martes, 11 de marzo de 2014

Entrevista


Charla con Pterocles Arenarius


Marco A. Águila*


Es sin lugar a dudas un orgullo entrevistar a un narrador recién premiado. En un ambiente sano, donde el intelecto es siempre felicitado, es el más reciente éxito literario de Pterocles Arenarius.

Y con él nos encontramos. Cabello largo y barba de filósofo, mirada franca y, con ella, como que te pregunta de qué planeta vienes o qué pitos tocas. Para empezar, dime, ¡oh, maestro!, tu verdadero nombre y desde cuándo te enamoraste de las letras.
El viejo iracundo en su biblioteca.
Al fondo sus cinco libros

Bueno, mi verdadero nombre es Pterocles Arenarius, porque ése es el nombre que me di cuando empecé a construirme como escritor. El nombre que me dio el destino, la vida, mis padres, es Jesús Ortega Rodríguez. Pienso que, como lo dijo García Márquez, llega un momento en la vida en que uno tiene que vencer a sus padres, liberarse de ellos y ser padre de sí mismo, parirse a un mundo que uno mismo escoge; en mi caso fue el de las letras, porque, otra vez, la vida me llevó a estudiar ingeniería civil. Terminé mi carrera, pero nunca trabajé como ingeniero. A cambio me volví escritor. En eso estoy emparentado con uno de los más grandes autores de la historia, Fedor Mihailóvich Dostoyevsky, él también era ingeniero retirado y convertido en escritor. Y, por otra parte, por supuesto, yo soy responsable de todo ello. Mira, mi hermano, después de los treinta años eres responsable hasta del color de ojos que tienes. Y llega el momento en que se invierten los papeles, tus padres se vuelven como tus hijitos. Incluso tú los mantienes. Fue lo que me ocurrió. Ah, y el significado de mi verdadero nombre es muy fácil. Ortega, además de apellido, es el nombre de un pájaro del Mediterráneo español. Su nombre científico es Pterocles Arenarius.
 
Pterocles u ortega, el pájaro.
En cuanto al enamoramiento de las letras… Sin duda fue una de las más bellas herencias de mi padre. Él me indujo, desde muy niño a la lectura en general. Me hacía leer mucha historia, biografías de grandes personajes del arte, los hombres prominentes del devenir de la humanidad. En un momento, ya mucho después de la infancia, descubrí la literatura y me identifiqué con ella tanto que decidí que no trabajaría como ingeniero, sino que me dedicaría a escribir. Lo cual es una locura, un atrevimiento casi perverso dirían. Tuve muchos problemas por eso.
Pterocles con papá, hace
más de medio siglo.


Sonríe con cierto brillo de generosidad. Quien crea una obra la da a nuestra generación y a las del futuro. ¿Cuál es tu obra ganadora y qué premio te otorgaron?

Escribí una novela que se llama Una muerte inmejorable y ganó un premio de convocatoria nacional al que invitó una empresa nueva y muy ambiciosa en el mejor sentido de la palabra, ésta se llama Editorial De Otro Tipo.

Octavio Paz, en El Laberinto de la Soledad, nos expone un mexicano que se oculta tras una máscara para estar a salvo de un pasado que lo hiere. Serían, considero, necesarios eones para superar esa idiosincrasia. ¿Una muerte inmejorable nos puede ayudar en ese sentido?

Bueno, pienso que no explícitamente. Es decir, no es ése su objetivo. Todo trabajo que aspire a ser una obra de arte debe cumplir una condición ineludible: no debe servir para nada. Para nada práctico. No debe pretender, jamás, ser un objeto decorativo, no debe intentar la curación o la terapia en contra de ningún mal, tampoco debe procurar el ataque contra nada ni contra nadie. El arte es una manifestación del espíritu del hombre, de la humanidad. Y, puesto que la obra de arte no sirve para nada práctico, a cambio sirve para lo más importante en este mundo: para enamorar el alma de los hombres, para que cada persona que lea esa novela, vea ese cuadro, escuche aquella sinfonía, se deleite con aquel conjunto escultórico, goce con la interpretación dancística o vocal o histriónica, se conmuevan hasta lo más profundo de sí mismos. Pienso que si el arte tiene un objetivo ése es transformar al espectador para bien de él mismo, para bien de la humanidad. Si una persona percibe una obra de arte, la goza, la procesa, la reflexiona y termina por hacerla suya, esa persona experimenta una transformación, se vuelve otro. En ese sentido el arte es la comunión. Especialísimamente con una novela. Lo dijo creo que Calvino, Ítalo, no el inquisido; él dijo “Si una novela no transforma al lector, no tiene caso que sea leída”. Pero además una obra de arte nos da identidad, en el caso de la literatura, fortalece al idioma, refleja el espíritu de su pueblo, describe los avatares de su tiempo, etcétera. En ese sentido, sirve para muchas cosas. Incluida la que dices, cooperar para que nuestra herencia de pueblo sometido a un genocidio histórico, no olvidemos que en el siglo XVI había unos 20 millones de indígenas en Mesoamérica y para el XVII quedaban sólo 5 millones. Eso es un fenómeno atroz y de dimensiones planetarias. De eso somos herederos también. Y, sin duda, toda obra de arte tiene un papel que jugar para curar tan monstruosa cicatriz.
Transformador del mundo.


¿Fue esta obra el resultado de una bella sirena en la odisea de tu carrera literaria o es parte de toda una maquinaria del artista que quiere cambiar al mundo desde su trinchera?

