miércoles, 24 de mayo de 2017

Cadáver insepulto


Cadáver insepulto

Pterocles Arenarius

La ley sólo existe para los pobres; los ricos y los poderosos la desobedecen cuando quieren, y lo hacen sin recibir castigo porque no hay juez en el mundo que no pueda comprarse con dinero.

Donatien Alphonse Françoise, Marqués de Sade

Yo vivía en la calle de Juan de la Granja, en una de las orillas de la Candelaria de los patos. El lugar de juegos, centro deportivo y parque de diversiones de los niños que habitábamos las cinco vecindades de Juan de la Granja era la calle de Auza, perpendicular a la otra. Ahí jugábamos futbol, canicas, beisbol, quemados, hoyos, burro en sus diversas variantes (corrido, tamalado, castigado) y también peleábamos con alguna frecuencia. Éramos la pandilla del barrio de la nueva generación y teníamos entre diez y doce años. Aquél era un día de vacaciones del calendario escolar. Yo buscaba a mis amigos el Neto y el Melo, que vivían en la escuela Juan de la Granja, precisamente en la esquina de la calle de ese nombre y la de Auza.
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La Bella Cande, legendaria. Foto histórica de Héctor García.
Me trepé en la puerta metálica del zaguán de la escuela, pisando sobre los adornos de metal forjado. Les grité. No salieron. De pronto vi que un policía, tamarindo ―que así los llamaba la gente por el color del uniforme y eran, formalmente, los encargados de vigilar y regular el tránsito de vehículos― se acercaba a mí. Peligrosamente, cada vez estaba más cerca. Un niño casi vagabundo, desconfiado, astuto y conocedor de los peligros, no iba a confiar en un policía tamarindo (a mis diez, quizá once años, sabía con claridad completa que todos los policías, todos, eran ladrones, los tamarindos tenían, en realidad, el encargo de extorsionar a todo aquel que manejara un vehículo automotor). Y menos podía confiar en un policía que se me acercara puesto que lo veía con más que clara evidencia que estaba embriagado.
Rápido, con mis 35 kilos y mi agilidad de buen futbolista callejero, me bajé de la puerta y salí corriendo para huir del tamarindo borracho.
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Estación del metro Candelaria. Desaparición del barrio.


