En 1994 gané el tercer lugar en el concurso de cuento "Edmundo Valadés" que convocaba la Delegación Iztacalco. Gerardo de la Torre fue uno de los jurados. (Por cierto, yo fui alumno de taller del maestro Valadés, autor del inolvidable La muerte tiene permiso).
Madreardiendo y Bailarás
(En plan Pirata)
Pterocles Arenarius
Aldegundo, El Bailarás, ya estaba hasta su madre. Rubicel, El Madreardiendo se mantenía entablado. Yo estaba un tanto bútago, normal. El así llamado Madreardiendo —por ser hijo de puta— fue el que dijo:
—Ahí’stá
puesta, es La Pirata. Vamos dándole pira, ¿qué pastel?
—¿Encañonarla?
Negra sea tu madre si no. Va que va —sostuvo el entenado de padrote que por lo
mismo sobrenombran Bailarás.
La
Pirata había pasado, taloneando, por la loncha. Bautizada Itamar, era puta de
tercera generación y tuerta desde los tres de edad por descuido de su madre.
—Esa
Piratita, jálese pa’cámbaro y sóplese una cervatana con la banda.
Ella
buscó al Bailarás hasta centrarlo con su ojo el no parchado —¿Uñas, ni maiz, mi
ñero. Si te mochas, como vázquez, pero chido. Si na’más una y luego chela pues
pa’qué.
—Desmárquese
y arrímese, princesa; ‘horita nos cambiamos hasta el nombre, pa’ponernos:
pedisérrimos.
Y
se hizo, a chelear parejo. El plan iba empezando. Llegó el primer pancho; fue
por la fuerte meazón que se desboca en la peda chelera. Soltándose en el
mingitorio El Madreardiendo —autonombrado el garrote de las putas— también
soltó el artegio:
—A
las vivas, ése: empedarla como bestia. Cuando caiga, un jalón aquí nomás al
basurero… Allí aventarle caballería y luego ya le damos verga. Sencillo.
Era
el plan: segunda fase.
—Paso…
—Chale,
¿te abres?
—Es
mal pedo…
—Mira,
güey, con lo que cargas no le haces ni cosquillas. Es más, chance y no se dé ni
cuenta. Si le entras le hago un robo y bailo con títeres la micha.
—Nel,
cójanla, si quieren, no la roben.
—Ya
rugiste, camaleón.
Al
retorno, este bato, harto bútago, en un trompicón hizo el derrumbe de una torre
de cajas de refresco —Es que la mierda está muy angostita y uno anda pedernal.
Así
era. Amontonamientos marcando un pasillito para salir del cuadrado de láminas
con su viejo escusado apestoso adentro.
—Cayendo
el muerto y soltando el llanto —le dijo doña Dionisia, madrota nueva y ponedora
vieja; recién propietaria del congalillo con mal disfraz de loncha que ella
rotuló como: “Los amores de Emeterio. Lonchería del barrio” en recuerdo de su
padrote más querido, muerto en manos de la tira por aguantar sin aflojar, como
ninguno, en el pocito.
Los
amores…, local cuadrado, paredes en rosa chido de pintura de aceite “porque los
borrachos son muy puercos”; mesas y sillas de lámina con anuncios de Corona y
Coronita. Los amontonamientos; hartos triques, cubetas, cazuelas, braseros, comales,
cajas de botellas, cajas con chilpayates enredados en trapo sucio, trastes,
buti madres, pues.
Sirven
las chelas unas morritas, quince o menos de edad, en sus inicios en el talón y
la ficha. Inditas rucas torteando garnachas y, a güevo, la vitrola sonando
recio.
De
repente salen de las coladeras unas cúcaras gordas como ratones. Estando crudo
espantan: hacen que dé la cruda de loco nervioso que se cree perseguido. Por ser
tan feas uno las despanchurra. Truenan y sueltan una como pus pero es más
blanca y huele medio culero. Se llaman teposcuanas. También salen ratas, pero
ya nadie les hace caso.
—Le
pago hasta el buen modo, esa doña —presumió el parido por suripanta (sin ofensa).
Seguimos la ruta de la libación, hasta que:
—Aquí
ya no se sirve, machines, aflojan la luz o se nos acabó la amistad —reclamó la
madrota gelatineando sus noventa kilos ya casi emperrecida. Y es que además
debíamos el derrumbe.
