domingo, 27 de agosto de 2017

Treinta y tres


Treinta y tres



Pterocles Arenarius

La edad del Cristo azul se me acongoja
porque Mahoma me sigue tiñendo
verde el espíritu y la carne roja,
y los talla, el beduino y a la hurí,
como una esmeralda en un rubí.

Yo querría gustar del caldo de habas,
mas en la infinidad de mi deseo
se suspenden las sílfides que veo
como en la conservera las guayabas.
(…)

Me asfixia, en una dualidad funesta,
Ligia, la mártir de pestaña enhiesta,
y de Zoraida la grupa bisiesta.

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Una cúspide de la poesía


En segundo de secundaria le eché unas ganas a la escuela como nunca en mi vida. Pero reprobé cuatro materias. Me dieron mis calificaciones y hubiera querido telefonear a mi casa para que instalaran una horca y llegandito me colgaran. Pero no teníamos teléfono en casa. Iba por la calle llorando con la puta boleta que marcaba en números rojos las materias reprobadas. Era, por cierto, la Prevocacional Uno, escuela del Instituto Politécnico Nacional que estaba en José Joaquín Herrera y Ferrocarril de Cintura, en el barrio bravo de la colonia Morelos..

Uno de mis compañeros de grupo, que, por supuesto, me conocía bien, le dijo a otros: “Qué mala onda, lo reprobaron en cuatro materias; es una injusticia… era el más aplicado de los burros”.

La secundaria fue una hecatombe para mí. La terminé con cuatro materias reprobadas. Y me alejé de la escuela. Vino el conflicto de 1968 y nuestra Prevo Uno fue tomada por el ejército. Recuerdo que iba a ver cuándo se reiniciaban las clases ―yo era un escuincle altamente pendejo― y me asombró que había soldados adentro de la escuela. Era obsceno. Se cagaban sobre los escritorios. Encontramos revistas gringas con fotos de mujeres que enseñaban el sexo de una forma descarada, lo cual, en aquellos años, sin exageraciones, era peor que ver al diablo por un agujero. Hoy puedes ver sexos de mujer o de hombre sin problemas casi en cualquier página de internet y, lo peor, en acción.

El año de 1968 fue un trauma de muchas maneras para los que estudiábamos en aquellos entonces. Sin escuela, es decir, sin papeles que avalaran que, aunque debía cuatro materias, había terminado la secundaria, sin edad para trabajar, sin influencias en este mundo y con cuatro materias reprobadas que me escocían el alma, me dediqué a la vagancia. A qué más. Era un nini. Palabra que, en aquellos tiempos, no existía.

Pero mi papá trabajaba como constructor. Llegó a volverse contratista. Y me llevó a trabajar con él para que no anduviera nomás de vago. ¿Qué podía hacer si no convertirme en un ayudante de peón?

Hasta abajo en la jerarquía de los que trabajan construyendo. Pero fui ascendiendo. Muy lentamente, pero lo hice. Eran unas chingas de espanto. Cuando no estaba quemado tenía una raspadura grave si no es que me había torcido un tobillo o me dolían los músculos de tanto golpear con el martillo y el cincel y tenía manos de hombre… maltratado. Así que un día le dije a mi padre:

―Oye, pa, ¿qué no habrá chance de que me eches la mano para meterme a estudiar otra vez?

―Ah, qué m'hijo tan menso… Yo esperaba que me lo dijeras hace como cuatro años. Ándele pues, nada más vas a trabajar medio día. Para que vayas a la escuela, m'hijo. ―Y así empecé a procurar el regreso a la
El maestro Ortega. Padre mío.
escuela. Procurarlo, porque no tenía papeles. Los soldados además de cagarse en los escritorios, habían volcado los archivos por el piso de las oficinas.

