Santo es el Señor y Romano (Carne de mi carne)
Pterocles
Arenarius
Sería
como por el año de 1997 cuando el poeta Francisco Zapata me contó que él había
participado varias veces como actor en el más famoso Viacrucis de México, el de
Iztapalapa. Casi siempre le había tocado ser soldado romano de los que iban
golpeando a látigo al mártir Jesucristo mientras éste cargaba la cruz en la que
sería colgado con clavos.
—La
gente es bien cabrona —me dijo— te avientan piedras, huevos, fruta podrida.
Pero lo peor es que cuando ya entregas al Cristo para que lo crucifiquen tienes
que irte corriendo pero en chinga, porque si te agarra el pueblo te madrean.
—¿En
serio? ¿Por qué?
—Pues
ya sabes cómo es la gente.
—Sí,
a las malvadas de telenovela las insultan en la calle. De alguna manera es el
poder de la literatura. Un personaje llega a despertar emociones tan intensas
que termina siendo amado por el pueblo o bien odiado. —Algo así habremos dicho
en aquellos tiempos ya no tan próximos.
A
raíz de lo que me contó, se me ocurrió escribir un cuento sobre un Vía Crucis.
Y
así surgió Santo es el Señor.
Luego
me di cuenta que había escrito varios cuentos con temas blasfemos o al menos
con narraciones que implicaban el encuentro con lo divino, de una u otra
manera, incluso autoengañosa. Y, como bien sabemos, la iglesia católica ha
llamado demoniaco o apóstata a todo aquello que implique lo místico y que no se
apegue a sus dogmas. Así sometieron, sacrificaron condenando a muerte a miles o
incluso millones en Europa y en lo que llamaron la Nueva España, aparte del
quemadero de herejes, las torturas y las excomuniones, intentaron destruir una
civilización originaria. Llamaron ídolos a los dioses mexicas o de cualquier
otra aproximación a lo divino de los pueblos que invadieron, sometieron a
terrible exterminio y sojuzgaron.
Pero
hablaba de mis cuentos blasfemos, anticatólicos o al menos que mostraban un
vislumbre de la divinidad fuera del dogma católico.
De
tal suerte que reuní los cuentos: Santa
sesión, El señor Perezgarante es otro,
Preferir el mundo, Santo es el Señor, Naturaleza moribunda entre dos jóvenes y blasfemia, y El mensajero. Y así se formó un libro que se llamó Apostatario (Tres ejercicios de blasfemia).
Se publicó en la ciudad de Guanajuato en el año 2005, bajo el sello de una
pequeña editorial —Arengador, se llamaba o se llamará todavía— que fundó el
escritor guanajuatense Ricardo García Muñoz.
En
aquellos tiempos yo trabajaba como redactor, trabajo por el que me pagaban;
pero también como columnista (semanalmente hacía Casa de Citas, para hacer mofa de los políticos priístas, aunque
también de los panistas) y como articulista en temas de arte en general en el
suplemento cultural del periódico, colaboraciones por las que nunca me pagaron.
Yo
publiqué una Caza de Citas para hacer
escarnio de un “Manifiesto a la nación” que hacía la bancada legislativa local
del PAN para apoyar el desafuero del que era el jefe de Gobierno del entonces Distrito
Federal, Andrés Manuel López Obrador. Pero los panistas habían escrito su
manifiesto con las nalgas, porque ni siquiera con las patas. Entonces los disputones
panistas del congreso local, reconociendo mi talento satírico, chillaron ante
el entonces gobernador, el yunquista Juan Carlos Romero Hicks y éste reclamó al
dueño del periódico, que era, también, dueño de la compañía constructora
Vimarsa, grandes cuates ellos, como es lugar común entre políticos corruptos y
ricachones no menos. El dueño de Vimarsa, cuyo nombre he olvidado, fue con
Arnoldo Cuéllar Ornelas, mejor conocido como El Platanote, a la sazón director
de su periódico Correo y una mujer que era su asistente (de olvidable y
olvidado nombre) y el dueño los puso como mecate de cochino, cagados, meados y
basqueados. Por mi culpa. El Platanote colocó a una siniestra mujer —flaca, de
color amarillento-cetrino, atrabiliaria e histérica—, La Güera, le decían, de
filiación yunquista a que me hiciera la vida de cuadritos hasta correrme de El
Correo. Y así me quedé sin chamba y a la deriva en Guanajuato.
El
librito Apostatario se agotó. Y en el
año 2023 fue posible hacer una segunda edición bajo el sello de Eterno Femenino
Ediciones. Yo había seguido con mi manía de escribir textos que no fuesen
gratos a la santa, romana, católica y apostólica iglesia y para esta segunda
edición agregué, junto con los anteriores, otros cuatro cuentos del mismo tema.