Pues fíjate que la sirena de las letras me ha cantado desde hace más de treinta años y me sedujo, me le entregué, no como Ulises, yo no me hice atar al mástil para no sufrir la seducción de su canto. Fui y me le entregué. Ahora somos casi marido y mujer. Nos conocemos bien. En ese sentido, pues sí, es el influjo de la musa pero también la maquinaria, el oficio que desarrollas luego de tantos años escribiendo. Con respecto de cambiar al mundo, ¡claro!, como dijo Walt Whitman, “Nunca dejes de creer que las palabras sí pueden cambiar al mundo”. Y además, no hay mejor manera de perpetuar las ideas que escribiendo. Un día cercano vamos a morir y seremos, en este mundo, sólo esas ideas. Ahora, en los hechos, con el solo acto de vivir estás cambiando al mundo. El mundo sería diferente si no estuvieras aquí, si no actuaras en él. Para mí, la mejor manera de actuar en este mundo es escribiendo.

Alguna vez Wolfgang Von Goethe, máximo expositor de las letras alemanas dijo que para ser universal es necesario primero ser profundamente nacional. ¿Es Arenarius un comprometido con su país y con su tiempo?
El padre de la literatura alemana.


No es posible sustraerse a la patria, a nuestro tiempo. Mientras estemos en este mundo llevaremos nuestro origen sobre las espaldas. Quizá yo abandone mi país, pero él no me abandonará jamás, lo llevo en mi sangre, lo he respirado más de sesenta años. Soy lo que he vivido y todo lo he vivido en mi patria. Y, estoy de acuerdo con Goethe, sólo siendo profundamente nacionalista puedes aspirar a ser universal. Porque ser nacionalista es profundizar en ti y en tu gente, ir hasta tu esencia. Pero tu esencia es la esencia humana. O en otras palabras, en lo profundo de tu alma está la inmensidad de lo universal. Jung lo llamó el inconsciente colectivo. Así es en todo ser humano. Y el artista es un buscador de eso. El milagro, la obra de arte, es encontrarlo y tener los instrumentos, el oficio, para ofrecérselo a los demás.

¿Qué es la literatura?

Uf…, respondiendo esa pregunta podríamos escribir un tratado, Marco. Pero digamos que la literatura es el arte en letra escrita. Es una de las grandes hazañas de la humanidad. Es la manera en que el hombre puede mirarse detenidamente a sí mismo tanto en las cúspides de su grandeza como en sus más sórdidos abismos. La literatura es el retrato de la humanidad en su tránsito en este mundo. La literatura le da sentido a la existencia de un homínido que llegó, después de indecibles sufrimientos, a ser la especie animal hegemónica en este planeta. De hecho, lo dijo Unamuno, si no me equivoco, “Si quieres conocer el alma de un pueblo lee sus novelas, leer la historia no te enseñará su verdadera esencia, su literatura, en cambio, te mostrará la vibración humana de esa nación, su carácter y sus virtudes tanto como sus vicios”. La literatura es, como todo arte, la manifestación de la profundidad insondable de lo humano. Creo que eso es lo más importante… Hay mucho más que podríamos decir de la literatura.
Omar Jayyam. Filósofo, matemático, astrónomo, poeta. Gran bebedor.
¿A qué público dedicas Una muerte inmejorable?

Mi novela se dirige solamente a aquéllos que sepan que un día van a morir.

¿Qué autores son tus favoritos y por qué?

Marco Antonio Águila, mil gracias por esa pregunta. Amo hablar de Omar Jayyam y sus versos, los Rubayat, dolorosísimos y a la vez increíblemente gozosos; la trascendencia que prefiguran hablando de la nimiedad atroz de la existencia. Jayyam fue un hombre que atisbó la infinitud y su terrible pasmo lo transformó en literatura... Gocé indeciblemente leyendo a Françoise Rabelais en su único y prodigioso libro, Gargantúa y Pantagruel, aunque fue escrito en cinco tomos y durante treinta años; es la saga delirante, el humor fastuoso, la irreverencia extrema, los excesos, el prodigio de la irracionalidad y la hazaña de volverla racional a punta de lenguaje. Pero además la filosofía, el trasfondo iniciático. Una obra cumbre. Por cierto Rabelais fue perseguido por la iglesia… Sufrí terriblemente, pero curé mi alma con aquel ingeniero militar —nombre que se le daba a los ingenieros constructores, por eso hoy se llaman ingenieros civiles— que se retiró de tal profesión para escribir las novelas más estremecedoramente humanas como Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, Memorias del subsuelo, Los endemoniados, El príncipe idiota. En fin, Dostoyevski es quizá el hombre que mejor ha conocido el alma humana. Dostoyevsky es terrible, pero nos provee de la gran catarsis. Y, bueno, no podría dejar fuera a Ernesto Sabato, un escritor argentino que sólo dejó tres novelas: El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el Exterminador, pero que constituyen una obra prodigiosa. Muy próximo a Dostoyevsky, al cual, por cierto admiraba, Sabato es de igual manera un espléndido conocedor de la condición humana. Pero también una inteligencia descomunal. Un hombre que sufrió intensamente en este mundo por ser dueño de una exquisita sensibilidad y un inmenso amor por los humanos. Sabato deja una obra deslumbrante que, sin exageraciones, nos salva. Y bueno, no podría olvidar al ciego luminoso Jorge Luis Borges, a Flaubert, a Tolstoi, a Chéjov, a Maupassant, a Proust, al siglo de oro español, Quevedo, Góngora, Lope de Vega, Gracián; y entre los mexicanos a Rulfo, Arreola, el mismo Paz; a nuestra madre literaria, Sor Juana; al inmenso Fernando del Paso, pantagruelista, por cierto. Todos ellos, en algún momento me han conmovido profundamente y estoy olvidando a muchos más. En fin, Ars longa vita brevis, el arte es grande y la vida breve.
Gargantúa y Pantagruel, rey de los
dipsodas, restituido a su natural, con
sus hechos y proezas espantables.
Sabes, eso sin duda, puesto que por ello escribes con fina pluma. Quieres. Quieres acaso un mundo mejor, ideal de los que entienden la masonería. Puedes, escribir una fina obra literaria. Pero ¿por qué tan inmutable? ¿Qué Calla Pterocles Arenarius?

