domingo, 22 de marzo de 2015

Agustín Ramos

De las manifestaciones al manifiesto

Agustín Ramos Blancas, novelista.


EN “EL NOPAL GENEALÓGICO de Tepito”, Alfonso Hernández Hernández afirma que “el barrio es un espacio estructurado funcionalmente para aprender ética y estética, para procesar el progreso con la misma lentitud con la que el pasado se deshace”. Ya mencioné, a propósito de ello, “Ese conecte”. Ahora reproduzco parte de ese cuento: …chale, no es pa tanto; si andas en el palpe de una labia más acá, no hay por qué clavarse tan gruesote…, porque además el verbo del ratón es muy oscuro. Ese bato nomás gira su caliche entre sus vales, acá quemando o en la trova, tons ps es muy negro. Te despepito este toquín pero es leve… No hay cuete, mira, con que llegues: –¿Qué mené, mi padrino?, va un vidrio, ¿le pasa? La destinataria de este rollo es una estudiante de lingüística, el protagonista es el lenguaje y el narrador es un dispositivo. Con eso basta para un cuento contemporáneo técnicamente impecable y hasta con incontrovertible justificación interna, siempre que el autor tenga lectores y domine a plenitud sus recursos para expresar viejos conflictos en formas nuevas. Hay quienes ven en esta oscuridad indicios delincuenciales y manifestaciones de odio y rechazo radical, porque el desciframiento del “léxico argótico” –ya no digamos su apreciación– requiere de buena voluntad –no “buena” de bondad sino “buena” en calidad– para detectar algo muy mal visto en estos tiempos: la lucha de clases. ¡Peor tantito si esa voluntad es la de convertirse en literatura! Jorge Aguilar Mora decía, a propósito de la aparición del EZLN, que “no sólo hay lucha de clases (…), también hay lucha étnica, lucha de regiones, lucha de poderes, lucha de culturas, lucha nacionalista. La ciudad de México, por su parte, agrega a esa fragmentación muchos otros conflictos.”
Portada de Fiestas.

Una técnica aún más alarmante que la de “Ese conecte” sale a orearse en “Dos miradas/ Sangre nueva”, donde el informe del puntilloso agente de la PGR Ananías Peláez se entreteje con el diario de un escritor lleno de dudas existenciales e irónicamente distante. Así, ambos puntos de vista contrapuestos enfocan un mismo congreso de escritores abundante de relaciones públicas y escaso de literatura, donde una provocación deriva en gresca. Sobre ésta, el agente Ananías informa: insidente; grabe ha las 6 de la tarde en punto pasadas aprotsimadamente 34 minutos se pre sentaron de pie dos sujetos zos pechosos de cer rateros y far farmasi fármaco o seaze bisiosos droga diptos por: el pelo largo y de barbas y; la ropa con la compañía de una zeñorita zos pechoza de prostituzion por notarsele no traer la ropa que uza la mujer en; los pechos los indibidos y la zeñorita declararonse ser: congresistas del congr. Al eccijir su gafete ecsplicaron: no avercelos mandado el congreso por lo cual: esta Bigilansia desidio; que nomás pasaba la zeñorita y no: los sujetos… pero, de repente y con apollo de cerian 30 indibidos se metieron todos porla juerza y dando: portaso por evitarlo bijilansi de tubo a muchos ciendo: golpiados bairos y uno de los zos pechosos de al prinsipio resivio un macanazo… se de tubo a 8 dellos que se zoltaron a orden es del Ceñor Cecretario de culturas punto.” El escritor (d)escribe: “Parecían comandados por una muchacha de acaso veinte años… Vestía pantalón vaquero de mezclilla luida; chaleco blanco bordado… Lo perturbador era la belleza que se insinuaba, se traslucía gracias a la ausencia de cualquier prenda, bajo la camiseta… Entonces empezó lo emocionante. Como para celebrar la intervención del Liceo Cínico se desató el caos. La audiencia de intelectuales huyó despavorida. Gente del público peleaba contra policías. Habían entrado los bárbaros y tras ellos los servicios de “inteligencia” del poder a expulsarlos… El secretario de cultura… contuvo a los vigilantes…”
Fiestas, treinta años de cuentos.

El informante de la PGR informa y el escritor escribe; es decir, la ficción funda en sí misma su pertinencia y, mediante dos miradas, elabora una verdad tan ilusoria como convincente según la cual la sangre nueva no radica necesaria ni exclusivamente en los herederos ilustrados en edad de merecer becas y premios sino, además –y quizá más– en “bárbaros asintácticos” como Ananías Peláez, quien reaparece páginas adelante convertido en poeta y, ya como crítico, en la cuarta de forros del libro Fiestas (de Pterocles Arenarius, sí). Con epígrafe de Tolstoi (“Preferiría ser bárbaro”), el ruido de fondo toma forma de manifiesto literario.

martes, 24 de febrero de 2015

Ruido de fondo, Agustín Ramos

Agustín Ramos
Ruido de fondo
Novela que hizo historia
La fase inicial de la obra narrativa de Pterocles Arenarius se nutre de expresiones intensivamente habituales, de voces rescatadas de la pobreza: es fondo que se eleva a formas y forma que alcanza el fondo: lenguaje diferente, otras palabras.

Pterocles Arenarius
En Ensayos latinoamericanos Lezama Lima define las expresiones populares como “súbitas maneras de llegar, animismo transformable, resolución suspensiva pero total, traslado de un descalabro con sonreída sordina, diminutivos querenciosos agravados por la yesca de la protesta castellana [expresiones que] derivan de ese lote de ejemplificaciones, lecciones memorables de hallazgos verbales. El memorialista las anota; el pasmo del escritor las arranca y les fabrica un camino…”
El otro lado de la soberbia, la parte humillada y acallada que nadie habita por gusto, es la más auténtica de la realidad, agregaría Borges. Porque en una realidad de privilegios, oficiales u oficiosos, la humildad nutre de vida, identidad y riqueza a un mundo en donde la miseria cala todos los estratos con el excipiente de la corrupción: el autoritarismo.
Lezama Lima
Para mostrar tal mundo, Pterocles Arenarius primero se usa a sí mismo  ganando autenticidad, convenciendo sin extravagancias ni personajes estrambóticos. Y así como el teatro pobre desecha lo superfluo y afronta el acto estético con el cuerpo y el aliento, la narrativa de Pterocles Arenarius únicamente selecciona lo imprescindible y se vale de la distancia crítica para potenciar la humildad como valor ético y estético.
El viejo iracundo
Partiendo de ello, Arenarius ilustra mediante relatos diversas citas de autores como Lautréamont, Sade, Cardoza y Aragón, Rilke, Hans Ruesch, Caillois, Joseph Campbell, Stendhal, Tolstoi, Bukowski, a.s. Neill, Chesterton, Jung, Kayyam, e imita a Cervantes en las cuartas de forro de sus dos primeros libros, Fiestas. Cuentos y relatos, (2011, Eterno Femenino) y Apostatario, tres ejercicios de blasfemia (2005, Arengador).
¿Podría calificarse como retórica de la humildad esta actitud narrativa, este estilo que no se sirve de más artificios que la literatura y la lengua viva: esta clase de literatura sin héroes ni antihéroes, que excava sin trucos –con uñas y saliva– desde basureros hasta palacios episcopales?
Esa retórica de la humildad, que Lezama Lima suscribiría perfeccionándola conceptualmente como verba criolla o, tal vez mejor aún, como verba mestiza, se resume en el texto titulado “Ese conecte”, elaborado exclusivamente en caló o jerga, esa clase de habla que los diccionarios definen más o menos como lenguaje del hampa y de los bajos fondos. Una clase de código –y un código de clase– que con trabajos se coloca un escalón por encima de los “dialectos indígenas”, y muchos escalones atrás del idioma que los actuales dueños de la palabra asignan a los vencidos: el fondo, lo bajo.
Agustín Ramos
En dicho texto el protagonista es el lenguaje. Quien narra representa el vehículo y la destinataria del mensaje funciona como dispositivo que dispara el relato. Un relato que a pesar de su forma transgresora cumple con los principios preceptivos que pueden extraerse de cualquier cuento clásico. Así, el léxico de la gente humillada, éste en particular, como muestra representativa pero jamás única, comunica a plenitud porque es un lenguaje cabal que se piensa a sí mismo a través de sus emisores y se refleja con nitidez merced a quien lo escucha o lo lee, a quien lo quiera atestiguar, a quien lo sepa leer.

