sábado, 2 de junio de 2018

Memoria del Tártaro

Memoria del Tártaro
 
Pterocles Arenarius

La ordalía: La prueba de la fuerza.
C. G. Jung

―Sería bueno que no estuvieran. Estos chavos a veces son muy exagerados. ―Me advirtió Julia. Yo quería estar en la fiesta. Por lo tanto no debía insistir. De cualquier manera estaría, pero deseaba que fuera en los mejores términos posibles. Por fortuna habló Andrea:
―Los muchachos de ahora están muy locos. Es mejor no meterse con ellos. A estas alturas somos, para ellos, gente muy rara, demasiado vieja, a nuestros cuarenta y pico.
―Me gustaría ver si hay algo que me asustara de ellos. Déjenme decirles que no lo creo. ―Insistí.
―Lo que dice mi mamá es cierto, están muy loquitos. Pero si crees que no te asustan, como quieras, papá. No me molesta si quieres quedarte, aunque no es tu ambiente, si quieres estar en la fiesta. ―Dijo Julia, que sería la anfitriona de la celebración del fin de cursos. Eso era lo que quería. Andrea aún remató:
―Como quieras, estoy de acuerdo. No creo que asusten, como dices. Sí creo que molesten hasta sin querer. Pero haz como tú quieras. ―Era una de las desventajas de tener una esposa y una hija tan independientes y liberales. Las ventajas son muchas más. Eso quiero creer.
Así quedamos. Siguió la vida. Y llegó la fecha. Yo la esperaba. Me simpatizan los jóvenes, me encantan sus modales, me gusta su descaro, me atrae su displicencia, me fascina su ligereza, admiro su ímpetu. Julia me desconcertó porque nada preparaba para la fiesta, para recibir a sus compañeros. No quise preguntarle, ella debía saber lo necesario. Era un viernes. Estuve revisando exámenes de otros jóvenes, mis propios alumnos, era desalentador lo poco que parecía interesarles aprender; reprobé al cuarenta por ciento y nadie sacó diez. Luego me puse a esperar a los invitados. A las seis de la tarde no había nadie. Una hora después tampoco. Me sentía casi alarmado por Julia.
―Mi amor, no viene nadie. ¿Qué pasa?
―Ya vendrán, papá, espero. Y si no vienen, ni modo. No me importa.
A las siete y media llegaron tres. Me preocupaba que Julia tuviera un fracaso en la primera fiesta que organizaba con sus compañeros de la universidad. Procuré no ser encimoso ni volverme un estorbo, vaya, no quería ni siquiera ser notorio. Además lo que me interesaba era observar. Entraron, se instalaron. Fue inevitable la presentación, simplemente fui "Federico". Una linda muchacha, Oriana, dos hombres, Gilberto y Ramón. Ellos eran jóvenes comunes, si acaso notables porque usaban el pelo demasiado corto, casi al rape, como se usa hoy. Los tres venían debidamente preparados, Gilberto donaba una botella de tequila de un litro y Ramón seis paquetes de cervezas de bote. ¡Treinta y seis cervezas! La chica no era menos al aportar un litro también, pero lo suyo era vodka. Ella estaba mucho más llamativa que los otros. Bonita y esbelta como son las jóvenes normales, vestía una blusa muy breve sostenida de sus hombros por delgados tirantes y que se ceñía con suavidad a su abdomen con un resorte a la altura del plexo solar, un simpático pantaloncillo de tiro muy corto entregaba a la vista un área extensa de su bajo vientre: terso, blanco, delicado, el hueso sacro bajo la piel y los inicios de los pliegues de las ingles, en una fugaz visión me provocaron un instante tremendo, como si hubiera visto su cuerpo entero joven y desnudo, una imagen perturbadora y casi brutal. Me esforcé por no sentirme escandalizado. Pasamos una media hora muy larga intentando forzadamente una conversación árida y trivial. Julia preparaba escasos bocadillos que se allegó, alimentos chatarra y algunas carnes frías. Empecé a imaginar un triste fracaso. Pero quince minutos después había treinta muchachos y alrededor de las diez de la noche aquello era una pequeña muchedumbre. Como si hubieran estado de acuerdo llegaron en grupos que sin más fórmula se instalaron. Casi todas las chicas vestían de manera tan atrevida, tan provocadora como Oriana, pero, como suele ocurrir, ante tanta belleza a la vista, dejó de ser inquietante. Muchos traían aretes clavados en nariz, labios, cejas, lengua y algunas de ellas se esforzaban por que fueran visibles tatuajes que habían sido practicados muy cerca del comienzo de sus delicadas, hermosas nalgas de muchachas, o bien de sus senos primorosos, de primera juventud. Los hombres eran de aspecto común a excepción de cinco o seis que ostentaban formidables melenas. Tres de éstos robaban la vista con sendas cabelleras inexplicablemente enredadas, enrolladas en largos cilindros; es el estilo del peinado que llaman rastafari. Uno de ellos era un enigmático negro, sin duda centroamericano o caribeño. Sé de mucha gente a quien el aspecto de muchachos como ellos le da terror. Cada uno, infaliblemente, había traído su bebida. Suprimieron la mesita de centro de la sala ―que apareció tres días después en la cochera― y colocaron la colección de botellas; pude distinguir rones, tequilas, aguardientes de baja ralea, alguna charanda, mezcal de Jaral en envase de plástico y dos casos extremos y, me atrevo a decir, atípicos: un pequeño barril (de unos veinte litros) de pulque, más un elegante frasco de Black & White que transcurrió la noche intocado. También consiguieron, del cuarto de lavadoras ―y sin necesidad de darles confianza― una tina que pronto estuvo repleta de cervezas de todas marcas y envases entre masas de hielo. La cantidad de alcohol per cápita parecía anormalmente excesiva. Las mujeres, como siempre, y con salvedades que considero sociopáticas, eran de lo más convencional: lindas, muy desenvueltas y más que inteligentes, alternaban con los muchachos en términos de suma libertad y del más beligerante igualitarismo. Era un ambiente desconocido, a pesar de que convivo diario con jóvenes, pero me di cuenta que el trato es demasiado formal. En la fiesta la circunstancia era de franca competencia como suele estilarse ahora, en términos implacables y que llegan a rozar la brutalidad. Hay que oír los chistes misóginos que contaban para ellas. Pero me escandalizaron más los misándricos que con gracioso desparpajo, provocadoras, narraban ellas, con dedicatoria a los hombres. Son chistes ingeniosos y sanguinarios. Es una moda peligrosa y pervertida. Aunque ellos, y ellas, lo toman con ligereza. No se dan importancia. Se hicieron grupos, como en cualquier reunión. Era una hermosa algarabía juvenil. Fumaban furiosamente. Bebían con entusiasmo cosaco. Charlaban en medio de carcajadas. Iban y venían no sé a dónde ni por qué. Sonaba una música de estruendo y júbilo, rock en español con letras a veces poéticas, pero más bien con abundancia de alusiones concupiscentes o embriaguísticas. Julia departía con soltura entre los diversos grupos que se formaron. Buena anfitriona. Dos o tres parejas bailaban con energía desaforada. En el momento más rumboso había unos sesenta muchachos. De pronto me di cuenta que no eran escasas las parejas que se procuraron el aislamiento, la periferia, para acariciarse; se besaban, se tocaban; parecían a punto del coito en medio de la indiferencia del resto. De pronto un muchacho se me hizo notorio porque apareció indeciblemente embriagado, muy serio, trastabillante, no era atendible en el tumulto, ni siquiera cuando se cayó. Y menos cuando se levantó. La gran mayoría conversaba. Todos reían, menos el borracho que miraba a unos, luego a otros y parecía reflexionar o quizá dormitar. La música a tan alto volumen hacía que las charlas fueran casi a gritos. Eran felices con gran sencillez. Me serví una copa de ron con cocacola. Los muchachos no me tomaban en cuenta. Me acercaba a un grupo, los miraba sin integrarme, tomaba nota del lenguaje, luego observaba a otros. Llegué a tener la sensación de que la felicidad en la vida es algo muy sencillo y hermoso. Supuse que El Paraíso debía tener un ambiente similar al que vivía.
―¿Qué pasó, güey?, salud. ―Se me plantó enfrente un veinteañero, delgado y con barba de semanas. Su borrachera ya empezaba a ser notoria. Chocó su vaso con el mío―. ¿Y tú quién eres, cabrón? ―Interrogó al notarme adulto.
―Soy... Soy el... Soy Federico, güey, digo, cabrón. ―No debía decirles que era el papá de Julia― sí, Federico, cabrongüey.
―Qué buen desmadre, ¿no, cabrón?
―Sí, güeycabrón. Buen desmadre.
―¿Qué estás chupando, güey?
―Ron, güey, cabrón.
―¿No traes un chubi, cabrón? ―No quise parecer estúpido, no sé si lo logré.
―Se... sese... sese ses ―tartamudeé un poco, desconcertado, ¿qué clase de mierda era un chubi?― Supongo que no... cabrón güey.
―Órale, buen pedo, cabrón.
―Sssí, cabrón, güey, buen pedo. Buen pedo. Supongo. ―No puedo decir que haya estado alejado de los jóvenes, pero desde el pizarrón no es posible penetrar en el alma de los estudiantes. Descubrí que mi contacto con ellos era, en realidad, superficial o, peor, falso.
Me senté a fumar y reflexionaba. Los muchachos de ahora beben mucho más de lo que lo hacíamos en aquellos tiempos. Fue cuando me llegó un olor que casi había olvidado. Lo asociaba confusamente (puesto que el olfato es un sentido muy animal) con brumosas situaciones de miedo, de sordidez, de rebeldía. Y no recordaba de qué era ese olor. Entre el tumulto de gente que pasaba y regresaba, de otros que brincaban bailando y muchos más que permanecían de pie, de pronto vi por unos segundos a un muchacho cuya imagen me devolvió de inmediato el recuerdo del olor. Fumaba de un cigarro tan pequeño que tenía que sostenerlo casi con las uñas, extendía los labios, haciéndolos como pico de pato, para fumar sin quemarse. Era un muchacho muy delgado, de aspecto casi sucio, con el descuidado pelo largo y las barbas que intensificaban su astrosa imagen. Fumaba con fervor, como si besara o como si demostrara que hacía algo espantoso, contra el mundo, desafiando a la sociedad o a Dios. Algo se conectó dentro de mí y salté de mi asiento. Me dirigí hacia el grupo del muchacho que fumaba aquello. El mínimo residuo de cigarro que vi fumar fue entregado a una chiquilla que ruidosamente se aplicó a aspirar el humo de algo que era ya sólo una brasa en sus dedos. ¿Qué hacer? Le dije al joven que vi fumando primero:
