domingo, 1 de abril de 2018

La ley de Herodes


La ley de Herodes, o te chingas o te jodes


Pterocles Arenarius


Era un hombrecito de metro y medio, negro, viejo como yo o, quizá, incluso un poco más si eso es posible. Traía la cuenca del ojo derecho vacía y el otro ojo o bien miraba escasamente o bien, de plano, estaba ciego. Un prototipo de los desgraciados de este mundo. Iba por el pasillo en medio del carro del metro. Subió en la estación Isabel la Católica y se puso a cantar. Con un bote pedía una moneda a los que ahí viajábamos. Era una imprudencia la pretensión de caminar entre tanta gente exigiendo que le dieran permiso de pasar, había demasiada gente, pero los ciegos suelen abusar de su condición. Cuando llegó junto a mí me hice a un lado para que pasara. Pero era tanta la apretura que se me aproximó mucho. Algo sentí. El ciego me estaba bolseando y lo empujé con el antebrazo. En ese momento una muchacha que iba exactamente a mis espaldas me tocó el hombro. Al mismo tiempo el pequeño viejo ciego negro me dijo “No me aviente, señor”. Le respondí “Me estás robando”. La muchacha me hizo mímica afirmativa con su dedo índice. Pero pensé que el ciego había metido la mano a mi mochila. No, me había trasculcado el bolsillo izquierdo. Me robó el dinero que traía y que era el producto de algún tiempo de dar clases en Perote, Veracruz y en Tecamachalco, Puebla. Se abrieron las puertas del metro y el ciego se largó rápidamente. Se llevó mi dinero.
Era un pobre hombre. Su pequeña estatura me hace pensar en desnutrición aguda. Su edad, arriba de los sesenta años, sin embargo, puede ser mucho menor. Pero la miseria, el sufrimiento y las drogas, sin duda, lo habrán avejentado prematuramente. Además era ciego o al menos débil visual. Y simula pedir limosna para robar. Pues espero que el dinero que me robó le sirva de algo.
El convoy avanzó y no pude hacer nada. Regresé al lugar de los hechos y, por supuesto, el viejo ladrón se había esfumado. Fui a la agencia del ministerio público que se encuentra en las instalaciones del metro Pino Suárez. Denunciar, pensé, era más bien un desahogo. Mi dinero está perdido. Entré al lugar propio de la autoridad judicial con mis amigos que me acompañaron generosamente todo el tiempo. No había nadie que atendiera. Por allá adentro se veían varios hombres comiendo. Esperamos unos minutos y llegaron dos mujeres que nos preguntaron qué pasaba. Les dije que quería denunciar un robo y ellas fueron a avisar, ¿a ordenar?, que alguien viniera a atendernos.
Un pobre hombre

Me metieron con un policía a que le contara cómo fue el caso. Le narré muy aproximadamente lo que está líneas arriba. Era un policía simpático, corrupto y con muy buena memoria. Me preguntó que qué hacía yo y le contesté que enseñaba matemáticas. interrumpía su trabajo para decirme cosas como “Cristo le dijo a sus apóstoles ye es igual a equis cuadrada. Y nadie le entendió”. Le dije es que los judíos no conocían la parábola que abre hacia arriba y tiene vértice en el origen. Me contó que en la prepa resolvió todo el Baldor y que no le sirvió para nada más que para cobrar a sus compañeros que no sabían álgebra presentando el examen de manera fraudulenta, suplantándolos. Corrupto el policía desde que era muy joven. Escribió que el viejo que me robó llevaba una “playera de color roja”. Le dije que debía decir de color rojo. Me arguyó que playera era femenino. Le aclaré que el rojo se atribuye al color de género masculino, que en tal caso debía decir “playera roja” o “playera color rojo”. Dijo que los matemáticos somos muy obsesivos. En un momento le dije que era muy frustrante que le robaran así a uno y el señorito me dijo que diera gracias porque no me habían puesto una pistola en la cara ni me habían golpeado. Ah, bueno y entonces ¿ellos, la justicia para qué están? ¿Para eso?, ¿para decirnos que podía habernos ido mucho peor? Luego me pasaron con el ministerio público. Un licenciado que se llama José López Varela. Éste escribió el acta de denuncia con exactamente 60, sesenta faltas de ortografía, redacción, concordancia o simples errores de dedo. Él también escribió, faltaba más, “Playera color roja”.
Entre otras de las lindezas del acta está la de que “ME COMPROMETO A PRESENTAR LA DOCUMENTACIÓN PARA ACREDITAR LA CAPACIDAD ECONOMICA (sic) DE LO ROBADO”, así, todo en mayúsculas y con la redacción coja. Es decir, salvando la fallida redacción, la justicia considera que soy mentiroso y/o defraudador. Que incluso quizá ni siquiera me hayan robado o bien me robaron menos, o mucho menos del dinero que digo.
Así, el viejo ratero negro me robó dinero y la justicia me robó más de dos horas de mi tiempo para decirme que no me creen, que tengo que comprobar que sí puedo traer una cantidad de billetes como la que declaré que me robaron. Me pareció que esa es una ley que tiene muy poca madre. Y también adolece de la presunción de inocencia, pues a priori está considerando mentiroso y defraudador a la víctima o bien que el dañado compruebe lo contrario: que no es mentiroso ni defraudador. Cree el león que todos son de su condición. Qué poca madre…
Luego le pregunté al licenciado MP que qué pasaba si encuentro al diminuto viejo ladrón y le digo a un policía del metro, agarre a este señor porque me robó tal cantidad de dinero. Me dijo que no, que ya no es posible. Sólo pueden ser detenidos en flagrancia. En otras palabras, la policía está para hacerse pendeja y el que se chingó se chingó. La justicia no puede ni quiere reparar al perjudicado y, más todavía, la justicia juzga a priori como mentiroso al que fue víctima.
Y luego quieren que asista una vez más a ratificar mi denuncia. También que vaya a otra oficina a describir al maleante para que hagan el retrato hablado. ¿Creen que voy a perder más tiempo para que ellos no resuelvan nada? Dice el refrán que no hay que echarle dinero bueno al malo. Igual, no hay que invertir más tiempo del ya perdido en algo que no dará buen resultado. ¿Suponen que yo tengo alguna esperanza de recuperar mi dinero? Pues no, ya sé que la policía no sirve para eso y casi para nada. ¿Para qué sirven estos “servidores públicos” que viven del dinero que el gobierno nos extrae como impuestos? Siempre han servido para extorsionar inocentes. ¿No saben que yo sé que cuando recuperan lo robado se lo quedan ellos y esos bienes jamás vuelven a manos de la víctima? Sé que son rateros de rateros y aparte son rateros. ¿Piensan que yo no sé que la policía es brutalmente corrupta y que con frecuencia está coludida con los ladrones? Pero no sólo la policía, hasta el último funcionario de la más alta jerarquía del poder judicial ha incurrido en actos de corrupción.
Ya ni llorar es bueno.
El viejo ratero es un paria, un olvidado del destino. Un hombre que en toda su vida no ha recibido ni siquiera lo mínimo para ser una persona normal. Infiero con la posibilidad de que esté en un error― que ese hombre mide un metro con cincuenta centímetros porque sufrió de desnutrición grave en su infancia y por eso no alcanzó a crecer hasta donde debía. Que perdió la vista hasta la ceguera o al menos la debilidad visual aguda por enfermedad porque no parecía ser ciego de nacimiento. Que vive en medio de una pobreza aplastante en algún barrio bajo de la periferia. Que fuma mariguana (porque sólo alguien que fuma mariguana tiene tanta imaginación como para atreverse a robar como él lo hace: se simula un cieguito que canta en el metro para que nadie desconfíe de él y en realidad es un astuto metemano); que se droga de alguna otra manera mucho más dañina, porque sin duda, a veces no tiene suficiente dinero para comprar mariguana, quizá inhale algún solvente que es mucho más barato que la canabis. Que a veces no tiene dinero ni siquiera para comer y que no sabe, ni puede, hacer otra cosa para ganarse algo de dinero, que robar. Tantas desgracias en un sólo ser humano me consuelan un poco. Porque mi dinero servirá para que ese pobre hombre viva unos días con la inmensa felicidad del que es tan pobre que el sólo hecho de tener que comer y medio kilo de mota para muchos días le harán menos dura su existencia. Aunque sea sólo por unos días.
60 faltas gramaticales. Un récord

