jueves, 8 de enero de 2026

En 1994 gané el tercer lugar en el concurso de cuento "Edmundo Valadés" que convocaba la Delegación Iztacalco. Gerardo de la Torre fue uno de los jurados. (Por cierto, yo fui alumno de taller del maestro Valadés, autor del inolvidable La muerte tiene permiso).

Otra jurado de aquel concurso era una doña que (como lo comprobé poco después leyendo varios cuentos de ella; muy chafas, gazmoños, bien decentitos eso sí) le tenía (debe seguir teniéndola) fobia, es decir, un horror enfermizo, patológico a los borrachos (y mi cuento se regodeaba en la embriaguez y en la violencia) y esta doña batalló con todas sus fuerzas para que mi cuento no ganara premio alguno. Pero Gerardo De La Torre, a quien yo no conocía, se rifó, me dicen que él quería el primer lugar para mi cuento (era el Madreardiendo y Bailarás) y lo defendió hasta llegar a los sombrerazos para que alcanzara, contra la fobia de aquella doña, el tercer lugar.
Luego, en una lectura informal, leímos los cuentos que ganaron el primero y el tercer lugar. Me enorgullece decir que hice picadillo al cuento ganador. No hay mejor juicio que las reacciones del público. Es decir, Gerardo de la Torre tenía razón y mi cuento debió ganar. En fin, así son las cosas.
Hoy recordamos al maestro Gerardo de la Torre con gran cariño, nos dejó en 2022.
Y lo que sigue es el cuento

Madreardiendo y Bailarás

(En plan Pirata)

Pterocles Arenarius

             Nada hay más culero y peligroso en este mundo que una puta enfurecida

                                    Chucho López

 

Aldegundo, El Bailarás, ya estaba hasta su madre. Rubicel, El Madreardiendo se mantenía entablado. Yo estaba un tanto bútago, normal. El así llamado Madreardiendo —por ser hijo de puta— fue el que dijo:

—Ahí’stá puesta, es La Pirata. Vamos dándole pira, ¿qué pastel?

—¿Encañonarla? Negra sea tu madre si no. Va que va —sostuvo el entenado de padrote que por lo mismo sobrenombran Bailarás.

La Pirata había pasado, taloneando, por la loncha. Bautizada Itamar, era puta de tercera generación y tuerta desde los tres de edad por descuido de su madre.

—Esa Piratita, jálese pa’cámbaro y sóplese una cervatana con la banda.

Ella buscó al Bailarás hasta centrarlo con su ojo el no parchado —¿Uñas, ni maiz, mi ñero. Si te mochas, como vázquez, pero chido. Si na’más una y luego chela pues pa’qué.

—Desmárquese y arrímese, princesa; ‘horita nos cambiamos hasta el nombre, pa’ponernos: pedisérrimos.

Y se hizo, a chelear parejo. El plan iba empezando. Llegó el primer pancho; fue por la fuerte meazón que se desboca en la peda chelera. Soltándose en el mingitorio El Madreardiendo —autonombrado el garrote de las putas— también soltó el artegio:

—A las vivas, ése: empedarla como bestia. Cuando caiga, un jalón aquí nomás al basurero… Allí aventarle caballería y luego ya le damos verga. Sencillo.

Era el plan: segunda fase.

—Paso…

—Chale, ¿te abres?

—Es mal pedo…

—Mira, güey, con lo que cargas no le haces ni cosquillas. Es más, chance y no se dé ni cuenta. Si le entras le hago un robo y bailo con títeres la micha.

—Nel, cójanla, si quieren, no la roben.

—Ya rugiste, camaleón.

Al retorno, este bato, harto bútago, en un trompicón hizo el derrumbe de una torre de cajas de refresco —Es que la mierda está muy angostita y uno anda pedernal.

Así era. Amontonamientos marcando un pasillito para salir del cuadrado de láminas con su viejo escusado apestoso adentro.

—Cayendo el muerto y soltando el llanto —le dijo doña Dionisia, madrota nueva y ponedora vieja; recién propietaria del congalillo con mal disfraz de loncha que ella rotuló como: “Los amores de Emeterio. Lonchería del barrio” en recuerdo de su padrote más querido, muerto en manos de la tira por aguantar sin aflojar, como ninguno, en el pocito.

Los amores…, local cuadrado, paredes en rosa chido de pintura de aceite “porque los borrachos son muy puercos”; mesas y sillas de lámina con anuncios de Corona y Coronita. Los amontonamientos; hartos triques, cubetas, cazuelas, braseros, comales, cajas de botellas, cajas con chilpayates enredados en trapo sucio, trastes, buti madres, pues.

Sirven las chelas unas morritas, quince o menos de edad, en sus inicios en el talón y la ficha. Inditas rucas torteando garnachas y, a güevo, la vitrola sonando recio.

