viernes, 1 de marzo de 2019

Teojomulco y San Isidro Calabazo

El México Profundo y el Rincón de Dios
Pterocles Arenarius
La imagen puede contener: montaña, cielo, naturaleza y exterior
Vista desde San Isidro Calabazo
Salimos de la Ciudad de México en la madrugada del martes 12 de febrero. En el local del Frente Ciudadano Independiente (FCI) sito en la calle de Aluminio, en la colonia Quinto Tramo de la 20 de noviembre. Se dieron cita tres organizaciones: el propio mencionado Frente, la organización México sin Límites (MSL) y los promotores del Faro Venus Calipigia (Faro). El objetivo es viajar a la sierra sur de Oaxaca a una comunidad marginal llamada San Isidro Calabazo (sic), que se encuentra bajo jurisdicción de la Agencia Municipal de Santa Cruz Zenzontepec, Distrito de Sola de Vega, Oaxaca. Ir hasta San Isidro Calabazo tiene como objetivo impartir un taller de crónica para estudiantes de preparatoria y profesores de ese y otros cuatro municipios de la zona. La salida es, rigurosamente, a las seis de la mañana. La razón es que el viaje nos ha de tomar ―si todo funciona como es debido― alrededor de doce horas. Pero además, en el ínterin, debemos, al menos, desayunar y comer. Sin duda un viaje arduo, fatigoso.
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Las mujeres de San Isidro Calabazo
Los camaradas de México sin Límites son tres jóvenes cuyos nombres eran Jesús, un muchacho alto, tristón y servicial; Josué, con la cabeza empeñosamente rapada a coco, un aro ensartado en el cartílago que divide a la nariz en las dos fosas y un tercer muchacho de nombre Rafa, dueño de unas barbitas que no llegaban a ser ni de chivo y que pasó todo el viaje de ida dormitando. También iba con ellos una mujer mayor que ellos tres: Abril. En el grupo no me gustó nada su carácter huraño porque me parecía un pretexto para ocultar una furtiva soberbia. Luego me enteraría que llevaban equipajes excesivos y, en efecto, la camioneta estaba más allá de la saturación total. Llevábamos libros, media tonelada, para los niños de San Isidro Calabazo; los equipajes de todos, algunas cosas para tomar un tentempié en el camino y nuestros propios cuerpos. Totalmente llena. Imposible subir algún objeto más y menos una persona. Empezamos el viaje cuando la noche no terminaba de marcharse. Íbamos dormitando por la desmañanada, me permití regalar sandwich para todos. Ellos los aceptaron como si fuera nuestra obligación. Luego incurrí en la indignación cuando ellos repartieron manzanas sólo para consumo de sus amigos de MSL. Bueno, llegamos a Tehuacán y nos dirigimos a tomar un desayuno muy austero, en una tiendita tipo oxxo, tan austero era que, me pareció, por eso se negaron a tomarlo. Ah, pero cuando llegamos a Oaxaca, a eso de las dos y pico de la tarde y nos llevaron a El Bichón, un restaurante que sirve costillas de brontosaurio (obviamente tienen un criadero de estos reptiles prehistóricos) y mezcal, muy gustosos ingirieron sendos costillares de dos dedos de grueso y se bebían los caballitos de mezcal como si fueran de agua, sin tomar respiro. No dejó de decirles alguien, inútilmente, que así no se toma el mezcal, sino que hay que degustarlo y paladearlo con la mayor lentitud.
De Oaxaca continuamos a Teojomulco, etimológicamente, “El rincón de Dios”, minúsculo municipio ―una leyenda a la entrada anuncia que tiene menos de 4 mil habitantes―, es el lugar que sirvió de sitio de nacimiento a nuestro compañero y dirigente J Félix Hilario Antonio. Nos instalamos en el único Hotel del pueblito, Los Primos. Alojarnos fue como el banderazo de salida. Los colegas de MSL empezaron una especie de carrera para ver quién alcanzaba el estado de la más total embriaguez en el menor tiempo posible; la sustancia que les serviría de vehículo: el mezcal que misteriosamente y en grandes cantidades se agenciaron. Varios de Faro Venus Calipigia bebimos mezcal y cerveza, pero muy antes de las 11 de la noche estábamos bajo el resguardo de nuestro cuarto de hotel para reposar y mantenernos en buenas condiciones para el día siguiente en que empezaríamos actividades.
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Recursos materiales escasos. Espíritu y dignidad descomunales

A las seis de la mañana, bajo un cielo alucinante de estrellas ―como jamás veremos en ciudad alguna― ya estábamos listos para viajar hacia San Isidro Calabazo. Pero nuestros camaradas de MSL no salían. Lo sabíamos, en la alta noche escuchamos sus carcajadas, su animadísima francachela que se prolongó hasta que la noche quería alborear. Poquito antes de las 6 de la mañana les llamamos por teléfono y no contestaron. Les tocamos la puerta y salió uno de ellos en deplorables condiciones. Dijo que en unos minutos estarían listos, pero pensamos que mejor ni lo estuvieran, el chico discurría una intoxicación alcohólica ―específicamente mezcalera― de, al menos, doce horas. Es mejor irnos sin ellos, consideramos, de cualquier manera así ―en el estado de alta ebriedad que mostraban― no pueden hacer nada. Partimos.
San Isidro Calabazo es un lugar que parte el alma por varias razones. La primera es que se trata de una pequeña meseta, una altiplanicie en el más exacto sentido de la palabra. Tiene barrancos que, a pesar de ser hermosos, parecieran caminos al infierno de lo profundos que parecen; pero también está rodeada de montañas que dieran la impresión de óleos pergeñados por divina mano; los verdes van a juego con el purísimo azul del cielo y las nubes juegan, con su blancor perfecto, en el azul infinito. El pueblito no llega a los mil habitantes. La segunda partida de alma es que todas las mujeres que vimos traen vestidos más que típicos de las indígenas, incluso las niñas, los colores no son excesivamente variados: azul, rojo, a veces verde y muy raramente otros colores, pero siempre estampados de flores. Como un canon, todas usan tal prenda justo a la rodilla. Todos son morenísimos y chaparritos, como en casi todos los municipios pequeños del estado, pero si tantito me exigen podría decir que los de Calabazo son más chaparritos y más morenos. Los niños son asombrosamente pequeños y delgados. Juegan básquetbol con destreza singular y un vigor inagotable. Las alucinantes montañas que por los cuatro puntos cardinales muestran una madre naturaleza desmedida no los conmueven, por supuesto, la costumbre ha hecho su trabajo. La comunidad se muestra orgullosa, pero muy habituada a sus cadenas montañosas de majestuosidad y belleza desquiciantes. El verdor de las inefables montañas, el azul impoluto del cielo, el delirio de las transitorias nubes que parecieran al alcance de la mano, hacen de Calabazo un lugar insólito. Los habitantes de San Isidro Calabazo son chatinos y tal se nombra, además, su idioma. La mayoría de los habitantes del pueblo, según pude comprobar, habla el chatino, lo cual me ha hecho pensar que por eso, por no entender bien el español, permitieron que su municipio se llame así, Calabazo.
Pterocles y novela

