Hace
unos años publiqué, por invitación de ciertos “amigos” (que en realidad no lo
eran), el cuento Divina ilusión (Los
atributos del diablo). El libro en que se incluyó este cuento, se llamó Cuentos de lo guarresco y lo arabesco,
en una paráfrasis, más bien burda, del libro de Edgar Allan Poe que se llama Cuentos de lo grotesco y lo arabesco. Los
que promovieran tal publicación no verán sus nombres en este texto (se dice el
pecado, pero no el pecador. Los dos muchachos son tan malísimos escritores que
no se merecen ni siquiera la exhibición).
Con
frecuencia pensamos que la escritura es uno de los oficios más nobles de la
existencia. Tardamos años en darnos cuenta de que quienes la practican no
necesariamente están a la altura de tan ilustre oficio. Si bien el escritor suele
tener virtudes que resultan escasas entre el común de las personas (y por eso
solemos esperar comportamientos más solidarios o hermosos o altruistas o
humanistas o incluso heroicos entre los que escriben; craso, candoroso error)
con el tiempo los escritores nos demuestran que no son mucho mejores que las
personas comunes y corrientes. La escritura, como toda actividad practicada por
humanos ha de tener, necesariamente, las virtudes y los defectos de esos que la
practican.
Más
todavía, me llegué a dar cuenta de que muchos ni siquiera son escritores. Son advenedizos,
gente que lo que sí sabe es que el oficio de escribir, el hecho de publicar es altamente
apreciado entre el pueblo, escribir es un oficio prestigioso, aunque no muestres
jamás lo que escribes, aunque no exhibas nunca tus “virtudes” o “talentos”. Y así
suelen abundar los (y las) porque también hay charlatanes del sexo femenino,
los que denigran al arte de la letra.
Cuando
publiqué en aquel librillo que pomposamente llamaron antología, al revisarlo me
di cuenta de que había muchos autores que podríamos llamar menos que improvisados,
hombres y mujeres que no tenían una preparación, bueno, ni siquiera en
ortografía ya no digamos en preceptiva del arte de la letra y mucho menos en
conocimiento literario en general. Muchachos u hombres y mujeres que no tenían
idea de lo que sería una obra que merezca el estatus de literaria. Porque, es
obvio decirlo, no han leído. Recuerdo que uno de ellos, el “jefe” del proyecto
dijo en cierta ocasión —orgullosamente pero no menos con lastimosa ingenuidad—:
“He leído tanto que ya no sé distinguir entre lo que es un bodrio y lo que es
una obra literaria”. Lo cual no es más que el reconocimiento de ignorancia y ausencia
de buen gusto en literatura. En otra ocasión, el mismo sujeto me demostró
palmariamente que no había leído —¡y no conocía ni por nombre al autor!—, una
de las grandes novelas de la literatura mexicana: Farabeuf, de Salvador Elizondo. Recuerdo que mi madre decía un
lindo refrán: “En el modo de agarrar el taco se conoce al que es tragón”; así
es en cualquier oficio. Un buen albañil se da cuenta de que alguien es
inexperto con la primera hilada de tabiques que el novato colocase. Un futbolista
ducho notará al novato en el solo acto de golpear el balón. El libro estaba malhechón,
físicamente era un tanto artesanal, pero sin el quisquilloso amor que el
artesano auténtico dedica a sus creaciones. Y los textos, muchos de ellos son
inclasificables pero no por su originalidad, sino porque, simplemente, no
tienen pies ni cabeza. Eran textos de gente que no tenía idea de lo que es
literatura. Y menos aún de pergeñar uno.
Pero
en fin, que se considere un descuido haber caído en manos de chambones y que se
agregue la promesa de no sucumbir a las promesas de gente incierta. Hay que
examinar siempre a las “amistades” (aunque la sabiduría popular establece que:
nunca digas de esta agua no he de beber).
