miércoles, 19 de octubre de 2022

Dos presentaciones de libros

 

Pancho Villa, el bandolero divino

 

 

(…)

Un demonio y un ángel en rebeldes porfías

Disputándose el signo de tu oculta intención,

y así, como a veces, al dudar sentirían

un trajín de cuatro alas dentro del corazón.

 

Loco de alegría hiciste tal aprendizaje

de tus desorbitadas artes en la lección,

que te habló deslumbrante tu espíritu salvaje,

de Hércules, asesino, de Mercurio, ladrón.

 

(…)

 

Hijo de águila y tigre, sientes en las entrañas

yo no sé qué delirio de metal en crisol;

agua pura que gime bajo negras montañas

o arrebol salpicado con la sangre del sol.

Bajo la égida de mi general

 

Bandolero divino

(Fragmento)

José Santos Chocano

 

 

El viernes 14 de octubre presentamos Querido Pancho Villa, la novela que retrata la etapa de la vida de este hombre de la historia mexicana antes de que se involucrase en la Revolución.

Me hizo el inmenso favor de comentarlo el extraordinario novelista mexicano Agustín Ramos.

Autofoto con cartel 


Una de las cosas más interesantes —muy en especial para mí— que dijo Agustín fue que él pensaba que yo había escrito el Querido Pancho Villa bajo el influjo o en la práctica o empleando alguna disciplina metafísica o espiritual o espírita o nigromántica.

Tengo que decir que no lo sé.

Tengo un gran amigo —bueno, incluso familiar político—: José Luis Méndez, un hombre de ciencia, doctor en Física, investigador de la Universidad Nicolaíta de Morelia, Michoacán. Pues él, en cuanto empezó a leer el Querido Pancho Villa, de inmediato dijo que este autor había estado bajo posesión del espíritu de Pancho Villa para escribir este libro.

Bibliografía villista


Ciertamente, hubo fenómenos, al menos curiosos, en el tiempo en que escribí Querido Pancho Villa.

Uno. Todo se desencadenó cuando leí Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán. En este libro, el autor aclara y enfatiza que estas Memorias fueron, prácticamente, transcritas por él, que la gran mayoría de lo escrito él lo escuchó de boca del general cuando fue su asistente y más bien su amanuense. Luego narra ciertos conflictos que tuvo con Villa y que los distanciaron (jamás dice en qué consistieron los malentendidos), pero también aclara que quien lo sucedió en la ayudantía del general fue Manuel Bauche Alcalde quien luego de varios años entregó a Nellie Campobello todos los manuscritos que le dictó el general. La escritora duranguense, a su vez, los entregó a Martín Luis Guzmán para que concluyera Memorias de Pancho Villa.

Honores a mi general


Como dije en la presentación: una persona es, en gran medida, su lenguaje. Los estudiosos dicen que “lenguaje es pensamiento” y qué otra cosa somos, además de carne, sangre y huesos, si no es pensamiento. Si hay algo que represente a nuestra alma o al espíritu eso es el pensamiento. Y el pensamiento concretado en signos, símbolos, ideas, es el lenguaje. Es el viejo dilema: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? El pensamiento o el lenguaje.

Autor de Querido Pancho Villa


Cuando leí Memorias de Pancho Villa sentí que el lenguaje ceremonioso, circunloquial, metafórico y lleno de modismos campesinos del que nació como Doroteo Arango, y luego Francisco Villa, se me volvía una especie de manía. Era, guardando la debida proporción, como esas canciones muy pegajosas que no puede uno dejar de repetir. Y digo la debida proporción porque una canción chafa como idea parásita suele ser muy molesta. El lenguaje de mi general Villa era casi delicioso. En un momento intenté escribir y noté que no podía escribir si no era con una jerga parecida al lenguaje de mi general. Fue inevitable procurarme datos sobre Villa, informarme más sobre él. Hasta que me di cuenta que estaba aprendiendo una gran cantidad de datos sobre el gran militar norteño.

Con Agustín Ramos


Pensé tranquilamente que con un poco de tiempo se me habría de quitar la manía del lenguaje villista y entonces me pregunté, ¿y mientras qué hago? Pues lo más natural es que me ponga a escribir sobre Pancho Villa. Y si aproximadamente tenía su lenguaje, pues me permití una larga conversación con mi general. Lo que Agustín Ramos, en su prólogo a mi novela llamó “Un diálogo de alucinados”.

Antes que nada la chela


Puesto que en el lenguaje de una persona reside, en gran medida, su espíritu. Si admito que por algunos meses me tomó el lenguaje, es decir, el espíritu de mi general Villa, eso no quita mérito a la novela. ¿O sí?

Dos novelistas


Que lo decidan los lectores.

Si deciden que fui poseso de mi general, entonces también se podrá decir que Querido Pancho Villa es mi primer trabajo como nigromante. Lo cual no deja de ser un honor, porque me hace recordar a otro gran hombre de nuestra historia, Ignacio Ramírez, El Nigromante: escritor, político, diplomático, legislador, militar, periodista. Y en todos los oficios magistral.

Dos. Algo muy extraño fue el hecho de que casi todos los días, después de escribir algunas horas —tres, cuatro, a veces más—, casi diario soñaba con mi general Villa. Hay personas para quienes los sueños son demasiado importantes. Bueno, la artista Violeta Ortega me dijo que ella sueña muy frecuentemente a su difunta mamá, fallecida hace tres o cuatro años. Y me dijo que, en un sueño habló con su mamá y que le dijo “Pero tú ya no existes, mamá” y dice que su madre le respondió: “Vivo en el mundo de tus sueños”. Semejante testimonio no deja de ser escalofriante. Pero no sabemos nada concreto, científico sobre el tema.

Al final, lo importante es que no haya adquirido algún desajuste mental ni un trastorno de la personalidad por el trabajo nigromántico, o por soñar tanto con Villa o por, presuntamente, haber sido poseso de mi general. Al menos eso es lo que quiero suponer.

Lo formidable es que, sea lo que sea, la novela está ahí, concretada en papel y publicada bajo el sello de Eterno Femenino Ediciones.

 

 

Para no perder… la memoria

 

Mis dichos son hechos

Benito Juárez García

 

Memoria del CGH (a veinte años de la huelga de la UNAM); edición de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, 2022.

 

Y luego, el sábado 15, en el bar Capi Carmona, de la primera Sección de la colonia Moctezuma, presentamos Memoria del CGH. Un formidable trabajo de recopilación (543 páginas) que llevaron a cabo René González; Alberto, El Diablo, Pacheco y Jorge, El Tri, Mendoza.

Memoria del CGH es un documento histórico. Es la primera vez que se hace una recopilación inclusiva y casi exhaustiva de los protagonistas de aquel movimiento. Lo que podemos recordar de aquel conflicto fue la sistemática condena que sufrió por parte de los medios de comunicación. Sin exagerar, los impulsores del Consejo General de Huelga de la UNAM fueron acusados de porros, desordenados, anarquistas, saboteadores, incultos, fósiles, vulgares, ambiciosos, mugrosos, degenerados, seudoestudiantes, flojos, entre otros muchos adjetivos. La calumnia se volvió el método de los medios de comunicación. La campaña fue sistemática, desmesurada y brutal.

La tentación de reprimir por parte del gobierno fue permanente y se dio desde el primer momento de la huelga. Sin embargo, los universitarios estaban protegidos por los dos grandes crímenes que nos debía —y nos sigue debiendo— el régimen asesino que sostuvo por décadas el partido de estado más longevo de la historia de la humanidad, el PRI y sus discípulos, aliados y epígonos, el PAN. El trauma nacional del año de 1968 seguía (y sigue) pesando fuertemente en la consciencia de los mexicanos. Como dijo Fernando del Paso en su inmortal novela Palinuro de México, cuando habla el fantasma del personaje protagónico de la novela, Palinuro, luego de que muere en la masacre de Tlatelolco; en el capítulo que tituló Palinuro en la escalera: “¡Nos cubrimos de gloria, hermano! ¡Y ellos se cubrieron de mierda para siempre! (…) ¡Cada estudiante muerto es una antorcha viva! ¡Cada antorcha viva es un estudiante muerto!”

