domingo, 16 de marzo de 2008

Día internacional de lo mejor que hay en el mundo: las mujeres

La vida es (más) de las mujeres

Pterocles Arenarius




El mundo se siente solo y necesita el
consuelo de las caderas y los pechos
de las mujeres. Y lo pide con mil
manos y millones de voces.

Clarissa Pinkola Estés
(Mujeres que corren con los lobos)


El 8 de marzo fue declarado por la ONU el día internacional de la mujer desde 1977. Sin duda es bueno que se declarase un día mundial de la mujer, al menos para recordar que todavía falta mucho que hacer en favor de muchas mujeres en gran cantidad de países del mundo.
Lo esencial es que las mujeres son, estadísticamente, la mayor parte de la especie humana. A contrapelo de la supuesta mayor fuerza masculina, las mujeres son más resistentes, más adaptables, más ad hoc al mundo. ¿Más evolucionadas? Bueno, hay un detalle biológico ineludible: el cuerpo femenino está más especializado que el masculino, tan obvio como que el cuerpo de la mujer cuenta con un orificio más que el del hombre para realizar las funciones fisiológicas. En efecto, la uretra es usada por el cuerpo humano masculino para dos funciones: orina y eyaculación; mientras el cuerpo de la mujer cuenta con dos vías para la realización de las sendas funciones, una para la orina y otra para las funciones reproductivas. Este detalle minúsculo e incluso de mal gusto es demasiado importante en múltiples ámbitos, pues determina a los seres desde su parte esencial, la biológica, la animal. Porque además es el primer atisbo de las múltiples diferencias derivadas de la enorme variedad hormonal y fisiológica.
Detalles no menos importantes son los siguientes: mientras entre el género masculino suelen darse los picos de la genialidad, también se dan las simas de la estupidez o las malformaciones mentales congénitas, entre las mujeres se presenta el sano promedio de la inteligencia normal. Testimonios claros de esto son cárceles, manicomios, hospitales y otros albergues para gente imposibilitada. Hay muchos más hombres en estos sitios que mujeres. Igualmente hay diferencias en los conflictos armados –salvo cuando ocurren ataques a la población civil, costumbre cada vez más abominablemente común en las guerras– mueren más hombres que mujeres, de hecho, los enfrentamientos de la guerra regular, siempre son entre hombres, aunque hay salvedades. En general, los infantes femeninos sobreviven más que los masculinos, por eso en todo recuento de población, hay un pequeño pero constante y notable porcentaje de mayoría femenina.
Los hombres y las mujeres somos, por fortuna, muy diferentes, si nos asomamos al detalle. Sin embargo, seríamos muy idénticos si nos atuviésemos a lo general. Por supuesto que, en la civilización, la mujer debe gozar de tantos derechos –si no es que más, por las razones del tremendo trabajo de la gestación y la parición de la especie– que el hombre. Tan diferentes somos que ellas se encargan del trabajo más duro para procrear a la humanidad y nosotros, los hombres, sólo de la parte placentera, hablando en términos biológicos.
Las inteligencias masculina y femenina son cualitativamente muy diferentes y cuantitativamente idénticas. Pero eso no descarta que cualquiera, sea hombre o mujer, pueda desarrollar una inteligencia con las cualidades del otro género. Sin embargo, hay más locos (y genios) que locas y genias; de igual manera los criminales hombres son muchos más y mucho peores que las mujeres. Es decir, entre las mujeres se conserva el sano promedio de la buena inteligencia humana. Cuanto se anota, por supuesto, debe considerarse sin generalizaciones absolutistas.
Todo lo anterior ocurre en el ámbito de la sociedad actual. Pero no es menos esencial el hecho de que esta sociedad deviene de la historia y aun de la prehistoria, las cuales la determinan en gran medida. Los antropólogos y los historiadores han establecido que la sociedad humana más antigua, estable, duradera e incluso eficaz ocurrió en la prehistoria, cuando las mujeres dirigieron a los grupos humanos, en el comunismo primitivo matriarcal, cuando Dios era mujer.