―Oye, oye, cabrongüey, ¿es marihuana, güey cabrón? ―Me miró sin extrañeza, sino como tratando de averiguar cualquier cosa que hubiera detrás de mis palabras, de mi torpe actitud, de mi calva, de mis anteojos fuera de moda, de mi aspecto de “viejo”, como ellos consideran a alguien de apenas cuarenta y ocho años.
―¿Qué pedo, cabrón, quieres un toque?
―Güey, cabrón, pero ¿es marihuana, güey cabrón? ―De pronto, el pequeño grupo se quedó en silencio y, entre el gran barullo y la fuerte música, me miraron con fijeza. Uno de ellos habló:
―Es mariguana, pendejo; pero se dice guana, mariguana, no uana.
―Ah, gracias, güeycabrón; digo, gracias, pendejo. ―No entendí por qué se rieron. Me fui rápidamente a buscar a Julia. La busqué un poco y alarmado comprobé que no eran los únicos que fumaban mari-guana. La encontré. Estaba ocupada, por supuesto. Tuve que esperar dos interminables minutos.
―Julia, quiero hablar contigo.
―Ay, Federico, ahorita no puedo. Mañana, lo que quieras, pero mira como ando con tanta gente ―me contestó con actitud gerencial, apremiada. Era cierto, ella, anfitriona en su casa, sospecho que resolvía muchos de los problemas que pueden tener o inventar sesenta huéspedes confianzudos.
―Es urgente.
―Mañana.
―Por favor. Por lo menos ven conmigo, quiero que veas algo.
―Ay, Federico, pero bueno; a ver pues, vamos. Discúlpenme un momentito, ¿sí? ―Se despidió. Y fuimos. La llevé con los chicos que viera fumando mariguana. En el camino le pregunté:
―¿Tú sabes qué es mariguana?
―Sí, claro ―contestó con una naturalidad que casi me desconcertaba. “Estoy lejos de los jóvenes, no los entiendo. Pero también estoy lejos de mi hija”, pensé. Ante el grupo en flagrancia le dije: ―Ellos fuman mariguana. En este momento.
―Mm... bueno, mira, Federico. ―Entonces se me acercó un joven enorme, moreno, grueso, con cabeza rapada pero con barbas y sin bigotes y unos ojos salvajes y oscuros. Traía en la mano un enorme cigarro (era de mariguana). Me echó el brazo al hombro y casi afectuosamente me acercó a él hasta que los rostros quedaron muy juntos. Mi hija miraba y sentí que no le parecía mal. El tremendo mozalbete me dijo:
―¿Qué onda, güey, quieres un jale? A ver, llégale, cabrón. ―Y me puso el cigarro de mariguana encendido en los labios.
―Pe pe pe pe pe pero yo... güeycabrón, yo no, cabrongüey, nunca...
―Jálale, hombre; total qué... ―Le di una pequeña fumada. Al darle el golpe me hizo toser. Haciendo un esfuerzo descomunal después de una segunda pitada, acumulé serenidad y dije con la mayor entereza que me fue posible:
―¡Pero la mariguana es droga! ―Fue uno de esos momentos que parecen preparados. De esos instantes en que ocurren acciones que si las hubiésemos dispuesto con gran detalle jamás pasan como queremos, pero en tales momentos hay coincidencias prodigiosas. Cuando dije, hablando casi estentóreamente, que la mariguana era droga llegó quizá el primer momento de relativo silencio, incluso de pausa musical en la fiesta. Creo que todos oyeron y muchos dirigieron su vista hacia quien había dicho eso, que la mariguana es droga. Me miraron por un momento interminable. El grandulón rapado me soltó.
Y estallaron en la más brutal y escandalosa carcajada que jamás he oído en mi vida. Todos reían con un alboroto como gresca, carcajeaban como a gritos, había quien lloraba de risa, algunos se tiraron al suelo carcajeando. Julia sonreía tranquilizadoramente, con benevolencia. Si ella no hubiera actuado así, en ese momento sentí que hubiera podido volverme loco. Aquellos seres que me parecían de otro planeta reían bestialmente de algo que yo había dicho, me señalaban y decían “este pendejo dice que es droga” y se derrumbaban de risa, “el güey dice que la mariguana es una droga” y al terminar la frase carcajeaban como si fueran a morir de risa, fatigados de reír, llorando de reír. Julia me dijo con discreción:
―Ven, papá... Vámonos...
―Oye, pero sí es droga...
―Sí, papá, pero... qué te parece si mañana hablamos con calma.
―Está bien. Pero, bueno, de cualquier manera me gustaría estar un rato más en la fiesta.
―Yo diría que mejor no. Súbete y duérmete. En un rato más termina. Por favor. ―Y me llevó con su mejor actitud hasta la recámara que comparto con su mamá. Me dejó en la puerta. Entré. Estaba oscuro. Andrea dormía. Aunque sé que tiene el sueño pesado, no quería despertarla, con aquel escándalo le sería difícil reconciliar el sueño. Ella estaría en su lado de la cama, supuse, me fui al mío. Al sentarme en la cama noté que había alguien. Ya me invadió, pensé. Me fui al otro lado de la cama y ¡ahí también había un cuerpo!
―Andrea, ¿¡quién está aquí?! ―Le dije al tiempo que encendía una lámpara. Despertó como borracha y dijo algo como qué qué pasa–. ¿¡Quién está durmiendo contigo!?― Saltó de la cama.
―Pues tú duermes conmigo, Federico. ¿Conmigo? ¡Ay, no me asustes Federico! ―Encendimos la luz.
―Es un hombre, Andrea. Exijo que me expliques ¿quién es este hombre? ―Lo examinamos. Era un estudiante despiadadamente embriagado. Me calmé un poco―. ¿Por qué está este mozalbete contigo en mi cama? ―Andrea no supo controlarse. Salió en piyama, corriendo semidesnuda.
―¡Julia, Julia, hay un borracho en mi cama! ¡Julia, por el amor de Dios, se metió un borracho a mi recámara! ―Subió Julia con un grupo pequeño de jóvenes, hombres y mujeres. Era el muchacho que se había emborrachado desde el principio de la fiesta. Intentaron despertarlo. Era inútil. Lo bajaron cargando y lo echaron en un sillón. No despertó. Nos tranquilizaron, nos prometieron que no ocurriría de nuevo. Nos acostamos, pero no podíamos dormir. Actuábamos como si tuviéramos miedo. Oíamos la alharaca con más detalle que nunca. Gritos, carcajadas, música, zapatazos de que algunos bailaban. Estuvimos conversando.
―Parece que se divierten mucho ―dijo Andrea.
―Sí, pero creo que están cometiendo excesos.
―Son jóvenes, acuérdate cómo éramos nosotros.
―Yo nunca me fui a dormir en la cama de los anfitriones, ni recuerdo que lo hicieran mis amigos. ―No quise, para no alarmarla, mencionarle lo de la mariguana―. ¿A qué horas irá a terminar?
―Voy a asomarme. ―Se levantó. Abrió la puerta. Estuvo mirando un largo rato sin decir nada. Regresó y estaba perturbada, temblorosa, creí que quería reír o llorar―, tienes razón; estos muchachos... estos muchachos.
―¿Qué viste, Andrea? ―Y me levanté. Temía que se hubiera dado cuenta que en nuestra casa estaban fumando mariguana. Abrí la puerta. Lo que vi me dejó sin habla. A escasos dos metros de nuestra recámara, sobre el piso vil del pasillo, dos cuerpos desnudos, entrelazados, se ondulaban como serpientes ávidas, se unían y se separaban con voracidad animal. ¡Hacían sexo en el suelo, en público! Andrea estaba junto de mí, aquéllos se mordían, se chupaban, se penetraban jadeando bestialmente.
―¿Qué es esto! ¿Qué está pasando, Andrea?
―Federico, vamos a calmarnos, no nos alarmemos. Son jóvenes.
―Vamos a ver qué está pasando en nuestra casa, por lo menos. ―Se echó ropa encima y bajamos. Vi como algunos llegaron a pasar junto a los que ejercían, en el suelo, el deporte favorito de los seres vivos y los miraban un poco, se reían casi con burla pero se retiraban como si nada. Los ejecutantes de aquel coito animalesco a veces llegaban a fijarse que alguien pasaba junto a ellos, encima de ellos, a veces ni siquiera se fijaban, concentrados en su actividad, el mundo no les importaba. Pensé que gozaban de un placer tan bestial que ni siquiera les importaba parecer bestias fornicando públicamente. En el fondo los admiré. Les tuve envidia. Quizás yo hubiera querido hacer eso hace muchos años. En la sala seguían bebiendo, conversando, bailando, fumando mariguana. La gran mayoría estaban mucho más borrachos de lo que nadie puede recomendar. Casi ninguno conservaba la compostura, gritaban, ya no sólo de júbilo, ahora lo hacían sin motivo, sobreexcitados, enfervorecidos, enrojecidos por el alcohol. Había menos gente o estaba mejor repartida por toda la casa. En las orillas de la sala, derrumbados, vi al menos a cuatro jóvenes tan embriagados como el que sacaron de nuestra recámara. No sé si por el cambio de actitud con que ahora los miraba, todo me parecía peor; además la gran mayoría estaban borrachos. Creo que hasta la iluminación me parecía sórdida.
Una joven con cara de estar ya muy cerca de la bárbara borrachera nos dijo:
―¿Qué pasó, güey? Van llegando bien tarde a la fiesta. Chínguense unos alcoholes para que se pongan a tono. También hay mota, hay coca, hay de todo. Todo el mundo ya anda hasta su madre y ustedes así no se van a divertir.
―Gracias, sí, ahorita... ―le dijo Andrea.
―Órale, güey, no hay pedo.