Corrí por Auza. El policía me persiguió, pero yo era mucho más veloz. Llegué a mi vecindad, a unos 60 metros de la esquina de la escuela. Me metí corriendo y me refugié en el excusado colectivo de la vecindad. Me subí con los pies sobre la taza para que si se asomaba por abajo del cobertizo con bisagras que dejaba ver pies y cabeza de quien estuviera adentro, no me viera. Desde una rendija lo miré llegar a media vecindad, ebrio, enrojecido, un poco tambaleante, miraba a la gente de la vecindad con sus inyectados ojos de bútago retador. Miró para allá al fondo de la vecindad, nada. Miró para acá, ¡donde yo estaba!, nada. Miró para afuera y lentamente se fue caminando hacia afuera de la vecindad, hacia la calle. Suspiré aliviado. Dejé pasar un tiempo pequeño, demasiado pequeño. Debí esperar más, pero tenía miedo y urgencia de meterme a mi casa. Salí y ahí estaba, esperándome. Ya no pude hacer nada. Me agarró y me cargó como si fuera un chivo, bajo su axila. Así era de fuerte o así estaba yo de flaco.
Y me llevaba como su botín. Las mujeres de la vecindad vieron todo. En menos del tiempo que le tomó llegar a la entrada de la vecindad ya le habían avisado a mis padres: “¡Un policía se lleva a Chucho!”. Cómo que un policía, ¿por qué? “Lo agarró a media vecindad y se lo lleva cargando”. Ah, carajo, pues qué estará pasando, qué haría o qué, pues…
Mi madre me arrebató de brazos del policía degenerado y mi padre le asestó un poderoso cruzado de derecha que casi lo derriba. El policía era un hombre alto y fuerte. Mi padre era de pequeña estatura, 1.65 metros si acaso. Un gran chingadazo hizo al tamarindo retirarse sin más explicaciones.
Fue la primera vez en mi vida, a los once años, en que me encontré frente a frente con La Bestia.
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La Bestia. "La dictadura perfecta"
Hablo de La Bestia, porque sé que quienes han vivido bajo la opresión de una dictadura saben bien de qué hablo cuando me refiero a La Bestia. Es el “derecho” de violar, como ese policía iba a hacer conmigo. ¿Para qué quería llevarme cargando ese tamarindo borracho?
Habían pasado quizá cuatro años y, como un buen adolescente de barrio bajo, me encontré en la otra esquina de mi calle, donde Juan de la Granja se encuentra con Corregidora, bebiendo cerveza a pico de botella. Era una caguama que, en aquellos tiempos, tal denominación era curiosa novedad (dicen que debida a Monsiváis). Estábamos Gregorio, renombrado el Oso y Joaquín, el Negro, Padua. Yo le había dado dos tragos a la cerveza y me encontraba un poco ebrio de manera más que prematura. De repente, de la nada salió un sujeto de gabardina blanca prácticamente en medio de los tres: “Esos jovenazos, saquen la bachita”. Yo iba a contestar con un estúpido candor autoincriminatorio, pero el Oso, se me adelantó y con astucia dijo “Cuál bachita, señor, aquí no hay nada”. En un instante aparecieron otros tres sujetos que, sin más, comenzaron a trasculcarnos. En el bolsillo me encontraron el destapador de cerveza que incluía tirabuzón sacacorchos. “Con esto puedes matar a un cristiano, vas pa'rriba, chamaco”, me dijo del de la gabardina blanca. Y me subieron a una camioneta sin placas ni logotipos policiacos.
Alguno de los que estaban fue corriendo a avisar a mi madre. Era un sábado, porque ella estaba planchando y salió corriendo sin enfriarse, a riesgo de agarrar un mal aire, para rescatarme de las manos de los representantes de la dictadura que, desde fuera de la ley, han violado los derechos de las clases pobres de México por décadas.
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Años 70. El jovenzuelo militante de la izquierda después sería Pterocles.
Mi madre llegó a llorarle al sujeto de gabardina blanca, policía secreto, como se estilaba en aquellos tiempos. Yo estaba ebrio arriba de la camioneta y me sentía tan mal como nunca me había sentido en mi vida. Borracho y oyendo a mi madre lloriqueante suplicarle al terrible hombre que me había detenido por traer un destapador de cerveza con tirabuzón. El hombre repetía “Es que con esto puede matar a alguien”. Con una prepotencia odiosa, con una actitud de generoso perdonavidas le dijo a mi madre “Bueno, ya llévese a su hijo. Pero cuídelo más, porque para la otra sí nos lo cargamos”. Me daban ganas de que mejor me llevaran a la cárcel antes que “ser beneficiado” por tan pútrida generosidad.
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Brutales, ladrones, torturadores, asesinos. La policía, al servicio del poder corrupto