Lo que me molesta mucho es que los policías y los “licenciados” del ministerio público sean tan baquetones, ineptos, desobligados y pendejos. ¿Cómo les voy a creer si elaboran un acta con 60 faltas de redacción? Es decir, como si lo hubiera hecho un mal estudiante de secundaria.
Es muy triste lo que pasa en México. La nuestra es una sociedad que ya se descompuso. Y no es por echarle la culpa de todo al gobierno, pero nadie puede negar que es un sistema altamente corrupto y corruptor. Apenas se difundió por las redes sociales la declaración de un delincuente confeso llamado Mario Tzintzun quien dijo que “El PRI haría todo lo que fuera necesario para ganar las elecciones. Desde pegar un botón hasta matar un cabrón”. Además se autonombró mapache, aunque ahora se hacen llamar operadores políticos. Ese cinismo, esa inocente actitud criminal, esa prepotencia estúpida, esa corrupción intrínseca es lo que carcome al cuerpo de la nación, es lo que ha terminado por pudrir por completo al sistema.
Creo que el sistema, el gobierno, los tres poderes de la Unión, me ha robado mucho más durante mucho más tiempo. Esos policías que no sirven para nada y esos ministerios públicos que supuestamente fueron a la universidad y no saben escribir, me siguen robando. Porque no hacen su trabajo ni de lejos bien y lo poco que hacen lo hacen mal. Con sus gloriosas salvedades, los diputados, los senadores, los secretarios de estado, los presidentes con la sola excepción de uno, mi general Cárdenas―, nos han robado de manera permanente.
Es el momento de cambiar el sistema, acabar con la corrupción, desterrar el cinismo, combatir la prepotencia, eliminar la ineptitud de los que se dicen servidores públicos y para lo único que sirven es para cobrar del dinero que nos quitan. El país se nos cae a pedazos.
No debe haber en México un pobre ratero ciego y tan desamparado que tiene que robar en el metro sin que el gobierno haga algo por él.
Tenemos que recuperar nuestro orgullo de mexicanos. Muy pocos países del mundo pueden jactarse de ser descendientes de 30 siglos de arte y cultura. Casi no hay nación en el mundo con raíces históricas tan profundas y tradiciones de orden filosófico-religioso de tanta trascendencia. No hay un solo país en el mundo que haya resistido por más de dos siglos la vecindad inmediata con el imperio que mayor capacidad destructiva ha acumulado en la historia de la humanidad.
Y la posibilidad de cambiar el sistema está a tres meses. Hay elecciones el 1 de julio. Los que roban desde el aparato público tienen que ser expulsados del poder. México ya no es el mismo. La única opción para que el cambio se inicie es ya sabes quien.

jueves, 1 de marzo de 2018

Avándaro
¡A revolcarse, chingá!

(O la manera en que a nuestras vidas llegaron una música y su festival, inspirados por el Diablo para cambiar nuestro mundo tan apacible)


Para Jorge Arturo Borja
con mi admiración y mi cariño


Cuando mi abuelita veía que aquel vecino
tan extraño ponía su sonido y lo hacía tocar
música de rock a todo volumen, ella cerraba
las puertas prendía una veladora y se ponía a
rezar. Porque creía que con esa música el
Diablo andaba suelto.

María Montes de Oca

Pterocles Arenarius

El rock llegó a nuestras vidas como una descarga eléctrica. Como si en el cielo se hubiera creado una nube de alta energía vital, rebelde, descarada, poderosísima. Habíamos crecido con los boleros, con la música bonita y hecha para relajarse, descansar, dormir incluso. Los boleros eran la actitud romántica, no en el sentido literario, sino de romance, de amorío ante la vida. Era la música a veces con, aceptémoslo, alta poesía, pero mucho más frecuentemente sobrecargada de cursilería, de la exageración amorosa que caía en el ridículo (https://www.youtube.com/watch?v=2xYtdMo80mA). La literatura, en general, es la gran hipérbole. Pero hay astucias prodigiosas para hiperbolizar sin que se note, para que la exageración resulte más descomunal. Tales desmesuras tenían la compañía de una música muy suave, tenue, como para apaciguar el ardor propio pero comunicarlo a la amada. Era una música que procuraba adormecer. Y predominó por largos años en México. Muchos crecimos oyendo los boleros en la radio. Aunque mucho antes del rock ya se había pensado en una música que en vez de anestesiar estimulara, creo que nunca había habido un intento tan radical, tan energético y libertario como el rock.
El mambo estaba en esa línea de estímulo. Devenido directamente del danzón ―incluso en algún momento se llamó neodanzón―, era una música muy contagiosa, con una gran dosis de energía, altamente bailable, muy alegre, cargada de lujuria y júbilo. Pero el mambo terminó siendo Dámaso Pérez Prado (https://www.youtube.com/watch?v=IFiZOXB5NPg).
Resultado de imagen para dámaso pérez prado
El Car'efoca, un genio musical

Después de él, un tocado por el dedo de Dios, con su muerte, el mambo se acabó. Antes, hubo notables efusiones. Baste recordar el swing, el charleston. Ritmos que los blancos gringos robaron descaradamente de los negros, para, como siempre, acumular dinero con el talento ajeno. No menos ocurrió con varias de las ramas del jazz, como el be-bop.
En Estados Unidos, para mediados del siglo XX, el blues tenía más de medio siglo existiendo en el sur de aquella nación. Era la música de los barrios negros, de la marginalidad, de los bares que suelen ser llamados “de mala muerte” y… los puertos.
Imagen relacionada
Nadie sabía, ni ellos, de su grandeza

¡Los puertos!, en donde los cargadores, negros, departían cada noche entre tragos de aguardiente en charlas de machos y música propia de plebeyos, con los marinos, blancos, ingleses principalmente, aunque también de otras naciones. Pero con los ingleses existía en común el idioma. Ahí los marinos ingleses, güerillos, se contaminaron de esa música diabólica llamada blues.
Blues significa tristeza, melancolía. El blue, azul, tiene esa connotación (https://www.youtube.com/watch?v=zUuZ3CZYwDc). Pero la tristeza sólo es una de las caras de la moneda. La otra tiene que ser, necesariamente, la alegría, la felicidad.
El blues contiene, de manera indefectible, un componente negro. Su textura es rasposa, aunque su paradójica suavidad lo hace muy fluido. El blues es, eminentemente, ritmo. Obedece y sigue a la vez los latidos del corazón. También a los de la marcha. El blues es ritmo cósmico. Porque todo ritmo real lo es. Por eso hay que coger escuchando blues. (Es uno de los consejos más sabios que me es dado regalar en esta vida en este mundo). El blues contiene vida y no menos contiene dolor. Pero, de nuevo, el dolor no puede ser si no hay placer. El blues es también regocijo y el más alto placer. La alegría, aunque no necesariamente, implica rapidez, velocidad, es lo contrario de la tristeza, la melancolía que son por naturaleza, la lentitud, el apagado sosiego. Así que el lento blues melancólico cambió su polaridad y visitó el otro extremo de su ámbito: ahí estaba la alegría; entonces adquirió velocidad y una alegría desbordante y terminó por ser llamado Rhythm and Blues.
Resultado de imagen para rocanroleros negros
Chuck Berry, pionero del Rhythm and Blues. Un jefe

El rock nos llegó como aquella escena de la película Volver al futuro, en donde el protagonista, el chamaco este, chaparro, güerillo, famosísimo él, perdón, no recuerdo los nombres de personaje ni actor, digo, en aquella escena toca un fragmento de la inmensa rola Johnny B Goode y según la cinta, renueva el rock. Toca la pieza que él conocía en su tiempo de los 90, pero en los años 50 es inédita, sorprende a todos, incluso a los músicos, etcétera. O sea, nos da la indicación de que los güeros quisieran siempre seguir saqueando a los negros. Ahí nos estarían diciendo que Chuck Berry, según la película (https://www.youtube.com/watch?v=cQGCWf6azHY) habría plagiado al chaparrito aquel. Bueno.
Los negros de los puertos del occidente gringo mostraron los prodigios del blues y el Rhythm and Blues a los marinos ingleses. Éstos, a su vez, los llevaron a los puertos de la isla que es su patria. Allí algunos chicos, más bien vagos, sumamente rebeldes, inquietos y muy talentosos absorbieron esa música inspirada por el diablo y se convirtieron en la fuerza musical transformadora más grande de la historia. Habría que ver si alguna vez en el devenir de la humanidad sobre el planeta Tierra, algún tipo de música ha provocado tantos cambios en las sociedades como lo hizo el rock.
Imagen relacionada
Eric Clapton, Ginger Baker, Jack Bruce: The Cream. Monstruos del rock

Los gringos lo tuvieron en sus manos y, por su malvado racismo, no lo vieron o no quisieron verlo. Aunque los que tuvieron ojos sólo se dedicaron a saquearlo. Fue necesario que vinieran los Beatles, los Rolling Stones, los Kinks, los Animals, los Cream, los Deep Purple, et al, para que los gringos recibieran como un bofetón en la jeta lo que habían tenido por más de medio siglo: una música prodigiosa. Aquella música conquistó EU y luego el continente, luego se conjuntó con el fenómeno altamente enfermo de la guerra de Vietnam. Así se dio origen al fenómeno hippie y al tremendo auge de la música que ya para entonces había dejado de llamarse Rhythm and Blues y ahora se ostentaba como Rock and Roll: literalmente Sacudir y Rodar. ¡Sacúdete y Rueda!, chingá. En síntesis de lengua castellana entenderíamos ¡Revuélcate! Ése era, y no otro, el mensaje.
Y casi todo el mundo empezó a sacudirse y rodar. A revolcarse, pues.
(Recuerdo que en uno de los documentales en video que se hicieron sobre el gran festival de Woodstock, los chavos gringos que asistían se revolcaban en el lodo. Obedecían al mandato de rock and roll).