En mi estudio no nos asombró que hubiera al menos dos parejas fornicando con un entusiasmo idéntico al de los que lo hacían arriba. No dudo que se hayan intercambiado. De plano tuve ganas de quedarme a verlos. A verlos, por lo menos. Estaba alarmado, pero también estaba excitado, o me estaba haciendo efecto el par de fumadas de mariguana que di. En la cocina, unos ocho, entre hombres y mujeres saqueaban el refrigerador, comían con avidez de alimañas matreras. Nos miraron cínicos y hasta nos invitaron nuestra comida manoseada. En el baño de abajo, un muchacho tocaba a la puerta, obvia víctima de la urgencia fisiológica, luego, desanimado; se fue.
―No dejan entrar. ―Nos dijo al pasar junto, quizá pensando que también queríamos entrar a satisfacer necesidades―. Hay que ir a mear al jardín. Ahí no se puede, están cogiendo, güey, no manches.
―Gracias, güey cabrón. ―De pronto tuve una pregunta obvia―: Julia, ¿dónde está Julia? ―Me alarmé al no haberla visto en el recorrido. Encontramos a Oriana, le pregunté. Me dijo que Julia ya se había ido a dormir, que ya eran las tres de la mañana. Fuimos a su cuarto. Era cierto. Le tocamos y contestó, no necesitábamos más ¿Estaría acompañada? No quisimos enterarnos.
Nos fuimos a intentar el sueño. Fue inútil. Dormitamos lapsos minúsculos, entre accesos breves e irritantes de malsueño, saltos de susto, sugerencias mías (descartadas por ella) de llamar a la policía para que los expulsara y sugerencias de ella (descartadas por mí) de bajar a decirles “en buenísima onda” que ya se fueran. No pude imaginarme diciéndoles “Oye, cabrongüeypendejo, ya váyanse de mi casa”. A eso de las siete y media de la mañana, fatigados y sedientos, ojerosos, de pésimo humor, lamentable aspecto y halitosis galopante decidimos bajar a ver qué había sido de la fiesta.
Nunca he visto un campo de batalla después de la acción, ni siquiera creo poder imaginarlo. Lo que vimos era igual o peor. Un grupo de ocho, cuatro hombres, cuatro mujeres, estaban sentados, unos en el suelo, otros en un recoveco que sobraba del sillón ocupado por algún borracho que pareciera muerto, alrededor del centro estaban como supervivientes, demacrados, somnolientos, con la boca seca, despeinados, brillantes de sudor ya seco, con los labios húmedos y rojos como a punto de sangrar y los ojos fatigados; seguían charlando, bebiendo o simulaban beber pues noté que más bien mojaban los labios para quitarse la sed. Sonreían flojamente, con procacidad, aletargados por la fatiga y el sueño, enronquecidos de tanto fumar, se movían con parsimonia, como inseguros, machacados por el ejercicio del baile, la falta de sueño, la fatiga y la inundación de alcohol en sus cuerpos, casi como agonizantes, parecían tránsfugas del infierno. No muy cerca de ellos, pero no tan lejos había un hedoroso charco ya casi reseco, repugnante, de basca. Había muchachos sentados, no dormidos sino inconscientes, como cadáveres, recargados en las paredes, alcoholizados de manera suicida. Otros ni siquiera alcanzaron a apoyarse en la pared, estaban diseminados por cualquier sitio, desamparados en el sueño negro de la atroz briaga buscada; y encontrada, como en estado de coma. Varias parejas dormían en inconsciente abrazo, tiradas en cualquier rincón, algunos estaban casi desnudos. Era fácil distinguir a los que habían practicado el fornicio. Había un hedor en el que imperaba el alcohol agrio, semidigerido y vomitado, pero que se atenuaba al mezclarse con el tufo tabaquista y también se distinguía un fuerte hálito mariguano. Era el infierno.
Sexo, droga y rocanrol cantaba una rola clandestina de nuestra juventud. Aquí se habían potenciado, libertinaje y promiscuidad, alcoholismo y drogadicción, gritos, música y furia. Pensé que esto estaba muy lejos de lo que habíamos soñado en los años gloriosos del movimiento hippie. Recordé que nosotros llegamos a consumir drogas para abrir la consciencia y buscar la iluminación o al menos eso creía; hacíamos el amor libremente para negar aquella sociedad prohibitiva, rigurosa e intolerante, también para oponernos a la violencia; surgió una música que respondió a su momento histórico, cambió al mundo y se opuso al poder. Teníamos ideales inalcanzables que llenaban nuestra vida, el comunismo, la libertad, la paz y el amor. En estos muchachos sólo había visto aburrimiento, desesperanza, negligencia y desinterés, ignorancia y abulia, ningún ideal y mucha desesperación. Las drogas, legales o no, ya no son búsqueda sino escape, fuga enloquecida; la música no tiene crítica o sentido social, sólo ansias de placer o desesperanza. O intentos de escándalo.
¿Qué va a ser de ellos si no les interesa nada? ¿Cómo será su mundo cuando sean viejos calvos de cuarenta y ocho años? ¿Qué será del mundo? ¿Qué será de mi niña, de Julia? Muchos se condenarán. ¿Qué va a pasar? ¿Hasta dónde van a llegar? ¿Hay límites? ¿Cuáles son? Con pensamientos tan ruinosos fui despidiéndolos poco a poco.
―Ps luego la vemos, carnal. No mames, güey, qué peda agarraste. Te andabas basqueando por todos lados. Oye y ¿cogiste por lo menos?
―Sí, cabróncarnalpendejogüey, como cuatro veces.
―Puta, ps qué chingón. No, güey, yo nomás me empedé a lo bestia.
―Ahi nos vemos, cabrón. Qué pinche cara traes, güey; has de tener una cruda bestial. Chíngate un alcohol y vuélvete a dormir, ya no andes así, pendejo, te ves de la chingada. Hasta daño te va a hacer.
―Sí, pendejocarnal, me la voy a curar la cruda, cabrón pendejo... ―Así despedí a los que mostraron la cortesía de decir adiós. La mayoría se levantaron demacrados, ridículos, desamparados, patéticos, aturdidos, sedientos, todavía borrachos y se fueron sin más fórmula.
Más allá del mediodía se habían ido todos. Fui a comprar comida para desayunar porque habían agotado las reservas del refrigerador. Andrea y Julia bajaron muy tarde. En compañía de ellas examiné mi casa. Había exactamente treinta y cuatro quemaduras de cigarro en la alfombra y en brazos y asientos de los sillones. Encontré siete residuos de vómito sólo en la sala. Aparecieron veintitrés condones usados. Pude contar hasta quince colillas de cigarros de mariguana. En un plato, en la mesa del desayunador de la cocina, había residuos de polvo blanco, junto estaba un vaso con un popote, otro con una vela agotada y, cerca, una navaja de afeitar. ¿Cocaína? Espero que no. Encontré siete prendas íntimas, dos calzoncillos minúsculos o más bien tiras de tela que se atreven a usar como calzones, tres brasieres y también calzones de hombre. Los olvidaron, faltaba más. Cuando bajaron Andrea y Julia estaban asombradas, furiosa mi mujer, apenada mi hija; pero ambas asustadas por el aspecto de devastación de nuestra casa. Estuvimos haciendo el recuento y recogiendo un poco los residuos de la catástrofe. Nos sentamos a comer bocadillos improvisados, teníamos enfrente una ingente faena. Andrea fue por salsa a la cocina. Gritó:
―¡Un muerto! Hay un muerto en la cocina. ¡Federico, Julia, un muerto! ¡Auxilio! ―Pensé: “tenía que ocurrir. Es que ha sido demasiado”. Fuimos a la cocina. Había un cuerpo debajo de los taburetes del desayunador. Moví los muebles. Tendría que llamar a la policía. Estábamos en un lío espantoso. Lo vi, parecía indudable que estaba muerto.
―No lo muevas, nos vamos a meter en más problemas ―dijo Julia―. Hay que hablar al ministerio público. ¿Quién será? ―Cuidadosamente tomé el rostro del cadáver y lo volví. Cuando lo tenía de frente abrió los ojos con suavidad, me miró y dijo:
―No mames, güey, qué peda... ―Entre el terror y la sorpresa no sé por qué no gritamos. Se levantó. Pasmados lo vimos en silencio, como si hubiera resucitado de entre los muertos ante nuestros ojos. Se estiró como perro. Bostezó, pidió cigarros. Nos dijo cosas que no atendimos ni entendimos. Bebió tres vasos de agua de la llave y se largó. Bendito sea Dios. Nos quedamos sentados, exhaustos, en la sala. Ya había sido demasiado. Yo quería llorar.
De pronto bajó de la zona de recámaras de mi casa un mozalbete muy sonriente, fresco (recién bañado) y cínico como son ellos ahora. Me desconcertó, pero en un instante entendí. Y tuve una tumultuosa explosión de sentimientos:
―Julia, ¿quién es este imbécil? ¿Por qué viene de...?
―¿Qué onda, güey? ¿Por qué estás tan emputado?
―No soy emputado, no soy puto, pedazo de imbécil.
―Vete, por favor, ¿sí? ―le dijo Julia apresuradamente―. Papá, te lo quería presentar, pero...
―Voy por la pistola, ¿quién es este estúpido?
―Oye, Federico, no tenemos pistola. ―Dijo Andrea con un tono de fastidio insoportable. El barbaján se fue con la mayor rapidez. Nunca me hubiera imaginado que mi niña... Tuve que meditarlo y sufrir. Debí pensar que ya hace años que es una mujer, aunque sólo tenga diecinueve.
Tardamos semanas en reparar los estropicios de la fiesta, en vencer el olor a orina en el jardín. Julia y yo nos reconciliamos, aunque nos tomó también semanas. Llegó el día en que, por fin, la casa parecía otra vez normal. Pero en la cocina había una pestilencia fuerte, repugnante, irreconocible y que no se quitaba por más que el área fue lavada y desinfectada en repetidas ocasiones y teníamos la impresión de que olía cada vez más fuerte y más podrido.
Un día buscaba, entre la peste, herramientas para arreglar el jardín. Abrí una gaveta que está debajo del fregadero. Saqué una cubeta que contenía un líquido amarillento, ya casi café, con masas fúngicas multicolores en formación incontenibles en las orillas, hasta tres cuartas partes de su capacidad de un líquido pestilente hasta lo insufrible. Recordé a los saqueadores del refrigerador, el baño que, durante la fiesta, siempre estuvo ocupado en actividades distintas a su finalidad. Casi a punto de vomitar fui a depositarlo en el excusado. Era el último recuerdo de la fiesta.

