domingo, 1 de diciembre de 2013

La circunstancia obscena

La circunstancia obscena

Columna: In naturalibus

Textos al chilazo

 
 
Pterocles Arenarius

 
La edad obscena
Edgar Reza
Universidad Autónoma de la Ciudad de México. 2009
 
 
Las sociedades humanas funcionan —con más o menos ineficiencia, con más que menos injusticia, pero, de alguna manera logran su funcionamiento— porque todos los hombres que las forman se proporcionan bienes unos a otros. La mayor parte de los males que sufren tales aglutinaciones de personas se deben a que algunos sujetos —muy astutos ellos— se apropian en exceso de los bienes que producen los demás, entre todos, y aquéllos acumulan el dinero, que es el emblema de intercambio de bienes. Así, los Carlos, Slim y Salinas de Gortari, conspicuos ejemplos entre muchos más, han saqueado a todos los mexicanos para, uno de ellos, convertirse —ante los ojos atónitos de la humanidad pues lo ha hecho en uno de los países más pobres— en el hombre más rico del mundo. Y el otro —aunque no puede confesarlo— también y quizá tanto o más que su tocayo Slim, pero Salinas no puede confesarlo ni —¡oh, dolor!— alardearlo, porque si lo hiciera nos daría una poderosa arma, pues tan sólo nos probaría la monstruosamente descomunal dimensión del robo que hizo a la nación cuando fue presidente. Pero ese no es el tema. De lo que trata este texto es de un escritor y su novela. Él es Edgar Reza y aquélla se llama La edad obscena.
Vino a cuento el párrafo anterior porque La edad obscena es una narración autobiográfica. El protagonista se llama Edwin Sosa y es un chavo muy despabilado, astuto, prendido, más inteligente de lo normal (lo cual es, además, notable en la novela) y… pobre, bien jodido. Aunque sólo económicamente. Por el hecho de ser proletas este personaje se ve sometido a nulas oportunidades de trabajo, de estudio y, en general, casi de cualquier género de cosa buena en su vida.
Hace unos —ya no tan pocos— años, alrededor del 95-96, un día yo padecía los rigores de la cruda (lugar común que tantos han dicho) y en medio de ese infierno, mi vecina del uno vino a tocarme a las seis y media de la madrugada. Yo pensé lo peor, lo más sucio y con gran hospitalidad la invité a pasar, para lo mejor. Pero ella me dijo que necesitaba ayuda porque su marido se sentía muy mal. Quería que llamara a la ambulancia. Oye, qué mal, dije, porque esa no era mi idea. Pero fui a ver a Mario, su marido, mi vecino del uno. Sí se veía muy mal. Llamé por teléfono. Vino la ambulancia, se lo llevaron. Era el año 96, porque ese día estaba jugando México contra Holanda y Cuauhtémoc blanco hizo un precioso gol volando horizontalmente para anotar. Ese día Mario, el del uno, fue a caer a la Cruz Verde, de Salubridad y Asistencia. Estaba jodidísimo de dinero. A los dos días murió. Fue muy gacho. Tenía como 32 años. Sufrió un infarto. Los médicos decían que era muy joven para eso, pero sí, un infarto se lo llevó. En mi edificio era bien sabido que Mario había sufrido una grave crisis económica que lo llevó, desde una posición más que solvente en nuestro medio, a la ruina total en menos de un año. La acumulación de estrés y desgracias lo condujeron a su fin. Eso pensé. Eran los tiempos de la gran crisis Salinas-Zedillo. Un muertito más que debe Salinas, me dije. Siempre que cuento esto digo así, a Mario el del uno lo mató Salinas. Y es que llega el momento en que aquéllos que se apropian con desmesura de lo que pertenece a todos, provocan tales hecatombes. Mario, el del uno, no aguantó. Perdón, pero ha sido una exagerada digresión, pero viene a cuento porque Edwin Sosa, claro alter ego de Edgar Reza, sí aguantó. Esa y muchas más crisis. De hecho él es un producto de ese sistema perverso, cínico, brutal, despiadado, bárbaro y, con palabras mucho más claras y directas: un sistema criminal e hijo de su regran puta madre. El país, desde aquellos entonces y aun desde antes, se ha venido despedazando. Los gobiernos actúan contra la gente, contra su bienestar y en favor de sí mismos, de sus secuaces y achichincles.
Pero hablábamos de Edwin Sosa, el chamaco resistió todo porque es listo y arrojado. Entonces se busca su propio bienestar, bien o mal entendido. Con los cuates del barrio se vuelve borracho, mariguano, chemo, vago, peleonero, paradójicamente —puesto que es notable su inteligencia— mal estudiante y, con todo esto, un candidato directo a la delincuencia sin organizar por lo pronto, pero también será prospecto para la cárcel o la muerte prematura. De sobrevivir a este proceso, cosa que logran muchos muchachos de ahora, en el reclusorio —la gran escuela delincuencial— se incorporan al crimen ahora sí organizado, se vuelven sicarios…, etc. Es la tristísima situación de México en este momento. Por fortuna éste es un escritor. Pero para los escritores, en especial si son pobres, no hay privilegios, muy al contrario.
La novela sería desgarradora si no estuviera perfectamente protegida contra toda actitud sentimental a partir de un cinismo a toda prueba como actitud vital del personaje, con un atrevido desparpajo más que agradable aun en medio del magno desastre de violencia y deshumanización y con el desencanto surgido de una desolación que es costumbre La edad obscena transcurre de manera vertiginosa ante nuestros ojos, entre borracheras, chubis a destajo, cogidas más que frecuentes y un ámbito de trasfondo en el que nadie le importa a nadie.