Historia de una maldita perra
Esta codificación de clase, sin embargo, es sólo uno de los recursos retóricos del autor. Y se diferencia de aquella expresión silvestre que no se cuidaba de ortografías ni de reglas sintácticas. Por el contrario, aquí hay un tejido muy consciente de su procedencia, de su poder y su deber, para ser completamente leal a la materia prima, es decir al lenguaje, a la gramática y a la prosodia que engendra personajes, atmósfera e historia: texto.

Última obra. Hasta el momento
En sus novelas Demoníaca (2012, Eterno Femenino) y Una muerte inmejorable (2014, De Otro Tipo), el autor hace la radiografía amenísima y humanísima del cosmopolitismo y el provincianismo, respectivamente. Así, esta retórica convierte la miseria en literatura, introduce el socavado lenguaje local en el fundillo de lo global, no para ordeñar sociología prestigiosa ni masturbarse con una manida y falaz “identidad nacional”, sino para probar fuerzas con la realidad presente y comprobar que puede salir con vida, y con palabras.

jueves, 5 de febrero de 2015






Imágenes de Felipe

Desde la Creta minoica. Para Felipe Calderón:

Pterocles Arenarius

Te escribo, Felipe, para que tengas una idea de lo que suele pensarse de ti. Y lo hago porque fuiste presidente de México, tú lo sabes, contra la voluntad de la mayoría de los mexicanos, abusando de la indiferencia de muchos, su dejadez de la mayoría y la ignorancia de una gran parte. Y en contra de la valerosa lucha de miles que nunca te reconocimos. En primer lugar, ganaste las elecciones fraudulentamente, pero fue un fraude electoral monstruoso, inocultable, un robo brutal y de escándalo. Tú lo sabes. Y llegaste a la presidencia porque supiste ganarte la voluntad de gente poderosa de aquí pero también de Estados Unidos. La gente, los votantes —yo, mis amigos, millones de mexicanos—, la ciudadanía, te importamos un cacahuate. También por eso te escribo, porque perjudicaste a millones, les desgraciaste la vida. Hay más de cien mil familias —multiplica el número por cuatro o cinco de cada familia—, que te maldicen cada día y te recuerdan como un criminal. Con eso tendrás que vivir para siempre en este mundo.

Pero te voy a decir un pequeño detalle, puesto que te debes a ellos, a los archimillonarios mexicanos y a los gringos que, estratégicamente, te apoyaron, te digo esto, tú lo sabes, ellos te usaron. Tú lo sabes muy bien. La consigna era que no ganara la izquierda por ningún motivo. Y lo lograron ellos a través de ti. El precio a pagar fue alto, Felipe, tú bien lo sabes. Por lo pronto, es como si te hubieran embarrado de mierda todo el cuerpo. Haz de cuenta que apestas a mierda, pues no puedes pararte en tu país, ni siquiera en tu ciudad natal —de la que deberías ser un orgullo—. En todo el país te repudian, te maldicen como sí, en efecto, estuvieras totalmente cubierto de caca. Lo estás, aunque sea una clase de excremento que no se ve, pero es peor, porque éste y su olor nauseabundo no se quitan con nada. Y es que aunque no se vea, sí apestas. Y la pestilencia no se te quitará en lo que te resta de estancia en este mundo. Es más, ni siquiera después de que te mueras se quitará. La historia se encargará de que se te conozca como realmente eres, como fuiste siendo presidente. Lo más triste de todo es que ese hedor le será heredarlo a tus hijos. ¿Y ellos qué culpa tienen? Al final, fuiste buen negocio para los archimillonarios. Te pusieron como presidente, te sostuvieron contra viento y marea; te obligaron a todo lo que se les antojó, incluido el regreso del PRI —tu odiado PRI, contra el que luchaste durante tu adolescencia y toda tu juventud— te hicieron que entregaras la banda presidencial a un individuo tan vil como tú o quizá un poco peor que tú al que, sin duda, odiabas y todavía debes abominar. Yo estoy seguro de que si te hubieran exigido que les chuparas la verga lo habrías hecho. Eras capaz de lo que fuera, sin exagerar, de lo que fuera, con tal de que te pusieran como presidente. Pero, Felipe, tú sabías muy bien que no tenías tamaños para eso ni para mucho menos. Cuando yo era niño, pensábamos que para llegar a ser presidente tenías que ser dos cosas, alguien muy malo y, la otra era ser muy brillante, muy inteligente. Bueno, tu partido, el PAN, nos quitó esa idea. Fox y tú fueron los paradigmas de la gente vulgar, de los ignorantes, de los hombrecillos minúsculos con cargos grandes y sueldos todavía más grandes. Para desgracia de mi país. Fíjate que los priístas —de ninguna manera son mejores— pero al menos sabían simular el conocimiento, la cultura. Del actual analfabeta funcional no te digo eso, éste es un pobre hombre que, a veces, parece incluso menor que tú, lo cual es ya demasiado decir. Y tú lo apoyaste contra tu propio partido. Y no te pregunto si te da vergüenza, creo que es inútil hacerlo, sé lo que responderás.