viernes, 25 de mayo de 2018

Propuesta en cultura


Propuesta de Acción de Gobierno en Cultura

Pterocles Arenarius


Exposición de motivos.
La cultura es todo cuanto hacemos los humanos. Sin embargo, conviene hacer una diferencia esencial y también pragmática. La diferencia a establecer es porque existe algo que se suele llamar alta cultura. La mera existencia de la alta cultura nos indica que dentro de ese término existe la alta cultura y en este momento anotamos que tal concepto se refiere al arte. “Si todo lo que hacemos es cultura, no todo lo que hacemos, incluso muy poco de lo que hacemos, es arte”. Cualquier actividad humana, sin embargo puede alcanzar la estatura del arte.
El arte definamos tan sencillamente como sea posible― es lo bello. Como estamos hablando de un producto de elaboración humana, el arte es lo que se ha fabricado de una manera que resulta imposible de superar. El arte es un objeto salido de mano humana que se aproxima evidentemente, a primera vista; a la perfección. El objeto que alcanza estatura de arte contiene la manifestación asombrosa de la destreza, fuera de lo ordinario, del artífice creador. Pero va aún más allá. El objeto que contiene arte debe tocar los sentimientos del espectador. Tiene que provocar emociones al que lo percibe.
Sinteticemos para que, en alguna medida, se defina lo que conocemos como alta cultura o arte. El arte es un alarde de técnica, de rigor en acción, de disciplina creativa, de conocimiento e incluso de método, pero que reúne, además, lo intangible de los seres humanos, sus sentimientos, la conmoción, porque en el objeto artístico se encuentra plasmada la parte profunda de un ser humano: sus emociones, las que, a través de un prodigio que no tiene que ver con la disciplina ni con el rigor, toca los sentimientos de quien observa la obra, lo conmueve. El arte, además de ser un producto único e imposible de mejorar, tiene que palpar las honduras más sensibles de lo humano. Así, el arte es el equilibrio supremo de lo bien hecho y, al mismo tiempo, lo conmovedor. El arte, al fin, además de la admirable elaboración que tiende a lo perfecto, es también un acto de amor. Es seducción del artífice por su espectador.
Existe, indudablemente, lo que suele llamarse arte popular en contraposición con lo que hemos dado en nombrar arte culto. Diferencia que, por el momento, para esta propuesta, habremos de obviar.

En este texto se exponen las acciones posibles para llevar a la realidad una profusa actividad artística en el ámbito territorial de la Delegación llamada Venustiano Carranza (VC).
Un primer diagnóstico de la actividad cultural en esta delegación es deprimente. La cultura y el arte son entidades desconocidas, prácticamente inexistentes e incluso confundidas para empezar por las propias autoridades. Entre la población llana de VC es notable que aquí se cumple la encuesta de lectura de entre los mexicanos que encuentra que en nuestro país se leen 1.5 libros por habitante por año. La educación estética de la población se ha encargado a los creadores de contenido que sistemáticamente han degradado lo que en algún momento podría haberse llamado arte rebajándolo con toda consciencia, convirtiéndolo en un entretenimiento pueril y, de ser posible, asombrosamente estúpido. Televisa y Tv Azteca son los encargados de la formación que debería ser imprescindible, irrenunciable en todo ser humano: la formación, educación y sensibilización artística. Nadie tiene idea de lo que pierde una persona que carezca de formación artística. Una persona que no haya tenido instrucción académica al igual que formación en el ámbito del arte, no exagero, si se le compara con quien ha ido a la universidad y gozado de la música, de las bellas artes, la literatura, está ―y lamento mucho decirlo― en una desventaja tan brutal como la de un hombre de las cavernas frente a uno moderno.
Hay que decir que los malos gobiernos, los que tienen postrado al país en el baño de sangre, el estancamiento económico y gran pobreza de la inmensa mayoría, quisieran que los mexicanos no tuvieran educación de ninguna índole, que no aprendieran jamás a tocar un instrumento musical, que no se aproximaran a la gran literatura ni a la danza o el cine. Porque el arte nos aproxima a la consciencia y también desarrolla nuestra suprema facultad del raciocinio, la inteligencia. Y ningún ciudadano consciente, razonador, inteligente entregará el poder a políticos mediocres, incultos, insensibles y pendejos; pero eso sí, muy astutos, muy oportunistas, muy indignos y muy voraces para el dinero.
Tal es la situación de la cultura en VC. Los artistas, que los hay, en nuestra delegación, tienen que conformarse con actos marginales, en otros lugares de la ciudad, con la resignación a la falta de trabajo, al anonimato, la incomprensión y aun la miseria.
Las casas de la cultura están ocupadas en labores que no tienen que ver con el arte o, al menos, se usan siempre en actividades de las que está ausente la alta cultura. Entiendo que hay un organismo de cultura en la delegación, ignoro incluso si es dirección o subdirección o JUD y casi siempre está unida a la de deportes. Pero brilla este organismo delegacional, brilla por su ausencia y su inactividad. No hay cultura en VC.
En el próximo gobierno de la ciudad, dando por descontado que Morena habrá de ganar las elecciones y que lo hará en una circunstancia que por tradición ya llamamos carro completo, esto es, la delegación, la ciudad y la presidencia, es en donde se hace esta propuesta. Considerando, además, que el gobierno de Claudia Sheinbaum, como lo ha difundido, hará un gran proyecto que dé total prioridad a la cultura, a la cultura de la que se habla en este texto y que tendrá como su secretario de Cultura al que quizá sea el más importante escritor mexicano de este momento, Paco Ignacio Taibo II, quien además de importante como autor es también un notorio activista de la cultura en general y de la literatura y la lectura en particular, y que juntos, Claudia y Paco, han asegurado que llevarán a cabo un programa inusitado, masivo, ambicioso como nunca, intenso e intensivo, espléndido, de cultura en la ciudad, es en función de tal consideración que se crea esta propuesta.
Y atendiendo a que la promoción de la cultura desde el gobierno central bajará a todas las delegaciones, proponemos:
  1. Que las casas de la cultura se dediquen a eso, a la cultura (también danza hawaiana, baile de salón, migajón o zumba, de acuerdo, no que se cancelen). Pero que haya en todas las casas de la cultura clases de música, talleres de literatura tanto en creación como en apreciación, de danza, de artes plásticas, de teatro, de cine, de otras expresiones artísticas como el performance y la instalación.
  2. Que todas las actividades de las casas de la cultura sean gratuitas.
  3. Que todos los talleres, como retroalimentación, tengan presentaciones públicas en festivales que tengan apoyo logístico y económico de la delegación.
  4. Que se creen libroclubes con dotación de acervo para que funcionen promoviendo la lectura de textos literarios y que esta promoción esté acompañada de un conocedor de la literatura que guíe a los ciudadanos que asistan a los libroclubes para que hagan lecturas de acuerdo a sus intereses por edad u otras condiciones. La propuesta incluye que estos libroclubes funcionen como lo hacían en la época en que el poeta Alejandro Aura los creó, promovió y auspició. Además debemos aprovechar que esta iniciativa es del plan Sheinbaum-Taibo de cultura para la ciudad. Y la delegación debe contar con la infraestructura humana para recibir los beneficios del gran proyecto cultural del gobierno central de la ciudad.
  5. Es vergonzoso que la delegación no tenga una orquesta. Habría que fundar la Orquesta Sinfónica de la VC. O al menos una presentable orquesta de música mexicana.
  6. Es no menos una vergüenza que la delegación no tenga una publicación literaria en la que, con el rigor de un consejo de redacción de buen nivel, publique los trabajos literarios de los artistas que habitan en esta demarcación.
  7. Que haya clubes de ciencia, de filosofía, de historia, que se reúnan periódicamente y den conferencias y debates en los diversos locales oficiales o no por toda la delegación.
  8. Que se establezca un proyecto de promoción de los talentos de esta delegación: estudiantes prominentes, escritores, bailarines, actores, músicos, pintores o escultores. Para que así los artistas hagan presentaciones en las escuelas y promuevan la alta cultura.
  9. Llevar a cabo un programa de libros en los parques, una carpa, algunos estantes repletos de libros, quizá foros para que la gente lea, cante, diga o lea un poema y también para que la gente que asiste a estos lugares pueda ponerse a leer en el parque y devolver el libro.

La coyuntura que se presenta es formidable. El proyecto de cultura de que ha hablado Claudia Sheinbaum parece sumamente ambicioso y Paco Ignacio Taibo II ha sido por muchos años un gran promotor de la cultura que ha hecho un enorme trabajo y sigue haciéndolo. Ha repartido millones de libros y hecho cientos o miles de conferencias sin ningún apoyo gubernamental. Es de esperar que con presupuesto y apoyo del gobierno la labor de Taibo se potencie.
Muchas gracias por su atención.
Por el cambio profundo, por la Cuarta Transformación de la Patria. Viva México, Viva nuestra Ciudad. Viva nuestra delegación.

domingo, 1 de abril de 2018

La ley de Herodes


La ley de Herodes, o te chingas o te jodes


Pterocles Arenarius


Era un hombrecito de metro y medio, negro, viejo como yo o, quizá, incluso un poco más si eso es posible. Traía la cuenca del ojo derecho vacía y el otro ojo o bien miraba escasamente o bien, de plano, estaba ciego. Un prototipo de los desgraciados de este mundo. Iba por el pasillo en medio del carro del metro. Subió en la estación Isabel la Católica y se puso a cantar. Con un bote pedía una moneda a los que ahí viajábamos. Era una imprudencia la pretensión de caminar entre tanta gente exigiendo que le dieran permiso de pasar, había demasiada gente, pero los ciegos suelen abusar de su condición. Cuando llegó junto a mí me hice a un lado para que pasara. Pero era tanta la apretura que se me aproximó mucho. Algo sentí. El ciego me estaba bolseando y lo empujé con el antebrazo. En ese momento una muchacha que iba exactamente a mis espaldas me tocó el hombro. Al mismo tiempo el pequeño viejo ciego negro me dijo “No me aviente, señor”. Le respondí “Me estás robando”. La muchacha me hizo mímica afirmativa con su dedo índice. Pero pensé que el ciego había metido la mano a mi mochila. No, me había trasculcado el bolsillo izquierdo. Me robó el dinero que traía y que era el producto de algún tiempo de dar clases en Perote, Veracruz y en Tecamachalco, Puebla. Se abrieron las puertas del metro y el ciego se largó rápidamente. Se llevó mi dinero.
Era un pobre hombre. Su pequeña estatura me hace pensar en desnutrición aguda. Su edad, arriba de los sesenta años, sin embargo, puede ser mucho menor. Pero la miseria, el sufrimiento y las drogas, sin duda, lo habrán avejentado prematuramente. Además era ciego o al menos débil visual. Y simula pedir limosna para robar. Pues espero que el dinero que me robó le sirva de algo.
El convoy avanzó y no pude hacer nada. Regresé al lugar de los hechos y, por supuesto, el viejo ladrón se había esfumado. Fui a la agencia del ministerio público que se encuentra en las instalaciones del metro Pino Suárez. Denunciar, pensé, era más bien un desahogo. Mi dinero está perdido. Entré al lugar propio de la autoridad judicial con mis amigos que me acompañaron generosamente todo el tiempo. No había nadie que atendiera. Por allá adentro se veían varios hombres comiendo. Esperamos unos minutos y llegaron dos mujeres que nos preguntaron qué pasaba. Les dije que quería denunciar un robo y ellas fueron a avisar, ¿a ordenar?, que alguien viniera a atendernos.
Un pobre hombre