De repente salen de las coladeras unas cúcaras gordas como ratones. Estando crudo espantan: hacen que dé la cruda de loco nervioso que se cree perseguido. Por ser tan feas uno las despanchurra. Truenan y sueltan una como pus pero es más blanca y huele medio culero. Se llaman teposcuanas. También salen ratas, pero ya nadie les hace caso.

—Le pago hasta el buen modo, esa doña —presumió el parido por suripanta (sin ofensa). Seguimos la ruta de la libación, hasta que:

—Aquí ya no se sirve, machines, aflojan la luz o se nos acabó la amistad —reclamó la madrota gelatineando sus noventa kilos ya casi emperrecida. Y es que además debíamos el derrumbe.

—Pues una vaca, ésos, ¿qué transa? —dijo El Rubicel y escarbamos el bolsillo. Nos vimos sometidos por la droga y ni siquiera habíase jalado la menor bacha. El desfalcón nos dejó en la ericez. Le sesgamos. El plan fallaba. Pero no…

Alcanzamos todavía para mercar un aguarrás ya en ventanilla. Luego directos al baldío de la que fuera nuestra escuela, ahora ya en función de basurero. A inflamar. Cuando se sintió tantito henchido, Rubicel (el hijo de madre puta) soltó prenda:

—Mi Piratita, tres cosas, decentemente… Una: que me la voy a coger. Dos: que si usté gusta de mamarme la verga no me importa, o sea que no hay fijón. Y, tres, que se moche con billete que ya nos desfalcamos.

—No hay tal, cabroncito, ahorita no se me hinchan las verijas y contigo menos…, chance y al rato, ya más peda, si te esperas…

—Es que no te estoy pidiendo permiso, princesa. Y para más, si no te pones, aquí mi valedor, padrote y ratero, está ya urgido por robar, ¿cómo la ves?

Moviendo mucho el cuello para ver al personal se puso a las vergas. Era una perra brava y acosada.

—Culeros…, ya van. Nomás que va a haber pedo… no me voy a dejar.

—Te vamos a tener que rajar tu madre, mi reina…

—Pero uno solo… No hay que ser mierda… Si es uno y me madrea que me coja y hasta se la mamo, pero billete no hay.

—No, p’s yo te voy a coger, me la vas a mamar y luego te voy a robar tu billete, hija.

—Ay, carnalito, Bailarás, si te avientas tú solito me la persinas…

—Pos por eso, es que te vamos a aventar caballería… ¿Sí o no, ese Petrarca?

—Ni madres, Bailarás, esta vieja es barrio. Va derecho le dije haciéndole un hocico muy culero.

—No hay pedo, hijo, va un tirito derecho tú y yo, Pirata —y decir como hacer El Madreardiendo se puso a tiro y armó la guardia. Jactancioso el cabrón todavía volteó a vernos— esta pinche vieja pelea como cabrón, ya la conozco.

Entonces Itamar, La Piratita, hija y nieta de rameras, madreadora cotidiana, le cambió el estilo y empezó a pelear como vieja: le apañó un fajo de greñas para rasguñarle bien la jeta. El cabrón trató de someterla con dos tres vergazos, pero ella aguantó; se veía que la madriza era, para ella, sí, cosa diaria. Peleando astutamente encontró forma de asestar un patadón harto culero en los meros aguacates. El Madreardiendo (golpeado una vez más de miles por puta desde que era chiquito) hasta brincó, tan fuerte había sido el cabronazo. Pidió tregua y se calmaron.

Error, mi Piratita. Lo dejó recuperarse. El cabrón dándose chance le dijo:

—Chale, hija, ni que tuvieras el ojete de oro, si nada más te queremos coger —y pujaba agarrándose los güevos. Vi que chillaría si no hubiéramos los que habíamos.

—¡Refuerzos, refuerzos!, ¡chale!, la madreamos, la cogemos y la robamos —aullaba yendo pa’llá y pa’cá el pequeño entenado de padrote—, ya desgüevó al primero, ¡no mames!

—Cálmex, mi ñero. Lo que es derecho no es chipotudo —le dije para calmarlo.

El hijo de puta la agarró descuidada y le atizó semejante vergatanazo que la puso con sus nalguitas en el suelo.

Ella no reclamó, no se quejó. Había sido un descontón harto mierdero. Sólo se puso de pie y empezaron de renuez, ahora sí con odio.

Era una madriza fea, como pocas he visto. Ella le rasgaba la jeta con sus uñas, él, asestando puñetazos, le sacudía la cabeza, la hacía tambalear. Se zarandeaban, se estremecían, se iban en banda, gruñían, pujaban, bufaban, jadeaban, chillaban. Chingada madre. ¿Cómo pararlos? ¿Cómo decirles que ai muere y al chico rato se la sacan? Carajo, ¿cómo hacer que entendieran que no había pedo, que ni siquiera se muere por cogerte, Piratita; y que si tantito le buscas por la buena, ella te chupa la verga en plan de cuates, Madreardiendo? Dolía ver como se madreaban. Era asqueroso ver como se madreaban. Era peor que ver una película pornográfica de las más puercas ver como se madreaban mis dos cuates. ¿Cómo pararlos si era un tiro derecho y estaban en terreno? Ella mordía como perra. Él golpeaba desesperado. Los dos sangraban. Ni modo.