Promover la lectura

En la llegada al lugar, la visión de la gente con su genotipo inflexiblemente indígena, la inmensa humildad reinante, la curiosidad risueña o desconcertada de niños y adultos por nosotros y la entrega impresionante del afecto del pueblo, nos hacen derramar lágrimas. Yo no llego a medir 1.70 metros, me faltan dos centímetros; soy, más bien chaparro. Pero en Calabazo estoy convertido en uno de los hombres más altos del pueblo. Los niños son demasiado pequeños porque los vemos con uniformes de secundaria y con estaturas que nos parecen de 10 años o incluso menos. La bienvenida no puede ser más afectuosa. La editora de Eterno Femenino, Noemí Luna García y este servidor, nos afanamos por ocultar el llanto que la gente nos hace derramar. Estamos en una comunidad indígena marginal. Lo primero que hacen es invitarnos a desayunar. Han preparado para nosotros un guiso privilegiado. El jefe de la cocina ordenó que un buen número de habitantes del pueblo bajara al río para capturar, ni uno más ni uno menos, cien acamayas, unos camarones grandes, con tenazas poco menos impresionantes que las de cangrejo. En la comunidad cocinan un guiso delicioso que llaman mole de camarón.
El comedor comunitario no puede ser más humilde, el suelo es de tierra, las mesas hechizas y los asientos simples bancas, algunas sin respaldo. Pero el calor humano es conmovedor. Los chatinos ―en especial los niños y un poco disimuladamente las mujeres― nos miran como si fuéramos de otro planeta. Lo somos. En cierto momento nos damos cuenta de que pertenecemos a lo que suele llamarse la cultura occidental y nos percatamos de que ellos, los chatinos, no son cultura occidental. Han realizado una hazaña casi increíble, conservar su idioma, la gran mayoría de sus costumbres, sus tradiciones casi intactas por medio milenio. La única intrusión ―detestable para este cronicador― es la religión.
En cuanto concluimos el suculento desayuno, insólito para nosotros, nos hicieron la recepción oficial y empezamos. Aquí conviene anotar que hubo alguna incomunicación más o menos grave. Había dos objetivos principales, uno, llevar a cabo un curso de crónica para que estudiantes de prepa y profesores escribieran textos de ese género para plasmar en letra viva modos, usos y costumbres, sucesos, anécdotas, las formas de vivir, la historia de San Isidro Calabazo. Pocos minutos antes de iniciar nos informan que los chicos de prepa no estarían presentes, más todavía, ni siquiera los de tercero de secundaria. Tendríamos que trabajar con niños de primaria ―quinto y sexto con Noemí― y de primero y segundo de secundaria, el que esto escribe. Sin duda el punto de vista de los niños es muy importante, pero, además, nos interesaba sin duda, la palabra de los hombres, las mujeres. De los más lúcidos, los que más han ido a la escuela, de los que más conocen el lugar que habitan y los que sacan de su tierra y su agua lo que necesitan para vivir. El otro objetivo importante era que las camaradas que conocen los términos, la ideología y la circunstancia de las mujeres, llevaran una serie de charlas para las habitantes de Calabazo. En este caso sí se llevó a efecto la sesión.
Trabajamos con los niños cinco horas cada día, con los necesarios recesos, la salida a comer en el comedor comunitario. Cinco horas son demasiadas para un solo tema y mucho más lo son para niños menores de 12 años a duras penas a punto de entrar a la adolescencia. Pero el trabajo se hizo y los resultados los daremos a conocer pronto. El gran objetivo era, es, acumular textos de crónica sobre la vida en la comunidad para plasmarla en un libro. Recordemos la gran definición de Borges sobre el libro como el más grande invento de la humanidad, puesto que las más portentosas creaciones humanas como el microscopio que permite ver el microcosmos, el telescopio que nos deja vislumbrar la infinitud del universo, las inmensas máquinas que nos permiten mover pesos ingentes, son extensiones de nuestras facultades físicas. Pero el libro es una extensión de nuestra memoria y nuestra imaginación. En el libro está contenida el alma de la humanidad. Eso es lo que buscamos de San Isidro Calabazo, la manifestación de lo más valioso con que cuenta el ser humano, su ser profundo, su espíritu. La parte trascendente, si es que hay alguna, en el ser humano.
Con Noemí Luna, cotalleristas