Me metieron con un policía a que le contara cómo fue el caso. Le narré muy aproximadamente lo que está líneas arriba. Era un policía simpático, corrupto y con muy buena memoria. Me preguntó que qué hacía yo y le contesté que enseñaba matemáticas. interrumpía su trabajo para decirme cosas como “Cristo le dijo a sus apóstoles ye es igual a equis cuadrada. Y nadie le entendió”. Le dije es que los judíos no conocían la parábola que abre hacia arriba y tiene vértice en el origen. Me contó que en la prepa resolvió todo el Baldor y que no le sirvió para nada más que para cobrar a sus compañeros que no sabían álgebra presentando el examen de manera fraudulenta, suplantándolos. Corrupto el policía desde que era muy joven. Escribió que el viejo que me robó llevaba una “playera de color roja”. Le dije que debía decir de color rojo. Me arguyó que playera era femenino. Le aclaré que el rojo se atribuye al color de género masculino, que en tal caso debía decir “playera roja” o “playera color rojo”. Dijo que los matemáticos somos muy obsesivos. En un momento le dije que era muy frustrante que le robaran así a uno y el señorito me dijo que diera gracias porque no me habían puesto una pistola en la cara ni me habían golpeado. Ah, bueno y entonces ¿ellos, la justicia para qué están? ¿Para eso?, ¿para decirnos que podía habernos ido mucho peor? Luego me pasaron con el ministerio público. Un licenciado que se llama José López Varela. Éste escribió el acta de denuncia con exactamente 60, sesenta faltas de ortografía, redacción, concordancia o simples errores de dedo. Él también escribió, faltaba más, “Playera color roja”.
Entre otras de las lindezas del acta está la de que “ME COMPROMETO A PRESENTAR LA DOCUMENTACIÓN PARA ACREDITAR LA CAPACIDAD ECONOMICA (sic) DE LO ROBADO”, así, todo en mayúsculas y con la redacción coja. Es decir, salvando la fallida redacción, la justicia considera que soy mentiroso y/o defraudador. Que incluso quizá ni siquiera me hayan robado o bien me robaron menos, o mucho menos del dinero que digo.
Así, el viejo ratero negro me robó dinero y la justicia me robó más de dos horas de mi tiempo para decirme que no me creen, que tengo que comprobar que sí puedo traer una cantidad de billetes como la que declaré que me robaron. Me pareció que esa es una ley que tiene muy poca madre. Y también adolece de la presunción de inocencia, pues a priori está considerando mentiroso y defraudador a la víctima o bien que el dañado compruebe lo contrario: que no es mentiroso ni defraudador. Cree el león que todos son de su condición. Qué poca madre…
Luego le pregunté al licenciado MP que qué pasaba si encuentro al diminuto viejo ladrón y le digo a un policía del metro, agarre a este señor porque me robó tal cantidad de dinero. Me dijo que no, que ya no es posible. Sólo pueden ser detenidos en flagrancia. En otras palabras, la policía está para hacerse pendeja y el que se chingó se chingó. La justicia no puede ni quiere reparar al perjudicado y, más todavía, la justicia juzga a priori como mentiroso al que fue víctima.
Y luego quieren que asista una vez más a ratificar mi denuncia. También que vaya a otra oficina a describir al maleante para que hagan el retrato hablado. ¿Creen que voy a perder más tiempo para que ellos no resuelvan nada? Dice el refrán que no hay que echarle dinero bueno al malo. Igual, no hay que invertir más tiempo del ya perdido en algo que no dará buen resultado. ¿Suponen que yo tengo alguna esperanza de recuperar mi dinero? Pues no, ya sé que la policía no sirve para eso y casi para nada. ¿Para qué sirven estos “servidores públicos” que viven del dinero que el gobierno nos extrae como impuestos? Siempre han servido para extorsionar inocentes. ¿No saben que yo sé que cuando recuperan lo robado se lo quedan ellos y esos bienes jamás vuelven a manos de la víctima? Sé que son rateros de rateros y aparte son rateros. ¿Piensan que yo no sé que la policía es brutalmente corrupta y que con frecuencia está coludida con los ladrones? Pero no sólo la policía, hasta el último funcionario de la más alta jerarquía del poder judicial ha incurrido en actos de corrupción.
Ya ni llorar es bueno.
El viejo ratero es un paria, un olvidado del destino. Un hombre que en toda su vida no ha recibido ni siquiera lo mínimo para ser una persona normal. Infiero con la posibilidad de que esté en un error― que ese hombre mide un metro con cincuenta centímetros porque sufrió de desnutrición grave en su infancia y por eso no alcanzó a crecer hasta donde debía. Que perdió la vista hasta la ceguera o al menos la debilidad visual aguda por enfermedad porque no parecía ser ciego de nacimiento. Que vive en medio de una pobreza aplastante en algún barrio bajo de la periferia. Que fuma mariguana (porque sólo alguien que fuma mariguana tiene tanta imaginación como para atreverse a robar como él lo hace: se simula un cieguito que canta en el metro para que nadie desconfíe de él y en realidad es un astuto metemano); que se droga de alguna otra manera mucho más dañina, porque sin duda, a veces no tiene suficiente dinero para comprar mariguana, quizá inhale algún solvente que es mucho más barato que la canabis. Que a veces no tiene dinero ni siquiera para comer y que no sabe, ni puede, hacer otra cosa para ganarse algo de dinero, que robar. Tantas desgracias en un sólo ser humano me consuelan un poco. Porque mi dinero servirá para que ese pobre hombre viva unos días con la inmensa felicidad del que es tan pobre que el sólo hecho de tener que comer y medio kilo de mota para muchos días le harán menos dura su existencia. Aunque sea sólo por unos días.
60 faltas gramaticales. Un récord

Lo que me molesta mucho es que los policías y los “licenciados” del ministerio público sean tan baquetones, ineptos, desobligados y pendejos. ¿Cómo les voy a creer si elaboran un acta con 60 faltas de redacción? Es decir, como si lo hubiera hecho un mal estudiante de secundaria.
Es muy triste lo que pasa en México. La nuestra es una sociedad que ya se descompuso. Y no es por echarle la culpa de todo al gobierno, pero nadie puede negar que es un sistema altamente corrupto y corruptor. Apenas se difundió por las redes sociales la declaración de un delincuente confeso llamado Mario Tzintzun quien dijo que “El PRI haría todo lo que fuera necesario para ganar las elecciones. Desde pegar un botón hasta matar un cabrón”. Además se autonombró mapache, aunque ahora se hacen llamar operadores políticos. Ese cinismo, esa inocente actitud criminal, esa prepotencia estúpida, esa corrupción intrínseca es lo que carcome al cuerpo de la nación, es lo que ha terminado por pudrir por completo al sistema.
Creo que el sistema, el gobierno, los tres poderes de la Unión, me ha robado mucho más durante mucho más tiempo. Esos policías que no sirven para nada y esos ministerios públicos que supuestamente fueron a la universidad y no saben escribir, me siguen robando. Porque no hacen su trabajo ni de lejos bien y lo poco que hacen lo hacen mal. Con sus gloriosas salvedades, los diputados, los senadores, los secretarios de estado, los presidentes con la sola excepción de uno, mi general Cárdenas―, nos han robado de manera permanente.
Es el momento de cambiar el sistema, acabar con la corrupción, desterrar el cinismo, combatir la prepotencia, eliminar la ineptitud de los que se dicen servidores públicos y para lo único que sirven es para cobrar del dinero que nos quitan. El país se nos cae a pedazos.
No debe haber en México un pobre ratero ciego y tan desamparado que tiene que robar en el metro sin que el gobierno haga algo por él.
Tenemos que recuperar nuestro orgullo de mexicanos. Muy pocos países del mundo pueden jactarse de ser descendientes de 30 siglos de arte y cultura. Casi no hay nación en el mundo con raíces históricas tan profundas y tradiciones de orden filosófico-religioso de tanta trascendencia. No hay un solo país en el mundo que haya resistido por más de dos siglos la vecindad inmediata con el imperio que mayor capacidad destructiva ha acumulado en la historia de la humanidad.
Y la posibilidad de cambiar el sistema está a tres meses. Hay elecciones el 1 de julio. Los que roban desde el aparato público tienen que ser expulsados del poder. México ya no es el mismo. La única opción para que el cambio se inicie es ya sabes quien.

jueves, 1 de marzo de 2018

Avándaro
¡A revolcarse, chingá!

(O la manera en que a nuestras vidas llegaron una música y su festival, inspirados por el Diablo para cambiar nuestro mundo tan apacible)


Para Jorge Arturo Borja
con mi admiración y mi cariño


Cuando mi abuelita veía que aquel vecino
tan extraño ponía su sonido y lo hacía tocar
música de rock a todo volumen, ella cerraba
las puertas prendía una veladora y se ponía a
rezar. Porque creía que con esa música el
Diablo andaba suelto.