Desgracia para México
Te hicieron presidente estando demasiado lejos de merecerlo, Felipe. Por eso mismo eras perfecto para ellos. Un presidente débil, sin apoyo de su pueblo, dependiente de los que te pusieron ahí. Pues te usaron hasta el colmo. Te hicieron como sus calzones. Ahora andas por ahí medrando, dizque haciendo un partidillo y tratando de lanzar a tu esposa (¡Dios nos libre!) a la presidencia. Mira, Felipe, desde que estabas como presidente yo dudaba de que estuvieras —como dicen los periodistas— en posesión cabal de tus facultades mentales, pero esto de tu esposa ya es el colmo. Esa pobre mujer a la que tienes aterrorizada a golpes. Niégalo, Felipe, niega que, cuando se te antoja, o cuando ella te hace repelar le metes soberanas madrizas. Cuando has estado tapado de briago le has dado unas putizas que ella no olvidará jamás. Bueno, es más, por ahí del final de tu sexenio en Los Pinos le desprendiste la retina ¿de una patada en la cara?, porque déjame decirte que te veo muy débil como para que lo hayas hecho de un puñetazo. Pero pobre de Márgara —tú así le dices—, ni como ayudarle porque como dicen allá en tu tierra, Michoacán: el que por su gusto es buey hasta la coyunda lame. Pobrecita mujer. Y ella es la que quieres convertir en presidenta de México. Ya vas. Y ya que hablamos de cosas que no podrás negar: niégame que eres cocainómano. Que te bajas las tórridas pedas que agarras con tres o cuatro líneas de la más pura cocaína. Niégamelo. Y lo hacías casi cotidianamente cuando estabas en Los Pinos y te pasabas las tardes con tus cuates bebiendo por destajo, poniéndote hasta tu madre al grado de que te caíste de la bicicleta y te rompiste el brazo y no sé cuantas pendejadas más habrás hecho.
Tu leit motiv en tu vida, desde hace muchos años hasta acá, ha sido el perfeccionarte como un traicionero. Traicionaste a Carlos Castillo Peraza, tu mentor. Aunque un sujeto bastante detestable, intelectualmente era muy superior a ti, Felipe. En ese ámbito nunca le llegaste ni a las rodillas. Traicionaste a Fox, el chivo en cristalería, el ranchero tarugo que por el hastío del PRI llevaron a la presidencia. Pero México qué culpa tiene; y traicionaste a Diego Fernández de Cevallos, ese gigante de la corrupción, no menos que de la traición, bien pagado por ti. ¿Te acuerdas cuando dizque se iban a liar a golpes? Abusivo tú, Felipe, porque Diego es mucho más viejo que tú, pero es mucho más cabrón y tú, ya te lo dije, físicamente estás muy débil. Pero prosigamos. Traicionaste a tu partido, a Josefina Vázquez Mota, pobre mujer que te creyó; y traicionaste a tu larguísima militancia panista. Qué terrible volverte una especie de priísta vergonzante. Tú mismo debes darte asco por eso que hiciste: apoyar al PRI, el partido decano de los ladrones del erario y los crímenes políticos. Debes darte asco, eres igual que ellos, peor que ellos. El PRI, el partido contra el que tu padre empeñó su vida entera. Así que también traicionaste a tu padre. ¿Y todo para qué? Para que hoy no puedas ni salir a la calle en tu país porque estás embarrado de mierda hasta el hocico?

La traición a Josefina

Bueno, te digo todo esto por las razones ya escritas y por otra más: tú me conoces bien, Felipe. Yo era de los reporteros que estuvimos cubriendo tu paupérrima campaña de uno o dos mítines por día en que, por media hora que hablabas, te tomabas más de un litro de agua, sin duda con su dosis de alcohol, tenías una chica a sueldo para que te estuviera dando, cada tres o cuatro fraseos, la botella de agua con vodka. Tomabas mucha agua, pues sí, ibas crudo casi diario.

Alcoholismo proverbial
Y te digo que me conoces bien porque una vez me diste la mano cuando llegabas al Poliforum Siqueiros saludando a todos los de la prensa. Yo me hice güey y te dejé con la mano extendida. Es un pequeño orgullo que guardo; menor que el de estrechar, ahí sí orgullosamente, la mano de Monsiváis o recibir una dedicatoria en un libro de Rius. Otra vez, cuando estuvimos en el Cañón del Sumidero, allá en Chiapas, cuando se canceló, por falta de asistentes, el mitin que ibas a hacer en la plaza de toros La Bien Pagá, ¿te acuerdas?, bueno esa vez, en el Cañón, todos los que cubrían tu campaña quisieron tomarse la foto contigo. Yo me hice güey y me aparté. Lo notaste. Tan lo notaste que poco después, esperando la nota, ahí en el edificio del PAN en avenida Coyoacán, me mandaste tú, o sería César Nava, un provocador que se sentó junto a mí y me dijo que iba a matar a López Obrador, que era un hijo de perra, un maldito, etcétera. Ahí estuve oyendo, quizá media hora, al pinche loco que me mandaron, deseándole suerte en su encargo: puro pájaro nalgón. Claro que me conoces. En fin.
Felipe, lo que hiciste fue monstruoso. Permitiste el tráfico de drogas hacia el país del norte, aunque sólo a tus socios y la entrada de armas de allá para acá, aunque sólo a los traficantes oficiales. Ambas cosas para que los mexicanos, delincuentes muchos, pero miles de ellos no, se mataran aquéllos y fueran asquerosamente asesinados los inocentes. Eso no tiene perdón. Mereces estar en la cárcel, Felipe. Pero hasta esos extremos han llegado los millonarios mexicanos y el gobierno gringo con tal de que no se haga la justicia en México o ni siquiera eso, que no vaya a llegar la izquierda al poder, ni siquiera la izquierda domesticada y corrupta. Es decir, con tal de que este país no deje de ser un país jodidísimo, no deje de tener 30 millones de personas a la orillita de la hambruna y otros 60 millones en la pobreza; que no deje de tener 10 millones —más de la población de toda Centroamérica— de analfabetas y otros 25 millones de analfabetas funcionales (incluyendo al que apoyaste para que fuera el nuevo presidente). Esa es, a grandes rasgos, Felipe, tu obra. Has repetido al pie de la letra el antiquísimo mito de Minos y el engendro de su corrupción. Te lo cuento, para que veas que fuiste paso a paso cumpliendo con la maldición.

Monarca mítico
Minos es el monarca de Creta. Estamos algo así como dos mil años antes de Cristo, por lo cual Minos, personaje histórico terminó convirtiéndose en mito para los griegos mil años, o más, posteriores al mencionado rey cretense. Bueno, el padre de los dioses, Zeus, padre —faltaba más— del propio Minos con la ninfa Europa (sí, Felipe, de ahí tomaron el nombre) encarga a su hermano Poseidón, dios del mar, que haga un regalo a Minos por ser un gran monarca. Poseidón hace salir del mar un toro prodigioso, blanco, deslumbrante y singularmente hermoso. Pero la condición es que Minos tiene que sacrificarlo en honor de su pueblo que es, finalmente, el que le da su gran valía como monarca. Pero el animal es tan bello que Minos se niega a sacrificarlo y se lo roba. Lo convierte en parte de su rebaño. La esposa de Minos, Pasifae, hija también de un dios, Helios, el sol y la ninfa Creta, pues ella, Pasifae se ve seducida por el maravilloso toro. Ordena a Dédalo, el arquitecto y, en general, artífice de Minos, que le haga un disfraz de vaca. Aquél cumple los deseos de Pasifae y ella logra ayuntarse con el toro. Pero en la mitología se vale que quede anulada la incongruencia por el número de cromosomas (pregúntale a míster Google qué significa esa frase misteriosa); así que Pasifae pare un monstruo espantoso, el minotauro, mitad toro y mitad hombre, el cual es un baldón para Minos (búscate en un diccionario, o en Google que es baldón, Felipe). Entonces Minos ordena, nuevamente a Dédalo, que le construya un laberinto para que ahí quede encerrada su vergonzosa deshonra. Pero el monstruo se alimenta de carne humana. Entonces, los pueblos dominados por Creta se ven obligados a enviar a siete mancebos y siete doncellas cada cierto tiempo, para que sean introducidos en el laberinto y, una vez perdidos en él, en algún momento, sean encontrados por la bestia para que los devore.
El monstruo engendrado por la traición
Así se cumple la maldición de los dioses contra el tirano que engaña y roba a su pueblo. La rapacidad de Minos provoca la desgracia de sus súbditos quienes tienen que pagar con sangre su estupidez, su soberbia, su avaricia, su egoísmo. Pero es el juego de todos pierden, porque Minos es maldecido, odiado, repudiado y considerado un hijo de su reputísima madre. Y además carga con la vergüenza de lo que pasó con Pasifae. Hasta que llega el héroe, Teseo, que mata al minotauro y destrona a Minos, pero esa es otra historia.