Y bien, trabajamos el primer día. Comimos en el comedor comunitario acompañados por los profesores de la comunidad, por algunos habitantes de la misma y por el pueblo en general. Nos invitaron a tomar cerveza y mezcal. Bebimos, claro. ¿Y los de MSL? Bueno, lo primero que notamos es que no llegaron cuando se aproximó la tarde, no participaron en ninguna actividad. Cuando terminamos los trabajos nos llegaron noticias alarmantes: se nos dijo que habían tenido un accidente. Nos preocupamos, nos sentidos abrumados. Poco a poco fluyeron las noticias: la encargada del grupo de MSL se había caído de una camioneta cuando venían hacia San Isidro Calabazo. El desconcierto, la zozobra nos hicieron su presa. Llegamos a pensar en ir a buscarlos. Pero las noticias cada vez nos obligaban a ser muy sensatos. Casi anocheciendo llegaron Rafa y Josué, el de las barbitas y el pelón, respectivamente. Venían, una vez más, en avanzado estado de embriaguez, ¿por qué no?, puesto que todo les valía madres. ¿Y su compañera y dirigente accidentada?, pues les valía madres, obviamente. ¿Y el otro acompañante?, se fue con ella al hospital donde la llevaron. ¿Y el accidente cómo fue y cuál es el estado de Abril y qué pasó, dónde y por qué se cayó?, y mil preguntas surgieron. Pero no, ellos venían borrachos y, aunque dizque preocupados, más bien con la actitud de aquí no pasa nada y que ruede el puto mundo, puesto que no dejaban de ingerir mezcal. Las versiones del accidente y de las relaciones entre ellos llegaron a límites que más vale no comentar. Los extremos de la sordidez, los linderos de la promiscuidad, territorios en donde las aficiones y los placeres rozan vicios que son perseguidos de oficio: lugares en los que este cronicador prefiere no invadir. Ni es moralina ni es hipocresía. Baste con decir que no cumplieron con su promesa de colaborar en los trabajos que nos impusimos voluntariamente y prefirieron la embriaguez, que con eso sea y es más que suficiente. No está por demás decir que en la noche continuaron la ingestión alcohólica, algún profesor, por condescendencia y hospitalidad se puso a beber con ellos. Luego nos diría que “Bebían demasiado rápido. Yo les dije que el mezcal no se toma así porque es muy fuerte, al mezcal hay que respetarlo”. Su sabio consejo, desoído, les costó muy caro. En las altas horas de la madrugada oímos ―a pesar del fuerte sueño en que ya estábamos― golpes terribles, cuerpos que se azotaban en suelo o paredes. Pensamos en que se había desatado una riña. Pronto, una vez bien despiertos, nos enteramos que los señoritos estaban tan embriagados que se cayeron varias veces azotándose contra el piso. Se acostaron en el aula que se nos asignó como el cuarto de los hombres, junto con los correspondientes petates y apenas una o dos cobijas. Ebrios, impertinentes, inconscientes, no dejaron de hacer ruido que nos desveló al resto. Cerca del alba uno de ellos, el de las barbitas, Rafa, se levantó a orinar y lo hizo sobre el petate en donde dormía uno de nosotros. No diré quien. Lo meó. Luego fue y usurpó un pedazo de cobija con la que yo me cubría.
En la mañana nos bañamos con agua fría en una pileta de uso comunitario. Cuando nos preparábamos para el segundo día de actividades, antes de las diez de la mañana despertaron. Y, lo juro, el pelón, Josué, sacó una botella de plástico llena de mezcal. Se la aventó al otro con jubilosa violencia y ya iban a ponerse a beber una vez más cuando llegó Félix Hilario y les leyó la cartilla, les prohibió, por sus pistolas, faltaba más, que siguieran bebiendo, les quitó la botella que ya habían destapado y les informó que se tenían que ir de San Isidro Calabazo, que sus servicios no nos eran adecuados en tales condiciones. Los corrió, es cierto, y lo hizo como se lo merecían, sin mucha diplomacia pero destaco que lo hizo correctamente.
Josué, el pelón que además traía una argolla en el cartílago que divide la nariz quiso ir al baño. Luego de regañado por Félix le preguntó donde estaba. Nuestro compañero se lo indicó. Se salió del aula, bajó un gran escalón y se cayó sobre un pequeño montón de grava. Se rompió la nariz. Se levantó y se puso en movimiento y se volvió a caer, se estrelló contra una cerca de alambre (algunos hubieran deseado que fuera alambre de púas). Félix fue en su auxilio, lo agarró del hombro de su chamarra y lo llevó como un títere, casi cargándolo hasta el baño como si fuera un costal de basura. Fuimos a desayunar, luego entramos a trabajar con los niños y el pelón y el barbitas se largaron, alabado sea el cielo y gracias a la actitud justamente intransigente de Félix.
Trabajamos duro con los niños. Nos esforzamos por sacarles algo de lo que son sus usos y costumbres, sus gustos, sus filias y sus fobias, su relación con la naturaleza y las que establecen entre ellos mismos. Ellos son el México Profundo de que habló Guillermo Bonfil Batalla en su libro que se ha vuelto canon. Ellos son la parte más pura de nuestra raíz más vieja. Son la conservación del espíritu de lo mexicano, al menos de una parte. Estos indígenas entrañables, sencillísimos, muy pobres en lo que a economía se refiere, poseen una dignidad ―no exagero― sagrada. La bondad, la actitud generosa y de gran respeto (me imagino su desconcierto al verme un hombre de muy otro color de piel que ellos, con las barbas casi blancas, descomunales, con el pelo tan largo, me conmueve profundamente el inmenso respeto, incluso el cariño, sus sonrisas, su hospitalidad). Dicen que el comunismo fracasó en el mundo, que jamás se ha presentado entre seres humanos. Los chatinos de San Isidro Calabazo son el testimonio vivo de que el comunismo no sólo es posible, es imprescindible en ciertas condiciones. El sistema es comunista en Calabazo. Pero ellos no lo saben. Tienen que enseñarnos.
Las noticias de los “colegas” de MSL seguían subiendo de tono alarmista. No diré en qué sentido ni lo específico de los hechos, es demasiado. Pero el asunto llegaba ―llegó desde un principio― a tener tintes de tragedia creada entre estupidez, inconsciencia, irresponsabilidad incluso de sus propias personas y más vicios. Noticias terribles llegaron al municipio de Teojomulco y las autoridades locales se aprestaron a tomar medidas extremas. Que ahí quede el asunto. Por fortuna los indiciados ya no estaban en el pueblo sino en Oaxaca. Los chicos, sin perder el estado de embriaguez que cultivaron empeñosamente durante todo el viaje, se extralimitaron una vez más, ¿por qué no?, y provocaron que los detuvieran y fueran recluidos en un establecimiento de los que se llaman anexos para personas con adicciones graves. Pero… ni como ayudarles… “El que por su gusto el buey hasta la coyunda lame”, dice el refrán que, con cierta frecuencia, repetía mi madre.
En la tarde estuvimos bebiendo cerveza en la más que agradable compañía de profesores y lugareños. En la tardenoche nos invitaron a una fiesta a la que asistimos y de la que tuvimos que retirarnos antes de que los encantos de nuestras compañeras soliviantaran animadversiones entre los hombres de la comunidad: la razón es que en el acto del baile, ciertos movimientos tienen significados que son indicaciones, un código de flirteo y aproximación con matiz sexual. Un malentendido que podía haberse escalado bajo los influjos gloriosos del mezcal. Preferimos cortar de tajo.
Llegamos a nuestros refugios para pernoctar a eso de las ocho y fracción de la noche, cuando el pueblo ya duerme. Para las diez de la noche parece de madrugada y las estrellas resplandecen en una cantidad y con un brillo como si se nos fueran a caer encima en una lapidación celestial: un espectáculo que nos abruma y nos hace pensar ―o mejor, delirar― acerca de los tremendos infinitos que nos rodean. Dormimos para el tercer día.
Trabajamos como lo veníamos haciendo. Acaso de manera un poco más relajada y ligera. Desde temprano se fue preparando la ceremonia de clausura. Cuando se dio el aviso por el sonido local nos presentamos en el presidium. La autoridad educativa de la zona nos agradeció, nos invitó para una próxima vez lo más cercanamente posible, nos entregó sendos diplomas de reconocimiento, nos regaló una canasta con viandas y frutas de la localidad, nos homenajeó tan prolija como inmerecidamente. Luego los chicos de las escuelas e incluso de otras comunidades ejecutaron danzas que, para el observador acucioso, demuestran las cosmogonías, la espiritualidad y la mundanidad, las caprichosas aproximaciones con finalidad ayuntaril y también los trajes típicos, el espíritu del pueblo manifestado en música y movimiento.
Salimos de San Isidro Calabazo cargados de regalos, de sentimientos poderosos, de la energía purísima que nos contagió la gente y con la percepción de que palpamos una fibra desconocida y prístina de este país. En este pequeñísimo pueblo se encuentra un tesoro en muchos sentidos. Un pueblo con habitantes que parecieran vivir ahí desde hace más de mil años y muy poco se han contaminado de lo que llamamos “la modernidad” y sus múltiples vicios y degeneraciones.
Nos fuimos a Teojomulco. Llegamos en la noche. Fuimos a hacer una comida-cena. En el Rincón de Dios tenemos gente bienquistada: en el Restaurante Vargas, amigos de Félix Hilario, nos regalaron el chocolate de agua, delicioso, para todos.
Dormimos en el Hotel Los Primos. A las seis de la mañana nos fuimos a caminar en las inmediaciones del pueblo. Desayunamos y más tarde nos lanzamos a La Cascada de los Dioses. Caminar un poco más de tres kilómetros, entrar por un terreno abrupto, diría, en la práctica tierra virgen en la que, gracias a la suela desgastada y resbaladiza de mis zapatos, pero también a mi torpeza, me caí cuatro veces. El lugar es un cenáculo, un santuario en donde pareciera no pasar el tiempo, pero sí el agua. ¿De dónde viene tanta agua que no se interrumpe de día ni de noche? ¿Qué fuerza cósmica, qué dios infatigable genera y envía esa agua prístina que la santísima barranca deja caer desde diez o doce metros para que te golpee en la cabeza, te masajee los hombros y te haga sentir que ese golpe de agua, ese violento discurrir del helado líquido por el cuerpo te purifica, te emociona, te conmueve como si fueran las aguas originarias de un bautismo de la madre natura? El lugar es propio para llevar a cabo un ritual pagano en el que se invocara al Dios Pan y a su divina progenitora Afrodita, a Aradia, la Diosa Madre y a Cernnunos, el Dios astado, el señor de las cosas salvajes y libres. Es la cascada donde lo sagrado habita. Indefectiblemente te invade la sensación de que estás en un lugar que no es lugar y en un tiempo que no es tiempo. Si creyera en Dios, estoy seguro que no hay mejor lugar para invocarlo y hacerlo comparecer.
Por cierto, en un receso técnico, frente a una gasolinera en que nos detuvimos para alimentar el vehículo de combustible y, ahí mismo, enfrente, el espíritu con un par de cervezas un viejo me preguntó que si era Dios por aquello de las barbas blancas y el pelo largo. Pero otro teojomulqueño le aclaró: “No, es Pterocles”.
Luego dormimos, bien tempranito, con la oscuridad encima ya estábamos listos; viajamos a nuestro monstruo de ciudad, llegamos con bien a pesar de que arrostramos la amenaza de la más estúpida tragedia.

lunes, 11 de febrero de 2019

Richard Stallman, Ubuntu y los Bastardos


Entre Ubuntu y los bastardos

Pterocles Arenarius
Dios prefiere a los bastardos. Gonzalo Trinidad Valtierra. Editorial Vodevil 2019.