La policía era una plaga criminal, una maldición del diablo, una invitación al abismo ―matar a un policía era un bello ideal, incluso arrostrando persecución, tortura, cárcel―, para los jóvenes y adolescentes que crecíamos en la Bella Cande. No pocos de los que fueran mis amigos de la primera juventud murieron en manos de la policía o bien dieron en la cárcel con sus humanidades o, la peor de las maldiciones: se convirtieron en eso que fuera su tortura, su demonio en este mundo, su odio; se convirtieron en policías corruptos, ladrones, extorsionadores, alcohólicos-gordos e ignorantes y criminales.
Mi suerte fue formidable. A pesar de haber sido detenido por besar a mi novia en la calle, por mear en público, por estar borracho en una calle solitaria, por ―esto será muy difícil de creer― por caminar demasiado rápido, pues según dijo el patrullero que me detuvo y me subió a su vehículo, era muy sospechoso caminar así. Por ingerir bebidas alcohólicas en la calle me detuvieron ―objetivos de extorsión― muchas veces. Por mentarle la madre a Carlos Salinas fui hecho prisionero un par de ocasiones; por pegar carteles primero del Partido Mexicano de los Trabajadores, luego, años después del Frente Democrático Nacional. En fin. Sin embargo, repito, mi suerte fue formidable, porque aunque fuera detenido cuatro o cinco veces por año, no permanecía prisionero en poder de la corrompida autoridad más de 12 horas; y en los mismos tiempos hacía mis estudios de bachillerato y después de licenciatura. Y conforme avanzaba en consciencia social y conocimiento, obviamente, mi percepción de lo que es y significa la policía, el rostro del régimen, se fue modificando hacia un refinamiento cada vez mayor.
Un viejo profesor
Desde la adolescencia noté que la justicia operaba de manera más que rigurosa contra los pobres. Jamás contra quienes ostentaran riquezas o influencias poderosas. Los que podían pagar la “justicia”, en la práctica, estaban autorizados a delinquir sin cortapisa e incluso a asesinar.
La justicia mexicana es una tiranía contra los humildes. Y es la más feroz dictadura contra los opositores al régimen. Contra los pobres aplica un rigor casi sin límite, la injusticia cotidiana, la brutalidad policiaca, la extorsión como sistema de trabajo. Contra la delincuencia tienen muy sus diferencias. Los delincuentes que actúan motu proprio pueden ser consentidos, incluso alentados y hasta protegidos, si entregan parte de sus ganancias a policías, ministerios públicos y jueces.
Los políticos jamás serán molestados ni reconvenidos ni siquiera señalados por sus raterías ni sus crímenes, excepto si hay una consigna que venga desde más arriba en su contra. Y ni hablar si es desde arriba ―leamos desde la presidencia de la república―: entonces el rigor de la justicia será implacable. Sin embargo, para ellos suele haber misericordia. Llegan a perdonarse.
La lucha contra el poder
Para quienes no hay piedad es para los opositores a este régimen. De forma sumarísima se les condena a muerte o a desaparición forzada. Crímenes dignos del Tercer Reich se han cometido contra los que se enfrentaron al gobierno. A veces, por la denuncia, la lucha organizada, sólo sufren la cárcel.
El sistema ha sido indeciblemente astuto para permanecer entronizado en el poder público. Es sin duda asombrosa su capacidad para aferrarse ―como lo haría un náufrago con su tabla de salvación― a los beneficios del poder. Han corrompido hasta los cimientos la vida política de la nación. Han comprado (casi) a todos los políticos y a las organizaciones en donde haya gente dedicada a la política. Han entregado el país al extranjero como si fuera de su propiedad. Han destruido con toda consciencia la educación.
Han sido la más feroz dictadura porque son capaces de decir en el extranjero que en México se vive una democracia, “con todos los defectos de los regímenes de tal índole, pero democracia al fin”, cuando son una satrapía que sirve, con todo descaro, al poder imperial.
Y cuando ha habido iniciativas que los han amenazado con expulsarlos del poder político, con un cinismo que espanta gritan que “Todos los políticos son iguales. Que todos son corruptos y ladrones por lo que no hay salvación”.
Así, una nación que ha contado ―aunque cada vez menos― con descomunales riquezas naturales, con múltiples privilegios que el azar natural le otorgó (todos los climas, miles de kilómetros de costas, millones de hectáreas de suelo fértil, no menos mar territorial, inagotables yacimientos petroleros, plata, cobre, oro, etcétera) se debate en la monstruosa situación de ver a treinta millones de sus habitantes sumidos en una miseria muy cercana a la hambruna y otros setenta millones que viven en una pobreza apenas soportable.
La dictadura mexicana, con vigencia ―durante dos sexenios disfrazada de azul― durante ya casi noventa años (aunque con una milagrosa salvedad, el periodo de gobierno del general Lázaro Cárdenas) se ha regido por tres objetivos para el ejercicio de su gobierno: Uno, el robo sin límites al erario. Dos, la mentira como sistema de comunicación con los gobernados. Tres, la supresión de los enemigos del régimen por asesinato directo, desaparición forzada, encarcelamiento sin pruebas, expulsión del territorio nacional o el cese laboral. Según el sapo del costo político es la pedrada del atentado.
Pero La Bestia murió con uno de sus más bestiales crímenes. Como régimen murió el 2 de octubre de 1968.
Pero sigue, muerto insepulto, al mando del gobierno. ¿Qué es una bestia muerta?: un montón de carne agusanada, pestilente, abominable, en proceso de descomposición. En su interminable proceso de putrefacción han contaminado a todo el país. Y el desmantelamiento ―la descomposición― de nuestro país lo hemos presenciado mirando el rostro de La Bestia insepulta que se transfigura en padre benévolo para los menos, cínico consentidor y obsecuente para los millonarios, despiadado saqueador para la mayoría y el demonio, el exterminador, la bestia de fauces sangrientas para los que se le oponen.