Se calla lo inútil, lo banal. Es como la música. El silencio es infinito, el ruido es lo que no tiene sentido. El músico usa el sonido, un ruido al que él le da sentido, lo combina con el silencio y nos regala la música. Es la obra alquímica. El escritor partiendo de la realidad intrascendente e incluso inicua o si lo quieres hasta perversa, de ahí obtiene el oro, lo precioso, la obra. El diamante surge del oscuro carbón, unos cuantos gramos de oro se encuentran dispersos entre toneladas de materiales inocuos. El gran trabajo es encontrar, decantar lo maravilloso. Desechar toneladas de material sin valor. Eso es lo que se calla. Todo ello implica el gran trabajo, la gran búsqueda. De la putrefacción, de la obra negra, el alquimista obtenía el material precioso, el oro filosófico. Hay que callar demasiado y decir sólo lo radiante. Dice aquel proverbio, “Si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio, no lo digas”. El escritor, el artista, tiene la obligación de obtener lo hermoso y regalárselo a los hombres.
"¿Qué es el mar? ¿Quién soy?", Borges.

Jesús Ortega Rodríguez, Pterocles Arenarius. Te agradezco esta entrevista que me concedes. Y creo que tenemos que felicitarte y que esto te comprometa a seguir dando más y más al mundo de las letras, no crea el mundo que la literatura mexicana está adormecida. Esperamos con ansia el lanzamiento de tu libro.

*Reportero y articulista para diversos diarios. La presente entrevista se publicará en la revista Acacia.

domingo, 2 de marzo de 2014


 
Una novela de la muerte

Pterocles Arenarius

Para Charlie Monttana, con mis mejores deseos de que se recupere rápida y totalmente; para mi querido compadre Jorge Borja; para mi querida editora Noemí Luna García.
 

Pterocles, Violeta y Charlie Monttana
bajo el numen de Sor Juanita, nuestra madre
literaria.

 

Una vez tuve oportunidad de husmear en los archivos del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato acerca de los concursantes en los premios nacionales de literatura a que convoca ese estado. Me sorprendió mucho que en ese concurso —sería el año 2004— participaban treinta y cuatro poemarios, veintidós libros de cuentos y doce novelas. (Antes de continuar tengo que decirles que yo viví en Guanajuato diez años. Que en esa ciudad —jamás vayan a decir en ese pueblo porque se ofenden gravemente los guanajuatenses, aunque si caminas quince minutos casi en cualquier dirección ya estás en la carretera—, digo, en esa ciudad como en cualquier otra del mundo hay gente que encuentra sus motivos para hacerse sentir como gente mala y otra gente que no es más que buena y que aquellos que procuran el mal para sus semejantes encuentran un motivo excelente en un obsesivo chauvinismo. La humanidad la dividen en los exógenos y ellos —hay culteranos guanajuatenses que así nombran al resto de los miembros de la especie humana—. ¿La razón?: no nacieron en Guanajuato capital.
Guanajuato es un formidable
desmadre urbanístico
Lo cierto es que Guanajuato se ha salvado de convertirse en un pueblo fantasma varias veces en su historia, la última fue gracias al Festival Internacional Cervantino, si no fuera por eso, aun con su hermosa arquitectura, con su desordenadísima y muy agradable antiurbanización, sería un pueblo abandonado, como ya lo han sido en alguna etapa). Pido su tolerancia por esta caprichosa digresión, hablaba de que me había sorprendido que eran muy pocas novelas, doce, las inscritas en el concurso “Jorge Ibargüengoitia”, un poco más de cuentos, veintidós, en el concurso “Efrén Hernández” y el mayor número era de poemarios, treinta y cuatro para el concurso “Efraín Huerta”. Por cierto, esos concursos, supongo con muy buenas razones para ello que, como la gran mayoría de los concursos en México, han estado siempre amañados. Aunque parezca un abuso les cuento.

En el 2005 concursé con este libro, Fiestas, que publicó años después, en 2011, la editorial Eterno Femenino que dirige mi querida amiga Noemí Luna García.
El ganador del concurso fue un libro que se llama Café Brindisi y otros espacios imaginarios. Ya dije el pecado, no diré el nombre del pecador. El autor no asistió a la premiación. Tuvo ese minúsculo rasgo de dignidad que se llama vergüenza. Uno de los jurados del concurso leyó, a nombre del autor, un cuento de ese libro. Era un chiste más o menos culterano. Un antropólogo se internaba en la selva, donde hay negros antropófagos que capturan al antropólogo y lo meten en un gran caldero, se lo van a comer, claro. Es decir, también son antropologófagos. Pero el antropólogo, muy listo él, hace una afirmación a otro de los prisioneros que está, como él, en un gran perol a punto de que lo cuezan para ingerirlo. Gracias a su docta afirmación, el antropólogo de marras logra que lo liberen los negros y abandona al otro a quien sí degluten los salvajes. En serio. El chiste, del cual no me acuerdo, se encontraba en aquella afirmación del antropólogo que le salvaba la vida y condenaba al otro. Pero el pequeño detalle, para empezar, es que aquello no era cuento, sino un chiste. Y pensé que si ese era la mejor muestra de Café Brindisi…, entonces cómo estarían los textos medianos… En fin. Mi Fiestas perdió con un libro de chistes. Hay mucho más, pero que ahí quede sobre esos concursos. Además, no nos indignemos, en México casi todos los concursos son así, regalos de los cuates para los cuates.

Bueno, regreso al principio. Decía que era para mí sorpresivo que hubiera muchos más poemarios, poco menos libros de cuentos y muy pocas novelas. Cuando que, es bien sabido, escribir un poema es mucho más difícil que escribir un cuento y éste es más difícil que una novela. Sin embargo, curiosamente, la dedicación, el oficio y el tiempo para crear un objeto de cada uno de esos géneros es inversamente proporcional con la dificultad.