Casi igualito que tu historia, ¿no, Felipe? Minos también terminó como si estuviera de por vida embarrado de mierda. Igual que tú. Pero no abdicó. Bueno, tú tampoco has renunciado a los dineros que te da el gobierno. Dinero de nuestros bolsillos. Según la nota de Proceso nos cuestas más de un millón de pesos mensuales. Por eso, porque no tienes madre de cinismo, me autorizo a decirte esto de lo que quizá algún día llegues a tener noticias, no espero que lo leas. Me conformo con que lo lean algunas personas, para que sepan el deplorable ser humano que eres y que todavía tenemos que mantenerte después de tantas asquerosas chingaderas que nos hiciste.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Demoníaca en Xalapa, Veracruz





Publicada por Eterno Femenino
en 2012

Presentación de la novela Demoníaca (Historia de una maldita perra) de Pterocles Arenarius. Editorial Eterno Femenino, 2012.

Andrés Hasler*

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La novela Demoniaca, historia de una maldita perra, tiene un fino humor satírico que el lector sabrá disfrutar. Me hizo reír en más de una ocasión; me agradó su estilo ligero y, sobre todo, el ritmo en que transcurre la narración.
Pero más allá de estos rasgos formales o estrictamente literarios, la obra nos transmite un contenido que nos invita a reflexionar acerca de los valores y antivalores que, en el terreno de la moral sexual, están en pugna en la sociedad contemporánea. Los dos personajes centrales de la novela son una mujer "vestida", nacida en un cuerpo biológicamente masculino (la etiqueta apropiada para su identidad sexual es lo de menos, pues también se puede decir que es un hombre vestido de mujer) y un sacerdote católico perteneciente a las altas jerarquías de la Iglesia. Todos los demás personajes son secundarios y giran alrededor de los dos principales. Éstos se muestran a sí mismos a partir de sus propias palabras y acciones.
La "ingenuidad"o supuesta ingenuidad del sacerdote es, a todas luces, una caricaturización exagerada del personaje machista y heterosexualista, pero cabe perfectamente dentro de la intención de la obra. En el extremo opuesto, la mujer "vestida" tiene una aguda percepción de la realidad que, dependiendo del punto de vista, podría calificarse de cínica. Ahora bien, lo que se entiende por "valores" y "antivalores" sexuales, es decir, lo que se entiende (o no se entiende) por femenino y lo que se entiende (o no se entiende) por masculino, también dependen del punto de vista en la estructura de la obra. Cada visión está respaldada por una práctica social distinta. Lo que de un lado se entiende como malo se convierte en bueno en el otro bando y viceversa.

Han creado una terrible fama.
La presión de la moral sexual dominante sobre los grupos disidentes (que es el motivo central de la novela) y la resistencia que éstos oponen a dicha dominación moral, constituyen un motivo legítimo de reflexión ética, filosófica y política y, a través del recurso liteario, el autor así nos lo hace saber.
Por un lado la visión heterosexualista, machista y judeocristiana dominante, que en Occidente tiene dos mil años de antigüedad y varios milenios más en el Medio oriente hebreo se refleja, también, desde hace mil quinientos años en el mundo islámico. Aunque tantos siglos de opresión heterosexaualista nos dan la imagen de una antigüedad bastante respetable, esto oculta el hecho, antropológicamente comprobado, de que la moral sexual judeocristiana nunca ha sido realmente compartida por la inmensa mayoría de los pueblos sobre la faz de la tierra. La moral heterosexualista (en sus distintas modalidades) se ha extendido por los cinco continentes hasta envolver el planeta entero, superponiéndose a los sustratos de otras culturas, mismos que nunca se extinguieron. La rígida moral sexual promovida por determinadas religiones, no ha sido natural para todos los pueblos. Las otras formas de concebir la sexualidad humana sobreviven hasta nuestros días y son parte de la diversidad cultural que, en la era de la globalización, se actualiza y refuncionaliza constantemente.
En la novela que aquí estamos presentando, un clérigo de la alta jerarquía católica mexicana se vanagloria de defender a ultranza un concepto rígido de los roles femenino y masculino que, según su punto de vista, gozan del aval divino. Defiende una concepción del sexo como instrumento de la reproducción biológica. El placer sexual, fuera de esta función, es sucio y pecaminoso.
Por su parte, la mujer "vestida" afirma: "Pobre de aquel (o aquella) que considere que sus instintos son suciedad (...) Prefiero pensar que mis nalgas son divinas (...) mis pechitos un portento y en conjunto una bendición (...) los orgasmos tanto míos como los que causo en otros, un premio de Dios para sus hijos".
Ya se podrá imaginar el lector cuán grande es el choque, cultural, ideológico y moral que la sola existencia de la mujer transexual o "vestida" implica para el clérigo exageradamente caricaturizado en la novela. A fin de evitar este choque, el personaje pone en marcha un mecanismo de defensa (demasiado "ingenuo", desde mi punto de vista) que consiste en negar la realidad, es decir, en negarse a aceptar que la mujer que está frente a él, es una mujer fálica, nacida con un pene. Él se aferra a pensar que ella es, necesariamente, una mujer nacida biológicamente. Veamos lo que dice el sacerdote:
"No pude ocultar mi estupor ante la soberbia belleza de mujercita, casi rubia, de ojos de un verde agua que aturdía, color inverosímil; delicada que parecía urgirnos a disputar por protegerla, blanca como una flor intocada. ¡Dios Santo! Vestía un traje de noche que dejaba ver gran parte de su cuerpo divino, sus senos tiernísimos, casi pequeños, casi irreales (...) como he dicho, era una belleza de otro mundo, me fascinó, me sedujo, me derrotó, disolviendo toda modestia por su osada manera de exhibir el cuerpo" (p. 16).