A México nos llegó el rock and roll a través de la radio comercial a mediados de los años 60 y lo castellanizaron como rocanrol. Había cosas más que interesantes. Hay que recordar a Los Locos del Ritmo, a Los Teen Tops, a Los Camisas Negras, a Johnny Laboriel y Los Rebeldes del Rock. Rolitas como Confidente de secundaria, El rock de la cárcel, La plaga, La hiedra venenosa, Aviéntense todos, Pólvora y algunas más. Este rocanrol era más o menos bastardo. Y estoy seguro que más. A largo plazo todas sus figuras se entregaron al comercialismo más nefasto. Lo que ellos hicieron, claro, apoyados por diversos tipos de comerciantes, fue traducir ―por completo ad libitum― las canciones de los rocanroleros gringos, fusilarse la música a lo bestia y darles una manita de gato en el arreglo musical.
Sin embargo y con todo lo que de negativo se pueda decir de ellos, en su momento fueron los encargados de dar a conocer el rocanrol en México. Y eso les dio de comer muy bien el resto de sus vidas. Y también abrió el camino a las manifestaciones del rock mucho más puro que surgieron en México.
Pocos años después aparecían en México bandas de rock como hongos. Por ahí andaban unos grupos que hacían aullar a las multitudes. La banda Peace and Love, los Bandido, La tinta Blanca, Los Dugs Dugs, Javier Bátiz, el decano del rock nacional que empezó llamándose Three Souls in my Mind, El Ritual
Resultado de imagen para peace and love banda de rock
Felipe Maldonado, Ricardo Ochoa, Ramón Torres, líderes de la banda Peace and Love. Pioneros del rock en México

(https://www.youtube.com/watch?v=rbIOJ7GjouQ), Enigma y otros.
Todos estos grupos, sin duda, se adelantaron a su época. Tanto musicalmente como en actitud. Eran chicos de enorme talento y osadía que no admitió límites. Se aventaron a crear un rock nacional, por más que lo hicieran bajo la tutela del idioma en que esa música naciera y no en su idioma. Pero sus creaciones eran, la mayoría, formidables.
Resultado de imagen para el ritual banda de rock
El Ritual, banda de rock.

Hubieran logrado cosas maravillosas. De hecho empezaron a hacerlo. La cuestión es que cuando el rock mexicano iba en un ascenso escandaloso e influía cada vez más en los jóvenes del momento, en Televisa, que en aquellos tiempos se llamaba Telesistema Mexicano, se propusieron hacer un gran festival de rock, imitando, como siempre, al gran festival que ocurriera en EU, el ya mencionado Woodstock. Ellos, en asociación con otras empresas, hacían un festival de carreras de carros en Avándaro. Era un festival sin duda pirrurris. Y creyeron que así sería el festival de rock.
Resultado de imagen para el ritual banda de rock
Avándaro. Gran música. Mucha mota. Libertad total.

Nunca pensaron en lo que habría de ocurrir. Le pusieron Festival de Rock y Ruedas de Avándaro y la pretensión era de plano elitista. No calculaban el tremendo frenesí que el rock ya había levantado entre los jóvenes, de hecho no tenían idea.
En el aire estaba el gran dolor de dos matanzas de los pútridos gobiernos priístas, la del año 68, perpetrada por el llamado Batallón Olimpia que asesinó a cientos (¿o miles?) de estudiantes en Tlatelolco y la de apenas tres meses antes, el 10 de junio de ese año, el 71, el grupo paramilitar Los Halcones, creado por Luis Echeverría y sus secuaces, habían asesinado a decenas (¿o cientos o miles?) de estudiantes en la avenida San Cosme, muy cerca del Casco de Santo Tomás. Con la puta maña del sucio gobierno criminal priísta de mentir de manera contumaz, enfermiza, por naturaleza, nunca se ha sabido cuántos muertos hubo en cada ocasión. Los más grandes crímenes del gobierno ―ahora hay que añadir el de Iguala contra los jóvenes estudiantes de Ayotzinapa― en el siglo XX y lo que va del XXI han sido contra jóvenes estudiantes. Los responsables son el agente de la CIA, Gustavo Díaz Ordaz, que era identificado como Litempo 2, por el 68; Luis Echeverría Álvarez, también agente de la CIA, éste estaba clasificado como Litempo 8, por el 71; Enrique Peña Nieto, aunque no es oficialmente agente gringo, actúa peor que si lo fuera, por el crimen en Iguala, el 2015 contra los estudiantes de Ayotzinapa.
Asesinatos horrendos que la mezquindad, la pequeñez humana y la podredumbre interior llevaron a los gobiernos a perpetrar. Eso, sin duda, llevábamos cargando a Avándaro.
Imagen relacionada
Litempo 2, Litempo 8, agentes de la CIA, "presidentes" de México

Aquello fue convocado para el 11 de septiembre de 1971. Nos asombra la operación matemática que nos da como resultado que ya casi tiene medio siglo el festival de Avándaro.
La banda rocanrolera en pleno se puso en marcha para Valle de Bravo, donde está Avándaro, un lugar del que casi nadie había tenido noticia antes.
Mi hermano Juan y yo decidimos que iríamos a Avándaro no importando dónde se encontrara tal pueblo.
Imagen relacionada
Se volvió un festival popular. Ergo fracasó como de élite pirrurresca

No tengo idea de dónde juntamos dinero. Yo tenía 20 años y mi hermano 17. En esos días yo era boxeador. Tenía diarios y bárbaros entrenamientos en el Gimnasio Avenida que estaba en la que entonces era llamada avenida San Juan de Letrán, entre Doctor Arce y Doctor Balmis. Eran bárbaros por dos motivos. Uno, porque eran extenuantes, cada día terminaba exhausto. Entrenaba más o menos dos horas diarias a medio día, pero antes, en la mañanita había corrido aproximadamente media hora o 45 minutos. Todos los días estaba mortalmente fatigado. Y, Dos. Porque con frecuencia harta tenía que sostener unas brutales batallas lo bueno es que eran de “entrenamiento” contra tremendos peleadores (Famoso Gómez, Rogelio Lara, Ray Vega, ¡Mantequilla Nápoles!, etc.) A veces no asistía al gimnasio porque no tenía dinero para pagar. Mientras juntaba el dinero me dedicaba a la vagancia o a veces trabajaba con mi padre.
Resultado de imagen para avándaro
Valle de Bravo y Avándaro, refugio de políticos rateros

En la época de Avándaro juntamos dinero entre Juan y yo. Éramos dos verdaderos fanáticos del rock. Cuando tuvimos lo suficiente nos lanzamos a investigar donde diablos salían camiones para ese pueblo del que jamás habíamos oído hablar. Averiguamos que era en Valle de Bravo, que había una laguna que decían era muy bella y que era refugio de políticos rateros donde habían construido casas que valen 100 o 150 veces más que ellos. Llegamos a la terminal y nos extrañó que había demasiada gente viajando para Avándaro. Pero eso, ni mucho más dificultades nos hubieran arredrado. Llegamos a Avándaro el 11 de septiembre quizá a eso de las 10 u 11 de la mañana. Miles de chamacos de catadura muy similar a la nuestra se movían a pie para llegar al lugar, que está a un costado de la laguna de Valle de Bravo. Esto se encuentra al sur-occidente de la Ciudad de México. Hay que pasar la elevación de Toluca y el volcán llamado el Nevado de ídem. Poco antes de llegar a los límites del Estado de México con Michoacán está Valle de Bravo y pegadito, el pueblo de Avándaro.
Resultado de imagen para pterocles arenarius
Ya viejo y Pterocles aún rompe madres. Y hay quien busca

Dos años antes había estado por esos lares. En el año de 1969 había ido a pelear a Zitácuaro, Michoacán con resultados más que deplorables que están narrados en la crónica de Peleas que realicé antes que de la muerte vaya a llegar hasta mí y nunca, nadie llegue a saber que fui boxeador. Aquella pelea fue en Zitácuaro, Michoacán; ciudad que está de Avándaro a una distancia similar a la que hay entre ésta y Toluca.
Avándaro es un paraíso: vegetación abundantísima, de sierra, frío delicioso, sol fecundo, vida en colores y formas múltiples, gente sencilla y buena. El festival se llamaba de Rock y Ruedas porque estaba planeada una carrera de automóviles y después los fresitas que asistirían ―en sus correspondientes coches― a ver la carrera, se dirigieran a uno de los pequeños valles que están (¿o estaban?, las cosas han cambiado tanto en estos 47 años) próximos al pueblo. Pero la gente que llegó a Avándaro superó incluso a la más enfebrecida imaginación. El festival tuvo tanto éxito que como proyecto para producir dinero se destruyó a sí mismo. La demasiada gente lo convirtió en un acto popular y ajeno al negocio.
Aunque habíamos llegado temprano al concierto, notamos que muchos nos habían ganado y con creces. Sin duda había chamacos que estaban en el sitio al menos desde un día antes. Llegamos a buscar un buen lugar para observar a las bandas rockeras.
Los que ya estaban habían colocado casas de campaña, los de varo, y armadijos con palos y mantas los de la plebe. Las clases sociales estaban totalmente revueltas. Sin duda un muy alto porcentaje de la gente eran estudiantes y jóvenes era más del 99 por ciento.
Imagen relacionada
Avándaro, la odisea