Los hombres tenemos más fuerzas.

Ella se venció. Se acuclilló, bien fatigada. Sabedora de que no hay perdón se aculó en la pared cubriéndose la cabeza con los brazos, espiando entre ellos con su único ojo para ver, por lo menos, de qué lado se cargaban más los chingadazos. Ya no tenía fuerzas.

—Ya déjala —grité. Él enojeteperrecido, le alcanzó a encajar tres patadas fuertes, crueles. Sentí feo cuando ella, pujando, las recibía.

—No seas mierda, ya no le pegues. —Lo amenacé. El Bailarás estaba entre espantado y reencabronado.

—Me sangró y me rompió mis güevos esta perra —lloraba El Madreardiendo porque lo tenía yo bien agarrado.

Ella se quedó resoplando, arrinconada, redoliéndose.

El cabrón se orilló lanzando mierda en voces, encabronado como nunca.

—Chingada madre. Ahi se ven. Ya se me quitaron las ganas de cogerme a una puta de estas. —Y se fue por un agujero de la barda.

La Piratita se paró engallada, brava, como nueva. Buscaba con su ojito casi cerrado a chingadazos por dónde jalaría el cabrón. Con la bemba inflamada, borboritando sangre espumosa le gritó: “no pudiste, hijo de tu puta y perra madre. No pudiste”. Se empezó a carcajear fuerte y de la más fea manera posible, como si estuviera vomitando. O gruñendo. O llorando. O tosiendo. O roncando. Y de repente le gritaba ¡no pudiste, perro!

Desde que nació, El Madreardiendo nunca ha podido con las putas. Oyó la grita. Se detuvo. Caminó de regreso. Seguía. Él temblaba. Le mentó la madre con el codo gastando demasiada fuerza. Lloró. Se fue.

Ella siguió carcajeando hasta que su risa se volvió un sollozo de animal. El Bailarás estaba estremecido. Me miraba. Dijimos chale.

—Ya no chille, Piratita —se animó a consolar. La abrazó, le revolvió sangre, moco y lágrimas con cariño en la cara.

—¿Tú también quieres, cabrón?

—No, manita, yo sí te respeto.

—¿Tú? Tú chingas a tu madre, pedazo de culero.

Empezó a cachetearlo.

El Bailarás, entenado y criado por padrote, enseñado a bailar para controlar para hacerse amar por putitas de billete, El Bailarás, harto ñango, con su gorrita de estambre a rayas que tiene una borla hasta la punta; El Bailarás que no es perro, que no sabe meter las manos, se echó en reversa. Ella lo persiguió, le atinó dos que tres sonados bofetones y le sugirió: “vete a rechingar a toda tu puta madre de aquí”. Él aceptó de conformidad y para demostrarlo salió corriendo, no por otra cosa y menos miedo, sino para agarrar vuelo y brincar una barda.

Quedamos en las ruinas de la que fuera nuestra escuela, donde nos enseñaron a leer y… a escribir.

—Chale, pinches mierdas —dijo La Piratita y salió.

Saqué y encendí cigarro. De tabaco. “Qué pinche puta tan hermosa y brava, carajo” dije entre mí. Ya se me había bajado la peda. Cerré los ojos. Repasaba. Entonces oí su voz, lenta, ronca.

—Regálame un tabaquín, ése —acercándoseme mucho, seductoramente, con su aliento de caguama. Fumamos juntos un rato. Sentados en piedras a medio basurero. Las ratas paseaban buscando alimento entre la basura.

—Oye, manito, no lo vayas a tomar en otro plan, arrímate pa’cá, no seas así. —Jalé mi piedra junto a la de ella. La Piratita me ayudó. Se sentó bien pegadita y apoyándoseme. Sentí como se le iba viniendo, desde lo muy adentro. Primero un temblor, luego el estremecimiento hasta que estalló en un sollozo de niña chiquita. Se me acurrucó en el pecho llorando. Llorando. Echando lágrimas por su único ojito. La abracé.

Mucho rato después se calmó. Suspiraba y de repente hacía pucheros.

—Me rechingó más que si me hubieran cogido los tres juntos por la fuerza. Pero no me cogió ¿verdá?, —preguntó casi dudando.

—Itamar, eres una perra. —Sonrió dulcemente.

—Oye —me dijo tomando mi mano y mirándome a los ojos— ¿me coges por favor?