La mujer fálica.
El concepto de mujer fálica fue acuñado por Sigmund Freud y constituye un arquetipo reprimido en el inconsciente colectivo de toda la humanidad. Al igual que el unicornio y que el dragón, también la mujer fálica es un símbolo que la mente consciente reconoce como fantasiosa o inexistente, pero que es completamente "real" y vida propia en la mente inconsciente. El sacerdote caricaturizado en la novela pretende "autoengañase" con la imagen de una mujer biológicamente hembra, pero su mente inconsciente busca, sin lugar a dudas, a la mujer fálica encarnada en el personaje travesti. Freud afirmó que los personajes de ficción de las obras novelísticas bien escritas, son tan psicoanalizables como las personas de carne y hueso, debido a que los artistas (entre ellos, los escritores) tienen el don intuitivo de captar la esencia del alma humana.
La osada manera en que la mujer fálica exhibe su cuerpo, cautivó al sacerdote. Pero más osada es su filosofía de la vida. Veamos como piensa el angelito:
"Imagínate, te tienen acostumbrada desde niña a vestirte de hombre, creen haberte educado como hombre, porque creían que eras macho, pero tú siempre supiste que eras niña (...) Lo único que tengo en mi cuerpo que no es de niña, es un pequeño pene. Pero todo lo demás es femenino. Y hasta mis diez años de edad, nadie lo entendía" (p. 35).
Para el judeocristianismo ser mujer es algo tan natural como el reverdecimiento de las plantas en primavera. La menstruación, por ejemplo, no se fabrica, sino simplemente ocurre cuando tiene que ocurrir. El instinto maternal debe ser igualmente "natural", y así sucede con las emociones y con todo lo demás específicamente femenino.

"Lo femenino es natura, lo masculino, cultura", Andrés Hasler.
Por el contrario, lo masculino es un constructo cultural que requiere ritos de iniciación a la masculinidad. El varón es cultura, y la mujer es natura. Pero tal esquema que equipara a la mujer con la naturaleza y al varón con la civilización, no es compartido por la mujer transexual, quien se considera a sí misma como un producto "de avanzada" tanto de la evolución como de la civilización:
"Somos animales civilizados, tanto que somos tecnología de punta biológica en el asunto de los placeres no menos que en el de la inteligencia. En asuntos de la evolución, ¡somos el último grito de la moda!".
Ella conceptualiza lo femenino como algo que se construye día a día. Sabe que le corresponde elegir construirse a sí misma y construir su feminidad. A fin de cuentas, la feminidad resulta tan artificial como la masculinidad machista y, por tanto, también requiere de una iniciación o aprendizaje. Para construirse a sí misma como mujer, elige a Esmeralda (otra mujer travesti o "vestida") que la iniciará en el arte de ser mujer:

Sonia Ceylán. Belleza que aturde.

"Esmeralda tenía veintiséis años y era reina: de hecho, yo creí que era mujer y ella de inmediato se dio cuenta de que yo era un pobre jotito con tres millones de conflictos en mi cráneo minúsculo. Y ella me enseñó todos los secretos de las vestidas. Me enamoré de Esmeralda, pero no sexualmente, sino como mi gran ejemplo, como el ideal de lo que yo quería ser, como la más pendeja súbdita de una reina esplendorosa. Yo tenía catorce años y me robé la ropa de mi mamá para que Esmeralda me vistiera, me maquillara, me hiciera conocedora de los secretos, para que no se dieran cuenta de que era una vestida" (p. 36).
Hay estudios antropológicos y sociológicos acerca de las estrategias de mujeres que conquistaron su autonomía económica ejerciendo la prostitución. Los casos son reales. En la novela que estamos presentando la mujer "vestida" también conquista su autosuficiencia económica mediante el ejercicio de la prostitución. Veamos:
"Las mujeres queremos que nos den y hay muchas que con ello y por ello exigen ser alimentadas, mantenidas, tratadas como princesas; pues ¡ay no!, pobres pendejas que se entregan a un imbécil para que las sobaje, porque el dinero es poder. Si eres mujer estás vulnerable en un sentido; los hombres son más fuertes, más activos. Pero si eres bella, tu debilidad es tu fuerza y los hombres se vuelven tus bestias esclavas"(p. 27).
Desde a perspectiva ideológica judeocristiana, la condición masculina es intrínsecamente aventajada, privilegiada, superior y empoderada. Pero el personaje travesti de la novela expresa una visión desde la cual la condición femenina posee su propio poder y superioridad. La mujer es perfectamente capaz de humillar y acobardar a los varones. Si tan empoderada puede llegar a ser la condición femenina, en la guerra de los sexos el personaje travesti milita decididamente del lado femenino. Veamos:
"... nos fuimos caminando a la Zona Rosa (...) con nuestras minifaldas deteníamos el tráfico. Los hombres hacían alto para plantarnos el ojo (...) 'Madre mía, qué nalgas' (...) pero cuando Esmeralda oyó barbaridades (...) encaró al atrevido (...) Los hombres se quedaron pasmados (...) ante tan hermosa mujer agresivamente atractiva encarándolos (...) Uno se retiró (...) Pero el otro (...) se aproximó haciendo el ademán de atacar a Esmeralda. Entonces ella enseñó las uñas y le gritó: 'Atrévete a tocarme, pedazo de inmundicia, y con estas uñas te marco la jeta para el resto de tu puta y rastrera vida". El tipo (...) se mostró cobarde (...) huyó con la más perfecta actitud de del perro con la cola entre las patas"(p. 145).
"Decente" significa "de centavos". Sólo la gente adinerada puede ser decente, en el sentido etimológico de la palabra. Un buen día Esmeralda le muestra a la protagonista la conveniencia de abandonar la vida arrabalera y empezar a volar a las grandes alturas, ganándose decentemente al vida al ofrecer sus servicios sexuales exclusivamente a clientes de muy alto poder adquisitivo.
Ello incluye, precisamente, servir a algunos clérigos de muy alta jerarquía que predican en público la heterosexualidad y la estricta delimitación de las identidades de género, pero que en privado dan desahogo a sus impulsos homosexuales:
"Llegamos al lujoso putero de la Zona Rosa. Eran unas oficinas muy sobrias y elegantes (putería disfrazada, pero de alta categoría) (...) Un lujoso bar con alfombras rojas, paredes de mármol y potente pero sabia iluminación te abrumaba con sus meseros de librea, corbata y moño y capitanes de frac" (p. 149).
Pterocles Arenarius
Como lector, me quedé gratamente sorprendido cuando la novela dio un giro aparentemente inesperado, pero perfectamente coherente con la estructura de la obra. La mujer travesti no sólo se ha construido como un cuerpo físico, un producto de mercado, sino también ha desarrollado un agudo intelecto para interpretar la estructura de la realidad circundante. Ha conquistado un espacio de confort y lujos materiales en la sociedad de consumo; pero también se revela como un ser pensante que retira el velo ideológico que cubre y oculta las incongruencias de la moral judeocristiana, poniendo en evidencia la farsa y podredumbre de la moral sexual convencional.
El clérigo de esta narrativa se había aferrado a ver en ella a una mujer biológicamente hembra, prostituta y extraviada del camino de Dios, muy necesitada de salvar su alma con ayuda de los servicios de la Iglesia. Entonces la mujer travesti se dirige a él en los siguientes términos:
"Nunca pensé que hubiera alguien tan idiota. Perdóname, no es un insulto, es un diagnóstico (...) ¿Tú de verdad crees en lo que dices que crees? (...) Hay dos cosas que me asombran de la gente que se dedica a engañar en las iglesias (...) Una es la enorme velocidad con que se deterioran sus facultades mentales. La otra es que (...) viven hasta que son absolutamente inútiles aún para sí mismos. Inútiles para la misma vida, han sido siempre parásitos, siempre desde que eligieron ese modo enfermo y pútrido de vivir a costa de los demás" (p. 181-186).
Al llegar a esta página, el lector se percata de que la pugna ideológica entre los personajes representantes de las dos moralidades sexuales incompatibles, llega a su clímax. Pero no es mi propósito narrar aquí la novela, ni mucho menos su desenlace. Mejor invito al público a que lea la novela por sí mismo. Muchas gracias por haberme invitado a este evento y muchas gracias por tu atención.

