lunes, 16 de febrero de 2026

Cuentos desde el Subterráneo, Historias del Metro

 



Invitación


  

Sería en agosto o septiembre que encontré en algún lugar de internet una convocatoria para un concurso de cuento que titularon “Historias del metro. Cuentos desde el subterráneo”. Invitaban la editorial Hilal y la Alcaldía Tlalpan principalmente, pues había otras organizaciones o empresas convocando. Desde hace quizá unos cinco o seis años tengo en mis archivos una anécdota —un abuso, uno más, de la policía contra los ciudadanos— ocurrida en el metro. Como, de alguna manera lo viví, estaba escrito en forma de crónica, así que le di una manita de gato para que se convirtiera en cuento. Se llama Tres hazañas policiacas. Además, en el taller Eusebio Ruvalcaba (en el que participo digamos como coordinador adjunto u oficioso del maestro Jorge Arturo Borja, coordinador oficial del taller que adoptó el nombre de su fundador, el propio Eusebio que trascendió a un espacio-tiempo mejor que este, lo cual hace ya nueve largos años) digo, en este taller le escuché una anécdota terrible a mi querido amigo Juan Carlos Martínez y, con su debido permiso, la escribí en forma de cuento. La trabajé con los camaradas del susodicho Taller Eusebio Ruvalcaba y el cuento terminó por ser titulado Residuos podridos de felicidad. Vi que en la convocatoria admitían, siempre y cuando se involucrase al metro, como máximo dos cuentos, en dos categorías diferentes a que convocaban, así que modifiqué un poco los dos cuentos y los mandé al concurso. Uno, el Tres hazañas… entró en la categoría de Suspenso-Thriller y el otro, Residuos podridos… lo propuse en lo que llamaron Realismo Urbano. Los dos fueron aceptados para formar parte de una antología que se formará con algunos de los cuentos —los más significativos— que se recibieron.

Los libros se van a repartir gratuitamente y la primera entrega se hará el próximo día sábado 21 de febrero en la presentación del volumen que contiene la dicha antología; esto ocurrirá en el auditorio de la Alcaldía Tlalpan a las doce del día.

Lo que sigue son los dos cuentos.

 

Pterocles en lectura


 

 

 

 

 

 

 

Tres hazañas policiacas

 

Pterocles Arenarius

(Esperarían Escultor)*


Hay un lema que siguen todos los que practican este oficio: “Si quieres llegar a policía viejo hazte pendejo”.

 

Hace un par de semanas vi un pleito en el metro. En realidad no fue pleito sino una pequeña golpiza que un policía vestido de civil le atizó a un viejo pendejo (y, quizá, borracho). Los hechos fueron como sigue:

El policía era un muchacho que acaso alcanzaba los treinta años. El viejo pendejo era un bien entrado sexagenario. El joven policía iba sentado casi dormido y, aplastado medio horizontal sobre el asiento, hacía que sus rodillas casi tocaran el lugar frente a él, con lo cual provocaba que nadie pudiera sentarse ahí.

El viejo, seguramente borracho, se empeñó en sentarse en el asiento que el policía obstruía con sus rodillas.

El viejo se metió casi a fuerza y se apoltronó. El policía se hizo el molesto y se apartó de muy mala gana, es muy seguro que trajera encima 24 horas sin dormir, pues suelen trabajar 24 horas (de actividad) por 24 horas (de descanso).