—Carajo, encantado…

Le di un largo beso en sus labitos hinchados que me dieron sabor a sangre. Nos fuimos abrazados a comprar cerveza en ventanilla.

martes, 28 de octubre de 2025

Odín Hernández, poeta

 

Ronda por el Territorio…

                    Si la literatura es un árbol, la poesía es la savia.                                                            

Territorio de uno mismo, Odín Hernández Ortiz;

Fá Editorial, 2025.

 

En este mundo hay cosas, quiero decir, objetos, circunstancias, ideas y también personas, por supuesto, que pasan. Como todo cuanto existe ha de pasar. Hay una palabra que describe una faceta (la negativa) de eso, se llama lo superfluo. Lo superfluo se va como el viento, sin que nos demos cuenta ni lo extrañemos. El otro lado de esa moneda es que hay algunas de todas las mencionadas cosas que quisiéramos que jamás pasaran. Y tratamos de retenerlas. Y cuando han pasado, nos damos cuenta que son tan fuertes que al pasar por nosotros, ya no somos los mismos, nos han cambiado, somos otros después de haber experimentado un tramo de esta vida ante esas cosas, que pueden ser objetos o personas o incluso ideas o sucesos. O bien un libro. Eso es lo que pasa con este opúsculo que se llama Territorio de uno mismo.

Objetos que se aman. Ideas que procuramos conservar siempre para que nos guíen por la vida. Personas inolvidables. Y también libros. Por fortuna muchos. Ars longa, vita brevis, dijo aquél.

¿Por qué un libro llega a volverse una de las cosas que es inadmisible que simplemente pase y se olvide? Un libro, en general, salvo que sea un arte-objeto, se vuelve imprescindible por lo que comunica. Ezra Pound dijo que la poesía necesariamente debía contener tres grandes virtudes o valores estéticos: melopea, o la música de las palabras; fanopea, o las imágenes que despierta una metáfora y la logopea o las ideas que comunica.

En el Círculo de Poesía, Coyoacán


El poema suele ser una construcción que se cimenta en el vacío:

                                               Quisiera

                                               siempre estar llegando

                                               de algún lado

                                                           o estar por irme

                                               rodeado por el aura divina

                                               que cubre a los viajeros

Hay una tradición metarreligiosa que considera sagrados a los viajeros —de hecho los llaman cometas y se consideran auspiciosos— y en ella se les brinda lo mejor del anfitrión.

“La mejor manera de combatir al racismo es viajar”, dijo Unamuno. El aventurero es vulnerable ante los que se encuentran en su propia tierra y lo ven extraño, encuentran que habla mal o de plano desconoce el idioma, que tiene costumbres raras y que muy posiblemente sea un indeseable, si no es que se le atribuyan cualidades mil veces peores. Pero el poeta es un infatigable navegante; la vida que no tiene sentido alguno, tampoco tendría caso, de no ser por la búsqueda. El que busca, encuentra.

El poeta quisiera ser el héroe, el imbatible, el que se jugó la vida en cada recodo del camino. Pero, sin la payasada de aquel que decía que “el poeta se juega la vida en cada verso”, aquí, en Territorio de uno mismo, el poeta, el buscador, el aventurero, nos asegura que

                                               Quisiera

                                               al menos

                                               poder decir que fui yo

                                               quien escribió el poema

                                               que conmovió a alguien.

Por lo anterior que exhibe el poema es que Siempre hay gente bajando de los barcos. Pero los periplos interiores llevaran al poeta a la profecía del gran desastre. Lloverá para romper con la monotonía, para deslavar el pavimento, para ponernos en peligro

                                               y sólo quienes sepan llevar zapatos de lodo

                                               seguirán de pie

                                               (…)

                                               dispuestos a despedir a los ahogados

                                               con una sonrisa

La inclemente lluvia nos hará temblar frente al absurdo. Veremos lo indecible y lo imposible. La visión alucinada del poeta concluye

                                               y en los ojos de esos a quienes amamos

                                               se revelará la costa

                                               todo lo demás será devorado por el océano.

Pero las catástrofes ocurren no sólo en las dimensiones magnas. Las hay no menos tan pequeñas que obligan al que escribe a proferir, ciertamente, la blasfemia Los caminos de Dios son a veces una mierda.

El poeta lee su obra


Y no menos se ha de visitar a Los traficantes de nubes, entidades, necesariamente metafísicas, puesto que permanecen Sentados en el puente peatonal del tiempo y, amén de otras actividades, faltaba más, se reparten el cielo cada tarde. Sin embargo, por más que su índole sea etérea no deja de anotarse que son los manos en los bolsillos / los mierda pequeñita / con dignidad de monumento histórico.

Y el que versa, siempre atento, consecuente incluso con los avatares del mercado, ustedes saben, su nerviosismo pecuniario, su aguda sensibilidad al olfato del dinero, digo, el autor, tras un especializado examen en macroeconomía dictamina que la lógica productiva les tiene miedo / y hace bien / los traficantes de nubes saben dejar su alta disciplina / para empuñar una botella por el cuello.