Y para el año 99, el régimen sabía que estaba agotado. Todos los mexicanos estábamos ciertos de que el régimen priísta se había cubierto de mierda para siempre, que incluso se habían asesinado entre ellos mismos, que ese partido ya era insostenible. Y ellos pactaron entregar el poder. Las palabras de la novela de Del Paso fueron proféticas. Y veían, nunca dejaron de ver claramente que cada estudiante muerto era una antorcha viva. Mientras que, en aquella huelga, por un lado, el gobierno aplicó todo tipo de medidas dilatorias, trampas, mentiras, calumnias, sus métodos tradicionales, los estudiantes por su parte mantuvieron la UNAM paralizada contra todo y contra todos.

El inmenso José Saramago, premio nóbel de literatura, 1998, les dijo, palabras más, palabras menos, puesto que habían privatizado sin límites y habiendo mostrado que no tenían llenadera que privatizaran “Machu Picchu, (…) Chan Chan (…), la Capilla Sixtina…, el Partenón, la catedral de Chartres, —cita otros monumentos y sigue—: que se privatice la cordillera de los Andes, que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo…, el agua y el aire…, la justicia y la ley, la nube que pasa…, el sueño, privatícense los Estados, entréguese de una vez por todas, la explotación a empresas privadas mediante concurso internacional. Ahí se encuentra la salvación del mundo… Y, metidos en esto, que se privatice también a la puta que los parió a todos”.

En su momento la hoy gobernadora de Campeche Layda Sansores, cuando fue senadora les restregó en la cara el texto del premio nóbel portugués. La indignación no es para menos. El sistema llamado neoliberal es, en realidad, un rostro supuestamente modernizado del más salvaje capitalismo de la historia. Pero esta última expresión es un repugnante eufemismo, porque el capitalismo salvaje llamado neoliberalismo ha sido un brutal saqueo, un robo en despoblado, o mejor todavía: un crimen económico contra millones de personas. Pero el régimen, con una terquedad que asombra, contra todo y contra todos, faltaba más se empeñó en seguir el camino que le marcaba EU, la ruta neoliberal.

Y en México, una de las joyas de la corona era la educación. Después de llevar hasta la orillita de la hambruna a unos treinta millones de mexicanos, en la pobreza a otros setenta millones, vender todos los bienes de la nación construidos o naturales, perpetuar las crisis económicas y las devaluaciones de la moneda y hasta entregar en concesiones casi un tercio del territorio nacional, es decir, en palabras llanas y certeras, conducir a México a su destrucción, querían robar más, siempre más, para ese momento, a través del cobro de la educación.

Es inconcebible semejante rapacidad. Iban por la educación con una fe de talibanes, pero siempre bajo los auspicios del FMI y el Banco Mundial. Y, así, la enseñanza superior era un escollo para sus magnas raterías y el principal bastión de la educación superior era, sin la menor duda, los estudiantes de la UNAM. Los estudiantes de las escuelas superiores, en especial los de la Ciudad de México tienen un estatus especial en la lucha de clases —esa que los “teóricos” neoliberales dicen haber demostrado que no existe, que nunca ha existido—, y el mencionado estatus se debe a aquellos crímenes de lesa humanidad que los gobiernos priístas perpetraron en los años 68 y 71 del siglo XX y después en el 2014, los 43, del XXI.

La gran huelga del 1999-2000 tuvo un alto costo para México, pero el precio valió la pena. De una u otra manera, los neoliberales fueron detenidos. No lograron librar el escollo que la educación superior, concretamente la UNAM, oponía al avance neoliberal. El presidente lo ha dicho: posiblemente “no habría educación gratuita sin la huelga de 1999-2000”. Este gran movimiento arroja, por supuesto, grandes enseñanzas que, sin embargo, no sabemos si lleguen a ser entendidas e internalizadas por la izquierda. La primera es la necesidad más que urgente de la unidad. La enorme disparidad de opiniones, propuestas, tendencias y hasta acciones entre la gente de la izquierda provocó que el movimiento se debilitara hasta la posibilidad de que la represión se volvió real. La gran huelga 99-2000 se enfrentó a enemigos múltiples: un gobierno ciego y sordo, pero además represivo e intolerante, la campaña perversa, permanente y sistemática de los medios de información; la indudable infiltración dentro de las filas universitarias de los agentes espías y provocadores, como siempre lo ha hecho el gobierno prianista; la amenaza siempre vigente de la represión generalizada y hasta la inconformidad de un sector de los estudiantes universitarios. Casi dos años de vida académica para jóvenes preparatorianos y universitarios es demasiado. A eso apostaba, entre otras circunstancias, el criminal gobierno zedillista para deslegitimar la huelga.

Por si fuera poco, los huelguistas se dividían y subdividían en grupos, grupillos, grupúsculos, agrupaciones y los infaltables provocadores dispuestos a la traición y a reventar toda acción efectiva de los verdaderos estudiantes.

Y así llegó la represión. Una vez más, violando la Constitución, la autonomía universitaria y gran número de derechos humanos de los estudiantes, entró a la UNAM la corrompida —aliada del crimen organizado— Policía Federal Preventiva y, como siempre, vandalizó, destruyó, violó sexualmente, violó derechos humanos y capturó a cientos de activistas, tanto estudiantes como profesores. Así, el régimen priísta perpetraró otro acto delincuencial de su negra historia.

Memorias del CGH. Capi Carmona


Pero no pudieran imponer las cuotas.

No pudieron privatizar la educación superior y, por lo tanto, mucho menos la básica ni la media superior.

El régimen de aquellos tiempos debió entregar la estafeta a sus discípulos del Partido Acción Nacional, los reaccionarios, los conservadores trasnochados que se quedaron en el XIX y todavía rumian la derrota que les infligió Benito Juárez García. Simularon la alternancia y muy pronto —en un sexenio— demostraron que eran peores que los priístas.

Pterocles Arenarius y el Diablo Pacheco


La brutalidad del neoliberalismo, su voracidad insaciable, su ceguera ante el descontento de los mexicanos los llevó a intentar la total privatización de, incluso, bienes que son derechos humanos, como el agua, el tránsito por el propio país y la educación.

Si pudieran privatizarían el aire que se respira.

Alberto Pacheco “El Diablo”, uno de los compiladores de Memoria del CGH lo resume así: “El acercamiento a la cultura es un hábito y los hábitos de la cultura no son muchos cuando cuesta que los frijoles lleguen a la mesa”. Nunca lo entendieron los neoliberales.

Hoy se encuentran histéricos, desconcertados, perdidos en el espacio. No pueden entender cómo un populista como el primer mandatario López Obrador se encuentra entre los dos mejores presidentes del mundo. Les parece un delirio que la gente lo ame e incluso lo venere. Mienten todos los días y lo acusan de corrupción y de cuanto se les ocurre. Pero lo único que logran es que el pueblo mexicano los aborrezca.

Pterocles, El Diablo, Joel Cimbrón y Jorge Mendoza


La gran lección de AMLO es el hecho de que él ha logrado lo que casi nadie de la izquierda en nuestra historia: la unidad.