He escrito lo anterior porque vengo aquí a hablar de una novela que fue escrita en la ciudad de Guanajuato capital y aunque el camino es muy otro, el tema es el mismo, esa ciudad y la literatura. Una muerte inmejorable, la novela de que venimos a hablar, ocurre en Guanajuato, los personajes, son, aunque algunos ficticios, otros reales pero todos, habitantes de esa ciudad.

Pero ¿por qué escribir una novela acerca de Guanajuato, sus habitantes, su chauvinismo, sus buenas y sus malas costumbres y, la peor de todas las costumbres humanas, la muerte?

Bueno, en primer lugar, la respuesta es un misterio. Yo creo que los temas no los escogemos, sino que ellos nos escogen, porque tienen que ver mucho con lo que somos. En segundo lugar, todo escritor, sin duda, se alimenta de la realidad, aun cuando escriba los más delirantes, alucinados o deliciosos motivos fantásticos; esa realidad que todo artista procesa a través de sí mismo es la sustancia de toda creación artística. Entonces, aquello que cimbra al escritor, lo que lo conmueve, lo que lo enamora, lo que lo horroriza, eso se le impone como su tema. Y ha sido obtenido de la realidad y procesado a través de ese autor. En tercer lugar, en todo sitio en que nos hallemos, siempre habrá un debe y un haber. El creador dice “Este lugar, esta gente me la debe y tengo que cobrársela, por supuesto que me las van a pagar. Pero también, le debo y tengo que pagarle”. Finalmente mi novela es un ajuste de cuentas. Es un tributo a Guanajuato, pero también es una exhibición. Y no hablo de sus gobiernos, ya sabemos que son ladrones, mentirosos, corruptazos, cínicos, etc.
Vieja ciudad ultraconservadora.
Viejos amargados.
Hablo de la gente. Recién llegué a esa ciudad me dijeron: mira, ese viejito ochentón, hace más de medio siglo fue novio de aquella otra viejita que diario está en su ventana viendo pasar a la gente. Pero nunca se casaron ni tampoco nada de eso que ustedes están pensando…, nada… Y esa es una historia recurrente en Guanajuato. Conocí al menos a diez parejas de ancianos que eran señoritos.
Y uno se pregunta, si a este inocente octogenario le hubieran dicho a sus treinta y cinco de edad, mira, cabrón, en un año te vas a morir, yo estoy seguro que jamás se hubieran permitido desperdiciar así el resto de su vida. Porque la muerte es lo que hace preciosa la vida. Gracias a la muerte es que cada momento que vivimos es irrepetible y excepcional: único. Es la muerte la que nos impele a vivir. Abandonar la idea de la muerte es abandonar la vida. Eso hicieron esos viejos y la vida los abandonó. Y se han ido muriendo y muy tarde, muy dolorosamente, descubren que no vivieron.

Una muerte inmejorable es una novela de la muerte, en donde se impone Tánatos, el dios de la muerte. Pero, necesariamente tiene que serlo también de Eros, el dios de la vida. Así, es no menos una novela erótica. En efecto, es un cogedero.
Tánatos, dios de la muerte.

Pero la muerte es un motivo filosófico trascendental, el origen de la metafísica y proveedora de las más arduas inquisiciones ontológicas y de los cuestionamientos irresolubles por esa ciencia y, hasta el momento, por ninguna otra. Por eso, también la muerte es el fundamento de las escuelas mistéricas, esotéricas de toda la historia de la humanidad. Desde las más antiguas civilizaciones en Egipto; en Uruk, Eridú, Ur y Lagash; en Grecia con los ritos eleusinos, délficos y dionisiacos, etc., hasta la actualidad, pasando por los templarios, los alquimistas, el proceso de iniciación es una muerte simbólica. Porque tiene que ser simbólica porque una muerte real es el viaje sin retorno. Pero vivir una muerte simbólica es un privilegio que ningún ser humano debía perderse. A muchos se la impone el despiadado azar y, en efecto, terminan sintiéndose personas especiales, gente que cree tener una misión en este mundo y que ha descubierto el sentido, al menos, de su propia existencia, si no es que el sentido de la vida en general. La diferencia es haber confrontado a la muerte cara a cara. ¡Todos somos personas muy especiales, únicas! La iniciación, la muerte simbólica, es el tremendo aliciente, es como reiniciarse después de haber cambiado para mejorar el software. Así, esta novela es también iniciática. El personaje experimenta la circunstancia, la cercanía de la muerte. Eso le cambia la vida a cualquier ser humano. Es en ese momento cuando una persona decide vivir como si fuera el último día. Porque quizás lo sea.

Nosotros vivimos extraordinariamente tranquilos porque nos hemos acostumbrado a no pensar en la muerte. Pero yo creo, como dice Carlos Castaneda que le enseñó el brujo don Juan Matus, que la muerte siempre está con nosotros, nos vigila, nos acompaña y se encuentra a nuestra izquierda, siempre observándonos. Y, al menos los occidentales, los civilizados, nos negamos a pensar en ella.
Don Juan Matus, brujo.
Una muerte inmejorable es también una novela política, porque, al final, todo es política, incluso la abstención es una postura política de la que siempre se aprovechan esos parásitos en que se han convertido los políticos mexicanos. Una muerte… es una novela humorística, en la que la vida se burla constantemente de aquel que cree tener a la muerte esperándolo, pero lo lleva a vencerse a sí mismo, lo conduce a circunstancias insospechadas y al descubrimiento de sí mismo. Al final, una novela de la muerte se vuelve una novela de la vida, del ansia de vivir desaforadamente, de la búsqueda de la manera de disfrutar esta vida al máximo. Pero no menos es una novela en la que ocurre una introyección hacia el infinito que nos habita. Como dijera el científico Werner Heisenberg, cuando el hombre se pone a investigar y a descubrir los secretos de la naturaleza, lo que encuentra es el conocimiento de sí mismo.

