia, que sí lo soy. Por eso he publicado un libro que se
llama Apostatario (Tres ejercicios de blasfemia).
No, eso es ridículo, la reencarnación no existe. Pero este puto
dolor tan raro. He repetido varias veces ¿Dios mío, qué es esto?, dolor, tos, catarro, tortura. Y
ahora que me siento libre del dolor, me doy cuenta que era automático
eso de referirme o incluso dirigirme a Dios, porque me doy cuenta que
nunca pensé en Dios al menos de manera racional. Me di cuenta que
eso es la agonía. Un camino de dolor que sólo termina con la muerte
como descanso. ¿Será posible que me muera? Pienso que si esto se
prolongara, digamos, unos diez días sí, me muero. No soportaría
tanto. Tan poquito. Y yo que
siempre he pensado tener un umbral grande al dolor.
Es tan endeble el cuerpo. Tan delicado. Tan milagroso el estado de
salud. Véanme ahorita escribiendo casi con sentido del humor de que
me sentía de la regran chingada y hasta pensaba, en serio, en la
muerte. En mi muerte. El
dolor sostiene un duelo con la fatiga. El misericordioso cansancio
vence al despiadado dolor de estiramiento. Me quedo despatarrado,
como si hubiese estado borracho (¡ojalá
lo hubiera estado!), sobre el
sillón, piadosamente doblegado por el sueño y el cansancio.
Pero
un rato después la incomodidad y también el dolor vuelven a
despertarme al infierno. Son las tres de la mañana y, por si fuera
poco, suena la alarma sísmica. El poste que tiene una camarita negra
en su brazo dice ¡alerta sísmica!, con
su voz que, sin duda, es la de Big Brother,
el de Orwel, claro, no la mierda de Televisa; y
hay un zumbido desagradable, claro, alarmante. Mi mujer trabaja en el
centro de monitoreo de las cámaras de vigilancia, conoce bien el
sonido. Se levanta y me dice que salgamos que temblará en menos de
un minuto. Salimos a la calle. El vecino del departamento 3 está a
un tercio ―porque
no está a un medio―
de la calle. Él y su esposa
demuestran encontrarse en un estado de peda escandalosa. Intoxicados
etílicamente hasta la
coronilla. Más allá de la
felicidad y también próximos al infierno. De esas veces que ya
rebasaste con mucho los momentos felices de la peda. Se meten, no
tiembla. Fue falsa alarma. Ahí vamos para adentro. Mi mujer me
ofrece un té. Va, se lo acepto. Un masaje, gracias. Su compañía.
No, gracias, tú qué culpa tienes. “Vete a dormir, mi vida. Aquí
me quedo tomándome el tecito, gracias” y, hace bien, se va, luego
de que le explico que acostado me duele más el cuadril. Putamadre.
Putamadre. Este cuerpo es un despojo doliente que no deja de estornudar ni toser. Me miro en el espejo
pensando que, en una de ésas, esta vista de rostro sea una de las
últimas. Veo el cuadro que me hizo mi carnalito, el pintor Enrique
Ramírez, me dan ganas de llorar. Pues llora, cabrón, total, qué.
Pues ahí estoy llorando. Pero no era del dolor, sino del acto del
Quique. Cómo se pone uno de
vulnerable con apenas un poco de dolor.
¿Por qué me pintó? ¿Qué se imaginará de mí? ¿Merezco tal
homenaje? ¿O no es homenaje? Me puso las barbas más blancas de lo
que las tengo. ¿Me ve más viejo de lo que soy?
Cuando
me consuelo un poco me pongo a navegar por internet. La idea de la
muerte no se va. Me encuentro el homenaje a Mario Santiago
Papasquiaro, el infrarrealista. Lo mató un camión. Putamadre. Me
encuentro a Ramoncito Méndez, otro infrarrealista, personaje de Los
detectives salvajes del
famosísimo Roberto Bolaño, no menos infra; Ramón se mató él solo
bebiendo a lo bestia. Miro sus últimas fotos, ultramadreadísimo,
como me siento ahorita. Sé lo que viviste, carnal, está igual de
barbón que yo, pero sin canas, murió más joven de lo que yo soy.
| La muerte |
En ese momento veo a mi
muerte ahí en la puerta de mi casa. Sonríe según ella
tranquilizadoramente. Me tiemblan las corvas, me cago de miedo, se
me quitan todos los dolores. Le
tengo miedo, cómo no,
a la señora del gran poder. Ahí está esperándome, pero me
tranquiliza, no es ahorita, es…, después, Pterocles, todavía
no, no tengas miedo. Es más,
no tengas miedo ni aunque fuera éste el momento.