Texto leído el 6 de diciembre de 2014 en Xalapa, Veracruz, en el evento Feria de la Diversidad Sexual, organizado por Vía Lúdica Cafebrería y Eterno Femenino Ediciones Ediciones.


*Doctor, investigador, sociólogo y docente en la universidad de Veracruz.

jueves, 20 de noviembre de 2014





Publicidad para la presentación

Turbulento cauce y Rumoroso delta*

Pterocles Arenarius
Rumoroso delta, Justine Hernández, Editorial De Otro Tipo, 2014. México.



Antes que nada quiero celebrar el hecho de que estemos aquí presentando un libro que contiene dos de las actividades propias de la alta civilización: la poesía y el erotismo. Pero también quiero que no olvidemos —aunque se esté volviendo moda— que fuerzas de la más bruta barbarie atentan contra la mejor elaboración de la humana convivencia, la cultura, la civilización, algo de lo más preciado que hemos creado y tales atentados se hacen desde un poder político espurio, mezquino, criminal. El asesinato a mansalva, la imposición al estilo de las bestias, el secuestro criminal desde las instituciones desde las mismas que, dicen, chillan, que debemos respetar. La desaparición de los muchachos de Ayotzinapa y el asesinato cometido el 26 de septiembre son crímenes de estado. Las reformas que llevó a cabo el gobierno son imposiciones que no debemos permitir. Enrique Peña Nieto, ese ignaro, debe renunciar. Es necesario que se lo recordemos aunque, irresponsablemente, se haya ido del país. Su desgobierno está trabajando —y no debía extrañarnos— en contra de lo que celebramos, los libros, la poesía, la cultura, la civilización. Los mexicanos padecemos un gobierno no sólo inepto, también ignaro; no sólo uno de los más corruptos del mundo, también cínico; no sólo autoritario, también criminal.

#QueRenuncie. Clamor generalizado

Pero, ojo, corruptos, atención zánganos vividores del presupuesto que extraen de nuestros bolsillos y a cambio del cual dicen gobernarnos, alerta señor analfabeta funcional que se autonombra presidente de todos los mexicanos, pongan atención aunque digan sentirse muy cansados; estamos haciendo poesía, para su desgracia estamos publicando libros, estamos hablando del erotismo; en una palabra, estamos haciendo algo de lo que usted, señor sedicente presidente, abomina y teme e ignora, estamos haciendo cultura. Y desde aquí, desde la civilización y la cultura, desde la poesía, le exigimos, por su ineptitud, por su ignorancia, por su autoritarismo y por su desinterés, en una palabra, por su desproporcionado e inenarrable pendejismo, que renuncie.
Pero pasemos a lo nuestro, a circunstancias menos tristes y mucho menos aborrecibles. Hoy estamos aquí para hablar de un libro que publica una pequeña empresa heroica, la Editorial De Otro Tipo. Se trata de un opúsculo de poesía erótica. Como ya se ha dicho, dos de las más elaboradas minuciosas y exquisitas actividades humanas.
Pero vayamos un poco atrás. Antes que de erotismo hablemos de sexo. Yo, igual que el filósofo de Güemes, pienso que el sexo es algo maravilloso.
El sexo es absolutamente un prodigio, una de las más maravillosas funciones biológicas, fisiológicas ocurridas en este planeta desde hace algunos millones de años entre los seres vivos propios de la cúspide evolutiva. Es el supremo truco de la vida para regenerarse a sí misma a través de los animales superiores y es, al fin, entre los seres vivos, una de las actividades más importantes que tales bichos pueden realizar, porque del sexo depende, en gran parte, la vida.
Primero el sexo

El sexo es un prodigioso artificio evolutivo derivado de ciertas sustancias absolutamente mágicas, nosotros las hemos llamado hormonas, y son las que provocan en los animales, entre miles de otros fenómenos a cual más de estupendo, los ímpetus que los conducen hasta la inobjetable orden de la madre natura: el ayuntamiento. La naturaleza otorga a los que participan en tan singular acto reproductivo un sublime premio, el placer más grande posible en la vida. Pero no sólo eso, madre natura, en su sabiduría inmensa, dotó a esos mismos bichos de una facultad sublime genéricamente llamada los sentimientos, y, en el clímax de éstos, el amor en sus múltiples formas. Ambos, instintos y amor, al servicio de la vida.
Pero la madre naturaleza avanza. Y su progreso tiene un sentido. Tal es lo que nosotros llamamos adaptación a las condiciones naturales y selección natural, esto es, perfeccionamiento. Los seres han evolucionado por millones de años para adaptarse mejor a la naturaleza. Y así, uno de sus más innobles especímenes, un simio astuto y desesperado, desarrolló la más formidable arma evolutiva, la que no sólo habría de asegurarle la sobrevivencia, sino convertirlo en el amo de este mundo: la inteligencia. Señoras y señores, con ustedes, la facultad de la materia que nos permite la consciencia o el saber de nosotros mismos, luego de cuatro mil quinientos millones de años, meses más o meses menos, claro está, con ustedes, la inteligencia. O el milagroso modo en que la materia tiene consciencia de sí misma y se examina, se reinventa, se amenaza con su total exterminio y, más aún, se lanza a estadios superiores privativos sólo de la divinidad. (Por cierto, he dicho que aquel simio aventurero terminó convertido en el amo de este mundo. Es curioso que los católicos llamen así a Satanás). El hombre es Satanás, el que se opone; es el diablo, el que sabe; es Lucifer, el portador de la luz. El rebelde que convirtió la sagrada misión de reproducirse en este mundo en su mejor diversión. No es en balde que los clérigos hayan combatido tan ferozmente durante siglos esta creación inapreciable.
Pterocles, sobre Rumoroso delta


Perdón por tan larga digresión, pero era necesario. Recapitulemos brevemente. Una vez que uno de los bichos existentes en el planeta estuvo dotado de los instintos, como la gran mayoría del resto de los animales, los sentimientos, como sólo los más evolucionados de los mamíferos y, por añadidura, la más grande inteligencia —que sepamos— existe en este planeta, unamos las tres facultades portentosas y tenemos un prodigio mayor todavía que el del sexo. ¿Será posible? ¡Sí! Es el erotismo. Instintos animales. Sentimientos sublimes. Inteligencia privilegiada. Placer de dioses.