También es una novela de monstruosos fracasos. En su momento solicité durante tres años por lo menos, una beca miserable, de cuatro mil pesos mensuales al ya mencionado Instituto de la Cultura de Guanajuato. Me la negaron siempre. La inscribí en el concurso Jorge Ibargüengoitia, ni siquiera supe si alguien se dignó leerla. Pero siempre creí que no era mala la novela. Entonces la subí a un blog y la leyeron seis personas. Ya la borré. Luego la mandé a un concurso en España. Y se quedó en la orillita. Llegó a finalista entre 174 novelas de 17 países, quedó entre las diez finalistas. ¡Pero qué pinche terquedad!, ¿no es cierto? Al final encontré el concurso de la editorial De Otro Tipo y la envié a ese concurso luego de corregirla línea por línea y volarle como setenta cuartillas y agregarle otras treinta. Y ganó. El primer lugar.

Por último quiero decirles que Una muerte inmejorable es una novela que fue hecha, fue escrita, en unos tres años, quizá cuatro, por el de la voz. Pero este escritor que está perorando frente a ustedes, puedo decirlo, fue hecho, ¿fue escrito?, en buena medida por esa novela.

Una muerte inmejorable: más de tres años de
golpear teclas.

jueves, 16 de enero de 2014

Ser vil y servil

Ser vil y ser vil






salinas con pena peña nieto epn

Pterocles Arenarius
Columna: In naturalibus


  
En el feisbuc vi la foto. Era un profesor de primaria con pinta de campesino sureño, morenazo, bigote estilo Pedro Armendariz, con su reciedumbre rural notable en la mandíbula y los correosos músculos de antebrazos y manos. Andaba en una manifestación contra el gobierno (¿quién no está contra el gobierno en estos tiempos?). El mentor cargaba un cartel que él mismo, maligno y acucioso, con buena letra e impecable ortografía habrá pergeñado: “Enrique Peña Nieto: tú y yo, misma hora, mismo lugar, mismo examen. El que repruebe se va”. Pues el profesor sabe contra quién se pone, pensé. No es mucho mérito escoger a un discapacitado intelectual como contrincante. Aunque sí lo es desafiar a un sujeto con el máximo poder en

México, por más que su notabilísima discapacidad lo haga vulnerable al menos en el ámbito intelectual. ¿Pero cómo llega al supremo poder de un país un tipo como EPN? Se supone que la política, como pocos oficios, exige dotes intelectuales de nivel destacado. ¿Cómo un hombre que no es capaz de hablar de tres libros bien leídos en su vida puede no sólo aspirar sino, según él dirigir una nación? (aunque sea al abismo, pero dirigirla).
Los políticos de nuestro país están sin duda entre los más perversos de muchas naciones del mundo. Aquí han perpetrado asesinatos, masacres, crímenes secretos, guerra sucia masiva y clandestina, desapariciones, magnicidios, torturas a discreción y por sistema como método para investigaciones (¿qué investigación podrá ser posible torturando a un ser sometido a la brutalidad y al terror? ¡Y se siguen tomando en cuenta las “confesiones” bajo tortura!); amenazas de muerte tanto públicas como clandestinas, todo para adquirir o para conservar el poder. ¿Cómo, pues, llega un iletrado al máximo poder en una nación con más de cien millones de habitantes?
>No es tan difícil explicarlo. Desde la revolución francesa, Montesquieu (aunque mi memoria no me permite asegurar al cien por ciento que él haya sido) dijo que “Cuando se desata la lucha por el poder entre gran número de individuos de un mismo grupo, es muy común que alcancen la cúspide los peores”. Si pensamos que la lucha por el poder extrae lo peor de los seres humanos, no sería tan extraño el resultado que (supuestamente) anota el francés. Algo así como La conjura de los necios, que noveló John Kennedy Turner a su vez citando a Jonathan Swift. Sólo que esta conjura no es contra un genio que surge, sino para apropiarse del poder.
Por otra parte, desde hace muchos años, siempre hemos sabido que en el PRI los políticos manejan en sus fulgurantes trayectorias de ascenso mediante la infalible consigna de “Ponerle el culo a los de arriba y darle por el culo a los de abajo”; o bien una variante: “Ser soberbio con los humildes y humilde con los soberbios”. Entre los políticos mexicanos ha habido un talento descomunal para el servilismo y la abyección.