El viejo traía un paraguas, una mochila y un libro. Desafiante (quizá borracho, como ya se dijo) se sentó frente al policía. Se miraron feo los dos y noté que se empujaban belicosamente con las rodillas. El viejo se puso a leer el libro que llevaba. El policía siguió dormitando. Así se fueron desde Pino Suárez hasta Moctezuma, íbamos en la Línea color de rosa, la Uno. Ahí el viejo se puso de pie para salir, pero las largas piernas del policía le estorbaban el paso. Lo empujó, le pegó con las rodillas para hacer a un lado las piernas del estorboso policía y salió. Empezaron a insultarse: “Ora, viejo pendejo”. “Pos hágase a un lado y deje pasar, cabrón, qué no ve que está estorbando”. Se mentaron la madre mutuamente. De pronto, el viejo, furioso, le tiró un sombrillazo al policía. Éste, un joven, lo esquivó. Se levantó furioso y se abalanzó contra el viejo que esgrimió valerosamente su paraguas como defensa y le tiró un tremendo golpe de sombrilla. Pero el otro era un joven, fuerte, policía, sin duda entrenado para los enfrentamientos y, por lo menos, unos diez centímetros más alto que el viejo pendejo y borracho. El policía detuvo el golpe con asombrosa facilidad interponiendo el antebrazo. En ese momento, a causa del golpe de sombrilla, su reloj salió volando y nadie se percató. Le quitó el paraguas al viejo pendejo, le dio un par de golpes a puño limpio en la cara, en la cabeza, lo tiró al suelo de un aventón y le dio una patada en la espalda. Luego, olímpicamente, como si nada hubiera ocurrido, se metió en el carro del metro que se había detenido. Quizá, el conductor había visto la riña. El viejo no estaba de ninguna manera a gusto. Se levantó del suelo, empezó a gritar “¡Policía, policía!” y fue corriendo a jalar la palanca de emergencias que hay en cada carro del metro y que así no puede avanzar.

Llegaron cuatro policías. El viejo borracho les dijo “Aquí el muchachito me agarró a patadas en el suelo; agárrenlo”. Uno de los policías obedeció, pero el policía golpeador no perdió el tiempo, le dijo por lo bajo “Bríndame la atención, pareja, háganme el paro, no sean gachos”. Que no otra cosa se dicen los policías cuando cometen un delito o le pegan a un viejo, para que sus “parejas” no los detengan.

Y, ciertamente, lo soltaron cuando ya hasta lo habían agarrado. Y el policía que apaleó al viejo se fue caminando para salir de la estación del metro como si no hubiera pateado en el suelo a un hombre que, por la edad, podría haber sido su abuelo.

El viejo gritó a los policías “¿Por qué lo dejan ir?, ¿le tienen miedo?”, y le gritó al que huía: “¡Ven a seguirme pegando, cobarde, hijo de tu puta madre!”. Lo dejaron ir.

El viejo borracho (y pendejo) se puso a recoger su mochila, su libro, su gorra (traía una cachucha que no se había mencionado), su paraguas y, ¡oh, sorpresa!, el reloj que, nadie lo notó, se le cayó al policía a causa del sombrillazo que le dio el viejo.

Cuando terminó les dijo “Ya lo dejaron ir, ¿verdad?”. Los policías, haciéndose pendejos, no le contestaron. Uno de los uniformados le dijo: “¿Cómo pasó todo?”. El viejo pendejo (y borracho casi seguramente), indignado contestó: “¿Ya para qué me preguntas?, ya lo dejaron ir. ¿Para qué sirven ustedes? Son servidores públicos y no sirven para nada”. Y se fue.

La historia no acaba aquí.

Salimos juntos del metro Moctezuma, del lado de la colonia del mismo nombre. Hablamos:

―¿Cómo ves?, hijos de su reputa y rechingada madre ¿no? ¿Por qué dejaron ir al hijo de su puta madre que me pegó?, ―el viejo, borracho, no se había dado cuenta que el que lo golpeó también era policía (pelón, joven, desvelado y, lo más importante, conocedor de los códigos para que sus “parejas” no lo detuvieran). No se lo dije.

―Ssssí, son cabrones. Ps ya se querían ir a dormir…, por eso lo dejaron ir. Y es que luego se tardan mucho en los trámites y levantar acta y todo eso, cuatro, cinco, hasta ocho horas. Y ellos ya se querían ir a descansar.

―¿Y por eso ya te pueden matar a chingadazos en el metro sin que se pongan a hacer su trabajo los hijos de su chingada madre? ¿Entonces para qué putas sirven?

―Así son, mi amigo… ―en ese momento una patrulla apareció dando vuelta con sirena abierta por la esquina atrás de nosotros.