Un día estaba esmerilando unas piezas de herrería. Por alguna razón no me puse protección en los ojos y las rebabas que emitía aquella máquina esmeriladora que hacía un ruido infernal me entraron en los ojos. Con el ojo izquierdo veía un poco. Con el derecho no veía nada. Y me parcharon el izquierdo. Había ido con un oculista y ese pobre hombre diagnosticó que tenía una grave infección en los ojos por más que le dije que sólo me habían entrado rebabas. Fui con otro y me sacó de los ojos aquellos peligrosos residuos metálicos usando una de sus tarjetas de presentación. Luego me puso un parche en el ojo izquierdo, el que veía. Así que casi ciego, ese mismo día fui a la escuela por mis papeles. Un hombre que había sido mi profesor en los tiempos antes del 68 era el director de la Prevo Uno. Más bien vagamente me reconoció. Pero se portó tan amable que no lo podía creer y me dijo, “Mira, m'hijo, esto está de la chingada; los archivos están hechos un soberano desmadre. Ve con este señor que tiene la llave y a ver qué puedes hacer. Si los encuentras que te entreguen ahorita las copias que quieras. Bueno y ¿qué te pasó en los ojos, por el amor de Dios?”. Le conté mi aventura de esmeril. Me dio un cálido apretón de manos y un dulce abrazo de macho a macho. Fui a un salón que estaba lleno de cárdex de piso a techo. Un soberano desmadre se quedaba corto para calificar aquello. Dije puuuuta, va a estar cabrón que encuentre mis papeles. Y además ¡casi no veía! Pero como los milagros existen ocurrió uno. Luego de un par de vueltas al gigantesco montón de papeles, con el ojo que no veía, atisbé una esquinita de un cárdex que sobresalía hasta abajo de la montaña de documentos. Dije ay, no mames, creo que esa foto es mía. Me agaché, con cuidado jalé el documento y, aun enceguecido descubrí que ¡era mi foto! Un puto milagro. Me entregaron mis documentos aquella noche. Con ellos regresé a la secundaria, a la nocturna. Debido al trauma por mi fracaso estudiantil que no me dejaba vivir, me volví un estudiante modelo. No quería volver a la espantosa circunstancia de ser “el más aplicado de los burros”. Y descubrí que ser un gran estudiante era asombrosa e inexplicablemente sencillo. Y en este momento les voy a compartir el secreto. Bastaba con estudiar, por mi cuenta, aparte de entrar a clases, un pinche par de horas todos los días. Así de sencillo.

Y salí muy bien de la secundaria y entré, luego de salvar esa brutalidad, ese obstáculo infame, esa chingadera que se llama examen de admisión, a la Vocacional Wilfrido Massieu, en el Casco de Santo Tomás. Y estuve, los tres años, entre los estudiantes mejor calificados de la Wili Mays. Me había transformado, del más aplicado de los burros en el más aplicado de todos. En los ocho años que no asistiera a la escuela no perdí el tiempo, había leído mucho, de literatura, no tan poquito de marxismo, algo de psicología, una embarradita de artes plásticas, historia, música clásica, hasta acercamientos a la filosofía, etcétera. Pero además había aprendido a boxear bastante bien (por supuesto a punta de brutales madrizas arriba del ring) y había sostenido ocho peleas. Gané cinco, todas por nocaut; perdí dos, una de ellas por nocaut y empaté una.

Aquí tengo que anotar dos influencias determinantes para que regresara a la escuela. Una, sin duda, el apoyo de mi padre. Y la otra, el hecho de que mi novia, que después fuera mi esposa, madre de uno de los amores de mi vida, nuestra Violeta, ya estudiaba e iba a poco menos de la mitad de la carrera de medicina. Ella me impulsó y me ayudó de mil maneras a que regresara al estudio. Ella, que hoy ya no se encuentra en este mundo, ha sido el primer gran amor de mi vida, Lourdes Navarrete, la mamá de Violeta.
Violeta y Lourdes
 Terminé la vocacional con honores de excelencia. Y así llegué a estas instalaciones de la ESIA Zacatenco a estudiar ingeniería civil.
Pues bien, cuando estaba en sexto semestre de ingeniería civil, encontré una convocatoria que invitaba a escribir dos cuentos para concursar en el Premio Politécnico de Creación Literaria “Alaíde Foppa”. Acostumbrado a ser un estudiante sobresaliente en la vocacional, un mozalbete rebelde e intelectualito que demostraba a profesores y compañeros que tenía una formación extrapolitécnica humanística, artística, aparte de la formación técnica que forjaba en mis estudios. Bueno, pues con una soberbia bastante estúpida osé crear los dos cuentos que exigía aquella convocatoria y me dije “¿Quién mejor que yo puede escribir dos cuentos en todo este Instituto Politécnico por más Nacional que sea?”. Y con una suerte de principiante que nunca me he explicado ―¿o sería gracias a la tan estúpida soberbia?― gané el primer lugar. Aquí, en el Auditorio del Monumento al Queso me entregó el diploma Héctor Mayagoitia Domínguez, un científico que, además, fuera gobernador de Durango entre los años 73 y 79 del siglo pasado y que a la sazón era director del IPN. Estamos en el año de 1982. El mismo en que Gabriel García Márquez ganó el premio Nóbel de literatura.