Llegamos a apartar lugar. Hicimos una improvisación de casa de campaña con una lona a rayas que traíamos. La pusimos sostenida con cuerdas y mecates que no sé donde conseguimos sobre unos palos que nos apropiamos de las inmediaciones. Una vez que vimos que el ambiente era de confianza y gran camaradería con todo el mundo, no sólo con nuestros vecinos, dejamos nuestro equipaje, las sendas mochilas, en la provisoria casa de campaña y nos fuimos a dar un rol. Fue muy sorprendente ver que las muchachas andaban casi desnudas en el río que estaba muy cerca del valle designado para el concierto. Pudimos ver chichi casi hasta el hastío y nalguitas no tanto, pero ni falta que hacía. Las muchachas se portaban con una naturalidad que nos asombró y nos fue más que agradable. En la media tarde había un generoso sol. Luego el lugar se fue nublando, de tal manera que en algún momento hubo que colocarse debajo de la precaria casa de lona. Había no lluvia, pero sí una finísima brisa bien fría. La gente fumaba mota en cantidades que nunca habíamos visto en nuestras cortas vidas. Alguien llegó a pedirnos mota con la frase hecha que inquiría “Conéctenme, carnales”. Yo bromeé como boxeador, no se lo dije a él, pero luego lo diría a muchos, que le hubiera dicho “¿Qué prefieres, un gancho al hígado o un óper en el mero hocico?”. En algún momento, antes de que aquello se pusiera tan frío como para acurrucarse, encontramos a unos periodistas que fotografiaban al personal con singular fruición. A mí me pareció que tomaban a los más extravagantes, que, sin duda, los había. Muchachos con melenas más que espectaculares y pensé que los fotografiaban para morbo de aquella sociedad gazmoña e hipócrita. No faltaban los (y pocas las) que se movían entre la gente totalmente desnudos sin que nadie se escandalizara. Por eso tanto a Juan como a mí nos extrañó que le hicieran tanto ruido a la famosa “Encuerada de Avándaro”. Nosotros vimos muchas más encueradas que pasaron sin fama por el festival y que nos dejaron ver mucho más belleza que sólo las chichis y el calzón, como lo hizo Alma Rosa González López, la célebre Encuerada de Avándaro que hasta mereció una rola de Alex Lora. Lo cual indica que no importa lo que hagas; no importará, a menos que lo hagas ―y lo des a conocer― en el momento y el lugar más apropiados.
Imagen relacionada
Los hipócritas se expresan

Hubo camaradas que a eso de las cuatro de la tarde, bajo la brisa crispante y helada de Avándaro se pusieron una peda monstruosa o bien los que estaban tan pachecos y/o cruzados que a partir de ese momento se la pasaron dormidos.
Alguien tuvo la idea de alivianar a los que ya andaban en el fuerte pasón. Pusieron a un gurú, que no era otro que Carlos Baca, a que enseñara algunos trucos de yoga a la gente para que se alivianaran, palabra muy de moda por entonces, que despertaran los que todavía estaban en condiciones de hacerlo, el encargado de la sesión, Carlos Baca, era un periodista que yo leía con frecuencia en una revista llamada México Canta. Por cierto, en la columna de Carlos Baca encontré la recomendación para leer un libro que me dio luces para el resto de mi vida, Summerhill, un punto de vista radical sobre la educación de los niños del profesor inglés Alexander Sutherland Neill. Baca nos pidió que nos pusiéramos sentados con las piernas recogidas, casi como en flor de loto. Nos pidió que respirásemos tan profundo como nos fuera posible y, luego de resistir al máximo, al soltar el aire apretáramos el culo e inevitablemente también el sexo. Así lo hice y noté que ciertamente algo pasaba en mí. Sí, me sentía más despierto. En un programa de Canal 22 para celebrar los 43 años de Avándaro (2013), invitaron a charlar sobre el festival a varios de los participantes u organizadores del festival. Ahí estuvo Luis de Llano Macedo dejándose ver de cuerpo entero como lo que siempre ha sido: un sujeto altamente dañino para la cultura mexicana, para el rock y para el país en general. El señorito dijo que en aquella ocasión Carlos Baca nos había dicho que respiráramos profundamente y que nos metiéramos un dedo en el culo. ¡Así lo dijo! Declaración que lo retrata de cuerpo entero, es decir, así ha pasado toda su vida, difundiendo la mentira, la ignorancia, su propia estupidez y banalidad desde el gran putero en todas sus variantes posibles y que es además cártel de las drogas que se llama Televisa.
Resultado de imagen para three souls in my mind
Alex Lora, Charlie Hauptvogel, Ernesto de León. Grupo Three Souls in my Mind, 1968

Pero dejemos a un lado temas tan excrementicios como el citado personaje y regresemos a Avándaro. Después de Carlos Baca y sus consejos yoguísticos, se presentó muy precariamente un grupo de teatro que hicieron algunas partes de la ópera-rock Tommy, de los Who, en versión mexicana. Nadie les hizo caso. Creo que no había sonido y aquello sólo pudieron verlo los que estaban muy próximos al escenario. Empezó la música ya tarde, cuando ya iba cayendo la noche. Si no mal recuerdo los abridores fueron una banda que se llamaba La Ley de Herodes. El asunto empezó a prender no mucho después, pero al principio, desfilaron Zafiro, La sociedad anónima, Soul masters, La fachada de piedra. Lo cual significa que la gente no les prestó demasiada atención, no levantaron el ánimo de los presentes.
Sólo hasta que serían las ocho o quizá las nueve de la noche cuando empezó el rock de verdad y la respuesta del público con los Dug Dug’s. Después tocó una banda llamada El epílogo y el gran ambiente se hizo sentir cuando tocaron La división del norte y luego Tequila. La gente respondió muy bien a las intervenciones de estas bandas. Pero no habíamos llegado al clímax, mucho menos a la locura. Pero llegó Peace and Love, una de las bandas más esperadas y muy cerca ya de convertirse en ídolos de la gente del rock.
Peace and Love prendió al público como no lo había logrado nadie hasta aquel momento. Recuerdo que tocaron una memoria para los que se han ido o algo así. Estaban muy recientes las muertes de Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones. Interpretaron el tema de su banda, Peace and Love y todos enloquecimos aquella rola maravillosa que se llamaba Sentimiento Latino (https://www.youtube.com/watch?v=ERLhOtE_Ekg&t=1618s). Fue cuando tocaba esta banda el momento que aprovechó Alma Rosa González para colarse a la historia por lo menos del rocanrol y ser a partir de tal momento La Encuerada de Avándaro.
Cuando tocó Peace and Love realmente fuimos transfundidos por el espíritu de la rebeldía, por la alegría inconforme y la auténtica libertad. Si había habido tanta mota, si habíamos caminado kilómetros para llegar ahí, si el gobierno nos había asesinado a amigos, condiscípulos, hermanos y familiares, ahí nos estábamos redimiendo. Avándaro era el espacio libre de América. Unos minutos de la máxima libertad, cómo chingaos no se iba a poder. Contra el gobierno asesino y ratero, contra el sistema, contra nuestros padres que, o bien no entendían (¿cómo iban a entender?) o bien condenaban a los jóvenes por no adaptarse al mundo que ellos habían creado, por no ser simples, humildes, trabajar con honestidad y cumplir con lo que Dios y el gobierno tenían para ellos en su vida. Los chavos de aquel momento exigían que el mundo fuera otro, que no era posible vivir bajo una dictadura de criminales, que había otras posibilidades: ¿cuáles? Precisamente ésas que se ofrecían ahí que no eran poca cosa, una gran música, una actitud libérrima ante el mundo, la creatividad y el ímpetu juvenil. La desconfianza, la miseria del gobierno, su mezquindad cósmica, su no menos inmensa estupidez nos tenían arrinconados y Avándaro era nuestro gran grito de libertad.
Cuando Peace and Love entonó la rola histórica We got the power, los agentes de la siniestra Dirección Federal de Seguridad redactarían un informe paranoico y esquizofrénico y criminal diciendo que aquellos mozalbetes se preparaban ―desde el rocanrol, tocándolo, claro― para arrebatar el poder a la banda criminal que eran ellos y todos aquéllos de quienes eran subordinados.
Ante tal informe del movimiento del rocanrol mexicano de aquel momento el agente de la CIA, Litempo 2, Gustavo Díaz Ordaz y luego el también agente de la CIA, Litempo 8, Luis Echeverría Álvarez habrán dilucidado con su deslumbrante intelecto: “Estos muchachos que tocan esa música del Diablo son terriblemente peligrosos para nosotros, para el gobierno. Con su paz y amor van a subvertir el orden que vivimos y la legalidad que nos hemos dado. Hay que destruirlos. Basta con que no tengan donde tocar, en que trabajar, que no estén bien en ninguna parte. Esa música enferma que se llama rocanrol o rock, está desde este momento prohibida”. Lo harían cada uno con sus matices que no se exploran en este texto, porque esa lamentable categoría de seres humanos no lo merece.
La banda Peace and Love condujo el festival de Avándaro a su más alto momento. Éramos 300 mil chamacos que habíamos enloquecido con la música de esta banda, a punta de trompetas, saxofones, trombones, guitarras, batería y “bongos, combos, congas and all de rhythm section”, decía su rola, nos habían sacado del mundo tan miserable que vivíamos. Nos había brindado el divino espectáculo de la encuerada de Avándaro (y muchas encueradas más que la historia no registra, es decir, una nueva y diferente, rebelde, lujuriosa, actitud de las mujeres. Actitud que en aquellos tiempos se consideraba pervertida e incluso demoníaca) y además una música que puso a bailar a deshoras de la madrugada, en medio de la sierra llena de niebla, lejos de casita y en un pueblo que tres días antes nadie había oído mentar y a unos dos grados de temperatura, por lo menos a unos 150 mil muchachos de los que estábamos en el festival. Incluyendo a Alma Rosa González. Los otros 150 mil se permitieron echar güeva, estar tan pedos y motos que era imposible que se pusieran a bailar o bien, no pocos tenían el privilegio de coger dentro de sus casas de campaña o a la intemperie.
Las cuatro chicas de Dum Dum Girls este año en Coachella
Banda de rock Dum Dum Girls. Este es otro mundo