Edwin, ante las brutales circunstancias que le ofrece su entorno y armado de su agudeza y una resistencia indoblegable —aunque jamás mencionada, sino explícita en los sucesos que vive el personaje—, se vuelve un auténtico hijo de la chingada en actos y un escéptico recalcitrante en su manera de mirar al mundo (ya dijimos además que es borracho, chemo, mariguano y también le hace a la inhalación de mona). Se la pasa, algo así como la mitad de la novela, embriagado de alcohol. La otra mitad, por supuesto, padeciendo y sofocando la cruda con más alcohol. Consiguiendo gringas —que abundan en Guanajuato, ciudad donde transcurre la novela— para cogérselas (no hacerles el amor, no interactuar con sus cuerpos, no seducirlas dulcemente. No: cogérselas). Cuando la circunstancia de Edwin se vuelve insostenible tiene que ponerse a trabajar.
En medio de las bárbaras agresiones de su circunstancia (hecho del que en ningún momento leemos queja o lamentación) terminamos por descubrir que Edwin es un chavo con una amplísima, encabronada cultura (esto es parte del oficio del escritor, es un enorme conocimiento de los valores estéticos, es honestidad intelectual. El personaje nos deja entrever que sabe un chingo de literatura pero como por descuido, porque de pronto se le sale citar a E. E. Cummins, de pronto, como sin darse cuenta habla de Ezra Pound. Sin pedantería. O la gran pedantería en su esplendor). Es un escritor.
Y, jodido monetario, logra que le otorguen una beca por parte del Instituto de Cultura del Estado. Ah, pensamos, ahora va a ser feliz. No. La pinche beca es una mierda de dinero. La mamá le exige que trabaje, que la beca no alcanza para nada y que se ponga a vender tamales.
¿En qué puede trabajar un joven escritor? Bueno, este muchacho barre calles para el ayuntamiento, recoge perros muertos para el servicio de limpia del aquel mismo, en otro momento carga tanques de gas, como repartidor de éstos, etc. Y cuando le va muy bien porque ya publicó un libro, logra dedicarse a dar talleres de lectura literaria en los reclusorios de los diversos municipios con resultados de insólito humorismo negro en contra del protagonista.
En fin, Edwin Sosa, el personaje narrador de La edad obscena, es el testimonio viviente de una ciudad despiadada que sólo responde a las características del sistema.
Sin embargo, la pregunta viene: ¿para qué sirve un escritor? Y uno se responde: no para vender tamales. Y es en tal circunstancia donde quería llamar la atención. Los países, las naciones, bueno, las sociedades humanas, deben contar con sus narradores. Es imprescindible que cada pueblo tenga los más que pueda, poetas, contadores de cuentos, escritores de historias, narradores, cronistas. Si no es así, las sociedades humanas están condenadas a lo que estamos viendo: el crimen, el caos, la ley del más hijo de su puta madre, la deshumanización. El retrato del México actual.
Los escritores, los artistas en general, retratan las sociedades de su momento (se ha dicho, son hijos de su circunstancia), ellos crean los mitos de la sociedad en que viven. La ciencia ha probado que si un individuo no sueña se muere y un poco antes se vuelve loco. Los escritores, los artistas, en general, son, en la sociedad, lo que es, en el individuo, la parte soñadora, la que muestra a la sociedad sus enfermedades, sus vicios, sus porquerías, sus manías y sus putrideces. Pero también sus lados sublimes, sus amores, sus mejores anhelos, los momentos dulcísimos, sus grandes placeres y, vaya, sus intimidades, sus costumbres, su espíritu. Si una sociedad no protege, no cuida a sus artistas está condenada a la animalidad. Guanajuato ha condenado a sus artistas, vea todo el mundo lo que le pasa a Guanajuato. Unos niños mandan a terapia intensiva a su compañerito de una madriza que le dieron. Violan a una chica, le dan una horrenda madriza y la ley la acusa de provocar al criminal. Los gobiernos son cada uno más ratero que el anterior y los artistas de la ciudad cervantina tienen que trabajar levantando perros muertos.
Y es obligación de las autoridades realizar el fomento a la cultura para que esa gente pueda vivir de su trabajo. Sabemos perfectamente bien que en México eso es una vergonzosa utopía. Los políticos son desvergonzados zánganos, parásitos de la sociedad de la cual se alimentan obscenamente y a la cual no le devuelven lo que de ella obtienen. En aquella ciudad “Patrimonio de la Humanidad declarada por la UNESCO”, un regidor ganaba, en el momento de ser escrita la novela, 25 mil pesos mensuales por sesionar dos o tres veces por mes para avalar las supuestas (y algunas reales) decisiones del presidente municipal quien obedece ciegamente las del gobernador en turno. Mientras que al escritor le otorgaban, ¡oh, generosos!, una beca de mil 500 pesos mensuales exigiéndole —dice el protagonista de la novela— fajos de hojas con cuentos por kilo.
La edad obscena, en fin, es un trago recio. Está en la línea que divide al hombre malo del chamaquito sensible. Por más que siempre se empeñe en mostrar el lado recio, sin sentimentalismos y con cinismo y sin credulidades ni concesiones. Para mi gusto al final el personaje se reblandece para bien, porque termina tocando nuestro corazón, nos gana desde lo más profundo. Y estamos de su lado a pesar de todo, a pesar de, incluso, su misoginia, faltaba más.
Para nuestra fortuna, el gobierno no logró hacer con Edwin Sosa-Edgar Reza lo que hizo con Mario el del uno: matarlo. Los trató igual. Pero respondieron diferente. Mario se murió. Respuesta muy digna. Edgar escribió una novela. Y luego dicen que la literatura no nos salva.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Once peleas por nocaut, Jorge A. Borja