Estar en el mundo es percibirlo. La percepción podría ser infernal o bien luminosa. Aquel sujeto (un tal Schopenhauer nos habló de que el mundo es voluntad y representación). Pero desde la poesía, faltaba más, se impugna al filósofo:

                                               Podrías andar de espaldas y daría lo mismo

                                               contrario a lo que dicen

                                               asesores de vida

                                               y optimistas degenerados

¿Será posible la opción de la lucha? Dejar el alma en el campo de batalla para hacer de éste, dicen los optimistas degenerados, un mundo mejor?

Pero si juegas en su cancha, te imponen sus reglas y la primera es que en el momento de aceptar la competencia ya tienes el marcador en contra…

                                               podrías andar de espaldas

                                               forzar una sonrisa imbécil

                                               y daría lo mismo.

Y a pesar de todo existe en el mundo el sublime consuelo:

                                               Hablo de media luz

                                               o de deslumbrantes lámparas blancas

Y nos da, este descriptor, detalles secundarios del buen o mal estado del mobiliario e incluso del ambiente, pero al final

                                                           hablo de un lugar para ir

                                                           como aquellos solitarios

                                                           que entran a la iglesia

                                                           para hablar con dios.

Ni más ni menos que el sagrado momento de instalarse en un asiento que puede ser muy cómodo o no, una mesa sólida y lujosa o una de vil plástico, ahí ha de empezar el viaje interno, es decir, la visión de lo divino, hablar con dios o bien hallarse consigo mismo: el poema se llama Cantinas.

La poesía de Odín, no en balde así la titula en este libro, es el Territorio de uno mismo, donde aquel bebé que berrea en el metro Hidalgo ante la desesperación, sin duda, de sus padres, pero el que observa y que poetiza descubre que

(…) llora

dentro del andén

llora por primera vez

irremediablemente solo.

Y él es no sólo la criatura que, como todos, está condenada y en un lugar llamado metro Hidalgo en alguna parte del planeta Tierra. También es aquel

(…) ocaso

vimos caer el sol en el horizonte

como una última moneda

en la rockola del universo //

en todos los atardeceres

ha sonado

la canción más triste del universo.

Es el momento de establecer que la poesía de Odín Hernández tiene un fuerte toque de pesimismo.

Se lee lo que suscitó la poesía de Territorio de uno mismo

Los hombres como Odín, desde su sensibilidad delicadísima, se vuelven mucho más entrañables que otros poetas que —permítaseme anotarlo— no entendieron de qué se trata este juego que es la vida. Ya sé que no tiene sentido. Ya sé que es intrascendente. Ya sé que vale lo mismo que nada en un universo que, por sus dimensiones, ni siquiera es concebible. Ya sé que esta vida suele ser una porquería. Pero si bien

Vivo renegando de la vida

pero confieso

con no poca vergüenza que

en contra de lo que digo

y de casi todo lo que hago

aunque me mortifique la existencia

a veces sin motivo

pero adrede atormentado

prefiero decididamente

y desde luego

estar vivo.

Y es que es de lamentar que hubo un momento en que ser pesimista hasta el extremo, lloriquear contra la existencia, maldecir al universo porque dios, para empezar se da por descontado y a priori que no existe y etcétera, el pesimismo se volvió una moda. La moda es superflua. La moda es la gran vulgaridad y el pretexto para vender. Sabato dijo que la moda es propia de damas baladíes, pero jamás —y considérese bajo maldición— jamás de artista.

Y recordemos al gran maestro del pesimismo, lejos de suicidarse para dar un ejemplo de coherencia con todo lo que había escrito (y que, ciertamente, provocó que algunos despistados sí cometieran el acto estúpido de quitarse la vida), él, por su parte, murió de viejo a sus 84, cómodamente instalado en su departamento de lujo en aquella zona exclusiva de París.

Yo estoy seguro que a este tipo de sujetos tan desalentados, tan fementidos e impostadamente melancólicos, les propondría una terapia de choque. Mire usted, viejo güevón, en vez de estar todo el día pensando la manera de deprimir a los incautos, vaya y trabaje como obrero de la construcción un par de meses; sostenga unas cuantas peleas callejeras; quizás debía participar en una guerra o gozar y también sufrir un amor extremo, lograr que una mujer lo ame hasta que sea capaz de matarse ella y también matarlo a usted. Haga algo que le dé sentido a su miserable existencia. Súbase a un ring y sostenga un pleito diario durante una tan sólo una semana, ni siquiera más de diez minutos cada vez. Beba, beba alcohol todos los días hasta la embriaguez durante apenas siete días. Consiga tener sexo con la mujer más bella que sea capaz de encontrar, ni siquiera importaría que lo pagara como servicio. Relaciónese con la gente más pobre que encuentre y conviva con ellos. Cualquiera de tales experiencias, usted lo verá, le traerán sentido a su inane existencia; le enseñarán el valor tremendo de la vida.