Muchos de izquierda o sedicentes pontifican que López Obrador no es ya no digamos socialista, ni siquiera de izquierda y hasta lo acusan de ser un factor para que el sistema se recicle y sobreviva. Pero dice en la Biblia “Por sus hechos los conoceréis” y no por sus lindas, revolucionarias palabras, ni por sus promesas, ni siquiera por sus grandes conocimientos político-económicos. Por los hechos.

Y en los hechos nadie en la historia de México había hecho tanto por los pobres. Y lo hace en medio de un país en ruinas, bañado en sangre que le dejaron.

Por eso y no por otra cosa, el pueblo ama a su presidente.

jueves, 14 de julio de 2022

 

No soy monedita de oro

 

Pterocles Arenarius

 

Mi gran amigo Mario Alberto Sánchez Castellanos me invitó a que diera un curso de ortografía y redacción para algunos de los dirigentes de la Cooperativa Pascual. Encantado. Me pidió una propuesta o más bien yo se la ofrecí. Luego me dijo que lo que lo que requería era un manual. Pocos minutos él me proporcionó el manual. Lo revisé y estaba bastante aceptable, aunque tenía algunas imperdonables faltas de ortografía y aun de sintaxis. Pero, en general, estaba aceptable. Me fui el lunes 11 de julio a dar la primera sesión del curso. Nos apersonamos un poco tarde. Hubo una confusión con el domicilio. En fin. Llegamos y ya nos estaban esperando. Mario me dijo que empezara, aunque no era ese el plan original.

Treinta años enseñando.


Empecé. Lo primero fue una exhortación a la lectura. Una alabanza de los libros y una invitación a la literatura. Los conceptos más elevados sobre el gran arte de la letra, sobre el acto de leer. Las grandes citas de Borges sobre los libros y sobre la lectura y así. La literatura es, entre muchas otras cosas, la posibilidad de vivir varias vidas en el tiempo que tenemos destinado para permanecer en este mundo. Lo que se vive al leer suele ser tan intenso, tan impactante, que se convive con los sentimientos y emociones de los protagonistas, se sufre, se goza y no menos se piensa, se medita, se discierne. No es gratuito que Borges haya dicho que el libro es el más importante invento de la historia de la humanidad. El arte de la letra uno de los más grandes logros de estos que nos llamamos homo sapiens-sapiens, así, doble. No es exagerado pensar que nos merecemos la existencia nada más por las artes y las ciencias. Las primeras en la exploración del ser humano, de su espíritu y las segundas en el descubrimiento del universo y sus prodigiosas, fascinantes leyes. En medio de ambas, se encuentra el misticismo, el conocimiento oculto de nosotros mismos. Vivir, tener consciencia, saber de nosotros y del cosmos que nos rodea es un inmenso privilegio. Una enorme cantidad de milagros tienen que ocurrir a cada momento para que se mantengan los delicados equilibrios que permiten que sigamos vivos en medio de la infinita naturaleza. En fin, todo eso es también importante en el simple acto de redactar correctamente, porque eso es un paradigma de lo que llamamos civilización. Les hablé un poco de lo que es tal concepto: la creación casi milagrosa de un lenguaje tanto hablado como escrito. La magia insuperable de nuestros más remotos antepasados, los que dieron los nombres en este mundo: en el principio fue el sustantivo, después el adjetivo y, sólo entonces, el verbo. La posibilidad de transmitir las ideas a través de ese medio, la palabra. El pasmo de que cuestiones tan abstrusas o elevadas o complejas o exquisitas o terribles o verdaderas se puedan expresar a través del lenguaje. La existencia grandiosa del lenguaje escrito y, concretamente, del libro, que, como lo dijo Quevedo: “En medio de pocos pero doctos libros juntos / estoy en conversación con los difuntos / y entiendo con mis ojos a los muertos” (o algo así). En fin, si los humanos algo somos es nuestra memoria y ésta sólo es expresable por medio del lenguaje. Por último, empecé a abordar temas simples, pero imprescindibles de la gramática, como el uso de las mayúsculas, las reglas para emplear la b y la v en las palabras que así lo tenemos establecido. Igualmente, cuando usar c, s, sc, cc y z. Las reglas son más bien difusas. Luego abordamos el grave conflicto que han sostenido por siglos la g y la j, con la indiscernible —sólo de memoria— invasión de la g en terrenos en donde pareciera que sólo la j era soberana y luego la g tiene que echar mano incluso de la diéresis para dar los sonidos de güe, güi. La otra cuestión es que cuando alguien se convierte en un gran lector tiene una total claridad cuando se usa una letra u otra. Las reglas incluso pueden fallar. En fin. Para cerrar con broche de oro los puse a leer el inolvidable Prólogo de Arreola para su Bestiario. “Ama a tu prójimo porcino y gallináceo (…) esperpento de butifarra…”. Para que fueran viendo de qué se habla cuando mencionamos la literatura, la palabra mayor.

Con mi hermanito Charlie Monttana.

Hay que anotar que se trataba de un curso de ocho horas. ¡Ocho horas!, para dejarles cuanto fuera posible de lo que puede considerarse la acción de escribir bien, lo mejor posible, correctamente y hasta bonito. Un tiempo exageradamente breve, y esto lo dice un sujeto que lleva más de cuarenta años leyendo y más de treinta escribiendo, perfeccionando el acto de la escritura.

De eso y quizá algún otro tema les hablé a los hombres y mujeres que dirigen o al menos tienen algún mando gerencial o de mediana o quizás alta influencia en la Cooperativa Pascual. Terminé y me sentí satisfecho.

Fui a comer con ellos a una fondita que está enfrente del local de la cooperativa en donde fue la sesión. Traté de romper el hielo con ellos, pero creo que no lo logré hasta donde me lo había propuesto. Y me fui a mi casa.

Recibir un premio.

Al día siguiente, el martes 12 de julio me tocaba iniciar la segunda sesión a las 12 del día. Se me sugirió el día anterior que me vistiera de manera más formal, como ejecutivo. Ocurre que había vestido un saco encima de una guayabera, ciertamente un tanto inusual, pero, creo, no dejaba de ser presentable y aun elegante. La corbata me parece inadmisible. En fin. Esta era la sesión más árida, definir corriendísimo las principales reglas de uso de algunas letras, las que me faltaron el lunes, ejemplificar sus usos, hacer lo mismo con las reglas de acentuación, los diptongos y triptongos, los signos de puntuación y hasta empecé la parte que en el curso se llama “Redacción estructurada. Claridad y sencillez en la exposición de temas”. Una introducción a la escritura práctica. Incluso omití ejemplos de los temas anteriores para que en el territorio de la praxis ejercieran el prodigio de la escritura: “La única manera de aprender a escribir es escribiendo”; “Gris es el mundo estéril de la teoría, verde y feraz es el maravilloso universo de la práctica”. Eso sería el miércoles y el jueves. La mitad del curso. Perfecto.

A eso de las nueve de la mañana, cuando tomaba un delicioso café bien cargado para adecuarme al día me llamó Mario Alberto por teléfono.

—Yo creo que ya no vas a dar el curso de Ortografía y redacción.

—¿Y eso, por qué?

—Se quejaron de ti. No les gustó tu modo de exposición… —me quedé poco menos que estúpido. No lo alcanzaba a concebir.

—Oye, pero… no entiendo.

—¿Dónde te quedaste? A ver qué tanto se puede rescatar del curso. —Le dije donde me quedé. No quise pedir más explicaciones. No les gustó. No los toqué en el alma. Valió verga todo.

La apariencia. El engaño.

—Entonces, supongo, ya no tiene ni caso que vaya, ¿verdad? —Él hizo un silencio y preguntó algo a alguien cubriendo la bocina del teléfono y me contestó:

—No, ya no es necesario… —y adiós. Ni siquiera nos despedimos.