Divina ilusión
(Los atributos del diablo)
es virginal y por lo mismo impuro
Salvador Díaz Mirón
Para
las amadas Violeta y Zoe
Para
David, el bienamado
Para
mi divina MGM
Me
senté en uno de los asientos individuales en la segunda puerta del tercer o
cuarto vagón del metro, abrí mi libro y me puse a leer. Eran, cómo olvidarlo,
las 4:38 de la tarde, cuando se abrieron las puertas en la estación Candelaria
y entró la criatura. Iba con su madre, una mujer sin mayor atributo que la
intrascendencia. Había poca gente, por fortuna, porque en un tumulto tan común
en el metro, bien pudiera no haberla descubierto. De frente era una niña tan
trivial como su mamá. Por algún designio de la divinidad se dio la vuelta y
detuve la vista un instante en ella. Por detrás era un exquisito ejemplar de la
más pura y tierna belleza viva existente en este planeta. Era una criatura con
unas nalgas portentosas enfundadas en un simplísimo e incluso vulgar pantalón
vaquero de mezclilla. Nalgas desquiciantes. Nalgas, al menos, sublimes. Nalgas
inocentes. Era un trasero prominente, pero sin exageraciones. Eran unas nalguitas
tiernas y eran no menos poderosas. La minúscula cintura de la chiquilla hacía
vertiginosa la curva. Y las piernas, fuertes pero delicadas, gruesas pero
esbeltas; en perfecta proporción con la exaltación de ese tesoro de belleza en
la carne de una simple chamaca.
Era
una muchachita, adolescente, el ideal griego de la belleza: ellos lo llamaron
Afrodita Calipigia (Afrodita de las bellas nalgas); la belleza de la mujer transformada
en arquetipo. Pero ésta iba en el metro. Una criatura calipigia.
Evité
verlas un momento. Pensé en un prejuicio debido a un momento de sensibilidad
excesiva, exacerbada. Pensé en alguna posible distorsión perceptiva. Pensé en
evaluar la belleza de manera tan objetiva como fuera posible, sin prejuicios de
la sensibilidad.
Su
delineado, a la vez violento y tenue me hizo sentir que dios existe y como
consecuencia, milagros semejantes. Tan perfectas eran que —ya más
racionalmente— infundían dos
certezas, una) que la divina proporción —descubierta por uno, o varios
matemáticos remotos y propuesta al mundo primero por Euclides y luego por
Pacioli— puede hallarse en este mundo y dos) que los dulces sentimientos que a
través de la vista regalaban tanto al espíritu como al corazón y, lo peor, a
los más bajos instintos, se deben a que esas formas primorosas eran debidas a su
exactitud para reproducir y hacer notable el número de dios, la susodicha
divina proporción. ¡Aquellas nalgas de mujer (de niña o, hablando con amor a la
precisión, de adolescente) eran geometría! Pero eran también juventud, fuerza,
elasticidad, no menos que dulzura, alegría, delicadeza. Y lujuria. Eran el amor
de dios. ¡Eran las nalgas del universo! Eran, pues, el eidos de Platón
transfigurado en tiernísima carne femenina. Eran, quién lo duda, las nalgas de
dios. Mirar a la criatura resultaba un deleite. Un privilegio alcanzable —quizá— cada diez años. Eran, en realidad, una
bendición ¿del cielo, puesto que respondían, evocaban la divina cifra? O,
mejor, ¿una maldición del infierno? Porque el mensaje de esas nalgas —ya lo he
dicho— iba también a los más crudos y primitivos instintos animales: porque, en
aquel momento, deseé ser capaz de empuñar el mazo, matar de un solo golpe a
quien intentara impedir que me apropiara de aquellas simples nalgas. O morir en
el trance. Eso es el infierno. O al menos lo desata, lo trae a este mundo.
¡Digno episodio para la criatura de las nalgas infernales!