De lo nos da una lección nuestro poeta:

                                               Vampiro de los pájaros

                                               soy desde la sombra

                                               el canto solo

                                               de una vida miserable

llena de momentos hermosos.

Para el momento ya le encontramos el truco al poeta. Nos prepara con unas frases (aquí se deben llamar versos), pero son aparentemente sin mayor pretensión, casi fáciles, a veces desconcertantes, sin embargo siempre originales. Establece un ámbito que pudiera ser extraño, incluso quizá ligeramente anodino. Y de pronto suelta las verdades devastadoras o fulgurantes. El poema se convierte en una verdad más. Y puede ser brutal o prístina. Ilumina, conmueve o llega incluso a saltar la lágrima.

Ojalá fuera así de sencillo. Sabemos que cada poema tiene sus propias —y secretas— reglas y para ser escrito es único, tanto como irrepetible. Pero además requiere un estado de ánimo alterado, ¿anormal?, insólito. Sentir al mundo estando despellejado y verlo desde un sitio extravagante o inaudito.

Ahora bien. Hay territorios en que la poesía es incompetente (casi; para la poesía no hay sitio vedado). Pero quisiera ver quién es el guapo, quién el superpoeta que sea capaz de escribir un poema a su hijo pequeño. La ternura, el amor. Bueno de amor se han escrito poemas, de tal suerte que, hay que decirlo, hasta la náusea. Y con la ternura es —dicen algunos poetas— casi imposible. De lo sublime a lo ridículo hay una delgada línea. De la límpida ternura a la cursilería, a la pretensión, en efecto, a lo bufo (incluso inconsciente) el límite es un muro invisible. Asombrosamente este muchacho (a mis 74 me autorizo a llamar así a este chiquillo, Odín Hernández, que, si tantito le forzamos podría ser mi nieto), digo, transido de asombro observo que incurre en el poema a un bebé (se llama Dante) y no sólo arriba victorioso al final, sino que nos ha desbaratado con su melancolía, con su memoria del futuro y su amor exquisito. Una auténtica hazaña.

Odín es un poeta poderoso.

Su fuerza radica, paradójicamente, en su sensibilidad más que femenina. Y no menos en su inteligencia (habría que hablar del dominio del lenguaje, del conocimiento de la preceptiva literaria, de la creatividad, de la metáfora, de las bien asimiladas y múltiples lecturas, de etcétera). Pero, más importante que aquello, como lo dijo Ryzard Kapucinsky, un mal hombre no sirve para este oficio (tomo a este periodista polaco —un hombre de la bondad sublime y de la sensibilidad finísima— porque él llevó al periodismo hasta la poesía, lo que es decir instaló ese oficio, a veces tan vulgar o, como bien sabemos aquí en México, incluso prostituido hasta las cloacas). A lo que quiero llegar es que sólo un hombre muy bueno, extremadamente sensible (con los riesgos tremendos y los precios monstruosos que cuesta la excesiva sensibilidad) y de alta inteligencia puede crear gran poesía. Dije gran poesía. Es lo que hace Odín Hernández Ortiz. Salud por él, por su verbo.

sábado, 25 de octubre de 2025

Pobres triunfos pasajeros

Reporte (personal) de lecturas, año 2025.

 38. Pobres triunfos pasajeros, Rubén Darío Higuera. Bajo el volcán ediciones, 2025. Duitama, Boyacá, Colombia. Diseño y diagramación Oswaldo Álvarez Rojas. 165 pp. Jueves 24 de octubre de 2025, 00:31, casita. Se trata de una buena novela policiaca. Pobres triunfos pasajeros es una novela negra, corrigiendo, más que policiaca y tiene una trama profusa, digamos. Lo que requiere una lectura muy atenta. Por otra parte, en la narración hay momentos de creación harto felices. Por ejemplo, la caracterización de los personajes. Tenemos a un hombre que es genial para la resolución de los crímenes específicamente de mujeres. La razón es terrible, incluso monstruosa. Pero es la motivación para una búsqueda en la que empeña su vida. Además, es un diletante empeñado en la ejecución al piano, sostiene el sueño de interpretar magistralmente a Schubert. Y falla. En la novela, esta ineptitud le otorga una faceta muy humana. Pero otro detalle que lo vuelve entrañable (un tanto inexplicable en México, pero posiblemente próximo a lo normal en un país tropical como Colombia): sufre tiña en la ingle. Lo cual lo obliga a rascarse compulsivamente en esa parte de su cuerpo, lo que resulta, obviamente, embarazoso. Así el personaje se encuentra entre la vergüenza de rascarse en público o el de sufrir el escozor y soportarlo para no exhibirse, rascándose la entrepierna, como un desvergonzado ante la gente. Es decir, estamos ante un ser humano que termina siendo altamente simpático para el lector. Punto para ese escritor.