Borges dijo alguna vez que “Nadie enseña a nadie. El maestro lo único que puede hacer es mostrar ante sus discípulos el amor que siente por su materia”. Eso hago siempre. Esta vez fracasé asquerosa y dolorosamente. ¿Para qué le iba a decir a mi amigo querido que había hecho lo mejor, lo más grande posible que soy capaz de dar, que puse mi fuerza intelectual, espiritual y hasta mi vigor físico para llevar a cabo esa seducción de que habla Borges? Como siempre lo hago, como siempre, en unos treinta años de enseñar lo he hecho. Los ocho ejecutivos ¿medios o altos?, de la Pascual me mandaron a la verga. Sin más concesiones.

El desaliento fue casi inmediato, después del tremendo desconcierto. Puta madre, si cuando me dirijo a un público ya sea en una conferencia, en una presentación de libros o hasta en una clase hasta me aplauden y siempre me felicitan y hasta me piden autógrafos. ¿Qué puta mierda pasó aquí? ¿En qué fallé?, me puse a pensar. ¿Por qué no les gustó “mi forma de exponer”, a quiénes no les gustó, cuántos de los ocho fueron los que reclamaron, qué fue exactamente lo que se constituyó motivo de queja? Me tiré a la cama a meditar, a recordar todo, a reconstituir todos los momentos del curso, a hacer autocrítica.

Querido Pancho Villa
Mejor me voy a Tepeji a presentar mi novela.

Y concluí: hice lo mejor que pude, como siempre lo hago. Entregué cuanto era posible entregar. Si querían más, yo ya no tengo más. Es decir, querían, esperaban, deseaban algo diferente. ¿Qué putas querían diferente? ¿Mejor?, no tengo la soberbia para decir que no hay nadie que lo hiciera mejor, pero sí para afirmar que no es fácil que encontraran quien lo hiciera mejor de lo que hice. Lo creo firmemente. No deseaban algo mejor. Ni siquiera saben que era difícil encontrar algo mejor (y que les cobraría diez veces más que yo), deseaban otra cosa. Y vi a los otros instructores, de computación, de superación personal y buenos modales. Eran jovencitos muy bien vestidos, exageradamente aliñados, con traje y corbata a juego, ellos; de vestido formal y más que lindo ellas. Limitados, intelectualmente débiles, lo juro —“En el modo de agarrar el taco se conoce al que es tragón”, decía mi madre. La ignorancia se nota por encima de la piel, digo yo—, espero que en sus sendas materias hayan sido, sean, poderosos, y es que vi una clase de uno de ellos. Otra persona es autor de un libro de autoayuda, con eso digo todo. Pero eso era, sospecho, al final no puedo dar certezas, sospecho, que eso era lo que querían. Y yo les ofrecí mi apariencia de viejo hippie de pelo largo (aunque rigurosamente contenido en una cola de caballo), de barbas hirsutas y ya casi por completo blancas, sin corbata y con los zapatos más bien muy usados, chimuelo (se me cayó un diente frontal inferior hace apenas un par de meses —ya fui a la dentista, no me reclamen— además, una persona de cierta edad que muestra una dentadura impecable es un tanto absurdo, es casi monstruoso ver a un viejo con dientes de chamaco veinteañero).

No pude dejar de recordar que hace muchos años, cuando me acercaba a los cincuenta, me mantenía en excelente condición física. Yo he sido deportista desde niño. Iba a correr al deportivo más próximo a mi casa y, voy a presumir, a mis cincuenta de viejo, no había nadie que me ganara a correr. Sí admito que me ganaban los jóvenes que entrenaban atletismo, pero si siquiera los muchachos que jugaban futbol me ganaban. Nadie me soportaba cinco vueltas al paso que iba, aproximadamente 1’45” por vuelta de 400 metros. Y conste que a mis 20 años podía correr esas vueltas en 1’10”. Una vez ahí andaba corriendo alegremente, rebasando a todos los que hacían lo propio. No dejé de notar una pareja, ¿hermanos, novios?, muy elegantes para ir a correr ellos. Llevaban un formidable perro quizá pastor alemán. Los rebasé como a todos. Luego los alcancé por atrás una vez, luego otra. Y en un momento su perro me acosó. Me detuve y les dije agarren a su perro, ¿qué les pasa?, y seguí corriendo. Cuando volví a alcanzarlos por atrás la mujer me dijo “Ya cálmate, modesto”. O sea, ellos creían que yo iba a la pista como ellos, a lucir sus pants de marca, sus tenis de miles de pesos y su perro de pedigrí. Dije qué gente tan pendeja, dios santo. O sea, tengo que ser tan mediocre como ustedes para que no se molesten los señoritos.

Y esto último me hizo pensar que aquellos muchachos —los más viejos rondaban la cuarentena— no tienen idea de lo que les estaba dando o bien les molestó un viejo sabelotodo que les avienta conceptos a lo bestia sin explicarlos debidamente, despacio. Cometí un error, por lo menos. Debí quizá decirles que lo suculento del curso sería al final, que había reservado dos sesiones, cuatro largas horas, para que practicaran la escritura porque sólo se aprende a escribir escribiendo. Es decir, que dedicaríamos lo más de tiempo posible a escribir. Además, la excesiva velocidad de mi exposición apelaba a que ellos son gente de alto nivel, dirigentes. En fin.

También cometí el error, quizá, de no haberles contado que hace muchos años, en el 82, 83, por aquellos tiempos, yo participé, como militante que era del Partido Mexicano de los Trabajadores, en la histórica huelga por la Pascual y luego la lucha que concluyó con la creación de la Cooperativa Pascual. ¿Para qué?

Me consuela (¿?), no, no me consuela, puesto que no me afectó. Sé que soy un buen escritor, de los mejores de este país (humildemente sea dicho), aunque no muchos lo sepan y soy también un buen maestro. Este escrito es para poner las cosas en su lugar. Más bien ponérmelas ante mí mismo. Decía que no me consuela aquella canción de Cuco Sánchez: “No soy monedita de oro / Pa’caerle bien a todos / Así nací y así soy / si no me quieren ni modo”. Si esa gente de la Pascual no me quiere, allá ellos. (Pero ellos se lo pierden).

jueves, 7 de julio de 2022

 

Enstasis

Violeta Ortega: Islera


Trabaja en el mundo invisible al menos tan

duro como lo haces en el visible.

Rumi


Islera es un homenaje a un toro bravo que murió en los avatares toreriles, pero no sin antes llevarse entre su cornamenta a, ni más ni menos, que el famoso torero llamado Manolete (si no mal recuerdo se llamaba Manuel Rodríguez). El toro se llamaba Islero. Su madre fue Islera. Hoy, Islera es una galería de arte. Se encuentra —precisamente como habitante de una isla, es decir, islera— en el corazón del más que populoso barrio de La Merced, otrora gran centro de abastecimiento citadino del que fuera Distrito Federal, en el mero Centro Histórico de la Ciudad de México.

Telar 


domingo, 5 de junio de 2022

144 cumpleaños de mi general Villa

 Pancho Villa 144 años

Pterocles Arenarius

El 5 de junio de 1878 nació en una comunidad llamada La Coyotada, en la hacienda de Río Grande, municipio de San Juan del Río, Durango, un niño que recibió el nombre de Doroteo y le tocaron los apellidos Arango y Arámbula. Pocos años después él cambiaría su nombre por el de Pancho Villa. Es decir, hoy se cumplen 144 años (12 veces 12) de la llegada a este mundo de hombre tan singular.