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Alaíde Foppa, en una obra pictórica, con su familia.
  Un año antes me había casado con Lourdes, tres años después nacería Violeta, la amada. Terminé mis estudios y decidí que me iba a dedicar a escribir.

¡A escribir!

Claro, pues había ganado el Premio Politécnico de Creación Literaria.

“Estás pinche loco, ¿qué te pasa?” me dijeron con más que harta frecuencia. “¿Cómo vas a echar a perder veinte años de escuela, no inventes, ¡eres un ingeniero!, no puedes ponerte a hacer algo para lo que no estás preparado”. Pero había encontrado mi pasión. De hecho hasta creo que hubo una especie de pequeño brote sicótico, porque yo estaba enajenado por la literatura. Leía diariamente cinco o seis horas, escribía una o dos. Mi conversación siempre se dirigía hacia temas literarios y la gente me veía muy raro. La literatura no provocó mi divorcio de Lourdes. Pero sí tuvo algo que ver, porque hubo otros factores.

Y me puse a vivir solo, pero no dejé de escribir ni de leer. Ingresé en el taller de creación literaria que impartía aquí en el Politécnico el poeta Manuel Rodríguez Herrero. Con él perdí la inocencia. Piensen lo peor, porque la perdí en todos los sentidos. Luego, en 1985, como salí de la escuela un año antes, ingresé en el taller del maestro Edmundo Valadés, uno de los grandes cuentistas mexicanos y el más importante lector y antologador del género breve en México. Visité otros talleres como el de Sergio Mondragón, el de Jorge Arturo Ojeda y el de Juan Villoro, estos dos con nefastas experiencias.

Compilación de la obra de Manuel Rodríguez Herrero

Con el tiempo me hice guionista de televisión científica y educativa. Luego, periodista cultural. Pero nunca dejé de enseñar matemáticas. De semejante manera, así de triviales se pasaron de largo los treinta y tres años transcurridos hasta este momento. 33 número mágico, dirían los masones que por alguna razón veneran ese número.

Para finalizar tengo que decir que en estos treinta y tres años nuestra circunstancia ha cambiado de una manera lamentable en lo nacional y muy preocupante en lo planetario.

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Golpeado por Vargas Llosa
Las utopías que nos dieran ímpetu en los años 70 y 80 parecieran haber muerto. El planeta que nos da vida manteniéndose en un equilibrio que depende de decenas de milagros está en vilo. La contaminación y el cambio climático pueden llegar a convertirse en una real amenaza para la sobrevivencia humana. Y la situación está tan retorcida que el presidente del país más contaminante del mundo, un atrabiliario y enloquecido gringo racista se niega a aceptar incluso la evidencia de la contaminación.

En cuanto a mi país, tengo que decir que la situación se ha deteriorado hasta niveles que nunca antes habíamos visto. Es explicable. Con el PRI en el poder se entronizó la tradición de que, en su admirable democracia, el presidente en turno designaba a su sucesor. Este primer mandatario escogía siempre para su sucesor al más dócil que además demostrara las menores luces. En buen lenguaje digamos que el ungido era el más pendejo y el más lambiscón. Las razones son más que claras. Siempre han intentado mangonear al sucesor y también han procurado la precaución de colocar como presidente al más pendejo para que no fuera a meter a la cárcel a su antecesor que lo dejara en el poder. Porque todos han robado.
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Mi general Lázaro Cárdenas departiendo con el pueblo.
Todos los gobiernos mexicanos (con la sola excepción del sexenio de 1934-1940, con presidente de México mi general Lázaro Cárdenas, creador y fundador del Politécnico) todos los demás gobiernos han saqueado al erario de una manera salvaje. Sin embargo, es mi obligación decir que nunca habían robado tanto como en este sexenio, nunca habíamos tenido un gobierno tan ratero como el de estos momentos.