—Pues
una vaca, ésos, ¿qué transa? —dijo El Rubicel y escarbamos el bolsillo. Nos vimos
sometidos por la droga y ni siquiera habíase jalado la menor bacha. El desfalcón
nos dejó en la ericez. Le sesgamos. El plan fallaba. Pero no…
Alcanzamos
todavía para mercar un aguarrás ya en ventanilla. Luego directos al baldío de
la que fuera nuestra escuela, ahora ya en función de basurero. A inflamar. Cuando
se sintió tantito henchido, Rubicel (el hijo de madre puta) soltó prenda:
—Mi
Piratita, tres cosas, decentemente… Una: que me la voy a coger. Dos: que si
usté gusta de mamarme la verga no me importa, o sea que no hay fijón. Y, tres,
que se moche con billete que ya nos desfalcamos.
—No
hay tal, cabroncito, ahorita no se me hinchan las verijas y contigo menos…, chance
y al rato, ya más peda, si te esperas…
—Es
que no te estoy pidiendo permiso, princesa. Y para más, si no te pones, aquí mi
valedor, padrote y ratero, está ya urgido por robar, ¿cómo la ves?
Moviendo
mucho el cuello para ver al personal se puso a las vergas. Era una perra brava
y acosada.
—Culeros…,
ya van. Nomás que va a haber pedo… no me voy a dejar.
—Te
vamos a tener que rajar tu madre, mi reina…
—Pero
uno solo… No hay que ser mierda… Si es uno y me madrea que me coja y hasta se
la mamo, pero billete no hay.
—No,
p’s yo te voy a coger, me la vas a mamar y luego te voy a robar tu billete,
hija.
—Ay,
carnalito, Bailarás, si te avientas tú solito me la persinas…
—Pos
por eso, es que te vamos a aventar caballería… ¿Sí o no, ese Petrarca?
—Ni
madres, Bailarás, esta vieja es barrio. Va derecho le dije haciéndole un hocico
muy culero.
—No
hay pedo, hijo, va un tirito derecho tú y yo, Pirata —y decir como hacer El
Madreardiendo se puso a tiro y armó la guardia. Jactancioso el cabrón todavía
volteó a vernos— esta pinche vieja pelea como cabrón, ya la conozco.
Entonces
Itamar, La Piratita, hija y nieta de rameras, madreadora cotidiana, le cambió
el estilo y empezó a pelear como vieja: le apañó un fajo de greñas para
rasguñarle bien la jeta. El cabrón trató de someterla con dos tres vergazos,
pero ella aguantó; se veía que la madriza era, para ella, sí, cosa diaria. Peleando
astutamente encontró forma de asestar un patadón harto culero en los meros
aguacates. El Madreardiendo (golpeado una vez más de miles por puta desde que
era chiquito) hasta brincó, tan fuerte había sido el cabronazo. Pidió tregua y
se calmaron.
Error,
mi Piratita. Lo dejó recuperarse. El cabrón dándose chance le dijo:
—Chale,
hija, ni que tuvieras el ojete de oro, si nada más te queremos coger —y pujaba
agarrándose los güevos. Vi que chillaría si no hubiéramos los que habíamos.
—¡Refuerzos,
refuerzos!, ¡chale!, la madreamos, la cogemos y la robamos —aullaba yendo pa’llá
y pa’cá el pequeño entenado de padrote—, ya desgüevó al primero, ¡no mames!
—Cálmex,
mi ñero. Lo que es derecho no es chipotudo —le dije para calmarlo.
El
hijo de puta la agarró descuidada y le atizó semejante vergatanazo que la puso
con sus nalguitas en el suelo.
Ella
no reclamó, no se quejó. Había sido un descontón harto mierdero. Sólo se puso
de pie y empezaron de renuez, ahora sí con odio.
Era
una madriza fea, como pocas he visto. Ella le rasgaba la jeta con sus uñas, él,
asestando puñetazos, le sacudía la cabeza, la hacía tambalear. Se zarandeaban,
se estremecían, se iban en banda, gruñían, pujaban, bufaban, jadeaban,
chillaban. Chingada madre. ¿Cómo pararlos? ¿Cómo decirles que ai muere y al chico
rato se la sacan? Carajo, ¿cómo hacer que entendieran que no había pedo, que ni
siquiera se muere por cogerte, Piratita; y que si tantito le buscas por la buena,
ella te chupa la verga en plan de cuates, Madreardiendo? Dolía ver como se
madreaban. Era asqueroso ver como se madreaban. Era peor que ver una película
pornográfica de las más puercas ver como se madreaban mis dos cuates. ¿Cómo
pararlos si era un tiro derecho y estaban en terreno? Ella mordía como perra. Él
golpeaba desesperado. Los dos sangraban. Ni modo.
Los
hombres tenemos más fuerzas.