Portada de Querido Pancho Villa
(Foto histórica del general intervenida por Violeta Ortega)


En la novela Querido Pancho Villa y también en el libro de Paco Ignacio Taibo, se cuenta que aquel 5 de junio hubo fenómenos extraños en La Coyotada, a eso de las tres de la tarde, hora en que nació mi general, hubo una tormenta, algo muy raro a esas horas, pero, al mismo tiempo no se ocultaba el sol. Lo cual provocó grandes arcoíris, necesariamente. Y se dice que había una no menos rara conjunción de Venus y Marte. Todo eso lo anota Taibo II en su Pancho Villa, una Biografía Narrativa y también Fredrich Katz en su Pancho Villa.

Agustín Ramos: Prologuista de Querido Pancho Villa.


En Querido Pancho Villa se agregan detalles que, si bien son verosímiles, no necesariamente son históricos, vgr.: que cuando lo vieron sus padres (Agustín Arango y Micaela Arámbula), notaron que tenía las manos muy grandes. Una vecina, al escuchar esto, le dijo a doña Micaela que eso era signo de que a su hijo le iba a gustar lo ajeno. Lo que le estaba diciendo es que su hijo iba a ser ratero.

Autofoto con cartel


 Entonces la señora madre de Doroteo —que así lo bautizaron— dijo que no iba a ser ladrón, sino bandido, que en aquellos tiempos tenían un aceptable prestigio por el odio que había entre el pueblo contra los terratenientes y contra los gobiernos, municipal, estatal y federal, es decir, era muy diferente ser bandido, casi un héroe popular, que ser ratero. Tal cualidad también provocó que su padre le pusiera su primer —y muy pronto olvidado— apodo: El Manotas (como se le llamara unos tres cuartos de siglo después al luchador Blue Demon). Luego, también se dieron cuenta de que ese criaturón, muy grande de por sí —hizo sufrir mucho a su madre que, durante el embarazo, ya no lo aguantaba en el vientre y a la hora de parir también fue un viacrucis, una gran batalla para que pudiera nacer y que, además, en el trance de llegar a este mundo Doroteo lastimó feamente a su madre—, notaron que “estaba muy duro”, es decir, tieso. Le podían

Bajo la égida de mi general


 poner los pulgares y el chamaquito se agarraba tan fuertemente que si lo levantaban era capaz de sostener todo su cuerpecillo bien agarrado de sus manitas. La comadrona que ayudó a la mamá de Pancho Villa les dijo que era porque el muchachito estaba muy fuerte. Además, se notaba extraordinariamente avispado, con los ojos muy abiertos y atentos, como si entendiera todo lo que veía. Dicen que daba algo de miedo ver a ese niño y que les recomendaron a los padres que lo debían cuidar mucho porque podía llegar a sufrir mal de ojo, pues tenía la mirada muy fuerte y atraería a la gente que tenía esa misma característica.

Pancho y Ptero


La vida de Pancho Villa fue muy intensa y significativa desde que nació. Los augurios eran muy poderosos y, de alguna manera, digamos inequívocos. Eso de Marte y Venus no dejaba de ser extraño y se prestaba al augurio de su gran futuro como militar y en cuanto a Venus su descomunal capacidad de amar —tanto física como espiritual— a las mujeres, pero no sólo a las mujeres, porque el general Villa amaba entrañablemente a su pueblo y a sus “muchachitos”, como llamaba a sus soldados. También, obviamente, a sus caballos. Es fama también de que Villa era extraordinariamente sensible, de lágrima muy fácil; bueno, pues eso se atribuye también a la influencia de Venus. En fin, había en él una conjunción paradójica para el amor y la guerra.



En la novela Querido Pancho Villa se tratan esos detalles de la vida —desde su nacimiento hasta el momento en que Abraham González lo reclutó como coronel para combatir al tirano Porfirio Díaz— de uno de los más importantes soldados de la gran gesta terrible que fue la Revolución Mexicana y que hoy es llamada la Tercera Transformación.


miércoles, 23 de marzo de 2022

Premio Carpe Diem

 

¡Aprovecha el día!

 

Mañana jueves 24 de marzo me darán el premio Carpe Diem al mérito cultural. Éste lo otorgan las Asociaciones Civiles Cultura para el Cambio Positivo; el Observatorio para la Dimensión Cultural del Desarrollo; la asociación Promoción de las Tradiciones Culturales Mexiquenses; además, la Federación de Colegios, Barras y Asociaciones de Abogados del Estado de México y la Federación Nacional de la Abogacía Liberal. Todas estas organizaciones voltearon sus ojos a mirarme gracias a mis queridos hermanitos Mario Alberto Sánchez Castellanos y Ricardo Patiño Prado; dos hombres ejemplares, profesionistas aplicadísimos, gente de privilegiada inteligencia y amigos imprescindibles, ellos me recomendaron e hicieron llegar mi ridículum vitae hasta tan importantes asociaciones, las que consideraron que la trayectoria de este humilde fabulador, cronista y opinador, finalmente, tundeteclas, en efecto, merecía el galardón de marras.


La fecha está mal. El acto será el 24 de marzo

Bueno, hay veces que la vida te recompensa y uno suele pensar “Es que no sé si lo merezca”. Porque, finalmente, uno hace lo que puede. Uno se esfuerza al máximo a la hora de escribir y, con el paso de los años, entiende un sinnúmero de lecciones. La primera, esencial y durísima, es la de que no soy monedita de oro (…) y si algunos no me quieren, ni modo. (Esto me recuerda a mi tío Cheque, qepd, él, bueno, en algún momento de su vida ofrecía un aspecto así como que no muy grato a la vista. Alguien se lo hizo notar: “Estás viejo, pelón, panzón, narizudo y chaparro; cabrón, ¿no te da vergüenza andar en la calle?” Y mi tío Cheque, sabiamente y con absoluta entereza le contestó: “Chínguese el que me vea. Y el que no quiera sufrir que se voltee para otro lado”). Yo no digo como mi tío el Cheque. Yo sólo les pido que “Si no les complace lo que escribo —lo cual dudo mucho— pues dejen mi libro por ahí, a la mano de cualquier otro”, no más.


Mi primera publicación en libro. Al alimón con Octavio Hernández

Pero decía yo que a veces uno dice “No sé si lo merezca” y me faltó completar “pero qué bueno que ocurre”. Y esto lo digo porque, finalmente, la literatura me ha dado todo. Soy un viejo carrascaloso pero tremendamente feliz, cuando lo estoy, porque a veces llego a andar de mal humor, en ocasiones puedo sentirme tristón, o bien, suelo pelear con la gente que amo, con frecuencia me molestan mucho las multitudes (alguien me dice que amo al ser humano, pero detesto a los individuos: eso me hace pensar que ya me estoy 



















Apostatario, primera edición

Apostatario, segunda edición

volviendo un pinche viejillo cascarrabias, intolerante. Lo que no deja de asombrarme es que nadie sospecha que soy un pinche viejillo: no le digan a nadie, pero ya tengo 71 años y estoy viviendo el año 72 de mi estancia en este mundo: mis últimos años. Sin embargo, hay gente que me calcula cincuenta y tantos, ¿qué se toman?); sigo con la letanía de lo que detesto: abomino la desconsideración de la gente con sus semejantes, por ejemplo, los automovilistas hijos de su rechingada madre que le avientan el carro a los peatones; me resulta muy difícil soportar a la gente que ya está muy borracha, cuando se vuelve necia, abusiva intolerante y luego no se acuerdan de las lindezas que perpetraron: aunque hay un par de excepciones: gente que amo (y a los que amas les aguantas todo. Todo). En fin. Pero la literatura me salva siempre de todo eso y hasta de mí mismo. Decía Voltaire que “No hay dolor del alma que no se disuelva luego de una hora de lectura”. A estas alturas me doy cuenta de que he vivido para leer y escribir durante más de cuarenta años (también he vivido para enseñar matemáticas y literatura, pero nada más para tener que comer). El año pasado —llevo un registro de los libros que leo y, a cada uno, le hago una breve reseña y su ficha bibliográfica—, bueno, pues en 2021 me chuté 47 libros que acumularon 10 mil 127 páginas. Y, por otra parte, no hay placer (intelectual) más exquisito y

El fiestas, incluye Madreardiendo y Bailarás y Por un  pecilgo, dos cuentos premiados.

embriagador que el de la creación. Porque para placeres exquisitos y embriagadores están los placeres físicos. Brutales, animales, totales. Y también el placer divino de la embriaguez (embriagaos, embriagaos sin cesar, de vino, de poesía, de virtud, de lo que queráis, nos dice Luis Cardoza y Aragón, parafraseando, para mejorarlo mucho, a Baudelaire). Para eso he vivido.