Once peleas por nocaut

Jorge Arturo Borja


Cuentos y relatos de Fiestas.
Pterocles Arenarius.
Eterno Femenino Ediciones.
México, 2011.
Hace 28 años, en el taller de cuento de Edmundo Valadés, escuché el testimonio de un chamaco sparring que subía al cuadrilátero con Mantequilla Nápoles, como parte del entrenamiento de esa leyenda del boxeo.

A través de sus palabras, todos los ahí presentes vivimos desde ringside el veloz intercambio de golpes entre un muchacho armado de valor, y un gigante en el apogeo de su fama. Al final, la pantera se divertía humillando al cachorrito.
Leía un güero garrudo de pelo largo y sonrisa irónica que de vez en vez se mesaba el bigote. Su voz tensa, emocionada, cortante y dolorosa. Era el propio Pterocles Arenarius quien contaba un episodio de su adolescencia como parte del entrenamiento de un aspirante a escritor dispuesto a acometer las grandes peleas de la literatura.
Aunque en ese tiempo Pterocles se presentaba con la personalidad de un inquieto pasante de ingeniería que frisaba la treintena, por la manera en que se paraba en medio del salón, se callaba por momentos, respiraba hondo, proseguía para cambiar el ritmo de la lectura, era fácil imaginarlo como un boxeador que había mudado los guantes por las palabras, ambos instrumentos manejados con  puños certeros y contundentes.
De entonces a la fecha ha corrido mucha tinta, mucho alcohol, mucha pasión y muchas lágrimas. En el camino de la escritura se han quebrado decenas de aspirantes. En primer lugar quienes buscaban el éxito y la publicación inmediata. Esos acabaron escribiendo guiones para telenovelas o discursos para políticos. Después los que deshojaron sus mejores historias en el vértigo de la bohemia, que los condujo finalmente al hospital o al camposanto.
Resistieron sólo los más necios, los más fuertes, los más locos. Aquellos que se dejaron invadir por la imaginación creadora. Los que fueron adecuando su existencia y sus necesidades a la exigente llamada de la literatura. Los que, más interesados en escribir que en publicar, se dedicaron a horadar la veta que los llevó hasta el corazón de las palabras. Pterocles fue uno de ellos.
Sin embargo, más allá de la condición proteica que lo llevó a ser soldador en el Metro, cantante de rock, activista político, profesor de matemáticas, hipnotista, esotérico y periodista, Pterocles fue y sigue siendo un boxeador nato, que como los de mayor prosapia, se forjaron en las calles más peligrosas del barrio.
Dice Cortázar el gran cronopio, que “en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos  mientras que el cuento debe ganar por knock out.” Así lo demuestra Pterocles durante los 11 encuentros que se presentan en su libro.
Puede afirmarse sin temor, que en cada uno de estos textos hay intensidad y contundencia. Intensidad en el uso de un lenguaje vigoroso y veloz, que nunca da tregua al lector y lo mantiene en absoluta tensión. Contundencia en la construcción de la sorpresa; no la que resulta de un final efectista, sino aquella que se origina en la vitalidad de los personajes y en una trama alejada de toda fórmula narrativa.
En esta antología, Arenarius hace de fajador o de estilista, peleando con cálculo felino o con rabia perruna, para conseguir siempre la victoria por la vía del cloroformo. A veces aplica la fuerza y la destreza necesarias para conectar un mortal uppercut, y en otras se mueve con la elegancia y la precisión que requiere el filoso jab. Así demuestra los recursos y las mañas de un viejo púgil, pero sostenidas por la energía de un joven escritor. Combinación al parecer contradictoria en la vida real, pero paradójicamente posible en el cuadrilátero del arte.
Fiestas debe su nombre no sólo a una parte de las temáticas que aborda, sino a la profusión de un lenguaje que del rigor de sus principios formales se eleva hasta estallar en sus distintas posibilidades.
Así, en un principio, su narrativa puede ser tan expositiva y didáctica como en el cuento “Por un pecílgo”:
 “Actuó con pasión ingenua. Entrega de semejante totalidad sólo se autoriza por el candor. Su palpitante fervor era bisoño, producto de la sabiduría prístina, propia de los seres vivos.
Dije para mis adentros “gracias, Dios mío”.
Regresé (guiado por, necesariamente, ella, principiante) al principio.
En el principio fue el verbo.
El verbo. La conjugación. El verbo, acción o pasión.
Primera conjugación:
                tocar     jugar      confiar     gustar
                    conjurar   amar      tolerar
                           soñar     charlar
                                  dar.”
O más adelante, en el crescendo de su narrativa y ya instalado en pleno paroxismo verbal, su lenguaje puede convertirse en una suerte de dialecto propio del hampa, como en el relato “Ese conecte”:
 “P’s va, te cuacha un coto del parle más efe ¿no? Chido y salitres: nomás oclayo coco y oreja; chanclas. Al tiro ¿eh?
 Cada banda maneja su verbo, pero cincho, cómo nariz, hay un rollo capitán, o bueno, general. La transa es conectar dos tres aligeres más bien leves que se rolan. O sea, para picar la salsa chido tienes que caer en un terreno machín ¿verdá?, tierra de apaches, sitio macizo.
La voz de los distintos narradores que intervienen, va modulándose desde la propiedad del caballero que por la magia de la ficción se transmuta en chafirete, teporocho, rata o judas, según sea el caso. En sus páginas desfilan mujeres de toda laya que coinciden en su arrojo y bravura, como en la historia de “Madreardiendo y bailarás”.
 No hay pedo, hijo; va un tirito derecho: tú y yo, Pirata. ―Y decir como hacer el Madreardiendo se puso a tiro y armó la guardia. Jactancioso el cabrón todavía volteó a vernos―: esta pinche vieja pelea como cabrón, ya la conozco. ―Entonces Itamar, La Piratita, hija y nieta de rameras, madreadora cotidiana, le cambió el estilo y empezó a pelear como vieja: le apañó un fajo de greñas para rasguñarle bien la jeta. El cabrón trató de someterla con dos tres vergazos, pero ella aguantó; se veía que la madriza, era, para ella, sí, cosa diaria. Peleando astutamente encontró forma de asestar un patadón harto culero en los meros aguacates. El Madreardiendo (golpeado una vez más de miles por puta desde que era chiquito) hasta brincó, tan fuerte había sido el cabronazo.”
    Fiestas también es el panóptico del barrio, el ojo del refuego, el retrato de la vida y milagros de sus personajes, que a diferencia de una literatura más escandalosa, no intenta mitificarlos sino desnudarlos en toda su frágil y terrible humanidad. Una suerte de verismo, en ocasiones brutal, que busca, como en la literatura de Hemingway, “hacer la historia tan real, más allá de cualquier realidad, que llegue a ser parte de la experiencia del lector y parte de su memoria”. De esta manera, quien lo lee también forma parte del selecto grupo de invitados a la “Fiesta (Cuando bajaron los ratones)”.
“La vecindad era más o menos grande, pero no cabía la gente. Entonces cerraron la primera de Juan de la Granja, desde Corregidora hasta Auza. Las putas del Chale, que chambeaban en el veintiuno de Juan de la Granja, dejaron de trabajar desde a eso de las tres de la tarde. Las de doña Ramira, la del quince, ésas sí le siguieron, pero al rato ya andaban también en el refuego. Bajaron los más gruesotes rateros, cuates y no cuates de Manuel el Matador. De San Antonio Tomatlán donde abundan cabrones que son hijos de la chingada; de La Bella Helena que son unos perros para pelear; los de El Quinto Infierno, p’s matones y asaltantes; de La Candelaria de los Patos donde presumen que te roban los calzones sin quitarte los pantalones, bueno, pa’qué te digo, lo más grueso. Ahí anduvo el Chavo Narciso, retintero y buen corredor; Mario el Chaparro, tambor retinto pero además chinero; Felipe el Carimula, famoso carterista; don Raúl el Flaco, el más respetado fardero de a la brava por sus grandes güevos; el Güero Patillas que le hacía a todo pero más bien era ojete y mal intento de padrote. También llegaron las más adineradas madrotas de los barrios, como doña Petra la Tecolota que trabajaba en La Candelaria con pura putita provinciana, la Rebeca de San Ciprián que todos los años consigue y conserva una quintito para vendérsela al mejor postor el día de la fiesta de San Geronimito; doña Serafina Mendiolea que tuvo el putero más grande –qué te diré, fácil más de cien putas– aquí en El Cuadrante de La Soledad. Bueno, pa’qué te digo, tanto hicieron que aquí no cabe. Eran flor y nata.”
Con este volumen de cuentos y relatos, que recoge una trayectoria de más de tres décadas de escritura, Pterocles Arenarius confirma su calidad gramo por gramo y letra por letra. A pesar de que considera su literatura como un “acto de amor”, en la pasión y el ritmo de sus textos se respira la atmósfera del combate pugilístico. Después de todo, tanto en el box como en el sexo, los cuerpos se enfrentan rompiendo los límites de la identidad y del sentido.
Espero que al terminar de leerlos, ustedes puedan ver lo mismo que yo: en el centro de ese ring iluminado, la figura imponente y solitaria del Kid Pterocles que alza los brazos como todo un campeón.