Ella
se venció. Se acuclilló, bien fatigada. Sabedora de que no hay perdón se aculó
en la pared cubriéndose la cabeza con los brazos, espiando entre ellos con su
único ojo para ver, por lo menos, de qué lado se cargaban más los chingadazos. Ya
no tenía fuerzas.
—Ya
déjala —grité. Él enojeteperrecido, le alcanzó a encajar tres patadas fuertes,
crueles. Sentí feo cuando ella, pujando, las recibía.
—No
seas mierda, ya no le pegues. —Lo amenacé. El Bailarás estaba entre espantado y
reencabronado.
—Me
sangró y me rompió mis güevos esta perra —lloraba El Madreardiendo porque lo
tenía yo bien agarrado.
Ella
se quedó resoplando, arrinconada, redoliéndose.
El
cabrón se orilló lanzando mierda en voces, encabronado como nunca.
—Chingada
madre. Ahi se ven. Ya se me quitaron las ganas de cogerme a una puta de estas. —Y
se fue por un agujero de la barda.
La
Piratita se paró engallada, brava, como nueva. Buscaba con su ojito casi
cerrado a chingadazos por dónde jalaría el cabrón. Con la bemba inflamada,
borboritando sangre espumosa le gritó: “no pudiste, hijo de tu puta y perra
madre. No pudiste”. Se empezó a carcajear fuerte y de la más fea manera
posible, como si estuviera vomitando. O gruñendo. O llorando. O tosiendo. O roncando.
Y de repente le gritaba ¡no pudiste, perro!
Desde
que nació, El Madreardiendo nunca ha podido con las putas. Oyó la grita. Se detuvo.
Caminó de regreso. Seguía. Él temblaba. Le mentó la madre con el codo gastando
demasiada fuerza. Lloró. Se fue.
Ella
siguió carcajeando hasta que su risa se volvió un sollozo de animal. El Bailarás
estaba estremecido. Me miraba. Dijimos chale.
—Ya
no chille, Piratita —se animó a consolar. La abrazó, le revolvió sangre, moco y
lágrimas con cariño en la cara.
—¿Tú
también quieres, cabrón?
—No,
manita, yo sí te respeto.
—¿Tú?
Tú chingas a tu madre, pedazo de culero.
Empezó
a cachetearlo.
El
Bailarás, entenado y criado por padrote, enseñado a bailar para controlar para
hacerse amar por putitas de billete, El Bailarás, harto ñango, con su gorrita
de estambre a rayas que tiene una borla hasta la punta; El Bailarás que no es
perro, que no sabe meter las manos, se echó en reversa. Ella lo persiguió, le
atinó dos que tres sonados bofetones y le sugirió: “vete a rechingar a toda tu
puta madre de aquí”. Él aceptó de conformidad y para demostrarlo salió
corriendo, no por otra cosa y menos miedo, sino para agarrar vuelo y brincar
una barda.
Quedamos
en las ruinas de la que fuera nuestra escuela, donde nos enseñaron a leer y… a
escribir.
—Chale,
pinches mierdas —dijo La Piratita y salió.
Saqué
y encendí cigarro. De tabaco. “Qué pinche puta tan hermosa y brava, carajo”
dije entre mí. Ya se me había bajado la peda. Cerré los ojos. Repasaba. Entonces
oí su voz, lenta, ronca.
—Regálame
un tabaquín, ése —acercándoseme mucho, seductoramente, con su aliento de
caguama. Fumamos juntos un rato. Sentados en piedras a medio basurero. Las ratas
paseaban buscando alimento entre la basura.
—Oye,
manito, no lo vayas a tomar en otro plan, arrímate pa’cá, no seas así. —Jalé mi
piedra junto a la de ella. La Piratita me ayudó. Se sentó bien pegadita y apoyándoseme.
Sentí como se le iba viniendo, desde lo muy adentro. Primero un temblor, luego
el estremecimiento hasta que estalló en un sollozo de niña chiquita. Se me
acurrucó en el pecho llorando. Llorando. Echando lágrimas por su único ojito. La
abracé.
Mucho
rato después se calmó. Suspiraba y de repente hacía pucheros.
—Me
rechingó más que si me hubieran cogido los tres juntos por la fuerza. Pero no
me cogió ¿verdá?, —preguntó casi dudando.
—Itamar,
eres una perra. —Sonrió dulcemente.
—Oye
—me dijo tomando mi mano y mirándome a los ojos— ¿me coges por favor?
—Carajo,
encantado…
Le
di un largo beso en sus labitos hinchados que me dieron sabor a sangre. Nos fuimos
abrazados a comprar cerveza en ventanilla.

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