El mundo había cambiado. Era el año 1971 y el gobierno había tenido que asesinar bestialmente a miles de muchachos en las calles por el delito nefando de pedir un poco, un mínimo de democracia. Un mínimo de falta de hipocresía pues México tenía leyes maravillosas, pero la situación era inaceptable. El autoritarismo era una asquerosa costumbre. El machismo se respiraba y nadie, ni siquiera las mujeres, se daba cuenta de que a ellas les iba de la recontrachingada en la vida. El país era una porquería de injusticia y corrupción. Millones pagaban con sus sufrimientos y carencias la vida de lujos de una minoría que siempre ha demostrado estar podrida.
Resultado de imagen para la tinta blanca banda de rock
Condenados a muerte (profesional)

Los músicos que tocaban rocanrol no disputaron jamás el poder. Ni lo hubieran hecho. Eran casi tan jóvenes e inexpertos en temas de gobierno como todos los chicos que bailaban y gritaban con Peace and Love. Lo único que se deseaba y se necesitaba era un poco de libertad. Un poco de rocanrol. Pero el gobierno estaba enloquecido. En los años siguientes el régimen criminal de Luis Echeverría se dedicó a perseguir, censurar, prohibir y destruir toda manifestación rocanrolera en México. (Por cierto, muchos músicos de aquellos tiempos le echan la culpa a Ricardo Ochoa, guitarrista, flautista y compositor de Peace and Love de, ni más ni menos, que él fue el culpable de la persecución contra el rock por parte del gobierno. Porque cuando tocaron We got the power, con su estribillo en español “Tenemos el poder” y luego con su grito de “Chingue su madre el que no cante”, además, al final de su participación la interpretación de su rola Mariguana (https://www.youtube.com/watch?v=zFBsMJvK9ko): “I like mariguana, you like mariguana, we like mariguana too”, provocó la locura, la paranoia del gobierno, como si de ahí nos fuéramos a levantar para ir a tomar el Palacio Nacional). Y así tiraron por la borda una manifestación artística muy valiosa, desgraciaron la existencia de una gran cantidad de muchachos muy talentosos y que habían logrado prodigios de creación en música, retrasaron lo que iba a ser y fue, el despertar de una generación y ellos se fueron a la mierda, como lo dijo Fernando del Paso en su monumental novela Palinuro de México en aquel inolvidable capítulo que se titula Palinuro en la escalera.
Resultado de imagen para fernando del paso palinuro de méxico
El más grande novelista mexicano en vida. Fernando del Paso y una de sus novelas, Palinuro de México

Oímos a Peace and Love hasta que terminó. En ese momento alguien se puso a decir que el gobierno del señor presidente Luis Echeverría había decidido enviar a Avándaro pinche-cientos camiones ―que por supuesto no alcanzaban para toda la banda― para que nos regresáramos gratis al DF. Entonces mi hermano Juan y yo gritamos “¡Que chingue a su madre!” y un buen número de chicos nos secundaron en la mentada presidencial.
Luego tocó El Ritual, otra banda muy decente que también logró prender al irrespetuoso-respetable. Le dije a mi hermano que convenía que nos fuéramos moviendo, que ya habíamos visto a lo mejor del festival y que nos fuéramos alejando para irnos antes que nadie. Pues estuvo de acuerdo. No lo hubiera hecho, fue un craso error. Empezamos a recoger mientras oíamos a Bandido, un excelente grupo de rock que se acompañaba de metales y tenían creaciones realmente sorprendentes (https://www.youtube.com/watch?v=XcOxvL3Nc_M).
Otra de las bandas que consiguió la efervescencia de los decenas de miles en Avándaro fue la banda La tinta blanca. Si los Peace and Love enloquecieron a la gente, la Tinta se llevó otra parte de la noche con el himno del gran festival de Avándaro. Una rola cargada de gran fuerza, mucha ingenuidad y candor y no menos calidad (https://www.youtube.com/watch?v=lVKPDtl5c1E), una hermosísima rola.
Sergio, Keko, Figueroa y
Tomás
  Pacheco, de Tinta Blanca

Alcanzamos a escuchar a La tinta blanca y salimos lentamente de entre la gran muchedumbre en la gran oscuridad. Cuando salimos de la gran acumulación de gente encontramos soldados. ¡Soldados! Uniformados, mariguanos, charlaban con los melenudos y, sin ninguna duda, intercambiaban mariguana, compartían el toque. Mi hermano y yo caminamos entre lugares con lodazales. En una de esas Juan se cayó y se cortó con un vidrio de caguama entre la palma de la mano y la muñeca. Puta madre. Mi hermanito sangraba profusamente. Me asusté. Nos pusimos a buscar los servicios médicos. Luego de un rato los encontramos. Vi como cosieron a Juan de la mano y lo hicieron en vivo y a todo color. Lo que quiero decir es que no usaron anestesia. Yo veía como lo hacían y no pude soportarlo. Me dio el suspitajo. Me mareé y estuve a punto de caer al suelo.
La herida de mi hermano se volvió un imperativo agente de apresuramiento para salir de ahí y llegar a casita tan pronto como fuera posible. Así que, en la gran oscuridad, con Juan herido nos decidimos a avanzar hacia el pueblo y buscar el primer camión que saliera a México.
Y caminamos. Caminamos. Seguimos caminando. Nos amaneció caminando. Y no llegábamos a ningún lado. ¡Estábamos perdidos en la sierra! Caminamos todo el día siguiente. Luchamos contra la maleza que a veces se mostraba cerrada sin camino posible. Nos detuvimos a comer latas de atún con pan. Tomábamos agua de los arroyos y seguíamos caminando. Así todo el día.

En la tarde preguntamos y, derrotados, con una fatiga indecible, decidimos regresar al sitio del concierto. Ya era de noche cuando logramos que un camión nos levantara y nos trajese a nuestra ciudad a la que fuimos llegando quizá a las dos de la mañana ya del 13 de septiembre. Juan se bajó del camión y vio que yo no estaba con él. Se fue a la casa caminando. Yo me había quedado dormido como una roca en la parte de atrás, donde va el motor, de un camión. En algún momento el chofer, que ya iba de regreso a Avándaro a rescatar a más retrasados, me descubrió y, enojado, me despertó y me bajó de su vehículo. Estábamos en Reforma, al final de esa avenida. Me bajé con un desconcierto tal que parecía recién llegado al mundo. Caminé unas tres horas para llegar a mi casa con la idea de regresar a Avándaro al día siguiente para buscar a mi hermano.
Pero cuando llegué a la casa amaneciendo ahí estaba Juan, bien dormido, alabado sea el cielo. Mi hermanito Juan guarda en su mano la cicatriz de la herida de Avándaro. Yo, nada. Bueno, ahora estas letras.

martes, 5 de diciembre de 2017

Jamonudo y Antolín


Jamonudo y Antolín

PteroclesArenarius
El acto más íntimo es el asesinato.
Publicidad para una olvidada película que se exhibió en los años 80.


El amor y el odio son una y la misma cosa. La diferencia estriba en que son de polaridades opuestas y extremas. Y ambas suelen ser igualmente devastadoras. Porque el Diablo y Dios uno y el mismo.