viernes, 25 de octubre de 2013


In Naturalibus

Voy a escribir con los Bastardos

Pterocles Arenarius

 

Soy un viejo escritor iracundo, originario de uno de los barrios bajos del centro de la Ciudad de México. Fui iniciado en la violencia siendo infante y luego de progresar en ella, una pequeña luz —mi sensibilidad natural y lo de bueno que, a pesar de todo, me diera la vida— me salvó. Soy, como se ve en el video, un ser ensangrentado. He ido, como todos, dejando pedazos de mí mismo por donde he ido pasando. Las letras me salvaron hace muchos años, si no, no exagero, hace muchos años habría muerto o, peor, me hubiera hecho policía. El alcohol —como se ve en el video— me cauterizó, me curó e inmunizó (y también, en el performance me irritó los ojos). Soy un bárbaro del norte (del centro norte de la ciudad, de la colonia Moctezuma, para más datos) y gozo mostrando el salvajismo que aún conservo. Abomino, como se puede ver, de los zánganos que ejercen el poder, de los que abusan, de los que nos atracan cotidianamente, legalmente, dicen ellos. Vivo permanentemente embriagado de poesía, de virtud, de esfuerzo, de sexo, de café y hasta de alcohol aunque alguna que otra vez también de mariguana, otra de cocaína y una más de peyote. Un día, la poesía me indicó (¡increíble!) el sendero que conduce a lo divino, no sé si a Dios. Luego la vida me dio unos amigos que construyen tal sendero, crean la belleza: la suprema manifestación de lo divino, no hablo de Dios, sino de lo divino. En general le miento la madre al mal gobierno todos los días y juro, cuando alguien no me cree, por mis propias barbas. Siempre escribo y hay gente que se asusta de algunas de mis producciones, pero normalmente me dicen "Ay, asústame, panteón". Tuve la fortuna inmensa de aprender un poco de matemáticas y otro poco de ciencias duras y he gozado otra fortuna más grande todavía: la de ser amado. Cuando me muera deseo que todos estén embriagados como yo: "de vino, de poesía, de virtud, de lo que queráis" y que nadie llore o que hagan lo que mejor se les antoje. Pero me gustaría más la alegría y el festejo, la música y el ruido. Pero que cada quien haga lo que quiera, menos que me vayan a traer un miembro de la iglesia de los pederastas a que busque darme la extrema unción y mucho menos, antes, en la agonía, confesarme, pues lo mandaré mucho a chingar a su madre con mi último aliento. Preferiría charlar con mis amigos en estado altamente etílico y así, dejar este mundo. Porque no somos de este mundo. Y, por último, sólo quiero decir que seguiré escribiendo hasta que muera.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Texto leído en la presentación de Demoníaca (Historia de una maldita perra) en el Claustro de Sor Juana.
 
 
Sor Juanita en su Claustro y esta Historia de una maldita perra
 
Pterocles Arenarius
Galileo era escasamente lo que hoy se llama una persona educada (…) eran famosas sus bromas contra la escuela aristotélica (de la cual opinaba) que no eran dignas del menor respeto; escribió un libro que ridiculizaba el afán académico por la toga (…) salía a beber con sus alumnos; componía versos de amor (…) En pocas palabras: usó los métodos más eficaces para lograr mala fama en los círculos filosóficamente decentes de la ciudad de Pisa.
Ernesto Sábato.
 