Novela de autor colombiano. Buen trabajo

No menos es entrañable la descripción de una mujer que se compara con bueno número de objetos, se trata de un notable ejercicio de lírica, de poesía en pleno y nos convierte a esa chica en un ser al que no podemos sino amar.

La literatura, en su exploración, en el ejercicio de su inteligencia y en el hecho de que “nada de lo humano le es ajeno”, retrata la belleza, nos comunica el estremecimiento que provoca en un ser humano el poeta, en este caso el novelista que ha impregnado de poesía su narración. Más que agradecible para el que lee es esta descripción de una singular y preciosa mujer. Pero la poesía, la literatura, ha ido mucho más allá; la belleza tiene su antítesis en el horror. Y comunicarlo no es menos hazaña que describir la belleza. Antes de acceder al final, hay que anotarlo: una de las motivaciones de las novelas negras es la venganza. Terrible, inútil para resarcir el daño sufrido, estéril. Pero humana, demasiado humana, dijo aquél. En Pobres triunfos pasajeros presenciamos tal venganza, por lo que a mí toca, no recuerdo haber leído una tan crudelísima, despiadada y sanguinaria por más que merecida.
Una virtud más de la novela es la sorpresa que nos aguarda al final. Un insólito final, por más que sea un final feliz.
Llama la atención que uno de los personajes, no diré su condición en la novela se llama Jorge Luis (no Borges), pero sí Acevedo. Homenaje negativo de Rubén Darío.
Su editorial se llama Bajo el volcán. Su héroe: Lowry.
Es Rubén Darío Higuera, escritor colombiano


Finalmente, conviene anotar que Pobres triunfos pasajeros es también una novela que explora y describe —afortunadamente para la novela y también para el que la lee, pues hay no menos alto deleite— los dos supremos placeres que nos otorgamos los humanos en este mundo. En primer lugar es fuertemente erótica. Abunda el placer de la carne. Los encuentros amorosos o simplemente pasionales son frecuentes e intensos. Pero no menos se regodea en el segundo más grande placer físico de los humanos: los deleites culinarios: otras carnes, otros cuerpos: las delicias de la mesa en comida y en bebida. Y hasta podrían tomarse las descripciones, como recomendaciones. Atmósferas bien logradas siempre. El lector tiene que estar leyendo con los ojos muy bien abiertos para que no se le escape la intensa trama en que interactúan los personajes.

Acumulado: 6985 + 165 = 7150

lunes, 13 de octubre de 2025

Libro 35

 Posiblemente habrá quien —si lee lo que sigue— diga que soy un pinche viejo presumido. Pero, no li’aunque. Así que va como ejercicio de inmodestia. Llevo 35 libros leídos en el año. A modo de justificación digamos como Borges “Que otros se jacten de lo que han escrito, yo me jacto de lo que he leído”. 6857 páginas (en 286 días: casi 24 páginas diarias en promedio. Perdón pero vive en mí una leve obsesión por las cifras. Deformación académica). Bueno, digamos que es mi chamba, leer antes que nada y luego, escribir aunque no tuviera nada que decir. Pues el libro 35 del año (y conste que voy un poquito atrasado, porque es la semana 37 y la pretensión es la lectura hebdomadaria de un libro), digo, el libro 35 es Raíces, de Alex Haley. Lectura tardía porque esta novela histórica se publicó en 1977 en español. Lo vengo a leer hasta ahora por, lo confieso, un prejuicio. Raíces llegó a ser un llamado best seller y suele ocurrir que los libros muy vendidos suelen ser grandes vulgaridades. Pero esos libros también nos llegan a dar agradecibles sorpresas. Y, por otra parte, confieso una de mis manías de viejo: a cada libro que leo le hago una breve reseña (es que a estas alturas la memoria de corto plazo se va deteriorando aceleradamente. Los viejos recordamos nuestros tiempos de infancia, de adolescencia y acaso de juventud, pero lo que nos va ocurriendo en las proximidades temporales se nos escapa casi masivamente). Lo que sigue es lo que suscitó Raíces de Alex Haley.

Que otros se jacten...