El día de su horrible muerte Antolín Sagredo llegó a la casa enrojecido después de beberse tres caguamas. Eso era extraño, porque él empezaba a emborracharse —si era con cerveza— después de la sexta de las “tamaño familiar”, denominación que refiere como si la familia mexicana tomara cerveza en pleno, pero, para evitar malentendidos, se adoptó la denominación para tal dimensión de envase que —por culpa de un intelectual— dieron en llamar tamaño caguama.
Y es que el famoso Pelón Sagredo había estado enfermo, cursillento, luego de unos tacos de tripa de un puerco que aquí en la misma casa mataran mal, a pedradas, dos semanas atrás, porque el animalito se les escapó cuando fue acuchillado fallidamente, sin la exactitud de los matanceros que al primer tajo dejan agonizando a la inocente irracional. Era una noble bestia que, como muchos más, había convivido con nosotros, las familias o retazos de familias que aquí, juntos, dejamos correr el tiempo. Se llamaba Jamonudo por los formidables perniles que mostró desde chiquito y era uno más de la familia.
Resultado de imagen para cerdos
Un gran cerdo
El mismísimo Pelón fue el ejecutor del cerdito Jamonudo. Pero temulento como estaba en la ocasión, no dio el golpe de muerte en la cruz de las venas, donde el chancho no se puede mover cuando le atinan, porque no puede respirar, se desangra muy rápido y, aunque chilla feamente, se vence en menos de dos minutos mientras uno acapara el chorro de sangre para la moronga.
En la casa mucho se habló del Jamonudo. Era un cerdo real y tuvo vida de rey. Comía lo mismo que nosotros y por ser de raza, era alquilado para engendrar. Y no hubo puerca en esta colonia de la que no gozara. Y vaya que los cerdos gozan. Sin exagerar yo creo que fue ayuntado con más de cien marranitas y sus hijos pasan de los tres mil, si no me falla el algoritmo multiplicador. Un verdadero gran cerdo. Pero en la familia estábamos bien advertidos que un día nos teníamos que comer a Jamonudo.
Fue como premonición. Antolín Sagredo, a sus veintiocho años, y habiendo acuchillado ya a cantidad de cristianos (había, además, acribillado gente tanto a patadas como a balazos), por matar borracho, y puesto que los borrachos todo hacen mal, no ejecutó el golpe certero de filo contra el inocente Jamonudo, ese animalazo de noventa kilos, que luego de la cuchillada empezó a chillar, lo que es normal, al verse herido. Luego pataleó al sentir que ya era su muerte, lo que también hacen todos los puercos; pero éste, fuerte animal y conste que ya era viejo, se zafó de las amarraduras con que lo liaran mal, lo que también hizo Antolín, El Pelón, Sagredo. ¿Por qué?, porque él era el único grande de edad en la comisión de matar a nuestro marrano y es que no se debe hacer trabajo serio, como es ultimar un cochino y menos si era de la familia, sin traer pecho sano, entiéndase El Pelón andaba más bútago que buenisano.
Resultado de imagen para policías delincuentes
Policías, delincuentes. Delincuentes, policías.
Con lo que Antolín, El Pelón, Sagredo, también demostró que matar cristianos o intentarlo (a cuchilladas en su adolescencia, a golpe limpio de mano en su etapa de boxeador, a patadas y balazos en su primera juventud y en tortura cuando fuera judicial) se permite borracho. Marranos, no.
El puerquito logró zafarse de tan malograda atadura y en la desesperación de morir escapó de los que, luego de darle fin, habrían de lanzarlo al perol de aceite que, hirviente, ya estaba listo, esperando el desollamiento y la descuartización. Lo cual se hacía no sin dolor. Pero más nos valía comérnoslo nosotros, su propia familia que dejarlo morir de viejo y sin utilidad.
Al Pelón le ganó la risa cuando se le escapó el animalito y en vez de aplicarse a agarrarlo, se dedicó a ver cómo la chiquillada de sus cuñaditos, los primos de éstos y hasta sus amiguitos vecinos, trataban, no de amacizar al cerdo, re-anudarlo, sino que —puesto que además ni tenían las fuerzas para hacer el sometimiento— se dedicaron a darle de palos y pedradas hasta que el inocente animal se venció por fatiga, desangramiento y golpes. Era como si estuvieran entrenándose. Y es que siempre se ha dicho entre la gente de razón que el que es capaz de matar un puerco también lo es de finiquitar a un cristiano. Pero no era un acto de odio o enfermedad mental colectiva. Tenían que matar a Jamonudo para que no se muriera de viejo, se pudriera y acabaran echándolo a la basura. Mil veces mejor comérselo. Porque era uno de nosotros. Lo único malo es que se le estaba dando una muy mala muerte a nuestro querido marrano. No menos que la que —nadie teníamos idea— le esperaba al Antolín. Pero tantito peor para el Jamonudo, pues no estaba embriagado.
—Vayan a la chingada. Ora agárrenlo y cuando ya lo tengan me hablan —les dijo El Pelón a la parvada de los chamacos cuando veía entre carcajadas que el inocente cuadrúpedo corría con desesperación por el gran patio derribando triques cojeando porque no se alcanzara a librar del todo de los amarres, sangrando por la cuchillada imprecisa del Pelón y lanzando chillidos horrísonos como un demonio condenado por Diosito a los ardorosos infiernos y salpicando sus erráticos caminos con sangre.
Y se largó el cabrón. Así como era de voluntarioso, mal ordenado y baquetón, se largó a seguir el camino de la embriagadera, el único que siempre le interesó recorrer.Ya hasta se le había olvidado que el puerco se quedó herido y huyendo y la chiquillada persiguiéndolo a pedradas.Sería hora y media después que lo fueron a llamar.
—Antolín, que ya vayas a matar a Jamonudo.
—Ah chingao, ¿pues qué no lo han matado?
—Sí, ya lo matamos, pero no se quiere morir hasta que le saquen toda la sangre.
—Pinche escuincle pendejo… —mejor ya ni alegó El Pelón—. Cómo que no se quiere morir si ya lo mataron. ¿Quién entiende a un escuincle de éstos? —Pero cuando llegó se dio cuenta de que difícilmente le hubieran dicho con más certidumbre lo que pasara.
En el patio entero había encharcamientos de la sangre del puerco que había luchado por su vida hasta que su natural energía ya no dio para más. Quizá entre el desconcierto y el terror de que su propia familia quisiera darle la muerte. Y luego de qué forma. Estaba casi derrumbado en un rincón lodoso bramando ya débilmente, vacío por el desangramiento y sobremagullado por la pedradiza, le temblaban los perniles pero chillaba peormente de horrible y más lastimero que nunca. Y como ya no se defendía, los escuincles, casi tan inocentes como el propio animal, además de pegarle a pedradas, también lo pateaban, le jalaban la cuerda para derribarlo y, con palos, piquetes y garrotazos, hacían del tormento su desesperación. Tenían que matarlo y Jamonudo no se dejaba morir. Ya no querían causarle dolor, pero no podían tampoco matarlo. Las niñas ya más bien lloraban diciendo “Mátenlo rápido y ya no le peguen”.
El cochino ya no podía ni correr. El Pelón salió de la casa al patio y vio aquello. Hasta él, que siempre fuera desalmado, sintió feo. La sangre salpicaba las paredes. El animal estaba arrinconado gritando ya más de terror que de fuerzas, negándose a morir o a la mejor, más bien suplicando que le quitaran la vida y con ella tanto dolor.
—Hijos de su pinche madre… —dijo a los niños al ver aquello; le horrorizaría lo que pensó como la inocente crueldad asesina de las criaturas o quién puede decir que no estaría oscuramente presintiendo. No entendió que no querían provocarle el martirio, sólo matarlo, pero no tenían tantas fuerzas— son bien ojetes, miren nada más qué santa putiza le han dado a este pobre marrano.
Fue directo al puerco vencido y dicen —yo no estoy seguro de que haya que creerlo— que estaba llorando con el cuchillo en la mano. Que agarró al animal de una oreja y lo sometió. Luego le dejó ir la daga profundamente. El infeliz Jamonudo, moribundo, resistió sabiendo que ahora sí ya… iba a morir y El Pelón no se decidía a darle fin, a menearle el cuchillo para destrozarle las venas de abastecer el corazón. Así batalló unos minutos, forcejeando con el animalito, suficientes para que él también acabara batido de sangre como las paredes, los utensilios o triques regados por todo el patio y los charcos que empapaban de coágulos rojos a lo largo y ancho el solar.
Seis libros, una vida.

Todavía con el cuchillo encajado en el cuello se le escapó una vez más, ahora al Pelón Sagredo, pero ya nada más para echar un final berrido de cerdo que nos provocó escalofríos y echarse a medio patio a dejar que se le fuera la vida. La suegra del Pelón, doña Nicanora viuda, mi ex nuera, llegó a decir que el puerquito lloró tanto porque era, en otra existencia, un niño que mal murió y que había encarnado en ese pobre cerdo para ser parte de nuestra familia.
Se cocinó el animal en el enorme perol de cobre luego de desollarlo y destazarlo entre lágrimas de algunos. El cuero se guardó para chicharrón y las pezuñas para tallar las avemarías de rosarios. La carne salió muy fea —sería de tanto que martirizaran al cerdo— y al Pelón le hizo daño, le provocó la cursera que lo mantuvo enfermo hasta dos semanas y fuera luego causa de su borrachera precoz, efecto de sólo dos tres caguamas.
Pero El Pelón, buen alcohólico, en vez de curarse lo cursillento, lo tomó como pretexto para no “salir a trabajar”. Lo cual era el infierno para la familia de esta bonita muchacha que debiera quizá decirle mi nieta, Liset Berenice Pérez López, mujer de Antolín, a la que no es posible llamar de otra manera pues no están casados. Y es que cuando no “salía a trabajar”, El Pelón se quedaba en casa exigiendo que se le cumplieran caprichos de loco, echando trago con sus amigotes, reconviniendo a la familia que por jodidos y mugrosos, que por güevones y cobardes o que porque no faltaba y, cuando ya estaba borracho, burlándose de los chiquillos, haciéndoles bárbaras travesuras o, lo menos peor, echándolos a pelear para su diversión y la de los otros borrachos, sus compañeros. Por lo menos así los chamacos aprendían a defenderse.
Cada “salida a trabajar” de Antolín (que, mientras no lograra colocarse en corporación policiaca, ejercía el mal oficio, que por buen nombre se conoce como la ratería. Oficio que Antolín desempeñaba a mano armada y en transporte público, como ex policía con experiencia en confrontaciones a bala) representaba para la familia desde unos doscientos pesos por lo bajo, hasta los dos mil. No más, porque la gente de este domicilio, él así lo dijo siempre, “No es de mi raza” y como no tenía a quien más darle —pues el Pelón creció en orfanato y ni tiene raza ni conoció madre (no es gratis que le digan pelón de hospicio)—, le gustaba ser el que más daba dinero en la casa. Desde que se llevó a Liset y luego viniera a vivir con la familia de ella así lo hizo. Y también vaya que se lo cobró.
Liset tiene ocho hermanos y es la tercera en el orden. La mayor es Yésica Alín, que a sus dieciocho años se quedó madre soltera y tiene tres niños. El segundo es Yónatan Cutberto. Luego va la susodicha y siguen Cristian Anacleto, Michel Jeremías, de quien sigue otra niña que se llama Rósalin Aurora, que a sus trece añitos es una flor —para su desgracia a la vista y a la mano de su malviviente cuñado El Pelón Sagredo— y así, hay otros cuatro más chicos aparte de los tres hijitos de Yésica Alín y los dos de Liset Berenice, la mujer que de firme tuviera Antolín, El Pelón, Sagredo. Tantos niños que mejor ni nombramos porque sería cosa de nunca acabar.
Imagen relacionada
Prostitución y pobreza.
Yónatan, a sus diecisiete, casi nunca tiene trabajo. Ha aprendido oficios varios, pero no se ha aplicado el tiempo que lo llevara hasta ser maestro en ninguno y es que le pasa lo peor, es tan joven que, aunque se hubiera aplicado en sólo uno, todavía no llegara a ser maestro. No terminó la secundaria y a veces se va a esquinear limpiando parabrisas para ganarse un mermado billete porque los buenos cruceros están muy peleados.
Yésica se mantiene a un paso de la putería profesional que ahora llaman sexoservicio. Nunca lo ha dicho pero muchas veces se ha acostado con el tendero o el farmacéutico para que le regalen leche, medicina o víveres varios para sus hijos. La familia, ciertamente, es muy pobre. Lo que Yésica ya no pudo ocultar es que El Pelón también la somete a cometer coito con él casi cada que (a él) se le antoja y más o menos contra la voluntad de ella pero con la furia del pleno familiar Pérez López, porque “cómo voy a creer que este desgraciado se agarra a las dos muchachas” ha dicho hasta el cansancio la mamá Nicanora. Pero tampoco le tenía mucha fe a su inquina contra su doble yerno El Pelón, porque con lo que le recibían de dinero ya les iba muy bien y casi nunca se quedaban sin comer y si todavía les llegó a ocurrir el ayuno obligado fue por descuido y desorganización, porque dinero, aunque fuera recibido del Pelón, lo había. Por más que muy caro pagaban los beneficios de aceptarle billetes, no sólo con las dos muchachas. Y es que peor todavía es el hambre.
Ya viene Querido Pancho Villa, novela sobre la vida oculta del célebre guerrillero.