Hay al menos dos razones por las que me siento inmensamente honrado de estar en este sitio. La primera es que —si como dicen los espiritistas— las edificaciones, sus paredes y sus suelos, sus ventanas y pasillos se impregnan con los hálitos de los espíritus de los personajes que en ellas habitaron, entonces este es un día inolvidable de mi vida, pues comparto el espacio que habitó, transitó y, en general, hizo acto de existencia la mujer que quizá fue el cerebro más poderoso de su época, la que trascendió su condición femenina —en aquellos tiempos y en aquella sociedad— tan brutal y tan hipócritamente oprimida y se lanzó al futuro como la gran patrona de las letras mexicanas de todos los tiempos. Juana de Asbaje, también conocida como Sor Juana Inés de la Cruz.
Claustro de Sor Juana, Centro de la Ciudad de México
Hay algo demasiado trascendental que me une con Juana de Asbaje. Estoy perdido en la sierra, es un sitio un tanto desértico, como son los campos en ciertas partes del centro norte de México. Las condiciones son inhóspitas y cae la noche helada del desierto. Entro en una cueva muy oscura, tengo miedo. Me interno en la cueva y en lo profundo se ve una luz muy tenue. Eso me desconcierta, pienso en una fogata, pero no hay humo. Se me ocurre que es un foco pequeño y avanzo con gran cautela, sin hacer ruido y ocultándome cuanto me es posible. El camino es más bien fatigoso, cuesta arriba, aunque no extenuante, hay que hacer esfuerzos para ascender. Aunque batallo llego al lugar de donde viene la pequeña luz. Me asomo con mucho cuidado y hay un claro que parece bastante acogedor, incluso tibio. Las paredes son de tierra negra, de la más fértil y también hay rocas incrustadas. Conforme avanzo el sitio se vuelve más espacioso, termina siendo una especie de sala de buenas dimensiones. Incluso hay estalactitas y estalagmitas que funcionan como inverosímiles adornos. Camino temeroso hasta el fondo de la sala y me encuentro el famoso cuadro de Sor Juana que pintó Miguel Cabrera en 1750. Con los enormes volúmenes en el librero en fondo, las manos finísimas de ella, una de las cuales toca con delicadeza un gran libro abierto. Su medallón al cuello y su indumentaria de monja. Las sendas leyendas en caracteres virreinales en las esquinas inferiores. Estoy maravillado. Yo adoro a Sor Juana. Ella es nuestra deslumbrante entrada al siglo de oro del español sin desmerecer ni siquiera de los monstruos, Quevedo, Góngora le dicen y con mucha razón, Lope de Vega, Gracián y el mismísimo Cervantes. Jamás pensé encontrar ese cuadro ahí. Me acerco a leer las leyendas y en una de ellas, menor, muy abajo dice que es un regalo de ella para mí, que nací el número de año, sólo que volteando un número de cabeza. O bueno, cuatrocientos años después. ¡Sor Juanita me dejó ese regalo! Fade out. Despierto. Y en estado de trance, adormilado, sin despertar del todo, repaso transido de dulcísimas sensaciones, el maravilloso sueño. A partir de ese día consideré que Sor Juanita es mi numen protector, mi patrona, de alguna manera mi alter ego.
Sor Juana Inés de la Cruz. Por Miguel Cabrera, 1750
Un sueño tan trivial como cualquier día al mediar la década de los ochenta. Ya llovió un cacho desde entonces. Y ella, como sí lo han hecho muchas otras mujeres en estos años, no me ha abandonado. Y hoy vengo aquí, al recinto donde ella respiró y creó. Donde se hizo inmortal.
Por supuesto que también hubo algunos inconvenientes. Pensé que si ella había nacido en el año que nació y que a sus cuarenta y tres añitos dejó este mundo por una de las más terribles bajezas de las miles que ha cometido la iglesia católica en su historia, pues dije, capaz que yo también voy a morir el año correspondiente a ella que murió poco antes de cumplir los cuarenta y cuatro. Así que en ese año, les confieso, tuve miedo. Pero, cuando terminó, me di cuenta que los genios viven en otro tiempo. Yo no soy un genio, ella sí, por eso es mi numen protector.
Vengo a hablar de mi novela a un recinto otrora sacralizado por la religión imperante y que sirvió para que un ser humano extraordinario, se refugiara contra el brutal machismo y el bárbaro régimen discriminatorio impuesto en la colonia contra todo lo que no fuera hombre, españolete —aquellos no eran españoles, verdaderos españoles eran García Lorca, Miguel Hernández, Cervantes, Ramón y Cajal, Picasso, etcétera—. En la época de Sor Juana no había para las mujeres para donde hacerse. Ella tomó los hábitos y nos hizo entrar en la literatura universal.
 El viejo Pterocles con Demoníaca (Historia de una maldita perra)
 
En fin, vengo a hablar de mi novela titulada Demoníaca (Historia de una maldita perra) a sitio que hace unos pocos cientos de años estuviera dedicado a actividades tan pías. Para empezar es un acto de protervo cinismo. Mira qué chulo, viene a hablar de su propia novela, ay qué simpático. Me refugio en Ernesto Sábato, quien sostiene en una posición radical propia de aquella vieja polémica, que el escritor y en general el artista sólo crea los retratos de su propia alma.
Foto: Con Pterocles, Sor Juana y Charly Montana :D
Pterocles, Violeta Novarretega y el rock star Charlie Monttana en el Claustro y bajo el numen de la genio virreinal
 
Espero que si alguien la lee no vaya a horrorizarse con las turbadoras —y para algunos muy incómodas— anécdotas que la protagonista, la maldita perra que refiere el subtítulo perpetra en la narración.
Tengo que decir que tal personaje está basado en una persona real. A ésta no la conocí personalmente, pero tuve la fortuna de que me contaran a detalle las circunstancias centrales de su vida. Es una mujer que habita en el cuerpo de un hombre. Inconforme con su realidad se propuso ser lo que ella siente ser, una mujer. Y ha logrado ser una bellísima chica. Ella se dedica al sexoservicio, incluso suele autonombrarse “una perra” aunque sin automaldecirse. Y, lo más asombroso, y por lo cual mereció volverse paradigma de mi novela es el hecho de que creó un nicho de trabajo que, en la novela, denominó El circuito púrpura. Lo cual no es otra cosa que un grupo de prelados católicos de la alta jerarquía que requieren sus servicios por la principalísima razón de que ella es joven, es hermosa, recibe todo lo que una mujer recibe en el combate amoroso, pero, oh prodigio, también lo da. Trabajo tan completo merece que ella, la real, goce de un alto nivel de vida gracias a la generosidad de sus empleadores y, sin duda, también a su inigualable belleza, su intachable profesionalismo y la irreprochable calidad de sus servicios.
Mi personaje no es exactamente ella, la real. La mía es más bonita, más delicada. La real es una belleza ciertamente, pero para gustos un tanto más recios. La mía es más mimosa, grácil, digamos. Se dedica a lo mismo, con los mismos personajes y, al menos, la misma excelencia en su trabajo. Hay un personaje que llamaría contraejemplo quijotesco que se empeña en destruirla o conquistarla para su redención. Pero ella es una puta irredimible.
He querido hacer una novela como debe ser toda obra de arte. Se dice que no existe cosa más subversiva que el arte. En efecto, si algo puedo decir de mi novela Demoníaca, es que se trata de una visión rebelde, iconoclasta, cínica y casi enfurecida de ciertas realidades que son casi cotidianas y que nos han hecho perder la capacidad no sólo de asombro, sino también de indignación.
Ernesto Sábato. Genio del siglo XX
 
Vuelvo a Sábato, a Borges, quien dice que aquel prisionero creó un gran dibujo en muchos años de prisión. Al final era sólo su propio rostro. El que aspira a la creación de arte tiene que explorar entre sus demonios tanto como entre sus dulzuras. En ese ámbito se encuentra esta novela que hoy, con todo descaro me propuse hablar de ella. Al final, escribir una novela y publicarla es tan exhibicionista como trabajar en un antro desnudándose y mostrando los secretos del cuerpo. O, más bien, escribir es peor.
 