María Montes de Oca

Pterocles Arenarius

El rock llegó a nuestras vidas como una descarga eléctrica. Como si en el cielo se hubiera creado una nube de alta energía vital, rebelde, descarada, poderosísima. Habíamos crecido con los boleros, con la música bonita y hecha para relajarse, descansar, dormir incluso. Los boleros eran la actitud romántica, no en el sentido literario, sino de romance, de amorío ante la vida. Era la música a veces con, aceptémoslo, alta poesía, pero mucho más frecuentemente sobrecargada de cursilería, de la exageración amorosa que caía en el ridículo (https://www.youtube.com/watch?v=2xYtdMo80mA). La literatura, en general, es la gran hipérbole. Pero hay astucias prodigiosas para hiperbolizar sin que se note, para que la exageración resulte más descomunal. Tales desmesuras tenían la compañía de una música muy suave, tenue, como para apaciguar el ardor propio pero comunicarlo a la amada. Era una música que procuraba adormecer. Y predominó por largos años en México. Muchos crecimos oyendo los boleros en la radio. Aunque mucho antes del rock ya se había pensado en una música que en vez de anestesiar estimulara, creo que nunca había habido un intento tan radical, tan energético y libertario como el rock.
El mambo estaba en esa línea de estímulo. Devenido directamente del danzón ―incluso en algún momento se llamó neodanzón―, era una música muy contagiosa, con una gran dosis de energía, altamente bailable, muy alegre, cargada de lujuria y júbilo. Pero el mambo terminó siendo Dámaso Pérez Prado (https://www.youtube.com/watch?v=IFiZOXB5NPg).
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El Car'efoca, un genio musical

Después de él, un tocado por el dedo de Dios, con su muerte, el mambo se acabó. Antes, hubo notables efusiones. Baste recordar el swing, el charleston. Ritmos que los blancos gringos robaron descaradamente de los negros, para, como siempre, acumular dinero con el talento ajeno. No menos ocurrió con varias de las ramas del jazz, como el be-bop.
En Estados Unidos, para mediados del siglo XX, el blues tenía más de medio siglo existiendo en el sur de aquella nación. Era la música de los barrios negros, de la marginalidad, de los bares que suelen ser llamados “de mala muerte” y… los puertos.
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Nadie sabía, ni ellos, de su grandeza

¡Los puertos!, en donde los cargadores, negros, departían cada noche entre tragos de aguardiente en charlas de machos y música propia de plebeyos, con los marinos, blancos, ingleses principalmente, aunque también de otras naciones. Pero con los ingleses existía en común el idioma. Ahí los marinos ingleses, güerillos, se contaminaron de esa música diabólica llamada blues.
Blues significa tristeza, melancolía. El blue, azul, tiene esa connotación (https://www.youtube.com/watch?v=zUuZ3CZYwDc). Pero la tristeza sólo es una de las caras de la moneda. La otra tiene que ser, necesariamente, la alegría, la felicidad.
El blues contiene, de manera indefectible, un componente negro. Su textura es rasposa, aunque su paradójica suavidad lo hace muy fluido. El blues es, eminentemente, ritmo. Obedece y sigue a la vez los latidos del corazón. También a los de la marcha. El blues es ritmo cósmico. Porque todo ritmo real lo es. Por eso hay que coger escuchando blues. (Es uno de los consejos más sabios que me es dado regalar en esta vida en este mundo). El blues contiene vida y no menos contiene dolor. Pero, de nuevo, el dolor no puede ser si no hay placer. El blues es también regocijo y el más alto placer. La alegría, aunque no necesariamente, implica rapidez, velocidad, es lo contrario de la tristeza, la melancolía que son por naturaleza, la lentitud, el apagado sosiego. Así que el lento blues melancólico cambió su polaridad y visitó el otro extremo de su ámbito: ahí estaba la alegría; entonces adquirió velocidad y una alegría desbordante y terminó por ser llamado Rhythm and Blues.
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Chuck Berry, pionero del Rhythm and Blues. Un jefe

El rock nos llegó como aquella escena de la película Volver al futuro, en donde el protagonista, el chamaco este, chaparro, güerillo, famosísimo él, perdón, no recuerdo los nombres de personaje ni actor, digo, en aquella escena toca un fragmento de la inmensa rola Johnny B Goode y según la cinta, renueva el rock. Toca la pieza que él conocía en su tiempo de los 90, pero en los años 50 es inédita, sorprende a todos, incluso a los músicos, etcétera. O sea, nos da la indicación de que los güeros quisieran siempre seguir saqueando a los negros. Ahí nos estarían diciendo que Chuck Berry, según la película (https://www.youtube.com/watch?v=cQGCWf6azHY) habría plagiado al chaparrito aquel. Bueno.
Los negros de los puertos del occidente gringo mostraron los prodigios del blues y el Rhythm and Blues a los marinos ingleses. Éstos, a su vez, los llevaron a los puertos de la isla que es su patria. Allí algunos chicos, más bien vagos, sumamente rebeldes, inquietos y muy talentosos absorbieron esa música inspirada por el diablo y se convirtieron en la fuerza musical transformadora más grande de la historia. Habría que ver si alguna vez en el devenir de la humanidad sobre el planeta Tierra, algún tipo de música ha provocado tantos cambios en las sociedades como lo hizo el rock.
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Eric Clapton, Ginger Baker, Jack Bruce: The Cream. Monstruos del rock

Los gringos lo tuvieron en sus manos y, por su malvado racismo, no lo vieron o no quisieron verlo. Aunque los que tuvieron ojos sólo se dedicaron a saquearlo. Fue necesario que vinieran los Beatles, los Rolling Stones, los Kinks, los Animals, los Cream, los Deep Purple, et al, para que los gringos recibieran como un bofetón en la jeta lo que habían tenido por más de medio siglo: una música prodigiosa. Aquella música conquistó EU y luego el continente, luego se conjuntó con el fenómeno altamente enfermo de la guerra de Vietnam. Así se dio origen al fenómeno hippie y al tremendo auge de la música que ya para entonces había dejado de llamarse Rhythm and Blues y ahora se ostentaba como Rock and Roll: literalmente Sacudir y Rodar. ¡Sacúdete y Rueda!, chingá. En síntesis de lengua castellana entenderíamos ¡Revuélcate! Ése era, y no otro, el mensaje.
Y casi todo el mundo empezó a sacudirse y rodar. A revolcarse, pues.
(Recuerdo que en uno de los documentales en video que se hicieron sobre el gran festival de Woodstock, los chavos gringos que asistían se revolcaban en el lodo. Obedecían al mandato de rock and roll).

A México nos llegó el rock and roll a través de la radio comercial a mediados de los años 60 y lo castellanizaron como rocanrol. Había cosas más que interesantes. Hay que recordar a Los Locos del Ritmo, a Los Teen Tops, a Los Camisas Negras, a Johnny Laboriel y Los Rebeldes del Rock. Rolitas como Confidente de secundaria, El rock de la cárcel, La plaga, La hiedra venenosa, Aviéntense todos, Pólvora y algunas más. Este rocanrol era más o menos bastardo. Y estoy seguro que más. A largo plazo todas sus figuras se entregaron al comercialismo más nefasto. Lo que ellos hicieron, claro, apoyados por diversos tipos de comerciantes, fue traducir ―por completo ad libitum― las canciones de los rocanroleros gringos, fusilarse la música a lo bestia y darles una manita de gato en el arreglo musical.
Sin embargo y con todo lo que de negativo se pueda decir de ellos, en su momento fueron los encargados de dar a conocer el rocanrol en México. Y eso les dio de comer muy bien el resto de sus vidas. Y también abrió el camino a las manifestaciones del rock mucho más puro que surgieron en México.
Pocos años después aparecían en México bandas de rock como hongos. Por ahí andaban unos grupos que hacían aullar a las multitudes. La banda Peace and Love, los Bandido, La tinta Blanca, Los Dugs Dugs, Javier Bátiz, el decano del rock nacional que empezó llamándose Three Souls in my Mind, El Ritual
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Felipe Maldonado, Ricardo Ochoa, Ramón Torres, líderes de la banda Peace and Love. Pioneros del rock en México

(https://www.youtube.com/watch?v=rbIOJ7GjouQ), Enigma y otros.
Todos estos grupos, sin duda, se adelantaron a su época. Tanto musicalmente como en actitud. Eran chicos de enorme talento y osadía que no admitió límites. Se aventaron a crear un rock nacional, por más que lo hicieran bajo la tutela del idioma en que esa música naciera y no en su idioma. Pero sus creaciones eran, la mayoría, formidables.
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El Ritual, banda de rock.

Hubieran logrado cosas maravillosas. De hecho empezaron a hacerlo. La cuestión es que cuando el rock mexicano iba en un ascenso escandaloso e influía cada vez más en los jóvenes del momento, en Televisa, que en aquellos tiempos se llamaba Telesistema Mexicano, se propusieron hacer un gran festival de rock, imitando, como siempre, al gran festival que ocurriera en EU, el ya mencionado Woodstock. Ellos, en asociación con otras empresas, hacían un festival de carreras de carros en Avándaro. Era un festival sin duda pirrurris. Y creyeron que así sería el festival de rock.
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Avándaro. Gran música. Mucha mota. Libertad total.

Nunca pensaron en lo que habría de ocurrir. Le pusieron Festival de Rock y Ruedas de Avándaro y la pretensión era de plano elitista. No calculaban el tremendo frenesí que el rock ya había levantado entre los jóvenes, de hecho no tenían idea.
En el aire estaba el gran dolor de dos matanzas de los pútridos gobiernos priístas, la del año 68, perpetrada por el llamado Batallón Olimpia que asesinó a cientos (¿o miles?) de estudiantes en Tlatelolco y la de apenas tres meses antes, el 10 de junio de ese año, el 71, el grupo paramilitar Los Halcones, creado por Luis Echeverría y sus secuaces, habían asesinado a decenas (¿o cientos o miles?) de estudiantes en la avenida San Cosme, muy cerca del Casco de Santo Tomás. Con la puta maña del sucio gobierno criminal priísta de mentir de manera contumaz, enfermiza, por naturaleza, nunca se ha sabido cuántos muertos hubo en cada ocasión. Los más grandes crímenes del gobierno ―ahora hay que añadir el de Iguala contra los jóvenes estudiantes de Ayotzinapa― en el siglo XX y lo que va del XXI han sido contra jóvenes estudiantes. Los responsables son el agente de la CIA, Gustavo Díaz Ordaz, que era identificado como Litempo 2, por el 68; Luis Echeverría Álvarez, también agente de la CIA, éste estaba clasificado como Litempo 8, por el 71; Enrique Peña Nieto, aunque no es oficialmente agente gringo, actúa peor que si lo fuera, por el crimen en Iguala, el 2015 contra los estudiantes de Ayotzinapa.
Asesinatos horrendos que la mezquindad, la pequeñez humana y la podredumbre interior llevaron a los gobiernos a perpetrar. Eso, sin duda, llevábamos cargando a Avándaro.
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Litempo 2, Litempo 8, agentes de la CIA, "presidentes" de México

Aquello fue convocado para el 11 de septiembre de 1971. Nos asombra la operación matemática que nos da como resultado que ya casi tiene medio siglo el festival de Avándaro.
La banda rocanrolera en pleno se puso en marcha para Valle de Bravo, donde está Avándaro, un lugar del que casi nadie había tenido noticia antes.
Mi hermano Juan y yo decidimos que iríamos a Avándaro no importando dónde se encontrara tal pueblo.
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Se volvió un festival popular. Ergo fracasó como de élite pirrurresca