Lo que pagaban los Pérez López al pésimo hombre que fue Antolín Sagredo a cambio de su dinero no sólo era en cuerpo de muchachas, sino en la sangre de, principalmente, Yónatan, al que el Pelón traía juido, o séase, atemorizado, bajo amenaza perenne, pues lo ha golpeado en su propia casa y también encontrándoselo en la calle abusando de su fuerza y edad mayores y sus muchas más malas mañas.
A los más chiquillos también les llega a dar unas cuantas patadas, pero no en serio, como sí ha golpeado a Yónatan sin piedad.
Hasta que llegó aquel día en que apenas con tres caguamas que se estuvo tomando en la calle se dejaba ver ya medio entontecido de briago, pues llevaba como desventaja acumular ya dos semanas completas de cursera intensiva. Como no había “salido a trabajar” no tenía dinero. Mala entraña como siempre, vino a la casa a pedir billete.
—¿Dónde está tu madre, tú, güey? —le dijo a Cristian Anacleto. El Cleto que, como todos los de la casa le guardaba un enorme talego de odio, se hizo el tarugo y no le contestó. —Te estoy hablando, hijo de tu chingada madre, ¿estás pinche sordo o qué, pendejo?
—No’stés chingando ’orita, güey…
—Pos dime dónde chingados está tu puta madre, cabrón…
—No sé, chingada madre…
—Pos véla a buscar, hijo de tu pinche madre, pero muévete, pendejo. ¿O qué, tengo que soltarte unos patines por el culo, güey? Órale, pinche escuincle rezongón, y le dices que me mande cien varos porque estoy chupando y ya se me acabó el billete.
—Yo no voy.
—Te voy a chingar…
Cristian Anacleto se echó a correr. —Hijo de tu puta madre— le gritó El Pelón y agarrando lo primero que alcanzó su mano se lo aventó —un plato de barro que estaba en la mesa— con tan impresionante tino y cuantimás para estar medio borracho que le abrió una ranura como de alcancía en el centro izquierdo del cráneo. Pero el Cleto más fuerte corrió aunque desangrándose con tal de ponerse a salvo.
Luego pasó lo definitivo. Antolín Sagredo se quedó sentado, riéndose de que su cuñado el
mediano saliera herido y sangrante con tan poco de su esfuerzo: apenas aventarle un plato casi como sin querer. Disfrutó su risa un par de minutos. No pensaba, porque él era de esa clase de personas que no piensa, sino se mueve y si acaso siente, aunque por la ley de la vida, cada vez menos. Y ya se iba a la calle a seguir bebiendo cerveza con sus amigos, cuando vio a la chiquita Rósalin Aurora bañándose a jícara en el cobertizo de palos que deja ver la cabeza y los pies de quien está adentro; como ese baño está junto al escusado, es común que mientras alguien se baña, con frecuencia otro se mete a las necesidades de hacer en retrete. Por eso ella no se extrañó de verlo llegar. Pero además su desnudez no le era vergonzosa porque siempre había vivido y dormido entre muchos hermanos que la veían en calzones y, a veces, hasta sin ellos, como también ella los había visto no menos en cueros.
Pero no dejó de extrañarle que Antolín se asomara con tanta insistencia a mirarla con sus pechitos que seis meses antes eran todavía de chupón, pero para el momento ya definían volumen y un pezón de círculo mediano en dibujo perfecto; su vello en el pubis, finísimo y pequeño todavía, como terciopelo, sus nalgas ya redondeándose en modelado de preciosismo.
La miró y siguió mirándola. Sin pensar. Hemos dicho que esos individuos no piensan, hacen y las más de las veces hacen mal. Pero, además, ante la belleza en pleno o mejor aún, despuntando, nadie piensa, como aquí era el caso.
Entonces ella notó. Y su naciente y natural pudor de muchacha hizo que reaccionara:
—Sácate de aquí, Pelón, no me estés mirando —y se cubría los pechitos con el antebrazo y el pubis con la otra mano. Pero su gesto era como nunca agresivo, tanto que hasta ella se sorprendía—. No me gusta que me veas. Lárgate, por favor.
—No, morra, ven pa’cá que te quiero enseñar algo. Na’más tápate con la tualla pa’que no salgas tan encuerada.
—No quiero. Ya vete, con una chingada… —y sin descubrirse se acercó a la pared, agarró la toalla y se la puso al frente. El otro, calmudo, se metió al cobertizo con gesto de perro endiablado.
—Ven acá, dije, pinche escuincla putita… —y la agarró de una mano y de los cabellos. Ella empezó a llorar, a pegar de gritos.
—Déjame, Pelón, déjame, no me agarres —y se acuclilló haciéndose bolita en un rincón enredándose en la toalla, chillando de odio y terror como un perrito atropellado. Antolín, tomado por la lujuria, terco y obtuso como un cerdo, la agarró a dos manos de sus cabellos mojados y la arrastró desnuda y aferrada a su toalla. Mientras ella chillaba más fuerte que nunca en su vida. Llamada por la desesperante grita llegó madre Nicanora, suegra de Antolín por partida doble, la que en tal momento Antolín estaba empeñado en hacerla triple.
—Ay, cabrón este, deja a mi niña, desgraciado maldito. Auxilio, auxilio, se llevan a mi niña. —Y enloquecida de furia con desesperación lo agarró del cabello y jaló aprovechando la inercia de sus ochenta kilos.
El Pelón tuvo que soltar a la muchachita que se fue corriendo a vestir, hermosísima y muy mal cubierta por la toalla y el terror. El Pelón se le enfrentó a doña Nicanora a los golpes. Los dos gritaban: ¡Perro maldito!, ella y El Pelón ¡Cálmese, pinche vieja! Se zafó de manos de la doña gracias a haber cedido sendos puñados de pelo pero también a que le asestó un terrible bofetón de revés que la derribó al tiempo que le rompió la boca.
Y Antolín era tan fuerte de instintos y tan terco de genio que todavía se encaminó, dejando a su suegra en el suelo, a buscar a la chiquita que se había ido a vestir al cuarto de las mujeres. Estaba intentando abrirle la puerta a Rósalin cuando sintió un batacazo entre los lomos y la nuca. Alcanzó a ver al descalabrado Anacleto que luego de correr oiría la grita, primero de la hermana, luego de la madre y se armó de cierto bate de béisbol que pernoctara en el patio por meses.
Y le dio a Antolín a mansalva o sea sin buscarse riesgo y con el odio de la sangre que le había corrido por la cara.
Antolín Sagredo perdió hasta el aliento aunque no se derrumbó, se agarró de la puerta que forzaba y se volvió para hacer gesto de asombro y ver que el bate venía de nuevo, ahora directo a su cabeza, lo que le permitió, como animal matrero que era, medio esquivar el impacto que le alcanzó a dar en un hombro. Se le fue encima a Cristian Anacleto y rodaron. El muchachito sentiría que ya lo iban a matar. Pero llegó su madre Nicanora con un tubo que halló a la pasada en el fregadero y alcanzó a encajar tres tubazos en la espalda del Pelón mientras éste trataba —con dificultad por los dolores— de someter al Anacleto. Los tres gritaban haciendo un ruido que se volvió indiscernible. Se agregó Rósalin Aurora que, ya semivestida, regresara a agarrar al Pelón de los cabellos con fuerzas que se desconocía buscando estrellarlo contra el suelo.
Lectura pública