    Jorge Luis Borges. Inmortal.    Iluminado. Invidente.
 
 
La table dancer sólo muestra su cuerpo. El escritor su alma. Por eso mi cinismo alcanza para estar aquí ante ustedes. Muchas gracias por soportar.
 

lunes, 29 de julio de 2013


El Régimen de la Mínima Justicia

 
Pterocles Arenarius



Nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto
Salvador Díaz Mirón

 

Habíamos llegado al final. Tuvimos que destruir mucho para construir tanto. Tuvimos que matar. Porque, unos engañados, otros convencidos, juraron impedir la instauración del régimen de la mínima justicia. Habíamos propagado la violencia urgente y proporcionamos la muerte justa a muchos que, con todas sus fuerzas, se nos opusieron, ellos nos obligaron. Jamás entendieron que si estás matando de hambre a alguien, sólo puedes esperar que aquél también busque quitarte la vida. Aunque sea con violencia. Agarramos a Carlos Slim huyendo disfrazado de mendigo. No tan lejos estaba uno de sus mejores amigos, Carlos Salinas, quien en medio del fragor de su aplastante derrota continuaba arengando y tratando de organizar la resistencia contra nuestras huestes. En otra parte de la ciudad, Felipe Calderón estaba completamente ebrio y se drogaba con líneas y líneas de cocaína —el mismo que desató la guerra contra el narco—, trataba de salir de la embriaguez usando aquel estimulante, con una finalidad única, quitarse la borrachera para huir. Peña Nieto estaba en nuestras manos desde un día antes. Nos dijeron que fue encontrado con dos jóvenes prostitutos que lo sometían mientras él, gustoso, procuraba dar instrucciones a sus fuerzas mediante un celular. Cuando Slim fue atrapado se discutió un par de propuestas. Una pedía ejecutarlo sumariamente. La otra exigía entregarlo al odio de algunos plebeyos que, irremediablemente, formaban parte de nuestras fuerzas. Uno de nuestros compañeros más humildes, el más lúcido sin duda, dijo: “No podemos ser igual que este señor. Si nos volvemos iguales que nuestros enemigos, terminaremos reproduciendo lo mismo que ellos hicieron, la tiranía y la brutalidad contra el ser humano y entonces todos podrán decir que fuimos derrotados. Debemos marcar una línea muy clara en la que se vea certera y objetivamente que somos muy diferentes a ellos. Sólo así podemos sentirnos vencedores. Propongo que este señor sea despojado por un tiempo de todos sus bienes y que se le obligue a dedicarse a la mendicidad en las calles del Distrito Federal durante dos meses. Cuando cumpla el castigo se le devolverá una parte importante de lo que se apropió, nunca tanto como acumuló por medio de latrocinios. Estamos aquí para establecer el régimen de la mínima justicia, no para cometer crímenes, como ellos. La propuesta fue aceptada por unanimidad luego de ser discutida un par de horas. Salinas debió ser liquidado en combate, se negó a rendirse. Calderón recibirá un trato similar a Slim. Alguien agregó que sea sometido a la total abstinencia de alcohol durante diez años. Felipe dijo que prefería morir. Peña está en poder de la junta de gobierno del Régimen de la Mínima Justicia.

lunes, 1 de julio de 2013

Demoníaca (Historia de una maldita perra)

El moderno Tiresias
 
Jorge Arturo Borja
 
 
Demoníaca (Historia de una maldita perra).
Pterocles Arenarius.
Eterno Femenino Ediciones. México 2012.

En la mitología griega, Tiresias fue el célebre adivino ciego que le reveló a Edipo el misterio de su nacimiento y la verdad sobre sus crímenes.

De acuerdo con Ovidio, una vez que el joven Tiresias paseaba por el Monte Cilene encontró dos serpientes copulando, como en el símbolo del caduceo, y con un golpe de su báculo mató a la hembra. Entonces Hera, disgustada, lo convirtió en mujer. Tiresias fue mujer durante siete años en los que, según algunas versiones, se consagró como sacerdotisa de un templo de Hera; y de acuerdo con otras, se convirtió en la prostituta más famosa del Peloponeso. El caso es que tiempo después esta mujer volvió a encontrarse con las serpientes apareándose y, en esta nueva ocasión mató al macho, por lo cual inmediatamente regresó a su condición masculina.


Un día Zeus y Hera discutían quién gozaba más del acto sexual. Zeus decía que la mujer, y Hera aseguraba que el hombre. Para salir de la duda fueron a  preguntarle a la única persona que había sido hombre y mujer. Tiresias les contestó que si se dividiera el goce en diez partes, la mujer gozaba tres veces tres y el hombre solamente una. Esta respuesta enfureció a la diosa que lo condenó a las tinieblas eternas de la ceguera por ser un sujeto tan ligero. En compensación, Zeus le otorgó el don de la videncia y una larga vida proporcional a la de siete generaciones humanas. 

De este mito quedan vestigios en el imaginario popular; uno que supone el don profético y la sabiduría de los ciegos, sujetos que en vez de mirar el exterior de las personas pueden ver al interior; y otro que considera a los hermafroditas como individuos ligeros en apariencia, pero conocedores a profundidad de los secretos del placer. Esta segunda línea es la que desarrolla con atingencia Pterocles Arenarius en su novela Demoníaca.

El autor retoma ese viejo mito y lo vuelve a la vida para desarrollar con experimentado ojo literario una trama sumamente sórdida. Parte de una áspera realidad que no funciona simplemente como un contexto, como un paisaje de fondo, sino como una especie de ventana antropológica en la que se puede constatar la realidad del México del siglo XXI. No se trata de la reconstrucción idealista del griego Tiresias, sino del poder y conocimiento que contiene ese mito, aplicados en la figura de un moderno transexual que conjunta los apetitos de los sacerdotes y políticos que comparten sus secretos de alcoba.