Fueron Fe (Nuestra interminable cagarruta),
Hijos míos (Es por el bien de todos),
Tía Rita y Epicuro y Santísimo sacramento.
El
cuento Santo es el Señor ya tiene sus
venerables treinta años o poco menos y un día llegó a manos de Juan Carlos
Sáenz, un muchacho que es un actor absolutamente fuera de lo ordinario.
Hace
años, ¿ocho, diez, seis?, imposible saberlo, me llamó Diego Montero, director teatral
me dijo y agregó que les gustaría usar mi cuento Santo es el Señor para ponerlo en escena. Me pidió permiso para
usarlo. Pensé que eran unos chicos que estudiaban artes teatrales y que querían
usar el cuento en sus estudios. Autoricé. Diego y yo hablamos dos o tres veces.
Me dijo que querían hacerle toda una historia al personaje protagónico del cuento,
que harían un monólogo y algo más. No tenía idea que Diego Montero era un
profesor de teatro, dramaturgo y director teatral con toda la barba. Y perdimos
contacto.
Unos
días antes del 10 de septiembre de este 2026 se puso en contacto conmigo Juan
Carlos Sáenz, era el actor. A él llegó el cuento primero que nadie, hace años, se
lo enseñó a Diego Montero y se pusieron a trabajar en él.
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| Centro Cultural de las Artes, el cartel y Pterocles con sus flores. Era el estreno |
La puesta en escena. El trabajo que hicieron Diego y Juan Carlos con Santo es el Señor es impresionante. Le inventaron toda una vida a mi personaje. Lo hicieron el carnicero del barrio, crearon un ser humano de los que abundan en el mundo, un marginal, un gran perdedor, alguien que ha pasado su vida luchando con su valor y sus talentos a contracorriente del sistema. Construyeron un personaje de verdad entrañable, conmovedor. Bien podría ser un personaje de novela, por más que las facetas de la personalidad del protagonista son las imprescindibles para que sea un gran éxito en la representación teatral. Al final del monólogo hay una toma de consciencia de Gregorio Calzada (así se llama el monologante) que no deja de sorprender, pero igualmente se explica, porque a pesar de su ingenuidad, de su vulnerabilidad y hasta de su aparentemente débil inteligencia, llega a unas conclusiones brutalmente lúcidas de crítica al sistema y no menos a la institución religiosa imperante en nuestro país.
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| El cartel |
En
cuanto al trabajo actoral, el único actor nos deja boquiabiertos. La representación
es un formidable alarde de recursos actorales que le permiten incluso hasta
prescindir casi totalmente de escenografía. El talento y los recursos de Juan
Carlos Sáenz asombran. En la escena no hay más que una mampara de hospital, un
banquito giratorio y una cortina de tiras de plástico. Con esos elementos nos
hace ver —con los ojos de la imaginación—, desde el mostrador de la carnicería,
el púlpito de un sacerdote, el escritorio de un burócrata, la cama de una
moribunda, la parafernalia de la carnicería en donde tras bambalinas es
seducido por una coqueta Magda que sonriendo atrevidamente se levanta la falda,
increíblemente seductora ella (Magda es el mismo Juan Carlos que, entre paréntesis,
y conste que no los conté, interpreta a unos ¿quince, veinte, más?, personajes),
un caballo trotando, un local de recaudería, una misteriosa cortina en donde
vociferan personajes colectivos anónimos, entre lo que recuerdo. El alarde de
talento histriónico de Juan Carlos nos hace prescindir de tanta utilería y
moblaje. Todo se vuelve matices actorales, gestos mínimos y detalles que
parecieran insignificantes pero que, de pronto, saturan el escenario y nos
hacen rendirnos ante un talento de actor que, lo confieso, pocas veces he visto.
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| Diego Montero, dramaturgo; Pterocles, cuentista |
Juan
Carlos termina el monólogo bañado en sudor, es más de una hora de derroche de
energía, equilibrio, poderío interpretativo y hasta acrobacia. Romano (Carne de mi carne) termina con
una efusión de fuerza actoral y una iluminación de lucidez del personaje (gran
trabajo literario). Lo más maravilloso de este monólogo es que logra (quizá) lo
que los griegos, fundadores de este arte prodigioso, llamaron la catarsis. Las emociones,
las risas e incluso carcajadas, los sacudimientos, la tragedia (Gregorio no
deja de ser un personaje trágico y más por su avalancha final de lucidez: “Entre
más sepas más sufrirás”) nos hacen salir del teatro con una sensación de
sacudimiento, de liberación y hasta de felicidad. El actor Juan Carlos Sáenz y
el director y dramaturgo Diego Montero, con lo mínimo a su alcance, lograron lo
máximo para nosotros: la obra de arte. Se les agradece como sólo se puede
agradecer un acto de amor, un acto de arte.
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| Juan Carlos Sáenz, actor; Pterocles, autor |