Eros, el amor terrenal, según los griegos

En efecto, el erotismo se compone del impulso básico animal, el instinto; en un plano superior, su ingrediente sublimado es el amor o al menos —porque a veces el amor no es fácil— una de sus formas sutiles, la ternura o la empatía y, finalmente, la inteligencia. El erotismo es el gran invento de la inteligencia que consigo reúne a las facultades inferiores a ella. Pero no se queda ahí, el erotismo es creación, es arte. El erotismo superó al sexo, porque una obligación, como es la de reproducirse, si bien no se olvida del todo, sí se pospone cuanto sea necesario porque el erotismo es la mejor diversión o, mejor todavía, el placer más grande y más todavía, el placer por el placer. En ese sentido es la gran rebelión de la humanidad frente a la naturaleza. Es la actividad que en este mundo nos coloca en una posición suprema. El erotismo es, lo repito, tarea de dioses.
El erotismo era inevitable, como las matemáticas, como las ciencias sagradas: formas diferentes de lo mismo, el conocimiento y la aproximación a lo divino. Inevitable pero también imprescindible, como la poesía.
No es casualidad que los griegos hayan creado el mito del nacimiento de Afrodita a partir del sacrificio, del dolor de Zeus, el padre de los dioses, el vencedor de su propio padre Cronos y por ello inmortal. Y a partir del nacimiento de Afrodita, se establece que la creación del universo ocurrió por el amor, por la belleza; los atributos de la diosa.
El sexo es simple, directo, hermoso. El erotismo, en cambio —pero además de lo anterior— es complejo, laberíntico, creativo; es búsqueda, experimentación, fantasía, regodeo, inteligencia, sentimientos, no olvidando los instintos. El erotismo es la sublimación del cuerpo. Se dice que el libidinoso es en realidad un místico de la carne, mientras que el santo es un voluptuoso del espíritu. Y si no, ahí están los grandes erotómanos que conducen el acto carnal a estaturas de sublimidad divina no menos que a momentos de animalidad e instinto que suelen ser denominados satánicos. Y los poetas místicos que siempre equiparan su relación con el ser divino a la más tierna relación de los amantes. Los extremos se tocan y, es más, terminan siendo lo mismo. El erotismo es un canto al cuerpo, su divinización.
Ahora toca el milagro en dos vertientes, la poesía y el erotismo. Dos de las imprescindibles actividades humanas: la poesía y el erotismo. La poesía, dice Luis Cardoza y Aragón, “Es la única prueba fehaciente de la existencia del hombre”. El erotismo es poesía con la carne. La poesía es regodeo amoroso con las palabras. De muchas maneras, la poesía es el erotismo. Y viceversa. El juego erótico es la manifestación plena y profunda del espíritu humano. Como lo es la poesía.
"La única prueba fehaciente de la existencia..."
Luis Cardoza y Aragón

Y, mil perdones, después de tan prolijo circunloquio tan profundamente antierótico como no menos antipoético; abordemos el doble milagro, un libro de poesía y de erotismo que, como las joyas, es una obra pequeña —muy lejos de ser menor—, porque como la gema, es preciosa. Rumoroso delta.
García Márquez dice que los síntomas del enamoramiento son idénticos a los del cólera. La desazón, la angustia mortal, el temblor fino en el cuerpo entero, incluso la diarrea. En Rumoroso delta las pasiones son deliciosamente civilizadas, su moderación parece lejos de la shakesperiana muerte por amor; así, la conminación “muere conmigo.” Se aclara en una dulcísima banalidad: “¿Te gustaría cenar/ antes de la petit morte?”, convite por demás exquisito como afrancesado.
La poesía, como el erotismo son, quién lo duda, sendas epistemologías, métodos de conocimiento, entre muchos ámbitos más, del objeto amado: “Cuando me amas// penetras más allá de mis pupilas/ me tocas debajo de la piel/ y amas a todas las que soy/ y a las que fueron antes de mí”. Al final, la única certeza es la invocación a la persona amada “Pronuncia mi nombre.” Porque, lo dijo Borges, “Si como afirma el griego en el Cratilo,/ en el nombre de la rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo”.
La autora con su joven admirador

Y como contraparte de certeza tan sutil y tan concreta, no menos tiene que aparecer la incertidumbre: “¿Quién soy esta noche?// La noche de tus manos// ¿Quién te entrega como llaves/ dudas secretos necedades?// Ella. La otra. Yo.” Mas el objeto amado es un invento, lo cual es, entre otras, una de las favoritas, excelsas rutas del erotismo: “La que está contenta/ de saberse labio a labio, desnuda/ la anfitriona y el banquete/ la comensal y la huésped.” El invento culmina luego del paseo amoroso: “¿Qué pasará cuando me derrita?// cuando me tengas líquida sobre la cama.// ¿Cómo vas a condensarme, a convencerme?// No tengas piedad.// Bésame.” Sublime condena mutua de los que se aman. Cuando las almas combaten cuerpo a cuerpo.
La poesía es no menos magia. “Aparición// He encontrado/ el nombre perfecto/ para ti.// Temo pronunciarlo/ y desaparezcas.” He aquí el misterio del hombre, el del nombre. Y, en este caso particular, la magia habrá de diluirse en una laxa, dulce cotidianidad de “tejernos algo/ en la cabeza (…) el humo de un bar/ el rumor de alguna playa/ un café a mediodía/ el beso en alguna casona/ (…) una lectura compartida/ enumeraciones que no terminan/ como ésta/ quizá otro café/ otra palabra.// Puntos suspensivos…” Es decir, la otra magia, el enamoramiento tenue de la costumbre, la que nos vuelve uno con el otro. La magia de vivir.

Pterocles, Karina, Justine. En Gandhi

Una tierna acometida, una dulcísima violencia: “Es posible que caiga// por tus hombros/ a besos”. Lo que desataría el prodigio, lo que iniciaría la transformación del mundo pues “amar es combatir/ si dos se besan el mundo cambia (…)” establece Paz en su Piedra de sol. Y tanto ocurre que el momento invoca a una trascendencia bárbara: “Suicídate conmigo.// Tiemblas/ te abrazo/ Cierras los ojos”. ¿Es la invitación a la petit morte o a la grand morte, la definitiva, la que no tiene vuelta? No importa. La trascendencia del momentum amoroso es una vida en un instante. Somos otros después de un instante tan grande.
Y el lector se encuentra con un lindísimo poema cuyo nombre, si no tuviera tal poderío en los versos, intentaría arruinarlo. Unas cuantas estancias de muestra: “Sólo tengo la espuma del mar/ tómala, es tuya/ no dejes que el viento la desaparezca.” Se encarga, se encara al ser amado a conservar lo inasible, a retener lo que no existe, a inventar la invención. No otra cosa es el amor, el erotismo. Pero “enreda tus piernas en mi espalda” con lo cual se concreta lo inasible y ocurre el vuelo, se da el milagro y el paraíso sustituye al mundo terrenal. “soy un espacio neutral, no tengo armas/ las he perdido todas en batalla/ tengo sólo estas manos que te encuentran.” Y tal es la invocada maravilla que, sin embargo, aún remata o, mejor, re-vive: “sólo estas ganas de leer el braille en tu piel”, ciega, posesa, alucinada y fuera del mundo, la poeta palpa firme y sabiamente, busca, encuentra. No hace falta más prodigio.