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El conde Tolstoi
León Tolstoi, el conde ruso, el gran escritor, dijo que “Si un gobierno no se constituye para el bien de sus gobernados, termina convertido en un grupo de malhechores”. No hay diagnóstico más fiel para el gobierno actual. Y estos malhechores para justificarse ante el pueblo que asaltan pues mienten de manera sistemática. Hay muchos sedicentes periodistas que les creen. Lo hacen porque reciben parte del dinero malhabido. Pero hay otros que no aceptan sus mentiras. A ésos los asesinan, los desaparecen, los meten a la cárcel o los expulsan del país con amenazas. Esto se llama corrupción. Hoy México es uno de los países más corruptos del mundo.

La peor consecuencia de la corrupción es que somos el país de la más bárbara desigualdad. El uno por ciento de los más acaudalados se apropia del 33 por ciento de la riqueza que producimos todos. Mientras el quince por ciento más pobre tiene que conformarse con el cinco por ciento de los bienes que se generan. Sostenemos a 30 sujetos que están entre los más ricos del mundo y al mismo tiempo hay 20 millones de mexicanos que viven a la orillita de la hambruna y sus hijos padecen secuelas que no les permitirán ni siquiera ser personas con una inteligencia normal. Esto es un crimen. Y también es el desequilibrio extremo. Y por razón de ley física natural, lo que no tiene equilibrio se cae.

Recuerdo que la historia nos dice que en la decadencia del imperio romano llegaron al poder supremo sujetos borrachos, degenerados, locos, criminales, enfermos mentales, ladrones todos. ¿Se parece en algo a la circunstancia mexicana?

Bueno, les contaba los porqués de haberme vuelto escritor luego de ser graduado ingeniero. La manera en que mi país se ha degradado tanto y tan dolorosamente en estos 33 años, mientras yo me dedicaba a escribir, a enseñar matemáticas y a publicar estos libros.

Hoy regreso a Zacatenco, al Poli, mi alma mater a decirle que, aunque no construí en tabique ni mampostería, lo hice en mi alma, en el arte. Vengo como escritor y, salvando las estaturas, digo como el amado ruso Fedor Dostoyevski que, además de escritor, soy ex ingeniero.

Este libro, Fiestas, es una recapitulación de s de treinta años de practicar el cuento. Por fortuna he publicado relativamente poco en estos 33 años alejado de mi alma mater. Eso me permitió que este libro sea una especie de antología personal, escogí con un ojo ya experimentado sólo los mejores cuentos de mi vida para este volumen. Así, este momento es, para mí, trascendental, de muchas y tremendas emociones, porque es como decirle a mi querida escuela que, aunque no me apliqué a construir lo que me enseñaron mucho más mal que bien, aunque con honrosas excepciones. Lo que sigue tengo que decirlo. Me traicionaría si no lo hiciera. Todos saben que el escritor siempre miente. Pero lo hace para decir la verdad. Continúo. En el Poli de los años 80 había mucha corrupción. Yo no sé cómo estén ahora, pero me imagino. Los funcionarios de aquellos tiempos se robaban el dinero, mantenían porros que pagaban en nómina; delincuentes que llegaron a asesinar estudiantes, a violar alumnas de nuestras escuelas. Con gran frecuencia había marchas, pleitos con los porros, paros de clases. Los miembros del Comité de Lucha siempre estábamos saloneando para denunciar, para defendernos. A pesar de eso sí construí en muchos sentidos aunque no fuera con los materiales y las técnicas que, a pesar de todo, aprendí aquí.

Los cuentos de Fiestas tienen estructura, acumulan tensión, intensidad narrativa, no olvidan la risa ni el erotismo y, creo, lo más importante, son un retrato de un alma humana, independientemente de lo que los valores estéticos, la filosofía del arte propongan, creo que plasmar en el papel lo más profundo de sí mismo es la única obligación del verdadero artista. Y, además, todos tratan de la fiesta, o al menos la contienen entre sus peripecias. Es esto lo que al final aprendí aquí, en Zacatenco.
El Fiestas, Pterocles, la Feria

Siempre he pensado que estamos en este mundo para procurar la trascendencia. Lo que se ha llamado el hambre de infinito. Muy en lo general, creo que son dos los ámbitos en que se hace tal búsqueda: la creación o el poder.