Y hay más. Los presidentes mexicanos —para nadie es un secreto— durante mucho tiempo, cada uno de ellos en su momento, designaron a su sucesor. Era una prerrogativa fuera de la ley y, claro, no escrita. Así lo hicieron durante décadas desde Plutarco Elías Calles. Porque antes de eso, el cambio de poder implicaba matar al antecesor. Pero, bueno, encontraron la manera de hacer el cambio de poderes sin asesinatos de por medio. Normalmente, el que estaba en la presidencia procuraba localizar dos características en el que lo habría de suceder: que fuera el más rastrero (no el más leal, la lealtad es una forma de la grandeza que te hace ir contra tu mejor amigo cuando es necesario; aquí era un ejercicio consistente en que el subordinado tenía por costumbre ponerle el culo al amigo encumbrado, al protector; encubrir al secuaz; ser cómplice del bandido). En primer lugar, el presidente en turno escogía al más sumiso de sus colaboradores. La segunda cualidad es que a la vez fuera el más estúpido de ellos.
La treta, después de Plutarco Elías Calles funcionó. Cada uno escogió siempre al conjuntara la dudosa cualidad de ser el más pendejo y que hubiera demostrado sexenalmente ser el más servil. Porque el más güey sería fácilmente manipulable y el más lacayuno, sería ideal para encubrir las tan jugosas como numerosas raterías. (Bien vale anotar que la honrosísima excepción fue Lázaro Cárdenas).
Sin embargo, ya en el poder y con una corte de achichincles, lamebotas y una cohorte de criminales incondicionales a su servicio, el nuevo presidente, por más tarado que fuera, le volteaba la tortilla a su predecesor y benefactor. La tradición es que el nuevo rompiera con el que lo entronizó. Así se forjó la actual desgracia de México. Desde hace muchos años cada presidente se dedicó a buscar al más pendejo de su gabinete para ponerlo como presidente. Hasta que la serpiente se mordió la cola cuando aquella decantación en favor del más inepto se volvió contra el que estaba en turno. Miguel de la Madrid tiene el dudosísimo título de ser el pendejo entre los pendejos. El pendejo buscado sexenio tras sexenio. Al final de su mandato, antes de que MMH dejara de ser presidente, Carlos Salinas ya era el que mandaba. Luego, CSG tuvo que llegar a la presidencia con el fraude electoral más grande —hasta ese momento— de nuestra historia. (Después tuvieron que hacer más fraudes y más grandes y más descarados). Pero Salinas, aunque de inteligencia privilegiada, quién lo duda, era (es) un verdadero demonio. Un verdadero enemigo de México, o quizá, maticemos, tan amigo del dinero nacional e internacional que eso lo volvía, lo vuelve, más amigo del dinero y el poder que de cualquier otra cosa en este mundo, incluido México.
Luego el priísmo se agotó y —por recomendación de Estados Unidos— entregó el poder al inenarrable Partido (de) Acción Nacional, un partido moderno para el siglo XV. Pero en lo que sí lograron modernidad fue en las raterías; al final, aprendices del PRI por largos años, se ilustraron y se ejercitaron larga e intensivamente en las malas mañas y hasta llegaron a intentar superarlas. No pudieron, pero no es mérito, sino al contrario, demostraron ser mucho más pendejos hasta para robar. Sin embargo, así se demostraron una vocación rateril tan enorme como la los priístas, pero más autoritarios y, tantito peor, a lo tonto, desgraciando al país.
Pero, otra vez, ¿cómo llega al poder un tipo, por ejemplo, como Vicente Fox? (“Todos tenemos un tío ranchero medio tarugo, pero de eso a llevarlo a la presidencia de la república hay un abismo”). Con Fox parecía el colmo. Pero luego llegó Calderón, a quien lo menos que se le puede reclamar es su monstruosa irresponsabilidad (Muy al estilo —y con el mismo objetivo— de George Walker Bush quien fulminó las torres gemelas con costo de miles de muertos, con tal de convocar a su alrededor una dudosa unanimidad ciudadana, Calderón desató la llamada guerra contra el narco y provocó una sangría que no se había visto en México en un siglo).

Hoy tenemos un presidente que, no es demasiado decir, ha probado reiteradamente su analfabetismo funcional. Se equivoca casi cotidianamente; pareciera empeñado en mostrarnos su tontería a cada momento, a pesar de que sin duda debe tener a los más eruditos asesores encontrables no sólo en el PRI, sino que, sin duda, a cambio de dinero le diseñen hasta el gesto; y, se incluye entre tales asesores a Carlos Salinas de Gortari. El sistema político mexicano es prodigioso para llevarnos a despeñaderos cada vez más profundos de tal suerte que al final de cada sexenio pareciéramos haber tocado fondo, pero ellos logran alcanzar un precipicio inferior al precedente. El sistema mexicano pareciera la mencionada conjura de los necios contra todo aquel que sea brillante y honesto a la vez. Pueden perdonarle a un hombre hasta su inteligencia, pero jamás le perdonarán que sea honesto. Recuerdo a uno de los mexicanos grandes del siglo pasado: Heberto Castillo Martínez.

Un tipo de inteligencia deslumbrante, científico de alto nivel, profesional de la construcción, tozudo militante de la izquierda. Lo madrearon repetidamente, lo metieron a la cárcel, lo amenazaron y estuvieron a punto de matarlo varias veces (Si te agarran te van a matar, tituló un libro de relatos con esa frase que le dijo Lázaro Cárdenas para advertirle del peligro que corría, aunque también lo protegió). A Heberto le habrían perdonado todo, lo único que no le perdonaron fue su honestidad intransigente.

Para ingresar en la siniestra cofradía de los políticos mexicanos próximos al poder supremo, el primero y principal requisito, es, como en la mafia italiana, cometer un crimen. Aunque acá se conforman con un latrocinio, para que el nuevo ingresado, al estar sucio de corrupción, se convierta en cómplice y así quede incapacitado para denunciar y exhibir a los demás corruptos. Ese es el requisito de admisión. Hay que ser vil. Y luego servil. El que sigue es un ejemplo de funcionarete rastrero que cree, como otros cien de su ralea, tener un futuro promisorio en la cueva de bandidos que suele llamarse la “función pública”.