La primera novela publicada, que no la primera escrita

Pues la literatura me ha dado con generosa abundancia tales placeres. Todos. De una o de otra manera. No podía ser diferente, creo, porque yo le he dado mi vida a la literatura. (Me dio el amor y no una sino varias, si no es que muchas veces. El amor —que, como la felicidad, no existe—, sin embargo “chiquita no te la acabas. Chin-chin que no te la acabas, aunque no exista). Y me ha dado más la literatura.

Novela ganadora del premio (de convocatoria nacional) Se busca escritor

Nunca me ha publicado una editorial de las grandes. Sé que soy un buen escritor. De hecho, me siento muy seguro de que la calidad de lo que escribo es superior a la de muchos que publican en las grandes editoriales. Es más, algunos me han llegado a dar penita ajena. Y no me importa no ser reconocido. Sé muy bien —“la historia es la maestra de la vida” dice alguien que suele dar clases de historia casi cada mañana—, digo, sé muy bien que el tiempo es el más implacable crítico literario. Siempre ha puesto a cada uno en el sitio que se merece. Y lo seguirá haciendo.

Cualquiera puede matar, con la portada de mi querido amigo Iván Villaseñor.

Dice Walt Whitman: “Esto que tienes en tus manos, lector, no es un libro, es un hombre”. Porque uno ahí se queda, en los libros, ese intento desesperado por detener el río de Heráclito en el que todo se va. Me faltan por escribir cuatro o cinco libros antes de irme con Heráclito, pues hasta él se fue. Quizá más, hablo de los libros, poquísimos más. Y luego hay que devolver este puerquecito privilegiado (es que soy un auténtico puerco —o, mejor, cerdo— en varios sentidos y/o ámbitos de la vida, incluido, quizá más que cualquier otro, ése en que están pensando), digo he de devolver a la madre naturaleza el equipo con que generosamente me dotó para transitar por este mundo. Y lo haré en el momento apropiado muy contento y muy satisfecho. Salud.

 Querido Pancho Villa, con prólogo de Agustín Ramos.
¡A sus órdenes, mi general!
 PD. Mañana, a eso de las 5 o 6 de la tarde, luego de la ceremonia de premiación, celebraremos austeramente, en el Bar Acapulco que está a escasos 150 metros de la estación Moctezuma del metro. Están todos invitados (aunque cada uno pagará su propio trago, perdón, pero mi austeridad republicana me impide invitarles el trago por el momento).

Último libro hasta el momento.
¡Pero ahí viene Puño y cuadrilátero (Memorias)!


domingo, 30 de enero de 2022

Pancho Villa espiritual

Pancho Villa espiritual 

(…) Yo conocí a Bolívar una mañana larga
en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento.
Padre, le dije, ¿eres o no eres o quién eres?
Y mirando el Cuartel de la Montaña dijo:
Despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo 
Pablo Neruda (Un canto para Bolívar)

El 22 de septiembre de 1894, José Doroteo Arango Arámbula, de 16 años de edad, entró a su casa en la comunidad campesina conocida como La Coyotada, la habitación era una humilde vivienda de cuatro piezas y un solar limitado con piedras amontonadas; el adolescente llevaba un paso casi rápido pero taimado, ingresaba por segunda vez en menos de diez minutos. Llevaba un jorongo amplio y bajo él ocultaba una vieja pistola revólver Colt, calibre 38, que recogiera de la casa vecina de su primo Romualdo Franco, a quien se la encargara pocos días antes. En cuanto se encontró por segunda vez frente a Agustín López Negrete, descubrió el arma y sin haber cruzado palabra con el hacendado le disparó tres veces a metro y medio. Ni modo de que fallara (“Le pegué tres tiros en la caja del cuerpo”, le dijo a Martín Luis Guzmán muchos años después).
El patrón López Negrete tenía 48 años cumplidos y era dueño de vidas y haciendas en la famosa hacienda Río Grande de San Juan del Río, Durango. Sus lacayos no se atrevían a sostenerle ni la mirada y Pancho Villa lo mató mirándolo a los ojos y siendo casi un niño. Agustín López Negrete, era, además, el tío de María de los Dolores Asúnsolo y López Negrete que, muchos años después, conocimos como Dolores del Río, gracias al cine.
¿Por qué el imberbe Doroteo mató a López Negrete de manera tan sorpresiva, ayuna de piedad e inopinada?
Cartel de la novela


Pues ocurre que el poderoso terrateniente, antojadizo y sabedor de sus poderes como latifundista, se presentó en la casa de doña Micaela Arámbula, madre de Doroteo, Mariana, Antonio, Martina e Hipólito, de apellidos Arango Arámbula. Su objetivo era el de que doña Micaela satisficiera su encargo de patrón que ella estaba empeñada en desobedecer: mandarle a su hija Martina la de 13 años por aquellos entonces (curiosamente el patrón no pidió a la mayorcita, Mariana, que tenía 15 años).
La madre de Doroteo se negó a mandar a su hija. Entonces el señor Agustín López Negrete fue, ¿quién se lo iba a prohibir?, a tomar por propia mano lo que se negaba a cumplir doña Micaela. Quería ejercer el derecho de todo amo: el famoso (y moralmente repugnante) derecho de pernada. Cometer la violación de Martina.
Llegando de trabajar, Doroteo se dio cuenta de lo que pasaba y es cuando salió, recuperó su Colt 38 de cañón largo —de las que tanto se usaron en aquel largo genocidio que los gringos llamaron “La conquista del oeste”— y volvió a entrar para finiquitar la existencia del amo. Así empieza la vida fuera de la ley de Doroteo Arango, que luego habría de cambiar su nombre por el de Pancho Villa en función de que su padre, Agustín Arango, había sido hijo natural de Agustín Villa. El adolescente Doroteo tiene que vivir perseguido por la Acordada como si hubiera sido un animal dañero. Debió sortear peligros inmensos. Sufrir hambres, deshidrataciones masivas, fríos de hielo y la persecución permanente de los que urgían la venganza contra aquel mozalbete desgarbado y aparentemente aturdido.
Presentación de Querido Pancho Villa