El cuento es un artefacto exigente. Tiene que estar sustentado, más que nada, en la anécdota. El cuento es anécdota. Todo lo demás está sujeto a ella. La estructura, la atmósfera, la mínima descripción de sitios u objetos y personajes esbozados o dibujados tan sólo con los detalles en la medida en que sirvan a la anécdota. En este sentido el cuento es rigor. Sin embargo, un exceso de petrificación perjudicaría a la narración cuentística, así, el cuentista tiene que conseguir que se perciba la fluidez de la vida, ya con su impasibilidad, ya con sus momentos terribles o bien con las tremendas intensidades de los humanos sentimientos. De este lado opuesto, el cuento tiene que ser soltura, suavidad, incluso velocidad y ligereza si no es que vértigo y hasta violencia. Sólo la sabia combinación, el equilibrio, de ambos grupos de conceptos harán del cuento algo inolvidable. Así lo estipuló el maestro Edmundo Valadés: “Un gran cuento se lee de una sentada y se recuerda toda la vida”.
Los Bastardos, preferidos por la divinidad

Sin embargo, lo anteriormente dicho es técnica. Como toda obra de arte, el cuento tiene que ser producto de un gran oficio. No hay manera de evitarlo. No hay manera de escribir un gran cuento sin haber probado el trago amargo, tan lento, de transitar por los largos caminos de la artesanía, el oficio. Casi.
Porque existen los genios. Y es que dijo el filósofo: “Hay hombres que no requieren que nadie les enseñe, ellos descifran la naturaleza con su aguda inteligencia; los hay que requieren de manera indeclinable de un maestro que los guíe, tal somos la gran mayoría; y no dejan de existir algunos que por fortuna también son escasos― para quienes es tan inútil enseñarles como que la naturaleza les muestre sus prodigios, porque no aprenderán”. Cualquier arte sólo puede ser alcanzado por el amor. Es el amor el que permite a un simple ser humano elevarse hasta las inmediaciones de lo divino, que no otra cosa es acceder a la realización de la gran obra. Aún para los genios, a quienes la musa se les entrega sin que se esfuercen ―en aparienciademasiado. La obra siempre está por encima del autor. Los seres humanos normales y corrientes tenemos que llevar a cabo una gran construcción, realizar la autotransformación. Nosotros hacemos literatura: la literatura nos hace. “Lo que tú buscas existe por estar buscándote”. La frase que ha terminado por ser altamente denostativa: “Tú trabajas por amor al arte”, es la consigna que el real artista asume sin siquiera cuestionárselo. Lo han pagado caro familiares y parejas, incluso amigos del condenado ―¿o será bendecido?― por el rayo de la creación. Pero es la manera de encontrarse a sí mismo. La única forma de encontrarse con los otros. En este mundo hay que ser. Aunque cueste.
En la Fundación Cultural del México Contemporáneo

  

Ahora, con la venia de ustedes, amigos, cedo a la tentación de incurrir en una flagrante pero, así lo siento, imprescindible digresión.
Ubuntu es una palabra del lenguaje bantú que usa Richard Stallman, un gran héroe de nuestros días. Este gringo de melena descomunal, encanecidas y abstrusas barbas, dotado además de la rebeldía más prístina y una solidaridad sin límites con el género humano, es el creador del sistema operativo Ubuntu-Linux de software libre gracias al cual, agrego, se han escrito estas líneas. Stallman ha creado algo similar a lo que hizo Bill Gates aunque Stallman lo ha hecho sin todas las trampas y robos que le sabemos al megamillonario de Microsoft―, con la minúscula diferencia de que Stallman ha renunciado a convertirse en un hombre rico. Y, sabiamente, escogió la palabra Ubuntu, que significa “Soy porque somos”.
La literatura, el arte…, concretamente el cuento eso es: soy porque somos. Dice aquel poeta: “Somos, siempre somos. Los otros que no son si yo no existo. Los otros que me dan plena existencia”.
Buda observa: el texto se lee
El narrador se nutre de la realidad. Luego la procesa en sí mismo. La reelabora a partir de sus propias percepciones, de su mirada, incluso de sus obsesiones; en otras palabras, la revuelve con él mismo, la transforma y hace que ella lo transforme. Y luego la devuelve al mundo. Sin duda alguna, la obra lleva el indeleble toque personalísimo del creador. Para bien y para mal. Un cuento es un retrato del que lo escribió. Es el encuentro de un hombre consigo mismo en el que descubre que es la única y por eso la mejormanera de encontrarse con los otros. Ubuntu.
Eso es el libro de Gonzalo Trinidad Valtierra.
Aproximadamente o incluso de manera escueta esbozamos la técnica del cuento. Pero una obra, por más técnica que demuestre, si carece de lo humano se convierte en un simple objeto de curiosidad o de notoria extravagancia; el capricho de un excéntrico. Es más, cuando un cuento se narra con el corazón en la mano puede hacer las veces de la obra de arte. Requerimos el temblor, la sangre, el palpitar, los sacudimientos, las hecatombes interiores. El cuento la obra de arte en general tiene que aproximar a su espectador a los infiernos. O a los paraísos. La técnica puede ser prescindible pero sólo cuando el genio está detrás de la obra.
Pero no somos genios.
Gonzalo Trinidad Valtierra ha realizado un tránsito ingente. Sus cuentos son los de un escritor que ha desarrollado un notable oficio. Pero además tiene la veta, la emoción del artista. En sus cuentos encontramos con frecuencia el lado oscuro, lo siniestro y lo sórdido.
Hemos dicho que la misión del artista es aproximarnos al esplendor que prefigura lo divino: la belleza. O bien, instalarnos de cara al espanto, lo oscuro, incluso el horror. “El camino de arriba y el de abajo son uno y el mismo” (el viejo romanticismo de la vetusta Europa hace unos tres siglos atrás nos regaló esa herencia para ampliar nuestra estética no menos que nuestra ética: sólo la oscuridad permite apreciar el fulgor esplendoroso de la luz).
En Dios prefiere a los bastardos deambulan los malvados abusando de quien pueden. Eso, hasta que los débiles cobran venganza. Llaman la atención dos cosas, al menos. Una, es la estructura sinuosa de los cuentos y la otra es la frecuencia de los finales inesperados.
El temblor de lo humano vibra en cada narración. ¿Qué sería de los santos si no hubiera malvados que calaran sus magnas virtudes? La gente que sufre se redime por el dolor. Pero no hay nada escrito que nos garantice ni la justicia ni la opresión ni el pecado ni el crimen. Los personajes de pronto parecieran habérsele ido al autor de todo control y actúan como mejor se les antoja para que los cuentos desconcierten, incluso abrumen. ¿Qué autor no quisiera que sus personajes hablen, se muevan y actúen lo más lejos posible de conseguir su permiso?
No menos es notable la influencia de lecturas policiacas norteamericanas de la mejor tradición de la literatura de aquel país. Resulta refrescante encontrar un par de cuentos que parecieran creados en la atmósfera de los buenos años para la creación literaria del país del norte.
Una sorpresa muy agradable es la aparición de mi querido compadre Jorge Borja como personaje de un cuento. Si bien secundario, se encuentra en su papel vitalicio, repartiendo la alegría, el bienestar, la buena vida a través de cierto elíxir mágico que, se cuenta, aunque es de su personalísima creación, no menos ha acompañado a la humanidad a lo largo de su existencia. Las drogas maravillosas son un invento de cada cerebro y, a la vez, somos un invento de ellas, de su influencia.
Dios prefiere a los bastardos que se mueven en la más flagrante libertad para proporcionarnos el supremo goce de la literatura.
Borja y Pterocles, hace pocos ayeres

lunes, 4 de febrero de 2019

Lo blanco de la página

La contradicción certera

Pterocles Arenarius


Lo blanco de la página, Dorian Antuna, Editorial Eterno Femenino, 2018.

En la búsqueda de la verdad en la materia sólo
se encuentran verdades acerca de uno mismo

Werner Heisenberg

Demócrito, el abderiano, dice:
“Todos los abderianos son mentirosos”.
Si Demócrito dice la verdad, entonces
miente.
Si Demócrito miente, entonces está
diciendo la verdad.

Cuando el martillo da en el clavo todo se desintegra. Cuando el poeta encuentra el verso descubre que está más extraviado que nunca.
Lo blanco de la página es el manifiesto del silencio, el inaudible grito de un buscador de paradojas en el territorio de una metafísica contradictoriamente certera.
La búsqueda del poeta es la paradoja. El encuentro consiste en extraviarse.
Su descubrimiento es que este mundo es una apariencia. ¿Para qué sirve volar si es reptiliano este destino nuestro? Pero la lagartija alada, volando contempla los asideros de los dioses.
En Lo blanco de la página el poeta nos invita a contemplar su deslumbramiento. El acceso a los descubrimientos metafísicos es la paradoja. Hay una especie de locura que con frecuencia harta se nos muestra como la lucidez extrema, deslumbrante. La oscura luminosidad de este libro, su música sorda es tanto la invitación a la reflexión como el desconcierto frente a la intransitable paradoja que siempre surge en estos versos.
El mundo firme y sólido se desmorona o, peor, se vuelve un holograma cuando el poeta examina las circunstancias de la existencia.