![]() |
| Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro |
De
cualquier manera ella está (casi) siempre esperando, hay un momento
en que ya no espera, porque ella te toma y deja de esperar y te vas
con ella al lugar de donde viniste, de donde ella te trajo. La muerte
es una madre.
Pero putamadre, a mí me está llevando la chingada de
dolores, aunque Ella me haya
tranquilizado. La tos no
cesa. Nunca ha cesado. Tengo la garganta destrozada y el cerebro a
punto de romperse por el esfuerzo de la convulsión tusiva.
Es una tos muy dura. Millones de fragmentos de mierda, residuos de la
mala combustión de los putos automóviles malditos que por millones
y millones andan ahí afuera a lo pendejo me pusieron así. ¿Hasta
qué punto esto se debe a la corrupción? No debe ser poco. Sé que
en
los llamados “Verificentros” los empleados le dicen a quienes
llevan a probar sus carros “¿Que pase o que no pase?”. Ni
uno hay que no responda,
obviamente, “Que pase”. “Bueno, mire usted, caballero, para que
pase su auto le sale, nada
más en tres mil pesitos”.
El automovilista ni le mueve, sabe que si no da los 2 mil 500 y algo
de más (la verificación cuesta 472 pesos) su puto carro jamás
pasará. Se mocha y todos felices. Este es un negociazo. Pero el
resultado es que nos está llevando la chingada. ¿Quién putas tiene
la culpa de que el aire de mi ciudad sea una mierda? ¿La tiene
Miguel Ángel Mancera? Hay que decir que este mal sujeto ha permitido
que los policías vuelvan a robar, como ya no lo habían hecho desde
hace más de una década. ¡Los policías del DF ya no robaban!
Raramente extorsionaban, porque no se acabó con eso, pero se llegó,
lo sé bien, a niveles mínimos.
| Ícono provocado por la acción policiaca real. Vale (incluso más) a pesar de las faltas de ortografia. |
Hasta empezaban a caerme bien. Pero
con Mancera regresaron a las malas mañas. Como muchos chilangos, me
siento traicionado por Miguel Ángel Mancera y procuraré por todos
los medios que no vuelva a gobernar nada el hijo de su chingada
madre. Si pudiera influiría
hasta en su propia casa, para que ni ahí volviera a malgobernar el
cabrón. Si los policías
roban casi a su antojo a los automovilistas (a mí me robaron en un
retén, ah, porque además hay retenes, en los que ilegalmente
revisan los carros que se les antoja) ¿qué no pasará en los
llamados Verificentros? Pues lo que pasa es que tenemos la puta
ciudad convertida en una cámara de gases. Qué poca madre, de veras.
![]() |
| Descontento contra Mancera |
A
mí hasta me hicieron ver a La Catrina en la puerta de mi casa. Mi
mujer me dirá,
cuando haya concluido el paso por el infierno,
que la vista de La Catrina
fue por la temperatura, que el dolor del cuadril también se
debe a lo mismo.
Que los antibióticos no actúan instantáneamente. En fin.
A
las cuatro de la mañana, convertido en un guiñapo doliente,
macerado por Mancera y los
millones de partículas contaminantes suspendidas en el aire gracias
a sus raterías, sin
esperanza y con dolores múltiples, con sentimientos agónicos,
derrotado,
misericordiosamente, otra vez, acude la fatiga a
salvarme y me derrumba en una
colchoneta vieja y sucia de mi biblioteca. Entre tres mil libros míos
y un número indeterminado del poetazo Adrián Román que me los dejó
en custodia, me quedo dormido profunda,
inconmensurablemente, como
muerto.
En
la mañana me despierta mi mujer con un cariño que siento no
merecer. Como
si hubiera despertado en la gloria por ser un buen hombre y un buen
escritor, que es, para mí, lo mismo, lo único. Con
caricias, ella,
me trae de nuevo al mundo.
No
es el paraíso por
cierto,
pero ella sabe hacerlo parecerse no tan poquito.
De
manera milagrosa
desapareció
el
dolor del estiramiento y, en
la garganta, aunque sigue cosquilleando traicionera, ya no hay dolor,
ni
la
cabeza se
siente a punto de reventar,
la tos se muestra
muy moderada y los estornudos.
Pero lo mejor es que una linda muchacha te tome entre sus brazos y te
mime. El infierno ha pasado.
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