―¿Y estos hijos de su puta madre qué…?, ―dijo el viejo borracho. Pensé un par de segundos y le dije:

―¿Sabes qué, compadre…? Así como ves son capaces de que vienen por ti. Los mandarían los mismos policías del metro. No, si estos cabrones son una porquería. Pero no tienen evidencia de que tú eres, nada más recibieron la llamada por radio, nos quieren asustar a ver si nos echamos a correr o les tenemos miedo. Tú tranquilo ―no era necesario que se lo dijera, sino al revés, el viejo estaba encabronado y más bien había que tranquilizarlo para que no insultara a los policías. No les tenía miedo―. Si nos caen tú eres un ciudadano que no sabes ni madres de lo que pasó ahorita en el metro, porque por áhi nos van a tratar de cinchar.

Como vieron que no huimos apagaron el puto escándalo de la sirena, pero aminoraron la velocidad de la patrulla y se pusieron al parejo de nuestra marcha. No podíamos verles la cara por las luces azul y roja que emite el penacho de la patrulla, pero sin duda nos veían como su botín. Detuvieron el vehículo, se bajaron de la patrulla que atravesaron prácticamente en nuestro camino. Con la mano en la funda de la pistola, como amenazando con sacarla, llegaron hasta nosotros.

―Usté, caballero ―nos dijeron con la extraña y puta maña de los policías de llamar caballero a todo el mundo―, tiene que acompañarnos. Identifíquese. Tiene el reporte de que participó en una riña en el metro y se escapó de la autoridá ―completaron señalando al viejo borracho que me acompañaba. El viejo dejó de parecerme tan pendejo por la manera en que reaccionó:

―Mire usted, señor, ignoro a qué se refiere. No tengo idea de lo que dice. No sé ni de lejos de qué riña me está hablando. Pero sí le recuerdo que la Constitución Mexicana dice dos cosas que ahorita caben muy bien, una, que ningún acto ni reglamento ni operativo, como ustedes les llaman, está por encima de las leyes constitucionales y, dos, que también dice que ningún ciudadano puede ser molestado en su persona, propiedades o tránsito si no existe una orden judicial ex profeso que así lo establezca. ¿Puede enseñarme la orden judicial que lo autorice a interrumpir nuestro tránsito?

―No, mire, a nosotros nos dan un aviso de que un sujeto agredió a un pareja, digo a un policía en las instalaciones del metro estación Moctezuma. ―Dijo el policía como si leyera de una pequeña libreta en la que, supuestamente, habría apuntado lo que le dijeran por radio―. Y el retrato hablado es igual a usté.

―Le repito, nosotros no sabemos nada. Lamento que su colega haya sufrido una agresión y, si no tiene orden judicial que lo autorice a interrogarnos, su retrato hablado no tiene validez y hasta se me hace que no existe, así que le pido que no moleste nuestro tránsito y cumpla con la ley. Con su permiso. ―Y echó a caminar. Los policías no se atrevieron más que a, primero, quedarse parados mirándose uno al otro y, luego, regresar a su patrulla. Todavía alcancé a oír que dijeron:

―¿Cómo ves, pareja, les damos en su pinche madre?

―Yo creo que no, pareja, se ve que estos rucos se la saben y pa’qué le movemos… ―y se fueron.

Caminamos un poco, unos cincuenta metros. El viejo no tan pendejo, pero sí borracho me dijo:

―Cabrones, hijos de su chingada madre. Pobres imbéciles. ¿Quieres un pegue?, ―mientras me ofrecía una anforita de anís El Mico.

 

*Como pueden ver, Esperarían Escultor es un anagrama de Pterocles Arenarius

 

Cinco dedos, cinco libros


 

 

Residuos podridos de felicidad

 

Pterocles Arenarius

(Esperarían Escultor)

 La gente nunca está convencida de tus razones, de tu sinceridad, de tu seriedad o tus sufrimientos, salvo si te mueres.

Albert Camus

 El mérito es el náufrago del alma / Vivo se hunde, pero muerto flota

Salvador Díaz Mirón

 

Era quizá el día diez o doce en que me encontraba dedicado a beber de día y de noche sin detenerme más que para dormir y eso porque me vencían el sueño y la fatiga. Después del cuarto día me expulsaron de mi casa (justamente). Y no me preocupó.

Tenía una tarjeta de débito y una de crédito. Troné la primera aunque me tomó cinco largos días para lograrlo. Seguí con la de crédito (para desgracia de mi familia tenía diez veces más de dinero que la otra, aunque no fuera mío).