Del 1. Germinal

Dos peces de fuego ahogándose en sus propias lágrimas
Mis ojos lloran pólvora

Por más que no deja de haber conceptos de estatura filosófica, la poética de Lo blanco de la página no deja de incurrir en imágenes de humor incluso grotesco:
Los cerdos nos paseamos desnudos embarrándonos sobre los muebles y las estrellas…
El poemario, ciertamente, visita diversos territorios de lo espiritual, así no podía dejar de lado lo que aquí se nombra

2. Tonantzina

¿Es verdad lo que se dice
que todo el Universo estalla?
La vida es un estallido en medio del oscuro vacío y la verdad si existe procura siempre estar oculta en los desvanes de la relatividad, los marcos de referencia.
Tonantzina es nuestra madre:
Y nosotros, tu sangre, tu color:
¿es verdad que nacimos de la tierra alegre
de tu flor y de tu canto?
Seamos sólo un canto. Una alabanza a la belleza y al amor. Seamos la tribu que veneró a Tonantzina aunque hoy la llamen con otro nombre.
¡Mis motitas de cielo, mis hijitos los más pequeños!

La apuesta del poeta transita desde el aforismo hasta no dejar de asestarnos versos tremendos en

3. El sol como araña teje las sombras del mediodía
Así, acude al aserto aforístico cuasi descubrimiento:
Los hijos son maestros de sus padres
Para, algunos versos después acceder al asombro con la imagen devastadora:

las palabras caen sobre las páginas como cuerpos suicidándose
Y, por fin, establecer la paradoja que confronta a un absoluto con la escena tan trivial.

Nos dibuja el ojo ciego del cosmos
¡La cena está lista ―grita mi madre―

Pero nos deja ante la cuestión inefable de discernir cuál de los dos actos es más trascendente. Al transitar en este mundo vamos modificando al universo.

4. El espejo reflejado al reverso del ojo

Te lleva al reencuentro con esa mirada de la infancia
la que sólo recuperamos al momento de la muerte

En cada vida se le muere un dios al hombrecillo
La iluminación no está al alcance de los que no han avanzado en la construcción-destrucción de su mundo. Los que no podrían soportar la contemplación espantosa del inmenso vacío, de la gran nada.
5. Cuando un espejo se contempla

Cuando el silencio que soy se expresa ¿dónde queda lo que soy?
Cuando un espejo se contempla ¿dónde está su reflejo?
(…) aprendemos muriendo.


Porque la evidencia nos demuestra que habitamos en la solidez de un vapor sutil, existimos con la anuencia de dioses fantasmales.

6. Ojo

En el fondo del pozo ves tu reflejo: pero no ves nada,
Ves un saco lleno de agujeros tirando agujeros en el hoyo del cosmos
Ves a tus hermanos, a tu madre y a tu padre arder en la esfera
Pero no te ves
No eres el que sentado a la mesa piensa y escribe que nada piensa y nada escribe

Por más que esculpas la escultura de lo afuera en tu interior

El fin de un círculo que no comienza
impulsa al geómetra a dibujar curvas en la nada.

La verdad se forma con algunos millones de mentiras. Una sola gran mentira imprescindible, ya que nadie es capaz de soportar ni una dosis mínima, tremenda, de una verdad muy simple.

En el poema 7. Flor y canto anunnaki refulge un verso que, por sí mismo, hace las veces de aforismo:
de mi cuna me derramo hasta el sepulcro

Porque a cada segundo de nuestra existencia nos vamos aproximando a la muerte. Desde la dulce, múltiple mentira de lo que es la vida hasta la tremenda, brutal y única verdad de la muerte.
Importa señalar un ámbito más que resulta notable en la poesía aquí contenida. Vale mucho que el que escribe amplíe sus límites.
Lo sostiene en el poema 10. ¡He aquí cuanto sé que es cierto!, invoca:
Demonios me rezan
Porque un auténtico demonio sólo puede ser venerado por demonios. Si el poeta no es un demonio, de ninguna manera podrá jamás llegar a ser un ángel. Tiene la obligación de ser ambos, y si no, que renuncie a la posible salvífica condena.

Alberto, Coyote, Ruz; Dorian Antuna, poeta; Pterocles.
La alta dignidad se vuelve incontrovertible aun en el despreciable ente porcino:
El honor del cerdo es intachable cuando va directo al mataderoPero el poeta, sonámbulo, avanza fuera de la realidad para afirmarla. Es el que se ve con otros ojos y, con ellos, se palpa.
Tan lejos de mí como el sendero que uno recorre para llegar a la nada
Soy el sendero
Tan mío que me he olvidado
Tan cerca de mí que estoy hecho de lejanías
Se es por no ser. Él lo sabe. No existo puesto que aquí estoy. Soy un fantasma enamorado de la carne y mi conflagración interna, un estallido. El universo habita al poeta pues decreta:
(…) mi amanecer interior como un fósforo alumbrando estrellas
La terrible consciencia de que la negrura es imprescindible para apreciar la luz. La necesidad de que exista el lado negro.

En el poema 14. Un mar de perros ladra desiertos, el oscuro iluminado descubre que

Escribir es la desgracia por exceso de espíritu.Por eso invoca en el número 16. Dios, esclarecido de filosofía en su territorio espiritual:
Soy la metafísica del chocolateEntre la paradoja fluye de manera simultánea en dos direcciones:
Soy el insomnio de MorfeoPorque fluir es el oficio del que busca entre instrumental tan imperfecto, como es la palabra, las complejidades del alma ingente que anima al cosmos.
El monstruo que he creado para proteger al niño que llevo dentro, es fácil de asustar
La ausencia que soy le nace como un hongo infeccioso a la nada
Soy tejido sideral humanizado
Entrar en el poema 24. Entropía, es no salir limpio. Significa el tránsito desde el hundirse en sí mismo para descubrir la sinigual grandeza del universo en el que no hubo espacio para Dios.
De tal suerte que al ingresar al 25. Comiendo unos tacos en la esquina (…), polimorfo, luminscente / entre los ámbitos de un sol negro que amanece // Marchitarnos es la prueba mortal de nuestra inmortalidad. Es así, lo discierne en el número 30. Metempsicosis, que le permite establecer que Morir es nacer hacia afuera.


Entre el pulque y el espíritu
Buscarse es extraviarse, lo ha postulado, sin embargo, hay caminos todavía más breves
33. Atajo

Aquello que buscas te busca
Quien busca la salida no conoce el laberinto
Cuyas murallas están hechas de lo externo,
de mi carne y de mis huesos yo soy el afuera,
El atajo está en perderse en uno mismo
No encontrar lo que se busca es encontrarse.
Porque así, inquieto, observando hacia el abismo interior se descubren los hilos que habrán de dar las pautas para el avance. La permanente fugacidad deja, sin embargo, atisbar hasta la sinrazón de lo que creemos la razón.
37. Evolución 2.1
Hay un instante en que Dios, la nada que habita animando a esto que no existe se descuida, se hace evidente y los humanos, esos fantasmas de microbios, habitantes en medio de los 90 mil millones de años luz en que aquel fantasma alojó su obra alcanzan a vislumbrar la esencia:
A veces puedo ver mis hilos moviendo al titiritero:Porque al fin
(…) soy una máquina de movimiento espiritual
El amor por la paradoja, el sentido de la trascendencia, nos conduce a que se diga que

El sauce llorón
se muere de la risa
mientras lo corto

Por primera vez
Todo fue como siempre
muy diferente

Callar es gritar y no caber entre las voces que expresan lo mucho que ese grito calla…

Diría que Lo blanco de la página es el libro de la contradicción exacta, de la paradoja inextricable, de la filosofía empantanada. Un libro habitado, sin duda, por el surrealismo en sus más atrevidas expresiones. La espiritualidad viene aquí exaltada para conducir a las intransitables paradojas aparentemente del lenguaje, lo cual sería altamente desconsolador si no supiéramos que fenómenos de la física cuántica se pueden equiparar muy justamente con tales silogismos y ello en la más materialista de las ciencias, la Física. El asunto no es nuevo. Ya los místicos de todas las épocas visitaron la paradoja y, con una seguridad de sabio, han roto con una razón encerrada sin salida. Los sueños de la razón engendran monstruos. Pero la razón se anula a sí misma porque de no hacerlo se suicidaría por navegar por los terrenos de la irracionalidad.
Los místicos, los magos, las brujas ―aunque hay filósofos que se han atrevido― más los poetas se han dado acceso a la aventura espiritual a que convoca este libro.
En este mundo que pareciera creado y dirigido por la supremamente maligna entidad del universo, el atrevimiento metafísico es la gran osadía incluso ―y más aun quizá― desde el poema.
Lectura

jueves, 13 de diciembre de 2018

¿Qué pasa en la humanidad cuando leemos?