Yo no creo en Dios. O al menos no como cree la mayoría de la gente. Pero concibo que el hombre que se dedica a la creación se aproxima a la divinidad o si quieren díganle al creador. El otro modo de buscar la trascendencia es cuando se procura la acumulación de poder. El que trata de colocarse por encima del resto de los humanos, sus congéneres. Lo hemos dicho ya. El que busca el poder y no lo hace para servir a los demás es un maleante o incluso un criminal.

En estos seis libros está la justificación de no haber sido un ingeniero desgraciado. Hoy soy un viejo escritor iracundo, rabioso, inconforme con la circunstancia de mi país. Pero, paradójicamente, al mismo tiempo, soy un hombre dionisíaco, un sibarita, un descomunal amador, un creador que goza en exceso de vivir. Estoy convencido de que sólo la educación, el arte, la consciencia puede salvarnos como nación. Pero antes que eso y que nada, todos tienen que tener lo suficiente para comer. Nadie va a entender el arte vanguardista ni las ecuaciones diferenciales con el estómago vacío.

El arte es la suprema libertad o no es nada. Los invito a que hagamos de nuestras vidas eso, una obra de arte. A que practiquen el más sencillo, sabio y antiguo de los consejos “Haz lo que quieras. Sin dañar a nadie”.

Mientras desde el poder están empeñados en convertir a esto en un infierno, nosotros tenemos que hacer pequeños paraísos a nuestro alrededor, de libertad, de amor, de creación. Tal es la salvación. Lo otro es la condena. Muchas gracias por su atención. Salud.

viernes, 28 de julio de 2017

No es que invite al latrocinio


No es que invite al latrocinio


Pterocles Arenarius

¿Quién que es no ha robado libros?
Con tristeza sé que son pocos, abundan los que no han robado libros. La gente que no lee, la gran mayoría de las personas que habitan mi país no lee. Si se me permite exagerar, capaz que es un 80 por ciento de los 120 millones de mexicanos que no leen de manera habitual. Entre ellos inclúyase al pobre hombre que dice gobernar a México.
Pero entre la gente que lee, ésos que provocan que aumente el promedio de libros leídos por habitante al año en México, los que se leen entre 60 a 100 libros por año, mientras la gran mayoría no lee ni uno y un grupo mediano lee dos o tres por año. Bien, ésos, los grandes lectores, siempre han robado libros. Me consta.
Sé de un buen escritor tanto que permanece célebremente desconocido― que ha vivido de ser guionista de televisión, de enseñar literatura, de hacer corrección de estilo y hasta de galeras. Pero no menos ha sido desempleado.
Pues ese sujeto me confesó, al calor de tres o cuatro cubas libres, que un par de librerías del sur de la ciudad habían colaborado intensa y extensamente para su formación ―más o menos vasta aunque no tan profunda― tanto literaria como de cultura general.
Y me dijo, ya entrando en el territorio de la confesión, que había estado más de quince años sin comprarse un pantalón, que no había comprado zapatos en cierta época que se alargó por unos diez años ―este escritor contaba con múltiples familiares que le regalaban vestimenta y calzado―, que por las temporadas más duras había llegado a estar sin comer dos o tres días. Pues el inocente no tenía dinero para comprar comida. En algún momento tuvo que acudir al almacén antes llamado Aurrerá, hoy Walmart, a alimentarse de los productos ―quesos, embutidos, golosinas, etc.― que suelen ofrecerse al público como prueba para que se anime a comprarlos. Pero que nunca, en los últimos treinta y cinco años había estado sin leer, en ocasiones desafiando incluso la más negra pobreza.
Porque, me dijo, los últimos 35 años de su vida había estado leyendo a un ritmo promedio de 3.5 libros por semana. Demasiados. (Echándole lápiz surge la friolera de ¡6,370 libros!). Pero él dice que ese promedio es conservador, es decir, posiblemente haya leído más. ¿Y cómo le hizo si a veces no tenía dinero ni para comer? Porque para leer tanto hay que tener libros. Y para tener libros hay que tener dinero. Y los desempleados no tienen dinero. ¿Entonces, cómo?
Robando.
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Bibliocleptomanía, deporte poco practicado en México
Este cínico saqueó las librerías mencionadas durante unos quince años. Nunca lo atraparon. Me contó: “Dejé de robar porque una vez, mientras estábamos en una fiesta ahí en el sur de la ciudad, un amigo mío, ya más allá de lo convenientemente ebrio, me dijo que iba a la librería de en frente, porque había conocido a una chica muy linda y muy interesante y pensaba regalarle el I Ching de Richard Wilhelm con prólogo de Jung, en la lujosa edición que hizo la editorial Paidós. Se lo iba a robar.
Nos quedamos en la fiesta y, luego de unas cuatro horas, ya ebrios, preguntamos ¿y El Conejo? Pues se fue a robar el I Ching. ¿Y no ha regresado? Quién sabe, aquí no está. Y fuimos a preguntar por él.
Los policías de la librería nos dijeron que sí, lo habían atrapado. Era un güerito de pelo largo y barbitas, ¿no?, pues sí, lo agarramos, pero ya se fue.
“Después de otro rato encontramos al Conejo. Nos contó que lo sorprendieron, lo detuvieron, lo encerraron en un cuarto que tenían para tales casos. Lo golpearon. Lo insultaron. Lo zangolotearon jalándolo de su gran melena. Lo tuvieron unas tres horas maltratándolo, abofeteándolo y burlándose de él. En fin, un secuestro con tortura, malos tratos denigrantes e indignos. Precisamente como recomienda la ONU que no se debe hacer ni siquiera con los prisioneros de guerra. Además le quitaron su cartera y le robaron el dinero que costaba el libro pues no le dieron el famoso I Ching y así se lo advirtieron. Muy generosos, los policías, le dijeron que ellos no eran rateros, que sólo le quitarían el dinero que costaba el libro y le dejarían el resto de lo que traía. Además le indicaron que les diera las gracias porque no lo remitían al reclusorio por ratero.
“Policías prototipo. Ni hablar.
“Desde entonces ya no robo libros. Un día voy a caer y no quiero sufrir semejantes humillaciones”. Además, yo soy muy histérico en especial con la policía y si me llegaran a atrapar la cosa iría muy lejos y muy mal para mí” dijo.
La lectura