Como milagro entró Yónatan Cutberto, distraído, de pronto miró la escena que se le dificultaba creer: Antolín sobre su hermano Cleto, su hermana sobre Antolín columpiándose de sus greñas y la mamá Nicanora dándole con el tubo en los lomos. Caminó y casi corrió calculando los pasos como saltador olímpico y ejecutó una patada de futbolista que sonó seco y horrible en la cara del Pelón. Lo volteó bocarriba, lo que permitió a su hermano salir y ponerse de pie, recuperar el bate beisbolero y acometer por su cuenta. Rósalin soltó la cabeza que traía de los cabellos y dio dos pasos atrás. Antolín estaba atontado, adolorido, medio borracho y debilitado por quince días de cursera.
Mamá Nicanora y Cristian Anacleto sacudían al Antolín con toda energía, como si fuera un colchón percudido, ella con un tubo y él con el bate. Rósalin lo apedreaba sin tino, pero le dio la idea a Yónatan que agarró una piedra de doce kilos que, al pie de la puerta del patio, servía de asiento en las tardes cuando ya iba refrescando el día.
La cargó sin demasiado trabajo hasta acercarse al sitio del linchamiento. Le midió para no fallar porque Antolín se movía con mucho vigor tratando de huir de la felpa y cuando iba corriendo a gatas se la estrelló en la nuca. La fuerza y la precisión harían modelo del golpe. Antolín se derrumbó pero no se venció. Los más chiquitos, jubilosos, tomándolo a juego, también lo apedreaban desde mediana distancia. Eran unas diez personas metiéndole mano al Pelón, como si hubiera sido pila de agua bendita, según se dice.
Aparecieron una tras otra las dos hermanas, sus mujeres, la una de firme, Liset Berenice; la otra, YésicaAlín, la que, con pretexto de que ya no la agarró señorita, la usaba para satisfacer antojo de hembra. A la primera ya le había encajado dos criaturas, a la otra apenas uno.
Las dos muchachas vieron la escena. No quisieron participar. Sólo miraban. Yésica dijo azorada:
—¿Por qué le estarán pegando, Bere?
—Saabe… Algo les haría…
—¿Máaas…?
—Ya déjenlo…, ya no le peguen… —les pidió Liset aunque sin exagerada convicción. Yésica no se atrevió mucho más…
—Pos ¿qué les haría, oigan?, pérense tantito…
—El hijo de su chingada madre quería cogerse a Rósalin… —les informó de un grito Cristian mientras se preparaba para seguir tundiendo con lo que daban sus fuerzas en el ya martirizado cuerpo del Pelón Sagredo.
—Mmmmmmmmmmmhhhhhhhhhhhh —no era un chillido, no era una queja. Era un mugido para tratar inútilmente de meterse aire, pero sin lograrlo porque borboritaba sangre por boca y nariz. Indefenso Antolín no pudo hacer nada cuando Yónatan le arrimó una tanda de patadas recorriendo desde el vientre hasta la cabeza. Antolín pujaba ¡mhhmm…, mhhmm…, mhhmm…! respondiendo a cada golpe, mientras su cuñado inquiría:
—¿Esto era lo que querías, hijo de tu chingada madre? ¿Quieres más, hijo de tu puta madre? ¿Ya estás a gusto, culero?
—Ya le dieron a su antojo, ’ora sí ya déjenlo… —casi suplicó Yésica.
—¡Es que se quería coger a la niña, el hijo de su puta madre se quería coger a la niña! —le dijo en la cara Cristian que también es llamado Anacleto, para justificar convenciendo a su hermana de que la masacre debía continuar. Le pegaban con odio, no como a Jamonudo a quien se lo hicieran por compasión. Es decir, en principio, por amor. Para que su vida se volviera más útil de lo que ya había sido. Los golpes para Antolín sí eran de odio, porque su vida había les llegado a ser no sólo inútil, sino una pesada carga.
Lo agarraron, Cutberto de las greñas, mamá Nicanora de la camisa empapada de sangre; Cristian, el descalabrado, de una mano y se lo llevaron arrastrando hasta la entrada de la casa y, exhausto, lo echaron junto a la puerta; marcaron un caminito de sangre. Ya era ese momento en que la tarde se vuelve noche y allí se quedó.
Alcancé a verle los ojos cuando pasaba, aunque seguía sacando aire, su mirada era como de aquél que ya no es de este mundo. “A ver si no se les muere”, me dije, porque no puedo —ni quiero— decirle nada a nadie más. Pudiera, si quisiera, porque sé escribir y puedo, como se ve. Pero no, aquí no vale la pena. Mejor se lo digo a ustedes que leen como yo que escribo…
Los vecinos no le tomaron demasiada atención a pesar de que estaba ostensiblemente molido a tubazos, batazos, pedradas e insultos.
Allí se quedó tirado y la familia se dedicó a sus quehaceres u ocios, según. Nicanora a acabar de lavar su día, Liset Berenice a bañar a sus chiquitos, Yésica Alín a continuar su interrumpido planchado de ropa, Cristian Anacleto a ver televisión y luego a patinar en tabla, los niños a diversos juegos en el patio, Rósalin Aurora a ponerse bonita porque tenía que ir a un baile de adolescentes, para el cual se bañara cuando empezó el jaleo. O sea, la familia como si nada. Yo seguí, como siempre sentado en mi silla de ruedas que camina muy despacio y rechinando. Desde mi sitio, que me deja ver la casa casi entera, divisaba un cacho sanguinolento del Antolín que se asomaba por la puerta de entrada. En algún momento lo vi moverse tanto que dije “Levántate y anda, no vayas a causar un problema”, pero ya que lo pienso, a la mejor era el momento…, el único momento único de esta vida…
Más tarde merendamos café negro y tacos de arroz con frijoles. Nadie quiso acordarse del Pelón que seguía al pie de la puerta. Cuando, al terminar la televisión, alrededor de la medianoche mamá Nicanora mandó a Cristian cerrar, éste regresó a decir si “metemos al Pelón porque áhi sigue tirado”.
—Que se meta el cabrón cuando se le antoje, si se le antoja…, además ¿quién lo va a meter? —Dijo madre Nicanora, todavía con rabia. Y cada uno se fue a hacer su cama porque muchos duermen en el suelo. Recliné mi silla y me eché encima la cobija que llevo amarrada a un ladito. Y nadie se acordó de Antolín hasta que iba entrando la mañanita porque muchas gentes vociferaban en nuestra puerta y le hacían bola al Pelón.
Tocó a manazos sobre la puerta de lámina el Ministerio Público preguntando que “cómo había muerto el cristiano que estaba afuerita, que si lo conocíamos”. “Puta madre, si lo conoceremos”, hubiera yo dicho, si pudiera hablar. Pero como no puedo na’más oí:
—Sí, cómo no, este muchacho vive aquí… Válgame Dios, pero cómo voy a creer que está ahí tirado… Sí, si hasta es el señor de una de mis hijas…, pero no, fíjese usté que anoche que lo vi…, sí, venía medio borrachillento, sepa usté que le gusta el trago… ¿¡cómo que ya se murió!? Ay, no me diga…, sería de frío…, pobrecito. ¿Cómo que todo golpeado? Virgen purísima de Guadalupe… ¿quién pudo, quién pudo? —decía Mamá Nicanora mintiendo con la sangre fría de un político encumbrado.
—Se los dije, se los dije —lloraba Liset Berenice, pero:
—Cállate, pendeja, porque nos llevan al bote a todos —le dijo su hermano Yónatan y ella siguió chillando, pero mejor decía “pobrecito, cómo me lo dejaron” y se puso, simulando que barría, a echarle tierra al caminito de sangre que hicieran la tardenoche anterior al sacar de la casa al ahora difunto Antolín.
Yésica Berenice también lloró pero, más discreta, se alejó para no crear sospechas y escondió un bate y un tubo ensangrentados.
Rósalin Aurora lloraba y lloraba sin saber bien por qué, en mucho era de susto porque estaba segura que nos iban a llevar a la cárcel a todos. Lo bueno es que no decía nada.
—Cómo no, fíjese licenciado que venía algo tomado el muchacho, pos para serle franca, como casi siempre; y tengo idea que sí venía golpeado de por sí, como algunas veces; también por eso me extrañó un poco que se quedara tirado al pie de la puerta como casi nunca, que sí lo llegó a hacer alguna vez endenantes. Sabe Dios dónde lo golpearían así, mire nomás, no le dejaron cachito sano. —Dijo la vecina de al lado.
Médicos y licenciados revisaron su cuerpo por encimita y apuntaban en sus libretas como durante una hora y media; lo manosearon hasta metiéndole el dedo en la boca, lo trasculcaron para echar sus cosas en una bolsita de plástico. Al fin fue subido en una camilla y en ésta, colocado dentro de una ambulancia, ya para qué. Tanta lágrima de mujeres les daría certeza de que lo golpearían en sitio distinto y gente desconocida. Pero pienso que no sería tan raro que hayan mejor querido hacerse de la vista gorda. Dirían, ni modo de llevarnos bajo acusación de asesinato tumultuario a la familia entera, y es que no era tan difícil de colegir lo ocurrido.
Dijeron que teníamos tres días para ir por el cuerpo. Nadie quiso ir a hacer el reclamo. A la semana nos mandaron un papel para que fuéramos a recogerlo y para no despertar sospechas por sentimientos de culpa mamá Nicanora y Liset Berenice lo fueron a ofrecer en donación a la escuela universitaria de medicina, saben que ahí se les recibirá el cuerpo de Antolín Sagredo, para que sirva en la enseñanza de los practicantes siendo descuartizado pieza por pieza. Más o menos igual que el Jamonudo, nuestro puerquito con que empezó esta narrativa. Como para cuadrar la historia, porque Antolín, de alguna manera, era otro cerdo —nomás que él sí era malo— y como tal murió y no menos igual acabó siendo el destino de sus restos con la diferencia que aquel cerdito fue al perol, muy caliente, para la cocción de su carne que luego sería nuestro alimento; mientras el Pelón dio en un refrigerador, muy frío, para guardar aquellos muertos que a nadie generan interés y para servir también de alimentación, cómo no, pero su cuerpo habría de nutrir el conocimiento de tanto muchacho que en la universidad se preparan porque habrán de ser médicos. Y así, por lo menos que en algo haya sido útil eso que fue en este mundo Antolín.