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¿Qué pasa con la humanidad cuando leemos?

Pterocles Arenarius

Leer es una función superior de la especie humana. El homínido (autoclasificado) homo-sapiens-sapiens (hss), ha adquirido ante otras especies semejante estatus por algunas razones, entre las cuales anotemos las que quizá sean más importantes. La primera es que alcanzó la hegemonía en el planeta. Más importante incluso que la anterior, es que ha adquirido consciencia planetaria. La relación entre ambas cuestiones anteriores es que nuestro género es el responsable ―y así lo asume― tanto del planeta como de las demás especies que en él habitan.
Con Pancho Villa y Una muerte inmejorable
La adquisición de la consciencia es la facultad más importante y junto con ella aparece la cualidad suprema de nuestra especie: la razón, es decir la función intelectual. Digamos, la capacidad de elevar el pensamiento hasta la abstracción y a través de ella alcanzar incluso lo sublime, la estatura espiritual o la conmoción ante la obra de arte, la capacidad de encontrar la belleza tanto en el mundo natural como en la humanidad (algunos escépticos me dirán, por esto, ingenuo o quizá iluminado, pero la belleza, incluso entre los humanos no sólo existe, sino que es abundante: un día paséense por un barrio de gente clasemediera o, en otras palabras, afortunada y bien alimentada. Las muchachas hermosas abundan entre tal tipo de población y suelen convertirse en una fiesta de placer para los ojos); no menos que lo anterior, la creación de una metafísica personal o la adopción de una, ya sea filosófico-científica o incluso religiosa pero difícilmente de las religiones-institución que actualmente predominan y padecemos. Las anteriores son, junto con unas cuantas circunstancias más, los motivos de una vida humana feliz; pero, además, el desarrollo en grande de una de ellas nos da incluso la trascendencia como individuo.
Los libros, nuestra civilización
La consciencia humana, quién lo duda, es ―digamos en el lenguaje de los biólogos― la más grande adquisición evolutiva de cualquier especie en la Tierra. Casi no hay duda que todo empieza cuando el pensamiento se convierte en lenguaje. En el momento más remoto, cuando por un lado el pensamiento apenas rebasa lo que serían las emociones, los sentimientos y por otro lado el lenguaje no iba más allá de gritos de alarma o de terror para salvar al vida y alertar a los congéneres tribales. Pero el pensamiento se intensifica con tal de vencer las dificultades, por otra parte, el lenguaje se amplía para describir, o intentar hacerlo, tanto las dificultades como las emociones que provocaban las “grandes hazañas” de los cazadores. El lenguaje le pone un escalón al pensamiento y éste la da uno más al lenguaje. Uno al otro se crean, se apoyan, se generan mutuamente. De igual manera que el trabajo hace al hombre, cuando el trabajo es hecho por el hombre.
El lenguaje necesitó miles de años para ir creándose, para volverse muy refinado hasta que llegó el momento en que requirió convertirse en lenguaje escrito. Se dice que tal ocurrió porque, una vez concretada la revolución del neolítico, con el descubrimiento de la agricultura, la propiedad privada, la dominación masculina y la acumulación de bienes (granos, animales domesticados, etc.), fue imprescindible la cuantificación de lo poseído. El uso de los números y las operaciones más sencillas entre ellos. Y si esto volvía natural la creación de una bitácora económica, ¿por qué no una cotidiana? Podríamos decir que así nació la historia, o la documentación de la existencia.
A lo que se desea llegar es a la idea de que el lenguaje escrito ―y de manera irrenunciable― la consciencia humana actual y la hegemonía planetaria de la especie. Es decir, la escritura y, antes, la lectura o bien al revés, esto es la vieja discusión de “el huevo y la gallina”, pero lectura y escritura ponen las bases del descomunal despegue del que fuera en cierto momento un simio desamparado y en grave peligro de extinción.
La escritura, la lectura como resistencia

La lectura, sin duda, nos convierte en gente con vivencias mucho más amplias, variadas y de múltiples registros. Si mirar en la realidad un asesinato nos provoca un grupo de tremendas emociones, la gran hazaña es que una novela pueda causar el mismo estado emotivo sin todas las desventajas de hacer acto de presencia ante un homicidio. Y puesto que la obra literaria ha logrado eso, ¿cuál es la diferencia entre ambas situaciones? La diferencia es sólo en grado de intensidad. El que lo vivió tiene algunas ventajas, si es que sobrevive; el que lo leyó tiene la más grande, que puede vivir muchas más, por miles, circunstancias como ésa de intensas pero eludiendo los riesgos de la realidad. Entonces, es cierto, el cerebro no distingue, si acaso en grado, los sucesos reales de los leídos.
La lectura estimula la imaginación. No hay duda, todos hemos dicho que “vemos la imagen” gracias a alguna descripción muy precisa, evocadora, sucinta e inteligente. La imaginación es una de las facultades de mayor importancia para los humanos. Entre otras maravillas de que nos provee, es la de “saber ponernos en los zapatos de los otros”, lo que da origen a una de las más humanas virtudes, la compasión, o facultad de compartir con otros lo que les pasa. Se dice que los criminales más despiadados, los torturadores, los tiranos, en general no son gente mala, sino soberbia y sin imaginación, es decir, incapacitados para la compasión.
En cuanto al desarrollo del hipocampo y la corteza cerebral, el primero, se dedica a los asuntos del aprendizaje y la memoria en relación con las emociones. Este órgano cerebral pertenece al llamado circuito límbico, que es el sitio en donde se producen las emociones. Tiene que ver con el aprendizaje y la memoria, por supuesto, ¿qué es lo que siempre se recuerda si no lo que nos provocó violentas emociones? ¿Qué es lo que mejor se aprende si no lo que está relacionado con las más hermosas emociones que nos provocaron los grandes profesores que todos llegamos a tener alguna vez en la escuela? En otras palabras la lectura nos convierte en sujetos más inteligentes, puesto que este órgano fundamental del aprendizaje es fuertemente estimulado por esta actividad.
Este momento es prodigioso. Porque es el resultado de miles de millones de circunstancias ocurridas en el pasado para que este instante fuera exactamente como es. Eso me recuerda dos grandes obras de la literatura, una, el poema Las causas, de Borges. Un recorrido por la historia de la humanidad en unos treinta versos más o menos. Para concluir “se precisaron todas esas cosas / para que nuestras manos se encontraran”. La emoción es un escalofrío que nos recorre todo el cuerpo, como Borges recorrió desde “La frescura del agua en la garganta / de Adán. El ordenado paraíso” hasta “los rastros de las largas migraciones /.../ la conquista de reinos por la espada / la brújula incesante, el mar abierto /.../ el polvo incalculable que fue ejércitos /…/ cada remordimiento y cada lágrima”. El estremecimiento emotivo no es más que el descomunal peso de la historia sobre nuestra consciencia. Ray Bradbury va más allá al menos cuantitativamente, aunque sea menos lírico, mucho menos sensible y aunque la evocación es de otra índole, no deja de ser brutalmente intensa en su cuento El ruido de un trueno, en donde aquel personaje palurdo compra un viaje por el tiempo a una empresa turística en un mundo mucho más avanzado tecnológicamente que este en que vivimos. El hombre acude al recorrido en donde se simula la caza de un dinosaurio con las correspondientes fotos para asombrar a los amigos. Este perdulario desobedece las rigurosísimas indicaciones y mata a una mariposa. Las consecuencias son atroces. Regresan a su época y el mundo es mucho peor de como lo dejaron. Una causa muy simple, la muerte de la mariposa, provocó efectos acumulativos en millones de años, el efecto es devastador. El encargado del peregrinaje ejecuta sumariamente al necio, de ahí el título del cuento. La literatura trata ―¿cómo podría no hacerlo― la relación causa-efecto. Las obras maestras de Borges y Bradbury le dan sentido a millones de sucesos con la realidad actual, aunque sea ficticia. En efecto, la estructura principio (o introducción)-(planteamiento)-nudo-desenlace potencia el pensamiento secuencial y la vinculación causa-efecto, es decir, la manera como transcurre este universo.
Al final, lo más importante, quizás, de todo, es que la lectura genera y fortalece la empatía, esto es, una manera benévola de mirar a los seres humanos. Eso es ser más humanos. Porque gracias a aquella benevolencia se asegura la preservación de la especie. Motivación esencial, por lo menos hasta este momento, de la existencia del hss mencionado, con sus asegunes más bien muy graves. La otra opción es ser más animales. Lo que entre humanos significa “ser peores contra los propios humanos”, puesto que la consciencia es irrenunciable. No pocas veces en la historia, la existencia de la humanidad se ha visto en peligro.
Quizás esto no tenga sentido. Quizás no haya objeto para la existencia. Sin duda el universo continuará su movimiento si la vida en la Tierra desaparece. Pero sería muy lamentable. Al final, como dice la teoría científica llamada principio antrópico: “El universo es como es para que en cierto momento, la materia llegue a un grado de organización tal que pueda tomar consciencia de sí misma”. La materia del universo sabe que existe, tiene conocimientos del propio universo gracias a que está aquí eso que se autonombra homo-sapiens-sapiens. No podríamos ser tan irresponsables como para autodestruirnos. Eso sería fallarle al universo que, dicen los científicos, nos construyó en 15 mil millones de años de ensayos. Pero eso parecen pretender los políticos, los financieros, los militares.
Pero nosotros seguiremos leyendo, escribiendo, pintando, bailando, actuando, esculpiendo, en una palabra, documentando nuestra existencia y haciéndola digna de existir e incluso bella.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Atentar contra el arte