Chesterton al absurdo por la inteligencia.

Gilbert Keith Chesterton, el fabulista del absurdo, del asombro y también del riguroso raciocinio (no olvidemos al genial padre Brown), anotó que es “Bendito aquél que se hace conducir por la pasión más bella”. Invocando así, no sin paradoja, tanto al ceder a la pasión como al control sobre sí mismo. Una sensación de ese talante produce Rumoroso delta. La pasión que es no menos regodeo. Una intensidad de tumultuoso río que deviene en, a propósito, gracioso y controlado delta. Un sexo tan educado que culmina en este erotismo que, no por costumbrista, es menos suculento. Un trabajo verbal de exquisitez y contención.



*Reseña leída en la presentación de
Rumoroso delta, el 15 de noviembre de 2014,
en la Librería Gandhi de Madero.

jueves, 25 de septiembre de 2014

El divo del rocanrol.

La mejor de nuestras malas compañías

Una muerte inmejorable, Editorial De Otro Tipo, 2014, 252 pp.

Charlie Monttana

Queridos amigos:
Es un gusto estar aquí, en este momento, en esta celebración. Pocas veces uno se da este tipo de lujos, abran bien sus ojitos para que algún día tengan mucho que contarle a sus nietecitos, es un orgullo para mí exponer mi punto de vista y dar alguna opinión de nuestro amigo Pterocles Arenarius, un gran escritor, quien a salto de barra y de bar en bar ha ido internándose en el mundillo ficticio de la literatura mexicana.
Un hombre cuyos escritos, novelas e historias en general han llenado de caracteres únicos desde hace ya algún tiempo las hojas blancas a tinta y lápiz, con su estilo elegante y contundente, crudo y áspero, sutil y dialéctico, ha creado poesía pegada al hueso, es decir, libre de falsos adornos; ¡cómo se nota que escribe, mínimo, tres cuartillas al día con el fin de que no se le enfríe la mano!
Hemos de denominarle como el vicario de la sordidez citadina, cual mampara translúcida del claroscuro devenir de los últimos tiempos punto y coma de la alegoría cosmopolita. Practicante del uso de las voces populares, sonetos, coplas, versos y epistolarios arrabaleros, giros y dicciones incultas dentro de la cómplice simbiosis de un lenguaje cuidadoso, exquisito y muy selecto, más dentro de la corriente escrita que dentro de la corriente hablada.
Al leerlo nos involucramos en sus historias , habitamos sus paisajes y nos encariñamos con los personajes y narraciones que van desde la soledad y la desesperanza hasta el puro y dulce amor. Escribe sin tapujos hasta dejar en su obra parte de él mismo, también describe los mundos donde conviven en armonía lo real con lo imaginario, lo local con lo universal, lo sagrado con la maldito; su manejo tan hábil en temas como el sexo, lo maneja de manera tan escurridiza, volviendo la tragicomedia más cómica donde entre acto y acto te cagas de la risa y en el otro te pones a llorar de sus historias que deambulan entre el pecado, el placer y la tentación; por cierto, los intelectuales dicen las cosas de manera y modo complicados, nuestro artista expresa las cosas complicadas de la manera más simple, nomás así, pa’que se entienda.
Pterocles Arenarius, Charlie Monttana.

Pero a pesar de lo que se diga de sus indecentes historias podríamos usar sus textos como un manual de autoayuda o quizá como la mejor de nuestras malas compañías; ésta es la verdadera expresión de una personalidad rica y compleja, polifacética e imprevisible, gracias a Dios no fuimos tan ordinarios.
Hemos de considerarlo el padre soltero de la nueva novela mexicana. También lo consideraremos un cuadro al óleo con todos sus matices; la cautivadora belleza de su obra y su notable originalidad ¡es que le valga madre!, ¡que le importe un carajo!, y que su conducta se vuelva tan insensata cuando escribe cosas como:
“Siempre que me cogieron nunca había sentido como ahorita, como que me orinaba, como que me moría; sentí que me orinaba y que se me venía todo, que se me salía; Tranquilino, no ´se qué me hiciste, bueno sí sé, sentí todo, pero una cosa sí te digo, ya nunca voy a ser la misma, te juro que nunca voy a coger con macho que no me haga regustar de la verga. ¡Qué bonito es coger así!”…
Y también hay partes como ésta:
“¡Métemela, métemela!, y ella se fue deslizando hasta acomodarse. Sentí su vagina ardiente, abierta, henchida, se la metí, me abrazó, se apiernó, y me rasguñó, chillaba, su sexo se contraía de tal manera que no estaba lejos de causarme dolor; ¡una delicia!”
De Otro Tipo en Ciudad Neza.

¡Vaya formas más iconoclastas, heterodoxas de expresar las relaciones sociales y humanas!
Esta es una historia muy difícil de un hombre a quien le quedan por vivir seis meses y trata de habilitar lo que no vivió en treinta y cinco años por mocho, temeroso y ñoño, un hombre que morirá de manera casi banal y absurda, sin que lo maten siquiera los sórdidos y deliciosos placeres terrenales que degusta la población como putas, drogas, alcohol, comida en exceso y todo tipo de manías asesinas que acaban con la comunidad humana; este libro invita a la reflexión, quizá a valorar cuanto tiempo vivimos en el ocio, en un mundo adulto tan demasiado falso como para creer en él, su verdadera originalidad de Pterocles Arenarius es la de las sensaciones, al leerlo hay partes donde te sientes muy bien y partes donde te sientes del carajo, te transportas hasta las locaciones de la historia, esto es, al mismo tiempo, la cúspide y la ruina del estatus de mierda que vivimos en este país por estos días.
La reunión de la reflexión filosófica y el fluir del relato te llevan a caminos inesperados donde es inimaginable el final de la historia.
Una muerte inmejorable en Casa Maha.

Hay demasiados escritores y pocas historias buenas que valgan la pena, a los grandes pendejos apadrinados los anuncian en marquesinas con letras de oro, a nuestros más sublimes malos ejemplos bukowskianos como Pterocles, nuestro prócer, Benemérito de Guanajuato; todavía nos toca caminar en el túnel del tiempo en busca de la luz, nosotros estamos aqueí para promocionar de manera más que descarnada las cosas rotas, jodidas, lastimadas, que ya no sirven, reciclamos y les damos brillo y belleza a las que nunca las tuvieron, explotamos y vivimos en el dolor de manera magnífica, pues sin dolor no hay ganancia, ése es el blues de nuestras vidas, dotar de gracia lo que nunca la tuvo.
Pterocles Arenarius, ganador de este premio, de este concurso, arriba de no sé cuanto cabrón, lo merecía, él se merecía ganar, él necesita comprar más café, más tequila, más hojas blancas, más lápices y más pretextos para seguir haciendo más cuentitos sudorosos como Una muerte inmejorable, que es el libro más reciente, no el último, sino el más reciente.