No tengo idea de dónde juntamos dinero. Yo tenía 20 años y mi hermano 17. En esos días yo era boxeador. Tenía diarios y bárbaros entrenamientos en el Gimnasio Avenida que estaba en la que entonces era llamada avenida San Juan de Letrán, entre Doctor Arce y Doctor Balmis. Eran bárbaros por dos motivos. Uno, porque eran extenuantes, cada día terminaba exhausto. Entrenaba más o menos dos horas diarias a medio día, pero antes, en la mañanita había corrido aproximadamente media hora o 45 minutos. Todos los días estaba mortalmente fatigado. Y, Dos. Porque con frecuencia harta tenía que sostener unas brutales batallas lo bueno es que eran de “entrenamiento” contra tremendos peleadores (Famoso Gómez, Rogelio Lara, Ray Vega, ¡Mantequilla Nápoles!, etc.) A veces no asistía al gimnasio porque no tenía dinero para pagar. Mientras juntaba el dinero me dedicaba a la vagancia o a veces trabajaba con mi padre.
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Valle de Bravo y Avándaro, refugio de políticos rateros

En la época de Avándaro juntamos dinero entre Juan y yo. Éramos dos verdaderos fanáticos del rock. Cuando tuvimos lo suficiente nos lanzamos a investigar donde diablos salían camiones para ese pueblo del que jamás habíamos oído hablar. Averiguamos que era en Valle de Bravo, que había una laguna que decían era muy bella y que era refugio de políticos rateros donde habían construido casas que valen 100 o 150 veces más que ellos. Llegamos a la terminal y nos extrañó que había demasiada gente viajando para Avándaro. Pero eso, ni mucho más dificultades nos hubieran arredrado. Llegamos a Avándaro el 11 de septiembre quizá a eso de las 10 u 11 de la mañana. Miles de chamacos de catadura muy similar a la nuestra se movían a pie para llegar al lugar, que está a un costado de la laguna de Valle de Bravo. Esto se encuentra al sur-occidente de la Ciudad de México. Hay que pasar la elevación de Toluca y el volcán llamado el Nevado de ídem. Poco antes de llegar a los límites del Estado de México con Michoacán está Valle de Bravo y pegadito, el pueblo de Avándaro.
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Ya viejo y Pterocles aún rompe madres. Y hay quien busca

Dos años antes había estado por esos lares. En el año de 1969 había ido a pelear a Zitácuaro, Michoacán con resultados más que deplorables que están narrados en la crónica de Peleas que realicé antes que de la muerte vaya a llegar hasta mí y nunca, nadie llegue a saber que fui boxeador. Aquella pelea fue en Zitácuaro, Michoacán; ciudad que está de Avándaro a una distancia similar a la que hay entre ésta y Toluca.
Avándaro es un paraíso: vegetación abundantísima, de sierra, frío delicioso, sol fecundo, vida en colores y formas múltiples, gente sencilla y buena. El festival se llamaba de Rock y Ruedas porque estaba planeada una carrera de automóviles y después los fresitas que asistirían ―en sus correspondientes coches― a ver la carrera, se dirigieran a uno de los pequeños valles que están (¿o estaban?, las cosas han cambiado tanto en estos 47 años) próximos al pueblo. Pero la gente que llegó a Avándaro superó incluso a la más enfebrecida imaginación. El festival tuvo tanto éxito que como proyecto para producir dinero se destruyó a sí mismo. La demasiada gente lo convirtió en un acto popular y ajeno al negocio.
Aunque habíamos llegado temprano al concierto, notamos que muchos nos habían ganado y con creces. Sin duda había chamacos que estaban en el sitio al menos desde un día antes. Llegamos a buscar un buen lugar para observar a las bandas rockeras.
Los que ya estaban habían colocado casas de campaña, los de varo, y armadijos con palos y mantas los de la plebe. Las clases sociales estaban totalmente revueltas. Sin duda un muy alto porcentaje de la gente eran estudiantes y jóvenes era más del 99 por ciento.
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Avándaro, la odisea

Llegamos a apartar lugar. Hicimos una improvisación de casa de campaña con una lona a rayas que traíamos. La pusimos sostenida con cuerdas y mecates que no sé donde conseguimos sobre unos palos que nos apropiamos de las inmediaciones. Una vez que vimos que el ambiente era de confianza y gran camaradería con todo el mundo, no sólo con nuestros vecinos, dejamos nuestro equipaje, las sendas mochilas, en la provisoria casa de campaña y nos fuimos a dar un rol. Fue muy sorprendente ver que las muchachas andaban casi desnudas en el río que estaba muy cerca del valle designado para el concierto. Pudimos ver chichi casi hasta el hastío y nalguitas no tanto, pero ni falta que hacía. Las muchachas se portaban con una naturalidad que nos asombró y nos fue más que agradable. En la media tarde había un generoso sol. Luego el lugar se fue nublando, de tal manera que en algún momento hubo que colocarse debajo de la precaria casa de lona. Había no lluvia, pero sí una finísima brisa bien fría. La gente fumaba mota en cantidades que nunca habíamos visto en nuestras cortas vidas. Alguien llegó a pedirnos mota con la frase hecha que inquiría “Conéctenme, carnales”. Yo bromeé como boxeador, no se lo dije a él, pero luego lo diría a muchos, que le hubiera dicho “¿Qué prefieres, un gancho al hígado o un óper en el mero hocico?”. En algún momento, antes de que aquello se pusiera tan frío como para acurrucarse, encontramos a unos periodistas que fotografiaban al personal con singular fruición. A mí me pareció que tomaban a los más extravagantes, que, sin duda, los había. Muchachos con melenas más que espectaculares y pensé que los fotografiaban para morbo de aquella sociedad gazmoña e hipócrita. No faltaban los (y pocas las) que se movían entre la gente totalmente desnudos sin que nadie se escandalizara. Por eso tanto a Juan como a mí nos extrañó que le hicieran tanto ruido a la famosa “Encuerada de Avándaro”. Nosotros vimos muchas más encueradas que pasaron sin fama por el festival y que nos dejaron ver mucho más belleza que sólo las chichis y el calzón, como lo hizo Alma Rosa González López, la célebre Encuerada de Avándaro que hasta mereció una rola de Alex Lora. Lo cual indica que no importa lo que hagas; no importará, a menos que lo hagas ―y lo des a conocer― en el momento y el lugar más apropiados.
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Los hipócritas se expresan

Hubo camaradas que a eso de las cuatro de la tarde, bajo la brisa crispante y helada de Avándaro se pusieron una peda monstruosa o bien los que estaban tan pachecos y/o cruzados que a partir de ese momento se la pasaron dormidos.
Alguien tuvo la idea de alivianar a los que ya andaban en el fuerte pasón. Pusieron a un gurú, que no era otro que Carlos Baca, a que enseñara algunos trucos de yoga a la gente para que se alivianaran, palabra muy de moda por entonces, que despertaran los que todavía estaban en condiciones de hacerlo, el encargado de la sesión, Carlos Baca, era un periodista que yo leía con frecuencia en una revista llamada México Canta. Por cierto, en la columna de Carlos Baca encontré la recomendación para leer un libro que me dio luces para el resto de mi vida, Summerhill, un punto de vista radical sobre la educación de los niños del profesor inglés Alexander Sutherland Neill. Baca nos pidió que nos pusiéramos sentados con las piernas recogidas, casi como en flor de loto. Nos pidió que respirásemos tan profundo como nos fuera posible y, luego de resistir al máximo, al soltar el aire apretáramos el culo e inevitablemente también el sexo. Así lo hice y noté que ciertamente algo pasaba en mí. Sí, me sentía más despierto. En un programa de Canal 22 para celebrar los 43 años de Avándaro (2013), invitaron a charlar sobre el festival a varios de los participantes u organizadores del festival. Ahí estuvo Luis de Llano Macedo dejándose ver de cuerpo entero como lo que siempre ha sido: un sujeto altamente dañino para la cultura mexicana, para el rock y para el país en general. El señorito dijo que en aquella ocasión Carlos Baca nos había dicho que respiráramos profundamente y que nos metiéramos un dedo en el culo. ¡Así lo dijo! Declaración que lo retrata de cuerpo entero, es decir, así ha pasado toda su vida, difundiendo la mentira, la ignorancia, su propia estupidez y banalidad desde el gran putero en todas sus variantes posibles y que es además cártel de las drogas que se llama Televisa.
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Alex Lora, Charlie Hauptvogel, Ernesto de León. Grupo Three Souls in my Mind, 1968