Llegué al C4, entre los conocedores llamado también C4 I4, o centro de Control, Comando, Comunicación y Cómputo (extrañamente en mucha de su papelería no le ponen acento a “cómputo” y uno lee “con puto”; entonces sería el C3 con su putito), además de Inteligencia, Investigación, Información e Integración. El C4 I4. Un búnker digno de un tiranuelo bananero. Recuerdo que era uno de esos lunes que van salvando su condición de insufribles (por la casi inevitable cruda luneseña) cuando transcurren, sin avatares intensos. Pero entré en las “maravillosas” instalaciones (ojo, el C4 I4 es una construcción que, según sus especificaciones, aguanta ataques terroristas, terremotos de 99 grados Richter y también ataques nucleares, a güevo. Lo que no soporta son inundaciones cuando llueve fuerte en el DF. Parece que, como casi todo lo que construyen acá a cargo del gobierno, fue edificado con las patas para robar dinero del millonario —6 mil millones de pesos— presupuesto), flamantes en ese momento. Por más que en pocas semanas tuvieron que cambiar el piso de deslumbrante mármol blanco, por uno de color más sobrio, pues una inundación desgració el piso original. Sí estaba bonito. Edificio nuevo. No en balde costó, dicen, seis mil millones de pesos. ¡Dios del cielo, cuantísimo dinero se habrán robado si hasta se inunda! Quisiera de veras, ver una afectación grave, no quisiera verlo, porque lo que fuera nos afectará terriblemente a los chilangos. Pero si no aguanta ni siquiera una inundación ¿entonces qué?
En fin, basta de digresiones, voy entrando con mi ya casi controlada cruda por las deslumbrantes instalaciones del C4. Los pisos resplandecen. Luego de la entrada, en el vestíbulo, hay una escultura bastante agradable de un sereno, emblema del antiguo oficio de vigilante de la Ciudad de México en los siglos coloniales. Todo acceso se controlan con tarjetas electrónicas que desbloquean las puertas. Si no cuentas con una te quedas encerrado. Soy un falso periodista amateur —no porque sea aficionado, sino porque casi siempre escribo sin cobrar—, y soy falso periodista porque en realidad no soy sino cuentista y novelista. Tengo que hacer una nota sobre el C4 para ganarme una más o menos aceptable cantidad de dinero, pero en realidad me vale madres todo. Hay un güey así como muy mamerto, sacoencorbatado, con cara de pendejo y actitud de cacagrande. Estoy acostumbrado a semejante tipo de pendejitos. Pasan otros dos cabrones que lo ven y se desvían de su evidente camino. Pienso, a este güey le tienen miedo y, en efecto, el cabrón va hacia los temerosos y les dice:
Y ustedes ¿qué hacen aquí, por qué no están trabajando? Se me van rápido a su oficina. —Los aludidos lo obedecen como borreguitos. Envalentonado se va contra mí—. ¿Y tu quién eres? ¿quién te dejó entrar?
Yo me llamo Pterocles Arenarius y vengo a buscar a un hijo de su puta madre que se llama Fausto Lugo.
¿Y por qué eres tan maleducado y me ofendes sin conocerme? No sabes con quién estás hablando. Yo te puedo perjudicar para toda tu vida… Ten mucho cuidado con lo que dices aquí…
No…, no te ofendo. Ni siquiera sé quién eres… No me digas que tú eres Fausto Lugo. —Para ese momento ya está llamando con un aparato de intercomunicación:
Seguridad, vengan en este momento al vestíbulo principal. ¿Quién dejó entrar a un sujeto muy raro, quiero ver si trae la identificación oficial correspondiente? Ahorita me van a explicar los que están en la entrada principal. —Llegan de plano cuatro policías pálidos porque les telefoneó ni más ni menos que el mero mero. Como si les hubiera llamado el mismísimo Dios Padre—. Saquen a este individuo. Remítanlo a un juez cívico por violar el reglamente interno de acceso a este centro de alta seguridad del Gobierno del Distrito Federal.
¿O sea que sí eres Fausto? Hijo, mano, te dije que buscaba a un hijo de su puta madre que se llamaba Faust…
¡Sáquenlo!
Oye, nada más respóndeme un par de preguntas y después si quieres me metes al bote.
En primer lugar yo no hablo con un individuo que se viste como un fantoche y ni siquiera usa corbata. —Y el inFausto tiene razón: soy un viejo barbudo, con larga melena, pantalón vaquero, una camiseta vieja y vulgar con una camisa desabrochada encima; en tanto que aquí todo el mundo parece incluso dormir con la puta corbata puesta.
Ah, claro, la corbata. Nada más dime, ¿hasta qué punto el hecho de tener trece mil cámaras en la ciudad tiene por objetivo la seguridad de los ciudadanos o se convierte en una intromisión en la vida de los ciudadanos… —No contestó nada. Al contrario, estaba más emputado que al principio. Les repitió que me sacaran lo más rápidamente posible de sus instalaciones así, dijo, como si fueran de su propiedad. Llegaron los policías nerviosos (¿por qué serán tan agachones, tan serviles y tan lambiscones?). Les sonreí y les dije “Vámonos, no hay porqué hacerla de jamón”. Se dieron cuenta que no había necesidad de llevarme jalando y ni siquiera de tocarme. Caminé hacia donde ellos me señalaron.
¿Y qué onda, muchachos, qué tal está aquí el jale? ¿Por lo menos les pagan bien? —Estaban tan dispuestos a “hacer bien su trabajo” que no me contestaron. Seguí el camino que me indicaban, que era por un lugar distinto al que usara para entrar. Les pregunté que a dónde me llevaban. No me contestaron. Les dije que yo quería salir por donde entré. Me dijeron que me iban a sacar por la puerta de atrás del C4. Todavía con desconfianza los seguí y, sí, me sacaron por una puerta que desconocía. Lo extraño es que había unos veinte señores uniformados con vestimenta de trabajadores de limpieza. Me miraron algo sorprendidos. Como no había logrado la entrevista con el inFausto Lugo y ni siquiera con los policías quienes respondieron a mis amistosas preguntas con “Mira, greñudo, vete y no vuelvas a venir por aquí porque te vamos a madrear y el jefe nos va a autorizar a que te detengamos, cabrón. Órale, llégale”. Entonces pensé que por lo menos podría hablar con los trabajadores de limpieza. Me senté junto a los barrenderos.