En este caso, un joven brasileño fue capturado luego de que se robara libros, pues sí, un día iba a ocurrir. La policía dijo de él que “sin duda tenía una afección sicológica”, incapacitados para entender a alguien que ama la lectura. https://elpais.com/internacional/2017/07/24/mundo_global/1500932775_590476.html?id_externo_rsoc=FB_CM
Los gobiernos de los países pobres deberían poner los libros al alcance de la gente en general. Los que hayan adquirido el hábito de leer deben tener libros como un derecho humano. Recuerdo que Paco Ignacio Taibo II, cuando fue secretario de cultura del DF, regalaba miles de libros en el Zócalo y también en las estaciones del metro (en este caso, se supone que la gente debía tomar los libros, leerlos y luego devolverlos. Sé que le advirtieron a Taibo que no los iban a regresar y que él dijo “¡No importa, que se los lleven, con tal de que los lean!”). Hoy, el gobierno, en vez de regalar libros los pide. En el metro hay anuncios que solicitan que uno done los libros que ha leído. Pendejos.
Los gobiernos, como el de México, jamás pondrán los libros en manos del pueblo, porque los libros provocan a la consciencia; fortalecen y desarrollan la inteligencia; dan ideas a la gente, soliviantan la libertad y estimulan la imaginación. Los pinches gobiernos como el de hoy en México le tienen terror a un pueblo consciente, por eso se alían con insaciables negociantes de la televisión para que produzcan sólo programas basura; su miedo los lleva a debilitar lo más que pudieran, la inteligencia de los mexicanos, lo peor que les puede pasar es que el pueblo tenga ideas y que conozca el significado de la palabra libertad.
Un pueblo que lee es un pueblo libre, imposible para ser manipulado por politiquillos rateros y criminales como ocurre en este momento en nuestro país. Un pueblo con un promedio alto de cultura no permitiría que lo gobernara un individuo ladrón que además es analfabeta funcional y que está rodeado de una caterva de amigos de lo ajeno y con inclinaciones hacia el asesinato.
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Un escritor, quizá el más grande del siglo XX

Los brasileños de Itápolis entendieron la circunstancia y ahora llevan libros a la casa del muchacho que los robaba para leer.
Leer, aunque es un placer lánguido, es una forma de la felicidad. Lo dijo Borges.