Pero dejemos a un lado temas tan excrementicios como el citado personaje y regresemos a Avándaro. Después de Carlos Baca y sus consejos yoguísticos, se presentó muy precariamente un grupo de teatro que hicieron algunas partes de la ópera-rock Tommy, de los Who, en versión mexicana. Nadie les hizo caso. Creo que no había sonido y aquello sólo pudieron verlo los que estaban muy próximos al escenario. Empezó la música ya tarde, cuando ya iba cayendo la noche. Si no mal recuerdo los abridores fueron una banda que se llamaba La Ley de Herodes. El asunto empezó a prender no mucho después, pero al principio, desfilaron Zafiro, La sociedad anónima, Soul masters, La fachada de piedra. Lo cual significa que la gente no les prestó demasiada atención, no levantaron el ánimo de los presentes.
Sólo hasta que serían las ocho o quizá las nueve de la noche cuando empezó el rock de verdad y la respuesta del público con los Dug Dug’s. Después tocó una banda llamada El epílogo y el gran ambiente se hizo sentir cuando tocaron La división del norte y luego Tequila. La gente respondió muy bien a las intervenciones de estas bandas. Pero no habíamos llegado al clímax, mucho menos a la locura. Pero llegó Peace and Love, una de las bandas más esperadas y muy cerca ya de convertirse en ídolos de la gente del rock.
Peace and Love prendió al público como no lo había logrado nadie hasta aquel momento. Recuerdo que tocaron una memoria para los que se han ido o algo así. Estaban muy recientes las muertes de Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones. Interpretaron el tema de su banda, Peace and Love y todos enloquecimos aquella rola maravillosa que se llamaba Sentimiento Latino (https://www.youtube.com/watch?v=ERLhOtE_Ekg&t=1618s). Fue cuando tocaba esta banda el momento que aprovechó Alma Rosa González para colarse a la historia por lo menos del rocanrol y ser a partir de tal momento La Encuerada de Avándaro.
Cuando tocó Peace and Love realmente fuimos transfundidos por el espíritu de la rebeldía, por la alegría inconforme y la auténtica libertad. Si había habido tanta mota, si habíamos caminado kilómetros para llegar ahí, si el gobierno nos había asesinado a amigos, condiscípulos, hermanos y familiares, ahí nos estábamos redimiendo. Avándaro era el espacio libre de América. Unos minutos de la máxima libertad, cómo chingaos no se iba a poder. Contra el gobierno asesino y ratero, contra el sistema, contra nuestros padres que, o bien no entendían (¿cómo iban a entender?) o bien condenaban a los jóvenes por no adaptarse al mundo que ellos habían creado, por no ser simples, humildes, trabajar con honestidad y cumplir con lo que Dios y el gobierno tenían para ellos en su vida. Los chavos de aquel momento exigían que el mundo fuera otro, que no era posible vivir bajo una dictadura de criminales, que había otras posibilidades: ¿cuáles? Precisamente ésas que se ofrecían ahí que no eran poca cosa, una gran música, una actitud libérrima ante el mundo, la creatividad y el ímpetu juvenil. La desconfianza, la miseria del gobierno, su mezquindad cósmica, su no menos inmensa estupidez nos tenían arrinconados y Avándaro era nuestro gran grito de libertad.
Cuando Peace and Love entonó la rola histórica We got the power, los agentes de la siniestra Dirección Federal de Seguridad redactarían un informe paranoico y esquizofrénico y criminal diciendo que aquellos mozalbetes se preparaban ―desde el rocanrol, tocándolo, claro― para arrebatar el poder a la banda criminal que eran ellos y todos aquéllos de quienes eran subordinados.
Ante tal informe del movimiento del rocanrol mexicano de aquel momento el agente de la CIA, Litempo 2, Gustavo Díaz Ordaz y luego el también agente de la CIA, Litempo 8, Luis Echeverría Álvarez habrán dilucidado con su deslumbrante intelecto: “Estos muchachos que tocan esa música del Diablo son terriblemente peligrosos para nosotros, para el gobierno. Con su paz y amor van a subvertir el orden que vivimos y la legalidad que nos hemos dado. Hay que destruirlos. Basta con que no tengan donde tocar, en que trabajar, que no estén bien en ninguna parte. Esa música enferma que se llama rocanrol o rock, está desde este momento prohibida”. Lo harían cada uno con sus matices que no se exploran en este texto, porque esa lamentable categoría de seres humanos no lo merece.
La banda Peace and Love condujo el festival de Avándaro a su más alto momento. Éramos 300 mil chamacos que habíamos enloquecido con la música de esta banda, a punta de trompetas, saxofones, trombones, guitarras, batería y “bongos, combos, congas and all de rhythm section”, decía su rola, nos habían sacado del mundo tan miserable que vivíamos. Nos había brindado el divino espectáculo de la encuerada de Avándaro (y muchas encueradas más que la historia no registra, es decir, una nueva y diferente, rebelde, lujuriosa, actitud de las mujeres. Actitud que en aquellos tiempos se consideraba pervertida e incluso demoníaca) y además una música que puso a bailar a deshoras de la madrugada, en medio de la sierra llena de niebla, lejos de casita y en un pueblo que tres días antes nadie había oído mentar y a unos dos grados de temperatura, por lo menos a unos 150 mil muchachos de los que estábamos en el festival. Incluyendo a Alma Rosa González. Los otros 150 mil se permitieron echar güeva, estar tan pedos y motos que era imposible que se pusieran a bailar o bien, no pocos tenían el privilegio de coger dentro de sus casas de campaña o a la intemperie.
Las cuatro chicas de Dum Dum Girls este año en Coachella
Banda de rock Dum Dum Girls. Este es otro mundo

El mundo había cambiado. Era el año 1971 y el gobierno había tenido que asesinar bestialmente a miles de muchachos en las calles por el delito nefando de pedir un poco, un mínimo de democracia. Un mínimo de falta de hipocresía pues México tenía leyes maravillosas, pero la situación era inaceptable. El autoritarismo era una asquerosa costumbre. El machismo se respiraba y nadie, ni siquiera las mujeres, se daba cuenta de que a ellas les iba de la recontrachingada en la vida. El país era una porquería de injusticia y corrupción. Millones pagaban con sus sufrimientos y carencias la vida de lujos de una minoría que siempre ha demostrado estar podrida.
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Condenados a muerte (profesional)

Los músicos que tocaban rocanrol no disputaron jamás el poder. Ni lo hubieran hecho. Eran casi tan jóvenes e inexpertos en temas de gobierno como todos los chicos que bailaban y gritaban con Peace and Love. Lo único que se deseaba y se necesitaba era un poco de libertad. Un poco de rocanrol. Pero el gobierno estaba enloquecido. En los años siguientes el régimen criminal de Luis Echeverría se dedicó a perseguir, censurar, prohibir y destruir toda manifestación rocanrolera en México. (Por cierto, muchos músicos de aquellos tiempos le echan la culpa a Ricardo Ochoa, guitarrista, flautista y compositor de Peace and Love de, ni más ni menos, que él fue el culpable de la persecución contra el rock por parte del gobierno. Porque cuando tocaron We got the power, con su estribillo en español “Tenemos el poder” y luego con su grito de “Chingue su madre el que no cante”, además, al final de su participación la interpretación de su rola Mariguana (https://www.youtube.com/watch?v=zFBsMJvK9ko): “I like mariguana, you like mariguana, we like mariguana too”, provocó la locura, la paranoia del gobierno, como si de ahí nos fuéramos a levantar para ir a tomar el Palacio Nacional). Y así tiraron por la borda una manifestación artística muy valiosa, desgraciaron la existencia de una gran cantidad de muchachos muy talentosos y que habían logrado prodigios de creación en música, retrasaron lo que iba a ser y fue, el despertar de una generación y ellos se fueron a la mierda, como lo dijo Fernando del Paso en su monumental novela Palinuro de México en aquel inolvidable capítulo que se titula Palinuro en la escalera.
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El más grande novelista mexicano en vida. Fernando del Paso y una de sus novelas, Palinuro de México

Oímos a Peace and Love hasta que terminó. En ese momento alguien se puso a decir que el gobierno del señor presidente Luis Echeverría había decidido enviar a Avándaro pinche-cientos camiones ―que por supuesto no alcanzaban para toda la banda― para que nos regresáramos gratis al DF. Entonces mi hermano Juan y yo gritamos “¡Que chingue a su madre!” y un buen número de chicos nos secundaron en la mentada presidencial.
Luego tocó El Ritual, otra banda muy decente que también logró prender al irrespetuoso-respetable. Le dije a mi hermano que convenía que nos fuéramos moviendo, que ya habíamos visto a lo mejor del festival y que nos fuéramos alejando para irnos antes que nadie. Pues estuvo de acuerdo. No lo hubiera hecho, fue un craso error. Empezamos a recoger mientras oíamos a Bandido, un excelente grupo de rock que se acompañaba de metales y tenían creaciones realmente sorprendentes (https://www.youtube.com/watch?v=XcOxvL3Nc_M).
Otra de las bandas que consiguió la efervescencia de los decenas de miles en Avándaro fue la banda La tinta blanca. Si los Peace and Love enloquecieron a la gente, la Tinta se llevó otra parte de la noche con el himno del gran festival de Avándaro. Una rola cargada de gran fuerza, mucha ingenuidad y candor y no menos calidad (https://www.youtube.com/watch?v=lVKPDtl5c1E), una hermosísima rola.
Sergio, Keko, Figueroa y
Tomás
  Pacheco, de Tinta Blanca

Alcanzamos a escuchar a La tinta blanca y salimos lentamente de entre la gran muchedumbre en la gran oscuridad. Cuando salimos de la gran acumulación de gente encontramos soldados. ¡Soldados! Uniformados, mariguanos, charlaban con los melenudos y, sin ninguna duda, intercambiaban mariguana, compartían el toque. Mi hermano y yo caminamos entre lugares con lodazales. En una de esas Juan se cayó y se cortó con un vidrio de caguama entre la palma de la mano y la muñeca. Puta madre. Mi hermanito sangraba profusamente. Me asusté. Nos pusimos a buscar los servicios médicos. Luego de un rato los encontramos. Vi como cosieron a Juan de la mano y lo hicieron en vivo y a todo color. Lo que quiero decir es que no usaron anestesia. Yo veía como lo hacían y no pude soportarlo. Me dio el suspitajo. Me mareé y estuve a punto de caer al suelo.
La herida de mi hermano se volvió un imperativo agente de apresuramiento para salir de ahí y llegar a casita tan pronto como fuera posible. Así que, en la gran oscuridad, con Juan herido nos decidimos a avanzar hacia el pueblo y buscar el primer camión que saliera a México.
Y caminamos. Caminamos. Seguimos caminando. Nos amaneció caminando. Y no llegábamos a ningún lado. ¡Estábamos perdidos en la sierra! Caminamos todo el día siguiente. Luchamos contra la maleza que a veces se mostraba cerrada sin camino posible. Nos detuvimos a comer latas de atún con pan. Tomábamos agua de los arroyos y seguíamos caminando. Así todo el día.

En la tarde preguntamos y, derrotados, con una fatiga indecible, decidimos regresar al sitio del concierto. Ya era de noche cuando logramos que un camión nos levantara y nos trajese a nuestra ciudad a la que fuimos llegando quizá a las dos de la mañana ya del 13 de septiembre. Juan se bajó del camión y vio que yo no estaba con él. Se fue a la casa caminando. Yo me había quedado dormido como una roca en la parte de atrás, donde va el motor, de un camión. En algún momento el chofer, que ya iba de regreso a Avándaro a rescatar a más retrasados, me descubrió y, enojado, me despertó y me bajó de su vehículo. Estábamos en Reforma, al final de esa avenida. Me bajé con un desconcierto tal que parecía recién llegado al mundo. Caminé unas tres horas para llegar a mi casa con la idea de regresar a Avándaro al día siguiente para buscar a mi hermano.
Pero cuando llegué a la casa amaneciendo ahí estaba Juan, bien dormido, alabado sea el cielo. Mi hermanito Juan guarda en su mano la cicatriz de la herida de Avándaro. Yo, nada. Bueno, ahora estas letras.