Atentar contra el arte

Pterocles Arenarius

El grandioso oficio del artista, la experiencia forjada en años de, primero, aprendizaje y luego de ensayo y error, de autoforjarse, autoconstruirse como artista con base en la creación sin cesar; el conocimiento de cuanto implica la lenta, la amorosa, la inteligente elaboración de una obra de arte que habría de quedar a la intemperie y no menos el conocimiento de lo que significan los símbolos, tanto el de el saludo de manos tan peculiar como el de los objetos que están de fondo, una escuadra y un compás, un símbolo que ya es secular y, me atrevo a decir, arquetípico. Una obra de arte, una exquisita creación... Para que aparezca un idiota amparado por la oscuridad de la noche y la inoperancia, la abulia y la corrupción de la autoridad y perpetre esta inmensa estupidez. Destruir por destruir. Romper, quebrar, aniquilar. Cuando ocurre un acto de estos ―destruir una obra de arte― perdemos todos. Se me ocurre pensar qué debe haber en la mente, en el corazón de alguien que es capaz de destruir algo así. Pienso en una persona inconsciente, en alguien que no ha avanzado mucho más allá de la bestialidad. Pienso en que el gobierno, la autoridad en general, ha fracasado de la manera más dolorosa, primero en vigilar, en cuidar el orden y luego en garantizar la seguridad de nosotros y de nuestros valores. Pero también pienso en cuanto hemos fracasado como sociedad para que hayamos dado productos como la lamentable persona que fue capaz de perpetrar un acto como el que se ve en la fotografía. Somos víctimas de una decadencia atroz. Un país cuyos ciudadanos actúen así no tiene salvación. Esto me hace recordar al pobre imbécil que incendió el Templo de Diana en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo, sólo para que la historia lo recordara (como una bestia, pero lo recordara); pienso en el oscuro comerciante que robó el frontispicio del Partenón con la complicidad de los corruptos invasores turcos para despojar al pueblo griego de una de sus prodigiosas joyas históricas. Pienso en la destrucción, la quema de la Biblioteca de Alejandría y el asesinato de la científica Hypatia que Carl Sagan comparara, por la inmensa pérdida de joyas de la literatura y en general del conocimiento humano, con una trepanación de la humanidad de aquellos tiempos. Pienso en la quema de libros por los nazis y el asesinato de poetas, García Lorca, Miguel Hernández, por lo menos, por parte del régimen fascista-católico de Francisco Franco; conjunto de hechos que sumió a España en medio siglo de cretinismo cultural y un siglo de penuria económica de la que no terminan de salir. Pienso no menos en la inmensa destrucción de una avanzada cultura, la mesoamericana, a manos del imperio español y conducida por el fanatismo religioso y genocida más intolerante de la historia.
La obra original

En fin, pienso que entonces para qué putas pagamos miles de policías que deambulan haciéndose pendejos en patrullas que siempre traen la torreta encendida y son incapaces de evitar este acto monstruoso. ¿Cuánto tiempo tuvo que estar el delincuente realizando “su creación” y qué tanta preparación, vigilancia y materiales tuvo que contar para dañar la obra de arte?
Ahora, por lo que anota Daniel Barrera acerca de que también sufrieron atentados imágenes de Cuauhtémoc Cárdenas y de Porfirio Muñoz Ledo, creo que no hay que descartar un atentado ya no desde la más vulgar inconsciencia de plebeyos idiotas, sino en que éstos hayan sido pagados por otros que sí son muy capaces de este tipo de actos. Hablo en específico de los ultraderechistas católicos que envenenados desde su infancia odian a la masonería y a todo lo que tenga el más mínimo halo de aquella.
Es como el ataque de un animal

Es triste si este acto de bestialidad se perpetró por inconsciencia. Por los datos adyacentes no lo parece. Lo que me consuela es que los odiadores de la masonería y lo aledaño a ella no saben hasta dónde la tienen metida ―digo a la masonería―, porque tendrían que destruir casi toda la literatura moderna, gran parte de la pintura del siglo XX y XXI de toda Europa y ya no digan de la mexicana y mucho, muchísimo más de lo que no tienen ni idea. Este atentado es como quitarle un pelo a un gato. Y lo que más me consuela es que el autor de la obra afectada, el gran pintor Daniel Barrera, puede crear cientos o miles de obras más.
Es decir, como lo dijo quien ya saben ―el del siglo XIX y el de este momento―: “No le han quitado ni una pluma a nuestro gallo”.
Inadmisible realidad


viernes, 10 de agosto de 2018

Tres hazañas policiacas

Tres hazañas policiacas

Pterocles Arenarius

                                                                                    Hay un lema que siguen todos los                                                                                    que practican este oficio:
                                                                                   “Si quieres llegar a policía viejo                                                                                         hazte pendejo".