Este último concepto, que aún es discutible para muchos estudiosos de la historia, parece, sin embargo, perfectamente lógico: en los momentos inmediatamente posteriores a la culminación humana llamada “el despertar de la consciencia” o “el amanecer espiritual”, como suelen llamarlo algunos filósofos, es decir, el momento en que el simio dejó de serlo porque apareció un congénere que descendió de los árboles, colocándose en una letal vulnerabilidad que lo obligó a crear, a apelar –con riesgo de su existencia como especie– a la inteligencia, al raciocinio, a su ejercicio y, con esto, a su inmenso, desmesurado, desarrollo; así como un músculo que se ejercita demasiado se hipertrofia, de igual manera ocurrió con la inteligencia. Para sobrevivir. Pero esa especie (homo neandertalensis, Cro-magnon) atinó en el desarrollo de tal facultad, la inteligencia, que se convirtió en un arma desmesurada que logró no sólo la victoria de sobrevivencia de la humanidad, sino, a largo plazo, mucho, muchísimo más: el arte, la ciencia, la gloria descomunal y la inmensa catástrofe que al mismo tiempo es la civilización.
Pero regresemos porque los conceptos se encadenan y su ilación me abruma. “Dios nació mujer”, afirma el filósofo español Pepe Rodríguez. El homo-Cro-magno nensis, a pesar de su inteligencia asombrosa, comparable con la del hombre moderno –de hecho aún es normal encontrarse con muchos de ellos, sobreviven en las corporaciones policiacas y en otros oficios “para hombres”–, no estaba en posesión in illo témpore de un conocimiento fundamental: su papel en el proceso de la procreación. Ignoraba que el hombre ponía la mitad de los cromosomas en esa actividad, deporte favorito de los seres vivos, que es reproducirse y más sabroso todavía si se hace sexualmente. De tal manera que la mujer era la dadora de vida. Por la mujer se reproducía la especie. Y lo hacían ellas solas, si acaso, pensarían nuestros heroicos antepasados, “en algo ayudará que les metamos este maravilloso instrumento que les metemos, pero ellas hacen todo el trabajo para dar al mundo las criaturas que luego serán nuestros sucesores y así los hu manos no desaparezcamos”. Parece obvio que, en efecto, Dios nació mujer. Pero además lo han confirmado los más antiguos residuos arqueológicos hallados: las prodigiosas Venus prehistóricas con caracteres esteatopígicos (apropiados de la mujer multípara: senos abundantes, caderas descomunales, vientre hospitalario), obras de arte fundacionales de la humanidad, en los tiempos en que nacía el pensamiento y con él los lenguajes y detrasito la filosofía, la aritmética, la astronomía y los descendientes cercanos de Adán iban nombrando las cosas de aquel tan maravilloso como peligrosísimo e implacable mundo.
Hasta que, algunos millones de años después, ocurrió la revolución del neolítico. Es cuando los hombres, por alguna razón, descubren su papel en el proceso de la concepción. El origen común de palabras como semen y semilla (del latín seminia, seminium), demuestra que, asimismo, el descubrimiento del papel masculino en la concepción, lleva a los machos al descubrimiento, o invención, de la agricultura (o bien, quizá, al revés en el tiempo) y con ello –sustentados en su mayor fuerza muscular determinada por la fisiología– a la apropiación de la tierra para sembrar y de la mujer o las mujeres para concebir, según el poder de cada sujeto. La revolución del neolítico la fechan los historiadores no más allá de los diez mil años. La humanidad tiene una edad de unos tres millones de años, según los descubrimientos de los paleontólogos. Podríamos decir que mientras la humanidad fue gobernada por el poder femenino sobrevivió durante una eternidad de tres millones de años, mientras que en los seis u ocho mil años en que ha estado bajo el gobierno masculino, nos encontramos al borde de la hecatombe ecológica y muchas veces estuvimos muy cerca del autoexterminio mediante armas increíblemente destructivas, descubiertas o inventadas en el último medio siglo, gracias a aquella inteligencia desmedida y desquiciada que logró desarrollar nuestra especie luego de haber apostado su propia existencia.
A partir de la revolución del neolítico el género femenino ha sido víctima de actos terribles de parte del poder macho. Desde el sometimiento al poder machista, tanto familiar como social, económico y político incluyendo la categorización de un estatus de menor de edad para las mujeres y la poligamia (jamás la poliandria, por supuesto) en los países islámicos, hasta la mutilación genital o la lapidación como actos legales.