Para quien aún piense que la aparición de esta realidad eclesiástica es inverosímil bastaría con informarle que el equivalente real de este personaje tiene nombre y apellido. Y se le puede encontrar incluso en internet o en algunos de los calendarios que año con año alcanzan gran éxito de ventas. Es una modelo y bailarina transexual que aparece frecuentemente en los medios electrónicos y que en entrevista para Radio Educación o para Once TV, confesó off the record, que sus mayores ingresos no provenían de sus inclinaciones artísticas sino de otras inclinaciones corporales que practicaba “en un circuito de sacerdotes y obispos de Puebla y Guanajuato”.

La otra parte de la realidad que también toca Pterocles Arenarius, es incluso más grotesca, es la que se refiere a las intrigas que se viven en los grupos de la ultraderecha mexicana. Aquella que con la consigna de “Implantar el reino de Dios en la Tierra” ha conseguido implantar exitosamente el reino del dinero y de la satisfacción de los apetitos más ocultos.

El escándalo que provoca la conjunción de tres ámbitos muy distantes en apariencia, pero que regularmente abrevan del mismo cieno -el sexo, el sacerdocio y la política- pudieran convertir a Demoníaca en una novela maldita. Sin embargo, el ejercicio obsesivo de su lenguaje y la imaginación aguda con que se vivisecciona a sus personajes, la redimen en la fuente del arte.

A pesar de que sus agonistas, la  prostituta transexual Sonia Ceylán y el fanático católico Daniel Federico, son dos personajes contrapuestos en pensamiento, espíritu y acción, están indisolublemente unidos por el placer del cuerpo y, por qué no decirlo, por un vínculo más profundo que quizá pueda compararse con cierta clase de amor. Son las dos caras de una sociedad hipócrita e incapaz de aceptarse a sí misma, un juego de opuestos que acaba en una síntesis poderosa y destructiva. ¿Quién va a querer que en la guerra entre la moral y el deseo gane la primera, si se goza mucho más perdiéndola?


Sin admitir concesiones ni ocultarse en eufemismos, Pterocles Arenarius va revelando los misterios del sexo a través de una aventura intensa y deslumbrante. En resumidas cuentas, Demoníaca es una novela para leerse de un jalón, y que al igual que una alimaña ponzoñosa, inocula en el lector el veneno de la curiosidad por leer, al menos, una segunda parte de esta historia.

viernes, 31 de mayo de 2013

Demoníaca de Pterocles Arenarius



Demoníaca

 
Adrián Román
 

Historia de una maldita perra

Si toda obra es autobiográfica como dice uno de los personajes de Demoníaca, me pregunto ¿Quién es el autor? ¿Cuál de sus torcidos personajes? Por más que me esfuerzo no puedo ver en mi amigo Chucho o Pterocles Arenarius, al hombre culto e inocente que se lanza al abismo del amor para capturar a Sonia. Menos puedo imaginarme a Pterocles vestido de mujer bailando en un antro exclusivo en donde las perversiones más bajas son realizables o en el confesionario dándole caricias a un monarca de la iglesia católica. Pero entonces, ¿cómo se puede saber cómo sienten, piensan y actúan dos personajes parados en polos tan opuestos?
"Era una hembra deslumbrante (...) de las que nos hacen pensar que jamás veremos una mujer tan hermosa..."

Vamos por partes. Desde el inicio de la novela se le plantea al lector el acertijo de la sexualidad de un personaje entre divino y diabólico. Escuchemos una parte de la confesión de Federico, un maestro de literatura en un colegio católico y miembro de El Yunque: “Yo no sé si he estado ante Satanás o un ángel. O quizá, me he atrevido, contra mi fe, contra mí mismo, a pensar que en ese ser (puesto que ni siquiera sé —con rigor de ciencia cierta— cuál es su sexo) se conjuntan ambos, ángel y diablo, hombre y mujer, suprema perversión y candor de infante”.

Esa cosa que perturba a Federico es sobrina del Cardenal Primado de México. O eso le dicen, la verdad es que nunca logra saber nada. En el mundo de Federico todo son insinuaciones, recuerdos vagos, aproximaciones, no hay certezas y eso le otorga, como personaje literario, un encanto sublime. Pues transita entre certezas ajenas y creencias personales. Sonia o eso que se hace llamar Sonia, escribe una novela y se acerca como cualquier casto escritor novel a los ojos expertos de profesor de literatura y autor de novelas de superación moral. Federico descubrirá, por los relatos de su amado-amada el perverso mundo que esconde la iglesia en la que él cree ciegamente. Los relatos de Sonia son explícitos, narran con lujo de detalle sus encuentros sexuales con los altos mandos católicos. Estos encuentros generalmente son tiros intensos donde la perversión es reinventada por una parte de dios y otra del diablo. Federico sufre, ¿cómo es posible que un ángel tan divino escriba semejantes barbaridades? ¿Cómo una mujercita tan bella y delicada, puede imaginarse que tiene pito y además que se lo puede meter al máximo jerarca de los católicos mexicanos por todos los orificios posibles? ¿Será cierto todo lo que dice Sonia en sus escritos? Si es así nadie debe de enterarse. El corazón de Federico se divide entre su religión y la calentura que produce el amor.
Adrián Román, poeta


Quien se enfrente a Demoníaca, se enfrentará a una novela que va y viene por distintos ámbitos y siempre mantiene la tensión, la expectativa. Usa dos voces, la de Federico y la del libro que escribe Sonia. Además de usar el recurso de los correos electrónicos de una forma simpática, sarcástica, pues el correo de Federico es: daniel.federico@elyunque.org; y el de Sonia; hembrahombre@hotmail.com. Uno de los recursos que más me gustaron fue ése en donde Federico finalmente va a descubrir el sexo de Sonia. Él entra a un cuarto en donde se celebra una orgía y cuando está a punto de ver lo que habita en el pubis de “eso”, la luz se apaga. Un recurso de tintes cinematográficos que sólo deja ver el buen pulso de la mano de Pterocles.
Por su parte, Sonia, a través de sus escritos nos va confesando su tortuosa niñez. El hartazgo que le produce su padre la obliga a salir a la calle y ponerse en manos de Esmeralda, su mentor, el alquimista que hará que el mundo ignore que Sonia nació con pene. El rito iniciático consiste en meterla a trabajar como dependienta en una zapatería, diez horas diarias, hasta que con disciplina se llega a convencer y convence al mundo y a los tres novios que llegó a tener, que ella es una delicada mujercita virgen.
Sonia proporciona sexo intensivo y de alta calidad para los clérigos

Por los intrincados caminos que entrelaza de forma magistral Pterocles, supongo que no es ninguno de los personajes, que es ambos y que la forma en que conoces sus emociones es porque Pterocles posee el mayor conocimiento al que puede aspirar escritor alguno, conoce el corazón del hombre, esa máquina perversa e inocente que no deja de sorprendernos. Celebro esta novela y espero que la pluma de Pterocles todavía tenga mucha tinta. Salud.

sábado, 25 de mayo de 2013

1978


1978

Pterocles Arenarius

Se escribe porque éste es un mundo terrible

Violeta Ortega
 

No existe obra —de cualquier índole, en cualquier disciplina— que no sea autobiográfica. De hecho es imposible no imprimir en la creación que sea la impronta personal. Somos lo que hacemos, para bien o para mal. Y, afortunada o lamentablemente, mientras el autor más trata de esconderse en su obra, es cuando mejor y más abierta, grandiosa o mezquina o desvergonzadamente se exhibe. No es necesario que digamos que la honestidad es un valor literario imprescindible.