Así, el día diez, ¿o sería el doce?, amanecí dormido en un basurero de la colonia Oriental. Estaba batido de mierda de perro, todo miado y con muchas ganas de que el mundo explotara en pedazos. O por lo menos yo. Mi aspecto ya era el de una “persona en situación de calle”, como dice la hipocresía general. Me valía verga. Con el plástico mágico, entré en un “centro comercial”, porque el dinero habla, aunque mi aspecto fuera muy mugroso. Saqué más alcohol. Me robé lo más que pude de “promociones y pruebas de alimentos para el público” para comer algo. Me fui a la calle a seguir bebiendo. Como casi todos los días, me encontré con borrachos callejeros, muy amigables ellos, si les invitas un trago y me puse a “ingerir bebidas alcohólicas” —como dicen en La Prensa, El Gráfico y El Metro— con aquellos borrachitos y lo perpetrábamos en plena vía pública. La policía no molesta a los borrachos indigentes, sólo a los que se ve que pueden ser extorsionados.

Así, beber sin tregua hasta quedar otra vez bien bútago.

Y luego despertar de la involuntaria mona y sentirme un poco peor que antes. Cada vez peor. Y entonces emborracharme de nuevo para terminar inconsciente, enmierdado, roñoso, sucio, pestilente. Y despertar de nuevo para darme cuenta de que el puto mundo sigue. Cada nuevo día un poco peor.

Hasta que ya no aguanté. No se podía llegar más abajo. Me dije “Ya que chingue a su madre el mundo” y en ese momento decidí que era el momento de irme a la verga. Si no estudié leyes como quería mi jefe; no estudié sicología como decía “ya de perdida”, mi jefa. Si decepcioné a mis hermanas que, entre los reclamos y la conmiseración, eran incluso amigables; pero mis hermanos y mi padre sólo me decían “Ya párale, cabrón; si no te vamos a anexar para que te vuelvan hombrecito y se te quite tantito lo pendejo”. No me gustaba trabajar ni estudiar ni hacer deporte. Nada más iba a la escuela a embriagarme y a fumar mota o si acaso a ver si había alguna morra que quisiera coger conmigo. He sido güevón, mantenido, buenoparanada, pendejo, cachazudo, chambón, cínico desvergonzado, borracho y mariguano. Y casi todos me lo recordaban todos los días. Morir a la verga. Y ya. Caminar era molesto, hasta doloroso de tan crudo. También respirar. Pero también ver el mundo. Puta madre. Lo más sencillo y sensato era irse a la verga.

Me metí al metro Candelaria, en la línea Uno. Eran las siete de la mañana; con el frío y con una cruda de diez, ¿o doce o quince?, días, todo puerco, triste pero no, eso ya no era tristeza, era odio contra mí.

Me metí al metro.

En la dirección a Observatorio había miles de imbéciles que iban con su docilidad más estúpida a entregarle su vida a un puerco que sólo quería hacerse más rico con su trabajo, con su existencia. Cada momento que respiren es para darle más dinero a sus patrones, a los triunfadores, a los paladines del dinero y al capitalismo. A cambio de su pendeja existencia.

En Dirección Pantitlán había muchísima menos gente. Me puse en el andén del metro que va a Pantitlán. Y cuando venía el tren dije chingue a su madre dios y también el diablo y me lancé a las vías para que el tren me convirtiera en algunos kilos de carne con sangre, huesos quebrados y pestilencia pues todo queda revuelto con mierda.

Ya sé cómo es eso. Así quería que fuera: se oyen ruidos de láminas que golpean algo muy fuertemente como si el mundo se rompiera en desorden, pues están triturando a un imbécil. Se oye el frenar del metro, terrible y desesperado. Hay gritos de gente que está viendo como ocurre el asunto. Y sale humo de pronto, pero tiene un olor indefinible y repugnante, ¿mierda con hule quemado, carne pudriéndose, con el ruido de huesos que se estrellan en las láminas, el humo y la peste? Eso esperaba. Luego tenía que venir la ansiada oscuridad. Para siempre.