Para su suerte lo reclutó El Tigre, Ignacio Parra, que fuera correligionario de Heraclio Bernal, El Rayo de Sinaloa; Parra tomó a Doroteo como su aprendiz de bandolero. En pocos años, Doroteo Arango dejó de ser un aprendiz y se cambió el nombre a Pancho Villa. Adquirió experiencias invaluables en enfrentamientos a mano armada, robo de ganado, estrategias de resistencia en combate frente a fuerzas muy superiores tanto en número como en armamento. Las mañas para ganarse a la gente de los pueblos mediante dádivas, generalmente, cuando robaban grandes cantidades de cabezas de ganado, pasaban por los pueblos y regalaban animales que, ya destazados, entregaban a la gente.
Se cuenta que en una ocasión asaltó la pagaduría de una mina y, cuando se retiró con su gavilla, fue lanzando monedas de oro de regalo para el pueblo. También tomó, varias veces, las presidencias municipales de diversos pueblos; ahí obligaba a los ricos de la población a abrir las trojes al pueblo y a regalar treinta o cincuenta animales para la gente. Sus robos fueron de múltiples índoles. Trenes, pagadurías y tiendas de raya, gobiernos municipales, cascos de haciendas, pero su especialidad eran los robos de ganado a lo grande.
Las familias de los megaterratenientes, los Terrazas, dueños de casi todo el estado de Chihuahua y Durango, Luis Terrazas era dueño de más territorios de los que tenía Francia completa; los Creel, ascendientes de una tribu panista de las más hipócritas de este momento; los Vázquez del Mercado y otros fueron sus clientes por más de una década. Pancho Villa les robó ganado por miles de cabezas. Ya en la Revolución organizó una red de abigeato que, sin duda, era la más grande del mundo, para subsidiar a la lucha armada.
Muchas veces, Pancho Villa, estuvo cerca de morir. Pero cada vez que salvaba su vida se convertía en un combatiente más temible y conocedor. Tirador formidable, junto con el Tigre Parra y el Jorobado Alvarado, los tres solos, llegaron a enfrentar, como él mismo lo anota en sus memorias, a un grupo de doscientos pistoleros. Las hazañas de Pancho Villa son interminables. Ya después de 1910 habría de trocar sus logros de bandido en proezas militares que, como la batalla de Zacatecas o el acontecimiento conocido como el Tren de Troya, se volvieron incluso motivo de estudio para el Ejército Mexicano. Querido Pancho Villa anota un buen número de las epopeyas protomilitares del llamado Centauro del Norte. Pero, a mi juicio, toca un punto que raramente ha sido explorado en los cientos de libros que se han escrito sobre nuestro personaje. Uno, su dimensión espiritual. Villa era una persona extraordinariamente sensible —por más que lo han acusado de asesino, despiadado, criminal, etc.—. Abundan las anécdotas en las que se nos muestra llorando a lágrima viva y sin pudor alguno, frente a sus propios soldados y los generales de su estado mayor. La estatura militar y los logros descomunales de Pancho Villa son inexplicables si no hubiera tenido una extraordinaria, profunda, exuberante vida espiritual. Por más que fuera producto de meras intuiciones e incluso de emociones tan primitivas como descomunales; he ahí el punto esencial. Las poderosas emociones que algunas personas experimentan suelen ser el disparador para los trances místicos o incluso el conocimiento espiritual.
Cada cual su oficio


Es casi seguro que Villa haya tenido la experiencia de las visiones divinas que se alcanzan con la ingestión del peyote. Por supuesto no hay pruebas. En Querido Pancho Villa, mi general, al menos una vez, le mete al peyotazo. Igualmente consume la raíz de oro, otra planta con características enteogénicas.
Y, para cerrar la pinza, se anota no menos la vida amorosa del general que “Fue más grande amante que soldado”, como lo hace saber una de las muchas mujeres que compartió lecho y caricias con aquel hombre que fue un titán. El amor sexual, el erotismo, son un ámbito en el que las facultades humanas de lo instintivo, lo espiritual y lo intelectual juegan libre, intensa y profundamente; las mismas facultades que convirtieran a Villa en un líder fuera de serie. Francisco Villa fue, como muy difícilmente otro ser humano podría recibir tal adjetivo, un ser volcánico. En su persona se reunían la fuerza monstruosa de la naturaleza viva, sin límites y la delicadeza de una sensibilidad exquisita, como lo reportan algunas de las mujeres con quienes compartió su cuerpo y le compartieron los suyos. Pero no menos tenía una inteligencia sobrenatural y la capacidad de aprendizaje que muy difícilmente puede encontrarse en este mundo. Indudablemente era un genio.
Bajo la égida de mi general


Y por si no fuera suficiente, los talentos naturales de su cuerpo eran otro de sus privilegios. Un hombre tremendamente fuerte, su resistencia era sobrehumana. Se dice que tenía pacto con el diablo porque cometía un atraco en un sitio y dos horas después perpetraba otro a decenas de kilómetros luego de trasladarse a galope tendido. Sus enemigos y los hechiceros decían que se había trasladado volando por los aires, gracias a su pacto con el diablo.
Una característica no menos extraña en un hombre al que se consideraba un bruto es el hecho de que admiraba a los hombres cultos. Llegó a desarrollar un verdadero fervor por Francisco I. Madero, por lo que Villa consideraba la gran cultura de Madero, su lenguaje correctísimo, elegante y hasta culterano, su conocimiento de la historia y su capacidad para, incluso, escribir libros. Pancho Villa, sólo hasta sus treinta y tres años aprendió a leer como para allegarse un libro. En la cárcel de Belem, donde cayó preso gracias a salvar la vida por intervención de Raúl Madero, hermano del presidente, por su amistad con el zapatista Gildardo Magaña, fue quien le enseñó a leer bien y que también estaba preso. El primer libro que leyó fue El Conde de Montecristo, de Dumas. El segundo fue Don Quijote. Pancho Villa no se andaba con pequeñeces.
Con revolucionarios


En la década de los años 50, Vicente Lombardo Toledano, uno de los llamados siete sabios de México, se entrevistó con el gran jefe de la Revolución China, Mao Tsé Tung. Y cuenta que Mao le habló de Pancho Villa, que le confesó que la llamada Larga Marcha, que, al final, le dio la victoria en la guerra civil, fue una inspiración de Pancho Villa.
Vo Nguyen Giap, el gran general vietnamita que derrotó a los franceses para expulsarlos de su país en la década de los años 20 y que sobrevivió hasta enfrentar a los gringos en la guerra de Viet Nam de los años 70, también dice que su Ejército Popular de Liberación tenía una brigada de élite llamada General Francisco Villa.
El prologuista, Agustín Ramos y el autor de Querido Pancho Villa


Las fuerzas anarquistas que pelearon en la Guerra Civil Española de 1936-1939 incluían un grupo de desesperados combatientes suicidas que se hacían llamar Brigada Pancho Villa. Y es aquí donde quiero anotar un prodigio más. El pueblo raso siente que Pancho Villa es un personaje, por decirlo de alguna manera, trascendental en el más poderoso sentido de la palabra. Llama la atención que el pueblo no le prende veladoras a Miguel Hidalgo, el padre de la patria, ni siquiera a Benito Juárez ni a Emiliano Zapata y vaya que venera a esos hombres. Bueno, mucho menos el pueblo rinde culto a Álvaro Obregón o a Venustiano Carranza, los que derrotaron a mi general Villa. Sin embargo, hay un culto a Pancho Villa. Entre el pueblo raso circula una oración a Pancho Villa; hay quien carga la imagen del general y se encienden veladoras con su imagen a la que se le reza su oración.