El infierno. Porque tu cuerpo (cuerpo
de animal): instrumento del demonio, te exige a cualquier precio que le
obsequies esas nalgas de mujer. Sólo esas nalgas y nada más, por el momento.
¡Muévete, imbécil, haz algo, lucha, grita, asesina, haz lo que tengas que hacer
para que le proporciones a tu cuerpo-puerco ese portento de nalgas de señorita
que el destino te condenó (te regaló) a descubrir en el tercer ¿o cuarto? vagón
al detenerse en el convoy del metro en la estación Candelaria de los Patos.
Deseé con desesperación ver qué cara de
niña tendría la inocente que se cargaba semejante nalguerío. Y le busqué la
cara. Quizá me vi un poco demasiado obvio entre la gente. Por fortuna le
buscaba la cara, puesto que la espalda (junto con el brutal y delicioso
espectáculo de sus nalgas) me lo daba ella de por sí, como una condena. Y miré
su rostro. Todo lo que hice para ello había llamado su atención y se volvió
extrañada hacia mí. Es difícil experimentar una decepción peor. Una vorágine de
circunstancias, de imágenes, me avasalló. Comprendí que cualquier cosa que
hiciera sería completamente inútil, al menos en el corto plazo.
Era una niña inocente y, me duele
decirlo, muy próxima a lo que llamaríamos una persona con un desarrollo
intelectual nulo (no hablemos de estupidez, sino de empobrecimiento). Con el
tono gestual, el aspecto, la actitud, de quien ya perdió el candor agudo de la
primera infancia y aún no alcanza a ser lo mínimo de inteligente que se logra
con la variada experimentación, la amplia gama (brutal o refinadísima) de
estímulos en esta vida. Y yo soy un viejo cerdo tan pervertido que difícilmente
un humano podrá llegar a estos mis extremos. Comprendí que para acceder a la
criatura era imprescindible fatigar algunos años para que se diera una leve
posibilidad de que estuviéramos mutuamente a la mano.
O al menos era un pretexto muy
plausible para mitigar la monstruosa frustración que sentía. Era imposible, con
esa cara, con ese gesto, acercamiento alguno con la criatura. Excepto si yo
actuara como un depredador, un tigre insaciable que atrapa a una becerrita de
gacela, le arrebata la vida de una dentellada, la devora de manera incipiente,
insatisfactoria (era tan tierna que no sería posible de otra manera). Y luego
la abandona decepcionado, dejando abundantes residuos para las fauces de las
bestias carroñeras.
Sentí piedad por ella. Un día —que no
está lejano— llegará a su vida uno que, como yo, descubra su belleza y
que no tenga tanto tapujo racionalista, tanto remilgo intelectual y al grito de
prestigios, se lance al abordaje para disfrutar del dulcísimo bocado. Pensé. O
quizá le llegue uno que ni siquiera se dé cuenta lo que el universo ha puesto
en sus manos y la disfrute sin consciencia. En cualquier caso, dios guarde a la
inocente, me dije cuando tuve que dejar ese vagón del metro.
Luego,
melancólico, transbordé en Pino Suárez y salí en Bellas Artes, meditando. Miré
con detenimiento los cuerpos de todas las mujeres al alcance de mi vista. Acaso
dos o tres de las decenas que observé, se aproximaban, más o menos, al portento
que me fue permitido contemplar. La belleza, ciertamente, y por fortuna, es
prolija en este mundo.
Me
conformé en demasía recordando las nalgas de mi amada que, sin presunciones ni
exageraciones, no están demasiado lejos del exceso con que inconscientemente
circula en este mundo aquella criatura.
Hice
cuanto debía en el Centro y, dulcemente entristecido, un tanto adoloridamente
feliz, llegué a mi casa a leer un rato, a beber un par de copas, a ver lo muy
escasamente visible que tiene la televisión, a aturdirme un poco, a olvidar lo
demoniaco, lo divino. A estar en este mundo.
Todo
lo cual resulta extraordinariamente triste.