Voy viajando y veo que una patrulla detiene a un automovilista en la solitaria carretera, en la noche. ¿Será para ayudarlo? ¿Será para darle orientación y consejo? ¿Será con la finalidad de brindarle indicaciones para su protección? No. Es para extorsionarlo. Es un robo en despoblado.
Hoy soy un viejo profesor. Tengo hijos que no vivieron en el barrio bajo y van a la universidad. Pero las condiciones de mi país no han cambiado, sino al contrario, son peores. El cadáver insepulto ha encontrado la manera de continuar su proceso putrefactivo ensanchándolo hacia todos los puntos de la nación. Lo que se mostraba en embrión hoy es horrenda realidad. El país se despedaza, la consciencia colectiva está desmembrada. Lo peor de los políticos se entregaron a La Bestia, por comodidad, por cobardía, son los gusanos que tratan de acelerar la descomposición.
Escritores y activistas
Pero, aunque atomizado, el descontento que aglutina a los que no han sido alcanzados por la podredumbre, los que hemos sido perseguidos, a los que hemos sido robados por años, los que hemos sido oprimidos, explotados y ninguneados, se siente en el aire, La Bestia se sabe, se siente acorralada y, como nunca, se muestra amenazante, con una hipocresía y una brutalidad que sólo pueden ser producto del terror de que la gran rebelión que con millones de mañas han pospuesto por décadas los barra, los borre de la historia, fingen seguridad y aseguran que conservarán el poder.
El régimen con el rostro agusanado, pestilente, podrido hasta los huesos aspira a descomponer a todo el país. Si no eliminamos al cadáver nos pudriremos todos.

viernes, 17 de febrero de 2017

En la Pulquería Insurgentes, hicimos sendas apologías del maestro Eusebio Ruvalcaba, además, comentarios sobre el libro No todas las aves cantan en la oscuridad de Enrique Ramírez. El texto que leí en el acto es el que sigue:
Un héroe y un militante
Homenaje a Eusebio y elogio de Enrique