Hace un par de semanas vi un pleito en el metro. En realidad no fue pleito sino una pequeña golpiza que un policía vestido de civil le atizó a un viejo pendejo (y, quizá, borracho). Los hechos fueron como sigue:
El policía era un muchacho que acaso alcanzaba los 30 años. El viejo pendejo era un bien entrado sexagenario. El joven policía iba sentado casi dormido y, aplastado medio horizontal sobre el asiento, hacía que sus rodillas casi tocaran el lugar frente a él, con lo cual provocaba que nadie pudiera sentarse ahí.
El viejo, seguramente borracho, se empeñó en sentarse en el asiento que el policía obstruía con sus rodillas.
El viejo se metió casi a fuerza y se apoltronó. El policía se hizo el molesto, es muy seguro que trajera encima 24 horas sin dormir, pues suelen trabajar 24 horas (de actividad) por 24 horas (de descanso).
El viejo traía un paraguas, una mochila y un libro. Desafiante (quizá borracho, ya se dijo) se sentó frente al policía. Se miraron feo los dos y noté que se empujaban belicosamente con las rodillas. El viejo se puso a leer el libro que llevaba. El policía siguió dormitando. Así se fueron desde Pino Suárez hasta Moctezuma, íbamos en la Línea Uno. Ahí el viejo se puso de pie para salir, pero las largas piernas del policía le estorbaban el paso. Lo empujó, le pegó con las rodillas para hacer a un lado las piernas del estorboso policía y salió. Empezaron a insultarse. Se mentaron la madre mutuamente. De pronto, el viejo le tiró un sombrillazo al policía. Éste, un joven, lo esquivó. Se levantó furioso y se abalanzó contra el viejo que esgrimió valerosamente su paraguas como defensa y le tiró un tremendo golpe. Pero el otro era un joven, fuerte, policía y, por lo menos, unos diez centímetros más alto que el viejo pendejo y borracho. El policía detuvo el golpe con asombrosa facilidad interponiendo el antebrazo. En ese momento su reloj salió volando y nadie se percató. Le quitó el paraguas al viejo pendejo, le dio un par de golpes en la cara, en la cabeza, lo tiró al suelo de un aventón y le dio una patada en la espalda. Luego, olímpicamente, se metió en el carro del metro que se había detenido y, quizá, el conductor veía la riña. El viejo no estaba de ninguna manera a gusto. Se levantó del suelo, empezó a gritar “¡Policía, policía!” y fue corriendo a jalar la palanca de emergencias del metro que así no puede avanzar.
Llegaron cuatro policías. El viejo borracho les dijo “Aquí el muchachito me agarró a patadas en el suelo; agárrenlo”. Uno de los policías obedeció, pero el policía golpeador no perdió el tiempo, le dijo por lo bajo “Bríndame la atención, pareja, hazme el paro”. Que no otra cosa se dicen los policías cuando cometen un delito o le pegan a un viejo, para que sus “parejas” no los detengan.
Y, ciertamente, lo soltaron cuando ya hasta lo habían agarrado. Y el policía que apaleó al viejo se fue caminando como si no hubiera pateado en el suelo a un hombre que, por la edad, podría haber sido su abuelo.
El viejo gritó a los policías “¿Por qué lo dejan ir?, ¿le tienen miedo?”, y le gritó al que huía: “¡Ven a seguirme pegando, cobarde, hijo de tu puta madre!”. Lo dejaron ir.
El viejo borracho (y pendejo) se puso a recoger su mochila, su libro, su gorra (traía una cachucha que no se había mencionado), su paraguas y, ¡oh, sorpresa!, el reloj que, nadie lo notó, se le cayó al policía a causa del sombrillazo que le dio el viejo.
Cuando terminó les dijo “Ya lo dejaron ir, ¿verdad?”. Los policías, haciéndose pendejos, no le contestaron. Uno le dijo: “¿Cómo pasó todo?”. El viejo pendejo (y borracho casi seguramente), indignado contestó: “¿Ya para qué me preguntas?, ya lo dejaron ir. ¿Para qué sirven ustedes? Son servidores públicos y no sirven para nada”. Y se fue.
La historia no acaba aquí.
Salimos juntos del metro Moctezuma, del lado de la colonia del mismo nombre. Hablamos:
―¿Cómo ves?, hijos de su reputa y rechingada madre ¿no? ¿Por qué dejaron ir al hijo de su puta madre que me pegó?, ―el viejo, borracho, no se había dado cuenta que el que lo golpeó también era policía (pelón, joven, desvelado y, lo más importante, conocedor de los códigos para que sus “parejas” no lo detuvieran). No se lo dije.
―Ssssí, son cabrones. Ps ya se querían ir a dormir…, por eso lo dejaron ir. Y es que luego se tardan mucho en los trámites y levantar acta y todo eso, cuatro, cinco, hasta ocho horas. Y ellos ya se querían ir a descansar.
―¿Y por eso ya te pueden matar a chingadazos en el metro sin que se pongan a hacer su trabajo los hijos de su chingada madre? ¿Entonces para qué putas sirven?
―Así son, mi amigo… ―en ese momento una patrulla apareció dando vuelta con sirena abierta por la esquina atrás de nosotros.
―¿Y estos hijos de su puta madre qué…?, ―dijo el viejo borracho. Pensé un par de segundos y le dije:
―¿Sabes qué, compadre…? Así como ves capaz que vienen por ti. Pero no tienen evidencia de que tú eres, nada más recibieron la llamada por radio, nos quieren asustar a ver si nos echamos a correr o les tenemos miedo. Tú tranquilo ―no era necesario que se lo dijera, sino al revés, el viejo estaba encabronado y más bien había que tranquilizarlo para que no insultara a los policías. No les tenía miedo―. Si nos caen tú eres un ciudadano que no sabes ni madres de lo que pasó ahorita en el metro, porque por áhi nos van a tratar de cinchar.
Como vieron que no huimos apagaron el puto escándalo de la sirena, pero aminoraron la velocidad de la patrulla y se pusieron al parejo de nuestra marcha. No podíamos verles la cara por las luces azul y roja que emite el penacho de la patrulla, pero sin duda nos veían como su botín. Detuvieron el vehículo, se bajaron de la patrulla que atravesaron prácticamente en nuestro camino. Con la mano en la funda de la pistola, como amenazando con sacarla, llegaron hasta nosotros.
―Usté, caballero ―nos dijeron con la extraña y puta maña de los policías de llamar caballero a todo el mundo―, tiene que acompañarnos. Identifíquese. Tiene el reporte de que participó en una riña en el metro y se escapó de la autoridá ―completaron señalando al viejo borracho que me acompañaba. El viejo dejó de parecerme tan pendejo por la manera en que reaccionó:
―Mire usted, señor, ignoro a qué se refiere. No tengo idea de lo que dice. No sé ni de lejos de qué riña me está hablando. Pero sí le recuerdo que la Constitución Mexicana dice dos cosas que ahorita caben muy bien, una, que ningún acto ni reglamento ni operativo, como ustedes les llaman, está por encima de sus leyes y, dos, que también dice que ningún ciudadano puede ser molestado en su persona, propiedades o tránsito si no existe una orden judicial ex profeso que así lo establezca. ¿Puede enseñarme la orden judicial que lo autorice a interrumpir nuestro tránsito?
―No, mire, a nosotros nos dan un aviso de que un sujeto agredió a un pareja, digo a un policía en las instalaciones del metro estación Moctezuma. ―Dijo el policía como si leyera de una pequeña libreta en la que habría apuntado lo que le dijeran por radio―. Y el retrato hablado es igual a usté.
―Le repito, nosotros no sabemos nada. Lamento que su colega haya sufrido una agresión y, si no tiene orden judicial que lo autorice a interrogarnos, su retrato hablado no tiene validez y hasta se me hace que no existe, así que le pido que no moleste nuestro tránsito y cumpla con la ley. Con su permiso. ―Y echó a caminar. Los policías no se atrevieron más que a, primero, quedarse parados mirándose uno al otro y, luego, regresar a su patrulla. Todavía alcancé a oír que dijeron:
―¿Cómo ves, pareja, les damos en su pinche madre?
―Yo creo que no, pareja, se ve que estos rucos se la saben y pa’qué quieres… ―y se fueron.
Caminamos un poco, unos cincuenta metros. El viejo no tan pendejo, pero sí borracho me dijo:
―Cabrones, hijos de su chingada madre. Pobres imbéciles. ¿Quieres un pegue?, ―mientras me ofrecía una anforita de anís El Mico.