Ni Benito Juárez ha merecido eso. Si de un héroe histórico de nuestro país se puede decir que estuvo tocado por el dedo de dios, ese es Pancho Villa. Y esto ha ocurrido en contra de los gobiernos priístas que nos estuvieron esquilmando —dicen ellos que gobernaban— desde hace casi un siglo. Contra la iglesia católica que tacha de demoníaco todo ritual o veneración que ellos no autoricen y aun contra los historiadores que pretendieron dejarnos hasta sin los niños héroes. Los homenajes oficiales a Villa empezaron apenas en el año de 1976, medio siglo después de que lo asesinaran. Francisco Villa es la personificación del espíritu del pueblo mexicano en un momento de su historia. Por eso que ha quedado para la posteridad, por eso es el único prócer histórico a quien el pueblo lo ha elevado a sus altares. Por eso, finalmente, se le han dedicado tantos libros y también esta novela.

lunes, 15 de noviembre de 2021

La noche, Agustín Ramos

Los poderes del autor Pterocles Arenarius La noche, Agustín Ramos. Eterno Femenino Ediciones, 2020. Escribir una novela es como hacer un doble viaje, ya sea simultáneamente o bien alternando hacia el microcoscosmos y hacia el macrocosmos. Es decir, reproduciendo los detalles más nimios, el diablo está en los detalles y el diablo es el gran fascinador. Pero también se tiene que estar constantemente observando el macrocosmos de la novela, la vista desde la altura, cuidando la armazón desde los cimientos que, por ser lo primero de la construcción deben ser lo más sólido, lo mejor construido; vaya si vale la mención hasta la estructura completa de la obra. Pocas veces está mejor usada la palabra obra que en una novela. Porque otras obras, aunque tienen su estructura, su armazón, su complejidad, carecen del vasto ensamblaje de la novela. Cuando se va escribiendo una obra de estas hay que tener en la mente muchas cosas al mismo tiempo, como cuando se resuelve una ecuación matemática muy compleja en la que si te equivocas con un signo o en una simple suma le das en la madre a todo lo que sigue. Todo lo demás ya está mal. Dicen que escribir es reescribir. Cuando se lee una novela como La noche, se da uno cuenta de eso, porque cuidar tantos detalles, tener en cuenta tantas situaciones al mismo tiempo al momento de dar cada paso sólo se consigue con un oficio de décadas, una pasión por contar historias y un amor inmenso a la literatura, además de múltiples conocimientos, desde los objetos cotidianos que se usan en la vida diaria en todos los oficios, en todas las circunstancias y en todas partes ―el escritor es, así, un diligente observador cuasi panóptico―, pero la más acuciosa mirada del escritor debe ser hacia los seres humanos. Y más que a cualquiera, debe serlo de sí mismo. Un gran escritor es aquel que cuando crea, cuando está novelando, él es toda la humanidad. Tal impresión provoca la lectura de La noche, y no hablo de otras novelas del autor sólo porque esta es la que está en cuestión en este momento. La novela, vista así, sería un viaje simultáneo o quizá alterno entre las profundidades de los detalles del mundo ese que está ahí afuera y al mismo tiempo de los mundos que nos habitan como del macrocosmos, de lo alto. Baruch Spinoza decía que “Aquel individuo que para tomar una decisión no considera los últimos cinco mil años de la historia humana es un inconsciente”. Y yo agregaría que, obviamente, tiene que tomar en cuenta los últimos cinco minutos de su vida. Así da la impresión que se ha escrito esta novela.
El novelista, digo, el gran novelista, es un universo. Nos muestra el universo. Pero, a ver, vamos por partes, para empezar el universo es incapturable. Es imposible que en una novela, la más vasta, la más erudita, la más larga, incluya nada más lo que ocurre aquí, en mi cuarto, donde escribo estas líneas. Es imposible que cronique todo lo que ocurre en este pequeño espacio. Nada más con que pretendiera comentar todo lo que ocurre en mi cuerpo: múltiples seres vivos lo habitan, gérmenes en toda la piel, especialmente, vergonzosamente, en todos los orificios, cada célula viviendo, vibrando, trabajando por sí misma, pero también en colaboración con miles de millones de otras células más de todo el cuerpo para llevar a cabo el metabolismo de esta máquina que avanza hacia la muerte. Imposible narrar tanto. Y eso sólo aquí. Preténdase hacerlo para el barrio, para la ciudad, ¡para la ciudad o para el planeta! Absolutamente imposible.
Pero el novelista se da sus mañas para hacernos sentir que nos está dando una visión del universo entero. Tiene un poder de síntesis, un poder de selección, uno indecible, la capacidad de engaño o de dominio sobre el lenguaje que, al nombrar un puñado de objetos nos hace sentir al mundo entero. Borges da gracias no a dios, sólo da gracias, por el lenguaje: “que es capaz de simular la sabiduría”. Lo cual es una virtud diabólica. O si quieren, divina. Es lo mismo. Ahora que quizá el dominio sobre el lenguaje sea La Sabiduría. Porque sabemos bien que simular algo es terminar siendo eso que se simulaba. Nuestro novelista empieza a escribir y se impone retos. Desafíos monstruosos: un hombre que, un buen día, despierta después de un sueño intranquilo ―como dijo el señor K― y descubre que está solo, absolutamente solo ―hasta donde alcanza a percibir― en todo el puto mundo (hay una microficción en El libro de la imaginación, de mi maestro Edmundo Valadés que trata el asunto de la inimaginable soledad planetaria). La humanidad ya no existe. Sólo él en medio del universo. Pero luego, aquí, el novelista nos lo sostiene a lo largo de doscientas cuarenta y ocho páginas de narración para terminar en la misma escalofriante circunstancia, donde el personaje, pobre cabrón, acaba de despertar y no tiene idea de lo monstruoso que está por pasarle (por encima), lo que ya nos hizo vivir el novelista. En su momento está ese episodio de la ternura, del amor más puro y limpio, el infantil, no sin su dosis de carga erótica: la criatura no deja de sentir un tremendo placer (que, por supuesto, nos comparte), cuando la hermosa tía lo aprieta, amorosamente, contra sus pechos. Y la monstruosa decepción del crío cuando la amada tía se va para siempre, como si se muriera, pero peor, con un cabrón que la conducirá al suicidio. Los retos del escritor siguen: el matrimonio, tan feliz como todo matrimonio con más de una década de convivencia, en el mero cine, cuando el señor va a comprar chuchulucos para su mujer, a la de sin susto ―como en aquella novela de la española Montero―, desaparece para siempre. Ay, cabrón. Pero este que escribe me lo hace sentir tan cierto, tan creíble y verosímil, que hasta sufro con la señora. Por ahí atisbé a Fernández Unsaín y a Tito Monterroso furibundos reclamando la inaceptable carencia de conocimiento que vuelve imposible vislumbrar el talento literario de sedicentes poetas.
En La noche, he navegado por un universo asombroso, desquiciante, de pronto absurdo. La noche es el territorio del sueño, de la pesadilla. De lo inconsciente. Lo muy difícil de creer si no es por los múltiples y soberbios artificios ―los poderes del autor― con que es que ha escrito la novela llamada así, La noche, el autor con sus poderes me hace sentir que aquello es verdad. Por más que mi razón me diga que eso es absolutamente imposible o casi. No podían faltar, necesariamente, los momentos de alta sabiduría: “Tratar a las putas como damas y a las damas como putas”; lo primero por mínima estrategia masculina, aunque también por petición de parte y lo segundo, porque ahora las mujeres quieren conocer mundo, incluyendo el más bajo por una cierta ambición de libertad y también de astucia. Gracias a los poderes demoníacos del que escribe he visitado el infierno, he concebido ideas que jamás hubiera engendrado mi mente en su sano juicio. He visitado alguna parte profunda del alma humana. Con sus trucos desmesurados, Agustín, me ha llevado a que viva diversos delirios y abismos innombrables. Sacudidas a la razón, impresiones al espíritu, encuentro con la condición humana, la visión de mi propio país (en este momento, una nación que muere y otra que nace: quién sabe si aquella, la de los corruptos, de los criminales, de los grandes ladrones muera y quién sabe si un país más justo, donde viva la libertad, nazca. Estamos en la cuerda floja y no sabemos si se consiga que lleguemos al otro lado del abismo). De una o de otra manera y gracias al gran conocimiento, la osadía del novelista, su enorme oficio y sus poderes inefables, todo lo anotado se encuentra en La noche, la novela de Agustín Ramos. Lo cual se le agradece profundamente.