35. Raíces, Alex Haley. Título original Roots. Traducción de Rolando Costa Picazo. 1976, Alex Haley. 1977, Emecé Editores, Buenos Aires. 1984, por la edición Best Sellers Origen/Planeta. 470 pp. 13 de octubre de 2025, 11:00. Casita.
Una de las grandes novelas leídas en este año. Demostración de que, para crear la gran obra, se requieren, imprescindiblemente, oficio (que desarrolló el autor como un inmenso lector, como periodista y luego como cuentista a lo largo de muchos años); tremendas emociones (las que le inculcaron desde que era un crío con las historias de su antepasado africano y que redescubrió en algún momento de su madurez) y la sabiduría (la propia que hizo él mismo (la que hacemos todos en la vida) y la no menos importante de su investigación de doce años que incluyó viajes a África, entrevistarse con el libro viviente —un ser humano que se dedica a memorizar la historia de su pueblo: una reminiscencia de los tiempos en que el lenguaje escrito no existía— llamado Griot en el lenguaje de los Mandinkas, investigar en Nueva York, en Washington, en el puerto gringo en que desembarcaron a su antepasado Kunta Kinte, en las plantaciones donde estuvo trabajando como esclavo, etc.). La novela describe uno de los grandes crímenes gringos de la historia: el tráfico de personas que llevaron a cabo durante quizás un siglo, los ingleses, los españoles, los portugueses y posiblemente los franceses y holandeses. Raíces está escrito con una inmensa rabia que surgió en un escritor negro que estaba incorporado de la manera más plena al sistema gringo, incluso había participado como soldado norteamericano en el final de la Segunda Guerra Mundial y hasta en la Guerra de Corea. Cuando nos enteramos de la verdad del tráfico de negros no puede surgir más que indignación y dolor. Se nos prende un sentimiento de vergüenza ajena. Pero los gringos deben varios crímenes monstruosos que serían oprobio de lo humano. Quizá el primero sea el exterminio y discriminación de los indios de Norteamérica. El segundo sería la esclavitud de los negros a lo largo quizá de un par de siglos. El tercero de sus crímenes inhumanos sería las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki. Y no hay que dejar de anotar la guerra de rapiña contra México para que nos robaran más de la mitad del territorio que era parte de nuestro país. Más lo que ya han acumulado y siguen (la guerra de Vietnam, la destrucción de Irak, el genocidio contra el pueblo palestino, etc.) y lo que pudieran agregar en su acelerada y espectacular decadencia actual. Por último no puedo dejar de anotar las denuncias que hubo en contra del autor Alex Haley (por cierto su apellido es igual al nombre del cometa que llegó a ver Isaac Newton). Pues ocurre que un escritor negro, Harlod Courlander escribió una novela que se llama El Africano y aquél acusó a Haley de que 81 fragmentos de Raíces fueron evidentemente tomadas de El Africano. Habla de que muchos de los episodios de la vida en África fueron plagiados. En Wikipedia se dice que el asunto se arregló con 650 mil dólares que Haley le dio a Courlander, además de aceptar que hay coincidencias entre los dos libros; y no olvidemos que Raíces terminó por hacer famoso a El Africano. Haley dijo que él no había leído esa novela sino hasta después de haber escrito Raíces. Pero otro güey desmintió a Haley y le dijo que ambos habían comentado aquella novela en 1970. No es tan raro que haya plagios inconscientes. Uno ha leído de pronto demasiados libros que, en estado de vigilia, se olvidan, pero su huella queda en uno sin que lo sepa de manera consciente. De cualquier modo, todo apesta a que, primero, los gringos güeros encontraron a un negrito domesticado que quería escribir la historia genealógica de su familia. Como era domado les pareció perfecto —Haley incluso había ido a la guerra con el ejército gringo— Pero termina la novela y la publica; pero el país gringo no sólo sale muy mal puesto, sino que Haley habla de crímenes espantosos, asesinatos, inhumanidad y genocidio en contra de los negros. Entonces los gringos se enfurecen y tratan de hacerle la vida un infierno al negro que los puso tan mal. Luego se anota, ya en otro ámbito, que algunos historiadores gringos (¿blancos?, no se dice, pero seguramente así es) establecen que Kunta Kinte, el héroe protagonista de la primera parte de Raíces sí existió, pero llegó a EU mucho después, unos 80 años posteriores a la época en que la novela narra la vida del negro que fuera secuestrado y esclavizado para el resto de su vida. Luego dicen que no era Gambia la tierra de origen de Kunta Kinte, como dice la novela y que el Griot fue entrenado especialmente para que le dijera a Alex Haley lo que él quería oír. Es decir, le desbaratan toda su novela o al menos pretenden quitarle todo lo histórico. No es nuevo que los gringos WASP intenten destruir a un negro que hubiera logrado el éxito en su propio estilo de los racistas güeros. Lo hicieron con el gran peleador Joe Louis a quien condujeron a la miseria a punta de impuestos; lo hicieron con Muhammad Alí al suspenderlo para que no pudiera pelear durante cuatro años cuando era el mejor peleador del mundo. ¿Sería raro que lo intentaran con Alex Haley? Al final, no importa. Raíces termina siendo un terrible (y extraordinario) documento, además, una notable obra de arte, para la historia de los Estados Unidos y lo peor para el imperio: es altamente verosímil, es decir, ni siquiera importa que fuera verdad o no, parece verdad. “Toda gran fortuna tiene detrás un gran crimen” (o muchos). Por último, Raíces es la mejor demostración de que las grandes obras se escriben con el corazón y con el cerebro, trabajando ambos al máximo.