Quióbole, amigo.
Buenas tardes, señor.
Oye,¿ aquí qué hacen? ¿tú sabes algo?
Pos aquí es el C4, donde vigilan con todas las cámaras que pusieron en la calle.
¿Ah sí? ¿Tú conoces a los que vigilan?
Los conozco… Pero nada más de vista, porque ninguno quiere hablar con nosotros.
—<¿Por qué?
Pos es que somos los de limpieza y nadie quiere hablar con nosotros.
A poco, ¿ni siquiera les hablan?
Es que ellos son gente…, acá…, ¿sí me entiendes, señor?
Oye, pues qué jijos de la chingada… ¿Y por qué están afuera?
Es que nos sacaron.
¿Y por qué los sacaron?
Siempre que llegan visitas nos sacan. Porque damos mal aspeito a las personas que visitan el C4. Pos quien quiere ver a un basurero… Pos yo digo que, hasta cierto punto, tienen razón. Bueno, es más, cuando el jefe anda en los pasillos, nos encierran en el baño, para que no nos vea.
¿Ustedes le dan horror, como si fueran ratas? ¿Algo así?
No mame, señor…
O tú dime ¿qué chingaos significa eso?
Bueno, es que nosotros andamos mugrosos y el señor siempre anda muy bien trajiado y hasta brilla de que se baña todos los días. Aquí todos le obedecen, aunque luego pida puras pendejadas. Tiene cinco carros, uno para cada día, ha de tener como mil trajes, porque nunca le hemos visto uno repetido; come en los restoranes más caros y se coge a casi todas las secretarias del C4, igual que a los carros, una cada día, porque además aquí tiene recámara y baño para quedarse a dormir por si hay una emergencia. Na’más se le antoja una vieja y la invita a su recámara y al rato ya salen ellas muy bañadas, bien cogidas, él es don chingón y uno, pos uno es un barrendero ¿cómo vas a comparar?
A ver, a ver… ¿cómo estuvo eso…? Repítemelo. ¿Dices que tiene cinco carros?
Dos camionetotas de lujo y tres carritos del año. Chingones todos.
¿Y cómo le hace el señor, si en la página del C4 dice que gana 60 mil pesos mensuales antes de impuestos?
Ay, compadre, hasta crees…
Bueno y a ti cuánto te pagan.
Uy, no, pos por eso te digo, yo gano una mierda…, el mínimo, pues. Pero bueno, como dobleteo, ya saco dos mínimos. Pero es una putiza, entro a las ocho de la mañana y salgo a las nueve de la noche…
¿Por dos sueldos mínimos? ¿Y qué dice el hijo de su puta madre del Fausto?
No, pos el señor no tiene que ver nada con nosotros. A nosotros nos contrata una compañía —y me señaló el logotipo de su casaca verde que decía Servicios Universales de Limpieza— y esa se contrata con el C4. Por eso ni siquiera nos hablan y también yo creo por eso nos echan pa’fuera cuando viene una visita y cuando sale de su oficina el jefe.
Oye, ¿y no te encabrona que sean tan mierdas?
Pos sí son mierdas, pero ¿qué gano con encabronarme? Fíjate que ni siquiera nos contratan con nuestro nombre, pa’que no puedas ponerles demandas ni reclames nada. Pero antes di que tengo chamba, porque si no ¿cómo le iba yo a hacer? Además, ya estoy viejo y dónde voy a conseguir un jale.
Mira, carnal, te voy a decir algo, nada más como ejemplo. En la construcción de esta chingadera se gastaron seis mil millones de pesos. Según es una construcción de lo más cabrón del mundo. Ah, pero, sí has de saber, se inunda cuando llueve fuerte. ¿Por qué crees que se inunda?
Pos sí, señor, todos lo sabemos. Se robaron el dinero y construyeron con materiales chafas.
¿Cuánto te gusta que se hayan robado de los seis mil millones? Nada más con que le dieran un pellizco de quinientos, imagínate. Y estos son funcionarillos pendejos. ¿Cuánto robarán los que están hasta arriba? ¿Y tú ganando dos salarios mínimos por catorce horas de trabajo?
Pos sí, señor, pero ¿qué le hacemos? No se puede hacer nada.
No, nada. —Lo miré a los ojos. Los entrecerraba por el sol que nos caía encima impertinente—. Luego nos vemos, güey. —Pensé que Fausto Lugo era un político de esos que llegarán muy alto, porque son gente muy baja. Así es como le hacen para llegar: ojo politiquillos, ojo sujetos mezquinos y urgidos de creerse superiores, ojo escoria: ser viles con los humildes y serviles con los poderosos. Esa es la gran receta para triunfar.
Caminé unas veinte calles por mi colonia y otras dos más. Vi esos plásticos que colocan en los postes, los llaman gallardetes de publicidad. Invitaban al “Informe legislativo” de una vieja pendeja y fea, diputada de la Asamblea de Representantes del DF. El objeto ese tiene más de un metro de largo por sesenta centímetros. La gran mayoría de la superficie la ocupa una foto de ella, fea, casi vieja, pretendidamente elegantísima (con buscados efectos de asesor de imagen) y glamorosa, con su peinado “de salón”, así como exquisita, cuidadamente descuidado, con una mascada amarilla al cuello, muy francesa ella, claro. Ridícula. Una aprendiza de la vulgaridad televisiva. Esa es mi representante. Me carga la chingada. Y es que además de que lo pendeja se le ve en la cara, se necesita ser pendeja para exhibirse así, ostentando su esplendor tan de mal gusto ante un pueblo que roza la desesperación y que siente que en buena medida es por culpa de esos “legisladores” a los que ya mucha gente les llama zánganos o parásitos.
Mejor que seguir produciendo enzimas dañinas con tan nefastas ideas me fui a curar la cruda —que ya era muy leve, pues la había sudado bajo el sol—, a ser feliz bajo influjos de tres o cuatro cocteles alcohólicos en la cantina más cercana. A escribir allí toda la parte del texto que está en cursivas como la nota que había prometido y que, por supuesto, rechazaron. Y, finalmente, a tramar la manera de hacer una revolución —violenta mejor o de perdida pacífica— con tal de expulsar del poder a los aludidos zánganos. Para que se entronicen otros como siempre ocurre.