Pterocles Arenarius

Se fue el gran creador, tan grande cualitativa como cuantitativamente. Tan grande que en su modestia ni siquiera llevaba la cuenta de los libros que había publicado.
El gran intelectual melómano. Sin duda el escritor que más sabía de música en este país.
Se nos fue el gran maestro. Tan grande que sólo cuando sabemos a ciencia cierta que su ausencia será irremediable, nos percatamos de cuánto deja vacío en este mundo. El amigo que no tenía precio, el que consideró la amistad como una de las formas elevadas del amor. El autor infatigable cuya disciplina como de músico alemán lo llevó a escribir y publicar más de 60 libros. El tallerista de férreo rigor, enemigo acérrimo de la chambonería en la creación.
Eusebio Ruvalcaba era sus grandes ideas, sus refinadas emociones, su vasto conocimiento de la música y de la literatura, él era su bondad y su amor para los amigos. La amistad de Eusebio era un delicioso regalo de la vida.
Y hablando de Eusebio traigo a colación a uno de sus héroes. Se llama Wolfgang. Y está en algún lugar, en una dimensión que somos incapaces de incluso concebir, Amadeus mira a veces hacia este mundo. Y en una de esas, era el año 2012 y vio a Aimi Kobayashi, entonces, una criatura de 12 años que, en la Casa Internacional de la Música de Moscú, bajo la batuta de Vladimir Spivakov y la Orquesta de Virtuosos de Moscú interpretaron el concierto Coronación que él, Wolfgang, escribió en 1788 y que alguien, años después, sobrenombró así en honor a un pinche reyezuelo olvidado. Y desde ahí donde está, Amadeus dijo al observar tan acuciosa, tan amorosa interpretación de su obra, es decir, de él: “Sigo entre los hombres. Cada uno de ésos que hierven de emociones y algunos hasta lloran, tiene una parte de lo que en ese pequeñísimo mundo que ellos llaman Tierra dejó, cuando vivió esto que ahí llamaron Wolfgang Amadeus Mozart. Y si estoy aquí en el estado de lo sublime es porque sigo viviendo allí, en ese pequeñísimo mundo que llaman Tierra, pues he ahí que mis ideas, mis emociones, mis caprichos y hasta mis vicios siguen existiendo”.
Así, en este momento, Eusebio está entre nosotros. Y ha comprendido que, al final, no somos más que las emociones propias y las que hemos despertado en otros. Las ideas que generamos y que las repartimos por el mundo a veces bien, a veces regular y también mal. Somos los amores que hemos despertado en algunas personas. Y en este momento Eusebio nos observa y se da cuenta que sigue vivo en nosotros, los que lo amamos.
A raíz de la muerte de mi amigo Eusebio he pensado, una vez más, ¿para qué estamos en este mundo?
Y antes que nada me describo a eso que llamamos este mundo. Es el planeta llamado Tierra y se encuentra bajo el cobijo de una estrella que llamamos Sol. El Sol es un astro más bien vulgar de entre unas 400 mil millones de entes estelares de la agrupación llamada el camino de la leche, sin albur, por eso mejor, digámosle Vía Láctea. Y ese conjunto inconcebible es sólo uno más de las ¿100 mil millones o el doble o el triple de galaxias? que hay en un universo que tardaríamos 90 mil millones de años en recorrer en el inalcanzable caso de que fuéramos capaces de movernos a la velocidad de la luz.
Lo que quiero decir es que si en relación con el universo alguien dijera que no existimos no estaría faltando a la verdad. Ante esos números, ante esas dimensiones esta existencia es lo mismo que no existir.
¿Entonces para qué vivimos, para qué tenemos consciencia si ésta, en comparación con lo que llamamos la vida del universo es como una chispa que resplandece una fracción de segundo y luego desaparece para siempre?
Enrique Ramírez, poeta y artista plástico, sin hacerlo explícitamente, nos da una respuesta. Y lo hace con su poesía.
Primero. La poesía no sirve para fines prácticos. Podríamos decir que la poesía no sirve para nada. Pero es así porque se trata del ejercicio más humano de cuantos ha inventado y conoce el hombre. La poesía se encuentra en tantos lugares como milagros ocurren en el pasmoso universo que habitamos, para que la vida continúe, para que la belleza ocurra, para que el conocimiento siga asombrándonos y no menos para que la desesperación, la tristeza no terminen por avasallarnos.
he nacido triste
sin sentido
desganado
(…)
he nacido sin causa
pesimista
con dolor en los testículos
(…)
con un sentimiento de nostalgia
(…)
con las tripas de fuera
(…)
he nacido solo
solito como un peral que recibe el sol
pero sobre todo
para morir
Ha dicho el filósofo que el hombre es un ser para la muerte. El poeta, a punta de sentimiento, de su propia desolación y la búsqueda en sí mismo lo ha descubierto.