Sin embargo, en este momento, al menos en el mundo occidental, presenciamos el regreso del poder femenino. Las mujeres han demostrado que pueden ir a las guerras, realizar los trabajos más pesados o sucios (incluyendo “los que ni los negros quieren hacer”, según dijo uno de nuestros prominentes filósofos), hasta realizar las sublimes creaciones artísticas o bien los descubrimientos científicos y también dirigir cualquier empresa o nación, incluyendo su propia vida. Recordemos que apenas hace 50 años en casi ningún país del mundo podían votar las mujeres ni mucho menos ser candidatas. Hoy la situación está cambiando aceleradamente. Incluso en las relaciones sexuales ocurre lo mismo. Hoy, las más recatadas de ellas se comportan como lo hicieran las más atrevidas (putas o locas) de apenas un cuarto de siglo atrás. Las mujeres también pueden tomar la iniciativa, en ejercicio de su propia libertad. Los hombres nos reeducamos a las nuevas condiciones, porque eso es y será para bien. Jamás la exclusión, el sometimiento de un sector de la humanidad será para darnos mejores condiciones.
Lo anterior es bueno. Incluso a pesar de los excesos. Esto viene a cuento porque hay una diputada federal del PRD (Leticia Quezada, si no me miente la memoria) quien va a presentar un proyecto de ley que penalizará “las miradas lascivas” de los hombres contra las mujeres. Será interesante saber quién determinará qué mirada es lasciva y por qué. Cuáles serán las penas por perpetrarlas y si tales miradas serán responsabilidad sólo de los libidinosos machos y jamás de las mujeres que suelen vestirse ex profeso para provocar las miradas en mención y cómo se reglamentará hasta dónde una mujer provoca tales miradas al proporcionar a los lascivos miradores sus propias “imágenes lascivas”: senos casi por completo a la vista, vientres, piernas, caderas e incluso glúteos al aire libre. Gracias a Dios a las mujeres esto les parecerá una tontería, hay que ver los trajes de baño de moda y la ropa interior, más que la exterior que ahora usan las mujeres, incluso las adolescentes, con la intención de que “sea visible” aunque convoquen a la lascivia, sin duda, hablo de ese calzón llamado hilo dental que muestra adornos que necesariamente dejan de ser propios de la ropa interior y que tienen que hacer visibles las partes (cada vez voluntariamente menos) privadas del cuerpo de las mujeres. Aleluya.
Junto con la lucha en favor de pluralidad del pensamiento, la libertad para todos y la igualdad de derechos hay que combatir con la misma enjundia contra la estupidez y la ignorancia aunque provenga de “representantes populares”.
Finalmente, aunque no tenga que ver tanto con el tema del día internacional de la mujer, deseo denunciar un acto bestial que sirve también como ejemplo de que (casi) sólo un ejemplar del género masculino sería capaz de llevar a cabo algo así:
Un mal bicho de nombre Guillermo Habacuc Vargas ha perpetrado un crimen espantoso y pretende justificarlo en nombre del arte. Este sujeto cuya descomposición espiritual es inconcebible presentó una “obra de arte” en la bienal de artes plásticas en la Galería Códice de Managua, Nicaragua, en 2007; el crimen consistió en encadenar a un perro callejero muy cerca de un muro hasta dejarlo morir de hambre y sed, a la vista y para deleite de un público sin duda, cultísimo y de gusto inmejorable.
En el mundo ya ocurren demasiadas brutalidades, monstruosidades de injusticia y de crimen. Dejemos eso a los que, en la lucha por el poder, no se detienen ante el asesinato, el terrorismo en función del poder, la tortura y la crueldad más espantosa (legalizada, además, como ocurre en el régimen de George Bush). No deberíamos permitir que un farsante pretenda autonombrarse artista cometiendo una bestialidad como la de matar de hambre y sed a un inocente perro para alimentar su pútrido ego y apropiarse así de sus quince minutos de fama. Ese pendejo no es artista, es un criminal. El mal bicho de nombre Habacuc Vargas pretende que perpetrar crímenes como el que realizó lo colocará en el estatus de creador de “arte”, pero su “obra” sólo colabora para engrandecer la vergüenza de la humanidad y nada tiene de arte.
Es posible exigir que Guillermo Habacuc Vargas no se presente en una nueva bienal –quién sabe qué hazaña se le ocurra al señor– firmando la carta que se encuentra en el vínculo:
http://www.petitiononline.com/13031953/petition.html

2 comentarios:

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