Traigo a colación los conceptos anteriores porque en el poemario 1978, estamos en lo que inmejorablemente es el contraejemplo del mencionado ocultamiento. Si hay un libro brutalmente honesto, es el que está ante nosotros. Pero, mucha cautela, desvergonzados, la simple confesión —por más que estuviera presentada con tintes autoexculpatorios o automagnificantes o con pretenciosa sordidez u otros artilugios que más bien falsearan el inminente autorretrato que, ya lo hemos dicho, es toda obra—, digo, la simple confesión no trae la conmoción, el temblor del poema.
 

Hay en los poemas de este libro, un equilibrio delicadísimo, una armonía —si ustedes quieren siniestra— que da vida a los versos de 1978. Y sólo retratan —a mi desvalido juicio— una actitud de bondad con dejadez, de chamaco atrabancado que con tal de ingresar al juego que todos jugamos, no le importa perder consecutivamente. 1978 pareciera —y esa es su más loable virtud— una confesión aunque no tan simple.


La obra de arte es, también, la manera en que pasamos ante el mundo. Y tal pareciera la suprema virtud en cuanto a la forma de este libro: la honestidad hasta el último extremo. Por eso, quizá, haya poetas que no saben que lo son, o bien poetastros multipremiados por su amplísimo, pero estéril campo léxico-semántico. Como lo dijera Kapuscinsky con otras palabras, un hombre mezquino dará una obra mezquina.

En los poemas de Adrián Román se respira el candor en medio de la sordidez. La espontaneidad autobiográfica, casi como una confesión, pero con astucia extraída por el aventurero al que la vida jamás le ha dado tregua, pero él también ha estado siempre muy lejos de pedirla y, más bien, es el que ha jugado con la extremada honradez que lo ha conducido de derrota en derrota. Hay en estos poemas una vena muy profunda de honestidad, de la actitud investida de la más alta nobleza. De lo bueno, bello y verdadero que, aunque sea en cantidades ínfimas, todos acumulamos en la parte más profunda del alma. Adrián Román ha encontrado el secreto de mostrar la existencia desde una perspectiva, diría, demasiado humana. Por más que las turbiedades y hasta las propias oscuridades establezcan sus ámbitos, la emoción surge límpida y al mismo tiempo terrible.

El lenguaje es en apariencia de gran simplicidad, lo cotidiano se encuentra de manera permanente al llamar a las cosas por el más sencillo de sus nombres, por eso, el entramado del que surge la poesía como piedra preciosa es más complejo, ¿cómo desde palabras tan usuales se consigue sacarle la quintaesencia al vulgarcísimo fluido que se escapa imparcial e incoloro en el que estamos inmersos? Hay una actitud de macho entrón, desafiante. Pero ése no es el secreto. Detrás del peleador callejero está una sensibilidad de adolescente niña y la aparente audacia que no es más que la admisión del reto, el haberle dado la cara a la vida, por más traicionera o despiadada que se haya mostrado.

En los poemas de Adrián Román, a pesar de que se navega por el mar del dolor, de la rutina del fracaso, de la aspereza despiadada en un mundo de triunfadores de ruindad monumentalmente excrementicia, a pesar de que la tristeza ronda y el desánimo perturba, hay una tremenda fuerza, una inteligencia oscura que se combina con la generosidad y la grandeza insigne del perdedor que, al igual que el mundo que lo maltrata, no se tiene piedad; elementos que salvan cada poema del patetismo y vuelven a cada uno un manjar delicioso y profundo y amargo. Hay que estrujarse el corazón cuando Román nos habla de su padre, del tío Severo o del entrañable Manolo.

En este poeta encontramos contradicciones antípodas (como el macho rudo y la sensibilidad de adolescente niña, ya mencionadas); sus relaciones con las mujeres son no menos paradójicas. Desde el te amo pero te digo Adios, princesa, pasando por la referencia erótico-fisiológica que se levanta amenazadora y que, sin embargo, termina por formar parte de una loa, hasta una añoranza agridulce, porque nada será miel en los poemas de 1978, no puede serlo por su permanente vocación para encontrar el último extremo.

Si la literatura tiene alguna función en este mundo, esa sería la de poner a la vista la más delicada humanidad de algún espécimen de este género que solemos llamar homo sapiens sapiens, porque esa conquista trabajada, finalmente, mediante la reflexión, es decir, el más profundo autoexamen y conocimiento de sí mismo nos conduce a una identidad, a un atisbo de entendimiento de nosotros mismos, de aproximarnos a saber qué somos. El arte, la poesía, en este caso es ese hurgar en nuestra alma, encontrarnos y vernos con asombro, esto somos. Por eso las contradicciones, las irresolubles paradojas que en este libro constantemente estallan ante nuestros ojos, son valiosísimas. A partir de ahí, de la gran vulnerabilidad y la inmensa fortaleza que se equilibran será posible construir algún esbozo de lo humano. Entre muchas otras cosas, por esto, la poesía es salvación, un asidero, un refugio en medio del naufragio creado por el ansia de poder, la ambición de la riqueza que generan el desprecio por los humanos y que cada vez nos aproxima a nuestra destrucción.

La poesía de Adrián Román, a partir de vocablos tan rutinarios, se yergue como una construcción exquisita en la que brillan deslumbrantes destellos de las mejores virtudes humanas en medio, acaso, de la oscura sordidez; las más dulces emociones en la atmósfera amarga, crudelísima de un mundo sin piedad.