Es decir, la poesía, que, como hemos dicho, no sirve para nada, sólo sirve para lo más importante que pueda haber en este mundo: para hacernos más humanos. Que ya bastante tenemos todavía del animal que fuimos. Que seguimos siendo.
Esto es idéntico a lo que en tiempos remotos, hace siglos, se conoció como la alquimia. Los alquimistas, se dice, fabricaban oro a partir de metales burdos, concretamente del plomo. La ciencia moderna no ha probado que lo hicieran, tampoco que no. Pero sí ha encontrado que es posible hacerlo, aunque, con la actual tecnología, sea muy caro. Lo importante para nosotros es lo simbólico de la alquimia. A partir de la vulgaridad, de los materiales rústicos, del plomo o la ordinaria cotidianidad, el poeta-alquimista, obtiene el oro de la poesía, el lapis-philosoforum, la piedra filosófica, aunque sea envenenada, es decir, en lugar del elíxir de la vida perdurable, en el caso de Enrique Ramírez, éste brinda una invocación para la otra cara de la vida.
Quiero decirle al constructor
del circuito interior
métame en un bache
deje caer el cemento
sobre el flaco cuerpo
después al estar a punto de morir
recordaría los autos a 100 Km /h
sobre la cabeza
la urbe no se detendrá a mirar el hoyo.
Estamos ante una poesía que no da concesiones en absoluto y tan no las da que ni el mismo poeta se perdona. Es una poesía dura, despiadada; incluso las expresiones, las palabras, son deliberadas para aludir al desasosiego, a la muerte incluso, sin ambages; aquí el poeta no se anda con chingaderas. Se asoma al abismo con una sangre fría que llega, sin dudas, a atemorizar.
Las palabras y el sentimiento es el mismo
¿cuánto tiempo
vagando
entre los días y la soledad?
comiendo migajas de galletas de animalitos
bullendo del hocico o mente
dramas con letras
en el papel
para distraer las ganas de regresar al polvo.
La poesía ocurre, como el milagro de amanecer o la caída de una estrella fugaz. Es como respirar. Está aquí la atmósfera contra todo pronóstico, desde hace unos 4 mil 500 millones de años. Si alguien tiene buena salud, si es notoriamente feliz a pesar de que el país se despedaza y nos gobiernan delincuentes, si es creativo y hasta tiene fe en la humanidad, no lo duden, es alguien que está en contacto con la poesía. La poesía es, finalmente, salvación.
En el poema siguiente se describe el milagro de la existencia de un gusano.
Horrores en el suelo
tener más de 70 años
es una hazaña que el
insecto
no desea y no siente
se conforma
con un medio día
donde pisan la tierra tenis zapatos
no prestan atención
a esta alimaña
ni a
él le importa
pues se entretiene contando
la arena negra con sus patas
suspirando
sin saber que
un dedo está a punto de aplastarlo.
Somos para la muerte, lo ha dicho el poeta Enrique Ramírez, lo confirmó Eusebio al partir de este mundo. Pero la muerte no existe. Como lo prueba el mismo Eusebio.
Eusebio Ruvalcaba se fue de este mundo. Pero aunque las ideas, las emociones, los amores que se reunían en esa persona que todos amamos ya no está físicamente, eso que lo formaba sigue aquí, está en nosotros, igual que sigue Mozart cada vez que es interpretado.
Y mientras Eusebio nos mira desde donde esté, con esa mirada medio sesgada, medio oblicua, con esa intención traviesa, con ese afecto purísimo y entrañable, con ese saludo que hacía sonar su dedo medio contra tu mano, con sus barbas canas y sus ojos inteligentes, les digo, amigos, para eso existimos, para cambiar este mundo, para que la vida siga, para salvarnos por el conocimiento, por la sabiduría, por el amor.
Por aquí anda Eusebio, aquí está, entre nosotros,
¡Salud, carnalito!
Y este día, 15 de febrero del año 2017 según el calendario occidental; el 1395 del calendario musulmán; el 4714 del calendario chino y el calendario masónico dice que estamos en el año 6017 de la verdadera luz, mientras el 2017 corresponde, dicen ellos, a la era vulgar. Bien, este día, en un país que se encuentra muy próximo al abismo, a una gran catástrofe social y que se llama México ―oficialmente Estados Unidos Mexicanos―, en la Ciudad de México, hasta hace poco Distrito Federal, se presenta un libro de poesía. Se celebra a un gran hombre que nos dejó pero que, a partir del día en que se fue, se volvió El Escritor. Pocos actos más inapropiados en un país que se desangra, que quizá agonice.
Sin embargo, como dice aquella hermosa canción, “¿Quién dijo que todo está perdido? Aquí vengo a ofrecer mi corazón”. Lo cual me remite a la última pregunta.
¿Vale la pena que alguien dedique su vida a crear poesía como lo hizo Eusebio?
Vale. Porque mientras esto ocurra, significa que habrá esperanza.