Sólo oí el frenar del metro. Un ruidazo horrible y largo. Algunos gritos de gente que ni sabía lo que estaba pasando y una estúpida sirena de alarma. Luego se impusieron los gritos, principalmente de mujeres. También había de hombres que ladraban tratando de dar órdenes.

Me di cuenta de que la muerte es, más que nada, quizás, confusión.

No sé por qué estaba tirado (si había caído parado) ante la carátula del tren del metro y la cara de espanto de una muchacha, la conductora, que me miraba entre el asombro, la compasión, el horror y, creí ver también, al final, un dejo de burla. “Vean, este es el pendejo que se quería matar. Quería que yo lo matara; qué poca madre. Pero ni para eso sirve el imbécil”.

Muy rápidamente llegaron cuatro policías del metro; se bajaron a las vías, la gente seguía gritando, pero ahora también había chiflidos de mentadas de madre, sin duda para mí.

—Hijo de tu puta madre, ¿qué ibas a hacer pedazo de mierda?, —me dijo un policía enfurecido, prieto y de más que notoria mala entraña.

—¿No estás viendo que es hora pico, hijo de tu perra madre?, —con odio pronunció el otro, chaparro, artero, mientras me golpeaba en el estómago.

Me sacaron de inmediato, me iban cargando entre los cuatro, porque no traían ni camilla; me levantaban de las greñas y de las patas y con la mano que a alguno le sobraba me iban golpeando en el cuerpo, donde no quedaran huellas, no fuera a denunciarlos por violar mis derechos humanos.

Me encerraron en un cuartito del andén, de ésos que no tenemos idea para qué los usan; me vendaron los ojos y me amarraron las manos por atrás, luego estuvieron insultándome: “pedazo de cagada, pobre puto culero, ¿por qué nos querías perjudicar, hijo de perra?”, y también practicaban sus mejores golpes: bofetones, patadas en las nalgas, en el vientre. Me agarraban de las greñas y me jaloneaban para atrás y para adelante o en círculo zangoloteándome, me estrellaban en la pared y cuando se les bajó el coraje seguían pegándome pero ya les daba risa.

En un momento, cuando estaban bien emputados, llegué a pensar “Si me siguen madreando así, en menos de diez minutos me van a matar. Ojalá”. Pero siguieron mucho más. Y no me mataron.

Me llevaron arrastrando, me arreglaron, me escupieron y con una jerga del suelo me limpiaron los gargajos de la cara. Me entregaron con los de una patrulla que me llevó con un juez cívico. Me acusaron de “Violar el reglamento del Sistema de Transporte Colectivo Metro, por arrojar objetos sucios (así pusieron) y peligrosos a las vías de este Sistema, para provocar el caos y la interrupción del servicio del STC”.

El juez me condenó a dos años de cárcel.

Estuve preso tres meses. Mi familia pagó la fianza. Frente a la brutalidad de los presos, su límpida (inocente) maldad (no como los policías que son malos pero perversos, por el placer de robar en su beneficio o el de dañar sin motivo), la tremenda fuerza ante la vida del que no tiene libertad, sus maneras de fugarse del mundo real (fumar mota, o piedra o hacer artesanías increíbles a partir de basura o capturar ratas, dejarlas hambrientas por días y estar toreándolas para que se vuelvan bravas y, al fin, echarlas a pelear hasta que se maten) y muchas más cosas que me enseñaron, cuando me di cuenta ya no tenía ganas de morirme. Seguí siendo borracho y además me hice drogadicto. Es que encontré en esa gente momentos clave de una forma horrenda y hasta repugnante de la felicidad. La importante, la básica y esencial felicidad de los placeres animales, retorcidos, bueno, pero placeres.

A partir de aquélla es posible hallar otras formas; a veces peores o a veces sublimes especialmente bien mariguano o alterado con lo que sea. Porque la felicidad no existe, pero hay momentos en que uno se la encuentra como encontrar una mujer desnuda que quiere entregársenos sin condiciones ni motivos. Sólo hay que tener paciencia y no pedirle nada a la vida.

Me metí a estudiar para complacer nada más a mis hermanas. También a trabajar para taparles el hocico a mis hermanos y a mi padre.

Nomás por eso, por las formas retorcidas de la felicidad que me enseñaron en la cárcel, a veces hasta quiere uno vivir.

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